Segundo capítulo. La propuesta de Sísifo.
Un chorro de agua embistió a Rena, estampándola contra la pared de roca que más allá. El Cid siguió el recorrido de la chica con total indiferencia. Le costó localizarla por la oscuridad de la noche, pero finalmente la encontró. Estaba sentada en medio de un enorme charco de agua. Como era de esperar, completamente empapada. Su cabello castaño ahora lucía de un color mucho más oscuro, cayendo sobre sus hombros.
Lentamente, Rena levantó la mirada hasta encontrarse con la de El Cid. Tensó sus labios y se encogió de hombros.
— Esta agua sabe fatal —comentó—.
Capricornio la miró fijamente unos instantes más, en su cara había una expresión indescifrable que ni siquiera ella logró adivinar. Después de algunos segundos en silencio, El Cid se echó a reír escandalosamente.
Desde lo alto del templo, los aprendices de El Cid y Sísifo, contemplaban la escena completamente anonadados. Y es que ¿Desde cuándo el serio y estricto caballero de Capricornio reía? Sus discípulos habían empezado a creer que su maestro solo tenía dos expresiones: la que usaba la mayor parte del tiempo y la que usaba solo cuando se enfadaba.
Lacaille se fregó los ojos con fuerza. Empezaba a pensar que aquello debía ser algún tipo de sueño. Inevitablemente miró a sus compañeros quienes, al aparecer, estaba igual de sorprendidos que él. Luego, los ojos del aprendiz pasaron al caballero dorado de Sagitario. Otro sorprendido. Lacaille suspiró y volvió a mirar hacia donde El Cid y Rena estaban.
Su maestro ayudó a levantar a su amiga, intercambió un par de palabras con ella que Lacaille no logró escuchar, y seguidamente subieron hasta donde ellos estaban. Para cuando les alcanzaron, el rostro de El Cid había vuelto a su habitual expresión.
— Ha estado increíble, El Cid-sama.
Rusk fue el primero en hablar. Lacaille creyó escuchar cierto nerviosismo en su voz, aunque tampoco quiso darle demasiada importancia. El Cid asintió al halago de su aprendiz y miró a los presentes, seguramente preguntándose porque todos estaban allí reunidos. Antes de que Capricornio pudiese pronunciar alguna palabra, Rusk volvió a hablar:
— Y usted, Rena-sama…
Ella sonrió culpable.
— Creo que me olvidé un poco de esa técnica —se excusó—. Hacía años que no la usaba.
Por primera vez desde que salieron, Sísifo intervino. Su voz sonó más autoritaria y seria de lo normal.
— El Cid —llamó el guardián de la novena casa—, tengo que hablar contigo en privado.
Sísifo miró a los presentes y añadió:
— Vayamos mejor a mi templo.
Esas palabras de Sagitario causaron un tenso ambiente. El Cid asintió y miró a sus discípulos allí presentes.
— Tsubaki, Rusk —llamó—, regresad a la residencia.
— ¿Y yo, señor? —preguntó Lacaille—.
El Cid le miró.
— Tú quédate con Rena hasta que yo regrese ¿Entendido?
Lacaille se tensó al escuchar la autoridad con la su maestro dijo aquella última palabra, asintió rápidamente y miró a la chica. Por alguna razón, a Lacaille se le hizo sospechosa aquella tranquilidad que la amiga de El Cid desprendía, como si estuviera tramando algo.
Al aprendiz no le dio tiempo a seguir examinando a la chica, pues El Cid, Sísifo y sus dos compañeros emprendieron su camino, escaleras abajo. Rena y él permanecieron en el rellano de mármol que había en la entrada del décimo templo, observando como los demás se alejaban cada vez más hasta desaparecer tras los muros del templo de Sagitario.
Ahora que estaba a solas con Rena, a Lacaille lo invadió una extraña sensación de nerviosismo ¿Qué se suponía que debía hacer? Pensándolo bien, él no conocía a Rena. No tenía ni idea de que podía hablar con ella o que podía hacer para pasar el rato. Y se negaba en rotundo a quedarse en silencio, aburrido como una ostra, hasta que su maestro volviese.
Lacaille volteó, preguntaría a Rena a ver que tenía pensado hacer. Pero, a su desgracia, no había logrado que una palabra saliese por sus labios, cuando se encontró a la chica subiendo los escalones que conducían al interior del templo.
— ¿A dónde va, Rena-sama? —preguntó Lacaille. Algo dentro suyo le decía que aquella chica no se quedaría en el templo de Capricornio. Sus sospechas fueron confirmadas cuando ella volteó a contestarle—.
— Al templo de Acuario.
— ¡¿Qué?!
— ¿En serio pensabas que me iba a quedar en el templo de brazos cruzados? Yo me voy a dar una vuelta.
— ¡¿Pero cómo quiere hacer eso?! ¡El Cid-sama…!
— Vamos, Lacaille… ¿Ese es tu nombre? —Lacaille asintió. Rena se detuvo unos instantes y sonrió ampliamente— ¡Te reto a una carrera hasta Acuario!
Y sin darle tiempo a que Lacaille se quejara, ella echó a correr. Vista la situación, al aprendiz no le quedó más remedio que empezar a correr él también. Apenas entró en el templo de Capricornio, avistó a Rena en el primer rellano de la escalinata que conducía a Acuario.
Lacaille hizo un sonido de sorpresa ¿Qué tan rápida era aquella chica? Tuvo que hacer su mejor esfuerzo para alcanzarla, pero ni siquiera logró avanzarla. Siempre quedó algunos pasos por detrás de ella.
Para cuando llegaron al templo de Acuario, Lacaille sentía como le pesaba hasta el alma. En ese momento, su cabeza solo pensaba en lo cómoda que estaba su cama y las ganas que tenía de tirarse en ella.
Rena volteó a verle y alzó sus manos en señal de victoria.
— ¡Gané!
Lacaille aún la miraba más sorprendido ¿Cómo podía estar tan fresca después del maratón que se habían marcado entre ambos? Empezaba a creer que aquella chica no era demasiado corriente.
— No sabía que corría tan rápido, Rena-sama —admitió el chico entre jadeos—.
Ella sonrió triunfante y se adentró en la undécima casa. Lacaille le gritó sobre la posibilidad de que el suelo estuviese congelado, aunque ella no pareció ni darse cuenta de sus advertencias.
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Sísifo se detuvo en las entradas de su templo. A sus espaldas escuchaba la breve conversación de El Cid con sus alumnos, diciéndoles el entrenamiento que deberían seguir al día siguiente. Sagitario empezaba a impacientarse y, al mismo tiempo, temía el instante en que se quedara a solas con Capricornio.
Era cierto que él había provocado aquella situación, él y únicamente él había llamado a El Cid para hablar en privado pero, ahora ¿Cómo le iba a decir aquello?
Debía reconocer que aquella era una idea disparatada y loca, más absurda sonaba aún viniendo de alguien como él, siempre conocido por mantener sus pies en la tierra. Sísifo empezó a pensar ¿Cómo podía decirle que quería que Rena se quedara sin que eso sonase demasiado raro?... Nada, lo mirase como lo mirase, aquello sonaba endemoniadamente extraño.
Desde que conoció a El Cid, Sísifo siempre quiso que este mostrara sus expresiones. En años no había logrado sacarle apenas una risa y Rena, en unas pocas horas, había logrado enfadarlo y hacerlo reír.
No le había tomado mucho saber que aquella chica era la clave para lograr que el caballero de Capricornio sacara a relucir sus más profundos deseos pero, necesitaba que Rena se quedara en el Santuario. Y eso iba a resultar de lo más complicado.
Finalmente, Rusk y Tsubaki se despidieron y emprendieron su marcha hacía escorpio. Llegó el momento. Sísifo tomó aire y volteó a ver a El Cid. Como sospecho, él permanecía quieto, mirándolo con una intensa mirada que acobardaba a todo aquel que no estaba acostumbrado a ella. Sísifo sonrió, pensando que así lograría calmar una poco aquella extraña tensión que se había creado en su templo.
— ¿De qué querías hablarme, Sísifo? —preguntó El Cid en voz grave—.
Sísifo se aclaró la garganta y dio un paso hacia Capricornio.
— Veras… —Sísifo aguardó unos instantes, esperando que la presión del momento le ayudase a inventarse algo para excusar su pregunta pero, en vistas de que su imaginación estaba de vacaciones aquella noche, optó por cortar por lo sano— ¿Crees viable que Rena se quede a vivir en tu templo por un tiempo?
Podría parecer que El Cid ni se inmutó con aquella declaración pero Sísifo lo conocía mínimamente, decir que estaba sorprendido era quedarse corto.
— ¿Perdón?
Aquella respuesta de Capricornio solo confirmó más las sospechas de Sísifo. Definitivamente aquella no había sido una buena manera de empezar. Volvió a tomar aire, tratando de serenarse y quitarse esa molesta sensación de estar metiendo la pata a cada instante.
— Creo que el Santuario ha estado buscando a alguien como ella. Puede que ella logre… En fin, es posible que ella sea la que nos ayude.
Sísifo se golpeó mentalmente, aquella explicación distaba bastante de ser perfecta. De hecho, aquella explicación era la más incompleta, confusa y rebuscada que jamás dijo. De seguro El Cid estaba aún más confundido.
— ¿Estás seguro, Sísifo? Rena puede crear mucho caos si se lo propone.
Sagitario no pudo evitarse sentirse sorprendido ¿Dónde estaban las preguntas que tanto temía? Aunque, si era sincero, debía agradecer que El Cid no le preguntase más.
— Estoy convencido de ello —aseguró con la mayor seriedad que fue capaz de reunir en ese momento—. ¿Y tú?
— Por mí no hay ningún problema pero…
Sísifo no pudo evitar sonreír satisfecho. Al final aquella situación no se estaba haciendo tan complicada como había pensado.
— Me encargaré personalmente de pedirle este favor al Patriarca. Deja que yo me encargue —El Cid asintió— pero, ¿Podrás preguntárselo?
— Cuando regrese, se lo diré.
Sísifo sacudió su cabeza, confuso. Si mal no recordaba, le había pedido a su aprendiz Lacaille y a Rena que permanecieran en la casa de Capricornio. Aunque también era posible que le hubiese mandado a algún lado y él lo hubiese escuchado.
— ¿La has mandado a algún lado?
El Cid suspiró profundamente y negó con la cabeza.
— Al contario, le he dicho a Lacaille que se quedara con ella en Capricornio y, como estoy en Sagitario, seguramente habrá subido a Acuario. Como si pensara que se iba a quedar en Capricornio quietecita. Ya decía yo… Me extrañaba que no se hubiera quejado.
Sísifo río. Cada vez estaba más convencido, aquella chica podría sacar a relucir los sentimientos de El Cid y, tal vez, el del resto de caballeros dorados.
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Rena siguió adentrándose en el templo de Acuario. A medida que entraba, se dio cuenta que aquel templo era notablemente más oscuro y frío que el resto. Le pareció escuchar a Lacaille gritarle algo, aunque poca importancia le dio. Lacaille parecía del tipo de personas que se preocupaba por todo, y ella era todo lo contrario.
Siguió andando hasta que su pie resbaló con la fina capa de hielo que cubría el suelo. Del impulso de la caída, Rena salió dando tumbos hasta chocar contra algo o, más bien, alguien.
El enorme estruendo que hizo al caer, alertó a Lacaille quien corrió al interior del templo. El aprendiz se adentró en Acuario y, cuando logró localizar a Rena, se la encontró sentada a los pies de Acuario.
Ella levantó la mirada, encontrándose con aquellos fríos ojos azules mirándola de vuelta. Por un instante, se arrepintió de no haber escuchado a Lacaille, aunque rápidamente se recompuso.
— ¿El caballero de Acuario?
Degel alzó una ceja, extrañado por aquella pregunta. Lentamente asintió, viendo como en el rostro de la chica se dibujaba una enorme sonrisa. A Degel le extrañó aquella reacción, usualmente la gente se asustaba al ver a un caballero dorado. Acuario le tendió la mano y la ayudó a levantarse. Una vez en pie, se dio cuenta de que había alguien más en su templo. No había hablado mucho con él, pero sabía que era uno de los discípulos que El Cid tenía a su cargo.
— Degel-sama —dijo el chico con notable respeto—.
Degel sacudió la cabeza en señal de saludo y volvió sus ojos sobre la chica.
— ¿Estás bien? —le preguntó. Ella asintió y volvió sus ojos sobre Lacaille— ¿El Cid os manda por alguna razón?
El aprendiz suspiró pesadamente y negó.
— Al contrario, El Cid-sama nos pidió que no nos moviéramos del templo de Capricornio. Y miré en donde estamos.
Degel rió suavemente la notar aquella ligera desesperación en la voz de Lacaille. Rena caminó hasta donde el aprendiz estaba y le dio unas palmadas en la espalda, tratando de reconfortarlo.
— Tampoco hay para tanto, Lacaille ¡Sonríe un poco más! El Cid no te comerá por incumplir lo que te dice.
Lacaille la miró de reojo. Degel no pudo evitar que le escapara una risita al verlos.
— Se nota que no sois su estudiante.
Rena se quedó unos instantes en silencio y rápidamente cambió de tema.
— ¿Vamos a Piscis?
— ¡Claro que no! —gritó Lacaille—.
Degel la observaba mientras discutía con Lacaille. Se vio abrumado por su sencillez, su forma despreocupada de verlo todo. En cierto modo, le recordaba a Kardia. Sonrió para sí mismo y decidió salir en ayuda del discípulo.
— Ya es tarde —empezó a decir Degel con total calma. A Lacaille le pareció ver una pequeña sonrisa tirando de los labios del caballero de Acuario pero, como aquel templo era bastante oscuro (apenas había algunas antorchas iluminándolo), no podía estar seguro—. Será mejor que regreséis.
Ella lo miró fijamente, Degel trató de contener la risa. Finalmente ella suspiró y cedió.
— Está bien.
A Lacaille se le iluminaron los ojos al sentir aquello. Ambos se despidieron de Degel y emprendieron su marcha de regreso pero, antes de que pudieran salir de Acuario, Degel los detuvo una vez más.
— No me has dicho tu nombre —puntualizó el caballero—.
La chica lo miró desconcertada en un primer momento, seguidamente sonrió y dijo:
— Rena. Encantada de conocerte, Degel de Acuario.
Una sensación extraña apareció en el pecho de Acuario al escuchar aquellas palabras. Incapaz de responderle con palabras, asintió y dejó que se marcharan. De nuevo a solas, Degel regresó a la zona privada del templo con un pensamiento en mente: Aquella chica era muy especial.
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A diferencia de la ida, estaba vez era Lacaille el que iba por delante, y no precisamente a un paso muy tranquilo.
— Vamos, Rena-sama. El Cid-sama nos espera —insistió nuevamente el aprendiz—.
— Dios mío —se quejó ella— ¿A qué tanta prisa? Ya te lo he dicho, El Cid no come a nadie.
— Usted no le tiene miedo porque no es su discípula.
— Tranquilo, seguro que lo he visto enfadado muchas más veces que tú.
Lacaille decidió no contestar. Si aquello se lo hubiese dicho otra persona, seguramente le habría replicado que estaba mintiendo pero, por lo que había visto, Rena era capaz de sacar emociones escondidas de su maestro. Siendo ella la que dijo aquello, no se atrevió a contradecirle.
Siguieron descendiendo hasta que, finalmente, llegaron a Capricornio. El hecho de que las antorchas del interior estuviesen encendidas, alertó a Lacaille que su maestro estaba dentro. Lástima, él tenía la esperanza de que El Cid aún siguiera en Sagitario para cuando regresaran. Ya veía que la suerte no estaba su favor.
Prácticamente arrastró sus pies hasta el interior, encontrándose a El Cid de pie en el centro. Su capa ondeaba ligeramente, fruto de las pequeñas corrientes que se filtraban por las columnas. El Cid le dedicó una mirada de desaprobación al verlo llegar, aunque peor fue la mirada que le dirigió a Rena.
Lacaille tragó en seco y espero a que su maestro empezara a hablar.
— Ya era hora —esas palabras cargadas de ironía e impaciencia indicaban que estaba molesto. Lacaille se encogió de hombros y meneó la cabeza—.
— ¡Buenas noches! —saludó Rena felizmente—.
Lacaille volteó a verla con ojos grandes ¿Acaso no había notado la molestia de El Cid? Espera, ahora que se fijaba, si que la había notado, solo que no le había dado la más mínima importancia. Lacaille suspiró, Rena vivía demasiado feliz y despreocupada de todo.
El Cid clavó sus afilados ojos sobre su amiga y se cruzó de brazos, tratando de acentuar aún más su ya evidente enfado.
— ¿Qué es lo que no entendisteis de: quedaros en Capricornio?
— Traté de convencerla pero… —empezó a decir Lacaille—.
El Cid lo miró unos instantes y suspiró.
— Vaya un poder de convicción el tuyo —Lacaille se encogió una vez más de hombros—. Está bien, puedes irte.
Lacaille lo miró sorprendido, retuvo las palabras de confusión que estaban escalando pro su garganta (lo último que quería es que su maestro cambiara de opinión). Asintió y, tras despedirse, se fue dirección al templo de Sagitario.
Rena y El Cid permanecieron en silencio unos instantes. Él esperó a estar completamente a solas para hablar.
— Rena —dijo su nombre en un tono de advertencia—, el primer día y ya estas dándole problemas a mis discípulos.
— Y eso que no hemos llegado a Piscis.
— ¿Querías ir hasta allí? —Rena apreció cierta histeria en aquellas palabras—.
— Nos quedamos en Acuario, tranquilo.
El Cid se quedó en silencio, seguramente tratando de recobrar la compostura.
— Está bien —dijo finalmente—, vamos.
— ¿A dónde?
— A la zona residencial. A no ser que prefieras dormir aquí en medio.
Rena negó apresuradamente y siguió a El Cid hasta la zona privada del templo de Capricornio.
Hola de nuevo :) Hoy traigo el segundo capítulo de esta historia. Muchas gracias por todos los followers, favoritos y review de esta historia ¡Me han animado muchísimo!
Gemini in tauro: Espero no haber tardado demasiado. Me he dado toda la prisa que podía, pero estaba a tope de trabajos así que he tenido que posponerlo un poco. Espero que te guste este nuevo capítulo y muchas gracias por tu review! :D
No sé cuando pueda volver a actualizar, calculo en una semana más o menos. Hasta entonces, cuidaros mucho y no olvidéis dejar algún review ;)
Enna
