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Parte 2: Capullo

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Eran tiempos de relativa paz, antes de que comenzara la guerra santa. Dohko había sido convocado por el patriarca, quien le había pedido que llevase consigo las armas de Libra. En su ruta hacia el santuario debía atravesar en el templo de Sagitario, donde Sísifo había quedado en entregarle un recado para Atenea. Al llegar recibió una cajita de manos del santo.

–¿Por qué debo ser yo quien la entregue? ¿No podrías ir tú mismo? –preguntó Dohko.

–Es simplemente porque vas de paso –dijo Sísifo. El librano creyó ver un pálido rubor en las mejillas de Sísifo, pero éste se esfumó enseguida. Dohko llegó a la conclusión de que debía de haber sido su imaginación. Miró la cajita cerrada con curiosidad y prometió cumplir con el encargo.

Continuando su camino llegó al templo de Piscis. Albafica, su guardián, era una persona a la que conocía poco. Había escuchado acerca de él, pero entrenaban en lugares distintos y eran pocas las veces en que se habían cruzado. El templo parecía silencioso.

Dohko entró, inseguro de si el lugar estaba vacío o no. Un suave olor a rosas flotaba en el aire. Luego de mirar a su alrededor y comprobar que no había nadie allí, se encogió de hombros y siguió adelante, hasta que fue interrumpido por una voz tan dulce como el aroma que envolvía el templo.

–¿Libra? ¿Qué estás haciendo aquí?

Dohko se volvió hacia la voz. El santo de Piscis estaba parado frente a él, a tan poca distancia que era difícil creer que no hubiera podido escucharlo acercarse. Por primera vez, en el silencio del templo, Dohko lo observó cuidadosamente.

Sus ojos eran de un encantador color líquido, su cabello largo y ondulado. Parecía ser la personificación de una de las estatuas de legendarios efebos que adornaban el santuario. Daba la sensación de estar hecho de un material diferente al del resto de las personas. Su complexión delicada le daba un aspecto frágil, pero Dohko sabía que esta apariencia era engañosa.

–Hola Piscis, ¿cómo estás? –fue lo único que se le ocurrió decir. Al parecer esta no era la respuesta que Albafica esperaba, porque se mostró desconcertado.

–¿No vas a pedirme permiso para cruzar por el templo?

–¿Eh? Supongo que sí, pero de todas maneras ya estoy adentro.

Albafica luchó por no contagiarse de la sonrisa abierta que iluminaba el rostro de Dohko.

–Bueno, aún así podrías pedirme permiso ahora…

–No es mi culpa que no hubieras estado atento a quién entra en tu templo, como te corresponde –dijo Dohko en tono burlón.

Los ojos de Albafica se abrieron como dos enormes platos. Al parecer no había entendido que Dohko estaba bromeando.

–¿Cómo te atreves a decirme lo que tengo que hacer?

A Dohko le pareció divertido el rubor que cubrió de repente las facciones de Albafica, así que no se molestó en explicarse mejor.

–Ahora si me disculpas… tengo que irme –dijo Dohko, siguiendo su camino a través del templo. Albafica se apresuró a pararse frente a él con los puños cerrados.

–No vas a ir a ninguna parte hasta que me demuestres respeto, Libra.

Dohko estaba un poco extrañado por la actitud de Albafica, que apretaba los labios y lo miraba fijamente. El guardián de Libra retrocedió un poco y miró a su alrededor. Se dio la vuelta como para retirarse por la puerta de entrada, pero en lugar de hacerlo comenzó a correr hacia la salida del templo, dejando atrás a un atónito Albafica. Cuando estaba a punto de llegar a la meta sintió que un peso lo derribaba. Sorprendido y un poco dolorido, levantó la cabeza y notó que lo que lo había hecho caer era el mismo Albafica, que estaba ahora en el suelo junto a él, con el cabello revuelto y los ojos llenos de furia.

–¿Eres tonto o qué? ¿Acaso no sabes que hay que tener cuidado con el jardín? –gritó Albafica.

Estaban justo frente al famoso jardín de rosas venenosas. Era un lugar majestuosamente hermoso, pero letal. A pesar de eso, Dohko seguía hallando la situación divertida, en especial al ver a Albafica luchando por desenredar su pelo alborotado.

–Lo había olvidado, ¡disculpa! Te debo una, supongo. –dijo Dohko extendiendo su mano derecha hacia Albafica y dejando escapar una carcajada.

Albafica, todavía rojo de rabia, se quedó mirando la mano abierta de Dohko con desconfianza. Luego de unos momentos se sobrepuso a su orgullo y la tomó, sin poder esconder la sonrisa tímida que nacía en sus labios.

–Sigo pensando que eres un tonto, Libra.

–No sé, puede ser –contestó Dohko encogiéndose de hombros.– ¿Pero por qué no me llamas por mi nombre?

–¿Dohko…? –susurró el otro chico, inseguro. Dohko, que seguía sin poder borrar la sonrisa de su rostro, asintió.– ¡¿Qué es lo que te parece tan gracioso?!

–Tú, para empezar.

–¿Yo? ¿Qué dices?

–No pongas esa cara de enojado. Te ves mejor cuando sonríes.

Albafica se ruborizó, murmurando algo inentendible, pero Dohko notó que estaba mucho más relajado que antes. A pesar de eso, el pisciano se puso de pie y evitó la mirada de Dohko.

–Ya levántate y apártate de ese jardín. Es peligroso. –dijo Albafica, alejándose. Dohko comenzó a caminar tras él, a corta distancia.

–¿Te puedo llamar por tu nombre, Piscis?

–¿Todavía sigues aquí? –Albafica sonaba fastidiado.

–Dame la oportunidad de empezar otra vez, pero de la manera correcta –dijo Dohko, cortándole el paso a su compañero. –Soy Dohko de Libra. ¿Me dejarías atravesar tu templo?

Hubo un momento de silencio en el que ambos se miraron intensamente, como estudiándose con atención.

–Sí… supongo –susurró el santo de Piscis, intentando permanecer serio. Dohko comenzó a reír, y muy a su pesar, Albafica se dejó llevar por esa risa contagiosa. Entonces Dohko pasó sus dedos entre el cabello de Albafica, que quedó paralizado por la sorpresa.

–Ya que siempre tienes que estar aquí, ¿no es peligroso para ti estar en contacto con esas rosas? –Dohko estaba sosteniendo en su mano algunos pétalos que había retirado del pelo de Albafica, quien al verlos los hizo volar de un manotazo.

–¡Cuidado! Yo… he sido entrenado para resistir el veneno.

–Ya veo… ¿y qué clase de entrenamiento fue ese?

Albafica suspiró, resignado a aceptar la compañía de Dohko, y comenzó a hablar. En el fondo parecía estar feliz de poder compartir ese momento con alguien, y de que alguien estuviera dispuesto a escuchar lo que tenía para decir. Dohko no se sentía intimidado por él, y a pesar de su aire juguetón consideraba a todos sus iguales.

El tiempo pasó sin que ninguno de los dos se diera cuenta, y sólo lo notaron cuando comenzó a oscurecer.

–Debería estar ya en el templo de Libra. –dijo Dohko al ver las primeras estrellas que se levantaban en el cielo. Estaba mirando de reojo a Albafica.– ¿Te puedo hacer una última pregunta?

–Sí, claro…

Dohko sonrió, se acercó lentamente al santo de Piscis y le susurró en el oído:

–¿Me dejarás pasar si vuelvo pronto?

Albafica no pudo responder ante aquel gesto inesperado. Los labios de Dohko rozaban su mejilla. Dohko repitió la pregunta, más lentamente.

–Sí… si la próxima vez sí me pides permiso. –dijo Albafica con una voz casi imperceptible. Dohko se apartó y le dedicó una mirada traviesa.

–¡Entonces nos vemos pronto!

Aunque en aquel momento él no se diera cuenta, Albafica permaneció en las escalinatas del templo de Piscis, observándolo mientras se alejaba.

En el camino de vuelta a su templo, Dohko encontró al santo de Sagitario, que se acercó a él expectante.

–¿Cómo te fue? ¿Cómo estaba Atenea?

Dohko sintió como si hubiera sido alcanzado por un rayo en un despejado día de verano. Había olvidado por completo que debía ir al santuario. Se dio cuenta también de que había dejado la cajita de Sísifo en el templo de Piscis. Tendría que volver a recogerla lo antes posible.

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Shion parecía un poco incómodo, pero su mirada era cortés.

–No conocía esta historia, pensé que no tenías mucho trato con Albafica… ¿así que él y tú se hicieron amigos en aquel entonces?

Dohko suspiró y volvió a tomar la mano de Shion.

–En realidad hay más… Ese fue sólo el comienzo.

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Continuará en el próximo capítulo...