Celestia

—Entonces, esto tenía que suceder—, dije cuando aterricé en la ladera de la nueva montaña que había surgido en el desierto.

El Draconequus me miró hoscamente mientras yo plegaba mis alas en mi espalda. Estaba preparada para cualquier cosa, o al menos eso creía. La respuesta de Discord me sorprendió, sin embargo.

—Ahora no, Celestia. No estoy de humor.

Parpadeé, sorprendida. Nunca había visto a Discord molesto. Al menos, no de esta forma. Él tenía diferentes estados de ánimo, sin duda, pero estos normalmente oscilaban entre divertido e irritante.

—Me gustaría dejarte en paz, Discord. Pero sabes que no puedo hacer eso.

—Celestia, te lo juro, si ustedes dos no me dejan en paz, esto va a terminar mal para ambos—. Sentí un escalofrío cuando me di cuenta que nuestra trampa había sido descubierta. —Oh, si—, dijo él al notar mi sorpresa. —Puedo sentir a la pequeña Luna escondida detrás de mí, portando los otros tres Elementos. ¿Creías que no lo sabría?

—Esperaba que no lo harías, sí.

—No estoy de humor para juegos, Celestia.

—¿Desde cuándo?—, pregunté.

Eso fue un error, uno del que me arrepentí al instante cuando el Espíritu del Caos enfurecido se giró para mirarme. He visto a Discord enfadado antes, o al menos eso pensaba, pero lo que estaba presenciando ahora era una furia incandescente que nunca había esperado ver en el espíritu normalmente cortés.

—¡Desde que me colocaste esta correa!—, rugió, y yo retrocedí, temiendo por mi vida, por primera vez en mucho tiempo. La voz de Discord hizo eco en la ladera de la montaña, y la piedra se agrietó en varios puntos, derrumbándose en avalanchas aleatorias.

—¿Qué…?—, tragué saliva, intentado recuperar un poco de humedad en mi boca, —¿Qué correa?

—¡Estos Guardianes infernales tuyos! ¿Por qué hiciste eso?—. La rabia se desvaneció, y me sorprendió ver…¿dolor? ¿Podría ser?

—Yo…yo sólo quería que tuvieras compañía—, dije, de pronto sin reconocer a la criatura que estaba enfrentando. —Ni siquiera estaba segura de si estabas consciente…

—Oh, yo estaba consciente. Cada segundo de cada día. ¿Y, honestamente? No podría importarme menos cualquiera de ellos. Cualquiera, excepto Sunny Meadows.

—Ah, la última Guardián—, dije, y luego me estremecí ante su mirada.

—Sí, la última, el Guardián final—, respondió.

Aparté la vista de su rostro, y algo llamó mi atención. Su garra de águila aferraba con fuerza a un manojo de papeles. Un misterio para otro momento, tal vez.

—¿Por qué, Celestia?

—¿Por qué?—, repetí.

—¿Por qué me hiciste eso? ¿Por qué me ofreciste sirvientes, aunque yo estaba atrapado en piedra? ¿Por qué…por qué…por qué mueren tan rápido?

—Ah—, dije. Con el fin de ocultar mi sorpresa, miré hacia otro lado, hacia el cielo, y vi a Luna acercarse. Llamé su atención y sacudí la cabeza. Confundida, pero confiando en mí, Luna se dio la vuelta y se alejó volando. —Es el costo de la inmortalidad, Discord. Aquellos que son mortales, no importa el tiempo que vivan, fallecen antes de que realmente logremos conocerlos. Luego nos pasamos el resto de nuestras vidas velando por ellos.

—No vale la pena, entonces, ¿verdad?—, dijo él, mientras abría su garra. Una explosión de fuego, casi demasiado brillante para mirarla, consumió la carta en un abrir y cerrar de ojos.

—Vale la pena—, respondí. —Para mí, al menos.

—¿Oh? ¿Cómo?

—Porque la alternativa es nunca lograr conocerlos. Esos encantadores, maravillosos, y sobre todo, breves ponys vivirían sus vidas y morirían sin que nosotros siquiera podamos saber de ellos. Nos negaríamos a nosotros mismos la alegría y la belleza de su tiempo en este mundo, y nuestras vidas serían las más pobres por ello. Y, porque…Bueno, dicen que ningún pony muere realmente mientras alguien los mantenga vivos en sus corazones—. Avancé un paso e incliné la cabeza. —Y, como somos inmortales, eso significa que aquellos amados por nosotros nunca van a morir verdaderamente.

Discord lanzó un ladrido que casi pudo ser una risa. —Eso sorprendentemente me ofrece un poco de consuelo ahora, sabes.

—Lo sé. Pero será más fácil de soportar

Él gruñó, luego suspiró.

—Entonces, ¿ahora qué?—, le pregunté.

—¿Ahora qué?—, repitió, —Ahora, pasaré algún tiempo pensando. Un poco de reflexión ociosa, contemplación indiferente.

—Y, ¿una vez que hayas terminado de pensar?

—Entonces tendremos que ver. Soy el Espíritu del Caos, después de todo.

—Ya veo.

Discord se levantó y se estiró, luego me miró. —Por curiosidad, Celestia, ¿puedes decirme qué es esta emoción?

—¿Qué em…?

El sentimiento me impactó duramente, fluyó desde Discord, directo hacia mi corazón. Se sentía un poco feroz, como la furia, pero también vertiginoso, como la alegría. Felicidad, protección, miedo y coraje…tenía aspectos de todos ellos, pero no estaba formado por ninguno de ellos. Era una emoción independiente, y una que conocía muy bien.

—Esto, Discord, es amor.

Él resopló con desprecio. —¿Amor? No. Yo conozco el amor. Amo el caos. Amo lo inesperado. Amo…

—Tú disfrutas esas cosas, sin duda—, interrumpí, —Pero no las amas. ¿Has sentido esta emoción, Discord?

—Sí. Por Sunny Meadows.

—Ya…veo—. Eso fue más que sorprendente, por decir menos. Y ahora, estaba empezando a entender su comportamiento. —Entonces, siento mucho tu perdida.

Él simplemente me miró. Durante más de un minuto, me miró. Luego soltó un bufido.

—Unas ultimas peticiones, Celestia.

—Estoy escuchando.

—La arboleda. Mi arboleda. Los Guardianes la cuidaran, al igual que Sunny, por el resto del tiempo. Me gustaría poder visitarla de vez en cuando.

—Por supuesto—, dije. —¿Algo más?

—Ella debe tener una estatua.

—¿Sunny Meadows?

—Sí. Una grande. Y asegúrate de que todo el mundo sepa que ella es la única razón por la que Canterlot no está siendo inundada por chocolate caliente, o algo peor, en este mismo momento.

—Muy bien. Encargaré el trabajo a mis mejores escultores de inmediato. ¿Dónde te gustaría ubicarla?

—En la arboleda, por supuesto. No hagas preguntas tontas.

—Hecho. ¿Y, ahora?

—Ahora, me voy. Como dije, tengo que pensar en algunas cosas.

—¿Sobre qué?—, no pude resistir preguntar.

—Sobre cómo el Caos no es divertido sin el Orden. Y cómo el Orden no es divertido…

—Sin un poco de Caos.

—Bueno, tal vez más que un poco, Celestia—, dijo con una sonrisa. —Adiós, hasta la próxima vez que nos veamos. Oh, y dale a tu hermana un beso de mi parte, ¿sí? Ella siempre fue mi favorita.

Él despareció en una nube de humo que olía un poco a queso. Luna descendió y aterrizó a mi lado.

—Eso resulto mejor de lo esperado—, dije. Y fue entonces cuando la montaña entera se trasformó en una enorme y cambiante pila de chicles de los colores del arco iris.