Disclaimer: todo lo reconocible pertenece a Rowling.
HERE WE ARE
I
Castillos, lagos negros y trenes rojos
[1 de septiembre de 1970, un rato más tarde]
Después de la emoción, después de los nervios, después del miedo, más allá de todo eso, estuvo el castillo. La visión del castillo se sobrepuso a todo lo demás, se sobrepuso a todo. Los cuatro se quedaron, como la primera vez que todos lo ven, mudos. Era inmenso y algo aterrador, se erguía sobre unos riscos como si una mano de piedra lo alzara en medio de la negra noche, se recortaba a penas contra el cielo y las nubes oscuras y estaba espolvoreado de luces, ventanas que lucían minúsculas en la lejanía y que parecían estrellas guiñándoles el ojo. Llamándoles. Era más grande que todas las mansiones que Sirius había visto y más imposible de lo que Remus se había atrevido a soñar.
Se mantuvieron callados el resto del viaje, cuatro pares de manos aferrados a la dura madera de un bote que se bamboleaba sobre unas aguas negras y entrañables.
Cuando James puso un pie dentro, uno solo, cuando atravesó la puerta principal, lo sintió. La magia, el poder, el pecho henchido de algo a lo que no podía ponerle palabras. Cuando el sombrero algo viejo y curioso tocó su despeinada cabeza y gritó Gryffindor, lo supo, ese día comenzaba todo. Algo demasiado grande para su consciencia de once años, pero lo supo.
Ese era el primer día de una aventura que duraría toda una vida.
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Fue solo una palabra, solo una palabra que el sombrero dijo cuando tocó su cabeza. Fue instantáneo, ni siquiera dudó, no esperó, no consideró, no vaciló ni deliberó, no lo pensó -como si ya estuviese decidido, como si lo estuviese desde el principio-. Como si no pudiese ser de otra forma. Fue rotundo y liberador, sintió como un peso invisible caía de sus hombros y se sintió más ligero.
—¡Gryffindor!
Él, un Black, en Gryffindor.
Por primera vez en sus cortos once años se sintió libre.
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Con él se tardó un poco más. Le dolía el estómago y sentía que iba a vomitar en cualquier momento. Cuando esa profesora con ese aspecto tan estricto dijo su nombre -Peter Pettigrew- se sintió mareado y se acercó tambaleándose al taburete más alto que él. Pegó un bote en la silla cuando el sombrero dijo la primera palabra y escuchó risitas pero no veía nada, la tela arrugada le tapaba la vista.
El sombrero deliberó un rato, hablaba a su oído con voz ronca y él solo quería que terminara de decidirse para correr a sentarse antes de desmayarse. Las manos le sudaban y tenía nauseas.
Gryffindor.
Apenas escuchó la palabra se bajó corriendo del taburete hacia la mesa, a penas consciente de los aplausos.
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Remus nunca supo cómo, nunca supo por qué, tampoco se atrevió a preguntar. Ni siquiera algunos años después se atrevería a confesar que ese día, esa noche, se sentó en ese taburete con el corazón en la mano, asustado, aterrado, pensando en la cara que pondría su mamá si volvía a casa esa misma noche, si el sombrero se quedaba en silencio largo rato, demasiado tiempo, hasta que se cansaba e indicaba que no iría a ninguna casa, que no estaba calificado para ninguna.
De los cuatro fue con el que más se tardó, no fue instantáneo como con Sirius o James, incluso duró más tiempo sentado que Peter, tanto tiempo que las manos le temblaban y le sudaban frío. Años después Remus aún sería consciente de lo cerca que estuvo, de lo diferente que pudo haber sido todo si el sombrero se hubiese decidido por la primera opción y hubiese gritado el Ravenclaw, pero debió ver más allá, más adentro, algo en su profunda sabiduría le hizo gritar Gryffindor. Remus pensó que se quedaría sordo y soltó el aliento que había estado conteniendo desde hace años. El sombrero seleccionador lo consideraba digno de Gryffindor y sentía que su pecho explotaría de felicidad.
Esa misma noche cuando subió a su habitación -compartiría habitación, Remus nunca había compartido habitación. Y con los tres chicos extraños del tren- aún tenía ganas de pellizcarse y al mismo tiempo tenía miedo porque si era un sueño no quería despertar jamás. Eran demasiadas emociones para un solo día, demasiados rostros, demasiados olores, demasiada magia.
Bajo la luz que se colaba por la ventana de la torre -¡dormiría en una torre del castillo!-, mientras los otros tres chicos parecían discutir algo de suma importancia relacionado con las camas, él sacó el cuaderno en blanco que le había dado su madre antes de partir y la mano le temblaba pero escribió igual. Y esa noche fue la primera de muchas en las que Remus soñó con castillos, lagos negros y trenes rojos.
