III.

Desde que Francis empezó a cantar con regularidad en las tardes, el pub fue teniendo un poco de popularidad cada vez. Tanto, que ahora era evidente que Arthur no podía atender ambos, la barra y las mesas, al mismo tiempo.

Así que, tragándose su orgullo, contrató un mesero.

Fue algo frustrante, porque contrario al cantante, los candidatos llegaron la misma tarde que puso el anuncio junto a la puerta.

Varias personas fueron a pedir el trabajo, pero en la tarde cuando Elizabeta y Roderich llegaron, la mujer casi pone el lugar patas arriba reclamándole que ella podía ayudarle sin problemas. Arthur aceptó por dos razones. La primera, fue que ya podía considerarla alguien de confianza. La segunda, fue que ella seguro nunca lo perdonaría por el resto de su vida si la rechazaba.

Así, Arthur contrató a una sola persona que consideraba «desconocida». Un joven norteamericano, que estaba a punto de culminar sus estudios universitarios. Tenía un buen currículum; además de que un estudiante buscando trabajo de medio tiempo inspiraba más confianza que un solterón en sus cuarentas y con cara de odiar a todo el mundo.

Arthur no era nadie para juzgar respecto a ese tema, pues sabía que siempre estaba frunciendo el ceño y que rara vez sonreía; pero él era el dueño. Razón suficiente para contratar al joven de sonrisa radiante: Alfred F. Jones.

Y parecía una buena adición al pub. Ahora, además de tener Roderich y Francis con el ambiente, contaba con dos amables meseros. Y encima, una era mesera.

Mientras Arthur admiraba su pub, con personas en todas las mesas, no pudo evitar sonreír por un momento. Ahora ni siquiera el frío y las lluvias detenía a las personas de ir y visitar su negocio, siendo que antes nadie se acercaba.

"¡Te veo muy feliz, Arthur!" Dijo Gilbert mientras se desplomaba en un asiento junto a la barra. Seguía sonriendo y hablando en su forma ruidosa de siempre, pero en su rostro se podía notar un tremendo cansancio. "Y entiendo la razón perfectamente. Éste lugar se ve genial."

"Me dejé llevar un momento," Respondió Arthur, y sintió su rostro calentarse un poco. Llenó un tarro con cerveza, y se la pasó a Gilbert. "La casa invita."

"¡¿De verdad?!" Gilbert tomó el tarro, y vació su contenido de un solo trago. "¡Eres el mejor, Arthur! Sabes que un buen trago de cerveza me anima siempre…"

"¿Qué tal el trabajo?" Preguntó Arthur casualmente mientras servía bebidas a otros clientes.

Gilbert suspiró abatido. "Horrible. Nunca había estado peor. El caso actual es un completo dolor de cabeza," Fue solo un segundo, pero Arthur pudo notar cómo el usual semblante feliz de Gilbert se contorsionaba en uno de completa amargura. Rara vez aquel hombre se veía así.

"¿Quieres hablar de ello?"

"Mejor no," Gilbert sonrió de nuevo, intentando recuperarse de su mal momento. "Prefiero escuchar a Francis cantar un poco. Seguro así todas mis penas se van volando, ¿cierto?"

Arthur frunció el entrecejo al ver la expresión burlona que Gilbert le había dedicado. Decidió no comentar nada, y apreciar en silencio la música.

Francis prefería las canciones de los años cuarenta y cincuenta, eso ya todos lo sabían. A veces, señores mayores le pedían ciertas canciones, y hasta ahora Francis las había cantado todas. Hubo ocasiones en que cantaba sin seguimiento de piano, pues Roderich no siempre ubicaba las piezas. Aunque después de escucharla una vez, le era muy fácil seguir a Francis; después de todo, Roderich era un excelente pianista y tenía un gran sentido del ritmo.

Usualmente cantaba adaptaciones inglesas, pero cuando cantaba algo en francés, era como escuchar la perfección. Y no eran exageraciones de Arthur. Todos en el pub lo sabían. Incluso Elizabeta y Alfred a veces dejaban lo que estaban haciendo para apreciar las canciones, y Arthur no podía culparlos. Era simplemente inevitable.

Francis solo cantaba pocas canciones en el transcurso de la tarde, y nunca seguidas. Se tomaba algo de tiempo para descansar y conversar con las clientas. Al principio Arthur estaba en contra de esto, pero luego se dio cuenta de que Francis en verdad solo respondía por ser cortés. Siempre mostrando el respeto que se merecían las clientas; nunca pasándose de la raya. Verlo actuar tan caballeroso era casi tan hipnotizante como verlo moverse al compás de la música.

Arthur no se había percatado de que no dejaba de mirar a Francis, hasta que Gilbert le llamó. Una vez atendió a los clientes en la barra, dirigió su mirada a Gilbert de nuevo, y el hombre estaba sonriendo de forma sospechosa.

"¿Qué tienes?" Preguntó Arthur, algo molesto por la expresión con que el albino lo veía.

"Oh, nada…" Gilbert empezó a jugar distraídamente con el tarro que tenía enfrente. "¿Ya te estás acostumbrando a Francis? Sé que es imposible que se lleven bien de la nada, pero es una buena persona."

"Es competente en su trabajo," Dijo Arthur de forma monótona. "Eso ya es ganancia."

"¡Artie!" Llamó la voz de Alfred mientras se acercaba a la barra. "¿Me alcanzas una servilleta? El señor Wilhelm derramó algo de ron en su mesa."

"Trabajando duro, ¿no, Alfred?" Comentó Gilbert. El muchacho solo sonrió, y luego de tomar la servilleta, de nuevo se alejó rumbo a las mesas. "Es un joven muy dedicado, Artie."

"No empieces tú también, o todos creerán que me pueden poner apodos extraños," Arthur dijo mientras juntaba las cejas en disgusto.

"¿Te gusta más que te diga cejas, entonces?"

Arthur solo gruñó, y se alejó de Gilbert para atender otros clientes.

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"Buen trabajo hoy," Dijo Elizabeta hacia Alfred mientras dejaba su delantal en la barra. "Este lugar de verdad se llena de personas cuando menos lo esperas."

"Y yo que pensaba que iba a ser un trabajo fácil…" Suspiró Alfred en respuesta. "Cuando pasaba por aquí para ir a la escuela, nunca vi tantas personas…"

"Es porque ahora me tienen a mí, amigo mío," Intervino Francis, en el tono egocéntrico que tanto le gustaba usar. "¡Yo le doy vida a este lugar!"

"De verdad cantas hermoso, Francis," Alfred respondió mientras se ponía una mano en la barbilla. "Pero cuando dejas de cantar, eres… insoportable, se podría decir."

En el instante, Elizabeta y Gilbert soltaron una enorme carcajada al unísono. Roderich bufó despacio, también divertido por la forma tan sincera y sin intención de ofender en que Alfred había hablado. Arthur asintió fervientemente, pues lo que había dicho el muchacho era justo lo que él pensaba. Por otro lado, Francis parecía a punto de morir asfixiado.

"¡Vamos, vamos!" Dijo Gilbert entre risas, para después darle unas palmadas a Francis en la espalda. "¡No te lo tomes a mal! El chico solo dice lo que piensa sin medir sus palabras."

"¡Cada vez me agradas más, Alfred!" Dijo Elizabeta, quitándose una lágrima de la mejilla.

"¡Esto es inaudito!" Exclamó Francis por fin, sin aliento. Se sentó sin elegancia, y dejó caer su cabeza en la barra. Su cabello quedó desparramado justo frente a Arthur, quien instintivamente levantó una mano para pasar sus dedos por aquella rubia cabellera. Cuando se dio cuenta, inmediatamente cambió su acción, y terminó golpeando al otro ligeramente en la cabeza.

"No cabello en mi bar," Dijo Arthur para disfrazar mejor su extraño comportamiento. Francis no levantó la mirada, pero Elizabeta y Gilbert lo vieron con expresiones divertidas. Para su suerte, nadie comentó nada.

Luego de un rato, todos se despidieron, y salieron del pub para ir a sus casas a descansar. El último cliente se había ido temprano.

Y como todas las noches por las pasadas semanas, Francis y Arthur seguían ahí.

"Quítate," Dijo Arthur sin molestarse en ser amable, pues estaba limpiando la barra y Francis aún tenía la cabeza en ella.

"Si no tuvieras éste lugar," Respondió Francis, mientras levantaba la cabeza. "¿Qué harías?"

Arthur estuvo a punto de perder la paciencia, pues Francis parecía muy insistente en ese tema desde que dio su discurso sobre felicidad; sin embargo, algo en aquellos ojos azules lo obligó a responder. "No lo sé," Dijo, con sinceridad.

"Hasta ahora, he sufrido muchas situaciones desfavorables," Continuó Francis. "Pero he vivido plenamente. Y tú… ¿vives así?"

"Lo intento."

Ante la incertidumbre del otro, Francis sonrió. No pudo evitar pensar que Arthur se veía lindo haciendo ese pequeño puchero, levantando ligeramente los labios con incomodidad. "¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?"

Arthur lo consideró un momento. "Leer. Me gusta leer."

"¡Me lo imaginaba!" Aplaudió Francis, feliz ante la revelación. "¿Qué tipo de libros te gustan más?"

"De todo. Me gusta… leer enciclopedias…" Dijo Arthur, cada vez más despacio, pues se estaba arrepintiendo de admitirlo. Quizá Francis pensaría que era extraño. Justo como lo pensaban sus hermanos.

"¡Ah, el conocimiento!" Exclamó el otro, en tono dramático. "Me parece perfecto. ¿Y no te gustan las novelas?"

"Claro," Respondió Arthur, quizá más entusiasmado de lo que quería. A Francis no le parecía extraño lo que le gustaba leer, y eso lo ponía de un inusual buen humor. "Especialmente… las novelas de misterios."

"Magnífico," Dijo Francis, sonriendo ampliamente. Arthur no estaba sonriendo, ni siquiera cerca; pero por la forma en que sus ojos verdes brillaban, Francis podía notar que le gustaba hablar de aquello. "Aunque a mí me gustan más los romances."

"Demasiado empalagoso, no los soporto," Respondió Arthur rápidamente, pero se retractó en el instante. "¡No! Digo… a mí, en lo personal, no me gustan…"

Francis sonrió con dulzura; de forma incluso más empalagosa que las novelas de romance. Y a Arthur no le importó en lo más mínimo. De hecho, podría acostumbrarse a ese tipo de sonrisas. "No importa. Me agrada que puedas hablar tan entusiasmado de algo."

"No es la gran cosa…" Arthur sintió el calor invadir sus orejas, a pesar de que afuera ya empezaba a hacer frío. "Solo… lo hago para pasar el tiempo."

"Y aun así, es lo que te gusta," Afirmó Francis.

Arthur estuvo un momento en silencio, y no pudo reprimir la necesidad de preguntar: "¿Por qué quieres saber todo esto?"

"Es normal," Francis se levantó y se acercó al perchero junto a la puerta para tomar su abrigo. Luego, volteó hacia Arthur. "Tú me escuchas todas las tardes haciendo lo que más me gusta. Me parece justo saber qué es lo que de verdad te gusta a ti."

Y sin agregar más, Francis salió del establecimiento.

.

Quizá era solo su imaginación. Tal vez simplemente era coincidencia. Sin embargo, cada vez que Arthur volteaba hacia Francis mientras cantaba, el hombre lo estaba viendo. Era algo extraño. Hasta ahora, Francis siempre se había concentrado en mandar miradas coquetas a sus admiradoras. Pero ahora, Arthur podía sentir la mirada del otro en su espalda.

Francis ya no se sentaba a conversar con las clientas. Simplemente las saludaba, preguntaba cómo estuvo su día, les hablaba un poco en francés para complacerlas, e inmediatamente después se dirigía a la barra. En ahora muy raras ocasiones, Gilbert lo acompañaba. Si Gilbert no estaba, Francis no hablaba. Solo se quedaba ahí, ocupando espacio, y observando a Arthur trabajar. Era extenuante.

Sin embargo, al voltear en su dirección, Francis sonreía. Sonreía como si no le importara nada, siempre que estuviera cerca de Arthur. Y Arthur deseaba que terminara con las actuaciones. Pero no podía decirlo. Porque sabía, que muy en lo profundo de su ser, en realidad no deseaba que Francis dejara las actuaciones. Porque aunque fuera mentira, le gustaba creer que Francis de verdad solo lo estaba viendo a él.

Escucharlo cantar ahora era como un vicio, y más si aquel hombre le mandaba esas discretas miradas de vez en cuando. Arthur se sentía sobrecogido en cada momento; todo por culpa de aquel molesto francés exagerado, egocéntrico y con unos ojos y una sonrisa que lo hacían derretirse y no lo dejaban vivir. Y el hombre lo sabía; seguro lo sabía.

"Es una hermosa ciudad, de verdad," Seguía Francis hablando de sus viajes. Ahora se sentaban uno junto al otro; ya no había distancias cuidadosas entre ellos. "¿A dónde has viajado tú, Arthur?"

"A ningún lado," Dijo Arthur simplemente, sirviéndose un poco más de ale.

Francis no podía quitar su cara de incredulidad. "¡No es posible! ¿Nunca has salido de ésta ciudad?"

"No," Respondió, arrastrando el sonido hasta llegar a una leve nota musical.

"Ya sabemos qué hay que corregir, entonces," Dijo Francis, juntando ambas palmas silenciosamente. "¿A dónde te gustaría que viajemos?"

"¿Perdón?" Arthur no pudo evitar dejar escapar una pequeña risa atónita.

"Ya que nunca has ido a ningún lado… ¡Ya sé!" Respondió Francis, luego de registrar perfectamente el sonido de la risa de Arthur. "Podríamos atravesar Kent, luego tomar un barco, e ir a Francia por el estrecho de Calais."

"¿Y por qué asumes que querré ir a algún lugar contigo?" En la voz de Arthur aún quedaban rastros de diversión, y no podía ocultarlo.

"Soy un experto en viajar sin rumbo," Dijo Francis, orgulloso. "Además, soy un deleite. Cualquiera se moriría por ir conmigo incluso a la siguiente cuadra."

Arthur bufó, y ésta vez, rió un poco más fuerte. "Pues yo no, al menos. Yo preferiría ir lo más lejos posible de ti."

Francis se quedó un momento de forma atolondrada, viendo a Arthur reír. Intentó grabarlo en su memoria. La forma en que sus mejillas se ponían coloradas mientras cerraba ligeramente los ojos, y el arco invertido que hacían sus cejas contra sus párpados. Y la mejor parte: su risa. Podría sentarse ahí por siempre solo escuchando ese hermoso sonido. Francis pensó que era injusto que un adulto de casi treinta años se viera tan adorable riendo.

"¿Por qué te quedas callado?" Preguntó Arthur, al notar que Francis no dejaba de verlo con una enorme sonrisa en su rostro.

"Disculpa. Es que no tengo muchas oportunidades de escucharte reír," Francis no podía dejar de sonreír mientras hablaba.

Arthur sintió al instante su cuello arder de vergüenza. "Ah… no es tan extraño. Incluso yo puedo reír."

"Claro que puedes," Se apresuró Francis a responder. "Y si lo hicieras más a menudo, éste lugar no necesitaría de un cantante de segunda para estar lleno de personas."

Hubo silencio mucho rato, pues Arthur no supo cómo responder. Se vio incapaz de procesar todo lo que Francis había insinuado en tan solo un comentario. Esperaba que el calor de su rostro no se notara por la oscuridad de la noche.

"No es así," Dijo por fin. "No me puedes comparar a mí con tu voz. Es ridículo."

"No le veo lo ridículo en ningún lado," Respondió Francis simplemente.

Arthur sintió el enojo recorrerle el cuerpo. De repente se encontró muy frustrado. "¡Lo es, es ridículo!" Al menos, pudo controlar su voz para que no llegara a ser un grito. "Tú cantas hermoso, tienes carisma y has vivido de la forma en que siempre quisiste… Yo… Yo solo vivo resentido conmigo mismo. Soy un cobarde que no pudo decir lo que quería, por miedo a que mami y papi se enfadaran," Terminó en tono de burla, y apretó los puños.

"No estoy seguro si entendí," Comentó Francis lo más rápido que pudo. "Pero eso no te hace un cobarde. Uno toma decisiones basándose en lo que cree que es mejor. Puede que ahora te arrepientas, pero en ese momento seguro pensaste que era lo correcto. Y tomaste la decisión, a pesar de que estaba en contra de lo que querías," Francis estiró los brazos, y tomó entre sus manos las mismas de Arthur. "Eso, es un acto de valentía."

Arthur se quedó atónito en su lugar. Sus ojos encontraron los de Francis, y estaba seguro de que si se veían por un segundo más, no podría apartar la vista nunca. Sus manos eran tan suaves. No sabía si sería capaz soportar esa situación antes de salir corriendo, lejos de ahí.

"Yo soy un cobarde," Continuó Francis, volteando ahora hacia el piso y sin apartar sus manos. "Tomé una decisión egoísta y me fui de casa. Incluso me alejé de Francia misma, por un capricho."

Arthur estuvo a punto de responder, indignado, pero Francis no se lo permitió. "¡Lo sé! Sé que en ese momento creí que era la decisión correcta. Incluso ahora lo creo. Pero yo no pude afrontar la realidad. Tú estás aquí, haciendo hasta lo imposible porque tu negocio salga a flote, y yo…" Francis se detuvo un momento, y tragó saliva pesadamente. "Yo me vi acorralado por la falta de oportunidades e intenté huir de lo inevitable."

Esto era insoportable. Francis, quien siempre le sonreía de tal forma que lo hacía olvidar todo lo malo, y que nunca se mostraba decaído… Esa misma persona, estaba frente a él, encorvado en su lugar con decepción. Se veía diminuto, insignificante. Y Arthur no podía permitir eso.

"No huiste," Dijo Arthur, mientras le rogaba a su cabeza que pensara en algo inteligente. Ahora era su turno para apretar ligeramente las manos de Francis. "Del destino no se escapa. Todo está escrito. Estabas destinado a alejarte de tu hogar, estabas destinado a conocer a Gilbert, porque así, te hablaría de este lugar. Estabas destinado a venir aquí, buscando nuevas oportunidades…"

Francis no hablaba. Solo se quedó viendo a Arthur, de forma intensa, como buscando algo. Quizá una pizca de mentira o titubeo.

"Y estaba destinado a conocerte," Respondió Francis, luego de largo rato. Arthur no supo cómo interpretarlo, así que esperó a que el otro hablara de nuevo. Pero el hombre se quedó en su lugar, en silencio, sin apartar la vista de Arthur. En sus ojos se reflejaba una enorme y contagiosa tranquilidad. El silencio no era incómodo. Se sentía incluso agradable, como si estando junto a aquel hombre no se necesitaran palabras.

Y entonces, Francis se levantó sin decir nada. Dejó la misma cantidad de dinero de siempre en la barra, fue por su abrigo, y salió del pub.

Arthur se quedó estupefacto en su lugar, sin poder procesar lo que acababa de acontecer.

.

Al día siguiente, en la tarde, cuando ya era hora de que los músicos empezaran a trabajar, Francis llegó al pub como si nada hubiera pasado el día anterior. Saludó a todos con sus ánimos de siempre, incluso decía sus típicos comentarios para hacer enojar a Arthur. Sin embargo, había algo diferente.

Mientras estuvo cantando, no volteó hacia la barra en ningún momento. Como si de un instante a otro, Arthur hubiera dejado de existir para él. En un principio no le tomó importancia, pero cuando vio que Francis retomó su antigua costumbre de sentarse con las clientas, se empezó a preocupar.

Quizá había dicho alguna verdadera estupidez en esa noche, y Francis no podría olvidarlo fácilmente. Seguro había echado a perder completamente el progreso que habían logrado hasta ahora, justo como lo hacía con todo en su vida.

Estuvo más torpe de lo normal en la tarde, por pensar cosas innecesarias. Se le llegaron a caer solo dos copas, pero eran de su vajilla favorita. Si Gilbert hubiera estado ahí, no habría podido mentir fácilmente como lo hizo con Alfred y Elizabeta. No pudo disfrutar de la música. Solo estuvo deseando que el día se terminara.

Al irse el último cliente, justo como Arthur se temía, Francis no se sentó junto a la barra; en cambio, fue al perchero por su abrigo, y se dispuso a marcharse.

Ya había abierto la puerta del pub, cuando Arthur no pudo soportar más. "Francis…" Le llamó, despacio.

Apenas fue audible, y aún así, Francis lo escuchó perfectamente. Dio un giro sobre sus talones, y se quedó un rato viendo hacia la barra.

"¿Te encuentras bien?" Preguntó Arthur, inseguro.

"Estoy muy bien," Respondió.

Arthur tragó saliva, e intentó de nuevo. "Hoy te has comportado algo extraño…" Comentó, con la mirada abajo.

"Arthur," Dijo Francis, con un tono de voz serio y decidido; se escuchaba casi como un extraño. Claramente le estaba pidiendo a Arthur que levantara la vista. Continuó hablando mientras se acercaba a la barra. "¿Quieres saber lo que me pasa?"

"Si no me interesara, no te preguntaría, idiota," Respondió, y de nuevo estaba mirando hacia abajo. Esperaba que su vergüenza no se le notara en el rostro.

Francis rió un poco. Habló una vez estuvo frente a Arthur. "Si te hablo de mis problemas, ¿me prometes que lo tomarás en serio?"

Arthur asintió, y levantó la vista.

"Muy bien, veamos…" Francis esperó un momento. "Si te digo que me gustas, ¿cómo responderías?"

Arthur no dudó ni un segundo. "Te respondería: «déjate de idioteces y busca una chica que te crea»."

Casi de inmediato, Francis estaba sentado frente a la barra, riendo como loco. "Es increíble que siempre te quieras esconder detrás de insultos," Dijo entre risas. "Pero no importa. No importa, porque me encanta eso de ti."

"¿Podrías dejar de balbucear tonterías?" Se quejó Arthur mientras limpiaba unas cuantas copas, con tal de distraerse un poco.

"Ya lavaste esos antes, Arthur. No deberías intentar esconder tus sentimientos tan desesperadamente."

"No intento nada."

"Me di cuenta, sabes," Comentó de forma casual. "Fuiste un desastre hoy. Rompiste varias copas."

Arthur dejó de limpiar la ya reluciente vajilla, y salió de la barra. "Se resbalaron, es todo."

"Discúlpame si te preocupé por mi actitud," Dijo Francis, sonriendo con arrepentimiento. "Yo tampoco he podido concentrarme en todo el día. He estado pensando."

"¿Pensando?" Preguntó mientras se sentaba junto a Francis.

"Lo que me dijiste. Sobre el destino y todo eso," Respondió. "Aunque yo en realidad no creo en el destino."

"Lo siento si dije algo estúpido…" Murmuró Arthur, apenado por lo que había dicho el día anterior.

"Oh, no, claro que no," Le aseguró Francis. "De hecho, fue muy romántico. Nunca me esperé algo así de ti."

Si antes Arthur sentía que iba explotar de la vergüenza, en ese momento quizá y sus sospechas se cumplían. "No… no lo dije… no fue…"

"No tuve ninguna razón para mudarme aquí," Dijo Francis de repente. "De verdad. No hay un motivo oculto; nada. Fue un simple capricho. Estaba con Antonio y Gilbert, conversando sobre el futuro de forma despreocupada. Y de repente, me llegó esa idea. Fue un espontáneo «creo que me mudaré a Inglaterra». Gilbert me habló sobre éste lugar, y me aseguró que me iba apoyar en cualquier cosa que necesitara. Me pareció fácil venir, ¿sabes?"

"De verdad sigues cualquier idea que se te atraviese…" Comentó Arthur, incrédulo.

"Fue una buena decisión," Francis rió un poco. "Aunque no me gusta el clima, y las personas son muy serias para mi agrado. También se siente muy acorralado, como que no hay suficiente espacio. Sin embargo, me encanta Londres."

"¿Cómo es posible? Prácticamente acabas de decir que no te gusta…"

"¡Claro que no! Me gusta la arquitectura, también el olor de los pubs," Empezó Francis a recitar una pequeña lista. "¿Y cómo se supone que no me guste, si tú estás aquí?"

"Y yo soy el que dice cosas cursis…"

"Vamos, intento hablarte de algo serio," Dijo Francis, mientras inflaba las mejillas como si fuera un niño haciendo berrinches. "En realidad, estoy aquí por un capricho," De nuevo, Francis habló con seriedad. "Puede que no crea en el destino, pero es un hecho que gracias a ese capricho pude conocerte."

"¿Quieres dejar de hablar de mí como si fuera la gran cosa? Empieza a molestarme," Gruñó Arthur, para después servir vino en dos copas.

Continuaron hablando como lo hacían todos los días. De esa forma despreocupada y agradable. Hubo momentos en que dejaban de hablar, pero no importaba. Incluso el silencio era digno de apreciarse mientras estuvieran juntos.

"El grupo de teatro al que asisto todas las mañanas no está muy lejos de aquí," Seguía relatando Francis, mientras apuntaba en una dirección de forma holgazana. "Me queda de camino a mi apartamento."

"Vives en el mismo complejo que Gilbert, ¿cierto?"

"Así es. No muy lejos de Alfred, según me ha contado."

"Los apartamentos… ¿son muy pequeños?" Preguntó Arthur, la curiosidad repentinamente invadiéndolo.

"Algunos. Pero si vives solo, el tamaño es perfecto," Dijo Francis al tomar un sorbo de vino.

"Mi familia es muy grande," Empezó Arthur. "Siempre he vivido en una casa enorme, pero nunca vacía. Somos muchos hermanos."

"Debe ser difícil vivir solo en una casa grande."

"Lo difícil es limpiarla," Comentó Arthur con sorna. "Pero sí. Por más que odiara a mis hermanos, estaba acostumbrado a verlos en cada rincón de la casa."

"De alguna forma me alegra no tener hermanos," Francis sonrió. "Siempre que hablas de ellos se escucha como un dolor de cabeza."

"Para mi mamá era un dolor de cabeza. Pobre mujer, le debo tantas disculpas."

Hablaron de cada cosa trivial que les pasaba por la mente. Simplemente disfrutando la compañía del otro, sin pensar en situaciones complicadas.

Y las horas pasaron desapercibidas frente a ellos. Pero llegó el momento en que Francis sacó la cantidad de dinero que siempre dejaba en la barra, listo para despedirse.

Le deseó buenas noches, y dio media vuelta, dispuesto a tomar su abrigo. Así, sin más. Arthur sintió cómo lentamente aquella misteriosa parte de él se alejaba, y no pudo soportarlo de nuevo. Estiró un brazo, para tomar la manga de la camisa de Francis.

El hombre se detuvo abruptamente, y volteó su mirada a Arthur. Arthur no dijo nada; no podía decir nada. Y no fue necesario. Francis inmediatamente lo atrajo contra sí, enredándolo en un cálido, placentero, y perfecto abrazo. La forma en que sus cuerpos encajaron, fue como si hubieran crecido justo a la medida para ese instante. Ninguno de los dos quería apartarse, ninguno de los dos quería que el tiempo siguiera andando.

Pero debían despertar de su fantasía.

"Arthur…" Suspiró Francis contra el cuello del otro. Arthur no pudo evitar el escalofrío que recorrió su cuerpo.

Se acercó más, y se aferró a la camisa que llevaba Francis, pues sabía muy bien lo que el otro le quería decir. No pudo lograr que ninguna palabra saliera de su boca, así que simplemente negó con la cabeza.

"Ya es tarde," Dijo Francis mientras acariciaba el cabello de Arthur con una mano. "Debo irme."

"No…" Arthur se apartó un poco para poder hablar con más comodidad. "No puedes andar por ahí solo a estas horas," Dijo, mirando hacia abajo para ocultar su vergüenza. Luego, apretó un poco su agarre, y murmuró. "Quédate…"

"¿Qué cosa?" Preguntó Francis, en tono de fingida inocencia.

Hubo un breve silencio. Arthur no podía creer la forma en que aquel hombre se las ingeniaba para llevarlo desde el paraíso hasta el infierno en un segundo.

"Nada," Respondió, perdiendo la paciencia. Intentó alejarse, pero Francis no se lo permitió. "¿Qué no te ibas? Suéltame."

"Estaba pensando," Dijo Francis, abrazando a Arthur con delicadeza. "Que no serías tan lindo si fueras más directo al hablar; pero me gustaría escuchar tus palabras sinceras al menos una vez."

Arthur se apartó bruscamente y vio a Francis con enojo. "¿Te quedas o no?"

"No he traído ropa," Dijo mientras levantaba una ceja.

"No la necesitarás," Arthur se apartó y fue a cerrar la puerta del pub. Luego regresó, y tomó a Francis de la mano. "Vamos."

"No voy a salir corriendo, ¿sabes?" Se burló Francis mientras Arthur lo guiaba hasta la puerta por donde se entraba a la casa.

No pudo apreciar bien el lugar, pues estaba muy distraído en la mano de Arthur contra la suya mientras llegaban hasta una habitación. Una fría y solitaria habitación, en la que Arthur tenía que forzarse a dormir todas las noches.

Pero no esa noche. Esa noche, sería el lugar más cálido en todo el planeta.


Notas:

Tardé un poco en actualizar porque a última hora me pareció que fue un desarrollo muy rápido, pero a final de cuentas decidí dejarlo como estaba.

Las personas dicen que cuando alguien escribe, deja una parte de sí mismo en las líneas. Siguiendo esa teoría, en éste capítulo dejé tres cuartos de mi ser actual.

Si alguien sigue leyendo, estoy muy feliz.

Muchas gracias, Kayla, por tus comentarios.