Era más que evidente que ni ella ni sus amigas tenían mucho que hacer en ésa fiesta. Eran sólo un grupito de admiradoras tontas de los Merodeadores, pero ellos no las consideraban sus amigas y no les habían dirigido siquiera la vista en lo que iba de la noche.

Las chicas se esforzaban en parecer grandes y experimentadas, bailando sensualmente (o lo que ellas creían era sensualmente) entre ellas, intentando parecer despreocupadas; bebiendo whisky de fuego y fumando cigarrillos casi sin aspirar el humo. Pero nada hacía que los chicos dejaran de hacer grupitos para conversar como estúpidos alrededor de la pista y las invitaran a bailar.

Gwen se desesperaba al ver a Helen Draisse acercándose insistentemente a Sirius Black, con esos enormes tacones y ese mínimo vestido amarillo, poniéndole los senos en la cara en toda oportunidad. No podía parecer más puta. Nadie en su sano juicio se podría poner esa servilleta horrorosa en el cuerpo; pero cumplía su objetivo, porque Sirius la miraba interesado. Había que tomar medidas drásticas, no podía seguir perdiendo el tiempo bailando en grupo con sus amigas, así que cuando vio que Helen se alejaba, Gwen tiró del frente de su polera, para bajar el escote y dejar a la vista el nacimiento de sus pechos, estratégicamente acomodados en su mejor sostén y partió derecho hacia Sirius Black, moviendo las caderas cuidadosamente enfundadas en un jeans muggle.

-Hola, ¿bailemos?-corto, preciso, al grano.

-Claro-dijo él, levantándose con una sonrisa.

Sus amigos se daban codazos y se reían mientras Sirius se iba con ella, pero a Gwen no le importó. Toda su concentración estaba dirigida a no parecer nerviosa, hacer una conversación relajada y parecer sexy.

Mientras se movían al ritmo de la música, Sirius se acercó a su oído para hablarle por sobre el ruido.

-¿Cómo te llamas?- le dijo

Mierda!, su aliento olía a un cóctel delicioso de alcohol, tabaco y hombre exquisito.

-Gwen-contestó-¿Y tú?-Ni de broma permitiría que se enterara que ya sabía hasta su talla de calzoncillos.

-Sirius. Sirius Black-

Gwen se acercó, lo tomó de los brazos y le estampó un beso en la cara

-Mucho gusto, Sirius Black-

Mientras seguía bailando con él, y tras darle el beso, pudo ver frente a ella a Helen mirándolos fijamente con la cara descompuesta y a los amigos de Sirius comentando su jugada. Nadie se reía, más bien parecían asombrados, así que la cosa pintaba bien. Sirius por su parte, sonreía y le acercaba el cuerpo al ritmo de la música, como si fuera a tocarla pero sin hacerlo, coqueteando de manera experta.

Siguieron bailando mucho rato, y cada cuanto se acercaban para decirse cualquier tontería, aumentando de a poco la confianza. Primero sólo acercaban la cara al oído del otro, luego se tomaban de los brazos para acercarse, después ella lo agarraba de los hombros y él la acercaba tomándole la cintura, haciéndola temblar. Gwen se reía de cualquier estupidez que él dijera y Sirius le decía miles de cosas tontas y divertidas para llamar su atención. Incluso compartieron un cigarrillo, que ella le sacó de los labios mientras sus cuerpos estaban muy, muy cerca.

Y de pronto, la oportunidad que ella esperaba: una canción romántica, lenta.

Sin preguntarle si quería seguir bailando le echó los brazos al cuello y se apegó a él. Sirius, nada de corto, no se comportó como uno más de los muchachitos idiotas que se ponían rojos y se retiraban de la pista apenas sonaba una canción lenta. Haciendo gala de toda su seguridad la agarró poniendole una mano en la cintura y otra en su espalda y encajó sus caderas a las de ella antes de empezar a moverse cadenciosamente. A ella le pareció una prueba fehaciente de que ése sí que era un Hombre y no un pollo asustado como los demás.

Sus rostros estaban pegados por las mejillas y Gwen se empezó a sentir nerviosa. Sabía que su sexo y el de él estaban tocándose, separados sólo por la ropa y eso le hacía sospechar que éste no iba a ser como los lentos que había bailado con sus amigos, sin consecuencias, donde terminada la canción se soltaban y seguían bailando lo que viniera como si nada. Se sentía mareada aspirando el aroma de él, que le parecía testosterona pura y no se atrevía a mover la cara para que fuera inevitable besarse, aunque se moría de ganas de hacerlo.

Esos eran sus pensamientos cuando sintió que él sí movía su cabeza, quedando frente a ella, taladrándola un segundo con sus pupilas grises antes de cerrar los ojos, ladear el rostro y poner su boca encima de la de ella.

A Gwen le dieron ganas de soltar un grito de júbilo cuando sintió la humedad de sus labios sobre los suyos y la esponjosa presión del inicio de un beso. Dos contactos suaves y húmedos antes de que los labios de él guiaran a los de ella, abriéndolos, un poco…un poco más…más…obligándola a ajustar la posición de su cara antes de que su lengua irrumpiera, juguetona, dentro de su boca.

¡Oh!, ¡Qué delicia!, cada vez que Sirius abría la boca la acariciaba con su lengua hasta el fondo, y Gwen juraría que podía saborearlo, que tragaba bocanadas de aire impregnadas de aroma a Sirius, enturbiando sus pensamientos.

La canción se terminó y ellos seguían con los ojos cerrados y las bocas juntas, comiéndose a besos durante quién sabe cuánto tiempo. Gwen dejó de escuchar la música y sólo pensaba en lo tonta que había sido su amiga Sandra al decirle que los besos con lengua eran asquerosos. Por ella, que Sirius la ahogara con su lengua si le daba la gana. El resto de sus pocas neuronas en funcionamiento trabajaban en sentirlo a él, su saliva en su boca, su aliento perfumado, su mano tibia en su nuca, sus dedos acariciando el final de su espalda. Y el cabello imposiblemente suave en el que ella enredaba los dedos. Y la humedad que le mojaba la ropa interior y el cosquilleo allá abajo, donde sentía un bulto. Y el calor de él y sus senos aplastados contra su pecho.

Se pasaron el resto de la fiesta besándose, abrazados sin importar si la canción de fondo era romántica o desaforada. Todos podían saltar si querían a su alrededor, ellos seguían con sus besos. Gwen quería salir de ahí, que Sirius la llevara a algún rincón oscuro del castillo y la besara más y la tocara y calmara ese fuego que la estaba quemando. Quería meterle las manos bajo la camisa y morderle el cuello como un vampiro…pero no se atrevió a pedírselo.

Y entonces pasó. Él dijo la cosa más inverosímil de la vida.

-Oye…sé que es un poco apurado, pero bueno…la verdad…¿quieres ser mi novia?…

Oh Dios! Eso era amor a primera vista. Lo había logrado. Él era suyo, sería su novio, sería su amante…con la mente colapsada por las hormonas y llena de pura fantasía, ella le dio una respuesta que en el futuro le haría avergonzarse.

-Por supuesto que sí-

Sellaron su nuevo estatus con un beso, el millonésimo de la noche y se pasaron el resto de la fiesta pegados como lapas, separándose sólo para respirar y decirse frases cursis sobre su supuesto recién nacido amor.

Sólo al amanecer, cuando los Merodeadores deshicieron los hechizos lanzados al aula para evitar que su pequeña reunión fuese descubierta y todos empezaron a irse a sus respectivas casas, Gwen se reunió con sus amigas, que estaban escandalizadas y querían saber cada detalle de lo ocurrido, aunque ella no pudo contestarles mucho, porque llegó a su sala común y a su dormitorio flotando en una nube, segura de estar enamorada de Sirius Black y de estar empezando a vivir la más épica historia de amor del mundo.