Romina hizo click en Ctrl-S y grabó el documento de Word con la historia sobre Twilight. Unos minutos más tarde subió la historia al sitio y se dispuso a esperar los comentarios. Sabía que eso era un imán para lo que ella llamaba GCFCF o Gorda Come Fideos Contra Frente. Pasaron unas horas y no hubo respuesta. Entonces pensó que iba a tener que traducir la historia al inglés, quizás el sitio no tenía una gran actividad en español. Ya había empezado a traducir cuando recibió una notificación de Fan Fiction. Era una GCFCG moderadamente enojada. Apelaba a las normas, las reglas, que el sitio esto y aquello y las condiciones. Romina se levantó la remera y jugó con su ombligo. Sabía que era algo que le gustaba mucho a los hombres, su ombligo al aire y también sus piernas y otras partes. Romina notaba que el efecto que causaba en los hombres era inversamente proporcional al efecto que causaba en las GCFCG. Le respondió con naturalidad. Sus experiencias escolares por distintos países del mundo a causa del trabajo de su padre la había fogueado ya para enfrentarse verbalmente y físicamente con otras mujeres, incluso más pesadas y más grandes. Romina pensó que si recibía uno mensajes más de otras GCFCG su tarde pasaría rápido. De hecho llegaron los mensajes y Romina se ocupó de pasarle el trapo a estas chicas pobrecitas con complejo de master of the universe en un sitio con cero gravitación en Internet. En uno de los mensajes, una gordita del conurbano la invitaba a pelear. Romina se sonó los dedos, se miró en el espejo y puso trompita, después sacó la lengua, después cerró los puños y repitió "bring it on, fatty"
El problema con las mujeres y las peleas era que las mujeres siempre iban al pelo. Agarraban del pelo y todo terminaba en un dancing patético. Romina entonces aprendió a llevar el pelo corto. Nadie la iba a agarrar del pelo a ella. Su coreografía preferida de pelea con gordas era la siguiente: primero unos empujones, que dijiste, que yo dije y todo eso, luego de medir la distancia tiraba un jab rápido de izquierda apuntando a la nariz. La gorda ya sangrando se convertía en un target para su takedown. Romina bajaba su centro de gravedad y embestía a la altura de las rodillas con ambas manos. En ese punto la gorda caía como un saco de arena. Romina montaba con una pierna a cada lado. Lanzaba unos roscasos con mano abierta y cuando la gorda extendía un brazo para frenarla, pivoteaba sobre su lindo culito, sostenía un brazo y lo extendía para un armbar o llave de brazo. Las gorditas se iban con el codo luxado. Volvían a sus casitas del gran Buenos Aires o los terrenos de la BR en Brasil o Maldonado o cualquier lugar de esos donde vivían. El premio de Romina después de una pelea era siempre lo mismo: una coca cola bien helada, algo que podía encontrarse en todos los países, algo que la hacía sentir en casa.
