Raisa siguió tirando de mí, y Rhyme nos siguió, saltando por encima de las ramas y troncos caídos de los árboles. Yo me mantuve en silencio mientras la observaba. Por el gesto parecía cabreada, y su pelo, recogido en dos largas coletas, se movía furioso de un lado a otro.

-Raisa… -comencé.

Pero la chica no dio muestras de haberme escuchado. Siguió caminando, sin detenerse a tomar un descanso por cargar con Akane, hasta que alcanzamos la parte posterior de la mansión. Materializó las alas a su espalda, y echó a volar hacia una de las ventanas abiertas del piso superior. Ella se mantuvo en el aire, mientras me ayudaba a entrar en el interior. Cuando estuve asegurada en la habitación, me tendió a Akane, y yo la recosté en la cama mientras Raisa recogía las alas y entraba al interior.
Aquel cuarto era el de Raisa. La joven siempre dejaba la ventana abierta, por lo que pudiera pasar, y en más de una ocasión nos había sido útil.

-¿Qué le ha pasado a Akane? –dijo, sacándome de mis pensamientos.

-Ha sido solo un golpe. El chico rubio la dio una patada y ella salió volando.

-Mira que es blanda… -suspiró.

-Raisa… Te estoy escuchando –repuso una suave voz.

La pelirrosa y yo nos giramos hacia la cama, descubriendo a Akane despierta, demasiado dolorida como para moverse.

-Me da igual que me escuches. Mira cómo te ha dejado con una sola patada. No quiero ni pensar cómo habrías terminado si no llego a aparecer.

-Mal, eso está claro –comenté, cruzándome de brazos.

-Chicas… -repuso Akane al borde del llanto-. Me tenéis en muy baja estima…

-Pues haznos cambiar de parecer –le cortó Raisa seriamente.

Yo suspiré con suavidad, y comencé a caminar hacia la puerta.

-Juvia… -susurró Raisa-, será mejor que vayas con Uro. Debería mirarte esa herida.

Yo me giré hacia ella, y la sonreí con tranquilidad.

-No es nada. Un simple rasguño. No tardará en curarse –busqué a Rhyme con la mirada, y al descubrirla a los pies de la cama, le indiqué con un gesto de la mano que me siguiera-. Me voy a descansar -añadí mientras abría la puerta.

Me despedí de las dos con la mano mientras veía sus miradas clavadas en mí, ligeramente preocupadas, antes de hacerlas desaparecer tras la puerta.
Me dirigí a mi cuarto, situado al lado del de Raisa. El de Akane quedaba justo enfrente del de la pelirrosa, por lo que supuse que la ayudaría a caminar hasta él.

"También podría lanzarla de una patada sin necesidad de salir del suyo" pensé con una sonrisa.

Cerré la puerta detrás de mí tras asegurarme que Rhyme había entrado, y me tumbé en la cama bocabajo, lo que hizo que la herida se resintiera y volviera a sangrar ligeramente. Saqué el botiquín que guardaba bajo la cama para casos de emergencia, y me cambié el vendaje que Raisa me había puesto. Lo normal en aquellas situaciones, como bien había sugerido Raisa, era ir a ver a Uro, pero yo quería evitar en todo lo posible encontrarme con aquel hombre. Además del rencor que le guardaba, le tenía pánico. Y, por desgracia, no era infundado. Aquel hombre me había torturado, y había experimentado conmigo. Con todas nosotras. Las tres éramos sus conejillos de indias. Por eso nos encontrábamos en aquella mansión, en aquella organización llamada Kafka, que experimenta con seres vivos, originando su tan adorada "Evolución" al introducir unas células mutadas en el organismo de seres vivos.
Y eso era lo que habían hecho con nosotras, y con tantas personas antes de nosotras. Pero nosotras éramos los primeros experimentos que habían salido "bien" o que al menos no se había muerto en las primeras horas de vida.

Akane, la mayor de las tres, era la que llevaba más tiempo en Kafka. Ya llevaba varios años, al menos tres de los veinte que ya tenía. Fue el primer experimento con éxito que realizó Uro en seres humanos. Pero al ser la primera, tuvo imperfecciones, que fueron mejoradas, y que ya no presentamos las que vinimos después. Akane es la que peor controla su poder, sobre todo cuando pierde los nervios o se cabrea. Eso fue lo que ocurrió en la pelea contra Yogi, cuando sus ojos se tornaron rojos. Pero afortunadamente, el joven la detuvo antes de que pasara nada serio. Se podría decir que Akane le debe la vida…

La segunda que llegó a Kafka fue Raisa. Un año después de que Akane entrara a formar parte de la organización, Uro trajo a Raisa, para implantarle la célula modificada tras los efectos observados en Akane. Consiguió suprimir el mayor fallo, y Raisa hasta el momento no ha perdido nunca el control de sus poderes. Pero sus ojos se tornaron rojos de por vida. Aquello llamaba la atención, por lo que Uro siguió investigando, hasta eliminar aquel efecto. Y lo consiguió, ya que yo aún conservo el color azul oscuro de mis ojos.

Y yo fui la última en llegar, hacía ya una año. Uro implantó la célula en mi cuerpo, y a punto estuve de no soportarla y perecer. Cuando Uro lo vio todo perdido, y estuvo a punto de desecharme, sucedió algo que el hombre nunca habría previsto. Las heridas producidas durante la investigación se abrieron y comenzaron a sangrar. El líquido rojo se agrupó y se cubrió con una capa de agua, tomando la forma de un animal, que no tardó en ganar consistencia y materializarse por completo, hasta formar un ser completamente vivo. Uro, sorprendido por lo que había presenciado, me mantuvo en el laboratorio durante las semanas que tardé en recuperarme. Y durante todo aquel tiempo, aquel ser, parecido a un felino, no se separó de mi lado.
Fue lo primero que vi al despertar. A Rhyme, que se acercó a mí y me pasó su húmeda lengua con suavidad por la nariz. Y entonces lo supe. Mi vida dependería de aquel animal, en un sentido mucho más literal de lo que nunca llegaría a imaginar.
Por fortuna para mí, yo tampoco había llegado a perder el control de mi poder. Aunque aún no era capaz de controlarlo adecuadamente. De todas nosotras, las que mejor ha "evolucionado" como dicen ellos, es Raisa, capaz de controlar su poder, sin correr ningún tipo de peligro. Con tan solo diecinueve años se había convertido en el arma perfecta de Kafka. Conmigo el resultado no había sido tan satisfactorio. Algunos de los científicos que trabajan con Uro dicen que podría ser porque soy joven, y mi cuerpo aún está cambiando, y la célula con él, por lo que podría llegar a evolucionar más y mejor que al hacerlo en un individuo adulto. Pero aquello no terminaba de convencer a Uro. Raisa era su experimento perfecto, el que había triunfado. Akane y yo… las pruebas fallidas, por lo que no tenía problema en seguir experimentando con nosotras. Y aprovechaba siempre que íbamos a verle, por eso no podía ir a que me curase la herida. Y tampoco podía correr e ir a delatarle a alguien de Kafka, y mucho menos alguien de fuera si no quería terminar hecha trocitos, porque ¿quién creería a una mocosa de diecisiete años frente a un reconocido y admirado doctor?
Por eso mi única opción era evitarle.

Un fuerte temblor me sacó de mis pensamientos. El edificio entero vibró, y la cama se separó de la pared. Rhyme saltó al suelo y corrió hacia la puerta, instándome a abrirla. Y así lo hice. Rápidamente alcancé la puerta y me asomé al exterior junto con el animal, descubriendo a Raisa y Akane también asomadas al pasillo. Otro temblor sacudió el edificio a nuestros pies, seguido rápidamente del sonido de varias explosiones. Rhyme corrió hacia el exterior del cuarto, y yo detrás de ella, huyendo de los escombros que comenzaban a caer. Llegué hasta las chicas e intercambié una mirada nerviosa con ellas. Pero antes de recibir ningún tipo de respuesta, el edificio se estremeció, y más escombros cayeron sobre nosotras. Raisa saltó mientras sacaba sus alas, y nos obligó a agacharnos en el suelo, cubriéndonos con sus amplios miembros emplumados.
La joven pelirrosa soltó una exclamación malsonante mientras se ponía de pie, dejándonos a Akane, Rhyme y a mí al descubierto. Rápidamente nos cogió, echándose a Akane sobre el hombro y cogiéndome a mí de la muñeca. Rhyme saltó hacia mí antes de que la joven alzara el vuelo, y yo la cogí entre mis brazos, pegándola a mi pecho, y dejándome llevar por Raisa al exterior del edificio.
La joven voló, saliendo por una de las ventanas, alejándonos del edificio, casi engullido por las llamas provocadas por las explosiones. Poco a poco comenzó a descender, hasta llegar al suelo, y dejarnos suavemente sobre él. Yo quedé sentada sobre mis rodillas, con Rhyme correteando nerviosa a mi alrededor, mientras Akane y Raisa miraban sorprendidas el estado en el que se encontraba nuestro hogar. Pero un sonido, suave y constante, me hizo apartar mi atención del edificio, y alzar la mirada al cielo. Descubrí, volando por encima de nuestras cabezas, varias naves grandes, con la parte inferior cubiertas de luces azules brillantes y parpadeantes. Las naves de Circus. Se marchaban y nos dejaban. Pero ninguno de nosotros sabíamos cuánto tardarían en volver a por nosotros. Si se iban era porque tenían un objetivo más importante que capturarnos a todos nosotros.

Raisa comenzó a maldecir en voz alta, pateando piedras y ramas que se interponían en su camino, bajo mi atenta mirada. Akane aún miraba con ojos llorosos el edificio, casi consumido por las llamas, y Rhyme seguía de cerca los pasos enfadados de Raisa.

-Raisa… -susurré-. ¿Ha pasado algo…?

La joven volvió a maldecir, alzando la mirada al cielo, antes de girarse hacia mí, y clavar sus rojos y fieros ojos.

-Karoku ha desaparecido.

-¿C-cómo…? –repuse, incrédula.

-Han sido esos de Circus. Él era su objetivo. Se lo han llevado –añadió con severidad.

-¿Qué? ¿Pero por qué…? –repuse, descendiendo la mirada al suelo, perdiéndola en el césped.

-Esos malditos… Juro que le traeré de vuelta –dijo malhumorada, alzando la mirada al cielo, hacia las naves de Circus, que comenzaban a perderse a lo lejos.

Akane se giró hacia nosotras y nos miró con ojos tristes, mientras cogía a Rhyme y la acunaba entre sus brazos.

-¡Las he encontrado! –gritó una voz a nuestra espalda-. ¡Señor Uro, están aquí!

Busqué, nerviosa, el origen de aquella voz. Venía de la dirección en la que estaba la mansión, con el fuego casi controlado por completo. Un hombre vestido de negro, con gafas de sol y arma de fuego, salió de entre los árboles y se dirigió a nosotras. Tiró de Akane, obligándola a ponerse de pie, y Rhyme saltó al suelo, molesta por el repentino tirón. La gata corrió hacia mí en el momento en que vio aparecer a Uro entre todos aquellos árboles, por el lugar por el que segundos antes había aparecido aquel hombre. Rhyme se colocó delante de mí y bufó a Uro, erizando el pelo del lomo, e intentando mantenerle alejado de mí, pero lo único que consiguió fue que el científico la mirara con desdén.
El hombre pasó por el lado de Rhyme, ignorándonos a Akane y a mí, interesado únicamente en la joven pelirrosa, que mantenía la mirada fija en el cielo. Uro la miró con profundidad, de arriba abajo, observando su cuerpo. Al descubrir que no tenía ni un rasguño, suspiró con alivio, y se giró al hombre que aún permanecía por allí.

-Será mejor que no vayamos. Llévalas a la nave.

Uro, tras aquella orden clara y precisa, desapareció por el mismo lugar por el que había aparecido. El hombre ocultó su arma bajo la chaqueta y caminó hacia Akane y hacia mí, que aún estábamos arrodilladas en el suelo. Nos levantó con brusquedad y tiró de nosotras hacia la mansión, mientras Raisa y Rhyme nos seguían a pocos pasos de distancia.
Cuando llegamos al edificio lo descubrimos en un estado lamentable, con gente corriendo a su alrededor, intentando extinguir las débiles llamas que aún quedaban. Pero no nos llevaron hacia él, sino que nos desviamos un poco, hacia la entrada de la mansión, una zona despejada, y con un amplio camino de piedra que dividía el bosque en dos. Comenzamos a descenderlo, en dirección contraria a la casa, y descubrí una gran nave, parada en medio de aquel camino. Vi a Uro subir por la rampa que conducía al interior, e intenté resistirme, pero el hombre siguió tirando de mí, obligándome a entrar al interior junto a Raisa y Akane, y Rhyme, que se coló entre nuestros pies antes de que la rampa comenzara a elevarse para cerrar la entrada a la nave.
El hombre nos empujó al interior, quedándose él fuera de la nave, y sentí un suave temblor a mis pies. La nave se puso en marcha y comenzó a elevarse en el cielo. Pero no fuimos capaces de ver nada. Nos encontrábamos en una sala oscura sin ningún tipo de iluminación, ni del exterior ni artificial. Me encogí sobre mí misma, pensando inocentemente que así estaría más segura, pero segundos después noté un suave roce en el hombro, que me hizo dar un respingo. El ligero silbido de Raisa a pocos centímetros de mi oreja, pidiéndome silencio, me hizo respirar tranquila. Me dirigió sabiamente a través de la oscuridad a un extremo de la sala, y me ayudó a sentarme en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, y justo después sentí cómo ella tomaba asiento a mi lado, y Rhyme saltaba hacia mis brazos.

La oscuridad de la sala no tardó en verse rota por una grieta de luz que surgió al abrirse una de las puertas de la zona delantera. La luz iluminó el reducido espacio, dejándome descubrir a Raisa sentada a mi lado, y Akane junto a ella. Una silueta se recortó sobre la puerta, y comenzó a acercarse a nosotras con tranquilidad y paso lento. Bueno, más concretamente, se acercaba a Raisa. Uro se arrodilló delante de ella, apartándonos a Akane y a mí con un empujón de su preciada marioneta, y la observó cuidadosamente de arriba abajo.

-No estás herida, ¿verdad? –preguntó con suavidad, mientras colocaba una mano debajo de su barbilla y la hacía girar la cabeza de un lado a otro.

Raisa, después de dejarse mecer un par de veces, cuadró sus ojos con los del hombre, mirándole con seriedad.

-Yo estoy bien, pero Juvia…

Antes de que Raisa pudiera terminar la frase, le di un golpe en el costado, gesto que no pasó inadvertido a los ojos de Uro. El hombre me miró de reojo por debajo del flequillo, y comenzó a levantarse con lentitud sin apartar la mirada de mí. Se irguió tanto como pudo, dejando clara su superioridad, y antes de girarse y dejarnos solas en la sala, nos miró con prepotencia. Yo aparté la mirada tan rápido como pude cuando vi sus fieros ojos castaños clavados en mí y no pude evitar encogerme sobre mí misma, enlazando los brazos en torno a las piernas.

Uro se fue, dejándonos de nuevo sumidas en la oscuridad. El tiempo parecía no avanzar, y después de un viaje largo y pesado, en el que nos mantuvimos la mayor parte del tiempo en silencio, sin compartir las dudas que nos asaltaban, la nave comenzó a descender, hasta posarse suavemente sobre el suelo, deteniendo el ronroneo del motor.
Rhyme, que había caído dormida entre mis brazos, se despertó en cuanto notó la falta de movimiento. La puerta se abrió con brusquedad, dejando entrar de nuevo aquella tenue luz, y recortando aquella misma figura sobre ella. Uro se acercó, casi corriendo, a nosotras. Parecía cabreado. Y esta vez no miraba a Raisa. Me mantuve encogida todo el tiempo, hasta que el científico se paró delante de mí. Se detuvo un par de segundos, durante los cuales inspiró profundamente antes de inclinarse sobre mí y tirar de mi brazo con brusquedad, levantándome y haciéndome caminar detrás de él al exterior de la nave, cogiendo también a Rhyme de forma brusca por el cuello.

Fuera nos esperaba un bosque, mucho más frondoso que el que protegía la mansión. Apenas se veía en cielo entre las copas de los árboles más altos. Y a pocos metros del lugar en el que había aterrizado la nave, había una pequeña construcción, mal cuidada, y rodeada por una verja metálica. Uro se acercó al diminuto edificio, en el que malamente entraría una mesa, y abrió la puerta. Pero en el interior solo había unas escaleras que descendían varios metros bajo el suelo, a unos pasillos estrechos y débilmente iluminados, que parecían salidos de una película barata de momias.

Cruzamos pasillos y giramos en varias esquinas, hasta que quedé completamente desorientada. Uro tiró de mí a través de un pasillo que parecía no tener salida, pero el hombre situó sabiamente la mano sobre una piedra de la pared, y el muro que teníamos delante se giró, hasta dejar despejada la entrada a la sala que había al otro lado.

Sin apenas darme tiempo a reaccionar y oponerme, Uro me hizo entrar, tirando de mi muñeca, y cerrando la puerta una vez estuve dentro. Me sentí completamente indefensa en medio de aquella sala, acompañada únicamente de aquel hombre, que tanto temor me transmitía.

Uro encendió los halógenos de la sala, que pendían peligrosamente del techo de la sala, iluminando el lugar con una fría luz azulada, y dejando a la vista todos los muebles que utensilios que había por allí esparcidos. El científico tiró a Rhyme al interior de una jaula, que cerró con llave, y luego se dirigió a mí, haciéndome tumbar en una de las camillas metálicas de un rápido tirón de la muñeca. Amarró mis tobillos y muñecas a la fría superficie, y me apartó el pelo de la cara. Comenzó a inclinarse sobre mí, observando en todo momento mis ojos, y yo intenté resistirme, pero Uro mantuvo mi barbilla sujeta, impidiéndome apartar la mirada. Descendió hasta quedar a escasos centímetros de mí y, de repente, sin esperarlo, se apartó con rapidez. Retiró la sudadera, dejando la herida al descubierto, y desgarrando parte de la venda que la cubría, por lo que no tardó en comenzar a sangrar de nuevo.

Uro observó la sangre surgir por la herida con ojos brillantes, y sabiamente sus manos se dirigieron a los utensilios que tenía sobre la mesa. No vi lo que cogió, pero segundos después noté un profundo dolor del interior de la herida. Tuve que contenerme para no gritar, y no me moví del sitio gracias a las bridas que me mantenían sujetas. Si hubiera llegado a moverme, seguramente habría recibido algún tipo de castigo, como veces anteriores. Por eso Uro ya sabía que debía atarme para poder trabajar con tranquilidad. Lo único que no había llegado a controlar eran mis sollozos y lágrimas.

Noté cómo el utensilio removía algo en mi interior, haciéndome perder cada vez más sangre. Uro dio un tirón, extrayendo la pequeña pieza metálica que había en la herida, y llevándosela a una bandeja, mientras la observaba con interés, sin siquiera prestar atención a mi pérdida de sangre. Mis ojos comenzaron a cerrarse solos, a pesar de mis ruegos para mantenerlos abiertos. Uro se alejó de mi lado, y depositó la bala en un pequeño plato, aún bañada en mi sangre. La observó durante unos segundos, hasta que pareció cansarse de ella, o notar que mi estado empeoraba por momentos, y se alejó de ella, para venir a mi lado, mientras me miraba con molestia.

Me cosió la herida sin poner ningún tipo de cuidado, mientras yo intentaba mantenerme en silencio, mordiéndome los labios, ya que sabía lo mucho que le molestaba que hicieran ruido mientras él trabajaba. Cuando terminó me pasó una venda por el hombro, protegiendo los puntos, y, sin colocarme el hombro de la sudadera, me arremangó una de las mangas, dejando al descubierto la parte interior del codo derecho. Sacó una aguja, y la bajó hasta rozar mi piel.
Ante aquel contacto el vello se me erizó e, instintivamente, cerré los ojos. El líquido, aquel líquido que otras veces había sentido correr por mis venas, volvió a envolverme. Sentí su calidez fluir a través de mi cuerpo, relajándome durante unos pocos segundos. Pero aquello era solo la primera fase, y lo sabía muy bien. Aquella tranquilidad fue pronto sustituida por angustia y ansiedad que me hicieron estremecer. Traté de encogerme sobre mí misma, y huir de aquella sensación, pero al estar atada no fui capaz, lo que empeoró mi estado. Dejé de ver, pero sentí los ojos salirse de las cuencas. Mi respiración comenzó a entrecortarse, y mi cuerpo a contraerse en espasmos.
Sentí cómo mi consciencia se escapaba entre mis dedos, a medida que la cabeza daba vueltas y vueltas cada vez más deprisa, y mis ojos terminaban de cerrarse por completo, para no volver a abrirse.

"Juvia… ¿Me recuerdas? No puedes haberme olvidado, porque… si lo has hecho… Te recordaré mi existencia de la peor manera posible…"

Aquella voz resonó en mi cabeza, repitiendo las mismas palabras una y otra vez, hasta que se hizo tan real y molesta, que me obligó a despertar para hacerla desaparecer.

Aquella voz… Parecía la mía, pero más grave, y cargada de odio. E insistía en que me conocía. Pero yo no sabía mucho más del mundo fuera de Kafka, y de mis escasos compañeros. No sabía de quién era aquella voz. Aquella fiera y amenazante voz que me hacía temblar solo con recordarla.
Intenté moverme, pero un agudo y pronunciado dolor se adueñó de mi cuerpo, obligándome a caer sobre la cama, en la misma postura en la que había estado segundos antes. Pero aquel ligero movimiento hizo que la persona que se hallaba allí conmigo se despertara. Raisa se incorporó, levantado su cabeza de la cama, oculta entre los brazos. La joven me miró, aún sentada en el suelo sobre sus rodillas, y me dirigió una suave sonrisa.

-¿Has dormido bien?

Yo asentí con lentitud, mientras me incorporaba, ayudada de Raisa.

-¿Llevo mucho durmiendo?

-Un poco –dijo ella en un susurro mientras asentía con la cabeza-. Casi un día. Uro dijo que te dejáramos descansar, que habías perdido mucha sangre por el disparo que recibiste.

"El disparo, sí, claro…"

-¿Ocurre algo? –continuó la pelirrosa ante mi silencio.

-Tengo hambre. Necesito comer algo –repuse con naturalidad, y una sonrisa inocente.

Raisa suspiró, devolviéndome la sonrisa, y me ayudó a levantarme y caminar al exterior del pequeño y poco iluminado cuarto.
Nos dirigimos a la cocina del nuevo lugar en el que nos encontrábamos alojados, y les pedimos algo de comer a las chicas que trabajaban allí. Todas ellas se negaron, pero en el último momento, cuando ya desistimos y nos dimos la vuelta para volver, una chica nos pasó una pequeña bolsa con la fruta sobrante de la comida. Nos la llevamos a un rincón apartado y oscuro de la casa, por el que no pasaría nadie que tuviera intención de castigarnos por lo que estábamos haciendo, y nos comimos la fruta en silencio. Cuando terminamos, nos encaminamos a nuestros cuartos, en la planta superior, pero nos encontramos con Uro, que no parecía muy animado.

-Por fin os encuentro. Empiezo a pensar que no sería mala idea poneros un localizador a cada una –repuso con molestia-. Quiero que vayáis tras esa nave de Circus y traigáis a Karoku de vuelta, junto con el chico de pelo blanco.

Me giré hacia Raisa, pero a ella ya le brillaban los ojos de la emoción, y solo prestaba atención a Uro.

-Confío en que cumpláis con vuestra misión, si no queréis pagar por ello.

Raisa se puso firme y comenzó a caminar hacia las escaleras que conducían a las plantas inferiores. Yo me quedé un poco por detrás, observando a Uro, que había bajado la cabeza, y la mantenía oculta tras el pelo que le caía por delante. Pude ver un destello provenir de sus ojos que, por un momento, se detuvieron en mí. Tragué saliva y comencé a correr detrás de Raisa.
Cuando llegamos al exterior, nos encontramos a Akane, que nos había estado esperando en la puerta desde hacía unos minutos.

-Uro está de un humor de perros –comentó la joven rubia-. No le ha sentado muy bien perder a Karoku, y ahora además se la quiere devolver a Circus, arrebatándole a ese chico de los ojos rojos.

-Pues será mejor que no le demos motivos para que se cabree más, y le traigamos a Karoku y ese mocoso –dijo Raisa seriamente-. Además, yo también quiero traer a Karoku de vuelta, y terminaré con todo aquel que se me ponga por delante.

Akane y yo miramos a nuestra compañera, sorprendidas por su reacción. Pocas veces la habíamos visto tan enfadada. Los problemas de Kafka no solían afectarla, pero en aquella ocasión se trataba de Karoku. Se había convertido en algo personal.

La joven sacó las alas y, antes de que ninguna de nosotras pudiera decir algo, nos cogió a Akane y a mí, y se elevó en el cielo, en dirección a la casa que habíamos dejado abandonada, casi consumida por las llamas, en medio de aquel pequeño bosque.