Disclaimer: Los personajes de la saga de Sally Lockhart pertenecen a Phillip Pullman (aunque hay dos o tres que son míos).

Y ya está aquí el segundo capítulo. ¡Adelante!

El secreto en el humo

Capítulo 2

Harriet ahogó una maldición al escuchar el desagradable sonido de su despertador americano, regalo de Dan. Seguramente ése era el sonido más desagradable del universo, se dijo mientras se restregaba los ojos. Sentía los músculos adoloridos por su escapada de la noche anterior, lo que le recordó que debía guardar las prendas masculinas que estaban tiradas en el suelo —no había tenido energías para guardarlas por la noche —.

Bueno, que sea rápido, pensó, quitándose la colcha de encima. Una corriente de aire frío la tomó por sorpresa, pero no volvió a cobijarse entre las sábanas. Con un suspiro cansado se incorporó. Hizo unos cuantos estiramientos para movilizar sus músculos agarrotados, antes de levantarse definitivamente y recoger la ropa del suelo. Si la sirvienta llegaba a encontrarla, sería el fin de sus aventuras nocturnas.

Tomando sus cosas de baño, Harriet salió de su habitación. La señora Auckley, aunque anticuada en muchos aspectos, había adoptado las últimas medidas en cuanto a higiene se refería. La pensión disponía de unas modernas duchas con agua calientes, que requerían un gran valor por parte de las pupilas para usarlas. El agua tenía dos temperaturas, en realidad, o hirviendo como para cocinar o helada con cubitos de hielo.

Los pasillos de la residencia estaban vacíos, ya que la mayoría de las chicas preferían levantarse lo más tarde que pudieran. Harriet, por su parte, prefería levantarse temprano y aprovechar el baño para sí misma. Además, así podía usar el baño todo lo que quisiera, sin que alguien la estuviera apurando.

Cuando ella salió del baño, un rato después, las demás chicas se estaban levantando y corrían por los pasillos de la pensión buscando lo que necesitaban. Harriet, mientras, se dirigió a su dormitorio envuelta en su cómoda bata y cerró la puerta tras de sí.

Con un gruñido, Harriet se dirigió a su velador y sacó la ropa que necesitaba para el día. Tras vestirse se sentó sobre la cama para abrocharse los botines. Arrugó el ceño mientras trataba de ponerse los cordones. Maldito quien fuera a quien se le había ocurrido que era una buena idea poner de moda ese tipo de zapatos, ponérselos era una pesadilla.

Alguien tocó la puerta de su pieza y Harriet levantó la cabeza del enredo de sus cordones. Una cabeza morena se asomó por el resquicio de la puerta. Era una de sus compañeras de residencia, una chica morena y alegre.

—Hattie, ¿no tienes algo de perfume que puedas prestarme? —Harriet no dijo nada frente al sobrenombre que detestaba y se limitó a levantarse y a buscar algo en su tocador.

—Sí, aquí tienes. No es necesario que me la devuelvas, Erika, tengo otra —dijo, pasándole una botellita azul. La chica le agradeció y desapareció rápidamente por la puerta.

Harriet terminó de ponerse los botines y se dirigió a su tocador por segunda vez. Su rostro pecoso le devolvió la mirada con sus intensos ojos verdes. Su madre le había dicho una y otra vez que esos eran los ojos de su padre.

Su padre. Harriet nunca lo había conocido, había muerto antes que ella naciera. Si él hubiera vivido, Harriet habría sido una hija legítima. Siempre había sabido que ella no era hija de Dan y que había nacido antes que su madre se casara con él y Dan la adoptara. Lo había sabido incluso antes que Lavinia Boulstridge la llamara en el patio del colegio con un feo nombre que empezaba con "B". Harriet sabía exactamente lo que significaba esa palabra. Y por eso le había respondido con un certero golpe en la cara. Las autoridades del colegio habían llamado a su madre. Y cuando Sally se había enterado de todo el asunto, se había enfurecido. Tras gritarle de todo a la directora, había tomado a Harriet del brazo y la había matriculado en otro colegio.

—No pienso tenerte en un lugar donde se permita ese tipo de trato —había dicho, mientras Harriet llenaba su estómago de helados unas horas después, para pasar la pena.

El dedo de Harriet se deslizó por el puente de su nariz. No había heredado la nariz respingada de su madre, si no la nariz recta de su padre. No era una nariz fea, aunque a veces le parecía un poco fuera de lugar entre sus rasgos menudos. Por lo demás, le gustaba su rostro. Se sentía cómoda con él.

Tomó un par de horquillas y las puso entre sus rizos. Su pelo era corto y lo usaba ligeramente recogido. A ella le gustaba, así lo podía esconder mejor en su gorrita de muchacho. Dirigió una última mirada a su rostro en el espejo y salió de su dormitorio.

La mesa del comedor de la pensión era enorme, y estaba ocupada por unas veinticinco señoritas alegres y risueñas. A pesar de la hora, las chicas parecían estar muy activas, conversando a todo volumen entre gritos que pedían la mermelada o un jarrito de leche.

—¡Harriet, aquí! —gritó una muchacha al ver como su amiga entraba a la habitación. Con un gesto de la mano le indicó que le había guardado un asiento junto a ella.

Harriet se sentó junto a Priscilla Montgomery, su mejor amiga. Ambas habían sido compañeras en el segundo colegio de Harriet y desde entonces eran casi inseparables. Tenían muchas cosas en común, lo que las hacía ser cómplices en muchas de las cosas que habían hecho.

—Mujer, deberías comer más —Priscilla regañó a su amiga, arrugando el ceño —. Te vas a quedar en los huesos si sigues así.

—Me estoy alimentando, Priss —bufó Harriet, devorando una tostada en dos mordiscos —. Además, el kettridge es muy pesado para la mañana —añadió, sirviéndose otra tostada. Priscilla suspiró y rodó los ojos, Harriet nunca iba a dejar de actuar así.

—Harriet Goldberg —la llamó severamente la señora Auckley, que estaba sentada a la cabecera de la mesa —, siéntate como una señorita, por favor.

Harriet se enderezó en la silla, apoyando un codo sobre la mesa. La señora Auckley le dirigió otra mirada reprobatoria y ella se sentó apropiadamente.

—¿A qué hora dijo el profesor Howard empezaría su clase de hoy? —preguntó Priscilla, provocando que su amiga dejara caer la tostada nuevamente sobre su plato. Los grandes ojos verdes de Harriet se abrieron desmesuradamente.

—¡Lo había olvidado! —exclamó, llamando la atención de gran parte de la mesa —. Dijo que empezaría a las ocho en punto.

—¿Sabes que eso significa que tenemos que salir ahora? —señaló Priscilla, calmadamente. Su tranquilidad contrastaba con la actitud de Harriet, quien parecía estar luchando por tragar todo su desayuno junto. —¿Nos disculparía, señora Auckley?

—Sí, claro, Priscilla —asintió la señora, sin dejar de fruncir el ceño ante la forma en la que Harriet comía —. Hasta la tarde.

Harriet se paró apresuradamente tras su amiga y se despidió de la mujer con un gesto de la mano. Las otras chicas la miraron, divertidas por su actitud. Harriet era muy querida en la pensión, y sus tonterías siempre las hacían reír.

—Al menos podrías comer como una señorita —se burló Priscilla mientras ambas subían apresuradamente las escaleras en busca de sus bolsones.

—Bah —fue la respuesta de Harriet, antes de sacarle la lengua a su amiga. Priscilla no comentó nada más antes de entrar a su dormitorio.

En cosa de minutos ambas estaban en la entrada de la casa, recogiendo sus respectivos abrigos y sombreros. Mientras Priscilla se ponía su abrigo a la última moda de París y su sombrerito de pajilla italiana, Harriet se puso su chaqueta vieja de tweed y se encasquetó una gorrita de muchacho.

—Bueno, entre tus modales y tu sentido de la moda, no sé qué es peor —se burló nuevamente Priscilla mientras Harriet abría la puerta de entrada y salía de la pensión.

—Mis modales, claro —le respondió a su amiga, completamente despreocupada —. Ahora, si ya terminaste de criticarme, empieza a correr, Priss, o llegaremos tarde.

—No pienso correr, Harriet —bufó Priscilla —. Y no necesitamos hacerlo para llegar a la clase, además. Según mis cálculos vamos perfectamente bien de tiempo —Harriet asintió y ambas jóvenes empezaron a caminar bajo los árboles que estaban empezando a perder sus hojas —. A propósito, creo que anoche hiciste mucho ruido al volver, ¿cómo es que nadie te escuchó llegar? Sabes que si la señora Auckley te hubiera escuchado estaría en serios problemas.

Harriet se sonrojó al oír eso. No debería haber roto la palabra que le había dado a su madre de no hacer ese tipo de cosas, pero era más fuerte que ella.

—Tendré más cuidado la próxima vez —dijo, pateando un montoncito de hojas —. Debe ser que no he hecho mucho deporte últimamente, estoy algo oxidada. Pero nadie me escuchó; estoy a salvo.

—Ajá —asintió Priscilla, ligeramente molesta por la actitud liviana de su amiga —. De todas formas deberías tener más cuidado, Harriet. Te puede pasar algo. Algo en serio. No me refiero a que la señora Auckley te atrape, si no a algo más grave.

—No te preocupes, mujer —la tranquilizó Harriet —. Sabes que puedo cuidarme sola.

—Lo sé, pero de todas formas te puede pasar algo —Priscilla siempre se preocupaba de su imprudente amiga. No le gustaba la idea de que le pasara algo verdaderamente grave y no poder hacer nada para ayudarla.

—Anoche pasó algo de lo más interesante en el bar —dijo Harriet luego de un breve momento de silencio. Priscilla no pudo evitar mirarla con curiosidad —. ¿A que te mueres por saber qué fue? —agregó, con una sonrisa burlona. Sabía perfectamente que el punto débil de Priscilla era su curiosidad. No había que ser un genio para notar que Priscilla moría por escuchar lo sucedido. Era cosa de ver su rostro, y cómo sus ojos se habían abierto desmesuradamente.

Harriet se limitó a encogerse de hombros y siguió caminando, dejando atrás a su amiga. Con un bufido exasperado, Priscilla caminó más rápidamente hasta que alcanzó a su amiga.

—¡Harriet Rose Goldberg, exijo que me cuentes! —le espetó a su amiga, que estalló en carcajadas al ver la mirada de ira de Priscilla. Mientras Harriet se doblaba de la risa, Priscilla la miraba con las manos en la cintura. Su mejor amiga podía ser la persona más infantil del mundo en ocasiones. —Si ya has terminado de reírte como una estúpida, ¿serías tan amable de contarme lo que pasó?

Harriet se limpió las lágrimas de risa que rodaban por sus mejillas, mientras recobraba la compostura perdida. Priscilla no tenía idea de lo divertida que se veía cuando quería averiguar algo.

—Está bien, te contaré, Pris. No te alteres tanto—accedió, acomodándose el bolsón en el hombro —. Deberías haber visto tu cara.

—Harriet —bufó amenazadoramente la joven.

—Está bien, está bien. Te contaré, pero tenemos que apresurarnos o llegaremos tarde a la clase del profesor Howard —replicó Harriet, empezando a caminar más rápidamente. Priscilla suspiró y siguió a su amiga.

-o-

Un rato después, las dos chicas llegaron al aula del profesor Howard. La clase aún no empezaba y los alumnos –hombres en su gran mayoría– estaban en pequeños grupos alrededor del salón. No era difícil adivinar acerca de qué hablaban. Seguramente el rumor acerca del asesinato en el pub ya se había regado por toda la universidad. Así era Oxford. Mientras Harriet y Priscilla se dirigían a sus asientos, escucharon comentarios de todo tipo. Especulaciones, teorías, o afirmaciones descabelladas se sucedían en la boca los alumnos:

—… ese tipo era raro, te lo aseguro. Yo compartía clases con él en primer año.

—… nadie vio al asesino, parece que le dispararon a una distancia considerable. Yo creo que usaron un dispositivo moderno para dispararle.

—Yo creo que estaba metido en algún lío de faldas. Ya se sabe cómo terminan esos.

Harriet suspiró. Aunque sabía que la mayoría de esas teorías no podían ser ciertas, ella misma tampoco estaba muy cerca de la verdad. Y se moría de ganas de conocerla. Tenía que hablar con Matt esa misma tarde. Estaba decidida a llegar al meollo del asunto y necesitaría la ayuda de su amigo para lograrlo.

Las conversaciones acerca de lo acontecido la noche anterior se detuvieron al aparecer en la sala el profesor Howard. Se trataba de un hombre mayor, muy tradicional, que en repetidas ocasiones había afirmado su creencia de que las mujeres no debían estudiar. Pero no podía evitar que ellas asistieran a sus clases, por lo que las había asumido como a un mal necesario. Sin embargo, no eran muchas las chicas que tomaban su clase. Preferían ahorrarse los malos ratos que ese profesor las hacía pasar.

El anciano profesor dejó caer los libros con un sonoro golpe sobre el escritorio, obligando a los alumnos a callar.

—¡Silencio, por favor! —dijo en voz alta —. Lo que sea que estén discutiendo ahora mismo seguramente puede quedar para después. Ahora, tenemos temas más interesantes que discutir. Asumo que todos ustedes leyeron el capítulo para hoy del libro del doctor Jacobson —el hombre esperó a que todos sus alumnos asintieran con la cabeza y abrieran sus textos antes de continuar: —Bien, como íbamos diciendo la clase pasada…

Harriet suspiró y volvió la vista a su libro. Sería una clase de lo más aburrida. Estaba segura de eso.

-o-

Como la mayor parte de las clases del doctor Howard, a Harriet se le había hecho eterna la hora y media en la que el profesor había hablado incansablemente. Cuando Priscilla y ella salieron de la sala, lo único que hubiera querido era volver a la pensión y dormir de nuevo. Había sido una mala idea salir la noche anterior.

—Harriet, yo tengo clases ahora —le recordó Priscilla. Harriet pareció volver en sí —¿Qué piensas hacer?

—Está bien. Yo iré a la biblioteca —murmuró Harriet, aferrando su bolsón con fuerza. Priscilla se despidió de su amiga con un gesto de la mano y se apresuró en dirección a su clase.

Harriet miró su reloj. Eran las nueve y media de la mañana. ¿Dónde podría estar Matt a esa hora? Bueno, podría empezar por ir al edificio de Leyes. Ese era un buen punto de partida. Se encasquetó la gorrita de muchacho en la frente y se encaminó a ese lugar.

En la facultad de Leyes la presencia femenina era aún más escasa que en el resto de la Universidad. Cuando Harriet entró al amplio hall de entrada muchas miradas se clavaron en ella. Dejando de lado lo inusual que era ver a una chica en ese edificio, Harriet era una chica bastante inusual por sí misma. Su chaqueta y gorrito masculinos llamaron la atención de muchos jóvenes. Harriet arrugó la nariz y se acercó a uno de ellos.

—Buenos días —lo saludó. El joven, pecoso y de aspecto nervioso, pareció estar al borde de un infarto al ver que ella se dirigía a él.

—Buenos días, señorita —balbuceó, cuando logró recomponerse —. ¿En qué puedo ayudarla?

—Me preguntaba si usted conoce, por casualidad, a Matthew Bedwell —contestó ella, con su mejor sonrisa encantadora. En ciertos momentos sería útil tener la habilidad para coquetear de Priscilla, pero ella lograba hacerlo bastante bien por su cuenta. Quizás así lograría encontrar a Matt más rápidamente —. Necesito encontrarlo con urgencia. Soy su… —dudó un segundo antes de terminar la oración —su prima —eso no era una mentira, ella verdaderamente era prima de Matt, dijeran lo que dijeran sus papeles.

—Me parece haberlo visto hace un rato en el cuarto piso. Creo que tenía clases con el doctor Roberts —le contestó él, aún balbuceando como un adolescente.

—Muchas gracias, señor —Harriet le devolvió una sonrisa radiante que dejó al joven boquiabierto. Sin dirigirle otra mirada, Harriet subió apresuradamente por las escaleras, esquivando a varios grupos de alumnos que bajaban.

Al llegar al cuarto piso, como le había indicado el joven pecoso en el hall, Harriet se encontró con otro problema. No tenía idea de cuál era el salón del doctor Roberts. ¿Cómo encontraría a Matt? Sin detenerse a pensarlo mucho, Harriet decidió ir hacia la derecha. Tenía las mismas probabilidades de encontrarlo ahí o en cualquier otra parte. Los pocos grupos de alumnos con los que se encontró en el camino la miraron con mala cara. Ella sabía que muchos de los alumnos masculinos de la Universidad miraban a las chicas con cierta desconfianza. A muchos de ellos no le gustaba la presencia de las chicas en la institución.

Harriet se limitó a responder sus miradas con irritación, aferrando su bolsón con aún más fuerza. Esperaba encontrar a Matt rápidamente. No le gustaba el ambiente de ese lugar. Un joven pasó a su lado por el pasillo, pero se detuvo al verlo.

—¿Señorita…? —le preguntó, obligándola a detenerse. Harriet reconoció al amigo de Matt de la noche anterior. Él debía saber dónde estaba Matt.

—Goldberg. Un gusto verlo de nuevo, ¿señor…? Creo que anoche no pudimos ser presentados adecuadamente—inquirió ella a su vez.

—Hodwell, Nathan Hodwell —respondió él, tendiéndole la mano para que ella se la estrechara —. ¿Necesita algo?

—Sí, ¿sabes dónde está Matt? —preguntó ella, sonriendo aliviada. Encontraría a Matt en un instante—. Necesito hablar con él.

—Está en clases, tendrá que esperarlo un poco —replicó él —. ¿La acompaño? —se ofreció educadamente.

—¿Usted no tiene clases? —Harriet lo miró fijamente. Hodwell pasó por alto la mirada de la jovencita, tomándola por el codo para guiarla a una banca lateral.

—No, esta es mi hora libre —respondió una vez que ambos estuvieron sentados. Después de eso se quedó callado. Harriet arrugó la nariz y no comentó nada más. Era evidente que el joven no quería hablar con ella. Vaya tipo estirado.

Se concentró en mirar las paredes del edificio. Habían sido decoradas con retratos de los ex alumnos exitosos e importantes. O mejor dicho, ex alumnos que donaban grandes cantidades para el funcionamiento y embellecimiento de la facultad. Harriet tenía la impresión de que Hodwell sería uno de esos alumnos algún día. Aunque no creía que llegara a engordar tanto como esos.

—¿A qué hora se supone que termina esta clase? —preguntó ella, para romper el silencio. Él la miró con el aspecto de alguien a quien le han interrumpido el hilo de sus pensamientos.

—A las once y media —contestó él, muy serio. Harriet suspiró. Ojalá Matt saliera rápidamente de su clase. El joven que estaba a su lado no era precisamente la compañía más agradable del planeta.

-o-

Después de un largo rato, Matt por fin salió de la sala en la que estaba entre un grupo de estudiantes. Harriet se sintió nuevamente observada por los jóvenes. Matt la vio y se acercó a ella, mirándola interrogante.

—¿Harriet? ¿Qué haces aquí? —le preguntó al llegar junto a ella.

—Necesito hablar contigo, Matt. Acerca de lo de anoche —contestó Harriet —. Aunque… ¿podría ser en un lugar más privado? Acá hay demasiada gente.

—Está bien —accedió Matt, llevándose la manos despreocupadamente en los bolsillos —. ¿Te parece si te invito a almorzar? Y Nathan puede venir con nosotros, ¿o no?

—Sí, claro. No veo por qué no —accedió Harriet.

Los tres jóvenes bajaron las escaleras y salieron del edificio. En Oxford había muchas pequeñas tabernas que le servían comida a los estudiantes. Se dirigieron a una que solía ser tener comida deliciosa y un ambiente agradable. La mujer que atendía era agradable y simpática y siempre era un agrado el comer ahí.

Los tres entraron al pequeño tugurio y se sentaron en una mesa libre en un rincón. La mujer que atendía se les acercó y les indicó el menú del día con su habitual sonrisa amable.

—Tenemos sopa de calabaza, ternera con papas y flan. ¿Les parece bien? —preguntó, mientras despejaba su mesa de las muchas migas que alguien había dejado.

—Sí, claro —accedió Matt —. Perfecto. ¿Y podría traernos unas cervezas para acompañarlo? Muchas gracias —agregó, mientras la mujer se alejaba de su mesa —. Ahora sí, Harriet. ¿De qué querías hablarme?

—De lo que pasó anoche —dijo ella, que estaba sentada junto a él. Hodwell tuvo que inclinarse sobre la mesa para oír lo que ella decía —. ¿Pasó algo después que yo me fuera? ¿No descubriste algo interesante?

Matt se quedó en silencio por unos instantes, antes de meter la mano en uno de los bolsillos de su chaqueta. De él sacó algo pequeño, que dejó caer con un tintineo sobre la mesa. Harriet lo agarró rápidamente y examinó el pequeño objeto con atención.

—¿Qué se supone que es esto? —inquirió, mirando fijamente el pequeño objeto que tenía en la mano. Era una diminuta estrella de metal negra, que ostentaba un pequeño engranaje incrustado en ella.

—No tengo ni idea —contestó Matt, encogiéndose de hombros —. Sólo sé que Foster lo tenía en la mano cuando murió. No sé qué puede significar.

Harriet le tendió el diminuto objeto a Hodwell, quien lo examinó sin decir palabra. La mujer les sirvió la sopa de calabazas y los tres empezaron a tomarla rápidamente. Era el remedio perfecto para el frío del exterior.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Hodwell luego de un rato —. Tenemos esta cosita y un tipo asesinado afuera de un pub. ¿Qué tenemos que hacer con eso?

Harriet y Matt intercambiaron una mirada. Seguramente los dos habían pensado en lo mismo. Beneficios de conocerse desde siempre.

—Investigar el asunto, claro —dijo Matt, esbozando una sonrisa —. Al menos yo quiero saber qué demonios pasó en ese callejón.

—Yo también —agregó rápidamente Harriet —. Pero no tiene que venir si no quiere —espetó en dirección al joven que estaba frente a ella.

Nathan Hodwell la miró. No le gustaba el tono de desafío que se escuchaba en la voz de esa chica. No iba a dejar que esa chica lo opacara. Apretó los labios con un gesto decidido.

—Yo también quiero participar —los dos jóvenes que estaban sentados frente a él intercambiaron miradas nuevamente.

—Como quieras —accedió Matt, sonriente. Parecía que todo el asunto le divertía mucho —. Entonces, ¿qué hacemos ahora?


Parece que los tres se están involucrando en algo muy peligroso. ¿Serán capaces de afrontar las consecuencias?

Gracias a todos los que leen esta historia.

¡Hasta la próxima!

Muselina