Era el día de su coronación. Elsa se despertó pronto, preparada para vestirse. Se levantó, se quitó la ropa y buscó su vestido. De pronto, los ventanales se abrieron con un estruendo y un soplo de aire fresco.

Jack entró con una sonrisa y el cayado en el hombro, pero al ver a Elsa —cuyo grito había resonado en todo el castillo— en ropa interior se sonrojó furiosamente y salió de nuevo.

—¡Mal momento para visitarte! —se "disculpó", aún ruborizado. Una sensación más que cálida se había instalado en su bajo vientre.

Guau. Elsa había madurado, vaya que sí. El pelo le había crecido en ondas salvajes, y el cuerpo de niña de doce años ya no era tan... Pequeño. La imagen de Elsa desnuda se había grabado a fuego en sus retinas, y se sentía un poco culpable por no poder quitársela de la cabeza.

—¿Jack?

Se giró al escuchar su nombre. Elsa ya estaba vestida y maquillada, aunque su pelo aún le caía por la espalda, despeinado y alborotado. Ella se acercó y le acarició la cara con las yemas de los dedos.

—Eres... real —murmuró, fascinada.

—Eh... —Jack sólo sentía un ardor agradable en las partes que tenían contacto directo con los dedos suyos—. Claro que lo soy —contestó al entender sus palabras—. ¿Por qué lo dices?

—Creía que fuiste un sueño... No te he visto en seis años —le recriminó con el ceño fruncido.

Jack bajó la mirada. No tenía excusa para eso. Había estado ocupado molestando al Conejo de Pascua, divirtiéndose con otros niños, para olvidar a Elsa. No quería encariñarse con ningún ser mortal. Pensó por un momento algún tema de conversación para olvidar ese gran detalle.

—Conque reina de Arendelle, ¿eh? —preguntó, entrando en la habitación. Ojeó las paredes austeras, paseando y jugueteando con el cayado—. Eso quiere decir que tus padres... —No terminó de hablar. No le parecía correcto.

—Eso pasó hace mucho. —Elsa suspiró, abrazándose los brazos—. Será mejor que te vayas, Jack.

Él parpadeó.

—¿Eh? ¿Por qué?

—Necesito concentrarme... Controlarme —dijo ella mientras se quitaba los guantes. Tocó la pared y ésta se congeló rápidamente. Negó con la cabeza y empezó a dar vueltas a la habitación. Jack se quedó parado y se apoyó en su bastón—. Contigo aquí no voy a poder.

Jack notó lo taciturna que estaba. Tenía miedo. Miedo de que la descubrieran, de que vieran cómo era realmente.

—Está bien, te ayudaré.

Elsa se sorprendió. Su corazón empezó a latir con fuerza, y se dio la vuelta para mirarle. Vio en sus ojos azules la sinceridad de sus palabras. Tenía una oportunidad para ser libre.


Las voces del coro resonaban en las paredes de la capilla.

Elsa, elegantemente vestida, recorrió el pasillo que formaban las bancas. Estaba nerviosa, realmente nerviosa. Sonrió al ver a Jack sentado en el borde de una celosía, saludándola con la mano. Su hermana Anna se encontraba allí. Elsa llegó al altar. Suspiró profundamente y agachó la cabeza para que pudiera colocarle la corona. Le tendieron el cojín, donde reposaban el cetro y una esfera dorada. Hizo un ademán para cogerla, pero el hombre de rojo que estaba frente a ella susurró:

—Majestad, los guantes. —Le indicó con la mirada.

Elsa se los quitó lentamente, con el corazón latiendo rápidamente en su pecho. Jack descendió, flotando, y se colocó junto a ella, atravesando a Anna, quien saludaba a su vez a alguien que estaba sentado.

—Relájate, Elsa. No te pongas nerviosa —susurró a su oído.

"Me pongo más nerviosa si me hablas tan de cerca", quiso decirle ella. El suave cosquilleo que el aliento del muchacho causaba en su mejilla bajaba como un hormigueo hasta su vientre.

Alargó las manos temblorosas, cogió ambos objetos y se dio la vuelta. El hombre de rojo dijo algo, pero sus oídos no escuchaban nada. Sólo sus latidos y la suave voz de Jack. Estaba nerviosa. La gente se levantó.

Sus manos empezaron a congelar el cetro y la esfera. Oh, Dios. Estaba demasiado nerviosa.

—¡Suéltalo, suéltalo! —exclamó Jack.

Ella le hizo caso.

—¡Reina Elsa de Arendelle! —exclamó el hombre de rojo.

Elsa se dio la vuelta rápidamente, depositó ambos objetos en el cojín y se colocó de nuevo los guantes.

—¡Reina Elsa de Arendelle! —le corearon los invitados, y la capilla estalló en aplausos.

Jack se acercó a ella.

—¡Te veré después de la fiesta! —se despidió, para luego salir volando por una vidriera abierta.


Elsa recorrió la nieve en pequeños pasos. Lo había hecho. Todo el mundo sabía ahora su secreto. Ahora era... libre. Como decía su madre, a lo hecho, pecho. Ahora podía probar sus habilidades, saber de qué era capaz.

—¿Ya qué más da? —murmuró.

—¡Suéltalo! —Elsa se giró al escuchar a Jack. Volaba con el viento de la tormenta.

Tenía razón. Debía dejarlo ir

—¡Ya qué más da! —Se quitó el guante y lo tiró al cielo. El muchacho observó cómo la prenda se iba volando con una sonrisa. Elsa creó con una mano un pequeño remolino de nieve, y luego hizo lo mismo con la otra—. ¡Suéltalo, Suéltalo!

No lo podía retener. Creó más nieve, que se quedaba flotando en el aire. Hizo un muñeco, similar al que hizo con su hermana antes de herirla. ¿Qué más daba? Ya la habían descubierto.

—De todas formas, el frío nunca me molestó. —Y se quitó la capa con una sonrisa.

Quería probar sus habilidades, lo deseaba.

Se acercó a una gran grieta en el suelo y creo una escalera de hielo. Cuando puso un pie en ella, ésta se pulió. Siguió creando y limpiando, con una gran sonrisa.

Alzó las manos, y una enorme estructura de hielo se formó ante ellos. Dio un pisotón en el suelo, más hielo, más frío. Creó las paredes, florituras decoraban las columnas. Construyó el techo, hizo una gran lámpara que colgaba del techo.

—Guau —soltó Jack apoyándose en su cayado, una vez acabada la construcción. Aunque, en realidad, le gustaba más la nueva apariencia de Elsa. Estaba... despampanante.

La chica caminó hasta el balcón para observar el atardecer.

—¡Déjalo ir! —gritó a la nada.

Jack sonrió con ternura, sentándose en el borde de la barandilla.

—De todas formas, el frío nunca me molestó.

Y Elsa le devolvió la sonrisa.