Capítulo 1

Los personajes pertenecen a S.M. Esto es sólo una adaptación con los personajes de la saga Twilight.

Bella comprobó la hora al llegar al aparcamiento del bufete de abogados Messrs Mayhew and Morrison, en Dorchester. Eran las tres menos cinco minutos de una fría tarde de abril, lo cual significaba que llegaba con cinco minutos de adelanto y que el trayecto desde Londres había sido rápido.

Sin embargo, tenía una sensación de nostalgia. Siempre la tenía cuando volvía a Dorset, su localidad natal. Y esta vez, llevaba mucho tiempo sin volver; exactamente cuatro años, desde el entierro de su padre, Charlie.

Abrió su bolso, sacó la carta del abogado y la leyó una vez más. Se limitaba a confirmar la fecha de la lectura del testamento de la señora Isobel Cullen.

Cuando devolvió la carta al bolso, los ojos se le habían humedecido. La señora Cullen, empleada de su padre durante muchos años, no se había olvidado de ella ni había olvidado la promesa que le había hecho en su infancia: que algún día, le regalaría su preciosa colección de figuras de porcelana.

Bella se miró en el retrovisor del coche. Sus veteados y grandes ojos marrones parecían brillar con algunos tipos de luz, hasta el punto de que alguien había dicho en cierta ocasión que parecían sacados de la vidriera de una catedral. Era de rasgos regulares, nariz pequeña y piel clara. Y aquel día, se había recogido su densa melena caoba en un moño.

Salió del coche y se dirigió al bufete de abogados. La recepcionista alzó la cabeza al verla y sonrió.

–Buenas tardes. Soy la señorita Swan.

–Ah, sí… buenas tardes, señorita Swan –la chica se levantó y la llevó hacia uno de los despachos–. El señor Mayhew la está esperando.

John Mayhew, socio principal del bufete, se levantó para saludarla y estrecharle la mano. Era un hombre bajo, de cejas tan pobladas como blancas y bigote tan blanco como las cejas.

–Gracias por venir, Bella.

A ella se le hizo un nudo en la garganta. John era un viejo conocido de Bella; el hombre que había llevado los asuntos legales de su padre.

–Siéntate, por favor –continuó el abogado–. Tenemos que esperar a la otra parte interesada… pero supongo que llegará enseguida.

John acababa de terminar la frase cuando la puerta se abrió. Bella giró la cabeza y su mente se llenó inmediatamente de recuerdos.

No lo podía creer.

Era Edward. El sobrino nieto de Isobel, el chico del que una vez había estado enamorada, el chico con quien se había iniciado en el amor.

Pero desde entonces habían pasado diez años; toda una vida.

Intentó controlar su nerviosismo y lo miró. Seguía siendo el hombre más guapo y más sensual con quien había estado. Su corte de pelo era algo más formal de lo que recordaba, pero sus labios, que la habían besado tantas veces, no habían cambiado en absoluto. Llevaba un traje que hacía justicia a su cuerpo delgado y poderoso y una camisa blanca con el cuello abierto.

Edward le devolvió la mirada y ella tragó saliva.

–Creo recordar que os conocéis –dijo John–, pero por si acaso, permitidme que haga las presentaciones.

–No te molestes, John –intervino Edward–. Nos conocimos hace muchos años, cuando yo iba a visitar a mi tía abuela en vacaciones. ¿Qué tal estás, Bella?

Edward le estrechó la mano y el corazón de Bella se aceleró al sentir el contacto de sus largos dedos.

–Bien, gracias –contestó con naturalidad–. ¿Y tú?

–Muy bien.

Edward se sentó en uno de los grandes sillones que estaban frente a la mesa de John y lanzó una mirada rápida a su vieja amiga.

La pálida y, a veces, lánguida Bella se había convertido en una mujer refinada y extraordinariamente atractiva que exhibía todos los atributos de la naturaleza femenina. Llevaba una chaqueta azul, una camisa de color crema y unos pantalones negros, con zapatos de tacón alto. Al ver que la miraba, abrió la boca como si estuviera a punto de decir algo; pero John volvió a hablar y Edward no tuvo más remedio que prestarle atención.

Tras los preliminares de rigor, el abogado abrió una carpeta y sacó el documento que contenía.

–Aquí tengo el testamento y las últimas voluntades de Isobel Marina Cullen, firmados en Mulberry Court, en el condado de Dorset…

John inició la lectura del testamento, cuya primera parte eran detalles de carácter legal. Mientras leía, Bella se tranquilizó un poco; albergaba la esperanza de que la reunión fuera breve y pudiera marcharse enseguida. El despacho se estaba calentando con la luz del sol de tarde, que entraba por la ventana, y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no mirar a Edward.

Al cabo de unos minutos, John carraspeó. Había llegado el momento crucial.

–«Lego a mi querido sobrino nieto, Edward Anthony Cullen, la mitad de la propiedad conocida como Mulberry Court, en el contado de Dorset; en cuanto a la otra mitad, se la dejó en herencia a mi querida y vieja amiga Bella Swan. Los bienes y muebles se repartirán de forma equitativa entre las dos partes mencionadas».

Bella se quedó tan asombrada que estuvo a punto de levantarse del sillón. Jamás habría imaginado que tenía intención de dejarle la mitad de Mulberry Court; creía que solo iba a recibir las figurillas que decoraban la biblioteca de la casa.

Si en ese momento hubiera caído un cometa y le hubiera dado en la cabeza, no le habría sorprendido más.

Bella estaba tan desconcertada que tuvo que hacer un esfuerzo para escuchar los nombres del resto de los beneficiarios. Formaban una larga lista e incluían a personas como Louise, el ama de llaves de Mulberry Court, quien iba a recibir una suma bastante generosa de dinero. Pero lo más importante se quedaba en manos de Edward y en las suyas.

–Además de lo que ya habéis oído –continuó John–, la señora Cullen dejó algunas instrucciones.

El abogado hizo una pausa antes de seguir hablando.

–Pidió que Mulberry Court no se ponga en venta hasta un año después de la fecha de su fallecimiento y que, llegado el caso, se haga lo posible para que la propiedad quede en manos de una pareja con hijos. Sé que el señor y la señora Cullen no llegaron a tener descendencia… supongo que le hacía ilusión que la casa se llenara de niños algún día.

Bella se emocionó al oír las palabras de John. Isobel, una mujer amable y encantadora que se llevaba bien con todo el mundo, siempre había sido muy generosa con ella; y ahora, como acto final, le dejaba parte de la casa que tanto había amado.

Más que un regalo, era un honor.

Sin embargo, se preguntó cómo le afectaría ese regalo a corto plazo. Y qué significaría para Edward, aunque daba por sentado que no desperdiciaría su tiempo con ese asunto; a fin de cuentas estaba totalmente centrado en el famoso imperio empresarial de los Culen.

Tras unos segundos de silencio tenso, Bella decidió hablar.

–Me siento abrumada, pero también muy agradecida. Me emociona que la señora Cullen me quisiera hasta el punto de dejarme la mitad de su casa… y como es lógico, haré lo que sea necesario por facilitar el proceso.

Durante los minutos siguientes, Bella apenas se pudo concentrar en lo que estaba hablando. De repente, era propietaria de la mitad de Mulberry Court, una propiedad llena de tesoros. Y cuando el abogado le dio un manojo de llaves a cada uno, ella se quedó mirando las suyas con desconcierto.

Por fin, se levantaron de los sillones. Edward la miró a los ojos y Bella se dio cuenta de que él también se había quedado atónito. A continuación, se despidieron del abogado y salieron del edificio.

–Menuda sorpresa… –empezó a decir Edward, que se encogió de hombros–. Pero estoy seguro de que podremos llegar a un acuerdo que nos satisfaga a los dos.

Bella quiso hablar, pero él no había terminado.

–Me encargaré de que valoren la propiedad; así sabremos a qué atenernos el año que viene, cuando la vendamos… Es una lástima que mi tía abuela nos impusiera ese plazo. Habría sido mejor que lo solventáramos cuanto antes.

Ella lo volvió a mirar, incapaz de creer que se encontrara en aquella situación con Edward. Con el hombre del que se había enamorado en su adolescencia. Con el que le había enseñado lo que significaba desear y ser deseada.

No había olvidado sus encuentros románticos bajo las ramas del sauce que estaba detrás del huerto de la casa; ni había olvidado que Edward les puso punto final de repente y sin demasiadas explicaciones. Después de una de sus visitas, simplemente desapareció y se llevó su corazón con él.

Tragó saliva e intento no pensar en esos términos. Era agua pasada y, por otra parte, ahora tenía cosas más importantes entre manos.

Justo entonces, cayó en la cuenta de que Edward no había mostrado ningún agradecimiento por la herencia de su tía abuela; pero no le sorprendió, porque era miembro de la dinastía fabulosamente rica de los Cullen. Para él, la mitad de Mulberry Court y de sus bienes debía de ser poco menos que calderilla.

–Creo que tenemos que discutirlo, Edward –declaró con naturalidad–. Me consta que las propiedades personales de Isobel eran muy importantes para ella…

–No te preocupes por eso. Sobra decir que la valoración de la propiedad y de su contenido estará a cargo de un grupo de expertos en arte y en antigüedades. Se asegurarán de que todo se venda de forma adecuada.

Ella frunció el ceño.

–No me has entendido bien. No dudo de los expertos que pretendes contratar; simplemente creo que eso debería ser responsabilidad nuestra, tuya y mía. Al fin y al cabo estamos hablando de la propiedad de Isobel.

Edward arqueó una ceja.

–Sí, bueno… tal vez tengas razón –dijo a regañadientes–. Pero no ando sobrado de tiempo. Tengo que estar en mi oficina de Londres hasta finales de mes y luego me voy a Grecia. Además, supongo que tú también tendrás tus propios compromisos. Isobel mencionó en cierta ocasión que vivías y trabajabas en la capital.

Bella asintió.

–Sí, actualmente dirijo el equipo de la agencia de empleo Harcourt, aunque estoy buscando otro trabajo.

–¿Por qué? ¿Es que no estás contenta con tu empleo?

–No es eso… es que necesito un cambio.

Edward la miró con interés, pero no dijo nada al respecto.

–Bueno, si tú puedes, yo podría volver el fin de semana. Un par de días serán suficientes para hacernos una idea de lo que se debe hacer.

–Sí, por supuesto que puedo –dijo ella–, pero deberíamos tomarlo con calma. Quiero hacerlo bien, sin prisas… para honrar la memoria de Isobel.

Bella caminó hacia el lugar donde había aparcado el coche, con Edward pisándole los talones. Al llegar al vehículo, sacó una tarjeta y dijo:

–Si me necesitas antes del fin de semana, me puedes localizar en este número.

Él se guardó la tarjeta de Bella y le dio la suya, que ella metió en el bolso.

–Será mejor que me vaya –continuó–. Se está haciendo tarde y el tráfico será bastante peor que esta mañana, cuando vine.

Edward le abrió la portezuela. Bella se sentó al volante y se preguntó si debía pedirle disculpas por la situación en la que se encontraban, pero pensó que disculparse carecía de sentido. Isobel Cullen tenía derecho a dejar su casa a quien quisiera.

–Volveré el viernes por la noche –siguió Bella–. Así tendremos el sábado y el domingo para charlar tranquilamente y ver la propiedad. Supongo que me alojaré en alguno de los hostales de la zona –le informó.

–Yo también necesito alojamiento, así que me puedo encargar de reservar las habitaciones. Te llamaré por teléfono para darte los detalles.

–Ah… –dijo, sorprendida–. Gracias.

Bella arrancó el coche y se puso en marcha. Al mirar el retrovisor, vio que Edward seguía en el aparcamiento y se preguntó qué estaría pensando. Había reaccionado a la noticia con naturalidad, sin mostrar emoción alguna, pero suponía que habría preferido ser el propietario único de Mulberry Court.

En cualquier caso, se alegraba de volver sola a Londres. Así tendría ocasión de pensar en lo sucedido.

Ella, Bella Swan, acababa de heredar una fortuna. Era como ganar la lotería sin haber comprado un billete. Y no sabía si estaría preparada para tener tanto dinero. Ni siquiera había tocado la modestia herencia que le dejó su padre, quien había enviudado cuando ella solo tenía diez años.

Pero, al margen de ese asunto, había otro problema: que Edward y ella tendrían que estar juntos en unas condiciones de lo más extrañas. Ya no eran los jóvenes enamorados que habían sido diez años antes. Ahora, hasta la mención de esa época sería embarazosa para los dos.

Habría dado cualquier cosa por saber si Edward se acordaba de sus paseos, de sus caricias y de sus besos. Y también habría dado cualquier cosa por saber si recordaba que la había abandonado.

Edward estaba bastante agitado cuando subió a su coche. El encuentro con Bella había despertado emociones que creía olvidadas.

Frunció el ceño y apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. En cuanto la vio en el despacho de John, se sintió dominado por un intenso sentimiento de pérdida. Se arrepentía de haberla abandonado diez años atrás, de haber permitido que el destino gobernara sus vidas.

Con el tiempo, Edward se había convencido de que no se volverían a ver; pero pensaba en ella con frecuencia y se preguntaba si se habría casado y si tendría hijos. Y aquella tarde, al notar que no llevaba anillo de casada, había sentido la necesidad de tomarla entre sus brazos y probar su boca.

Pero naturalmente, refrenó sus impulsos. Bella no tenía motivos para quererlo a su lado otra vez.

Además, estaba muy sorprendido por la decisión de su difunta tía abuela. Aunque sabía que Isobel apreciaba mucho a Bella, no imaginaba que tuviera intención de dejarle la mitad de la propiedad. Sin embargo, tampoco le importaba demasiado; el dinero nunca había significado nada para él. En ese sentido, lo único que le interesaba era el éxito de la empresa familiar. Por lo menos, desde asumió que la empresa era su destino.

Al pensar en ello, Edward sonrió sin humor. Había cumplido todas las expectativas de su familia menos una, la de encontrar una esposa adecuada. Y si su padre se salía con la suya, sería una esposa de la familia Papadopoulos, que tenía importantes lazos financieros con el clan de los Cullen.

–Ya es hora de que te cases y sientes la cabeza –repetía Carlisle cada vez que surgía la conversación–. Una esposa griega sería una inversión magnífica… Hay dos jóvenes preciosas que están esperando a que te decidas. Cualquiera de ellas te haría feliz. ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Cuál es el problema?

El problema de Edward era muy sencillo; por muy atractivas que fueran Tanya y Irina Papadopoulos, no estaba enamorado de ellas. Y tampoco había otra mujer con quien quisiera compartir su vida.

Si alguna vez se casaba, sería por amor; un factor completamente ajeno a la inversión que su padre veía en el matrimonio.

Arrancó el motor y echó los hombros hacia atrás. De momento, el problema de Mulberry Court y los bienes que contenía era más inmediato que el de su matrimonio. E inevitablemente, implicaba pasar bastante tiempo con Bella y, conociéndola como la conocía, discutir hasta el último detalle.

Edward ya había tomado una decisión sobre su alojamiento. Y al salir de Dorchester, condujo rápidamente hasta llegar al hotel Horsehoe Inn, que se encontraba a pocos kilómetros de distancia.

Era un hotel pequeño, pero cómodo y discreto, donde podrían charlar y hacer negocios sin que nadie los distrajera. A Edward siempre le habían disgustado los grandes hoteles. Cuando estaba en Londres, se alojaba en su piso, que le ofrecía la tranquilidad que necesitaba y un garaje con capacidad suficiente para sus coches.

Y ahora, mientras aparcaba su elegante deportivo, se acordó de lo bien que Bella había sacado su coche del aparcamiento del bufete de John. Un coche viejo, aunque en buen estado. Y sin duda alguna, perfecto para moverse por Londres.

Aquello le dio una idea. El coche viejo indicaba que Bella tenía poco dinero; y la elección del coche, que era una mujer pragmática. Cabía la posibilidad de que diera su brazo a torcer si le ofrecía una suma mayor que el valor combinado de la casa y de los bienes que contenía. Además, su solución tenía la ventaja de que le evitaría la molestia de ir a Mulberry Court para valorar personalmente la propiedad.

Pero era imposible. Bella había dejado bien claro que no lo aceptaría. Estaba decidida a hacerlo en persona.

Edward gimió y se dijo en voz alta:

–Siempre te quise, Isobel; pero, ¿por qué me has hecho esto?

Gracias por leer.

Me regalan un review?

Actualizare la historia a medida que vayan comentando. Ya que tengo varios capítulos adaptados.

Nos vemos mañana en Una Noche de Amor en Río.

Felices Fiestas!

Besos.

Anny