Capitulo 2. – El conjuro y la varita

Harry se acercó a su primo cuidadosamente. No sabía por qué motivo sus tíos habían olvidado que en realidad él no podía hacer magia en Privet Drive ni en ningún otro lugar que fuera el colegio, y luego de torturarlo todo el verano aprovechando que él no podía hacer nada al respecto, repentinamente se olvidaban de todo y le pedían que hiciera un conjuro para ayudar a Dudley. Su cerebro iba a toda máquina, como hacia siempre que debía calcular lo que pensaban los Dursley y a la vez pensar que hacer él. Sus tíos no se acordaban del Decreto para la Prudente Limitación de Magia en Menores de Edad, y por el momento eso daba a Harry la posibilidad de fingir un conjuro para que los Dursley creyeran que Dudley diría nada mas que la verdad. Aún así, lo curioso era que Dudley estaba diciendo la verdad de todas formas, lo que hacía que Harry tuviera que imaginar de donde provenía el problema. Podía ser que Dudley solo estuviera ebrio, después de todo, siempre bebía en exceso cuando salía con sus amigos, pero aún así...¿Podía ser que el alcohol hiciera a su primo permanecer en un estado en el que era incapaz de controlar lo que decía, y de esa manera confesaba todo lo que solía esconder a sus padres¿O era otra cosa lo que provocaba ese comportamiento extraño en su primo? Fugazmente se cruzaban por su cabeza ideas no muy alocadas sobre posibles maleficios que podrían haberle echado a su primo para confesar algo como...¡algo como el paradero de Harry mismo! Esto lo conmocionó momentáneamente, hasta que logró calmarse otra vez. Su primo era demasiado idiota para serle útil a alguien...¿o no lo era? Nervioso, Harry se apresuró a comprobarlo.

-Bien – les dijo a sus tíos. – Primero debo hacer el encantamiento, pero descuiden – aclaró al ver las caras de pánico de los Dursley – no le sucederá nada. El hechizo solo dará a Dudley un estado de lucidez suficiente para responder a las preguntas, y es cien por ciento efectivo: nos dirá toda la verdad. – Se acercó a su primo, y rápidamente pensó en algún conjuro que no existiera para hacerlo pasar por aquel que debía echarle a Dudley. Era indispensable que el conjuro no existiera realmente, o de lo contrario luego de ejecutarlo el Ministerio no tardaría en expulsarlo del colegio. Justo a tiempo se le ocurrió una idea. - Veritaserum! – exclamó dirigiendo su varita a la cara de Dudley, que lo miraba con cara de bobo, mientras un fino hilo de saliva caía por su boca lentamente. Por supuesto, no sucedió nada, pero los Dursley no tenían idea de lo que sucedía cuando alguien lanzaba un conjuro. Harry bajó la verita y se dirigió a su primo.

-Dudley¿dónde has estado? – le preguntó claramente, de forma que entendiera cada palabra.

-En la casa de Pier Polkiss. – respondió este al instante, mirándolo con la misma cara de idiota que antes. Era obvio que algo le sucedía.

-¡Nos dijiste que irías a la biblioteca a buscar la información sobre tu tarea del colegio! – exclamó espantada tía Petunia, pero Dudley no le hizo caso.

-Pregúntale que ha estado haciendo – ladró tío Vernon a Harry.

-¿Qué has estado haciendo, Dudley? – preguntó Harry a su primo, evitando reírse a toda costa, algo que era muy difícil al tener que ver la cara de su primo, mirándolo con los ojos desorbitados.

-Fuimos a la plaza con la pandilla. – contestó Dudley - A la vuelta compramos unos de éstos. – señaló el cigarrillo de su mano. – Ya les he dicho. Hace años que los compró.

-¿Estuviste bebiendo? – preguntó Harry.

-¿Cómo te atreves a preguntar eso! – exclamó tía Petunia, dándole un golpe en el hombro.

-Claro que no, esta vez no nos ha alcanzado para la cerveza. La próxima vez será – dijo Dudley, pícaramente. – Pero claro, el señor de aquí a la vuelta ya no quiere vendernos más porque sabe que luego de beberla no nos portamos bien – sonrió. – Ese viejo estúpido no tiene idea de lo que tramamos.

-¿Lo ves? – dijo Harry, triunfante a tía Petunia. – Hace años que se que lo hace – les comentó. – Pero nunca se los conté porque sabía que no me creerían.

Los Dursley estaban espantados. No podían creer que su hijo estuviera diciendo todo esto.

-¡Tu le has hecho algo para que dijera todas estas mentiras! – exclamó acusadoramente tío Vernon.

-Sé razonable, Vernon, Dudley ha traído realmente los cigarrillos. – dijo cortantemente tía Petunia.

-Pero de todas formas...Me parece que a Dudley le han echado un maleficio. Otro maleficio – aclaró Harry al mirar a sus tíos. – Es que...El esta diciendo la total verdad...- había llegado a la conclusión de que no ganaba nada escondiéndoles a sus tíos lo que pensaba.

-Explícate, muchacho, no tenemos todo el día – gruño su tío. Estaba muy pálido, y miraba a Dudley con aprensión.

-Bueno, lo que quiero decir es que...Tal vez alguien mas le haya echado un maleficio, alguien fuera de la casa. Hay hechizos que sirven para hacer que la víctima confiese cualquier cosa que se le pregunte, pero se requiere magia mas avanzada y son métodos peligrosos, de tortura. – les explicó. – Podría preguntarle que ha pasado, pero...No se si me responderá.

-Hazlo – le ordenaron su tíos al unísono. Parecían muy atemorizados.

-Dudley, tu has...¿Has estado con algún mago?

-¿Mago¿Qué es un mago? – preguntó Dudley, desconcertado, al tiempo que su madre comenzaba a sollozar por la salud mental de su hijo.

-¿Has visto una de estas cosas¿Una varita? No ésta, otra varita, de otro mago. ¿Has visto una? – le preguntó, mostrándole la varita que sostenía firmemente en la mano.

-Claro que si – le dijo su primo resueltamente.

-¿Quién la tenía? – le preguntó Harry, desconcertado, pero a la vez desesperado. Su primo decia las cosas con total naturalidad y eso solo podía significar una cosa...

-Yo – respondió una voz fría detrás de él.