Disclaimer: Rurouni Kenshin no me pertenece.
Advertencias: Estas historias no necesariamente tienen un orden cronológico o lógico. Pueden verse de esa manera, pero también pueden leerse de manera aislada y no afectará de manera alguna la lectura. Yo, por otro lado, preferí subirlas de esta forma para que se viesen más bonitas.
Esfuerzo
Kenshin cree fervientemente, gracias a lo vivido a lo largo de sus años –que si bien no lo aparentaban, eran ya varios-, que no importa qué tan difícil fuera algo; con práctica y empeño se es capaz de dominar cualquier disciplina.
Así hizo hecho él durante todo el tiempo que vivió con su maestro en las montañas aprendiendo el correcto uso de la espada. Y es precisamente lo que le dice a Yahiko para que tome en serio sus lecciones con Kaoru.
Dicha premisa ha sido un referente a lo largo de su vida y piensa –ingenuamente, la verdad sea dicha-, que no hay excepción sobre la Tierra para tan sabia y noble enseñanza.
Sin embargo, ésta parece no querer aplicarse a Kaoru y a su nula habilidad para la cocina.
El hecho de que Kaoru no supiera cocinar era algo que Kenshin supo desde el primero momento, incluso antes de comenzar a quedarse ahí como huésped permanente, y al principio eso no era un verdadero inconveniente; a él no le molestaba en absoluto preparar la cena y ocuparse de las cosas de la casa mientras la chica daba sus clases.
Eso, no obstante, no es un impedimento para que ella lo intente de vez en cuando, poniendo todo su esfuerzo para lograr una comida decente, que al final ni ella misma es capaz de comer, y que termina siendo despreciada tanto por Yahiko como por Sanosuke. Finalmente, se resigna a que Megumi se encargue de arreglar sus preparaciones incomibles entre risas y burlas de parte del resto.
Si hay que ser honesto, a Kenshin le gusta mucho más las comidas que prepara la doctora -¡Oh, vamos, no hay punto de comparación!-, pero sí adora que Kaoru lo intente, porque sabe que lo hace por ellos y no puede evitar sentirse mal por ella cuando falla en cada intento por agradarlos.
−Ánimo, Kaoru-dono−le dice con una enorme sonrisa conciliadora−la próxima vez, seguro que sí saldrá.
Ante eso, la chica no puede evitar dejar salir una sonrisa, nuevamente animada por la que el pelirrojo le enseñaba en su rostro. ¿Cómo alguien puede ser tan bueno?
Y por un tiempo, la chica puede vivir con el hecho de que cocinar no es –ni será nunca- una de sus virtudes.
Pero cuando Megumi decide irse a Aizu, dejando a Kenshin con la prescripción médica de no sobre esforzar sus brazos, Kaoru sabe que están en problemas. El dinero escasea, y ya no pueden contar ni con Sanosuke –nunca lo habían hecho, en realidad-, ni con Yahiko, que pasa cada vez menos tiempo en el dojo, para ganarlo, así que comer fuera no es una opción en absoluto.
Kaoru tiene que tomar la decisión de aventurarse en la cocina.
Kenshin la mira día a día arremangarse el kimono y comenzar a trastear con las ollas y el aceite hirviendo, y aunque sabe que esa noche no cenarán bien, no puede sino sonreír desde el marco de la puerta, encontrándola tremendamente adorable en su desplante de determinación por encargarse ella de la comida. Así como tampoco puede encontrarse más agradecido al verla esforzándose por prepararle algo de comer a él.
Porque no es que el espadachín no puede prepararse su propia cena, al contrario, por mucho tiempo ésa fue tu función exclusiva, y el hecho de tener débiles los brazos no es, en absoluto, un impedimento para eso. Pero nunca llegó a imaginarse que llegaría el día en que alguien estaría cocinando para él sólo por agradarlo.
Sonríe.
Es por eso que, pasando por alto la zona de peligro que significa tener a Kaoru en la cocina, él entra y se para junto a ella con las manos escondidas entre las mangas de su haori y una enorme y brillante sonrisa en el rostro, como solía hacerlo desde que la trajeron de vuelta.
−Kenshin−lo nombra ella cuando se da cuenta de su presencia, quitando la vista de la olla donde hierbe las verduras, sorprendida.
No es extraño que el pelirrojo quiera ayudarla mientras cocina, dándole instrucciones y consejos para el uso de los utensilios, y ella –a pesar de sentirse avergonzada por su incompetencia-, agradece profundamente que él le haga.
Entonces, totalmente en contra de cualquier pronóstico, él acerca el rostro, pegando sus labios a los de ella en un beso casto y sincero, que deja al proyecto fallido de cocinera helada de la impresión con las mejillas rojas de vergüenza.
Por otro lado, a Kenshin parece no molestarle en absoluto haberla besado, más bien es todo lo contrario; él cree que tanto esfuerzo merece un debido agradecimiento.
Si llegaron hasta aquí, les agradezco un montón.
¿Qué les pareció? A mí me gustó, creo que es una escena cliché, sí, pero que siempre quise escribir. Porque la pobrecita, a pesar de no tener talento en la cocina, siempre se la ve intentándolo. Creo que merece un aplauso. O un beso, lo que prefieran jaja.
