Bajo la Piel
Capítulo 2
—¿Necesitas más almohadas amor? —Leonie preguntó a su hijo mediano, acomodándolo despacio contra el suave respaldo acolchonado.
—No má, estoy bien.
Esa mañana le habían quitado el collarín a Chris, luego de dos incómodas semanas que le parecieron una eternidad sintiéndose inútil. Por suerte, la recuperación del esguince marchaba perfectamente, así como las contusiones, y además Tom estaba ahí con él, siempre fiel al pie del cañón para darle ánimo. Razón más que suficiente para poner todo su empeño en recuperarse cuanto antes.
—De acuerdo. Si necesitas algo avísame.
La señora Hemsworth se despidió del rubio con un beso en su frente, dedicándole una sonrisa cálida a Tom, colocando momentáneamente su diestra sobre el hombro del castaño, para después salir de la habitación. Al quedar ambos chicos solos, el ojiaqua se acercó a la derecha del australiano, quien inmediatamente se dirigió a su amigo con una pregunta.
—¿La trajiste?
—No creo que sea buena idea. Si tu madre entra y la ve seguro se escandaliza. —dijo Tom con cierta duda.
—No lo hará. Mientras sepa que estás aquí tardará en volver. Ella sabe que estoy en buenas manos. —apeló confiado.
—Insisto en que no debería Chris —lo miró con el ceño ligeramente fruncido. —¿Qué tal si mejor vemos algo en tv, o jugamos ajedrez, o...?
—Tom, saca esa revista. —demandó alzando las cejas.
Ante la orden del rubio, Tom soltó un largo y derrotado suspiro. Miró hacia la puerta, esperó un momento, como asegurándose que la madre del ojiazul no estuviera detrás de la madera, lista para entrar en acción y atraparlos con la evidencia entre las manos, y de debajo de su camiseta sacó una revista de surf, misma que Chris prácticamente le arrebató. Esa revista era la más completa y popular entre los amantes de las olas: Surf 'n Beach Magazine.
—Si tu madre nos atrapa, esto se volverá un apocalipsis al que me arrastrarás por ser tu contrabandista.
Si Tom estaba contrariado por una simple revista de surf, era porque la madre de Chris le tenía tajantemente prohibido el tema al australiano. Como toda madre preocupada, Leonie no quería volver a pasar un susto así, por lo que en un intento por frenar a su hijo de hacer otra de sus locuras le sentenció a dejar de seguir ese deporte, pensando que así dejaría de exponerse.
De inicio, ya le había confiscado todas sus revistas de surf, así como videos y algunas películas. Ni que decir de los posters con tomas de surfistas profesionales tapizando sus paredes... Ahora su habitación se veía mutilada.
—Relájate, ya te dije que todo está bajo control.
Totalmente despreocupado Chris hojeó la revista, encontrando un anunció de la próxima competencia que se realizaría en un mes. Al australiano parecieron brillarle los ojos, pero Tom se mostró un tanto renuente.
—Ni siquiera lo pienses.
—¿Qué pienso, según tú? —replicó leyendo las bases de la inscripción.
—Chris, hablo en serio. Si se te ocurre entrar a la competencia le diré a tu madre. —el castaño dejó en claro, provocando que el otro riera bajo.
—Aunque quisiera, sé que no serviría de nada Tom. Aun no puedo moverme del todo bien y así no puedo practicar, mucho menos competir. —afirmó entre un bufido pesado. —Será el año entrante.
Al escuchar la resolución el ojiaqua solo negó y rodó los ojos, pidiendo silenciosamente paciencia al creador. Tom tampoco estaba muy de acuerdo en que su amigo volviera a subirse a una tabla, pero sabía que ni él ni su madre podrían detenerlo por siempre.
Buscando con la mirada, el inglés halló el control remoto en la cómoda a su derecha, lo tomó y encendió la pantalla en el mueble al frente, dejando que Chris se distrajera con su revista. Sin embargo, éste pareció recordar un asunto que quería compartirle al castaño.
—Por cierto, ¿adivina quién fue a verme ayer al hospital?
—Ni idea. —los labios de Tom se curvaron hacia abajo, pasando canal tras canal.
—Rachel.
Cuando Tom escuchó aquel nombre dejó de presionar el botón del control remoto, quedándose en un documental de insectos. Su pecho pareció contraerse, sintiendo al instante su corazón soltar un latigazo fuerte que casi le traspasa los huesos y la piel. Hasta la respiración se le cortó y un semblante algo receloso cubrió su rostro en segundos.
Rachel Armstrong era la ex de Chris. La conocían desde primer grado, pero el australiano y ella no fueron pareja sino hasta segundo. Salieron por casi cinco meses, y tal vez hubiera sido más tiempo, de no ser porque la chica y sus padres cambiaron de ciudad a mitad del ciclo. En ese entonces, el inglés creyó que su amigo mantendría una relación a distancia, pero al parecer el amor no era tan fuerte como para intentarlo. Tanto Chris como Rachel estuvieron de acuerdo en que su historia no avanzaría más allá de esos meses, estando lejos, por eso ninguno buscó seguir.
Siendo como creía, que ya nada quedaba entre ellos, a Tom le cayó como balde de agua helada saber de la visita de aquella chica. Y además de eso, Chris se lo decía tan tranquilo como si fuera una persona cualquiera y no su ex. Ciertamente Tom estaba un poco alterado por ello, vaya a saber el cielo por qué razón, motivo, causa, pero en serio, ALGO le provocó, y no era un sentimiento muy positivo. Más trató de no evidenciar ese peculiar disgusto sin motivo aparente, porque no había razones para molestarse.
¿O sí?
—¿En serio? Que sorpresa, ¿quién le avisó? —preguntó lo más natural que pudo, pretendiendo mirar el documental.
—Nadie. Curiosamente vino a pasar las vacaciones de verano con unos tíos, o algo así, y se le ocurrió venir a saludar. —el australiano mencionó sin mayor importancia, dando vuelta a la página que leía.
—Entonces... Supongo que vendrá seguido a visitarte.
Aquello era más una afirmación que una pregunta, por la que casi logra asomarse un deje déspota entre las palabras que Tom expresara. Aunque de todas formas, Chris no pareció percatarse de aquel áspero matiz en el comentario de su amigo por estar metido en lo que leía.
—No lo sé, tal vez... Parecía realmente afectada, y eso que solo me vio con un collarín.
Chris no mentía. La chica de rizado cabello chocolate en serio se mostró inquieta, pero el australiano lo tomó a la ligera, no le pareció algo trascendente su sobresalto y en realidad no esperaba que fuera de visita otra vez. Por otro lado, el inglés comenzaba a crear una maraña en su cabeza conforme pensamientos invadían su mente.
Si ella está aquí no me importa... En serio que no me importa, no tiene por qué importarme si Rachel está cerca de Chris. Es asunto suyo, ¿no?... Pero, ¿por qué tenía que…? ¡Agh! ¡Diablos! ¡¿Qué demonios pasa conmigo?! ¡No es natural!
Tom se quejaba internamente. Trataba de restarle importancia al hecho de que ella estuviera de vuelta, pero al mismo tiempo no podía evitar sentir que en verdad si le importaba, y mucho más de lo que creía. Le exasperaba, no entendía el por qué le molestaba tanto.
—¿Volverás con ella?
Bien, no pudo guardarse la pregunta. Una pregunta demasiado directa para su gusto, con ligeros toques de frío reproche, para variar, no mirando a Chris al hablar, aunque éste bufó con diversión y devolvió una mirada absurda sobre el ojiaqua.
—Claro que no.
—¿Por qué no?
Inquirió de nuevo el castaño. Quería que Chris fuera más específico, necesitaba convencerse de que le decía la verdad. Insistencia que provocó la extrañeza en el rubio, quien lo miró como diciendo: ¿Por qué te preocupa tanto Hiddleston? Si no quiero volver con ella, no lo haré y punto… Aunque siendo considerado le contestó a su amigo.
—Porque lo nuestro fue más atracción que otra cosa. La quise, de cierto modo, pero no fue algo real, si lo vemos desde el punto emocional. Era y sigue siendo una chica linda, pero no significa que volveré con ella por eso… Tal vez antes lo hubiera hecho, pero ahora...
Pausó breves segundos, pensando en qué era aquello que le impedía volver a intentarlo, si no había nadie que ocupara un lugar especial en sus emociones y ella seguía siendo atractiva. El problema sería tal vez que las hormonas ya no le brincaban en la entrepierna al verla, y de hecho, ahora que lo meditaba, desde Rachel no se había vuelto a sentir atraído por alguna chica. Ni siquiera las del club de feromonas en la playa le llamaban la atención.
¿Me estaré volviendo un monje?
Fue lo primero que le vino a la mente. Más luego llegó un flashazo de recuerdos, sin conexión aparente, como lo bien y a gusto que se sentía al abrazar a Tom, la paz que su mirada le transmitía, o lo hermoso de sus labios cereza.
Sus labios...
Al pensar en ellos, el rubio no pudo evitar mirar esas delgadas y rosadas carnosidades, que si bien se mostraban ligeramente fruncidas por la molestia Chris no reparó en ello, tan solo se perdió en la vista de algo que le gustaba. Pero le gustaría más si...
—¿Ahora?
Al notar que su amigo se había quedado callado, Tom buscó hacerlo terminar su explicación. Todavía no lo encaraba, por lo que no se dio cuenta que Chris le comía la boca silenciosamente, deseando ejecutar la acción sin ser consciente.
Ahora mismo quiero besarte Tom...
Pensó sin más, imaginándose tomándolo del mentón para girar su rostro y robarle un buen beso, cosa que finalmente lo hizo despertar de su ensoñación. Algo agobiado, cabía mencionar, al darse cuenta de su atrevido anhelo. Esa era la segunda vez que le pasaba por la cabeza besar a Tom, ¡besar a su mejor amigo! ¡AMIGO! Sin embargo, el australiano supo cubrir su desoriente con maestría fingiendo normalidad e indiferencia.
—Ahora sería muy poco probable.
Comentó, mirando al inglés como si nada hubiera pensado, tornando su expresión intrigada por haber hallado un semblante peculiar cubriendo el rostro de Tom, del cual no fue consciente hasta ese momento. Tom estaba serio, con el ceño levemente fruncido, viendo la pantalla, pero sus aqua no parecían estar siguiendo lo que había en ella. Estaban fijos.
Chris no dijo nada al principio, solo permaneció viéndolo, contagiándose de aquella atmósfera extrañamente parca.
¿Qué pasa por tu cabeza Tom?...
—¿Lo dudas? —preguntó de pronto, sacando al castaño de sus pensamientos.
—¿Qué cosa? —éste replicó, mirando al ojiazul con intriga.
—Que lo de Rachel haya terminado.
El inglés se quedó callado breves instantes, antes de desviar la mirada hacia su mano derecha que jugaba con el pulgar sobre los botones del control remoto, sin presionarlos, solo delineándolos o deslizando el dedo por encima de ellos.
—Bueno... A veces, este tipo de situaciones adversas reúne de nuevo a las personas. Si ella se preocupó en serio, tal vez es porque... No sé, aun siente algo por ti.
Expuso su punto, tratando de no verse incómodo al responder. Incomodidad generada por cierta emoción egoísta llamada celos. Oh sí, porque lo eran, y al parecer el inglés comenzaba a percatarse de ello.
Celar una amistad, la referencia del sentimiento, era muy distinto a celar una persona, y más aún con la intensidad que Tom experimentaba cada vez que pasaba. Trataba de hacerse de la vista gorda buscando explicarse a sí mismo usando lógica, diciéndose que no era nada importante ni mucho menos trascendente, pero ahí estaba la espina, arraigándose en lo profundo de su pecho, enterrándose cada vez más dentro.
Entre tanto, Chris no dejaba de ver a Tom con sumo interés y curiosidad, queriendo leer su mente, hasta el último de sus pensamientos más secretos y escondidos.
—Eso dicen algunos... —mencionó el ojiazul. —Pero en mi caso no sucederá, y eso es porque no tengo el deseo de volver con ella.
Aseguró sin dudar, haciendo énfasis alzando ambas cejas, logrando que Tom le mirara de nuevo como esperanzado en aquella respuesta, más un poco reservado para no verse demasiado interesado en la misma. Sin embargo, Chris pudo percibir algo en aquella mirada aqua, cosa que le dibujó una sonrisa de medio lado.
Tal vez ese deseo lo despierte alguien más… Tal vez...
—No debes preocuparte por ello, nadie te quitará tu lugar.
La forma en que el rubio dijera aquello, provocó que Tom resintiera una clase de vértigo acumulándose en su estómago, producto del removerse de sus emociones. Igual no había nada que lo justificara, vaya, seguro eran ideas suyas, pero esas últimas palabras le habían sonado a una promesa implícita, más que solo un comentario.
Nadie te quitará tu lugar…
¿Y qué lugar era ese? ¿El de amigo fiel e inseparable o…?
¡Por todos los santos! Ya deja de pensar tonterías Thomas. Se refiere al amigo que siempre ha estado a su lado, en las buenas y en las peores, no comiences a pensar cosas raras y que nada tienen que ver aquí… De hecho, no deberías pensar ESE tipo de cosas… Estás mal de la cabeza Tom. En serio mal…
—Ahm… Supongo que eso es bueno.
—Por supuesto que lo es. —Chris amplió su sonrisa. —Vamos, ¿no te habrás creído que te cambiaría por una chica? En todo caso… —lo miró divertido. —Tú serías mi chica. —un poco de sorna logró hacer reír al castaño.
—¿Soy tu chica? —Tom alzó ambas cejas con expresión risueña. —Siendo así, te prohíbo terminantemente que veas a tu ex a solas. Sabes que puedo romper contigo si me entero que lo sigues haciendo, y me iré con tu mejor amigo. Él si sabrá darme mi lugar.
Una queda risa entre maliciosa y traviesa resonó desde la garganta del australiano, pues le pareció sumamente curiosa la imagen que se creó en su cabeza de su chica Tom saliendo con Tom, su mejor amigo.
—Bien, tú ganas querida. —mencionó entre risas. —Pero si me entero que estás viendo a Tom a mis espaldas, soy capaz de…
No terminó la frase, ya que justo en ese instante alguien tocó a la puerta. Inmediatamente las risas cesaron, ambos miraron hacia la puerta con susto, y al escuchar que giraba el picaporte, Tom se apresuró a tomar la revista de surf de manos de Chris para colocarla debajo suyo, fingiendo en segundos una pose de aquí no pasa nada. El rubio permaneció en su lugar, mirando el documental tranquila y serenamente, aunque no fue su madre quien entró sino…
—Hola Chris.
Una chica trigueña de alegre expresión, sonrisa radiante y mirada miel se asomó por entre la breve abertura de la puerta, saludando al australiano. Rachel había llegado de visita. No fue de esperar que Tom se congelara ante la inesperada llegada, y también porque la chica le reconoció al instante. Al parecer ella se alegraba de verlo.
—¿Tom?
Al inglés no le gustaba usar poses. Jamás le pareció que ser falso fuera parte de su personalidad, pero tuvo que forzarse a no mostrar su fastidio al pronunciar su nombre, y sonreírle como si también se alegrara de verla.
—Que tal Rachel.
—¡Hola!
La de ojos miel devolvió el saludo, entrando de lleno a la habitación. Llevaba una cajita de chocolates rellenos de cereza para Chris.
—Tom, ha pasado un tiempo. Me alegra verte.
—Si… Es bueno verte también.
Y por dentro su conciencia le gritaba: ¡Mentira!
Ella le sonrió, pasando de largo para saludar a Chris con un beso demasiado empalagoso en la mejilla, entregándole la caja de chocolates. Cabía mencionar que al ver tal familiaridad de la ex para con su amigo, Tom sintió que el estómago se le anudaba y le aparecían unas ganas inmensas de querer tirar esos benditos chocolates por la ventana.
—Espero que te gusten. Sin alcohol. —dijo al rubio, tomando una silla cercana para sentarse a su lado.
—Gracias Reich, eres muy amable. —Chris le devolvió una suave sonrisa, misma que fue correspondida.
—¿Cómo te sientes sin el collarín?
—Ah, mucho mejor. —soltó un suspiro quejumbroso. —Era un fastidio tener puesta esa cosa. No te puedes mover libremente, dependes de los demás todo el tiempo, sin contar la maldita picazón. Es el infierno.
—Me imagino lo incómodo que debió ser, pero comparado con eso tuviste mucha suerte. —dijo un poco preocupada.
—Lo sé. Fue un momento de estupidez.
Sonrió ante la moción, aunque Rachel no se mostró en serio divertida. Y además de eso, Tom parecía haberse quedado fuera de la charla. De hecho comenzaba a sentirse fuera de todo en ese momento, cosa que lo estaba llevando a levantarse para irse.
—Chris, no juegues con eso. Sabes que muchos accidentes terribles pueden evitarse si se dejan las estúpidas ideas a un lado. Tom tampoco le ve lo divertido a esto, ¿verdad?
La de cabello rizado miró en dirección al inglés, quien asintió al instante. Como quiera que fuese, estaba en total acuerdo con ella.
—Cometió un error que lo tuvo fuera por varios días. Espero haya sido suficiente escarmiento para que no lo intente de nuevo. —Tom regresó, ganando una mirada de tierna condescendencia por parte del rubio.
—Querida, ya te di mi palabra de que no volveré a ser tan descuidado.
El castaño rodó los ojos, emitiendo un quedo gruñido. Rachel sonrió por ver que ambos seguían siendo tan amigos como cuando se fue.
—No te burles Chris. Tom se preocupa por ti, agradece que lo tengas de amigo y sea el que te ponga los pies en la tierra.
Oh vaya, y ahora lo defendía. ¿Pero quién se creía que era? No necesitaba que lo hiciera.
—Eso es cierto. Él es como ese pequeño ángel sobre tu hombro que te advierte de las cosas que no debes hacer. —dijo el australiano mirando al inglés.
—Advertencias que luego te tomas como si fueran permisos. —Tom arremetió.
Chris rió por el comentario con tintes de reproche de su amigo, dándole un leve golpecillo cariñoso con su puño sobre el costado de su muslo frente a la expresiva Rachel.
Así pasaron los minutos. Largos, pesados y eternos minutos para Tom, quien en varias ocasiones estuvo a punto de excusarse para salir de ahí. Empezaba a sentirse incómodo y harto de fingir estar relajado, pese a que Chris o Rachel lo metían en la plática, como si supieran de sus intenciones y buscaran la forma de retenerlo contra su voluntad. Menos mal que la chica se despidió previo a la comida. La madre del rubio la invitó a quedarse, pero ella argumentó haber hecho planes con sus familiares, aunque amenazó con ir de visita al día siguiente.
Tom se aseguraría de no aparecerse hasta saber que Rachel se hubiese ido, o se daría a la fuga en cuanto llegara.
.
Luego de haber compartido los alimentos con Chris, Tom ayudó a la señora Hemsworth a bajar los platos, pues la madre de su amigo prefirió que ambos comieran en la habitación del rubio. No quería que su hijo mediano se esforzara más de la cuenta mientras aun estuviera convaleciente.
Cuando el inglés volvió y se sentó de nuevo a lado del australiano, éste no tardó en quejarse, mostrándole aquella revista de surf que se miraba completamente arrugada y doblada.
—Vas a pagar por esto Hiddleston.
Chris le advirtió fingiendo indignación, tomando la revista y alisándola contra sus piernas.
—Yo no soy adivino para haber sabido que no era tu madre.
Y claro, Tom se defendió restándole importancia pese al bufido del otro.
—Como sea, sabes que lo pagarás.
—Uhm... Para cuando estés en condiciones de obligarme lo habrás olvidado.
—¡JAH! Eso ya lo veremos.
Ambos terminaron sonriendo. Y mientras el castaño buscaba música en su celular, el rubio destapaba la caja de chocolates, misma que acercó a su amigo. Tom lo pensó un instante, antes de tomar uno y llevarlo a su boca.
—¿Y, sigues diciendo que no volverás con ella? —Tom preguntó casual y distraídamente. —Es claro que trata de ganar tu atención de nuevo.
Aunque sus palabras sonaran normales por dentro estaba crispado.
—Rachel solo está siendo amable Tom. —Chris mencionó sin mayor ceremonia, comiendo un par de chocolates —Agdemaghyhaglohaghblamogh... No me interesa nada que tenga que ver con ella. Nuestro tiempo pasó, fue agradable, pero yo no creo en segundos aires... A menos que valga la pena.
—¿Entonces no lo valdría si ella te lo propusiera?
La nueva insistencia de Tom no pasó desapercibida para Chris quien exhaló con pesadez, alzando la mirada al techo, evitando mover de más la cabeza.
—Thomas William Hiddleston, por todos los santos, pareciera que intentas convencerme de regresar con Rachel. —devolvió su mirada hacia su amigo —Si ese es el plan, al menos dime cuál es tu beneficio. Tal vez si me convence tu argumento te de gusto.
—Creo que el golpe en la cabeza te afectó más de la cuenta Hemsworth.
—Pues discúlpame, pero es que eso parece.
No, no lo parece. Jamás buscaría acercarte a ella de nuevo porque... Porque... ¿Por qué?
—Solo es curiosidad, ¿sí? Somos amigos y me sentía curioso, entonces quise saber y ya. No es nada del otro mundo, ni tampoco un delito. Tú harías lo mismo si se tratara de mí.
La última frase de la explicación que daba su amigo dejó un tanto pensativo al australiano.
Tú harías lo mismo si se tratara de mí...
—A todo esto... ¿Hay algo que deba saber que no me hayas dicho?
Chris miró a Tom, analizándolo con sus celestes fijos en su rostro y una expresión algo recelosa. Tales gestos intrigaron al ojiaqua.
—¿Algo como qué?
—No sé, tú dime. Ya que te muestras casualmente interesado en un tópico que sugiere temas del Dr. Corazón, asumo que tienes ALGO que contarme.
Presionó ligeramente, conservando aquel semblante insistente sobre el castaño, cosa que a éste le provocó inquietud.
Si bien era cierto que Tom no tenía nada nuevo que contar en el terreno de amoríos con alguna chica, sentirse de algún modo descubierto, sin estarlo realmente, le hacía padecer el nervio acumulándose porque no tenía claro si Chris lo preguntaba al aire, a modo de juego, o tenía bases. ¿Se habría dado cuenta de su renuencia hacia Rachel? Pero si todo el tiempo trató de darle su mejor cara, incluso sonreía con ella de vez en cuando, precisamente para no levantar sospechas en ninguno de los dos.
Entonces, ¿a qué venía esa pregunta cuando Chris sabía que le contaba todo? Bueno... casi todo.
—¿Y bien? —el australiano volvió a cuestionar, observando que su amigo no decía nada.
—Ahm, la verdad es que... No tengo nada que decir al respecto.
Pese al breve titubeo, Tom respondió como si le diera la hora.
Es que sí había algo, pero no podía solo decirle a Chris que se sentía particularmente extraño cuando las chicas le coqueteaban en la playa, y ahora el regreso de Rachel, que si bien su estancia era vacacional eso no impedía que cierto celo inexplicable se pusiera a jugar con su mente. Sin mencionar que sus emociones parecían alborotarse, también de la nada, con solo verlo muy de cerca a los ojos o sus labios, o teniendo su torso al descubierto para total y completo deleite. Mucho más si acababa de salir de la ducha o venía de cazar olas salvajes.
Era un hecho que no podía decirle aquello.
¿Qué era lo primero que pasaría por la cabeza del australiano? Pues lo más lógico en un caso como ese. Primero lo vería con horror, después le preguntaría si era gay, y luego pensaría que le atraía de la única forma en que a una persona le atrae otra, conjetura que posiblemente lo asustaría todavía más. Y por supuesto que Tom se contagiaría de aquel miedo a lo desconocido. De hecho ya lo padecía, desde que un susurro travieso y fantasmal invadiera sus pensamientos al respecto.
El inglés no era gay. Tom estaba plenamente consciente de ello porque no vivía soñando con encontrar a su galante y noble príncipe azul, montado en su blanco corcel, en lugar de su bella princesa, ataviada en un deslumbrante ajuar para el baile antes de medianoche. Aunque pensándolo bien, hacía mucho que no le nacía el interés por alguna chica en particular. Era solo que Chris le provocaba algo que no sabía cómo explicar, era... Era especial y al mismo tiempo extraño, aunque en el fondo podría gustarle tal sensación tan diferente a cualquier otra.
Pero aún no tenía la certeza para catalogar lo que le pasaba como ese tipo de afecto por su hermano de otra madre, eso... Eso podría verse como incesto indirecto, o algo parecido, ¿no?
Pues como sea que fuera, el ojiaqua debía preocuparse más por el aquí y el ahora, ya que Chris no parecía muy convencido con aquella respuesta que le diera. Ya tendría tiempo de sobra para ponerse a desmenuzar sus pensamientos y sentires, sin tener un par de celestes inquisidores sobre él.
—Sabes que te cuento todo. Hasta lo que tal vez debería callarme termino diciéndotelo.
Aunque no esta vez...
—Si me pasara ALGO... —enfatizó —Tú serías el primero al que le hablaría de ello, siempre ha sido así.
Chris no dijo nada de inmediato, se mantuvo con la mirada penetrante sobre Tom, queriendo presionarlo para que soltara la lengua en caso de estar mintiendo. Sin embargo, tal parecía su amigo le decía la verdad, o al menos éste le vendió una perfectamente pues acabó aceptando la explicación. Un poco a regañadientes, pero la compró al final.
—Bien, te creo. Solo recuerda que siempre estaré para escucharte, sea lo que sea que quieras decir, ¿de acuerdo?
El australiano tendió su diestra con la palma hacia arriba sobre el muslo izquierdo del inglés, esperando que éste comprendiera. Tom así lo hizo. Sonrió suavemente, y sin dudarlo colocó su izquierda sobre la mano del otro. Un fuerte apretón entre ambas manos fue suficiente para hacer fluir esa conexión tan estrecha que durante años habían alimentado, y seguían haciendo crecer día con día, segundo a segundo.
—Y se supone que yo soy el dramático-sentimental.
Dijo Tom con semblante risueño y un suave rubor en sus mejillas casi imperceptible. Casi, pues Chris pudo notarlo, razón de más para sacarle una sonrisa complacida y llenarle el pecho de una calidez que solo Tom era capaz de crear en él.
—No solo tú tienes talento.
Respondió el australiano, riendo junto con el ojiaqua, retrasando lo más posible el romperse de su agarre.
En un instante, ambos miraron sus manos juntas. La risa cesó y las sonrisas en sus rostros se matizaron con aire pensativo. Algo dentro de los dos se movía, se agitaba en el silencio de un momento contenido en un secreto, que poco a poco iba revelándose ante sus ojos aun cegados por la duda y la confusión.
.
-.- Flash Back -.-
Era lunes por la mañana, primer día de clases en el Colegio Eaton que albergaba estudiantes de primaria, secundaria y preparatoria.
Tom aguardaba dentro del aula de segundo grado, nivel primario, junto con otros compañeros. Poco a poco rostros conocidos del año anterior iban llegando, ocupando los lugares disponibles hasta que el salón estuvo lleno, a excepción de un lugar. El que Tom tenía a su derecha.
No mucho después el profesor entró, aunque dio paso primero a un niño rubio que miró rápidamente a todos, antes de que el hombre buscara con la mirada y le indicara el lugar disponible. Inmediatamente el niño fue hacia su butaca, se quitó la mochila, se sentó, sacó una libreta, lápiz, borrador y sacapuntas, y acomodó su mochila detrás en el respaldo, poniendo atención cuando el profesor inició la presentación escribiendo su nombre en la pizarra.
Sin embargo, sintió deseos de mirar hacia los lados para ver a sus nuevos compañeros más detenidamente, hasta que se topó con un par de grandes y hermosos ojos aqua que lo miraban curiosos. De pronto, ese niño, que además tenía unos risos castaños perfectamente bien acomodados, le sonrió, y el rubio sintió algo extraño. No supo qué era, pero aun así correspondió el gesto.
Llegando el momento de la presentación entre los niños, cada uno se fue levantando en su lugar para decir su nombre y de qué parte de los suburbios venían. Aunque claro, todos ahí ya se conocían, menos el niño rubio que llegara con el profesor. Así, cuando fue turno de aquel nuevo compañero, todos se enteraron que su nombre era Christopher Hemsworth, que venía de Australia y que por eso tenía un acento marcado al hablar. También que tenía un hermano mayor en secundaria, que su padre había sido trasladado a Inglaterra por su trabajo en un consorcio de bienes raíces y su madre atendía la casa.
El profesor le dio la bienvenida y le hizo algunas preguntas sobre Australia, y también sobre cómo era el lugar donde vivía. Alguno de sus compañeros le preguntó si había visto canguros de cerca, o un koala, y que si tenía uno por mascota, o que si era cierto que había tiburones en las playas. Así pasaron las horas de clase hasta que llegó el almuerzo. El pequeño Christopher se había ido a sentar a las gradas del campo de rugby para tomar su lunch, estaba masticando un sándwich de jamón con queso y lechuga, cuando la dulce vocecilla de un niño lo hizo mirar hacia arriba.
—Hola, ¿puedo sentarme?
Chris parpadeó un par de veces, dejando de masticar. Ese era el niño que se sentaba a su izquierda en el salón. No respondió con palabras pero si quitó su mochila para hacer lugar. Inmediatamente Tom se acomodó a su lado, sonriendo tímidamente para sí, sacando de su lonchera un sándwich de queso y pavo que comenzó a comer con singular delicadeza.
El niño australiano también mordió su sándwich, aunque se dedicó a observar a su compañero. ¿Cómo se llamaba?
—¿Te llamas Thomas, verdad? —preguntó con el bocado aun masticando.
El niño inglés asintió con cierta alegría de saber que su compañero recordó su nombre. Esperó pasar casi todo el bocado y le dijo:
—Thomas William Hiddleston. —enunció. El ojiazul sonrió casi como si fuese algo gracioso.
—Es un nombre muy largo. ¿Eres un príncipe o algo por el estilo? —mordió otro tanto de su lunch.
Tom negó, sonriendo en la misma sintonía que el otro.
—En Inglaterra es común que tengamos dos nombres o más.
—¿Más? —un sonriente Chris preguntó. —Pues yo estoy bien con uno solo, de por sí Christopher ya suena largo junto con el Hemsworth.
El ojiaqua rió de nuevo, bajando la mirada y tiñendo sus mejillas de ligero sonrojo. Al australiano le pareció muy tierno y adorable, cosa que lo hizo seguir sonriendo.
—¿Puedo llamarte Tom? O Will, si te agrada más tu segundo nombre. —el inglés negó de nuevo y agregó.
—Papá y mamá, y también Sarah, me dicen Tom. Tom me agrada más. —lo miró con tierna dulzura.
—Bien. Entonces te llamaré Tom. —y extendió la mano derecha. —Un placer Tom.
Y el niño de risos castaños amplió su sonrisa, estrechando la mano de su nuevo amigo.
—Un placer Chris.
-.- Fin Flash Back -.-
.
Lo inesperado suele pasar cuando menos lo esperas. Y algunas veces, pocas veces, suele ser mejor de lo que esperabas.
.
Un mes había pasado como agua entre las manos desde el aparatoso accidente de Chris. Su rehabilitación ya lo tenía como si nada hubiese ocurrido, salvo pequeñas molestias en su cuello, que dijera el doctor menguarían con el tiempo. Al menos ya podía salir y ver el entorno más allá de la ventana de su habitación.
—Ah, siento como si hubiera pasado una eternidad lejos de aquí Tom.
Claro que el primer lugar al que quiso ir fue a la playa. Y claro que no estaba solo, contemplando la magnífica panorámica veraniega que se extendía delante de su mirada celeste.
—Es bueno saber que no fue tanto tiempo. —dijo el ojiaqua sentado a su lado, bebiendo un par de sorbos de la cerveza que tenía.
—Seh. Aunque sabes, estar sentado en la arena, en vez de ir y alquilar una tabla, me deprime... Es como si estuviera viendo pasar el maravilloso esplendor de la vida, mientras yo parezco una roca en mitad de la playa, anhelando sucumbir ante la inmensidad del mar. Sabiendo que estoy atado a yacer en este mismo lugar, viviendo solo de sueños e ilusiones.
Luego de expresar su dramático sentir, el australiano también bebió de su cerveza ante la mirada risueña del castaño. Escrutinio que Chris percibió.
—¿Qué?
—Desarrollador de Sistemas Informáticos... Creo que estás errando Chris, tienes futuro en la dramaturgia. No sé, algo de Shakespeare podría ser tu camino a seguir. —con una sonrisa burlona, Tom bebió de nuevo del líquido ámbar.
—Yo siempre he sabido que tengo madera de actor. —fingió altivez, volviendo sus celestes al frente. —Las chicas me adoran y eso es esencial. Soy un tipo que entra en los papeles de casanova insufrible, o héroe de acción, aunque el drama me brota con naturalidad. Soy versátil como puedes notar.
—Modestia aparte, supongo.
—Por supuesto.
Chris tomó de nuevo, mirando a Tom por la esquina del ojo, mostrando una expresión juguetona del tipo galán seductor que puso al inglés ligeramente nervioso. Aunque éste buscó desengancharse de la sensación, desviando la mirada y riendo por lo bajo.
—Sabes Tom, hablando en serio... —el ojiazul volvió a una pose normal. —Eché mucho de menos estos momentos contigo.
—¿De verdad? —de nuevo sonrió el castaño, posando sus aqua sobre Chris, quien primero asintió antes de continuar. —Creí que extrañabas más a tu tabla.
—Amo a mi tabla. Juntos hemos pasado por muchas glorias y dificultades...
Pero un trozo de plástico tratado no se compara contigo Tom... Tú eres más, mucho más para mí... Tanto que a veces me asusta...
—Pero es solo una tabla. —mencionó fingiendo desdén. —Tú eres mi mejor amigo, mi hermano, mi mano derecha, mi consciencia...
—Tu chica temporal. —añadió, y el australiano asintió.
—¿Lo ves? Tienes preferencia, siéntete orgulloso.
—Oh, lo estoy. Y mucho, en serio. —ahora Tom jugaba a exagerar. —Es un tremendo honor que abraza mi corazón y me hace sentir único en el universo. Sentimiento igual, jamás ha tocado mi alma deseosa de amor y cuidado.
El rubio se quedó atrapado en la frase: Sentimiento igual, jamás ha tocado mi alma deseosa de amor y cuidado... Al instante, un pensamiento atravesó su mente como ráfaga. Esas palabras sonaron tan ciertas, aun entre la farsa, que lo único que Chris deseaba en ese momento era...
Si pudiera, tocaría tu alma de mil formas distintas... Si me dejas... Yo podría...
—¡Hey, chicos!
Justo cuando un impulso irracional estaba empujando a Chris para expresarle a Tom algo referente a lo que pasaba por su cabeza, la voz de una chica se distinguió a distancia no muy lejana, provocando que el rubio despertara de una clase de hechizo, y por ende, se bebiera de un solo trago lo restante de su cerveza para recobrar la sensatez.
¿Tocaría su alma? ¿Pero qué coño estoy...?
Y la chica era...
¿Rachel aquí? ¿Ahora?... Oh, claro... Grandioso...
Oh sí. A Tom no le agradaba nada la idea de que la ojimiel estuviera por los alrededores, y ahora fuera directamente hacia ellos, luciendo cuerpo bajo aquel bikini azul turquesa con pinceladas tenues en verde limón. Al menos no iba sola. Por lo que el inglés alcanzó a notar, parecía estar con un grupo de dos chicas y cuatro chicos, quienes se adelantaban hacia el estacionamiento del muelle, lo cual le decía que no se quedaría por mucho. O eso esperaba.
Bien, a usar la máscara de perfecta comodidad.
—¡Rachel! Que grata coincidencia. —dijo el castaño con una sonrisa tan suelta que nadie la creería forzada.
—Que tal Reich. —fue el turno de Chris, tratando de olvidarse de sus abrumadoras ideas.
—Muy grata en verdad Tom.
Devolvió la trigueña de modo afable llegando hasta el par, aunque permaneciendo de pie dirigiéndose al ojiazul, quien la miró de pies a cabeza. Sin embargo, el cuerpo sinuoso y moldeado de la chica frente a él no pareció provocarle nada, más si causó algo en Tom y no fue precisamente ensoñación. Pero el inglés no mostró aquel sentimiento de recelo que le carcomía por dentro, se mantuvo relajado en todo momento, pasando el coraje con un sorbo generoso de su cerveza.
—Veo que ya te levantaron la sentencia.
—Tengo un eficiente y talentoso abogado británico. Nadie se resiste a sus encantos.
Chris respondió entre broma y algo de verdad, o mucha, haciendo sonreír a Rachel y negar a Tom, no pudiendo el ojiaqua evitar sonreír también, pero si logrando apaciguar su sonrojo.
—Entonces, imagino que no habrá problema para la fiesta.
—¿Fiesta? —el par de chicos preguntó al unísono.
—Una amiga de mi prima hará una fiesta de cumpleaños el sábado. No sabía si ya estabas en condiciones de salir. —miró a Chris. —Pero si estás aquí sentado con una cerveza en la mano...
Rachel le sonrió de modo coqueto, con ligera travesura mezclada, sacándole una sonrisa al rubio y una úlcera disfrazada de simpleza a Tom.
—Claro que también estás invitado Tom. —añadió de inmediato.
Oh vaya, no tienes idea de cuan feliz me siento. Hasta quiero llorar de la emoción...
—Gracias Rachel. —aceptó de buen modo, claro.
—¿Abogarás por mí para ir a embriagarme? —el australiano indagó viendo a su amigo.
—No a embriagarte... Pero creo que te hace falta salir un poco, será divertido.
Ajá, sobre todo para Tom.
—¿A qué hora y dónde? —complacido con la respuesta del castaño, Chris procedió a investigar.
—A las ocho, en el Sunny Night.
—Sunny Night a las ocho. Bien, nos veremos ahí.
—Excelente. Los veo el sábado, entonces. No lleguen tarde.
La chica de risos chocolate se dio vuelta, y mientras se alejaba con paso armonioso movía los dedos de su diestra en el aire, a modo de despedida.
Chris la miró breves segundos, antes de volver a observar las olas y acabarse la cerveza. Tom todavía la siguió hasta que subió a una camioneta color vino. Una inminente sensación de derrota lo hizo encogerse internamente, aunque su mirada tenía impregnada cierto matiz de ello. Menos mal, su amigo se había puesto a admirar delante y anhelar sentir la brisa marina golpeando su cara. Verlo así de nostálgico logró hacer cambiar a Tom su propio decaimiento por ternura.
Cómo desearía borrarle esa tristeza.
—Alquilemos una tabla.
Dijo de pronto, como si hubiera dicho: Vayamos por otro par de cervezas… Chris lo miró de inmediato, como si hubiera escuchado a su madre decirlo.
—¿Qué?
—Que alquilemos una tabla.
El australiano acentuó la confusión marcada en su rostro, y aunque Tom quiso reírse mantuvo una pose despreocupada, casi indiferente.
—¿Quién eres y qué le hiciste a Tom?
—Ahm, digamos que soy la parte oscura y malvada del pequeño e inocente Thomas. Acabo de meterlo a un armario, y no lo dejaré salir hasta que nos hayamos divertido como se debe.
El inglés adoptó una expresión de clásico villano pretencioso holliwoodense, gesto que al otro le hizo reír, aunque también le fascinó ver un destello de malicia en su siempre angelical amigo.
—¿Entonces, Tom oscuro, me estás incitando a desobedecer las indicaciones y portarme mal? —Chris le sonrió de medio lado, alzando una ceja.
—Uhm, no del todo. —el ojiaqua respondió fingiendo meditar. —Veamos si esta vez puedes lograr que aguante más de diez segundos sobre una tabla.
Con que esa era la idea: Una simple y básica lección de equilibrio. Ya se le hacía raro que le soltara las riendas así de fácil. Chris sonrió amplio. Se fijó en el mar, estaba tranquilo, casi lograba percibir que se hubiera apaciguado como si le pidiera acercarse.
—De acuerdo. —asintió. —No saldremos del agua hasta que logres maniobrar sin caerte.
—Suerte con ello.
Al final, la malicia de Tom se vio empañada por un risa baja de toque juguetón. Él sabía que su coordinación no era la mejor del mundo, ya lo había comprobado en varias ocasiones, pero si con esas lecciones lograba hacer que Chris dejara la nostalgia por un rato, entonces lo intentaría.
Así, Tom se bebió el último sorbo de su cerveza y se levantó junto con Chris para ir por una tabla. Como ninguno iba preparado, lo único que hicieron fue quitarse las camisetas y los zapatos, y meterse al agua con bermudas. Menos mal que la tela era delgada y con solo sentarse al sol quedaría seca.
Y comenzaron las lecciones...
Dentro del agua, no muy alejados de la orilla, Chris volvió a explicarle los fundamentos básicos para mantener el equilibrio. Tom asentía, como si fuera la primera vez que lo escuchaba, y entonces hizo el primer intento. Uno que no duró ni dos segundos antes de caer estrepitosamente al agua bañando al ojiazul. Éste rió suelto, jalando la tabla que se alejaba en tanto el inglés emergía, pasando las manos sobre su frente y hacia atrás sobre sus risos mojados. Una sonrisa entre divertida y apenada curvó sus labios al encontrar los celestes de su amigo, quien no pudo evitar pensar que Tom se veía...
Hermoso…
Sí... Tom era bello en muchos aspectos: Leyendo, estudiando, viendo tv, molesto, concentrado, o así, mojado, con esa expresión inocente, risueña, jovial, sin preocupación alguna. Diciéndole con esa magnética mirada aqua que disfrutaba su compañía, tanto como Chris la suya.
Y nadie más que yo tiene la fortuna de tenerte a mi lado... Conmigo siempre, igual que yo contigo...
Una hora después...
—Al menos aguantaste cinco segundos más que la última vez. —dijo el australiano con una sonrisa divertida, tendido boca arriba sobre la arena.
—Y habrían sido diez segundos en lugar de cinco, si no hubieras agitado el agua. —el inglés se quejó, recostado a la derecha del otro.
—¿Y cómo ibas a encontrar el equilibrio en la práctica si no hacíamos una simulación?
—Pudiste ser más sutil. Recuerda que mis pies son aptos para pisar terreno firme, no para equilibrarme sobre una tabla de surf.
—Yo no tengo la culpa de eso.
Chris se mofó, girando el rostro para ver a su amigo, quien soltó un bufido pero igual terminó sonriendo, aunque su mirada se hallaba fija en el cielo despejado.
El rubio fue apagando su sonrisa despacio, comenzando a recorrer el cuerpo de Tom en descenso, deteniéndose en su vientre, donde su ombligo pareciera invitarlo a acercarse. Sus labios se separaron un poco, al tiempo que su lengua se paseaba por la orilla del inferior. Luego, su vista se desvió poco más abajo. Sintió calor al instante cubriendo su cuerpo, y sus mejillas ardían ligeramente. Justo notó cierta incomodidad en su pelvis que lo hizo volver al presente.
Subió la mirada con premura para fijarse en el rostro del castaño, no encontrando señas de haber sido descubierto mirándolo de forma tan deleitada. Tomó una bocanada de aire disimuladamente, girando el rostro al otro lado para tratar de bajarse el sonrojo, y el antojo, antes de que su amigo lo notara. Por otro lado, Tom sí que se había dado cuenta de que Chris lo observaba, cosa que lo puso nervioso. Sin embargo, apeló a la calma todo lo que su sangre fría se lo permitió, más su corazón estaba por demás inquieto.
Deja de sentirte así. No está bien... Diablos, no lo está...
El ojiaqua se decía entre angustiado y confuso, atreviéndose a girar el rostro luego de unos instantes. Chris era en verdad perfecto. Aquella mirada seria y fija sobre el cielo azul que intensificaba el tono de sus ojos, lo hacía ver como un chico al que le gustaría adivinar sus pensamientos más profundos. Su cuerpo esculpido en el surf y rutinas de ejercitación llamaba a la tentación de tocar, de acariciar, de perderse entre aquellos brazos y el calor de su piel. Piel de la que diminutas gotas de sudor brotaban sugerentes sobre el pecho y el abdomen.
Las mejillas de Tom ya se habían enrojecido por imaginarse aquello, y sus latidos se tornaron rápidos. Decidió apartar entonces la mirada.
¿Por qué? ¿Por qué pienso en Chris así?... Es inapropiado, no es lógico, somos amigos y somos chicos, esto... Esto no debería estar pasándome... Estoy tan confundido... No quiero estarlo...
Dios, ¿qué demonios pasa conmigo? No puedo estar pensando que Tom... Que él es... Que Tom y yo... ¡Agh, carajo! Esto es una locura, ¿qué le debo al karma?
Cada uno se perdió en sus propios laberintos y fantasmas, preguntándose algo de lo que no lograban hallar la respuesta. Un enigma que parecía inexplicable. Una explicación que parecía improbable. Una idea que parecía imposible de creer verdad. Pero contrario a sus conjeturas tachadas de locura, lo que ambos se cuestionaban tenía más de cuerdo de lo que ellos imaginaban. Era una cosa simple y sencilla...
Se habían enamorado el uno del otro sin darse cuenta, sin siquiera planearlo o buscarlo. Dejaron que la amistad que sentían cruzara esa fina línea que separaba lo importante de lo especial, sin prever que ocurriría. Tan solo alentaron un cariño que poco a poco dejó de ser fraternidad para volverse amor real. De ese que te duele cuando se clava profundo y echa raíces, pese a la negación y la ignorancia.
—Tom. —de pronto llamó Chris sin mirarlo.
—¿Si? —el inglés tampoco lo miró.
—¿Alguna vez has sentido que... que algo no está bien contigo? Es decir, ¿con algo que piensas o sientes?
Tom esperó unos instantes y respondió:
—A veces.
Ahora...
—¿Quieres hablar de algo? —instó, volviendo sus aqua hacia su amigo.
Quisiera decirte lo que siento cuando te miro o pienso demasiado en ti...
—No... —resolvió el australiano mientras se incorporaba y quedaba sentado, guardándose lo que su pensar le dictaba. —Solo era una pregunta existencial.
Miró a Tom por sobre el hombro, sonriendo con cierta reserva. Por su parte, Tom lo veía de modo intrigado y no muy convencido, pero por alguna razón no quiso indagar de más. Tal vez no era tan importante a final de cuentas, Chris nunca se andaba con rodeos, así que debería creerle... Debería.
—Vamos. —el ojiazul se levantó, tendiéndole de inmediato la mano al otro. —Hay que ir a ver las tiendas de regalos.
—¿Tiendas de regalos? —el castaño frunció el ceño, tomando la mano que le era ofrecida.
—¿La fiesta del sábado?
Chris le recordó alzando las cejas y jalándolo, aunque debió imprimir menos fuerza en la palanca pues Tom chocó ligeramente contra su pecho, contactando piel contra piel. Convenientemente, la izquierda del rubio fue a dar a la cintura del inglés como reflejo, así como la izquierda de éste se aferró del brazo del otro. Los dos parecieron abrumarse al instante por tal cercanía.
—Lo siento. —Chris se excusó, soltándolo sin querer hacerlo realmente.
—Descuida. —Tom pasó de largo el incidente, evitando topar los celestes de su amigo, al tiempo que se apartaba de él.
Ya con los pantaloncillos secos, se colocaron las camisetas y los zapatos, entregaron la tabla rentada y se fueron rumbo a la plaza comercial en busca de un obsequio para la cumpleañera. A quien por cierto no conocían. Aunque pensaron que tal vez un oso de peluche y chocolates sería una buena solución.
.
El sol se ocultaba cuando cada uno ya entraba por la puerta de su respectiva casa. Cenaron con sus familias. Uno lidiaba con su pequeño hermano, y otro jugaba turista con su madre y hermanas en la mesa de centro de la sala. Al irse a la cama todo cambió, ya no había con quien aparentar. Estando en completa soledad, sus pensamientos viajaron y los envolvieron en un remolino constante.
¿Qué había sido eso? Esa ansiedad, ese nervio que se acumulaba en su estómago, esa angustia clavada en su pecho, esa confusión en su cabeza. Sin saberlo, ambos se hacían las mismas preguntas. Ambos daban vueltas y vueltas con las mismas cuestiones, que parecían enredarlos más de lo que resolvían.
¿Por qué sucedía? ¿Era normal sentir aquella clase de atracción por el otro? ¿Estaba bien sentir eso? ¿Cómo podían comprenderlo? ¿Cómo debían entenderlo? Tal vez solo se tratase de afinidad, una muy marcada y profunda, y hasta cierto punto podría ser la clave. Se conocían desde niños, crecieron juntos como si fueran uno solo, en todo momento siempre estaban unidos por algo que no era tangible a la vista, como un mueble o una cuchara, pero ahí estuvo desde el principio.
¿Acaso los lazos de amistad podían llegar a ser tan fuertes que provocaran tales reacciones? Aun así era inquietante. Demasiado abrumador, si tomaban en cuenta que haberse tocado superficial y brevemente provocó sensaciones que a ninguno disgustaron.
Cansado de pensar y no ver claramente, Tom se giró en su cama, dándole la espalda a la ventana. Se hizo un ovillo abrazado a la almohada, y entre un suspiro largo cerró los ojos, dispuesto a dejar de acongojarse. Al menos por esa noche. Mientras tanto, Chris se quedó viendo a través de la ventana de su habitación, con el brazo derecho bajo la nuca. No había luna, pero las estrellas iluminaban de tenue brillo su mirada clavada en el firmamento.
En silencio se preguntaba si Tom podría estarse cuestionando lo mismo que él, aunque un resoplido burlón escapó de entre sus labios al poco. ¿Por qué Tom se haría esas preguntas? El único ahí que estaba metido entre enredaderas mentales sin fin era él. El único que se sentía extraño era él. Tom era inocente e ignorante de lo que estaba pasándole, y era mejor que siguiera así. Para qué perturbarlo por algo que seguramente no era nada importante, ¿cierto?
Cierto... No es importante...
Con aquel pensamiento Chris cerró los ojos. Se removió ligeramente bajo las sábanas y dejó que el sueño se adueñara de su consciencia. Ya había sido suficiente por ese día.
.
Lo que restaba de la semana pasó en un abrir y cerrar de ojos, trayendo consigo aquella fiesta en el Sunny Night. El Sunny Night era un antro con hermosa vista al mar, y por supuesto que el lugar estaba de ambiente con música electrónica, bebidas, gente bailando y charlando.
—¿Crees que le agraden los regalos?
Preguntó el inglés al ojiazul. Tom tenía en mano el peluche de tono café suave con un moño rojo al cuello.
Tom y Chris habían llegado media hora después de las ocho. Aunque eso no les restaba el encanto de su arreglo personal: Un par de chicos listos para robar miradas con su porte casual y presentable. Miraban a todos sin reconocer a nadie.
—Si no le gustan, siempre podemos comernos los chocolates. —Chris llevaba una caja mediana, envuelta en papel brillante rosa con un moño blanco en la esquina. —Tú puedes quedarte con el oso.
—Suena justo. —dijo Tom con una sonrisa tranquila.
—Galantes caballeros.
Rachel llegó sin que la notaran acercarse, saludando grácilmente como siempre, vistiendo una blusa en tono marfil ceñida a su cintura, pero holgada en la parte superior, siendo sujeta a sus hombros por un par de tiras delgadas. La parte inferior de su atuendo lo completaban un short café y unas sandalias crema.
—Hola Reich.
Chris la saludó con una frase, mientras que Tom lo hacía con una sonrisa conservadora. Tal vez debería tomar clases de actuación.
—Creí que no vendrían.
—Me demoré un poco en pasar por Tom. —confesó el australiano. —Ya sabes, tuve que hacer unas cosas en casa antes.
—Como sea, lo importante es que están aquí.
La trigueña sonrió para ambos, pero le dedicó más tiempo al ojiazul, coquetería que provocó la formación de un nudo en la boca del estómago al castaño. Que trabajo más desgastante era el usar máscaras para no evidenciar la molestia. Una ilógica, por cierto.
—Hola
De pronto, una chica de cabello oscuro recogido en un chongo, con flequillo y un par de mechas en cairel cayendo sobre sus sienes, llegó saludando frugal, sosteniéndose del brazo de Rachel. Lucía un vestido corto en negro, ligeramente holgado, adornado con un cinturón color hueso y zapatillas negras tipo botín abierto como complemento.
—Oh, miren. Ella es Su...
—¿Sussanah?
Tom interrumpió la presentación, haciendo que Rachel y Chris lo miraran intrigados. Chris más que Rachel.
—¿Cómo estás Tom? Que agradable sorpresa verte por aquí.
La chica respondió con una sonrisa. Ella ya lo había visto de lejos y reconocido al instante, esperaba que Tom la recordara.
—Estoy bien, gracias. —devolvió sonriente. —Vaya coincidencia.
—Ah... ¿Ustedes se conocen?
Chris no tardó en indagar, aun confundido. Tom jamás le habló de ninguna Sussanah.
¿Quién rayos es esta chica y por qué le sonríe así?
—Oh, lo siento. —el ojiaqua se excusó. —Sussanah, él es Chris, mi mejor amigo. Chris, Sussanah. Tuvimos un par de clases juntos el año pasado.
Sussanah extendió la mano cortésmente, aunque Chris pareció rehuir los primeros tres segundos. Finalmente la estrechó, apenas sonriendo.
¿Tomaron un par de clases juntos? Dijo. Y hacía un año... No, por más que trataba de recordar el rostro de la chica, no daba con el archivo mental. Aunque hubo un semestre donde Tom y él tomaron un par de materias optativas diferentes y cuadraba con el tiempo. Tal vez fue ahí. Pero si nunca la nombró, entonces no significó nada para Tom, ¿cierto? Si hubiera tenido algo que ver con ella se lo habría contado, ¿no? Claro que sí.
—Bueno, supongo que esta es una linda sorpresa para la festejada. ¿No lo crees Sue? —Rachel fue un tanto traviesa, mirando cómplice a la chica.
—¿Es tu fiesta? —indagó el inglés a su ex compañera de clase.
—Toda mía. —y la chica sonrió fingiendo soberbia.
Ya deja de coquetearle pequeño duende. No vino solo, ¿notas?
Ah, sí. Chris estaba a punto de llevarse a Tom lejos de esa chica.
—Oh, cielos. Ahm, espero no haya sido mala idea lo que trajimos. Tal vez ya te dieron muchos de estos y también de esos. —mostró el oso con semblante risueño, indicando que Chris tenía los chocolates.
—Aww. Bueno, sí. Tengo una mesa repleta de peluches, pero todos son blancos. Y sinceramente... ya me hartó el blanco. —dijo lo último en susurro, como si todos pudieran oírla. —Con los chocolates no tengo problema, son mi placer culposo.
Arreglado el inconveniente la festejada recibió los obsequios, excusándose para ir a dejarlos junto a los demás. El oso de Tom lo colocó en la cima de los otros. A Sussanah nunca le fue indiferente el inglés, pero en los tiempos que se conocieron ella salía con alguien más y Tom nunca le insinuó nada. Seguramente por respeto, eso pensaba la chica. Esa era una de las cosas que le gustaban de él, siempre tan amable y propio. No creyó encontrárselo después de tanto, pero tal como dijera Rachel fue una linda sorpresa de cumpleaños.
De inmediato volvió junto a la trigueña y los chicos, quienes conversaban de algo que los hizo reír.
Chris hubiera querido desaparecer entre los demás junto con Tom, notando a Sussanah acercarse, pero debía obligarse a ignorar el que esa chica de bolsillo se llevara a su amigo a bailar. Al australiano casi se le escapan las balas y todo el arsenal de guerra que guardaba detrás de su mirada.
—¿Me concede esta pieza caballero?
Rachel se dirigió a Chris con expresión risueña, evitando así un crimen sangriento por celos en un universo alterno.
—Ah... Lo siento Reich, todavía no puedo moverme con la gracia de una prima ballerina. Pero podemos ir a tomar algo mientras charlamos... Dejemos que el par se robe la pista. —eso último lo dijo más con sarcasmo desdeñoso que bromista, aunque la ojimiel no pareció darle importancia.
—De acuerdo. Pero me debes un baile.
Habiendo hecho la sentencia, Rachel se lo llevó de la mano rumbo a la barra.
Mientras el bar tender les atendía, la chica le hablaba al australiano de cosas que él no entendía. Cosas simples como lo bien que le sentaba estar de visita en su antiguo vecindario, ir a la playa, pasar tiempo con su familia, y lo divertido que era recordar viejos tiempos con los amigos de antaño. Sin embargo, cada palabra que salía de sus labios era como si Chris la escuchara en otro idioma. No lograba comprender nada, y no se debía precisamente al nivel de volumen de la música, era más bien porque su atención estaba puesta al centro de la pista de baile.
Chris trataba de hacer como que seguía a Rachel, mirándola de vez en vez y sonriendo cuando ella lo hacía, pero solo fingía.
Ahora resulta que Tom tiene una enamorada... Claro... Cualquiera en sus cabales no sería capaz de ignorarlo...
Al serles entregadas un par de cervezas Chris tomó un gran sorbo de la suya, mirando todavía hacia la pista. La sangre le hervía por ver cómo Sussanah bailaba tan cerca de Tom, sonriéndole en todo momento, mirando sus ojos y de vez en cuando buscando tener una vista rosada y blanca, porque Tom le sonreía igual. Darse cuenta de cuan a gusto parecía su amigo con ese duende de vestido y tacones hizo que Chris maldijera la hora en que aceptó la invitación de Rachel.
—¿Tú qué dices?
Una pregunta de la trigueña sacó al rubio de sus cavilaciones.
—¿Sobre qué?
La chica se rió por la falta de atención del australiano. Al parecer no escuchó el comentario anterior.
—Sobre Tom y Sue. Te decía que hacen una linda pareja
Espera, ¿QUÉ? ¿Una linda pareja? ¿De dónde sacaba tal cosa? ¡Ni en sueños! Chris por supuesto hubiera dicho aquello como si hubiese escuchado una ofensa directa.
—Pues... Supongo que no se ven tan mal.
Jah, seguro que no... Se ven horribles juntos...
Se dijo a sí mismo, bebiendo de nuevo y apartando la mirada. Le dolía que Tom ni siquiera lo buscara por estar entretenido con Sue.
—Se ven encantadores.
Rachel comentó mirando a la chica y al inglés, soltando un ligero suspiro y sonriendo nostálgica. Chris pareció percatarse de aquel sentimiento en su ex pareja.
—¿Estás bien?
—Ah, sí. Solo... Ya sabes, las chicas somos demasiado románticas. —expresó con una tenue sonrisa.
Ella no le dijo que añoraba aquellos días cuando estaban juntos. Por su parte, Chris le devolvió la sonrisa en el mismo tono, casi forzado. No tenía ganas de sonreír, solo quería que Tom volviera y se quedara sentado a su lado todo el tiempo que permanecieran ahí. El cual rogaba no fuera demasiado.
Pasaron varios minutos, que para el rubio fueron una eternidad, y por fin el par estaba de regreso. Venían charlando muy sonrientes y amistosos.
—¿Qué hacen aquí? ¡A bailar!
Sussanah incitó a Rachel y a Chris, a punto de jalarlos ella misma. Sin embargo, la ojimiel se adelantó a explicar:
—No Sue. Chris tuvo un accidente reciente y aún debe seguir ciertos cuidados.
—Oh. Lo siento, no sabía. —el duende con vestido y tacones se dirigió al aludido, quien movió la cabeza.
—Descuida, está bien.
—Ok… Disculpen, vuelvo en un segundo, llegaron unos amigos. No se vayan.
La festejada fue a recibir un par de parejas que recién llegaban. Entre tanto, el inglés se sentaba a la derecha de Chris, quien ya le había pedido una cerveza. Tom le agradeció con una sonrisa abierta, pero la expresión hosca del australiano lo hizo borrarla casi de inmediato, algo desconcertado, aunque Rachel pronto llamó su atención.
—Tú y Sue deberían salir. Ella está libre ahora.
—Ehehe, ¿salir? —una sonrisa de nervio asomó por sus labios.
—Claro. Chris y yo pensamos que hacen una pareja muy linda, ¿verdad?
Al decir aquello, Rachel tomó del brazo al rubio. A ella le gustaba la idea de verlos intentarlo. En cambio, el australiano sintió como si una cubeta de agua helada hubiera sido vaciada sobre su espalda, misma sensación que Tom experimentó.
—Jeh... ¿En serio?
El castaño se dirigió a su amigo con cierta desazón disfrazada de sutil complicidad. Chris lo miró como queriendo echar abajo lo dicho por Rachel, pero la chica ejercía ligera presión con su gesto sonriente.
Diablos...
—Ah, bueno... —carraspeó. —Solo dije que no se veían tan mal. —y bebió generosamente de su cerveza.
La de ojos miel mantenía esa sonrisa en su rostro que Tom comenzaba a odiar, seguro ella le sembró tal idea. Eso le molestó, pero hizo de cuenta que le daba gracia.
—Ahm... Tal vez la invite a salir uno de estos días.
Fue lo que dijo para gusto de Rachel y molestia de Chris, bebiendo luego como si nada. El australiano lo miró incrédulo, casi indignado, pero el inglés desvió la mirada hacia la pista.
Tú no saldrás con ella, Tom...
Chris sentenció entre pensamientos, devolviendo una sonrisa fingida a su ex. ¿Cómo haría para impedir esa cita? No tenía la menor idea en ese momento, pero de algo estaba seguro y era que no dejaría que esa chica lo apartara de su lado. La compañía de Tom era solo suya y de nadie más.
