Capitulo I
Nuestro Último Verano
Estaba ensimismada, perdida en el vaivén de las olas, en como el sol las bañaba con destellos brillantes, después de todo un buen día de sol era raro en La Push, aún en el verano. No me di cuenta de que me hablaban, en ese momento éramos yo y la naturaleza, hasta que, con un golpe seco, mi mejor amigo decidió que la flora local y yo deberíamos tener un trato más cercano.
–¡Quiiil!– grite mientras perseguía al chico de sonrisa picara por la orilla de la playa a la vez que apretaba en mi mano furiosamente el manojo de algas que acababa de lanzarme en la cara. –¡Tengo algo que es tuyo!
–Si quieres que me las coma, ¡primero tendrás que llegar a mí!– dijo a la vez que se lanzaba al agua y empezaba a nadar lejos de mí, hacia donde estaba un chico de largo y brillante cabello negro, Jacob, cuya gran sonrisa pareció agrandarse aun más al ver nuestro comportamiento infantil.
Mis pies tocaron suavemente el agua de la orilla pero, como si me quemase, inmediatamente me aleje de ella. Era estúpido, amaba la playa pero odiaba el agua, siempre había sido así.
–¡No es justo!– le grite haciendo un puchero –Se hombre y déjame golpearte.
–¡Sigue soñando! –dijo mientras me sacaba la lengua, haciendo muecas. –Si fueras un poquito menos gallina…
Fue mi mejor amigo toda mi infancia, y aun después de tanto tiempo seguía siendo un tonto. Lance el alga, irritada por su provocación pero nunca tuve muy buena puntería, así que aterrizo en la cabeza de Jake, quien por primera vez en todo el día perdió su sonrisa.
–¡Hey! No me metan en sus guerras de niños– reaccionó, lanzando el alga a Quil y empezando su propia pelea infantil con él, sólo pude diferenciar algas volando, chapoteos y risas; eran un par de críos esos dos.
–Jade– llamó una tercera voz, me voltee para ver a un chico alto y delgado terminando de secarse el oscuro cabello que le llegaba hasta los hombros con una toalla– ¿Vamos por esas sodas?
Le sonreí a Embry, mi otro mejor amigo y, para mí, el más cuerdo de todos. Empezamos a caminar por la orilla de la playa hacia una cafetería cercana, cuando Quil salió chapoteando del agua con una larguísima alga colgando de su cabeza por todos lados.
–¿A que me veo idéntico a Jake?– exclamó con emoción, mientras se pasaba las manos como peinando su cabellera de alga.– Oigan, ¿A dónde van ustedes dos, eh?
Embry pasó su vista rápidamente de Quil a mí con una sonrisa algo maliciosa, y lo siguiente que supe es que me había lanzado encima de su hombro como un saco de papas y ahora estaba corriendo con Quil siguiéndolo.
Bueno, quizás Embry no era "tan" cuerdo.
–¡Oye! ¡Regrésamela!– decía Quil en tono bromista mientras lo perseguía.
–No, ¡Es mi turno!– le respondió Embry en el mismo tonillo, sin dejar de correr un instante, no me había percatado de la resistencia que tenían, eran delgados pero muy fuertes.
–Si la rompes, ¡te las veras conmigo!– dijo Quil con una sonrisa, quien había dejado de correr y se empezaba a quedar atrás.
–¡No soy una cosa!– les grite a los dos con falsa ofensa; desde pequeños siempre habían sido muy protectores conmigo, así que en parte sabía que era solo un juego.
–No– dijo Embry, mientras me colocaba con suavidad de pie en la arena– Eres una princesa– dijo en voz suave mientras me sonreía, dándome una pequeña palmadita en el tope de mi cabeza.
Caminamos juntos de regreso a nuestras casas, siendo muy jóvenes todos como para manejar todavía; ellos como siempre jugando, molestándose y bromeando los unos con los otros, y yo pensando en otras cosas, viendo en la pantalla de mi cámara las fotos que habíamos tomado hoy.
–¿Estas lista para ser el bicho raro de la escuela mañana, Jade?– preguntó Quil, revolviéndome mi largo cabello marrón oscuro.
–Con ustedes tres, fenómenos, en mi salón, dudo que la gente me ponga mucha atención– le respondí, regresándole también el gesto.
–Sera genial, como en los viejos tiempos– culminó Jake, dejándonos a todos en una nota alegre, estábamos dispuestos a que este fuera un gran año en el instituto.
Ya habían pasado dos meses desde que regrese a La Push a vivir con mi madre de nuevo, y la vida nunca había sido tan buena como ahora.
Jamás pensé que mis palabras hacia ellos resultasen tan ciertas. Tampoco lo rápido que las cosas se iban a empezar a torcer.
