II.
Armadimon, inusualmente tranquilo y silencioso, suspiró cuando Iori ahogó un sollozo. No importaba que esa noche se quedase en esa casa, el hogar que había sido suyo en el más temprano comienzo, y que siempre permanecería en su memoria como una pequeña porción de recuerdo. Lo que importaba iba más allá.
—Está bien llorar por alguien que vas a echar de menos —susurró Armadimon, rompiendo el silencio, que era un tercer invitado en la habitación—. Tu abuelo era una persona muy especial.
Lo era.
Iori creía que su abuelo iba a vivir para siempre, un pensamiento que se le antojaba tan poco suyo pero que había florecido desde lo más profundo de su corazón con tanta fuerza que era abrumadora. Y es que con alguien como Chikara, quien parecía desconocer el significado de quietud, de calma y de tiempo, era difícil encontrar una razón que hiciese creer lo contrario.
El digimon había hecho un hueco entre sus brazos y se había arrastrado allí en un gesto similar a un abrazo. Iori escondió el rostro contra la coraza en su lomo, aceptando su consuelo.
Chikara era atemporal, afable y sabio. Tenía que ser quién lo recibía con alegría cuando volvía a casa y quien se movía con destreza para festejar sus regresos, tenía que ser la persona a la que podía preguntarle cualquier cosa sin que le importe la respuesta, tenía que ser compañía y comprensión. Tenía que ser eterno y feliz, como él había sido cada día desde que Iori tenía conciencia de sí, cada día desde el primero.
Tenía que ser su maestro y su amigo y su abuelo.
Pero el tiempo no pensaba igual que él, desde luego.
La luz del velador era tenue, con amarillos y negros, dando otros tonos en siluetas conocidas, atrayendo sombras sobre el rostro de su compañero que hacían juego con el dolor en el fondo de sus ojos.
—Lo voy a echar de menos —admitió Iori, su voz era un hilo fino en la quietud—. Pero no lloraría por él, en el fondo estaría... En el fondo estaría llorando por mí.
Armadimon pensó en ello un momento.
Normalmente no sabía cuál era la mejor respuesta para su compañero, pero las palabras se enlazaron solas en su lengua mientras miraba el gesto dibujado en la cara de Iori.
—Entonces, sonríe. Eso sería algo que harías por él.
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