"Inversa."
B.B. Asmodeus.
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Fandom: Gotham (2014).
Parejas: Jim Gordon/Bruce Wayne.
Rating: S de Sabroso.
Resumen: Aun con un doble homicidio que nunca sucedió, Jim y Bruce encuentran una forma de cruzar caminos. A.K.A. el fic donde los padres de Bruce no murieron, y aun así, la historia parece repetirse.
Continuidad: Este fic comienza en un punto difuso de la Temporada 3, sólo porque quiero a Bruce más maduro, y crecidito. Grrr. Este fic es una realidad alterna de las dos temporadas pasadas de Gotham, y tomaré en cuenta la mayoría de los hechos y las tramas del canon, sólo con ligeras modificaciones.
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2.
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"Soy el luchador desconocido.
El caballo oscuro viniendo por ti"
-Zayde Wolf. "Born Ready."
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Bruce se asomó al pasillo del lobby. Martha estaba despidiéndose de alguien—un hombre.
"Gracias por traerme, Carmine. Aunque, ¿ves? Te aseguré que el penthouse era un castillo blindado."
"Más vale prevenir que lamentar." La oscuridad del lobby no le dio una clara visión del rostro del hombre. Era robusto, medio calvo, de hombros anchos. Su voz era rasposa, elegante al igual que su traje de sastre. Seductora.
Su madre se inclinó para besarlo—Bruce apretó sus puños en repentina ira—pero fue claro que el beso no fue en la boca, sino en una mejilla.
"Ten cuidado, Martha."
"Siempre."
En cuanto el extraño fue despachado en el elevador, Bruce salió de las sombras.
"¿Por qué te comportas de esta forma?"
Martha había estado en el proceso de colgar su abrigo en el clóset del lobby. Al percatarse de su hijo, la mujer se apresuró a encender las luces.
"¿Bruce? ¿Estabas espiándome?"
"Sí." Bruce gruñó. "Estaba preocupado por ti. Nunca llegas tan tarde."
"Esa no es excusa—"
Bruce se abalanzó en dirección de la mujer. "¿En verdad no te importa lo que le haya pasado a mi padre? ¿Cómo puedes salir por las noches a divertirte, sabiendo que puede estar en necesidad de ayuda?"
Martha no reaccionó de la forma que el joven esperó. Sólo lo enfureció. Martha rara vez comía el anzuelo de sus rabietas. La mujer siempre tenía cuidado de no escalar durante sus argumentos. Bruce había admirado esa cualidad en el pasado, pero ahora lo sacaba de sus casillas. "Primero que nada, no salgo a divertirme. Tengo obligaciones, Bruce. Un trabajo que hacer—"
"No luce como un trabajo decente, por donde yo estoy parado."
"Eso se debe a que no tienes la suficiente madurez para entender que el mundo no puede girar alrededor de Thomas Wayne." Martha lo tomó de los hombros, a pesar de los forcejeos de su hijo por no ser tocado. "Recaudo fondos para mis obras de caridad, Bruce. Lo sabes. Eso requiere mi presencia en múltiples eventos sociales, y que te atrevas a insinuar algo más turbio de lo que en realidad es… sería algo de lo que tu padre hubiera desaprobado."
Bruce se liberó de su intento de abrazo. Su madre olía a cigarrillos. "No actúes como si te importara lo que mi padre piensa."
Su madre suspiró. "Es imposible hablar contigo cuando estás en este estado. Cuando quieras tener una verdadera conversación, búscame."
Bruce miró la silueta de su mamá comenzar a retirarse. Justo cuando estaba por quedarse a solas, Bruce dejó salir una cuestión que lo había torturado por un largo tiempo. "¿Por qué te divorciaste de él?"
Sus padres habían lucido tan felices juntos, desde que Bruce había tenido razón. Luego, durante el año pasado, aquella felicidad se había ido derrumbando, sin una razón concisa.
Para su sorpresa, finalmente, obtuvo una respuesta.
"Teníamos distintos llamados, Bruce. Tu padre pudo haber escogido ser feliz, pero no lo hizo."
Martha no elaboró más al respecto. No necesitó hacerlo. Bruce había escuchado suficiente.
Llamados.
Así lo había referido Thomas en su carta. "Si puedes, escoge felicidad, Bruce. A menos, que sientas un llamado…"
El juego de palabras—el contexto de lo dicho—no podía ser una mera coincidencia. Su madre había leído la carta que su padre le había dejado a Bruce antes de desaparecer, lo cual significaba que su madre tenía que estar al tanto del trabajo clandestino de su padre…
Lo que Martha había dejado salir, fue una confirmación a muchas de las sospechas de Bruce. Poco a poco, las piezas estaban encajando.
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Jim estaba en su escritorio, absorbiendo la quietud de la noche, y el frío que el termostato averiado no podía arreglar, para cuando escuchó una llave ajena obligar a ceder su puerta frontal. Como su posición no daba otra salida más que encarar a quien fuera a cruzar su umbral, cuando Jim reconoció una cabeza de cabellos rizados y castaños asomarse en primera, algo de la usual alarma se fue de su persona.
Terry irrumpió en su departamento, sin molestarse en saludar primero, para irse directo a su refrigerador.
Jim suspiró.
"¿Larga noche?" Escuchó desde la cocina.
Jim sobó sus sienes. "¿Qué haces aquí?"
Una pausa. Luego, Terry volvió a aparecer por entero, frente a él. "Pensé que tener una llave extra tenía la implicación de que podía volver."
Siempre era el mismo dilema. Por todo un año, su relación había consistido en peleas y reconciliaciones que hasta ahora, no estaban llevando a nada concreto. Terry iba y venía fuera de la ciudad, y de la vida de Gordon, a como le daba en gana.
"No para atacar mi refrigerador."
Terry le sacó la lengua. "Alguien está de mal humor. ¿Otro horrendo crimen te mantiene en desvelo, o estabas esperando por mi brillante presencia?"
Jim cerró muchos de los folders que había tenido extendidos sobre su escritorio. "Ordena comida china, ¿quieres?"
Los ojos del Omega brillaron con victoria. Sabía interpretar lo que Jim estaba diciendo realmente.
Dos horas después, Terry estaba rostro abajo en la cama, murmurando cosas sucias mientras Jim pistoleaba sus caderas en una carrera sin meta fija. Usualmente, Terry era el único que producía sonido durante sus uniones, pero esta noche, algo en Jim parecía haberse soltado de más.
"¿Te gusta?"
Terry gimió, embistiendo en dirección contraria a la de Jim.
"¿Te gusta tanto, que viajar a una ciudad que detestas es poco precio para ti?"
"¿Qué demonios pasa contigo?" Ante la nalgada súbita, el Omega se cortó a sí mismo, en favor de un gemido. "Sí… ¡Mierda, sí, Jim!"
Jim cerró sus ojos. Las feromonas de Terry no tenían su usual magnetismo. Era como si Jim no pudiera hacer contacto con ellas—con Terry. Lo cual, resultaba ridículo, considerando su actual posición. Su nudo estaba comenzando a hincharse. Pelando sus dientes, Jim aceleró su ritmo, recorriendo la espalda humedecida de Terry con una palma posesiva.
Se preguntaba… Se preguntaba si…
Bruce no aguantaría. Su cuerpo no estaba hecho para—
-¡Maldita sea! Jim gimió conmocionado. El Alfa apenas logró extraer su miembro del canal pulsante del Omega, para entonces hacerse cargo de su orgasmo inminente con su puño. No era habitual que compartieran algo tan íntimo, de todas maneras. A Terry no le gustaba sentirse invadido. Retiró el condón, y se masturbó hasta que el placer llegar a transformarse en incomodo dolor.
Cuando retornó su atención a su actual amante, encontró que Terry no se había molestado por esperar por él. El Omega había estado observándolo, para alimentar su propia estimulación erótica. Jim se sonrojó, al notar el deseo neto en los ojos negros de Terry.
Nunca había sabido qué hacer con él. Nunca había quedado claro qué exactamente, era lo que el Omega quería de él.
Jadearon al techo, acostados lado a lado, mientras que las endorfinas los recorrieron. Lentamente, Jim sintió la mano de Terry cubrir la suya.
"¿Caso pesado?"
Jim pensó –No, pero su boca lo afirmó con un gruñido. Esconderse con esa excusa era más fácil que explicar que Bruce Wayne era Compatible con él, que su olor le recordaba a la ciudad en las horas de la madrugada, y que cuando lo había tenido en sus brazos, Jim no había querido dejarlo ir.
"¿Puedo quedarme, Hombre Monosilábico?"
Jim soltó sus manos para darle un suave manotazo. "Tomaré una ducha."
"Lástima, quería acurrucarme."
Jim resopló por sus narices. Se levantó de la cama. Recogió el condón usado para tirarlo a la basura. Caminó completamente desnudo hasta el baño, desesperado por sentirse limpio.
Se paró frente al espejo del sink. Necesitaba afeitarse. Dormir más. Tal vez, un corte de cabello.
"¿Qué estás haciendo? Ni siquiera lo consideres." Bruce era un adolescente sin control de sus impulsos. Aunque el muchacho tuviera una tonta atracción por él, Jim era el adulto. Era su responsabilidad actuar con consciencia y cabeza fría.
Bruce podría parecerse físicamente a su madre, pero Jim había reconocido a Thomas Wayne en la personalidad del Beta. El chico era atraído al peligro, más que nada.
Cuando volvió a la cama, Terry le daba las espaldas. Eran unas espaldas anchas; llenas de lunares. Se acercó a ellas para rodear la cintura del Omega con su brazo.
"Mmmrgh."
"Cállate. Querías acurrucarte."
No esperó que Terry se diera vuelta en su abrazo. Mucho menos, esperó ver la preocupación en su rostro.
"¿Estás bien?"
Jim parpadeó. "¿Por qué no lo estaría?"
Terry suspiró. "Que me respondas con otra pregunta no es muy listo de tu parte."
"Estoy…" Jim miró directo en los ojos de su amigo de antaño. No habían cambiado mucho, desde que los había conocido hacía una década, cuando Jim había defendido a su dueño de un bravucón ebrio. "…cansado."
"Puedes decirme lo que quieras. Lo sabes, ¿cierto?"
Jim tragó saliva. Intentó sonreír con más suavidad. "Lo sé."
Eventualmente, ambos conciliaron el sueño.
Cuando Jim despertó, estaba solo sobre la cama.
Típico.
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"Es el tercer cuerpo esta semana." Harvey rezongó. "Según los reportes de Nygma, no hay señales de forcejeo, violación, estrangulamiento, u otras heridas externas que puedan dar explicación a la causa de muerte."
"¿Qué hay de envenenamiento?"
Harvey sacudió su cabeza. "Nada. Son completos Bellos Durmientes, esperando a ser encontrados en solitarias habitaciones de motel—y moteles baratos, para su mala suerte."
Estaban acostumbrados a casos raros. Pero, este caso estaba rompiendo records. "Debes haber algo… Los cuerpos no se drenan de sangre por sí solos." Las tres víctimas, hasta ahora, eran sujetos atractivos de rango de 20 a 25 años. Había rastros de fluidos corporales, pero las pruebas de ADN indicaban que eran causados por auto-estimulación. "No estoy seguro que este caso sea de nuestra jurisdicción."
"Sólo pensé que te gustaría echarle un vistazo a los archivos. Con eso que haz estado buscando pleitos con los oficiales Juniors, para entretenerte."
Jim rodó sus ojos. "No es cierto."
"Hiciste a Johnson llorar por la mañana."
Que bebé. "¿Crees que se trate de otro asesino serial?"
Frente a su escritorio, Harvey suspiró. "Suena mal. Pero no tenemos pistas hasta que otro cuerpo aparezca bajo las mismas circunstancias, pero con algo nuevo para ofrecernos. No todas las víctimas pueden estar falleciendo de alguna misteriosa enfermedad congénita."
"Mantengamos un ojo abierto, entonces." Jim dio una última revisión a las fotografías de la última víctima, Alan Green. La escena del crimen era una escena limpia. Ni un rastro de violencia, más que las sabanas enredadas en el cuerpo desnudo del muchacho adonis. La única pista de que la víctima había estado acompañada en la noche del crimen, consistía en el testimonio ocular del manager del Motel. Green había rentado la habitación con las intenciones de disfrutar la noche.
Ahora, Green estaba drenado de sangre en la morgue.
"Así que… Hueles a que tuviste acción anoche, amigo."
Jim ignoró las miradas acusadoras de Bullock, en favor de organizar los folders del caos en una perfecta colina de papeles.
"Oh, vamos. No es como si me sorprendiera saber que has vuelto a las andadas con McGinnis."
"Entonces, ¿para qué abres el tema?"
"No sé, tal vez, tengo la tonta ilusión, que ahora sí pueda hacerte entender que revolcarte con ese tipo sólo te deja peor que antes. Dios, y pensar que solía quejarme de Kean—"
"No quiero hablar al respecto."
Ante el gruñido, Bullock levantó sus manos en señal de paz. "De acuerdo. Creo que ya entiendo que no me toca a mí llevarte a la tierra de la desilusión." Sonriendo picardamente, Harvey le apuntó a sus espaldas con su bolígrafo. "Le pasaré la batuta de esta misión especial a alguien más capacitado." Ante el ceño fruncido de Gordon, Harvey sonrió de oreja a oreja. "Buenas tardes, Señor Wayne. ¿Se encuentra perdido o algo así?"
Jim cerró sus ojos momentáneamente. 'Traidor', movió su boca para figurar la palabra. Harvey le guiñó el ojo.
Bruce Wayne no debería ser permitido usar gabardinas. Mucho menos, gabardinas del color de la sangre, elegantes, y ceñidas de manera tan complementaria a la silueta del Beta.
"Buenas tardes, Detectives." Hasta el maldito cabello ondulado lucía impecable. "Lamento molestarlos, pero me veo en la necesidad de su asistencia."
"Estamos para servir a la comunidad. ¿Cierto, Jimbo?"
Jim giró su silla parcialmente al muchacho, resignado a su destino. "¿Qué pasa, Señor Wayne?"
Bruce frunció su ceño ante el tono profesional. "Me interesa saber el estado actual de la investigación sobre la desaparición de mi padre. ¿Alguno de ustedes sabe quién es el oficial a cargo?"
Óh, óh. Jim volteó hacia Harvey. Harvey compartió su agridulce mueca.
"Oh bueno, Señor Wayne, verá—"
"Es un caso frío." Jim tuvo las agallas de ir al grano. Se puso de pie para darle al Beta la noticia con el respeto merecido. "No hemos tenido pistas desde hace cuatro meses. No se han presentado testigos. No tenemos sospechosos. No hay mucho con lo que podamos avanzar, hasta ahora. Ni siquiera sabemos… si se ha tratado de un verdadero caso de desaparición."
A Bruce no le agradó lo que aprendió. Su voz fue fría, al comenzar con los reclamos. "¿Qué hay del testimonio de mi madre, y el de Lucius Fox? Ellos les aseguraron que mi padre no se iría de la ciudad, así nada más…"
Jim asintió. "Desafortunadamente, no tenemos evidencia concreta que los respalde. Thomas Wayne es un hombre de recursos ilimitados, después de todo. Desaparecer del país sería tarea fácil para él." No pudo evitarlo, ofreció confort con una mano sobre el hombro del joven. "Lo siento."
"No se ha encontrado un cuerpo." Bruce conectó su mirada con la suya, implorando. "Eso es bueno, ¿cierto?"
No exactamente. Aun así, Jim le sonrió con esperanza. "Desearía tener mejores noticias."
Bruce introdujo sus manos a los bolsillos de la gabardina, adhiriendo la prenda a su cuerpo como muestra de auto-confort. "Selina me contó que tú fuiste quien ayudó a mi padre a escapar de Galavan."
Jim se encogió de hombros. "Su padre básicamente se ayudó él sólo, Señor Wayne. Yo me encargué de llevar a la caballería."
"Con Bruce basta." De nuevo, aquel entrecejo se arrugó con breve desaprobación. "Gracias, de todas maneras. Galavan… era un hombre despreciable."
Jim recordó que habían existido rumores de un matrimonio arreglado entre Bruce y la sobrina de Theo, antes de que la naturaleza maquiavélica de Galavan fuera expuesta por Gordon. Qué curioso, que tenía que ser algo para recordar en este proceso momento. "Lo era."
La mano de Gordon se desancló del cuerpo de Bruce con pesar. Carraspeó su garganta. Se recordó a sí mismo que tenía trabajo que hacer. Bruce pareció salir del trance que los había mantenido en silenciosa contemplación por los previos minutos.
"Casi lo olvido." El Beta abrió su abrigo para extraer un sobre del bolsillo interior de la solapa. "Una invitación para ti, Jim."
Jim dudó en aceptarla, pero el Beta le picoteó el pecho con el rectángulo de papel, hasta que el Alfa cediera. "¿Invitación para qué?"
Bruce únicamente le brindó una enigmática sonrisa en respuesta. Sin más, el Beta se esfumó de las primicias, con la misma gracia silenciosa, con la que había arribado.
Jim no abrió el sobre de inmediato. Esperó el día entero para romper el sello, escogiendo leer el contenido en la privacidad de su propio apartamento.
Era una invitación para la gala del próximo cumpleaños de Bruce Wayne. El Príncipe de Gotham cumpliría sus quince años en tres semanas. El baile de gala se llevaría a cabo en la Mansión Wayne, el lugar que Jim sabía, había estado desierto desde la desaparición de Thomas Wayne. Tal vez, la festividad estaba marcando nuevos comienzos…
Del sobre cayó un dispositivo ajeno a la invitación. Era rectangular, y plano. Negro. Cayó directo a su palma.
Enrollado al pequeño aparato, una etiqueta le otorgaba el motivo verdadero de Wayne para aparecerse por el precinto.
"'Mi padre es un buen hombre, pero hasta los hombres buenos, tienen secretos. Eso lo averigüé por accidente. He estado ayudando a cuidar aquellos secretos, pero últimamente me doy cuenta de que yo no soy suficiente para contenerlos. Quizás, necesitan ser liberados. Para eso, sin embargo, necesito liberarlos con alguien en quien pueda confiar.'" Leyó el párrafo tres ocasiones más, queriendo encontrar el sentido entre líneas. Una dirección venía agregada en la parte trasera de la etiqueta. Jim la reconoció de inmediato.
Jim guardó los contenidos de regreso al sobre, luego dejó éste sobre el colchón. Permaneció sentado sobre el pie de la cama un buen rato, miles de ideas corriendo por su cabeza.
Thomas Wayne había sufrido dos intentos de asesinato antes de desaparecer. Gordon y Bullock lo habían averiguado gracias a la boca suelta de Oswald Cobblepot, durante la primera etapa de la investigación. El primer atentado implicaba haber sido orquestado por la Mafia—por razones todavía no muy claras. Debió de haberse tratado de un asalto terminado en tragedia. Pero Thomas Wayne había sabido defenderse frente al matón que había querido robarle el collar de perlas a su entonces-esposa. Por suerte, Bruce no había estado presente aquella noche junto a sus padres. Jim no tenía idea, si el muchacho estaba si quiera enterado.
El segundo en querer matar a Wayne, había sido Theo Galavan.
Gordon se había encargado de evitarlo.
Después, el hombre había desaparecido como la niebla. Y Jim no creía en las coincidencias. Wayne había probado que tenía muchos enemigos. Si había querido desvanecerse, había sido por una buena razón.
Tomó el sobre. Salió del apartamento con un portazo.
La Mansión estaba en los terrenos alejados de la ciudad, en la parte alta, cerca de las colinas. El sendero que lo guio hasta las rejas del patrimonio lujoso, estaba oscuro. La seguridad era prácticamente inexistente, puesto que sólo bastó presionar un buzzer en la base de un pilar de ladrillo para obtener acceso. La voz que le preguntó por su identidad le pareció familiar, y cuando por fin llegó a la entrada de la mansión, la ubicó con éxito.
Selina. La chica fue la que lo recibió en la puerta.
"¿Qué haces tú aquí?"
Jim suspiró. "Créeme, ni yo tengo idea."
La puerta frontal se abrió el doble de espacio. Reveló a Bruce, luciendo sorprendido por su presencia. "Viniste."
El lobby estaba iluminado a lo más mínimo. Jim fue guiado a lo que apuntó ser la sala. Los muebles habían sido movidos para darle espacio a las bolsas de dormir expandidas en el suelo. Había velas encendidas, a pesar de la prueba de que tenían energía eléctrica a su disposición.
"¿Qué estoy haciendo aquí, Bruce?" Enunció, una vez a solas, ambos de pie frente a la chimenea.
"Mi padre confiaba en tu trabajo. Seguía tus aventuras de cerca."
"¿A dónde vas con eso?"
"… Quiero confiar en ti, en igual forma."
Jim tomó tres pasos hacia el Beta. "Tal vez no deberías."
"¡Tengo que confiar en alguien!" Bruce explotó. Fue la primera ocasión en la que Jim lo presenció fuera de compostura. Emoción sangró de su voz, quebrándole el corazón a Jim en el proceso. "He intentado de ser el hijo que mis padres quieren… ¿pero sabes que tan difícil es lograrlo, cuando esas dos personas quieren dos caminos distintos para ti? Mi madre… ella quiere que sea un chico normal que acude a galas, y que sonríe a las cámaras, como si de noche no tuviera pesadillas…"
El Alfa actuó en deseo automático, queriendo arreglar lo que estaba roto, solo para aliviar algo de la angustia de Bruce. "Podría hablar con ella—"
"No." Bruce masculló con firmeza. "… ¿Trajiste el control remoto contigo?"
-Así que, no había estado tan errado. Jim había inspeccionado el dispositivo durante su trayectoria a la Mansión, sin parar. Había llegado a la conclusión de que se trataba de un control basado en sensor infrarrojo. Ahora, en cuanto sacó el dispositivo de su saco, se lo ofreció de vuelta a Bruce.
Bruce se negó, sin embargo. Miró directo en los ojos del Alfa, y susurró intensamente:
"Presiona el botón."
Jim lo hizo.
Música clásico comenzó a tocar. Extrañado, Jim buscó por la ubicación de algún estéreo.
Luego, la chimenea se movió.
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"Te traje pay." Martha intentó inyectar confianza con su sonrisa. "De manzana. Alfred lo hizo."
Del otro lado de la cocina, la figura asomó su rostro pálido por debajo de su gorro de invierno.
"Huele… bien."
Martha torció sus propias manos entrelazadas con nervios. "También te traje ropa caliente. Este lugar… es demasiado frío."
"No lo percibo de la misma manera que usted."
Martha parpadeó. Sus ojos se movieron al apéndice, que en estos momentos, enrollaba tres garras en la forma de un puño. Martha regresó su atención al rostro de la joven, al verla destapar su cabeza de la capucha.
"Gracias." Karen caminó a la mesa donde los regalos de Martha esperaban por ella. "Es muy amable de su parte."
No, no lo era, en realidad. Martha estaba consciente de que podría hacer más a favor de Jennings, pero por ahora, las manos de Martha estaban atadas. Su plan necesitaba de la intervención de Karen para funcionar. Todos tenían que dar algo preciado de sí mismos, para esta misión. "Bueno…" Sus visitas no solían ser eventos largos. Toda la planeación estaba hecha, después de todo. Karen sabía lo que tenía qué hacer.
Martha se preparó para dejar la cocina. Fue detenida cuando Karen se colocó en la salida.
"Podríamos compartir. No podría acabármelo yo sola."
Martha abrió su boca con la intención de aclarar que Karen podía comerse el pay lentamente, que podría guardarlo por días, pero cuando miró la expresión suave—la tímida sonrisa asomándose por el rostro de la muchacha—Martha miró a Bruce, cuando su hijo aun le pedía matar las arañas de su recamara.
Martha sonrió de vuelta. "Por supuesto. Tengo espacio para un pedazo."
Se sentó.
Karen extrajo dos platos con su mano humana de la alacena. Los tenedores, en cambio, fueron extraídos de un cajón por su garra. "Se mira muy bonita esta noche."
Martha resopló por su nariz. "La vida de filantropita nunca da descanso. Vengo de una cena con el alcalde de la ciudad."
Había sido aburrida, pero con el propósito de ganar más patrocinio para la clínica gratuita. Martha había obtenido el apoyo monetario y más, pero no sin antes, tener que dar algo a cambio: el apoyo del apellido Wayne para la siguiente campaña. Bruce no estaría contento.
Aunque, recientemente, ¿cuándo estaba su hijo verdaderamente contento de algo?
"El cumpleaños de Bruce se aproxima. Por lo menos, esa sí es una gala que disfrutaré conducir."
Había accedido a utilizar la mansión para la celebración sólo con el propósito de aplacar las demandas de su hijo, pero no tenía planes de regresar al distrito Wayne a vivir.
"¿Cuántos… cuantos años cumplirá Bruce, Sra. Kane?"
"Quince."
Karen la sorprendió al compartir que tan fuerte había sido su amistad con su ex-esposo. "Recuerdo que el señor Thomas deseaba darle su primera lección de manejo a esa edad." Mirando el pay detenidamente, la chica relamió mermelada de manzana de su boca. "Anhelaba que Bruce aprendiera en un Porche que le había pertenecido a su propio padre."
Martha masticó una enorme porción de pay. Rodó sus ojos. "A Bruce no le gustan los Porsche."
Los ojos de borrego de Jennings se engrandecieron, como si Martha hubiera dicho un sacrilegio.
Martha limpió su boca con la solapa de su abrigo, ante la falta de servilletas. "Thomas tenía muchos planes para lo que Bruce debía hacer, escuchar, aprender, amar, odiar, pensar… Pero a veces, el hombre no prestaba atención a lo que Bruce quería para sí mismo. Con un mano, pedía que Bruce fuera libre de ser quien le diera la gana, y con la otra, buscaba formas de atarlo a sus propios pasos… Lo cual, por lo que he leído, es normal en el subconsciente de todos los padres. Queremos ser modelos a seguir… incluso cuando ni nosotros sabemos a dónde demonios nos dirigimos."
Jennings parpadeó. "Yo asesiné a mi padre."
Martha alzó una ceja. "Y por lo visto, también esta conversación." Ante el pánico en la cara de la chica, Martha se sorprendió al sentir una carcajada brotar de su garganta. No lo había hecho en meses. Reír. "No, no, no te asustes. Es sólo…" ¿Cómo había llegado a este bizarro punto en su vida, donde se encontraba comiendo pay con una chica mitad lagarto? Era para reírse hasta que le salieran lágrimas. Martha limpió las comisuras de sus ojos, al llegar justo a tal estado. "Dios mío. Debes pensar que me falta un tornillo."
Karen le sonrió con más auge, al parecer contagiada con el inesperado humor. "Si es así, está en el lugar acertado para perderlo."
Conmovida más allá de palabras, Martha estiró su mano para posarse sobre la de la joven. La apretó, esperando que su rostro comunicara su gratitud. Jennings solía ser tan estoica como Bruce. Martha podía recordar como al inicio, la joven no había disfrazado su tristeza al ver a Martha llegar a sus visitas, en lugar de Thomas. Que ahora, estuviera tendiendo una invitación para que Martha bajara la guardia, significaba mucho.
Todos extrañaban a Thomas. Bruce, Alfred, Karen… Martha estaba haciendo todo lo posible por llenar sus zapatos, en verdad que sí, pero era tremendamente difícil.
Si su plan no funcionaba, Martha no sabía cómo procedería. Por seis meses había sido cuidadosa de no atraer atención a su persona—a Bruce—pero marchar con el plan sería marcar dos equis en sus espaldas para la Corte. Si no funcionaba…
Por lo menos, Bruce estaría a salvo. Martha se había encargado de ello. Si todo fallaba, las consecuencias no tocarían a Bruce. Falcone lo había prometido.
Karen pareció leerle la mente. Quizás tenía más dotes sobrenaturales. "Todo funcionará al final, Sra. Kane." Karen rotó su mano para entrelazar sus dígitos humanos con los suyos. "No tema."
Martha cerró sus ojos. Era la primera vez que alguien le había dado este tipo de consuelo. Lo necesitaba. Necesitaba el aliento de alguien, para seguir adelante.
"El temor es lo que nos ayuda a sobrevivir."
Karen asintió. "Estoy lista."
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En sí, Bruce no tenía mucha información.
Una oficina secreta no equivalía a una bodega de evidencias o pistas que ayudaran a dar al paradero de Thomas Wayne. La computadora personal de Wayne había sido averiada cuando Bruce la había encontrado, y el chico sospechaba que había llegado a tal estado a manos de la misma Sra. Kean, por lo cual el Beta había decidido contratar en secreto a Lucius Fox para arreglar el aparato.
"Sólo Alfred sabe lo que estamos haciendo, pero tenemos que ser cuidadosos. No querría que lo despidieran por mi culpa."
Jim miró la computadora procesar millones de códigos, frente a sus ojos. Según Bruce, Fox había iniciado un descifrado de los datos desde hacía 42 horas, y todavía no había fin. Sería una larga espera.
Jim suspiró, horas después, observando a Bruce siendo consumido por la pantalla de la computadora y sus contenidos.
Cuando despertó, fue a causa de Bruce sacudiendo su hombro. Alguien lo había cubierto con un shawl sobre la silla para mantenerlo cálido. "Tu teléfono está sonando."
Efectivamente, el nombre de Barnes parpadeaba en la pantalla del móvil. "Gordon."
"Transporta tu trasero a la estación, Gordon. Ahora." Jim alzó una ceja ante la corta llamada.
Selina bajó las escaleras de la cueva en extraña forma. "¡Ustedes dos! Más vale que vengan a ver esto."
Cuando Jim y Bruce estuvieron frente al televisor, fue obvio entonces, el porqué de la potente demanda de Barnes por su presencia.
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Fin de Parte 2.
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(¡) NdA (¡): Es importante resaltar que el punto de vista de Bruce es subjetivo, y no necesariamente la realidad absoluta de los hechos. Quería reflejar el duelo entre Bruce y Martha por el poder, así como el desquite de la frustración del muchacho en un blanco que considera fácil. Este Bruce NO puede hacer lo que le da la gana, y a diferencia del show, no puede tomar todas las decisiones con Alfred de fondo. Martha no tiene obligación de informarle todo lo que hace o no hace. Bruce tiene que aprender a confiar en ella.
En serio. Confíen en Martha.
Además, si recuerdas quién es Terry McGinnis, ¡aquí te va una galleta!
