Pende la mitad de su cabellera con un listón amarillo y peina con sus dedos los mechones de cabellos que caen sueltos por sus hombros.
Ciertamente, nunca ha sido de aquellas chicas que llevan a todo sitio un espejo de bolsillo, ni de las que retocan coquetas su maquillaje en los bancos de las plazas públicas, pero de vez en cuando y como toda chica, según cree, gusta reafirmar un poco su seguridad en sí misma cuando la misma da indicios de decaer.
Y es que los ánimos estos últimos días no han sido los mejores...¿El motivo? Su cargante ex que insiste en revivirlo todo, en poner a gente en su contra, en pintarla como la malvada en la historia.
Pero, al menos, ella conoce la falsedad con que el buen Hibiki insiste en cubrir sus propias faltas. Parecer él la víctima de todo el asunto es, por supuesto, mas conveniente que convencerse y dar a entender al resto, que él mismo la guió por el camino del aburrimiento y la monotonía, y por tanto, a un rompimiento inminente.
Pellizca sus mejillas para darles color, antes de dirigir sus pasos a la puerta. Pasos cortos y un poco inseguros, porque la verdad pensar en Hibiki la pone un poco nerviosa.
Da la vuelta para avanzar por el pasillo en dirección a la última clase del día, cuando una figura le obstruye el paso, y ha juzgar por su pose : Manos en las caderas, rostro ladeado y mirar entrecerrado; sabe que no ha sido coincidencia encontrársela.
-Ukyo -pronuncia arrugando el ceño, haciéndose una idea del por qué es arribada de ese modo.
-Akane, ¿Qué le hiciste ayer a Ryoga? - habla en un tono golpeado, cruzada de brazos.
La de cabello azulado recién peinado entorna la mirada, sintiendo como si aquellas palabras hubiesen echado mas rocas a su espalda. De pronto, en lugar de asistir a clases sólo desea la privacidad de su habitación, la comodidad de su cama y que, si es posible, el sueño acuda pronto porque de lo contrario tal y como la noche anterior, arderá su mente en pensamientos inquietantes y memorias que hablan de resentimientos ajenos.
-Le dije que me estaba pareciendo una molestia, y es verdad - se sincera, elevando su tono de voz.
-¿Tú sabes que él está sufriendo verdad? Pudiste ahorrarte tus palabras hirientes.
-Sí, pude -concede Akane, encogiéndose de hombros- Pero no quise, porque es hora de que él lo comprenda - achica la mirada para agregar -Él se victimiza, Ukyo, y ya estoy cansada.
-¿Qué dices? - exclama la castaña avanzando hacia ella intimidante -Tú no tienes corazón, Akane. No entiendo cómo un chico tan dulce como Ryoga pudo fijarse en una chica como tú.
Se separa reflejando repulsión en su rostro, como si al acercarse más a ella, su personalidad pudiera contagiarse. Sin esperar por una respuesta, Ukyo le da la espalda y se va ...
Akane aprieta los labios y esconde las manos en los bolsillos de su sudadera, antes de dar media vuelta y caminar en sentido contrario.
Arriba el cielo entre blanco y gris parece reflejar con ironía los ánimos, y la quietud del ambiente da escalofríos a quién se aferra a premoniciones climáticas.
Ranma camina con la bolsa llena de verduras en dirección al departamento. Tras acabar con sus clases fue a dejar su mochila y enseguida a conseguir mercadería.
Vivir en un sitio en que ambos son hombres es tarea dura. Suelen olvidar elementos importantes, o quizás "olvidar" no es precisamente el término a calificar la situación sino pereza y la espera a que el otro se canse y corra con las tediosas tareas que ambos insisten en eludir.
También es un hecho que el departamento pase hecho un desastre, que a veces transcurran días las prendas tendidas, que los platos y utensilios sucios pasen demasiado tiempo en el fregadero sin que ninguno de los dos se inmute en lo más mínimo, y que tal vez con un poco suerte se de la necesidad de requerir algún utensilio sucio, éste se busque en el fregadero y sólo éste sea lavado, discriminando al resto porque "mientras tanto" no se necesitan.
Suspira ...Aquel dicho antiguo de "Todo tiempo fue mejor" nunca le fue tan certero, nunca se apegó tanto a su realidad como la misma nostalgia que arrastra el dicho.
Antes su madre se encargaba de cocinar y mantener todo limpio y en su lugar lo que había en la vivienda...¡Ahhh, cuánto añora esos días! ...Tal vez pase a verla un día de estos. Seguro se siente muy sola.
La humedad le despierta de sus recuerdos gratos para devolverle el presente de modo desconcertante.
A lo lejos se oyen relámpagos y la lluvia ha hecho que todos los transeúntes corran de un lado a otro con sus maletines, carteras, o lo que tengan a mano sosteniéndolo sobre sus cabezas.
Ranma con una mano lleva su trenza hacia adelante y alcanza a verificar el rojizo de sus cabellos. Mira mas abajo y se fija en un prominente bulto a la altura del pecho.
Se pasa la mano por el rostro en señal de frustración, ¡Como detesta estos imprevistos! ...
Con ambas manos agarra mejor la bolsa y continúa su camino de pronto muy cabreado, pero a diferencia del resto, él... o ella, mejor dicho, no muestra ningún apuro por protegerse de la humedad. Camina muy tranquila, como lo hacía antes de la precipitación.
En esto...Alguien choca contra su espalda y, según lo que percibe, aquel segundo cuerpo cae de bruces hacia atrás.
La pelirroja, de baja estatura y grandes ojos azul oscuro, da la vuelta y tal es su sorpresa al encontrar en el suelo a la misma Tendo Akane, empapada y bastante pálida.
Contrayendo en su rostro en una expresión de ...¿Miedo? Retrocede un poco, pero es curioso que la misma urgencia por marcharse le clave los pies donde ahí mismo.
-Saotome Ranko - pronuncia Akane al enfocarla, y enseguida nota un particular detalle en ella.
-Ho-Hola - tartamudea, maldiciéndose para sus adentros mientras con una seguridad imaginaria vuelve hacia ella para extender su mano -Lo siento ¿Te ayudo?
Con una desconfianza extraña Tendo mira la mano que le es ofrecida, para luego pestañear seguido y esbozar una sonrisa de medio lado.
-Gracias - agarra la mano y tira de ella lo suficiente para ponerse de pie, luego recoge su mochila empapada- Que coincidencia, no esperaba volver a verte.
-Yo tampoco - contesta la pelirroja, asumiendo que esta es su oportunidad para irse de ahí -¿No te pasó nada verdad? Esto... yo... me voy.
Hace un gesto con la mano a modo de despedida, y da media vuelta. No alcanza a avanzar mas de cinco pasos cuando su camiseta roja es jalada desde atrás.
La pelirroja vuelve a enfrentarla con una sonrisa forzada.
-¿Sí?
La lluvia les pega mechones de cabello en el rostro, están completamente empapadas y con el frío calándoles hasta los huesos, sin embargo...
-¿Pasa algo? ¿Por qué te me quedas viendo sin decir nada? - ya no queda rastro de gesto amable alguno.
Akane cabecea negativamente, sintiéndose tonta balbucea:
-E-Es que yo...yo...lo siento, es ... ¡Olvídalo! - exclama y pasa por al lado de ella caminando por delante, con su mochila agarrada a su espalda y mirando al frente.
Un pitido de un camión cuyas luces encendidas la alumbran. Akane voltea y abre sus ojos desmesuradamente conteniendo el aliento. Ya casi podía sentir el impacto final que culminaría en un accidente trágico, cuando un par de brazos delgados la abrazan, interponiéndose entre ella y el ruidoso camión... y luego...todo se vuelve negro.
Abre sus ojos con lentitud. Le escuecen y siente deseos de rascarse los párpados.
Siente sus extremidades adormecidas y levemente adoloridas. La oscuridad del cuarto es absorbente, angustiante, casi maligna.
El olor a analgésicos se respira y le comunica que se encuentra en la habitación de un hospital.
Le duele el abdomen al intentar incoporarse. Intenta hablar pero su voz no es más que un susurro agónico lamentable.
Se siente cansado, como si hubiera corrido la maratón de su vida.
Opta por quedarse quieto.
Una extraña luz roja en el techo ...Observa la luz roja , la misma que comienza a asfixiarlo. Después de un rato, siente nauseas.
¿Qué ocurre? ...No da con el motivo del por qué está ahí, en esas circunstancias tan extrañas.
Recuerda de pronto, como un flechazo de luz, que en todos los cuartos de hospital hay -o debiera haber- un dichoso botoncito para solicitar la presencia de alguna enfermera de turno.
Intenta mover el cuello, y aunque el movimiento le costó un quejido, consigue identificarlo. Es un botón rojo parpadeante, y se pregunta cómo es que no lo vio antes.
Duelen sus hombros al mover su brazo y duele su abdomen al flexionarse un poco, pero finalmente, consigue presionarlo.
Nunca ha sido una persona religiosa, pero ora en silencio porque el botón haya funcionado.
Tuerce los labios.
Después de unos minutos de calma y quietud en que la luz roja atrajo su atención visual irremediablemente, la puerta se abre y la luz se enciende.
Lo primero que hace es cerrar con fuerza los ojos. El impacto de la luz repentina dañó su vista unos instantes.
-Señor Saotome ...- pronuncia una mujer de voz rasposa.
Abre los ojos y parpadea seguido antes de enfocar a una mujer de avanzada edad, de labios rojos y cabello gris, que lo mira con atención antes de esbozar una sonrisa de dientes amarillos y desgastados.
-Bienvenido, señor Saotome. Ha sido una pelea larga la suya.
-¿Larga? ... - alcanza a decir el chico, de modo apenas audible.
-Cinco años, mi vida, cinco años.
Continuará...
