La historia no es mia es una adaptacion, los personajes pertenecen a stephanie mayer
Sería un matrimonio sincero; un matrimonio basado en metas comunes e
intereses comerciales compartidos; un matrimonio con todo un caudal en potencia de
amistad entre las partes comprometidas; un matrimonio cómodo del gusto de los
parientes.
Iba a ser un matrimonio de conveniencia.
-He traído un borrador del acuerdo prematrimonial. Míralo con calma y cuando lo
firmes, se lo daré a la abogada. Ella se asegurará de que los dos recibamos una copia.
Bella Swan dio un sorbo del Napa Valley Chardonnay muy frío que tomaba y,
por encima del lino deslumbrantemente blanco del mantel, sonrió agradablemente al
hombre que tenía sentado enfrente. El camarero, dándose cuenta de que no iban a
necesitarlo en aquel momento, desapareció discretamente en dirección a la cocina.
Parte de la mente siempre atenta de Bella percibió y aprobó mentalmente la
discreción del camarero. Valoraba al personal bien entrenado.
-Si tienes alguna pregunta, estaré encantada en darte cuantas explicaciones
sean necesarias -continuó Bella al ver que su compañero de mesa no decía nada.
Edward Cullen parecía en aquel momento más interesado en su soufflé gratinado que
en el matrimonio de ambos.
-Estoy seguro de que has pensado en todo -murmuró él-. Pareces una mujer muy
bien organizada.
Bella inclinó la soberbia cabeza cuyo pelo castaño cobrizo se curvaba con
estudiada elegancia tras las orejas. La densa masa de pelo ofrecía un corte recto e
impecable a la altura del mentón.
-Lo procuro -respondió escuetamente, sin saber muy bien cómo tomar los
comentarios de Cullen. Todavía no lo conocía muy bien, y en ocasiones no estaba
segura de que no se estuviera burlando sutilmente de ella.
-Por tu padre me ha parecido entender que no siempre has sido así.
-¿Organizada? -Bella se encogió levemente de hombros. El ademán hizo que la
tela de la ajustada camisa color frambuesa se agitara sedosamente-. Supongo que no
siempre. Mi padre solía molestarse por mi forma anárquica de abordar las cosas -le
confesó en tono alegre.
-¿Y molestar a tu padre era una consideración importante? Edward se sirvió un
poco más de Chardonnay, mientras sus fríos ojos grises examinaban el rostro
sosegado de la mujer.
-Estoy segura de que a estas alturas ya sabes que mi padre y yo no nos
llevábamos bien en mi adolescencia. Mi madre sostiene la teoría de que los dos
tenemos temperamentos muy parecidos. Yo me temo que se trataba del clásico caso de
rebelión juvenil.
-Que bordeaba la guerra declarada, según tus hermanas menores.
Bella entrecerró los ojos. En ocasiones la desconcertaba lo familiarizado que
estaba aquel hombre con la familia de ella. Más de una vez le había parecido que
conocía a sus parientes mejor que ella misma. Pero ella había vivido en California
durante los últimos años haciendo solo alguna que otra escapada a Tucson.
-No te dejes impresionar por mi pasado pintoresco -le recomendó en tono
educado Bella-. Te aseguro que lo he superado por completo.
-¿De veras?
Bella le lanzó una mirada gélida.
-Créeme, en mi más impetuosa juventud jamás habría soñado verme envuelta en
un matrimonio por interés.
Cullen le sonrió. Bella estaba empezando a acostumbrarse al rictus
ligeramente burlón de aquella sonrisa. Todavía no lo entendía mucho, pero se estaba
acostumbrando.
-¿Por qué has vuelto a Tucson, Bella?
-Ya conoces la respuesta –Bella sonrió brevemente al camarero que se acercó
a retirar los platos del soufflé. Cuando el mozo desapareció, ella miró a Edward a los
ojos-. Mi padre empieza a retirarse y yo me preparo para tornar su lugar.
-Te has labrado una brillante carrera en hostelería en San Francisco. ¿Qué
puede ofrecerte el hotel de tu padre aquí en Tucson que pueda competir con lo que
has logrado en California?
-La oportunidad de tener el control absoluto; tomar mis propias decisiones, sin
tener que someterlas a la aprobación de nadie; poner en práctica algunas de mis ideas.
San Francisco y San Diego fueron un campo de entrenamiento excelente, Edward.
Aprendí mucho. Ya estoy preparada para asumir la responsabilidad de ponerme al
frente del Hacienda Swan.
-Podías haber vuelto a Tucson unos años atrás y aprender todo lo necesario
trabajando al lado de tu padre.
-Mi padre y yo jamás habríamos podido trabajar juntos, y mucho menos cuando
yo era más joven -a Bella se le curvó la boca en una mueca pesarosa-.
Desgraciadamente para él, yo he sido la única de la familia que se ha interesado
realmente por el negocio de la hostelería. Ninguna de mis hermanas quiso tener nada
que ver con dirigir el Hacienda, así que papá se empeñó en prepararme. Pero parece
que estuviéramos en desacuerdo en casi todo. Incluso en este momento dudo que
funcionara. Él lo sabe o si no, no habría dejado claro que ahora pretende permanecer
completamente al margen del negocio.
Bella miró con aprobación el plato de ternera con setas que le colocaban
delante. Cullen había pedido cordero y por el trato deferente con que el camarero
le había servido el primer plato, ella supo que lo había reconocido. Bella lo
comprendía perfectamente. Durante los dos últimos años, Edward Cullen había sido la
mano derecha de Charlie Swan. Cullen era, según el padre de Bella, un genio de
las finanzas. El Hacienda Swan nunca había disfrutado de mejor situación económica,
y Charlie estaba convencido de que el mérito correspondía a Cullen.
Como todos los que trabajaban en el mundillo de la hostelería de Tucson conocían
y respetaban a Charlie Swan, reconocían también a su hombre de confianza cuando
decidía cenar fuera. No era de extrañar, reflexionó Bella con cierta ironía, que
nadie la reconociese a ella, pues había cambiado mucho desde su marcha de Tucson.
-Debes saber que tus padres se sienten encantados con tu decisión de volver
-comentó como de pasada Edward-. Por supuesto, están orgullosos de tus logros en
California, pero hace mucho que anhelan que decidieras volver al Hacienda.
-No habría vuelto de no haber obtenido ciertos logros propios en California
-Bella sonrió-. Me fui de Tucson en circunstancias un poco especiales.
-He oído la historia -comentó Edward en tono sardónico-. La última vez que te
vieron, te dirigías al oeste a lomos de una Yamaha negra. Creo que tu hermana Liz dijo
que habías jurado que antes de llegar a California te habrías casado con el chico que
conducía la moto.
Bella sintió un escalofrío desagradable. Edward Cullen, al parecer, había sido
realmente aceptado por el círculo familiar.
-James y yo pensábamos detenernos en Nevada para una rápida ceremonia antes
de seguir hacia California -se apresuró a explicarle ella. No era de la incumbencia de
Edward, pero que ya que parecía saber tanto sobre ella, daba lo mismo que se enterara
de un poco más.
-¿James?
-Así se llamaba el chico que conducía la Yamaha -Bella observó a su
acompañante-. ¿No te contó Alice ese pequeño detalle? Se llamaba James Monroe y era la
fantasía hecha realidad de todas las adolescentes: un novio fenomenal, guapo y
temerario. En aquella época yo tenía dieciocho años y él veinticuatro, y la ropa de
cuero le sentaba de miedo.
-Todo un jefe de banda, vaya -Cullen no lo dijo en tono divertido ni
indulgente, aunque en sus ojos había una tenue sombra de desagrado.
Sombra que fue suficiente para encender algo del viejo espíritu de rebeldía de
Bella, para gran sorpresa de ella. Había dado por sentado que aquel aspecto de su
naturaleza había quedado completamente enterrado en su pasado. ¿Por qué aquel
hombre tenía el poder de avivar aquellas cenizas? Con uñas pintadas del mismo tono de
la camisa, tamborileó sobre el blanco mantel. Cuando Edward le miró las manos, ella se
detuvo abruptamente y recuperó inmediatamente una actitud distante y equilibrada.
-No, James no era el jefe de ninguna banda. Era un solitario. Muy parecido a mí,
pensaba yo entonces.
-Tú distabas mucho de ser una solitaria -dijo Edward-. Tenías toda la protección y
el apoyo de una familia que te quería. Dos hermanas, tu padre y tu madre y una serie
de tíos, tías y primos. No, Bella, a tus dieciocho años no se te podía tildar de
solitaria.
Bella parpadeó, incómoda, ocultando con sus largas pestañas la turbada
reacción que seguramente se reflejaría en sus ojos. Edward Cullen podía ser un poquito
brusco a veces. Magnánimamente, consideró que esa era una de las razones por las
que había sido tan útil para su padre y seguiría siéndole útil a ella. A los buenos
directivos no les gustaba rodearse de hombres complacientes y sumisos. Por otra
parte, había algo llamado «tacto», lo menos que podía esperarse de un hombre que
acababa de acceder a casarse con ella.
-Lo que haya pasado cuando yo tenía dieciocho años no te preocupa realmente,
¿verdad? -lo puso en su sitio con una sonrisita dominante mientras separaba con
delicadeza un trozo de los corazones de alcachofa a la menta que acompañaban la
ternera.
-¿Perdona? -dijo él sin perder la calma-. ¿He dicho algo impropio?
-Sí. ¿Es tu costumbre?
Edward consideró la pregunta y hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
-Me temo que sí, no soy demasiado hábil en el trato con la gente.
-Algo extraño para desempeñar tu trabajo.
-¿La hostelería? Lo parece, ¿verdad? Pero a mí me va muy bien. Tu padre
siempre desempeña el papel de anfitrión jovial e intercede por el personal siempre que
sea necesario. Yo me ocupo del aspecto pragmático de las cosas. Los hechos y las
cifras.
-Al parecer habéis llegado a un acuerdo muy eficaz -dijo Bella,
vigorosamente-. Supongo que entre nosotros funcionará el mismo acuerdo.
-Estoy seguro de que sí -replicó cortésmente Edward.
-¿No tienes objeciones que hacer al acuerdo prematrimonial? -Bella sintió la
súbita necesidad de obligarlo a ser más preciso. Había un algo esquivo en aquella
relación y, siendo como era una directiva nata, quiso poner las cartas boca arriba y
dominar. Puro instinto.
-No creo que sea necesario, pero si establecer un contrato entre ambos te va a
hacer sentir más cómoda, estoy completamente dispuesto a firmarlo. ¿Firmaste
también un contrato con el joven inexperto?
A Bella se le heló la mirada.
-Da la casualidad de que James y yo no nos casamos nunca. Y si no te importa,
Edward, prefiero no hablar de eso. Pertenece al pasado. Si mi conducta juvenil te ofende,
te sugiero que reconsideres mi oferta de matrimonio.
-No podría hacerle algo semejante a tu familia -dijo él, con una de sus sonrisas
enigmáticas.
-Sí -le dio ella la razón-. Mi familia se quedaría destrozada. Mis padres y mis dos
hermanas, así como todos los demás parientes, tienen una gran opinión de ti. En dos
años, prácticamente has pasado a formar parte de la familia, ¿verdad?
-Prácticamente, pero no del todo -Edward tomó una rebanada de pan y la untó con
abundante mantequilla. Estaba entregado en cuerpo y alma a la insignificante tarea.
Bella no se perdía detalle; cuando aquel hombre prestaba atención a algo, tendía a
dedicarse a ello hasta que terminaba.
-¿Por eso te casas conmigo, Edward? -preguntó ella en un arrebato perspicaz-.
¿Para convertirte en miembro de pleno derecho de la familia?
Él dejó a un lado el pan untado y levantó la mirada hacia ella.
-Sí, creo que en parte se debe a eso. ¿Te preocupa?
Era el momento de que Bella considerara la pregunta:
-No veo por qué. Sé que nunca he sido el hijo y heredero que mi padre deseaba
formar para que ocupara su lugar. Me parece de lo más natural que en estos dos años
haya empezado a verte como sustituto. Te has dedicado al Hacienda Swan y eres
muy bueno en tu trabajo. Lo más probable es que cuando accediste a casarte conmigo
le hayas dado una de las mayores alegrías de su vida. Su desobediente hija había
vuelto para hacerse cargo del papel de presidenta de Hacienda Swan, Inc. que le
estaba predestinado, y el hijo elegido estaba dispuesto a convertirse en el consorte y
leal ayudante de ella. Un regalo precioso.
-No pareces muy molesta de ser parte de dicho regalo -observó él sin perder la
calma.
-Ya no tengo dieciocho años ni estoy empeñada en rebelarme a toda autoridad.
-¿Quizá tienes veintinueve y estás dispuesta a someterte a la autoridad? -se
burló un poco Edward.
Bella se rio.
-Frío, frío. Tengo veintinueve y llevo las riendas de mi vida. Sé lo que quiero y he
demostrado que soy capaz de obtenerlo sin la ayuda de mi padre. He vuelto a Tucson
para ocuparme del hotel de mi padre, Edward, pero en mis propios términos.
-Por lo que he sabido, también te fuiste en tus propios términos.
-La visión del mundo es muy distinta a los veintinueve que a los dieciocho -dijo
con firmeza ella.
-Y sin duda muy distinta de lo que será a los treinta y ocho.
-¿Esa es tu edad?
-Sí. ¿Por qué? ¿No lo parezco? -dijo irónicamente él.
Bella contempló las hebras de plata que le salpicaban el pelo, abundante y de
corte conservador. Sí, Edward Cullen tenía aspecto de tener esa edad. De hecho,
hasta podría parecer haber superado los cuarenta años. Había una dureza en él que
reflejaba experiencia, la clase de experiencia que hacía que un hombre diera la
impresión de no haber sido niño nunca. Por primera vez Bella empezó a preguntarse
sobre su pasado.
-Por suerte para los hombres, tener treinta y ocho años y parecerlo no supone
una desventaja -contemporizó ella.
-Eso quiere decir que no te casas conmigo precisamente por mi aspecto, ¿no?
No, pensó Bella, no se casaba con él por su aspecto. Tras su experiencia con
James Monroe no era nada propensa a cometer el error de sentirse atraída por ningún
hombre fijándose tan solo en su físico. Pero, de no haber aprendido de forma tan
amarga que no se podía juzgar a un hombre por eso, sinceramente, ¿se sentiría atraída
por Edward Cullen? No era un hombre guapo.
No era, sin embargo, el rostro toscamente tallado lo que llamaba la atención. Era
la inteligencia fría y evaluadora de sus ojos verdes lo que más destacaba en él. Luego,
una mujer se fijaría en el pelo espeso de reflejos cobrizos, notaría el cuerpo magro
y firme y se preguntaría la causa de los profundos surcos que le enmarcaban la boca.
Pero era la mirada verde la que hacía detenerse a pensar. No era de los hombres que
una mujer quisiera tener como enemigo. Su furia no sería ruidosa y ostentosa. Sería
fría e inmisericorde. Menos mal, concluyó Bella, que ella iba a tener la posición
dominante en aquel matrimonio de conveniencia. Su condición de responsable del lujoso
hotel de descanso que su padre había fundado la aislaría de cualquier posible arranque
temperamental y de superioridad masculina que Edward Cullen pudiera permitirse.
Una cosa era gritarle a la esposa, y otra muy distinta, al jefe.
-No creo que ninguno de los dos vaya a este matrimonio con ridículas ilusiones
románticas -dijo Bella en tono suave-. Desde luego yo no tengo el menor interés en
el matrimonio basado en las fantasías tradicionales. He aprendido a ser realista.
Supongo que tú también eres así. No veo razón para que no nos llevemos bien.
-¿Esperas que esto funcione como un equipo?
Edward se dedicó al cordero.
-Espero que funcione de forma muy parecida al equipo que mi padre y tú habéis
formado.
«Donde yo, por supuesto, llevo la voz cantante», añadió para sus adentros
Bella. Eso era muy importante. Sin embargo, no había necesidad de decírselo explícitamente
a Edward. Él conocía su posición dentro de la jerarquía, y era de esperar que
también conociera su posición dentro del matrimonio. Pero, por si no lo supiera, ella lo
había puesto por escrito en el acuerdo prematrimonial que le había dado.
-Tu padre y yo no estábamos precisamente casados.
-Que estemos casados no debe suponer ninguna diferencia en el funcionamiento
del hotel.
Edward la contempló durante unos instantes. Ella casi podía oír cómo su cerebro
procesaba la información que ella le había dado.
-Tienes razón -dijo finalmente él-. Que estemos casados no debe significar el
menor cambio en el funcionamiento del Hacienda Swan. ¿Más vino?
Bella hizo caso omiso de la extraña sensación de incomodidad que la
atenazaba y desplegó la más deslumbrante de sus sonrisas.
-Gracias -levantó la copa, dulcificando la mirada al hacerlo-. En realidad, tengo
grandes esperanzas puestas en este matrimonio -le confió en tono alegre-. Se basa en
lo correcto. Por ejemplo, nos une el interés por el hotel. En los últimos años he llegado
a darme cuenta de lo sano que es que maridos y mujeres compartan intereses
profesionales. Son lazos mucho más duraderos que esa palabrería romántica, ¿no te
parece? He sido testigo de divorcios en los que el hombre deja a la mujer para
casarse con la secretaria, simplemente porque el trabajo compartido con «la otra»
había desembocado en una relación más sólida que el matrimonio compartido con la
esposa.
Edward la miró con expresión extraña.
-En otras palabras, ¿crees que podemos ser buenos compañeros?
-Exactamente -Bella dio otro sorbo al vino y reflexionó sobre el tema que
había sacado a colación-. Este matrimonio será cómodo en muchos otros aspectos. Mis
padres te quieren.
-¿Eso es relevante para ti?
-No lo era cuando tenía dieciocho años, pero ahora, sí, es más importante.
Simplificará mucho las cosas.
-Cuando tu padre me dijo que te había sugerido la idea de que nos casáramos,
pensé que te subirías por las paredes. A juzgar por todo lo que había oído sobre tu
carácter, supuse que un matrimonio más o menos arreglado haría saltar tu viejo
espíritu rebelde. Le dije a Charlie que había cometido un gran error. Fue entonces cuando
me dijo que eras otra mujer.
-Lo dices como si no creyeras en tal cambio -le contestó ella, ligeramente
irritada por el escepticismo del hombre. Ya lo había observado en más de una ocasión
en las dos semanas que llevaba instalada en Tucson, pero aquella noche parecía más
pronunciado-. Te aseguro que no soy la alocada chiquilla que se fue de aquí hace unos
años. ¿Qué pasa, Edward? -añadió ella, incapaz de resistir la tentación de burlarse un
poco-. ¿Te preocupa terminar casado con una arpía?
-Estoy seguro de que mi único problema en este momento son los nervios por la
boda -dijo Edward, rehusándose a picar. Pero no la miraba a ella mientras hablaba.
Parecía profundamente interesado en el trozo de pan que se comía.
Por alguna razón inexplicable, a Bella la molestó que él le esquivase la mirada.
No conocía mucho a Edward, pero en la últimas dos semanas lo había tratado lo suficiente
y había pasado bastante tiempo con él en las visitas esporádicas al hogar
familiar en los últimos meses como para conocer sus peculiaridades. Por lo general era
bastante directo.
-No pareces de los que se ponen nerviosos -murmuró ella-. Pero sí creo que
puedes tener algunas sinceras reservas en cuanto a casarte conmigo. Nada más lógico.
Sin embargo, ya que eres mago de las finanzas, ¿por qué no miras esta proposición del
mismo modo que los libros contables del Hacienda Swan? En el haber, está que te
casas con la jefa. Consolidarás tu posición en mi familia y en sus negocios. Te doy mi
palabra de que el matrimonio no será inestable. Hoy en día soy una persona bastante
plácida. Soy trabajadora, sé tratar a los invitados y al personal y cumplo lo que
prometo. Puedo asegurarte que no habrá embarazosas peleas ni discusiones en público.
En cuanto a eso, tampoco las habrá en la intimidad. Soy saludable, razonablemente
inteligente, ordenada y puntual. Ya no me enfado con tanta facilidad como cuando era
joven, y siempre estoy dispuesta a contemplar los distintos aspectos de un asunto
antes de formarme una opinión. Se dice que soy bastante buena jefa -concluyó ella con
una breve sonrisa.
Edward se quedó contemplándola durante unos largos instantes y a Bella le
habría encantado poder leerle los pensamientos. La educada máscara que él llevaba
arrojaba poca luz sobre lo que realmente sentía.
-¿Y en el lado del debe? -preguntó finalmente él con voz suave.
Bella entrecerró los ojos.
-No hay apuntes negativos. Al menos ninguno importante se me viene a la mente.
-Sorprendente. Eso, desde luego, simplifica las cosas, ¿no? -pero estaba
sonriendo de nuevo: la misma sonrisa irónica que tantas veces le había dedicado en las
últimas dos semanas. Bella habría preferido no sentir la punzada de incertidumbre
cada vez que la veía.
-Las simplifica mucho -afirmó ella en tono vivaz.
-¿También has hecho el balance para ti?
-Por supuesto.
-Me gustaría conocer los apuntes de la columna del haber, si no te importa.
-¿Por qué iba a importarme? -dijo airadamente ella-. Este matrimonio me
proporcionará un marido eminentemente adecuado a toda mi familia. Me casaré con un
hombre que conoce y comprende mi trabajo y va a compartirlo conmigo. Todos los que
lo conocen aseguran que no es un hombre violento -Bella miró con expresión
burlona a su acompañante-. Mamá dice que no es probable que le pegues a tu esposa.
-¡Que tranquilizador para los dos!
-¿Verdad? Veamos, ¿de qué otra forma me beneficiaré de este matrimonio? Ah,
sí. No hay que olvidar que ambas partes vamos a él con pleno conocimiento de la
situación. No tendremos que molestarnos en fingir un romanticismo que no sentimos ni
tenemos que convencer al otro de que estamos apasionadamente enamorados. Nuestra
relación se desarrollará naturalmente, sin presiones indebidas.
-«Nuestra relación» suena como una especie de microbio experimental en un
caldo de cultivo -pero Edward no parecía nada preocupado.
Impulsivamente, Bella se echó hacia adelante y apoyó ligeramente los dedos
en la manga de la chaqueta veraniega que él llevaba.
-Realmente, tengo puestas grandes esperanzas en este acuerdo, Edward. Creo que
todo resultará perfecto.
Los ojos verdes de él pasaron de las uñas pintadas a la expresión grave del rostro
femenino.
-No sé si perfecto -contestó evasivamente él-. pero estoy seguro de que será
enormemente interesante. ¿Te apetece tomar postre?
Apartando la mano, Bella negó con la cabeza.
-No, gracias.
-Entonces, quizá sea hora de marcharnos. Has tenido un largo día e imagino que
estás cansada. –Edward pidió la cuenta con un gesto, y se la presentaron casi al instante.
Una vez terminados los pormenores del pago, se puso en pie y le retiró cortésmente la
silla a Bella.
Bella era vívidamente consciente de la presencia del hombre que iba tras ella
cuando salieron del restaurante a la apacible noche veraniega. Se encontraban casi a
finales de agosto y se había producido una típica tormenta de verano en la hora y
media que ellos habían permanecido en el restaurante. Como de costumbre, había caído
gran cantidad de agua en breve periodo de tiempo y el aparcamiento y los coches
estaban relucientes bajo los recientes efectos de la lluvia. El Mercedes blanco de
Edward había resistido el chapuzón con educado estoicismo y Bella se sentó cómodamente
en el interior de cuero rojo. Todavía corría una pequeña riada entre el
aparcamiento y la calle, pero el coche lo vadeó fácilmente. Pronto desaparecería toda
traza de la violenta tormenta y Tucson volvería a cocerse en el calor de agosto.
-Este año las lluvias parecen más torrenciales que de costumbre -comentó
Bella, por decir algo más. Edward no había articulado palabra desde que agarró el
volante.
-Tal vez te lo parezca porque llevas mucho tiempo fuera de Tucson -sugirió él.
-Puede ser –Bella volvió a sumirse en el silencio.
Entonces fue Edward el que lo rompió.
-¿Contenta de volver a casa, Bella?
-Sí -afirmó ella con satisfacción-. Muy contenta.
-¿Lamentas haberte ido?
Dando un suspiro, ella movió negativamente la cabeza.
-En aquella época no tenía mucha elección. Nuestra casa se había convertido en
un campo de batalla. Mi padre y yo no parábamos de pelear. Era insoportable, para
nosotros y para mi madre y mis hermanas, víctimas de aquella tensión. Si me hubiera
quedado a estudiar en la universidad de aquí, los problemas habrían seguido. Papá
estaba decidido a dirigirme la vida, igual que yo a hacer las cosas a mi manera. Me
temo que estaba dispuesta a plantarle cara en cada punto. La gota que colmó el vaso
fue mi relación con James Monroe.
-¿En California estudiaste administración de hoteles?
-Sí. Llevo la hostelería en la sangre. Nunca tuve la menor duda de que debía
trabajar en este negocio. Pero también sabía que mientras mi padre estuviera al frente,
nunca podría tomar parte en el Hacienda Swan. Todo habría sido objeto de
fricción.
-¿Quién financió tus estudios en California? ¿El infame James Monroe? -Edward hizo
la pregunta con aparente indiferencia pero Bella percibió cierta inclemencia
soterrada. De nuevo, se sintió un tanto molesta.
Sofocando la vaga agitación de su temperamento largamente dormido, Bella
se armó de paciencia para responder, como si no la molestara.
-Me la financié yo misma. James no tenía ni un centavo. Un montón de encanto de
rebelde sin causa y algunas aspiraciones interesantes, pero nada de dinero. Nos
separamos antes de llegar a California.
Edward giró bruscamente la cabeza, sorprendido.
-¿De veras?
-No tenía mucha elección. No, después de darme cuenta de que el interés
primordial de James era el dinero de mi padre. En realidad, creo que siempre lo supe de
forma subconsciente y no quería reconocerlo. Él y su moto me sirvieron para salir de
Tucson de forma espectacular, pero cuando empezó a exigirme que llamara a casa le
dije que se fuera.
-¿Y lo hizo?
-Sí, desgraciadamente. Tuve que hacer dedo hasta California -Bella se rio
forzadamente para disimular el recuerdo del miedo y la soledad que la habían asaltado
en aquel espantoso viaje. Nadie, estaba convencida, comprendía el aislamiento y la
soledad hasta que se veía solo en medio de una autopista con unos cuantos dólares en
el bolsillo y la terca determinación de no volver a casa en busca de protección.
Había sido afortunada. El conductor de camión que la había recogido resultó
todo un caballero de la carretera y no un tipo lujurioso. Treinta años mayor que ella,
había adoptado una actitud protectora. Le dejó echar una cabezadita en el
compartimento para dormir y no paró de decirle que se iba a quedar sorda de oír
música pop. Como antídoto, le había dado un cursillo sobre la historia de la música
country y había sintonizado las emisoras de ese tipo de música en la radio. Bella
conservó un afecto secreto por lo vulgar, que no había desaparecido en todos aquellos
años.
-Andar por la carretera no es especialmente emocionante, ¿verdad? -Edward
condujo el Mercedes hacia las colinas de las afueras de Tucson donde quedaba el
Hacienda Swan.
-No.
-Pero el orgullo te impidió volver a casa, ¿no?
-No podía volver a casa. No hasta que demostrase a todo el mundo que era capaz
de valerme por mí misma y no necesitaba el dinero de papá para allanarme el camino -le
explicó sin rodeos ella.
-¿Entonces cómo te pagaste los estudios?
-Encontré trabajo en una hamburguesería. Pagaban poco pero el camino hacia el
puesto de encargado estaba abierto para quien estuviera dispuesto a trabajar en los
turnos malos. A los tres meses era la encargada -dijo Bella con voz calmada-. A
partir de entonces, el dinero dejó de ser problema. Apenas dormí durante los dos años
siguientes, pero aprendí muchísimo. Puedo elaborar cuarenta hamburguesas por minuto
o supervisar la cocina de un restaurante de categoría.
-Escogiste el camino más difícil -gruñó Edward-. Todo porque eras demasiado
cabezota para apreciar lo que tu familia quería darte.
Bella sintió como un ligero chasquido en su interior. Se había tomado la
molestia de responderle a unas cuantas preguntas personales y él le correspondía con
mal disimulado menosprecio y condena. Iba a poner fin a aquello.
-Vamos a dejar algo claro, Edward. Mi pasado no es de tu incumbencia, ni a mí me
interesa especialmente el tuyo. No soy la misma chiquilla loca e imprudente que se fue
de aquí. Soy una adulta madura que ha obtenido bastante éxito por sí misma. La
decisión de volver a Tucson obedece a varios motivos, pero no porque no pueda
mantenerme y llegar lejos en mi profesión por mí misma. He conseguido en California
cuanto he querido en lo que a esos dos aspectos se refiere. Por última vez, Edward, estoy
aquí en mis propios términos y todo en mi vida lo hago así. Si hay algo de mi pasado que
te molesta, más vale que lo digas ahora.
Tal vez a Edward se le blanquearon los nudillos al volante; dada la oscuridad
imperante, Bella no podía asegurarlo. Pero Edward vaciló solo unos instantes antes de
contestar.
-No me molesta tu pasado. No es muy distinto del mío.
Bella, a punto de responderle contundentemente, parpadeó y luego dijo:
-¿De veras?
-Solo que no existía la versión femenina de James Monroe que me raptara a lo
grande ni una familia y con dinero a la que volver si me metía en problemas -dijo en
tono tajante, sin dar lugar a más discusiones.
Bella contempló al hombre que tenía a su lado, consciente del perfil
ásperamente tallado y la fuerza que exudaba el cuerpo tenso y delgado. Decidió no dar
rienda suelta al torrente de preguntas que acudieron a su mente. Los dos tenían
derecho a cierta intimidad. Después de todo, sabían muy poco el uno del otro.
El ronroneo apagado de una moto seguía al Mercedes al tomar el elegante camino
de entrada del Hacienda Swan. Cuando Edward aparcó el coche en una de las plazas de
los directivos, Bella dio un rápido vistazo por encima del hombro y sonrió
complacida.
Antes de que Edward hubiese abierto la portezuela del coche, ella ya se había
bajado y saludaba al joven que aparcaba la moto cerca.
-Hola, Jacob -le dijo ella, dándose prisa para alcanzarlo-. ¡Qué bonita! ¿Cuándo te
la compraste?
Jacob Black, ayudante de camarero del restaurante del hotel, sonrió satisfecho
mientras estabilizaba la pesada moto y retiraba las llaves.
-Me la entregaron esta mañana. ¿Qué le parece? ¿Ha visto cosa igual?
Edward se había acercado a Bella, quien contemplaba la anoto con admiración.
-Toda una moto, Jacob -comentó sobriamente él.
-Gracias, señor Cullen. Supongo que me pasaré el testo de la vida pagándola,
¡pero vale la pena! -Jacob guardó el casco detrás del asiento.
-Me alegra ver que has sido sensato y te has comprado también el casco
-observó en tono aprobador Edward.
-Sí. Mi padre dijo que solo así me avalaba el préstamo que tuve que pedir. Me
imagino que tiene razón, pero le quita cierta emoción a conducirla.
-Sé lo que quieres decir -murmuró Bella nostálgicamente, acariciando el
brillante manillar-. No hay nada como sentir el viento en el pelo.
-¿Y qué me dices de las moscas en la boca? -la interrumpió Edward, contemplando
con ojos entrecerrados a Bella acariciar la moto.
Jacob se rio entre dientes.
-En eso tiene razón. Por cierto, comprar la moto me ha dado excusa para
comprarme una cazadora de cuero negra. Mi madre no me habría dejado tener una si
no creyera que es una forma de protección, como el casco.
-Es fantástica -dijo Bella en tono admirativo mientras Jacob se desabrochaba
la pesada prenda-. Aunque un poco calurosa para una noche como esta.
-Ten cuidado con las calles, Jacob -empezó a decir Esward, frunciendo el ceño-. Las
motos y el asfalto mojado no hacen buenas migas.
Jacob ocultó su entusiasmo al advertir el tono de sermón de Edward.
-Sí, señor Cullen. Tengo mucho cuidado. Lo último que quiero es estrellarla
antes de terminar de pagarla. Bueno, discúlpenme, llego con el tiempo justo –el joven
sonrió a Bella-. Cuando quiera dar un paseo, señorita Swan, estaré encantado de
llevarla.
-Gracias, Jacob. Me encantará -le aseguró amablemente Bella. Cuando el
camarero se hubo ido, ella se volvió hacia Edward-. No era necesario que lo sermonearas.
Estoy segura de que sus padres ya le habrán dado bastante la lata con el asunto de la
moto.
-Ya veo que tú no piensas darle recomendaciones sensatas, ¿verdad? -comentó
Edward con voz serena mientras se encaminaban hacia el chalet particular de ella.
Edificada a poca distancia del hotel, la encantadora construcción de ladrillo con
su amplio porche proporcionaba intimidad y comodidad. Edward utilizaba un chalet similar
situado al otro lado del jardín. Los padres de Bella vivían en una elegante mansión
desde cuya gran terraza se dominaba todo el terreno del hotel.
-Parecías a punto de agarrar las llaves para irte de paseo -siguió él.
-¿Recuerdas la Yamaha negra de la que te hablé? -le respondió amablemente
Bella, secretamente divertida por la actitud severa de él-. ¿Aquella en la que me
fui de Tucson y que James se llevó cuando nos separamos?
-¿Qué pasa con ella?
-Era mía. Comprada con el dinero que gané trabajando en el restaurante del
hotel el último año de bachillerato. Sé exactamente la clase de batalla que Jacob ha
librado con sus padres para que le dieran permiso para comprar la moto. ¡Figúrate lo
que tuve que pasar! Mi madre casi se desmaya y mi padre se pasó una semana dando
gritos antes de acceder. Me encantaba aquella moto. En ella me sentía libre y
aventurera, y totalmente independiente -Bella echó la cabeza hacia atrás
abandonándose al placer de recordar, inhaló el aire limpio por la lluvia y cerró
brevemente los ojos-. Era una sensación fantástica.
-¿Por eso te fuiste a California y descubriste lo que realmente era sentirse libre
e independiente? -lo dijo en un tono ácido, levemente reprensivo, quitándole la llave de
las manos y abriéndole la puerta.
-Edward, tienes el talento de reducirlo todo a un nivel muy terreno -no le
extrañaba que ese hombre no se considerara muy diestro en el trato con la gente. ¡No
lo era en absoluto!-. No te preocupes. Como ya te he dicho, soy una mujer
completamente distinta -extendió la mano para que le devolviera las llaves-. Cuando
leas el acuerdo prematrimonial, verás lo realista y profesional que me he vuelto.
-Lo leeré esta noche -le prometió él, sin moverse del umbral mientras ella
entraba. Permaneció allí, mirándola, con un brillo significativo en los ojos.
Un chispazo de intuición femenina le dijo a Bella que él estaba a punto de
besarla. La idea la tomó por sorpresa pero no le pareció nada desagradable. De hecho,
sintió que le bullía la sangre de placer anticipado. Un extraño anhelo de tener un
atisbo de lo que sería el verdadero matrimonio con aquel hombre.
Edward dio bruscamente un paso hacia adelante, la agarró de la barbilla con dedos
firmes y le levantó la cara. La mirada gris reflejaba una fría pasión que pilló desprevenida
a Bella. La pasión no era algo que ella esperase encontrar en Edward
Cullen. Quizá se había equivocado. Sintió la fuerza de la mano masculina, y una
oleada de excitación la recorrió. El amor y el deseo no eran elementos que esperase
encontrar en su acuerdo con Edward. La perspectiva de semejante potencial era a la vez
embriagador y un poquito estremecedor.
Bella bajó la mirada cuando él le levantó la cara para besarla. Sintió su
proximidad, el calor de su cuerpo a escasos centímetros de ella. La sensación de la
boca de él aleteando sobre la suya hizo que por un instante le faltara la respiración.
Una tensión inexplicable, casi insoportable, la invadió mientras esperaba.
-Creo... -susurró roncamente Edward e hizo una pausa-, que tengo que leer ese
acuerdo antes que nada.
Bella abrió los ojo, estupefacta cuando sintió que le soltaba la barbilla.
Inmediatamente disimuló la reacción, levantando la cabeza en gesto altivo.
-Hazlo, Edward. No quisiera que te vieras envuelto en algo que no puedas manejar
-y, con un poco más de violencia de la necesaria, le cerró la puerta en las narices.
bueno aqui esta el primer capitulo de la historia, espero que hos guste
dejen revieus
gracias
