¡Subí el primer capítulo porque no quería dejar sólo el prólogo!
Hetalia no me pertenece.
Listo, beso.
El gran y famoso instituto Gakuen Hetalia era exclusivamente para naciones (se ve que ni ellos se salvaban de ir a la escuela).
Una mansión enorme, dividida en dos partes: el espacio de los profesores y el territorio de los estudiantes. Cabe señalar que el lugar estaba muy bien repartido: en el lado de la izquierda, se encontraban los cursos, salones de reuniones y las habitaciones de los docentes; en cambio, en la derecha, el comedor, los clubes y la biblioteca, junto con las habitaciones de los estudiantes, hacían las veces de la mejor parte del colegio. Ya que los escolares debían quedarse durante la semana y sólo podían irse a sus casas los fines de semana, lo mejor era que éstos se encariñaran con el ambiente, así que era cálido y alegre, y los profesores tenían mucha paciencia y amabilidad.
Un jardín repleto de flores como crisantemos, claveles, lirios, violetas y fresias, sin olvidar las rosas, rodeaba la mansión acompañada por el verde infaltable. Los árboles también reclamaban atención, los robles, jacarandás, cerezos, tipuanas. Todo estaba excelentemente cuidado, aunque pocos estudiantes apreciaban tal belleza. Había bancos repartidos por todo el jardín. En primavera, cuando todas las plantas recuperaban vitalidad y florecían, era un sueño.
Sin duda alguna, el instituto no era un tormento.
Pero la rutinaria calma que se había instalado se había roto como un vaso de cristal.
"Desde que llegó ella", pensó Hungría, mientras escuchaba aburrida la clase de Matemáticas. Echó una ojeada a sus compañeros, y luego a la profesora. ¿Cómo era posible que no se diera cuenta que nadie le estaba dando un cuarto de pelota? Tal vez lo ignoraba.
Japón dibujaba manga en las hojas de carpeta, Italia tarareaba una canción por lo bajo mientras esbozaba unos rápidos dibujitos del chico que Hungría rápidamente identificó como Alemania, del curso superior; Polonia hacía esfuerzos por no dormirse, Lituania ya se había rendido y se tomaba una merecida siesta, China apretaba nerviosamente su panda de peluche; Inglaterra, a pesar de ser el presidente de la clase y todo ese rollo, estaba haciendo una torre con sus útiles (que tenía un gran parecido con el Big Ben, incluyendo el reloj de pulsera que se había quitado y lo había agregado a la torrecita), y los demás estaban en tareas del mismo estilo. Hungría suspiró silenciosamente y apoyó la barbilla en sus manos entrelazadas.
"¡Ah, me olvidé algo!"
Observó disimuladamente a Seychelles y Taiwán, que cuchicheaban y se reían bajito. La húngara puso los ojos en blanco y pasó a lo suyo, que era resolver su problema principal: salvar las parejas que corrían riesgo de ser destrozadas por las gatitas. Ahora sí, antes de aquello debía encontrar una aliada.
Repasó sus compañeras con la mirada, las pocas que había. Belarús, no. Bélgica, no. Al menos no todavía: era muy amable y todo ello, pero estaba demasiado obsesionada con su hermano Holanda como para preocuparse por otros amoríos. Vietnam tampoco, se encontraba demasiado ensimismada y generalmente no hablaba ni con las paredes.
Debía ser alguien de confianza, que compartiera su misma misión y estuviera dispuesta a trazar planes y ejecutarlos. De paso, si no era mucho pedir, que fuera una buena amiga además de aliada. Ella, en realidad, tenía solamente amigos hombres, no le agradaban las chicas que conocía y nunca se había preocupado por salir a buscar amistades de su mismo sexo.
Sonó el timbre del recreo y todos los alumnos se levantaron de sus asientos con una renovada energía, apresurándose en juntarse con sus amigos para salir en manada, o salir corriendo del salón a reunirse con colegas de otros cursos. Hungría salió de su ensimismamiento, e imitó a los demás, dirigiéndose a la puerta a toda prisa.
Sin embargo, se detuvo de repente. Algo había llamado su atención.
Una chica de notables (realmente notables) atributos le estaba entregando un sobre a China mientras le decía algo, y éste se sonrojaba. "Oh no", pensó enseguida, "por favor, no quiero tener otra enemiga…", pero entonces escuchó la palabra "Rusia". China reaccionó sonrojándose más y luego se fue, no sin antes decirle algo que Hungría supuso que sería un agradecimiento, a lo que la chica respondió con un asentimiento de cabeza.
La chica inmediatamente se retiró, con un "boing, boing" que resonaba en el lugar. La húngara tardó un momento en darse cuenta que aquel ruido lo provocaban los atributos de la desconocida.
"¡Ella!"
Salió apresuradamente del salón, pero al buscarla entre la gente, la pechugona ya había desaparecido.
"Tengo que saber más sobre ella", decidió. "Ella será… ¡será mi primera aliada!"
vVv
Llevaba buen rato buscándola, hasta que se rindió. Las aulas, listo; los baños (incluso le echó una ojeada al de hombres, sólo para asegurarse), listo; la sala de música, listo; la sala de arte, listo; el comedor, listo; el patio… listo. ¿Qué le faltaba? Hungría se sentó en uno de los bancos del patio, cerrando los ojos y respirando hondo. Jamás hubiera imaginado que encontrar una aliada llevaría tanto tiempo.
-¿Has encontrado el libro que buscabas, Japón? –reconoció la voz de Italia, pero no le prestó mucha atención. Aún así, abrió un ojo para echar un rápido vistazo. Italia y Japón venían caminando por el patio. Lo cerró, considerando que ya había conseguido la suficiente información del panorama.
-Sí, por suerte –la voz del japonés se le coló por el oído. Después de una pausa, éste añadió: -La bibliotecaria es muy amable, me atendió muy bien.
Italia soltó una risita.
-¿Has visto qué pechos tiene? –comentó divertido. –Cuando camina hace "boing, boing". ¡No podría ser una ninja, ¿verdad?!
"¿Boing?"
Hungría abrió los ojos de golpe. Los dos amigos ya se estaban alejando, pero ella ya sabía todo lo que tenía que saber.
Mientras corría, o prácticamente volaba, a la biblioteca, se insultaba interiormente. ¿Cómo se podría haber olvidado de la biblioteca? Había un grupo de alumnos que se ocupaba de tal lugar, atendiendo a los que acudían en busca de ciertos libros. Por lo general, éstos eran amables y amistosos. ¿Por qué ella no debería de serlo?
Llegó jadeante a la biblioteca, deteniéndose en la puerta. Tomó aire y la abrió con un gesto triunfal.
Instantáneamente, todos los rostros se giraron hacia ella. La húngara los ignoró, ella buscaba uno en particular. Finalmente lo descubrió. Tenía el cabello rubio y corto, ojos verde mar y una diadema azul. Hungría la señaló. La chica hizo un gesto de sorpresa.
-¡Tú! –gritó la húngara, haciendo caso omiso a los demás estudiantes que la miraban como un loro haciendo piruetas sobre un témpano de hielo. –Te… ¡te elijo como aliada!
A esto le siguió un murmullo de desconcierto e inquietud. Hungría no abandonó su posición, manteniendo el dedo firme señalando a su posible aliada, y quizás, amiga.
La chica parpadeó confusa un par de veces. Miró a sus lados, y luego a su espalda. No. Se lo estaba diciendo a ella. La volvió a mirar desconcertada, pero enseguida sonrió y dio su respuesta.
-¡Está bien! –dijo alegremente.
Dejó su puesto y se acercó a ella, ofreciéndole la mano.
-Haré mi mejor esfuerzo –añadió.
Hungría se quedó un segundo petrificada; no había imaginado que fuera tan inmediata y positiva la respuesta. Aún así, recuperó la compostura y estrechó la mano de su nueva aliada.
-Soy Elizabeta Héderváry, Hungría –se presentó. Alzó una ceja dando a entender que esperaba lo mismo de la otra.
-Katyusha Braginskaya, Ucrania –agregó ésta, contenta.
-Muy bien, Ucrania, enhorabuena –dijo Hungría soltándole la mano y echando una ojeada alrededor. –Si no te molesta, ¿podrías reunirte conmigo antes de que termine el recreo?
-Ahora no hay problema –respondió Ucrania, haciéndole un gesto a un estudiante que revisaba unos libros; tenía el cabello rubio y ojos verdes, detrás de unas gafas que le daban cierto aspecto de tragalibros. Sin embargo, su actitud cool contrastaba con su aspecto y provocaba que resultara, en cierto modo, atractivo. Ucrania, por su parte, no parecía interesarse en él.
-¿A qué se debe la alianza? –preguntó la rubia mientras caminaban por el pasillo, rumbo al patio. Sonaba curiosa e intrigada.
Hungría se llevó un dedo a los labios con gesto serio.
-Aquí no.
Ucrania inmediatamente asintió, dando a entender que comprendía, y aguantó su impaciencia hasta que llegaron al exterior. Hungría buscó rápidamente con la vista un banco libre, y tironeó suavemente de la manga del uniforme de su aliada cuando encontró un buen lugar, debajo de un jacarandá. Cuando se sentaron, la húngara miró hacia los lados para asegurarse de que no hubiera oídos curiosos. Luego se acercó a Ucrania.
-Conoces a Seychelles, ¿verdad? –preguntó en voz baja.
La ucraniana asintió.
-Sí. Todo el mundo habla de ella. Las cosas que uno se entera en la biblioteca –se rió bajito.
-Muy bien, entonces sabrás de su comportamiento, ¿estoy en lo cierto?
Ucrania volvió a asentir.
-Sí, siempre está rondando cerca de los chicos, y está acompañada por una tal… -frunció el ceño, intentando recordar. –¿Taiwán, puede ser?
Hungría asintió a modo de confirmación.
-Exactamente. Y dime, Ucrania, ¿tú qué opinas?
La chica se quedó unos segundos en silencio.
-Bueno –comenzó, –a los chicos no les agrada mucho que digamos, ¿no? A veces me cuentan de ciertos problemas que tienen con ellas. Se sienten… -puso los ojos en blanco, buscando la palabra.
-Incómodos –ayudó Hungría.
-Sí, eso. Por ejemplo, Rusia está ligeramente más asustado de lo normal desde que Belarús se unió a ellas. Al principio se sentía aliviado porque creyó que centraría su atención en otros chicos, pero al contrario, empeoró su obsesión por él. Mi hermano dice que así nunca va a poder ser uno con China.
Hungría recordó el primer momento en que la vio, cuando le entregaba algo al chino.
-¿Haces recaditos de tu hermano? –preguntó casi sin pensar.
Ucrania asintió, divertida.
-Sí, incluso me llama mensajería instantánea –se rió. –Es que somos buenos amigos con China, y a él le pareció la mejor forma de conectarse con él, puesto que el chico le tiene mucho miedo –agregó, pensativa. –Nunca supe por qué China le temía tanto a mi hermano, bueno, le teme.
Hungría sí lo sabía, pero optó por callarse. La actitud agresiva de Rusia era plenamente inconsciente, ya que el chico era muy inocente e incluso amigable, pero se enojaba con facilidad y ello era terrible.
-Aún así, China no parece disgustado cuando le doy las cartitas –continuó la ucraniana, yéndose por las ramas. –De hecho, me dijo que quizá algún día le contestara y…
-Ya está bien –la interrumpió Hungría lo menos bruscamente que pudo. La rubia no pareció ofenderse por ello. –Bien, entonces, como bien dijo tu hermano, jamás podría ser su novio si Belarús sigue persiguiéndolo.
La joven asintió.
-¿Qué me dices si lo ayudamos a eso? –propuso de golpe Hungría.
Ucrania se quedó sin entender.
-¿A eso? ¿Te refieres a que…
-Me refiero a que Rusia necesita ayuda –aclaró, para así despejar cualquier duda.
La rubia no se mostró muy entusiasmada.
-Mmmh, pero quizás mi hermano pueda arreglárselas so…
-No sólo a él –dijo la húngara, obteniendo así un poco más de curiosidad por parte de la otra. –Hay muchos que precisan ayuda, pero no saben cómo encontrarla. Tu hermano es simplemente uno de los muchos chicos que ayudaremos.
Ahora sí, el entusiasmo cobró vida en el rostro de la ucraniana. Los ojos comenzaron a brillarle ante la idea.
-Claro, ¡es genial! ¡Te ayudaré! –sentenció, enérgica. Hungría se sintió satisfecha con la nueva reacción. –¿Cuándo empezaremos?
-Ahora mismo –contestó Hungría con una sonrisa malvada.
¡Fin del primer capítulo, señoras y señores!
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