Aquí va el 2º capítulo de un ff inspirado en "Armas de Hellsing" de Khrysta. Espero que os guste y me dejéis algún review. Que no cuesta nada!!!

Capítulo 2. Vidas paralelas

Siguió a Walter por las intrincadas mazmorras, el mayordomo abrió la puerta a su derecha y entraron en una habitación oscura y fría.

-Debido a su condición he de preguntarle si para descansar prefiere un ataúd o una cama –le dijo el hombre encendiendo unas velas para que alumbraran el lugar.

-Una cama por favor, puedo dormir en cualquier parte menos en un ataúd, tengo una ligera claustrofobia –confesó ella acercándose al armario para examinar los dibujos de la madera.

-Muy bien, entonces dejaré la habitación tal y cómo está. Que pase una buena noche –se despidió el mayordomo.

-Igualmente ¡Ah! Walter, dígale a Integra que mañana iré a por mis cosas a la ciudad –le informó.

-No se preocupe.

La puerta se cerró y solo hubo silencio. Estaba cansada, pero antes de dormir quería darse una ducha de agua fría para calmar sus músculos. Cuando hubo acabado miró su ropa, estaba empapada en sangre y agujereada por los disparos de Alucard. Con el atuendo así le iba a ser difícil moverse por la ciudad. Se metió en la cama y dejó la mente en blanco mientras esperaba que el sueño la cubriera con su manto.

Algo soplaba en su cara, abrió los ojos y se encontró con otros rojos, dio un brinco en la cama y metió la mano bajo la almohada en busca de su daga, pero no encontró nada, aún no le habían devuelto el armamento. Un enorme perro negro la observaba desde el borde de la cama, moviendo la cola con energía. Lia lo miró con desconfianza, pero el animal no parecía tener la intención de atacarla, así que se acercó y alargó la mano para acariciarlo. El perro se dejó hacer y de un brinco se subió a la cama.

-Ahora no pareces tan peligroso –sonrió ella rascándole tras las orejas.

El can la miró fijamente y ella observó con curiosidad sus cuatro pares de ojos rojos, iguales a los de su amo.

-¿Te gusta? No tiene por costumbre ser tan manso –dijo una voz desde las sombras.

-Fuera de aquí –gruñó ella- Que esté desarmada no quiere decir que sea menos peligrosa.

-No me hagas reír hija de humano –rió él saliendo de la oscuridad.

Lia lo fulminó con la mirada, lamentaba no tener a mano sus armas en esos momentos.

-Lárgate –le exigió ella- O te juro que te arrepentirás.

-Solo he venido a recoger a mi perro –se explicó él con una siniestra sonrisa.

-Pues llévatelo y desaparece, maldito cadáver andante.

El perro saltó de la cama y corrió junto a su dueño.

-Buenas noches –se despidió el vampiro con una inclinación de cabeza.

-Púdrete en el infierno –escupió ella.

Riendo, el no muerto y su perro desaparecieron en la oscuridad de la estancia. Lia se levantó de la cama y tumbó la enorme mesa que había en el centro de la habitación, con una patada rompió una de las patas de madera. Buscó alguna superficie afilada, pero no vio ninguna; así que se dirigió a una de las paredes y golpeó la pata de la mesa contra ella. Siguió repitiendo el proceso hasta que la madera se quebró adquiriendo una punta.

Cansada volvió a la cama, colocando la improvisada estaca bajo la almohada. No durmió mucho tiempo, un ligero susurro la despertó. A simple vista la habitación parecía vacía, pero podía sentir a aquel maldito vampiro observándola desde algún lugar del oscuro lugar. Con rapidez, cogió la estaca escondida y la lanzó contra las sombras. Un gemido la informó de que había dado en el blanco.

-Tienes buena puntería –rió con voz ahogada Alucard, saliendo de su escondrijo y arrancándose la estaca del cuello, dejando correr la sangre a borbotones por su cuello.

-No pienso volvértelo a repetir, fuera de mi habitación –le amenazó ella.

El no muerto escupió la sangre que se había encharcado en su boca y le lanzó la improvisada y ensangrentada arma a los pies de la cama. Luego, con una inclinación educada y una sonrisa divertida, salió por la puerta.

Lia no consiguió volver a dormirse, por eso agradeció la llegada del alba. Se levantó de la mullida cama y fue en busca de su ropa, pero no la encontró, no estaba en la silla en donde la había dejado la noche anterior después de ducharse.

-Alucard –gruñó con enfado.

Entró en el baño y se enrolló en una toalla, no pensaba pasearse por el lugar en ropa interior. No le costó mucho encontrar la salida de las mazmorras, pero lo cierto era que no tenía ni idea de cómo llegar al despacho de Integra. Una cosa era cierta, si no lo buscaba, no lo encontraría nunca. Los pasillos y escaleras se sucedían continuamente, hasta que llegó un momento en el que se sintió perdida. Comenzó a agobiarse al sentirse encerrada. En su camino, se cruzó con varios soldados, que le lanzaron miradas curiosas con una pequeña sonrisa, que la hicieron sentirse incómoda ayudando a aumentar su enfado.

-No me gusta que mis subordinados se paseen envueltos en una toalla por la mansión –le dijo Integra con severidad saliendo de una sala.

-Me ofende si cree que a mí sí, pero es que mi ropa ha desaparecido de mi cuarto –explicó Lia con seriedad.

-Habrá sido cosa de Walter, te llevaré hasta él –la mujer la guió por los pasillos- Aun no me has dicho tu nombre.

-Lia.

-¿Lia? ¿Hay algún apellido tras ese nombre tan poco común? –le preguntó integra.

-No, no hay nada más.

La mujer no comentó nada hasta llegar a un enorme salón en el que un mayordomo de pelo moreno atado en una cola baja, dejaba una bandeja de pastas.

-Buenos días Walter, te están buscando –anunció la dueña del lugar.

-Buenos días lady Integra –saludó el mayordomo- ¿Puedo servirla en algo?

-Mi ropa ha desaparecido –se adelantó Lia con impaciencia.

-¡Oh! Ha sido culpa mía, lo siento, me la llevé para lavarla y arreglarla –contestó Walter- Se la habría devuelto ya, pero me temo que no está lista.

-Pero yo la dejé en la silla antes de irme a dormir… -comenzó la vampiresa.

-Walter puede llegar a ser muy sigiloso –dijo integra con una sonrisa.

-Si apenas he dormido… Debió de ser antes de qu7e Alucard apareciera y me desvelara –comprendió ella.

-¿Alucard estuvo en tu habitación? –le preguntó la mujer.

-Sí, entró dos veces, parece ser que no le queda claro el concepto de privacidad –gruñó la joven- Si vuelve a aparecer me encargaré de enseñárselo.

-No hará falta, yo hablaré con él –aclaró Integra con la mirada sombría.

-Señorita, si me permite, le proporcionaré ropa para que pueda ir a recoger sus cosas.

-Gracias. También me gustaría que me devolvieran mi armamento y unas llaves que hay en mis pantalones –pidió Lia con amabilidad.

-Por supuesto –contestó el mayordomo.

-¿Tardarás mucho en regresar? –le preguntó Integra inquisitiva.

-Dependerá del tráfico –contestó Lia encogiéndose de hombros.

Walter la llevó a una pequeña habitación, llena de taquillas y armarios de metal mate. El hombre revolvió en uno de los armarios y sacó de él unos vaqueros, un jersey de color marrón oscuro y una chaqueta gris.

-Lamento si el color no es de su agrado –le dijo el mayordomo dándole las prendas y dirigiéndose a otro armario.

-No te preocupes, son solo para poder caminar por la ciudad –repuso ella quitándose la toalla y comenzando a vestirse.

-Aquí tiene su armamento –le tendió su P3OO, la Walter P99 y su daga de plata- Me he tomado la libertad de modificarlas para que tengan un mayor alcance y fuerza de impacto.

-Gracias, aunque no tenías por qué hacerlo –agradeció Lia examinándolas.

-Digamos que lo necesitaba, las cacerías que aquí llevamos a cabo no son como las que tú conoces –se explicó el mayordomo.

-Bien, gracias igualmente.

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Integra entró en su despacho y miró una de las esquinas, que permanecía en las sombras.

-Creo que dejé claro que no agredieras a la nueva adquisición –gruñó la mujer cruzándose de brazos con enfado.

-No la agredí, simplemente observaba –contestó el vampiro saliendo de la oscuridad- No pensé que reaccionaría así, es muy excitable.

-Por eso mismo no quiero que te dediques a espiarla por las esquinas cuando te venga en gana.

-Creía que mi misión era vigilarla –comentó Alucard.

-Hay una ligera diferencia entre vigilar y espiar –Integra lo miraba con severidad- La vampiresa ha vuelto a la ciudad para buscar sus cosas; quiero que la sigas y averigües dónde y como vive.

-¿Eso no es espiar? –rió el vampiro.

-Es una orden. Y Alucard, yo no subestimaría a esa chica, tengo la sensación de que es más de lo que aparenta –contestó Integra con una sonrisa sombría- Te iría bien, por una vez, obedecer y no jugar con fuego.

-No se preocupe –los ojos del no muerto centellearon- El fuego ya no puede quemarme.

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La zona circundante a la lujosa mansión era en su mayoría parques verdes muy cuidados. El coche los pasó con rapidez. Tras los cristales tintados el día parecía más triste y oscuro de lo habitual.

-¿Vive cerca de aquí? –le preguntó el chofer mirándola con una educada sonrisa.

-Ni siquiera sé dónde estoy –se limitó a contestar sin mirar a su acompañante.

Pasados diez minutos los primeros edificios de Londres aparecieron ante ellos.

-¿Dónde quiere que la deje? –volvió a preguntar el conductor.

-Con que pares a tres manzanas ya me va bien –contestó la joven revisando su nueva munición.

-¿Cree que va a necesitarla?

-Nunca se sabe, los callejones oscuros siempre han sido el hogar de sabandijas –sonrió ella divertida.

El coche se detuvo y la joven bajó del automóvil ajustándose la chaqueta para ocultar las pistolas.

-¿Quiere que venga a recogerla dentro de un rato? –preguntó el chofer.

-No gracias, ahora que sé el camino podré volver –el hombre la miró escéptico- Tranquilo, poseo un medio de transporte propio.

Dicho esto, el coche se perdió en las abarrotadas calles. Comenzó a caminar, le quedaba un largo trecho por recorrer, pero prefería tener tiempo para reflexionar y hacerse a la idea de su nueva situación. Jamás se le hubiera ocurrido asociarse con un humano, se consideraba una persona errante, no solía permanecer más de seis meses en un mismo lugar. Aunque puede que después de todo, el trato que había contraído le sirviera para llevar a cabo su cometido. Tenía armamento y cobijo, ¿qué más podía pedir?

Sin darse cuenta, su paso ligero la había llevado a las oscuras callejuelas próximas a su casa. Prefería zonas oscuras y conflictivas para instalarse, en donde las armas no eran vistas como un complemento extraño y peligroso.

-¡Ey guapa! ¿A dónde vas tan sola? –un chico de aspecto callejero salió de un andrajoso portal.

Lia lo ignoró y siguió su camino, no sin percatarse de que había más gente espiando desde las esquinas. Encontraba muy gracioso el hecho de que algunos humanos le tendieran emboscadas, sobretodo por las caras que adoptaban al comprobar que ella no era "normal". Aquel miedo en sus ojos la hacía sentirse fuerte, poderosa; pero por otra parte se sentía culpable, porque le tentaba la idea de romper una antigua promesa sagrada para ella.

-Es de mala educación no responder –la regañó otro hombre que apareció por una esquina mientras balanceaba entre sus manos una gruesa cadena.

-Más te vale no gritar y darnos lo que lleves encima –le amenazó el primero.

-Soltad las armas antes de que os hagáis daño –rió ella sin detenerse.

-¡¿Quién te crees que eres para hablarnos así?! –gritó con enfado el hombre acercándose a ella con la cadena preparada.

Lia llevó la mano al interior de su chaqueta, ya había pasado por eso, en cuanto enseñara su arma, los dos hombres se irían con el rabo entre las piernas.

-Venga, no molestéis a la señorita –rió una voz fría.

El asaltante se paró en seco al ver cómo le apuntaban con una pistola de gran tamaño que sujetaba un hombre salido de la nada. Asustado, soltó la cadena y echó a correr seguido de su compañero.

-Sé cuidarme sola –gruñó Lia.

-Es una extraña forma de dar las gracias –rió Alucard guardando la Jackal en el interior de su gabardina de cuero rojo.

-Lárgate, ¿no tendrías que tener metida la cabeza en un podrido ataúd? –le dijo ella con desprecio- Si no voy equivocada, los vampiros no pueden estar bajo el sol.

-No es que no pueda estar bajo el sol, simplemente detesto su luz –explicó el vampiro.

-Que interesante –se mofó Lia- Entonces esfúmate, nadie te obliga a estar bajo el "detestable" sol.

-Me temo que no puedo complacerte, tengo órdenes –contestó escuetamente.

-Integra no tiene por qué preocuparse, no pienso escapar ni nada parecido.

-Aún así he de acompañarte. Siendo sincero, tengo curiosidad por saber cómo vive alguien como tú –los ojos del vampiro brillaron bajo el sol.

Lia se limitó a soltar un gruñido, estaba claro que no conseguiría quitárselo de encima.

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Llegaron a un edifico viejo y destartalado, que tenía la puerta principal colgando de sus goznes.

-¿Vives aquí? –Alucard miró el edificio sin contener la risa.

-Más que vivir, estoy de paso, nunca permanezco más de seis meses en un mismo lugar –contestó ella subiendo las sucias escaleras.

-Mira por donde eso va a cambiar.

-Eso parece –se limitó a decir ella.

Subieron hasta el tercer piso y se pararon ante una puerta astillada. Lia sacó de su bolsillo una llave colgada de un llavero plateado en forma de media luna.

-Quédate fuera –le dijo la chica al abrir la puerta.

-¿No me vas a dejar ver tu piso? No creo que esté tan sumamente destrozado como la fachada –comentó el vampiro- ¿O es que eres de esas que dejan su ropa interior esparcida por todos lados?

La muchacha lo fulminó con la mirada y entró cerrándole la puerta en las narices de un portazo. Respiró hondo, sabía de sobra que lo que buscaba el vampiro era provocarla; pero no iba a caer. Sacó del armario una bolsa de deportes y comenzó a meter en ella la poca ropa que poseía y algunos objetos personales como libros y una pequeña muñeca de trapo, ajada y descolorida.

-Curioso que alguien de tu edad posea algo tan infantil –rió Alucard inspeccionando la oscura habitación que poseía solo una ventana.

-Lo que tenga o deje de tener no es asunto tuyo –contestó ella cerrando la bolsa.

-¿Nos vamos ya?

-Me gustaría cambiarme antes, así que si tienes prisa no es mi problema –Lia lo miró con una ceja levantada y se metió en un pequeño baño.

Alucard sonrió, esa vampiresa era más divertida que Ceres, que era más sumisa y apenas pronunciaba queja alguna. A los pocos minutos Lia salió ataviada con unos vaqueros negros y bajos, y un jersey también negro y corto.

-¿Hay algún problema? –la chica miró al vampiro con desagrado al notar que este la examinaba.

-¿Es que tendría que tenerlo? –contestó él alzando una ceja con una mal disimulada sonrisa.

Lia lo miró con desconfianza y sacó de debajo de la cama un casco de moto negro con rayas plateadas. Se echó la bolsa de deporte al hombre y salió por la puerta.

-Vamos, tengo más cosas que hacer –se quejó la vampiresa.

-¿No decías que no tenías prisa? –el no muerto la miró inquisitivo.

-Sigue empeñando y no tendré reparos en agujerearte la garganta otra vez –contestó la joven bajando las escaleras.

Alucard se percató entonces del tatuaje que tenía en la parte baja de la espalda y que la ropa que llevaba dejaba ver con claridad. El dibujo era una especie de gota acabada en punta y de la que salía por la parte superior un ala de murciélago, junto a la gota había otras dos alas más pequeñas. El vampiro sonrió, tenía que admitir que aquel tatuaje le otorgaba un aire bastante sexy.

Al llegar a la planta baja, la joven desenganchó la llave de la casa del llavero y la metió en uno de los buzones. Luego salió del edificio y se internó en un pequeño y oscuro callejón, del que sacó una enorme moto negra, que al igual que su casco, tenía motivos plateados. Lia se subió en ella, se ajustó el casco y arrancó la moto que rugió con fuerza. Alucard miró la moto con desagrado.

-¿No es muy grande para ti? –le dijo sin dejar de inspeccionar el vehículo.

-Es rápida, resistente y a mi me gusta –se limitó a contestar ella.

-Es una vergüenza que alguien nacido de la noche se tenga que desplazar en una máquina humana.

-Yo no soy una hija de la noche –gruñó ella bajando la oscura visera del casco y acelerando la moto, de forma que la rueda trasera derrapó e hizo girar con rapidez al vehículo.

-Sí que lo eres, y más de lo que crees –sonrió él con crueldad mientras veía desaparecer la moto entre los edificios.

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Se detuvo frente a un pequeño bar-restaurante, situado cerca de los edificios comerciales, con lo que siempre recibía clientela; ayudando al humilde negocio a salir adelante. Dejó la moto cerca de la entrada sin molestarse en ponerle el candado, no tardaría mucho, o eso esperaba.

Sonó la campanilla situada en el marco de la puerta cuando Lia entró en el local. El dueño levantó la vista y le sonrió desde detrás de la barra.

-Llegas pronto –el hombre le hizo un ademán para que se acercara- Tu turno no empieza hasta dentro de tres horas.

-Lo sé –contestó ella.

Se sentó en uno de los taburetes de la barra y miró el lugar con calma, intentando retener todos los detalles del acogedor negocio.

-¿Te preocupa algo? Sabes que si tienes algún problema solo has de pedirme ayuda.

-Sabes… sabes que al llegar te dije que solo estaría un par de meses –comenzó ella.

-Vienes a decirme que no vas a poder seguir trabajando aquí, ¿cierto?

Lia asintió. No sabía por qué, pero se sentía triste, un nudo en la garganta le impedía expresarse con la frialdad que le hubiera gustado utilizar.

-Me han ofrecido un trabajo mejor… bueno, creo que no es mejor que este; pero por motivos familiares se ajusta más a lo que necesito –intentó explicarse ella.

-No hace falta que me des explicaciones –sonrió el hombre- Todos tenemos nuestras razones personales para tomar decisiones. Además, ya me avisaste de antemano.

-Entonces creo que ya está todo dicho –Lia abrió la bolsa de deporte y sacó el uniforme de camarera.

-¡Sara, Mary, Alex! –llamó el dueño- ¡Venid a darle una despedida a Carol!

De la cocina salió un chico joven de pelo rubio oscuro, y desde las mesas se acercaron dos chicas jóvenes y sonrientes.

-¿Te vas? ¿Ya? –le dijo apenada Sara.

-Sí, he encontrado un trabajo que se ajusta más a mí –contestó Lia.

-Pero prométenos que vendrás a visitarnos de vez en cuando –pidió Mary cogiéndole las manos.

-Vendré siempre que pueda, las tortitas de Alex son irremplazables.

Las chicas rieron y la abrazaron con cariño. Eso era lo que más le gustaba de aquel lugar, que todos eran como una pequeña familia. Después de despedirse durante más tiempo del que había previsto salió del local, dispuesta a regresar ya a la mansión Hellsing.

-¡Carol! ¡Espera un momento! –Alex salió apresuradamente del local.

Lia se lo quedó mirando un momento, aquella reacción le pareció extraña, porque el muchacho no había abierto la boca en ningún momento.

-Bueno, esto… eh… creí que estarías más tiempo aquí –le dijo Alex.

-Sí, yo también, pero las cosas cambian con rapidez.

-Por eso, yo… -le alargó un pequeño papel en el que había escrito un número de teléfono- Si un día te apetece salir o algo, puedes llamarme.

-Oh, Alex –Lia miró el papel con pesar, durante todo el tiempo que trabajó en el bar-restaurante temió ese momento- Lo siento, pero no puedo.

-¡Ah! Bueno… la verdad es que he sido un poco estúpido, es normal que tú ya tengas…

-No te precipites. No tengo ningún novio, ni ligue, ni nada por el estilo –Lia le sonrió con cariño- Es complicado de explicar, pero no puedo comprometerme con nadie.

-Eres una chica muy misteriosa –rió Alex- Entonces espero que todo te vaya bien y que vengas a por mis tortitas.

-Descuida, lo haré encantada.

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Dejó la moto en el gran garaje que poseía la mansión, junto con los vehículos militares. Esperaba que los soldados no dañaran su preciada moto.

-Increíble, trabajabas en un restaurante de mala muerte –rió una voz a su espalda.

-¡Primero, no es un restaurante mala muerte! –rugió ella- ¡Y segundo! ¡¿Cómo crees que conseguí la moto, el piso y todo lo demás?! ¡¿Matando a sus propietarios?!

-Es lo más fácil –contestó Alucard con una sonrisa cruel.

-Te recuerdo que yo no soy como los tuyos, prefiero conseguir las cosas a base de trabajo y esfuerzo; antes que hacer una carnicería solo porque a ti te parece divertido.

-Eso tiene solución, simplemente has de probarlo –le incitó el no muerto.

-Antes prefiero arder en el infierno –contestó ella con el rostro sombrío.

Salió del garaje con paso rápido y airado. No quería ver a nadie, ese maldito cadáver había conseguido sacarla de sus casillas.

-Ni siquiera utilizas tu verdadero –siguió hablando Alucard- ¿Y qué me dices de ese joven?

-Ni se te ocurra mencionar a Alex –Lia se paró en medio del pasillo y encaró al vampiro que la miraba divertido.

-¿Enserio te acuestas con mortales? –rió él- Eso sí que es caer bajo.

Lia sacó la pistola de la chaqueta y le apuntó con el dedo en el gatillo. Le hervía la sangre. No iba a permitirle una insolencia más.

-Baja la pistola Lia –Integra llegó hasta ellos con el semblante severo.

La joven obedeció y desapareció en dirección a las mazmorras.

-Te aconsejo no cruzar la línea que ella te está marcando –le dijo la mujer.

-Solo me estoy divirtiendo. Por mucho que lo intente no podrá matarme –recordó el vampiro- Y ella lo sabe.

-Ya te he dicho que no la subestimes –insistió la mujer- No quiero que la mansión se convierta en un campo de batalla como la última vez.

-No volverá a ocurrir –aseguró Alucard.

Integra lo miró sin mucha convicción. Le hizo un ademán para que la siguiera y ambos caminaron en silencio hasta llegar al despacho.

-Infórmame –le dijo su ama con seriedad y autoridad, encendiendo un puro.

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Una vez hubo vaciado la bolsa de deporte, se fue a dormir. Estaba sumamente cabreada, solo quería estar a oscuras para poder relajarse. Unos golpes en la puerta le hicieron perder el sueño. Se levantó de la cama de mala gana.

-¡Déjame en paz! –se quejó ella- Que ahora hayas aprendido a llamar no te da derecho a entrar.

Un hombre mayor la miró con el ceño fruncido cuando la joven le abrió la puerta.

-¡Oh! Lo siento, creí que era Alucard –se apresuró a disculparse.

-No se preocupe, me lo he imaginado –sonrió Walter- Venía a traerle la comida.

Lia reparó en la bandeja que el hombre llevaba en las manos, en la que había un poco de beicon, una ensalada y un trozo de pan recién hecho. Todo ello junto a una bolsa de sangre para transfusiones.

-Muchas gracias, no tenías que haberte molestado –la joven cogió la bandeja- De todas maneras puedes llevarte la sangre.

-Por supuesto, la traje porque no estaba seguro de si le era necesaria.

-No, por suerte no. Aun así gracias, eres muy atento.

-Es mi deber como mayordomo –se despidió Walter.

Dejó la bandeja sobre la mesa nueva, ya que la noche anterior había roto la otra. No probó nada, no tenía hambre, solo quería dormir hasta el día siguiente. Se puso el pijama y volvió a acostarse en la cama, y para su alegría el sueño no tardó en vencerla.

Abrió los ojos lentamente y gruñó, estaba claro que no iba a poder dormir del tirón. Se incorporó en la cama como impulsada por un resorte. Aquel olor, aquella peste. Cogió una de sus pistolas y salió de su cuarto con rapidez dando un portazo. No era posible que hubieran entrado en la mansión, ¿no se suponía que poseía una seguridad de primera? Comprobó la carga de la P300 y salió de las mazmorras con paso rápido.

El aire nocturno le golpeó la cara cuando salió a los campos de entrenamiento. Notó la hierba mojada bajo sus pies descalzos. Los soldados estaban a unos metros, absortos en las instrucciones de su superior, el cual detuvo su charla al verla acercarse.

-¿Ocurre algo? –le preguntó el hombre.

Lia no contestó y siguió avanzando. Algunos soldados sonrieron con agrado al verla venir solo con una camisa de tirantes y unos pantalones bajos. La chica levantó el arma y disparó.

-¡¿Pero qué haces?! –los soldados se alejaron de ella asustados.

En el suelo gemía un chico rubio, que se agarraba la rodilla sangrante.

-Avisad a Integra –ordenó Lia sin dejar de apuntar al joven- tenemos un infiltrado.

Los soldados la miraron de hito en hito con incredulidad.

-¡Moveos! –rugió ella.

A los pocos minutos aparecieron tres soldados seguidos de Integra y Walter. La mujer miró la escena con enfado.

-¿Qué significa esto? –preguntó con tono autoritario.

-Su guardia ha dejado pasar a un espía –contestó Lia con seriedad.

-¿Espía? Por la forma en que sangra es indudable que es humano –juzgó integra con dureza- ¿En qué te basas para esa acusación?

-Apesta a vampiro artificial –respondió la joven con una mueca con asco- Sin duda está mezclado con esa chusma.

Los soldados se miraron confusos y respiraron con fuerza sin notar ningún olor extraño o repugnante.

-Me temo que ese argumento no tiene fundamento para mi –Integra la miró sin que decreciera su enfado.

-Lo que dice es cierto –Alucard llegó junto a ellos seguido de Ceres, que miraba la escena con alarmismo- Yo también lo huelo.

-Yo no noto nada –Ceres olisqueó el aire sin notar nada extraño.

-Aun te queda mucho por aprender mujer policía –le dijo su amo.

Integra miró al vampiro con el ceño fruncido, no estaba segura de si lo que decía era cierto, o solo quería darle la razón a la joven. De todas maneras, si era o no un espía, lo averiguarían pronto.

-Lleváoslo a las celdas –ordenó Integra- Lo interrogaremos para aclarar este asunto.

Dos soldados cogieron al joven herido y se lo llevaron hacia la mansión. Ceres miró al supuesto espía, ella no le notaba nada extraño, quizá la vampiresa se había equivocado; aunque por otra parte, si Alucard le daba la razón…

-Tienes mucho que aprender –le repitió el vampiro con una sonrisa divertida.

-Sí, amo –contestó ella sumisa.

A Lia ese comportamiento le revolvió el estómago. Nunca le había gustado la sumisión. Gruñó mirando a los dos vampiros y se dio la vuelta en dirección a la mansión, quería estar en el interrogatorio.

-No te lo había dicho, pero ese tatuaje te queda muy… -le susurró una voz en el oído.

-Por tu bien, no termines la frase –le costó la joven, que le había colocado el cañón de la pistola bajo la mandíbula.

-¡Amo! –Ceres se acercó corriendo, dispuesta a proteger al vampiro.

Lia bajó el arma y siguió su camino sin volver la vista atrás.

-¿Estás bien, amo? –le preguntó Ceres.

-Por supuesto que sí, chica estúpida ¿Acaso crees en serio que iba a apretar el gatillo? –Alucard la miró con dureza.

-Pues…

-Tienes mucho que aprender –le repitió por tercera vez.

Ceres bajó la cabeza. Alucard entornó los ojos. En esos momentos era precisamente en el que prefería el carácter explosivo de Lia, al sumiso de Ceres. Si esa nueva vampiresa no echaba más carácter, nunca se convertiría en una verdadera no muerta.

Alzó la vista, la luna estaba roja. Sonrió. Por lo visto, la diversión de aquella noche aún no había acabado.