II- Ambush


Daichi no podía conciliar sueño alguno.

Aunque no había forma de que lo hiciera después de la confesión que su mejor amigo le hizo. ¿Cómo no se iba a asustar teniendo en cuenta de que estaban a milímetros de besarse? Llevaba años sabiendo que Suga era gay, después de todo era su mejor amigo, pero nunca se le había pasado por la cabeza la idea de que le pudiera gustar a este. ¿Quizás pensaba ser inmune por ser su mejor amigo? Podía ser que nunca se había considerado el tipo de chico que gustaba a los homosexuales también. Pero bien mirado, era grandote y robusto, con rasgos faciales masculinos. ¿No lo llamaban bear o algo por el estilo los chicos interesados en su tipo? A veces Daichi no se depilaba pero de normal si y tampoco era tan peludo... ¿A Suga le gustaban los osos? Le sorprendía que le gustaran de ese tipo siempre había dado por supuesto que le gustaban más manejables y...

Sacudió su cabeza mientras sentía como demasiados pensamientos poco productivos se instauraban en ella.

Los ronquidos de Chikara no ayudaban mucho para que el capitán pudiera disfrutar de unas cuantas horas de sueño. Se suponía que tenía que dormir con Suga, como llevaba haciendo desde que iban a primer año, quien solía ser bastante silencioso y no se movía apenas cuando dormía (al contrario que él); pero la repentina confesión le había asustado lo suficiente como para que fuera corriendo a la habitación de Tanaka y le pidiera a este de cambiar compañeros. En ese momento, en el futón de aquel cuarto completamente oscuro, se arrepentía de su reacción al escuchar las palabras de Suga. En el momento fue impactante pero, cuando empezó a pensar con calma, empezó a preocuparse por si había sido demasiado directo o si le había hecho daño al rechazarlo de aquella forma. Koushi seguía siendo el mejor amigo que había tenido y que podría tener, no quería perderle por no poder corresponder sus sentimientos o por tener miedo de que estos se abalanzaran sobre él.

Pero algo le decía que había metido la pata hasta el fondo y que no tendría vuelta atrás.

— ¿Honoka?—preguntó el hombre corpulento bajo aquel uniforme de policía.

La niña pequeña de cabellos negros que asomó su cabeza por la entrada de la comisaria antes de que el hombre dijera su nombre le dedicó a este una enorme sonrisa.

— ¡Papi!—exclamó, corriendo hacía la mesa tras la cual su padre se encontraba sentado.

Daichi rodeó su escritorio y se fundió en un abrazo fuerte con su hija, a la cual tuvo que alzar del suelo.

— ¿Qué haces aquí, cariño?—preguntó cuándo la sostuvo entre sus brazos, mirando con confusión pero una inmensa alegría a la niña de cabellos negros y ojos azul oscuro.

— ¡Mami me ha traído!—anunció con un entusiasmo infinito, sin ver como la sonrisa se congelaba en el rostro del policía.

Por la puerta de aquella pequeña comisaria entró una mujer con el rostro crispado en un gesto de desaprobación. Daichi dudaba si había olvidado como se hacía cualquier otra expresión facial después de aquellos años juntos, pero apartó esos pensamientos de su mente al ver que eran demasiado crueles. No quería sonar como un hombre abandonado vengativo. Miró a la recién llegada por el rabillo del ojo, viendo cómo se apoyaba en la puerta y les dedicaba a padre e hija una mirada indiferente pero intensa que hizo que se sintiera algo incómodo. Después de diez años como pareja, seguía sin saber qué era lo que se le pasaba por la cabeza a aquella mujer.

—Mizu...—saludó sin mucho entusiasmo.

—Sawamura—respondió ella, provocando un escalofrío en el hombre al notar que usaba su apellido y no su nombre.

Su hija se tranquilizó y se quedó abrazada de su padre, manteniendo el silencio mientras que acurrucaba en aquella zona. El hombre miraba a la que seguía siendo su esposa pero que muy pronto no lo sería, preguntándose el motivo de su visita. Habían pasado tres días desde que le pidiera el divorcio y, desde entonces, no había visto a ninguna de ambas.

—Tengo un favor que pedirte—anunció Kiyoko.

Las piernas del policía temblaban. Prefería creer que era una visita casual.

— ¿Qué quieres?—sonó más borde de lo que pretendió, pero no se retractó.

— ¿Podrías quedarte con Honoka este sábado noche?

Fue directa, algo agradeció infinitamente. La idea era muy tentadora. En aquellos días lo que más había echado de menos era a su pequeña hijita revoloteando por la casa o arrancándole sonrisas. Honoka era la única persona que podía hacerle sonreír aunque su vida se estuviera hundiendo en heces y no hubiera forma de dejar de hundirse. Cuidar de ella una simple noche no era nada que le supusiera trabajo.

Pero la voz de Kageyama resonó en su cabeza.

—Lo siento pero tengo... algo—respondió el poli, acariciando el pelo de su niña.

Ni el semblante ni la mirada de la mujer cambió, hasta que, segundos después, le dedicó una pequeña sonrisa.

— ¿Al final irás a la cena de Hinata?—preguntó, con un tono de voz más alegre que no supo cómo interpretar.

Sawamura no contestó. Llevaba unos días pensando en si debía o no ir (más bien si podría o no mirar a la cara a cierta persona) y no se había hecho a la idea de que iba a asistir. Aunque sabía de antemano que acabaría yendo quisiera o no. Asintió antes de bajar su espalda para dejar a Honoka en el suelo y miró desde allí abajo de nuevo a su futura ex-esposa.

¿Por qué todo el mundo menos él seguían en contacto de aquella forma?

—Entonces olvida lo dicho—se retractó, cogiendo de la mano de la niña—. Hay alguien a quien debes de decir cierta cosa.

La mirada del hombre se endureció. Era molesto que incluso ella supiera de aquel tema, como si nunca hubiese sido un secreto. Daichi nunca le había comentado a su mujer que se sentía culpable por haberle roto el corazón a su mejor amigo, incluso cuando eso hacía que no pudiera disfrutar de su día a día. Ni tampoco mencionó lo mucho que le echaba de menos en esos diez años. Pero ahí estaba ella, en la puerta de su comisaria diciendo que sabía lo del sábado y lo que debía hacer. Algo de rabia se formó en su interior al pensar que su visita había sido para hacerle un recordatorio de lo que le esperaba, que en ningún momento había sido para pedirle que se quedara con Honoka. Le molestó que la usara como excusa. Cuanto más pasaba el tiempo más se preguntaba con qué clase de mujer se había casado.

—Tranquila, lo tengo presente—anunció, con un tono y un semblante bastante frío.

— ¿Entonces no veré a papá este finde?—protestó la pequeña, llamando la atención de los adultos.

—No, pero el próximo, si, cariño—prometió el hombre, sin dejar de mirar con frialdad a su esposa.


Al principio pensó que había conseguido un amigo que le fuera a ayudar con sus problemas, pero lo único que podía ver en aquellos instantes era una lapa durmiendo a pierna suelta en su sofá.

Suga miró al chico de la melena rubia y suspiró agotado. Ese parásito había pasado tres días en su casa, comiendo de su comida, viendo su televisión con el volumen puesto en modo inhumano y babeando su sofá entero en sueños. Si bien aquel tipo tenía trabajo, poco se preocupaba de este. Había llegado como un apoyo moral y para que le obligara a ir el sábado a la cena, sin embargo ahora solo hacía más que incordiar en la vida cotidiana de Suga. Incluso le estaba costando problemas en el trabajo porque se había empeñado en dejarle y recogerle del trabajo. Lo cual era bastante problemático dado que Tanaka se aseguraba de vestirse de la forma más extravagante y que mostrara más de sus músculos que era capaz, incluso sus cabellos teñidos de rubio llamaban la atención pues eran bastante largos y se los tenía que recoger en una coleta pequeña.

Koushi sabía que posiblemente eso volvía locas a las mujeres que necesitaban compañía de algo diferente y llamativo pero a él no le volvía loco que los rumores que ya existían de su sexualidad se incrementaran acompañados por un "está saliendo con un host".

—Han llamado del bar. Dice el gerente que, si no vas hoy, puedes considerarte despedido—aseguró en voz muy alta, consiguiendo que el hombre se levantara de golpe.

—Mierda—le dijo como si fuera un "buenos días".

Se veía venir el torbellino que se desató en su habitación así que se quedó tranquilo al lado del sofá, mirando impasible como el su viejo amigo recogía todas las cosas que había dejado tiradas por el salón sin cuidado. En realidad, ningún gerente había llamado (de hecho se preguntaba si alguien de su lugar de trabajo se tomaba algo en serio por no preocuparse si su empleado desaparecía un par de días), pero ver a Ryunosuke de aquella forma era tan gracioso que se dijo de no decirle la verdad hasta que la descubriera. Al menos estaba recogiendo toda su suciedad, que era lo que más deseaba que hiciera si iba a seguir siendo un parásito en su hogar.

—Mierdamierdamierda—repetía mientras se vestía a toda prisa.

La primera noche fue horrible para Suga de cierta forma por dos razones. Tanaka dormía desnudo y quería dormir en su cama con él. La primera razón le incomodaba, dado que era gay y que no podía apartar la vista de cierto punto que parecía tener un imán que atraía la dirección de sus ojos en todo momento. Y la segunda hubiese sido pasable si no fuera porque la primera seguía vigente. ¿Cómo iba a dormir en la misma cama que un hombre desnudo que se empeñaba en abrazarte cada tres por dos? Suga acabó echando al sofá a su invitado en el momento en el que este acercó mucho su zona a sus nalgas, decidiendo que ya era más que suficiente para el resto de su vida.

Porque sabía que el otro era hetero y que nunca podría ocurrir nada entre ellos, ni siquiera sexual. Como todos los chicos que se habían quedado a dormir en la misma cama que él y no se habían ido después de correrse.

— ¿Crees que llegarás a tiempo? Solo te queda una hora para estar fichando...—mintió, consiguiendo que el chico se girara para verle con cara de pánico.

—NO ME JODAS—exclamó, dejando de recoger para dirigirse a la puerta del apartamento.

Por un momento pensó que la atravesaría y que no pararía a abrirla, pero por el bien de su bolsillo sí que decidió cruzar la puerta como un ser humano normal y corriente (algo muy extraño en Tanaka). No pudo evitar soltar una risotada en cuanto estuvo fuera de su alcance. Se agachó para ir recogiendo lo que el chico dejó tirado mientras reía por la forma en la que le había engañado. Aquel momento de burla era lo mejor que le había dado el chico desde que se había apalancado en su casa.

—Hay personas que nunca cambian...—susurró para sí mismo.

Y eso le gustaba. Comparado con Tanaka, él mismo había cambiado mucho aunque tratara de mostrarse tan dulce y agradable como cuando iba al instituto. Ya no confiaba tanto en la gente, se mostraba distante con la mayoría y había empezado a usar a los hombres para complacerse. Si alguna vez hubo un atisbo de inocencia en él, hacía tiempo que se fue. La soledad y su corazón roto le hicieron cambiar, aunque aún no sabía si para bien o para mal.

Un pitido estridente en la chaqueta que acababa de coger le llamó la atención, interrumpiendo su risa. Cogió el móvil con cuidado del bolsillo y lo sostuvo frente a su rostro. Este volvió a pitar de nuevo, indicando que un mensaje nuevo había llegado. Sabía que no debía de cotillear el móvil ajeno, pero le dio a desbloquear descubriendo que no tenía ninguna contraseña o patrón para acceder a su teléfono, solo debía deslizar el dedo. Suspiró para alejar la culpabilidad al mismo tiempo que entraba en su móvil y abría la pestaña del chat.

No sabía qué le sorprendió más, si ver el nombre de Noya o lo que pudo leer: "Kiyoko ha hablado con Daichi y dice que va a ir." continuado con un "¿Has conseguido convencer a Sugamama? Asahi irá esta tarde para asegurarse de que Daichi no se eche atrás."

El entrecejo de Suga desapareció mientras leía. No sabía cómo interpretar lo que estaba leyendo en aquel móvil. En su mente pasaban ideas que iban desde que los chicos estaban haciendo complot para que estuvieran todos juntos y ellos dos no les arruinaran la noche no asistiendo o que el complot fuera para juntarlos y que no supieran de que el otro iba hasta el último momento en el que no se podrían echar atrás. No sabía que esperarse de los chicos, solo que eran capaz de todas las ideas que se le ocurrían. Sobre todo cuando se juntaban ya que nunca salía nada bueno de eso.

Pero si quería saber lo que ocurría solo debía atacar al más débil de todos y, para su suerte, Tanaka siempre había sido el que tenía el menor aguante de todos sus kouhais. Dos preguntas y lo sabría todo o al menos lo que necesitaba saber.


—Ya te dije ayer que iría—gruñó mientras se sentaba.

—Tenía que asegurarme—comentó antes de soltar una risa nerviosa.

Daichi miró al que en su día fue a su mismo curso y sintió que había algo que faltaba en él. En seguida supo el qué: le faltaba una enorme melena. Desde que lo conoció, Azumane solía llevar el pelo largo y recogido. Ese chico se pasaba su vida entera cuidando de su cabello y procurando buscar formas de que no se le cayera en un futuro. Le era raro ver que, diez años después, se había decidido por un estilo de pelo corto a lo militar. No terminaba de relacionar aquel hombre con su antiguo compañero de cancha por aquello.

—Me dijeron que me quedaría calvo y que era mejor que me cortara el pelo—anunció Asahi cuando notó como no paraba de mirarle el pelo—. Así que tuve que renunciar a llevarlo largo.

—Ya veo...—murmuró el policía, desviando su mirada hacía la barra.

Se encontró con Kageyama al otro lado de esta, dedicándole una sonrisa con sorna. Daichi maldijo mil veces a aquel barman por haber abierto la boca en primer lugar, haciendo que se sintiera obligado a ir a aquella cena que se le antojaba menos agradable que una eternidad en el infierno. Se contuvo sus insultos y protestas para pedir una cerveza fría, preparado para escuchar a Asahi pero este, como de costumbre, no empezó a hablar. El gran defecto de aquel tipo era que siempre había sido un calzonazos con poca confianza en sí mismo. Rara vez comenzaba una conversación, menos aún lo podías ver admirando algo que él haya hecho o considerándose importante aunque lo fuese. Por lo que veía, seguía siendo su defecto diez años después.

— ¿Os parece bien tratar de hacer encerronas a vuestro antiguo capitán?—preguntó, fingiendo una sonrisa confidente aunque quisiera ahorcar a aquellos dos hombres.

Los dos notaron que Sawamura estaba algo molesto. No era difícil. El aura que emitía cuando se enfadaba era bastante intimidante.

—De alguna forma tendremos que asegurarnos de que no te echas atrás, jefe—respondió Tobio mientras servía la cerveza—. Aunque pensábamos que tardaríamos más en convencerte, por lo gruñón que eres.

Las cejas de Asahi se alzaron como si fueran un radar de peligro y sus ojos rasgados se abrieron de par en par al escuchar aquello. En su mirada se podía leer "No sigas por ahí, Tobio" pero el chico de la barra ignoró al que fue su senpai por completo. Después de años escuchando sus problemas, sabía cuál era la mejor forma de tratar con aquel ser testarudo y orgulloso.

—Pensar que ya no te importan tus kouhais, que mal te han hecho los años. Y no lo digo por los kilos de más—comentó, alzando los hombros resignado—. Creo que a Hinata se le va a caer un mito cuando te vea, aunque no sé qué esperaba de un policía borracho y protestón.

Azumane se mordió el labio inferior. Podía ver como el enfado se iba haciendo más y más notorio en el rostro del ex-capitán. No supo cómo aquel chico de cabellos oscuros podía estar tan calmado después de haber dicho todo aquello, colocando la jarra de cerveza frente al hombre al que molestaba. Luego recordó que el único que había mantenido el contacto con Daichi fue él, ni siquiera Hinata lo hizo y eso que vivía con Tobio. Si alguien sabía cómo lograr que hiciera algo que quisiera, era aquel tipo. Se sintió un poco fuera de lugar. Tanaka y Noya le habían mandado a él porque pensaban que podría usar su vieja amistad, pero no había servido de nada pues Kageyama estaba siendo el que lo decía y hacía todo. En aquellos momentos, parecía un espectador viendo una escena de una mala película. De un momento a otro, el policía saltaría sobre la barra y le arrearía un buen puñetazo a Tobio. Si tenía suerte no lo mataría, aunque no contaba con esa posibilidad.

Pero el hombre soltó una carcajada sonora.

—Cómo te gusta incordiarme, mocoso—dijo entre risas.

El barman soltó una risa con él. Eso sorprendió más a Asahi. Notó que los dos chicos habían cambiado mucho a lo largo de los años y que no se parecían en nada a cómo eran en el instituto. Sin embargo, ahí estaba él siendo la misma persona con menos pelo. Pero, al fin y al cabo, la misma persona.

—Iré, iré—afirmó después de darle un trago a su bebida—. Pero dejadme descansar el resto de la semana u os arrestaré por acoso.

—Corrupto—tosió el regente del bar, dando la espalda a los dos hombres.

La ceja derecha de Daichi se alzó y formó una curva de incredulidad. Quiso decir algo pero reparo en su viejo amigo a su lado.

Sintió pena por haber estado tan alejado de él todo aquel tiempo. En el instituto fue un buen amigo, uno a veces un poco estresante y al que querías golpear para que aprendiera a quererse a sí mismo, y lamentaba haber negado su vida anterior una vez se graduó. No sabía nada acerca del chico. Ni por qué llevaba traje, ni qué hizo con su vida ni como había vuelto a retomar el contacto con Ishinoya. Tampoco sabía nada de Noya, Tsukishima, ni de Tanaka siquiera. Chikara y el resto no habían sido mencionados por nadie en muchos años... Solo conocía la vida de Tobio y de Shoyo, más que nada porque vivían juntos y veía al primero casi todos los días.

Tampoco sabía nada de Suga. Pero estaba seguro de que él no querría que lo hiciera.

— ¿Tienes a Yuu de fondo de pantalla?—preguntó burlón cuando el trajeado revisó su teléfono y le pudo cotillear este por encima.

Tobio se giró algo interesado. Él sabía del tema (para no hacerlo) pero quería ver la reacción del poli cuando se enterara de aquello. No se iba a perder un espectáculo como aquel.

—Bueno, verás...

— ¿No sabías que viven juntos?—preguntó el barman, metiendo baza.

— ¿Juntos? Bueno, es mejor que solo—dijo el hombre encogiéndose de hombros—. Aunque no sabía que volvíais a hablar.

—Hablar...—murmuró Kageyama soltando una risa ligera.

—Es complicado...

— ¿Y eso?

—Estamos juntos—el de la perilla desvió su mirada.

—Ya, viviendo juntos, eso lo sé—dijo confuso Sawamura.

—No. Juntos como pareja. Noya y yo somos amantes—confesó.

El rostro de Daichi fue más fácil de leer que un libro desplegable para niños de tres a cuatro años: estaba tan confuso y sorprendido por aquello que se había dejado la boca abierta y las cejas curvadas como si pensar le doliera un infierno. No se esperaba para nada aquello ni nunca había llegado a pensar en si a Azumane le podían gustar los hombres. Se sintió el peor de los amigos cuando se le pasó por la cabeza la idea de que no se lo había contado por miedo a que le rechazara como a Suga. ¿Cuántas personas habían pensado que no les apoyaría si le contaban la verdad?

Bajó la cabeza arrepentido.


Cuando Ryunosuke llegó a casa de Suga se arrepintió de haber ido allí tres días antes.

—¡No fue idea mía, lo prometo!—exclamó de rodillas, rogando perdón de su anfitrión.

Teléfono en mano y con una sonrisa de demonio malvado, Suga miró al host directamente. Solo tuvo que enseñar el aparato y preguntar por la conversación con Noya para que el chico se pusiera de rodillas para llorarle que le perdonara por la trampa que le habían tendido. No le decepcionó encontrar que la resistencia de su kouhai a las preguntas directas era la misma que años atrás, más bien le alegró que no hubiera endurecido esa parte de su carácter. Después de todo le estaba haciendo más fácil aquello.

— ¿Y qué es lo que pretendéis exactamente?—preguntó con dulzura pero con tono autoritario.

Tanaka desvió la mirada y se lamió el labio inferior nervioso. Sabía que Hinata y Noya se enfadarían si le contaba lo que habían estado planeando tanto tiempo pero al mismo tiempo encontraba mucho más aterrador a Koushi. Mejor que nadie, sabía que detrás de la imagen de madre buena y protectora del mayor se escondía un ser que podía llegar a ser bastante malvado cuando se enfadaba. Se mordió el mismo labio, jugando con el borde inferior de su camiseta mientras se dedicia por una opción u otra.

Suga le miraba fijamente sin decir nada ni meterle prisa, haciendo que se pusiera más nervioso aún.

—Queremos que vayas a la cena...—dijo con la voz temblorosa, intentando evitar la verdad.

— ¿Con el fin de...?—preguntó de inmediato.

Ryunosuke bajó la mirada al suelo y deseó que fuera tierra para que lo engullera por completo.

— ¡Fue idea de Hinata!—exclamó, mirando al mayor con ojos vidriosos—. Él quería que tú y Daichi hicierais las paces así que se inventó un plan y Noya le ayudó y me convencieron y Kageyama se puso en contacto con Daichi y Asahi está intentando convencerlo y yo no quería y me dijeron de que viniera para que me asegurara de que fueras y...—empezó a decir de forma atropellada, contándolo todo con nerviosismo y sin pausas que hicieran coherentes sus palabras.

— ¿Queréis que haga las paces con Daichi?—preguntó sorprendido.

—... Daichi se ha divorciado y está solo y deprimido y te necesita por eso Hinata lo hizo todo y no me odies, me arrastraron a esto...—siguió lloriqueando el rubio.

Si la primera parte le sorprendió, pues no esperaba que nadie hiciera un plan para que hicieran las paces, la segunda le dejó anonadado. Hacía diez años que no tenía noticia del amor de su vida, más o menos desde el día en el que le dejó de hablar porque se le confesó. Siempre había imaginado que su capitán había sido feliz con su esposa aquel tiempo y que estarían juntos para siempre con varios hijos en una casa que rebosaba felicidad. No sabía que tuvieran problemas hasta el punto de divorciarse ni que la vida del chico estaba tan demacrada. Incluso con el corazón roto, Suga siempre había deseado una vida feliz para su amado y no se había dejado llevar por la rabia del rechazo.

Eso no pareció impedir que disfrutara de las malas noticias. Una parte de él que no le inspiraba confianza disfrutó escuchar que la vida de Daichi había ido peor que la suya y que no había sido feliz en el amor como él. Sentía como un cosquilleo de emoción le subía por los brazos y reprimió la risa burlona que estuvo a punto de escaparse por sus labios.

No se reconocía sintiendo aquello. Por más que le alegrara que hubiese sido infeliz se sentía doblemente culpable: por no estar ahí cuando su vida se derrumbaba a pesar de que le echara de su vida y por alegrarse de su miseria en vez de compadecerse como debería hacer. Intentó despejar su mente de todos los pensamientos que se le acumulaban de forma contradictoria en su cabeza y miró al chico a sus pies que le miraba rogando que no se enfadara por haber sido parte del complot. Suspiró, no podía enfadarse con ninguno de los chicos por tratar de ayudar con el tema. Si era cierto lo del divorcio, tenían todos los motivos del mundo para querer que hicieran las paces en aquellos instantes para poder ayudar a ambos.

Si Daichi seguía siendo el chico de diez años atrás, necesitaba un mejor amigo para no sumergirse en el propio océano oscuro de su cabeza.

—Y dices que va a ir, ¿no?—preguntó cerrando los ojos para mantenerse sereno.

—Kageyama y Asahi dicen que si...—contestó su invitado.

—Entonces pasa el numero de Hinata, tengo un par de cosas que aclarar con ese enano—replicó, lanzando el teléfono a las manos de Tanaka.

No podía mirarle a la cara, simplemente no podía.

Estando apenas a unos metros de distancia, Suga se quedó detrás de todo el equipo para no mirar al chico que le gustaba directamente. Para su desgracia, no había mucho espacio para esconderse en la recepción de aquel lugar y sus miradas se encontraron en varias ocasiones, ocasionando desvíos nerviosos e incómodos. Jugueteó con sus dedos con algo de nerviosismo mientras miraba el reloj de la pared. Debería estar ayudando al otro pero no tenía el valor de estar a su lado aunque no fuera a hablarle. Se le había confesado de manera brusca y este lo odiaba por ser como era. ¿Qué podía hacer aparte de mantenerse lejos y evitar volver a encontrarse con él? La temporada de volley se había terminado y después se irían cada uno a una universidad distinta. No se tendrían que ver nunca más. Daichi estaría encantado (o eso es lo que él creía). Podría salir con Kiyoko sin problemas ni tampoco tendría que preocuparse por tener un mejor amigo gay que fantaseaba con él.

Dicho así se sentía asqueroso por haber fantaseado tanto con el capitán de su equipo.

Desvió la mirada hacía el frente. Se encontró directamente con los ojos de Sawamura. El contacto no duró apenas milésimas, cada uno miró a una esquina distinta de la habitación mientras uno de ellos gritaba la situación de la furgoneta que les llevaría de vuelta a sus casas.

El equipo entero se movió. Hinata pareció notar que no se movía pues trató de acercarse para llevarle con él pero Ryunosuke cogió al pequeño y lo alejó con una mirada inquisidora. Suga no entendió aquello hasta que se dio cuenta de que Daichi no se movía tampoco. En cuestión de segundos, aquel recibidor quedó vacío. Solo ellos dos y una recepcionista que sobraba en aquella escena incluso si aquel era su trabajo y tuviera más razones para estar allí que ellos. Empezó a andar con paso ligero intentando no ver al capitán pero este cortó su camino.

—Suga, espera—gruñó.

La mano de Sawamura se cerró en su brazo y paró en seco su carrera. El menor contuvo la respiración. Si le evitaba era porque no quería escuchar lo que sabía que le iba a decir de su boca. Podía vivir toda su vida fingiendo que no serían amigos porque sería incomodo al estar él enamorado de su amigo pero no le sería tan fácil si este le decía que le daba asco por ser homosexual.

—Mira, anoche...—empezó a decir.

— ¿Anoche? ¿Qué pasó anoche?—preguntó el vice-capitán, tratando de enterrar el tema, mirando al suelo aún.

—Suga, esto es serio—protestó con seriedad Daichi, haciendo que Suga se enderezara del susto.

—Anoche no pasó nada, eso es todo—repitió con tono serio también.

— ¿Es en serio?—bramó alzando la voz—. Anoche me quisiste besar, me dijiste que me querías. ¿Vas a fingir que no ocurrió nada?

—Baja la voz—pidió con autoridad Koushi—. Si, así lo quiero.

—Así no funciona nada.

—Nada tiene que funcionar. Sé que te doy asco. Lárgate y se feliz con Kiyoko—los ojos de Suga se humedecieron mientras lo decía.

El capitán tiró del brazo para girar a su mejor amigo, descubriendo su mirada enrojecida y humedecida por las lagrimas. Se quedaron mirándose el uno al otro durante unos segundos que parecieron horas, ambas miradas con algo de desafío en su interior.

—Ya no formo parte de tu vida—afirmó el de cabellos plateados.

—Muy bien—apenas contestó el moreno, dejando de coger el brazo del otro.

Suga echó a llorar en silencio en el momento su antiguo mejor amigo salió por la puerta para seguir al equipo. Acababa de hacerse daño a si mismo de una forma en la que nunca lo había hecho pero había evitado las palabras de desprecio de Daichi. Se secó las lagrimas con la manga de la mano esperando que nadie en el bus lo notara. Confiaba en ellos pero no quería que le vieran de aquella forma, le bastaba con haber hecho que Tanaka le soportara la noche anterior cuando le encontró llorando por lo patético e idiota que había sido. Aunque en ese instante lloraba porque había perdido al otro definitivamente y por la rabia que le daba el hecho de que Daichi se largara sin intentar mantener la amistad. Entonces pensó que quizás para este su amistad no era tan valiosa como había creído.

Lo que no sabía es que el mayor trataba de hacer las paces con él y enmendar su error porque Suga era la persona más importante en su vida, incluso más que su pareja.