Nota: Los personajes conocidos no son míos, pero los uso sin ánimo de lucro, no me denuncien por favor. En cuanto al apellido de Alain, en la serie original sonaba algo como "Piqué", pero al revisar mi diccionario de francés vi que "Pichet" significa "pichel", y dado que la familia de Alain en la serie es vinicultora, me pareció adecuado. También he tenido que inventarme la localización del hogar de sus padres; creo recordar que se mencionaba algo como que estaban hacia el norte. Colocar la propiedad donde la he ubicado me daba más juego. Ya lo siento, si me he equivocado.
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CAPÍTULO 2
El Ministerio de Defensa nacional y de la Guerra se parecía más a esto último que a lo primero.
Secretarios, oficiales, administrativos, bedeles… todos los funcionarios desde los altos consejeros hasta el chico del reparto, corrían de un lado a otro, sin un mapa claro de cómo conseguir los objetivos fijados por el mandamás de turno.
Tony trató de hacerse escuchar entre la anarquía. Pero ni siquiera la veían. Apenas si soportaban su presencia, como si de un horroroso jarrón chino regalado se tratase.
Y no fue por no intentarlo.
Usó todo su arsenal: desde la alusión de su oficio hasta el ruego, pasando por la exigencia indignada, el lloro lastimero e incluso la sonrisa seductora. Todo resultó inútil. Tal vez porque no lograba transmitir emociones reales. Estaba demasiado cansada, demasiado ida, para resultar convincente. Era como la sensación de un brazo amputado: se sabe que ya no está ahí, pero puede doler lo mismo.
En un momento dado, se encontró en un pasillo, en medio de ninguna parte. Y se preguntó qué hacía en aquel lugar. Como si tener información sobre Alain fuera a ayudarle en algo. Pero se veía incapacitada para hacer cualquier otra cosa, acostumbrada a resolver cualquier duda a través del trabajo. El problema era que no se trataba de un misterio sin resolver, como un robo o un secuestro; Tony conocía el qué, el quién, el cuándo, el cómo, el dónde y el por qué. Si aquel "por qué" podía considerarse una respuesta. Todo lo que debía conocerse ya había salido a la luz, no quedaban dudas claras que solventar. ¿Por qué no se iba a casa, se echaba en la cama y lloraba de una vez?
Pero algo en su interior no le permitía tirar la toalla. Como si aún quedara esperanza. O razones para no llorar.
Por eso, cuando vio a un oficinista avanzar hacia ella, reunió todas sus fuerzas y, agarrándolo por las solapas de la chaqueta, lo estampó contra la pared.
— Mi marido murió en Sedán hace más de dos días, quiero que alguien me diga dónde está su cadáver – dijo, esforzándose para no gritar.
El pobre hombre la miró aterrorizado.
— No-nosotros no sabemos—
— Mi marido ha muerto en una guerra –cortó ella, ejerciendo presión sobre el pecho del oficinista-, éste es el Ministerio de la Guerra. Si quiero información tengo que acudir aquí, ¿verdad?
— Pe-pero nosotros no-no podemos—
— Un nombre. Dame un nombre o te juro que te unirás a la lista de bajas.
El oficinista trató de hacer memoria mientras goterones de sudor bajaban por su frente.
— ¿El Teniente Coronel Dernier? – probó a decir.
— ¿Y dónde puedo encontrar a ese Teniente Coronel? – preguntó Tony utilizando una voz dulce que hacía dudar sobre su estabilidad mental.
— Piso de arriba, tercer pasillo, cuarta puerta a la izquierda.
— Muchas gracias – dijo ella, soltando sus solapas y alisándolas con ambas manos.
El oficinista asintió y decidió huir corriendo.
Tony siguió las indicaciones hasta dar con el lugar. La puerta estaba entornada. Por el resquicio podía escuchar a alguien hablar, más bien exigir.
— ¡Me da igual de cuántos hombres disponga, o me busca la información o le monto un consejo de guerra!
A Tony le pareció tranquilizador encontrar a alguien que parecía saber lo que hacía. Llamó a la puerta con los nudillos, pensando en, al menos, aparentar educación.
El hombre, aún con el auricular pegado a la oreja, hizo un gesto con la mano, permitiéndole la entrada. Ella se deslizó dentro.
— Oiga, no tengo tiempo para discutir esto. Y si usted estuviera tan ocupado como dice, tampoco.
El Teniente Coronel le echó una mirada asombrada. Se trataba de un hombre alto, compuesto, de aire elegante y aspecto sin duda atractivo, que lucía un bien cuidado bigote castaño y poseía unos ojos claros de brillo despierto. Algo en la curva de la mandíbula y la forma de fruncir los labios le resultaba vagamente familiar. Además, no le sacaba muchos años. Tony se sentía vieja cuando veía a alguien poco mayor que ella ostentar un puesto de responsabilidad.
— Todo eso no son más que excusas. Esto es una guerra, teniente, y nuestro país no puede permitirse el lujo de estar en manos de incompetentes. Si no he recibido esa información en menos de una hora, le haré personalmente responsable, ¿me ha entendido? No, no, se acabó la discusión. ¡Que tenga un buen día!
El ímpetu al colgar el teléfono provocó la caída de varios papeles al suelo. El Teniente Coronel dirigió entonces toda su atención hacia la mujer. Por su ceño arrugado y la tensión en su mandíbula no parecía muy contento de verla.
— ¿Y quién es usted, si puede saberse?
— Tony Dubois, trabajo para "La Voix de Paris". – Ella le ofreció la mano, pero él no hizo ademán de aceptarla.
— ¿Una reportera? Disculpe, pero no tengo tiempo para esto…
— No vengo en calidad de periodista.
El Teniente Coronel enarcó las cejas, esperando a que prosiguiera.
— He recibido una carta… Un soldado vino a darme un mensaje donde… -Suspiró y volvió a aspirar aire, en un intento de recuperar la compostura-. He sido informada de que mi marido murió en Sedán.
El Teniente Coronel arqueó aún más las cejas.
— Perdone, pero… ¿y qué tiene eso que ver conmigo?
— Quisiera saber qué debo hacer para… para reclamar su cadáver. – La última palabra salió estrangulada.
— Ehhh… Señora Dubois… -El hombre se quedó un momento callado, como si sopesara el nombre-. ¿Tony Dubois, ha dicho?
— Sí, tal vez haya visto mi nombre, en los periódicos.
El Teniente Coronel esbozó una sonrisa fugaz, pero jocosa.
— No, la conozco de otras fuentes. Familiares, en este caso.
Tony no comprendió al principio, luego hizo memoria.
— Teniente Coronel Dernier… ¿Algo que ver con Jean Dernier?
— Es mi hermano. –El hombre la señaló con el dedo para remarcar sus palabras-. Siempre que nos vemos me lee sus artículos y me cuenta la historia de cómo una vez creyó que había secuestrado a su hijo. Resulta un poco cansino.
— ¿Qué tal está el pequeño Marc?
— Ya no es tan pequeño. Y está bien, gracias.
Tony asintió en silencio y el Teniente Coronel también se calló. Ambos eran conscientes del origen de la conversación.
— En cuanto a mi marido… - suplió en palabras ella.
— Mire, no sé por qué cree que la puedo ayudar.
— Me dieron su nombre.
— Yo… yo no tengo todos los datos…
— Entonces dígame quién los tiene.
Él hombre se pasó una mano por el pelo, en un gesto nervioso.
— En teoría, yo.
— Pues no entiendo el problema.
— ¡El problema es que no tenemos comunicaciones del frente! Están cortadas.
— ¿No hay forma de contactar con alguien? Tal vez el soldado que me entregó la carta.
Él frunció el ceño, como si le sorprendiera el detalle, pero se recuperó pronto.
— Si no me dice su nombre…
Tony meneó la cabeza para negar, abatida. El Teniente Coronel la miró con un punto de lástima en sus ojos claros.
— ¿Cómo se llama su marido? – preguntó, removiendo sus papeles
— Alain. Alain Pichet.
El hombre se saltó una página abruptamente.
— No cambié mi apellido al casarme – informó ella, sintiéndose rara y estúpida, como cada vez que lo explicaba.
Él asintió, un poco azorado.
— Sí, bien… Hay una lista de bajas. Su marido aparece en ella. Sí.
— ¿No dice nada más?
— No sé qué más quiere que diga – contestó él, levantando la cabeza para mirarla desconcertado.
Tony no respondió, porque no conocía la respuesta.
— ¿Y su… y su cadáver? ¿Dónde está?
— No lo pone – contestó él, como si fuera obvio.
— ¿Y cómo voy a poder recuperarlo?
El Teniente Coronel se mantuvo un momento en silencio, mojando los labios, una arruga de preocupación surcando su entrecejo.
— Señora Pi- Dubois, lamento mucho decirle esto, pero los restos de su marido ya habrán sido enterrados en un lugar cercano a su muerte. Creo poder asegurar que, al menos, habrá tenido una tumba. –Hizo caso omiso a la mirada horrorizada de Tony-. Esto… Esto es una guerra y teniendo en cuenta cómo se va desarrollando, no puede esperar nada más.
Tony le echó un rápido vistazo al mapa colgado de la pared; varias banderitas rojas clavadas parecían haber abierto una brecha entre la línea de banderitas tricolores.
— ¿Tan mal están las cosas? ¿Acaso los alemanes están imponiéndose a nuestras defensas?
El Teniente Coronel esbozó una sonrisa socarrona.
— ¿Buscando una jugosa entrevista, señora Dubois?
— No, de verdad. Estoy preocupada. Tengo familia en el nordeste.
El Teniente Coronel adquirió una expresión preocupada, acercándose al mapa.
— ¿En serio? ¿En qué parte?
— Mis hijos viven en una hacienda, cerca de Reims.
Él miró las banderitas. Luego volvió a sus papeles. Con ellos en la mano, retornó al plano. Se dio cuenta de un detalle y cambió una de las banderitas rojas de lugar, haciéndola penetrar en tierra francesa.
— Evácuelos –le dijo, sin disimular la premura de su tono-.Evácuelos, ya.
