Título: Elixir aeternus.
Autor: Suzume Mizuno.
Disclaimer: los personajes de Vocaloid no me pertenecen y tampoco hago este fic con ninguna intención lucrativa.
CAPÍTULO DOS
– ¡No, no pienso gastarme ni un maldito y asqueroso céntimo más! – chilló Meiko, apretando el monedero contra su pecho y negando violentamente con la cabeza.
Kaito dejó de insistir. Habían gastado más de la mitad de los ahorros de la chica entre el viaje, el transporte y la comida. No le extrañaba que reaccionara de esa forma. Pero él no tenía nada. Sólo podían depender de su dinero.
Como si le leyera la mente, Meiko sacó los últimos billetes de cincuenta zem y los agitó delante de su nariz.
– ¡Me pasé dos años sin gastarme la paga para poder disfrutar de este año! ¡Y no me queda casi nada!
– Lo siento…
– ¡Ni lo siento ni leches! ¿No eres el mayor? ¡Hazte responsable y busca un trabajo!
– Sabes que no podemos establecernos en un sitio…
Meiko arqueó una ceja, contrariada.
Kaito la examinó. La larga caminata la había llenado de polvo, tenía el pelo castaño desordenado y enredado. La mochila le había dejado una oscura mancha de sudor en la espalda. Los pantalones cortos le habían expuesto las estilizadas piernas a rasguños cuando caminaron lejos de la autopista. Aun así, sus ojos no habían perdido nada de energía y desprendían chispas de indignación.
El autocar desde el pueblo les había costado más de lo que esperaban. El conductor se excusó diciendo que era el precio habitual, que no podía hacer nada por cambiarlo. Y luego tuvieron que comprar algo para cenar y, horas después, para desayunar.
Y lo peor era que estaban dando vueltas. Kaito no tenía ni idea de a dónde deberían ir. Había preferido ocultárselo a Meiko, aunque algo le decía que sospechaba la verdad y que por eso estaba tan ofendida: sus ahorros se estaban gastando a lo tonto.
Pero no podían detenerse. No desde que esa pareja los perseguía. Y estaba convencido de conocer el motivo.
– Ey, baja de las nubes.
Kaito parpadeó. Meiko había esbozado una sonrisa maliciosa y se guardaba la cartera en el bolsillo.
– Ya sé lo que puedes hacer.
– ¿En serio?
– Vende tu cuerpo.
Kaito se quedó boquiabierto.
¿Debía tomárselo como una broma? Sin embargo, parecía que ella iba en serio… Sacudió la cabeza.
– ¿Por qué no? – se quejó Meiko –. Seguro que has hecho cosas más raras en toda tu vida, ¿no? ¡Piénsalo! Es una nueva experiencia para un inmortal como tú.
– ¿Te importaría dejar de decir a los cuatro vientos que soy un inmortal? – le pidió, masajeándose las sienes y echando a andar por la carretera.
– ¿Y ahora a dónde vas?
– ¿A dónde debería?
– ¡Deja de contestarme con preguntas o monosílabos! – gritó Meiko, exasperada.
– ¿Eso quieres?
– ¿¡Lo ves! Y sí, eso quiero. ¿Te parece bonito? Te gastas todos los ahorros de una chica de dieciséis años pero no quieres usar tu cuerpo para mantenernos a los dos. Muy noble de tu parte. Sí, muy noble.
Meiko siguió despotricando durante unos cuantos minutos y Kaito tuvo que hacer un esfuerzo por no poner los ojos en blanco.
Contando con el dinero de la chica y que él podía aguantar sin comer durante unos días si era necesario, podrían subsistir una semana más.
Siete días y siendo positivos… No era una buena noticia.
Y pensar que con Miku jamás había pasado por una situación así…
– No – se susurró en voz baja –. Ahora no pienses en ella. Ahora no.
– Oye… ¿vamos a caminar otra vez en medio de la nada? No lo digo por quejarme, para nada, sólo querría saber cuántas horas vamos a deambular, porque el DINERO no me da para comprar NADA. Ni si quiera quiero gastármelo en crema de sol, porque, bueno, a lo mejor no podemos COMER…
Se lo iba a estar recordando todo el día. Seguro. Y no sabía cómo reaccionaría cuando se les acabara todo. Ni tampoco tenía idea de qué haría él. Al fin y al cabo, Meiko tenía razón. Era el mayor, exageradamente mayor, así que tenía que hacerse cargo de todo.
Vender su cuerpo. Si, ya…
De repente un recuerdo perdido emergió de las profundidades de su mente.
– Meiko, dame el mapa, por favor.
Cuando lo tuvo en la mano buscó la ciudad. Tenía razón. Estaba bastante cerca. Dobló el mapa y se lo devolvió a su compañera.
– ¿Ya sabes a dónde vamos?
– Sí.
– ¿Y lo que vamos a hacer con el dinero?
– Sí.
– Vale. ¿Y me dices qué es?
– Creo que te voy a hacer caso.
– ¿En qué?
– En vender mi cuerpo.
Esta vez fue Meiko la que se quedó boquiabierta.
X
Neo Avalon (N.A.) era la ciudad de las luces, del disfrute y del dinero. Multimillonarios, actores, productores, directores, escritores, abogados… Allí se reunía la élite para disfrutar de los hoteles de cinco estrellas, de los casinos, de las subastas y de todo aquello que fuera caro. El centro estaba lleno de rascacielos que competían unos con otros en altura, de tiendas, de restaurantes, de cines, de almacenes. Las limusinas, los taxis, los coches de primera mano circulaban a todas horas, mezclándose entre el populacho que tenía que limitarse a admirar aquella riqueza desde el suelo, a sabiendas de que a unos cuantos metros por encima de sus cabezas había gente derrochando miles o millones de zem.
Si se dejaban las calles centrales se podían llegar a zonas igual de importantes, sólo que mucho más disimuladas. No había carteles llamativos, o gigantescos rascacielos, porque todo se realizaba con eficacia y en silencio. Allí era donde se reunía la élite del submundo. El mercado negro era el pan de cada día, así como la presencia de la mafia. Y de otros seres ya menos conocidos.
Hacía más de dos décadas desde que Kaito visitó N.A. Las cosas habían cambiado muchísimo y, como había imaginado, no reconoció nada y tuvo que pedir indicaciones. Meiko caminaba detrás de él con inseguridad, lanzando miradas de nerviosismo a los lados cada vez que cruzaban un semáforo. Cuando le dijo a dónde iban, le preguntó si le faltaba un tornillo. ¿No les estaban buscando? ¿A quién se le ocurriría ir a una de las ciudades más famosas del mundo?
Precisamente el que fuera tan concurrida atrajo a Kaito. Además, conocía a alguien que esperaba que pudiera prestarle ayuda.
El bar tenía unas grandes ventanas con mesas redondeadas al otro lado del cristal. La barra de madera estaba casi vacía, sólo había una chica limpiando un par de vasos. Pero en un par de horas, en cuanto se hiciera de noche, seguramente se llenaría.
Entraron y la joven alzó los ojos, de color azul verdoso.
Meiko comprobó que no aparentaba ser mucho mayor que ella. Tenía el pelo verde por encima de los hombros, que quedaban al descubierto. Su piel era pálida, suave. Llevaba un vaporoso vestido con volantes y unos zapatos con poco tacón. Al moverse no hacía ruido, como si fuera más ligera que una pluma.
– ¿Kaito?
– Hola, Gumi.
La camarera sonrió ampliamente y corrió hacia él. Meiko pensó que lo iba a abrazar, pero se limitó a ponerle las manos en los hombros y darle un beso en las mejillas.
– ¡Hace años que no te veo!
– Sí, ha pasado bastante – sonrió Kaito.
– ¿Qué tal estás? Como de repente dejasteis de enviar mensajes… – entonces la tal Gumi reparó en que no había llegado solo. Sorprendida, contempló a Meiko unos instantes antes de acercarse y tenderle una mano –. Soy Gumi. Encantada.
– Meiko.
– ¿Queréis beber algo? Invita la casa.
– ¿No te regañará tu jefe? – le preguntó Meiko.
Ella soltó una carcajada.
– El bar es mío.
– ¿Tuyo? ¿Cuántos años tienes?
Gumi compartió una mirada con Kaito, antes de entrecerrar los ojos con picardía.
– Adivina.
– Ah… – Meiko cayó en la cuenta –. Vale, ¿qué eres tú?
Gumi rió de nuevo y les preguntó si querían algo. Kaito le pidió los cócteles especiales que hacía.
– Sin alcohol – añadió.
La chica trajo unas cuantas botellas y empezó a mezclar su contenido sin mirar ni una vez qué estaba echando, agitando unas veces y otras removiendo. Al final les sirvió en un vaso un jugo de un curioso color azulado. Meiko miró con desconfianza el resultado de la mezcla, pero dio unos sorbitos.
– ¡Qué rico!
– Me alegra que te guste.
Meiko se lamió los labios y pegó varios tragos mientras los otros dos empezaban a hablar sobre los años que llevaban sin verse. La voz de ella era alegre y cantarina. Se apoyó en una mano y se dejó llevar por el agradable sonido, perdiendo el hilo de la conversación.
Los párpados empezaron a pesarle. Se frotó la cara y echó un vistazo al reloj de la pared. No pasaban de las siete. ¿Cómo podía tener sueño? Tampoco estaba tan cansada… Sin embargo, su cuerpo no obedeció a su mente, que insistía tenazmente en permanecer despierta. Unos minutos después se durmió sobre la barra.
– Tienes una amiga muy resistente – comentó Gumi, sonriendo.
– Normalmente tu poción habría tardado menos – asintió él.
– Vamos a llevarla a la cama – le ofreció –. Mi apartamento está arriba.
Kaito le rodeó la espalda y pasó el otro brazo por debajo de las rodillas de Meiko. Cuando la levantó, la cabeza de la muchacha se inclinó sobre él. A pesar del camino, del sudor y del polvo, su cabello mantenía el olor a colonia que se había echado por la mañana.
Gumi abrió una puerta trasera y subieron por unas escaleras estrechas hasta el apartamento. Era pequeño y a la luz del día debía ser muy luminoso. Dejaron a la chica sobre la cama de matrimonio de Gumi, que le quitó las botas y echó a Kaito para poder desvestirla y ponerle un pijama.
– Es muy jovencita – comentó al salir e indicarle que volvieran al bar.
– Sí.
– ¿Cuántos?
– Dieciséis.
– Es una niña…
– Ya.
Gumi lo miró de reojo.
– Creo que hoy no abriré. Mis clientes tendrán que aguantarse – y le guiñó un ojo.
– Perdón por las molestias.
– No seas tonto. No es molestia. Os debo a ti y a Miku la vida. Además, eres mi amigo, ¿no?
Después de echar llave al local, fueron a la cocina. Gumi les había dado la noche libre al resto de camareros y estaban solos. Kaito se sentó en una silla, mientras que ella saltó sobre la encimera con una taza de café en la mano que olía de maravilla.
– Bueno, creo que es el momento de hablar con claridad – decidió, pasándole otra a él –. ¿Por qué has venido a verme?
– Dímelo tú.
– Casi no sé nada. Si no fuera porque estaba preocupada por vosotros, no habría conseguido enterarme.
– Así que el Aquelarre lo ha escondido.
– Y muy bien. No han soltado prenda.
– ¿Qué es lo que has averiguado?
Gumi bebió parte del café, con la mirada perdida.
– En la red sólo he averiguado que una bruja causó varios estragos. No había descripciones. Sólo la noticia de que había muerto mucha gente. Pero el patrón de ataque venía repitiéndose desde antes de que vosotros desaparecierais…
– La de antes era Noel.
– ¿Qué?
– Noel. Una bruja.
– Ah… Entonces… ¿Miku no…?
– Sí. Miku también hizo... – Kaito respiró hondo –. También perdió el control.
– ¿Qué demonios pasó? – exclamó Gumi, sobrecogida –. No conozco a Noel, pero sé que Miku jamás mataría de esa manera.
– En su estado normal no lo habría hecho…
– ¿A qué te refieres?
Kaito se hundió en la silla. Estaba agotado, le dolía todo y pensar en todos aquellos años de silencio y oscuridad le revolvía por dentro.
– Primero me gustaría ponerme al día, Gumi. He estado cinco años incomunicado.
Su amiga frunció el ceño, sin comprender, aunque se dio cuenta de que Kaito no tenía intención de explicárselo todavía.
– Al menos dime qué tiene que ver Meiko con todo esto.
– Ella me salvó. Me cuidó cuando no tenía a nadie y, a cambio, la he metido en todo esto – dijo con amargura.
– Ya veo… – suspiró –. Entonces, ¿es verdad que Miku se ha ido?
Kaito no contestó.
– ¿Y vuestro vínculo? ¿No puedes seguirlo para encontrarla?
– El vínculo ya no está.
– ¿¡Qué! – casi se le cayó la taza.
– Cuidado – le advirtió él –. No te pongas así. Simplemente no lo siento. Creo que Miku lo ha sellado de alguna manera para que no pueda ir a buscarla.
– Vaya. Eso sí que no me lo esperaba – musitó Gumi, mordiéndose el labio inferior –. Lo siento mucho…
– Gracias – Kaito le dedicó una débil sonrisa.
Estaba pasándolo mucho peor de lo que dejaba ver, comprendió Gumi. Un inmortal que careciera de su vínculo… ¿Se había dado antes? Sería como estar vacío, como si le faltara una parte importantísima de su cuerpo, como si no pudiera respirar…
Con un arrebato de decisión, Gumi se terminó su café de un trago y saltó al suelo.
– De acuerdo. ¿Qué quieres que haga?
– Sabes que eres genial, ¿verdad?
Se rió, agradecida.
– Dime lo que necesitas o no podré hacer mi trabajo.
– Me gustaría que le siguieras la pista a Miku. El lugar donde apareció por última vez.
Gumi se pasó un dedo por los labios, pensativa.
– Eso está hecho.
– Y también – Kaito se levantó, de repente muy serio –. No están persiguiendo.
– ¿Quiénes?
– No sé sus nombres. Pero estoy convencido de que la chica es una contratista. Y el chico que va con ella es un vampiro.
– ¿Una contratista y un vampiro? – no pudo evitar que se notara su incredulidad –. Eso es muy raro…
– Ya lo sé. Aunque que sea tan inusual debería facilitarte el trabajo.
– Exacto.
– Ah, también me gustaría que fueras al mercado negro. Necesito que compres dos pistolas pequeñas. Con balas de plata, además de las normales.
Gumi asintió lentamente.
– Y… ¿Tienes un frasco?
– ¿Eh? Sí, ¿para qué?
– Tú dámelo.
Mientras ella hurgaba entre los armarios, Kaito cogió un cuchillo de la encimera. Gumi arqueó una ceja al verlo, pero le entregó el frasco sin rechistar.
Él se pasó la hoja por la muñeca izquierda y la piel se abrió suavemente en una línea roja. Dobló el brazo y se puso la boca del frasco debajo. Las gotas de sangre fluyeron con rapidez, algunas cayendo al suelo, llenando el recipiente.
– Ya está – se lo entregó –. Quiero que la vendas. No sé si habrá cambiado, pero la sangre de inmortal siempre ha tenido un buen precio, ¿no?
– Kaito… – lo cogió casi con temor –. ¿Sabes cuánto puede valer?
– Lo suficiente para pagarnos los gastos del viaje. Y la mitad de lo que saques te lo quedarás tú.
– No sé qué decir… – tragó saliva –. Excepto que os podéis quedar conmigo todo el tiempo que necesitéis y que os haré comidas para chuparse los dedos.
Kaito sonrió.
– Eso suena bien.
X
Cuando Meiko abrió los ojos vio una mata verdosa. Se preguntó si se había quedado dormida en el jardín de su abuela. Desde luego, olía bien y a flores. Dentro de unos minutos vendrían a despertarla, regañándola por holgazana.
Se estiró. Entonces notó la almohada. ¿En el jardín de su abuela tenían almohadas? Estaba segura de que no… Y tampoco sábanas o colchones… Su cerebro empezó a trabajar con rapidez, casi pudo notar cómo echaba humo. La mata verde se movió y fue sustituida por unos párpados cerrados, con unas pestañas larguísimas. Meiko soltó una exclamación y se levantó de golpe.
Estaba en una habitación bonita, con pequeños muebles de madera, una estantería con peluches antiguos, una ventana con una cortina corrida de color verde y estampados de flores.
Y a su lado dormía una chica.
Meiko sacudió la cabeza. ¿Cuándo había llegado a esa cama? Lo último que recordaba era el bar y… ¡Ah, era verdad! Se había quedado dormida.
Gumi se removió un poco antes de despegar un párpado, que clavó en ella. Entonces la joven le sonrió.
– Buenos días.
– B-buenos días…
– ¿Has dormido bien? – no supo muy bien por qué, le pareció que había un tono malicioso en esa pregunta.
– Como un tronco…
Gumi rió y se destapó. Meiko se alejó un poco y se dio cuenta de que llevaba puesto un pijama.
– Es mío – le informó la chica –. Si quieres ve a darte una ducha.
– ¿Y Kaito?
– Pues ayer lo dejé durmiendo en el sofá…
Se le escapó un suspiro de alivio. Por un momento había creído que se había ido sin ella. Más tranquila, salió al pequeño pasillo. El baño estaba a la derecha y era pequeño, con una ducha moderna, sin bañera, y una ventana que daba a un patio interior lleno de plantas. Fue de puntillas hasta el salón. Había unas cuantas estanterías con libros, una televisión mediana, dos macetas con exuberantes flores y, tumbado en el sofá, estaba Kaito.
– Dejémosle dormir un rato más – le susurró Gumi. Meiko reprimió un grito de asombro: ¿cuándo se le había acercado tanto? –. Estaba molido.
– V-vale. Voy… a ducharme.
Al terminar, Gumi le pasó un vestido blanco. Meiko tenía más pecho que ella y le quedaba algo justo, pero le gustaba cómo le sentaba. Le rozaba las piernas con suavidad y era tan ligero…
Olía a café, tostadas y a… ¡tortitas! La boca se le hizo agua. Desde que empezó a huir con Kaito no habían podido comer más que bocadillos, hamburguesas y comida basura. Casi se dejó arrastrar por el delicioso aroma hasta la pequeña cocina. Gumi se limpió las manos en el delantal.
– ¿Tienes hambre?
– Mucha – sonrió Meiko al ver la pila de tortitas y las humeantes tostadas.
– Tengo mermelada de fresa, de melocotón y de albaricoque. También hay mantequilla y aceite. Y chocolate y nata. Ah, saca de la nevera el zumo de naranja, que hay que cuidarse.
Si Gumi le hubiera pedido que sacara una bomba de la nevera, lo habría hecho. Sólo podía pensar en el desayuno y en lo apetitoso que parecía.
Ayudó a colocar los platos. Kaito se despertó con el ajetreo y, despeinado y ojeroso, se sentó a desayunar. Meiko devoró literalmente lo que le pusieron en el plato como si no hubiera comido en días.
– ¿Qué vais a hacer hoy?
– No sé. No creo que debamos salir… – Kaito miró de reojo a su amiga.
– Yo voy a estar fuera hasta la noche. Tengo que hacer unas cuantas cosas. Por cierto, "eso" que pusiste en venta ya está muy demandado en la red.
– ¿Lo has subastado por Internet? – se sorprendió él.
– Es la mejor manera de hacer dinero.
– ¿Qué has vendido? – suspicaz, Meiko apartó el vaso de zumo de su boca.
Kaito sonrió burlonamente.
– Te he hecho caso.
– ¡No me digas eso!
– Conseguiremos mucho dinero, ¿no?
Gumi, que no comprendía por qué Meiko se ponía así, ni la risa de regocijo de Kaito, asintió con la cabeza.
Meiko se puso roja y se tapó la cara con las manos.
– Estaba enfadada y quería molestarte, sólo era una tontería. Y tú lo sabías. ¿¡Por qué has hecho una tontería tan gorda como esta!
– Jajaja. Será la edad – Kaito se puso un mechón de pelo tras la oreja –. ¿De qué precio estamos hablando?
Gumi trajo un portátil y lo encendió. Unos minutos después carraspeó, impresionada.
– Pues… la última oferta es de cuatrocientos mil…
– ¿¡Qué! – Meiko se incorporó de un salto –. Venga, vale, está bueno, pero no puede ser para tanto…
– Bien, definitivamente me he perdido… ¿Qué tiene que ver que Kaito sea guapo con su sangre?
– ¿Sangre? – repitió Meiko.
Kaito sonrió de nuevo mientras se terminaba el café. Meiko se quedó en blanco unos segundos, procesando la situación. Entonces se volvió, furiosa, hacia él.
– ¡Eres un imbécil!
– Pero si te he dicho la verdad: he vendido mi cuerpo…
– ¡Y una mierda! ¡Has vendido tu sangre!
– Y la sangre es parte de mi cuerpo.
– ¡Pero no tu cuerpo! – Meiko estaba tan inclinada sobre la mesa que parecía que fuera a saltar sobre él.
– Bueno, ya vale. Ha sido una broma – la calmó Gumi –. Ah, otro ha pujado por 450.000…
– ¿Y cómo puede valer tanto tu sangre? – preguntó, retirándose hacia su asiento, todavía muy mosqueada.
– Las brujas y los inmortales casi no se mezclan con la sociedad y son, por decirlo así, intocables. Hay cientos de miles de personas que se mueren por investigar con su sangre o, en general, con ellos – le explicó Gumi –. Algunos dicen que si bebes la sangre de inmortal te volverás mucho más longevo, que tus heridas sanarán antes, que no enfermarás… Y, en general, por ser tan poco común vale muchísimo. No me extrañaría que antes de esta noche lleguen al millón. Pero no quiero dejarles emocionarse. Esperaré hasta las nueve y cerraré la subasta.
– ¿Por qué? ¡Un millón! ¿Quién perdería la oportunidad de ser millonario?
– Alguien que quiera mantener el anonimato – se rió Gumi –. Tengo completamente oculta mi identidad y sólo unos pocos hacker podrían rastrear mi dirección. Nadie, ni siquiera el comprador, sabrá quién puso en venta la sangre. Pero si dejo abierta la subasta demasiado tiempo, podrían rastrearme para robarme la sangre y no tener que pagar. Por cosas más tontas se han perdido varias vidas…
Meiko tragó saliva. ¿Estaría exagerando? No parecía muy inquieta por lo que acababa de decir…
– ¿Y cómo pueden pagar tanto por algo que podría ser falso? Si la sangre es tan valiosa, habrá miles de falsificaciones…
– La sangre de inmortal se caracteriza por no corromperse. Cualquiera puede comprobarlo si se le deja la muestra.
– ¿Y cómo lo comprobarán?
– Les permitiré hacerlo.
– ¿Cómo?
– ¿Quieres que te diga de verdad todo lo que hay que hacer en el mercado negro? – Gumi negó con la cabeza, sin dejar de sonreír –. Alguien llevará por mí la muestra y el cliente traerá a expertos. Si intentan robar la sangre, habrá gente que protegerá a mi enviado. Por eso es tan importante proteger mi "base" – e hizo un gesto con el brazo que abarcó su casa –. Aquí no habría nadie para protegerme. Bueno, si lo simplificamos, así funcionan las cosas. Secretismo, enredos y peligro.
– Uau…
– Cuando tenga el dinero podríais ir de compras. Y no creo que tarde mucho en encontrar la información que querías.
– Gracias.
– Nada, tonto. Además, la mitad del dinero de la subasta es un pago más que bueno.
– Sólo una pregunta más – dijo Meiko, levantando un dedo igual que en clase.
– Dime.
– ¿No es peligroso si nos están persiguiendo? Quiero decir, no parece que todos los días un inmortal venda tu sangre…
– Bueno, nadie espera que la den de buen grado… Y las venganzas de las brujas son horrorosas… Así que estos negocios se mantienen en el más absoluto secreto. He tardado más de cuatro horas en encontrar una red segura y con compradores discretos – dicho esto, le pidió que se terminara el desayuno para poder lavar los platos.
Gumi no trabajaba siempre desde su portátil. Los pedidos que solían caerle eran demasiado oscuros para que se arriesgara a usarlo, por muy moderno y protegido que estuviese. No, la mejor forma era el sótano de su colaborador, que se beneficiaba de sus trabajos y había comprado todo lo necesario para que investigara sin problemas.
Bajó por las escaleras y saludó a los dos camareros que trabajaban por la mañana. Al salir a la calle sintió un pequeño retortijón de culpabilidad. Había dicho que estaría fuera hasta la noche para darle a entender a Kaito que buscaría todo lo que le había pedido. Y, la verdad, lo de sus perseguidores le había llamado la atención. Pero no podía tardar más de dos horas en recopilar la información necesaria. Y conseguir pistolas era muy sencillo. No le llevaría en absoluto todo el día.
Sin embargo, debía fingir que tardaba en dar con los datos de Miku.
Porque ya los tenía.
Unos quince minutos más tarde se detuvo delante de un café de amplias ventanas, casi vacío porque a esas horas la gente ya estaba trabajando. Antes de entrar reconoció la larga cabellera rubia. La chica llevaba el abundante pelo recogido en una coleta alta, a la izquierda de la cabeza. Se sentó a su lado y pidió un zumo de melocotón.
– ¿Qué tal?
Neru levantó los ojos ambarinos del café solo y sonrió pesadamente.
– Cansada. ¿Y tú?
– A punto de ganar bastante dinero.
– Espero que no sea un trabajo muy peligroso.
– Más que nada es complicado moralmente.
Metió la mano en el bolso y dudó. Neru esperó sin meterle prisa: contaba con ella. Daba por sentado que si cuando la citó fue porque tenía lo que necesitaba. Además, había pagado un precio bastante bueno. Si Gumi decía que podía hacerlo y aceptaba el dinero, se comprometí a entregarle al cliente lo que le hubiera pedido. Era su ley.
Suspiró.
Lo siento, Kaito. Ella también es mi amiga. Y hay cosas que tiene que resolver.
Extrajo el pen-drive y se lo tendió.
– Aquí tienes todo lo que he podido recopilar de las últimas apariciones de Miku. No me he esforzado mucho en investigar al Aquelarre porque, bueno – se rió –, tú conseguirías más cosas que yo, seguro.
– Gracias – a Neru le tembló la voz cuando se guardó la valiosa información en el bolsillo de la chaqueta –. No sabes lo importante que es para mí.
– Sí, lo sé – la camarera le dio el zumo y empezó a beberlo en silencio –. No eres la única que busca a Miku.
– No.
– Ni la única que busca eso.
– Ya.
– ¿Dónde has dejado a Rin y Len?
– Ah, están con una vieja amiga – Neru se pasó una mano por los ojos –. Creo que voy a pedir otro café…
– ¿No prefieres que te haga una pócima? Seguro que es más útil.
– No quiero entretenerte – se negó ella. Se inclinó hacia Gumi y le dio un beso en la mejilla –. Gracias por todo. Ahora podré ir más rápido – sus dedos se cerraron con fuerza en torno a la taza y se pusieron tan blancos que Gumi temió que fuera a romperla –. Y estaré un paso más cerca de conseguirlo.
– ¿No hay ninguna otra manera de ayudarles sin eso? Quiero decir, ¿estás segura de que es tu única opción?
Neru tardó en responder.
– Puede que no sea la única. Pero no lo quiero sólo por ayudar a mis hermanos. También quiero resolver una cuenta pendiente.
Gumi contuvo un suspiro de resignación. Al fin y al cabo, ¿quién era ella para impedirle nada? Sólo una informadora. Investigaba, recibía su dinero y mantenía la boca cerrada. Nada más. Así tenía que ser.
Se terminó el zumo y dejó el dinero sobre la barra.
– Ten cuidado y llámame aunque sólo sea para pedirme ayuda.
Neru se rió.
– Sí. Me acordaré de llamarte.
– Más te vale.
Se marchó del café satisfecha y a la vez sintiéndose culpable. No le cabía duda que Neru acabaría averiguando sobre Kaito, o que se encontrarían tarde o temprano. Le iba a dar la misma información a él, así que…
¿Merecía Neru encontrar a Miku? ¿Tanto como Kaito, que era su inmortal, la persona más cercana que Miku tendría jamás?
Desde su punto de vista, sí.
– Por esto no me gusta meterme en problemas turbios de mis conocidos – gimió en voz alta –. Siempre es una mierda.
Se detuvo en un paso de cebra y aguantó la respiración cuando los coches empezaron a zumbar a través de este, despidiendo peste a gasolina y suciedad. Dentro de unos años se retiraría al campo. No, a la montaña. A una alejada, con aire puro y bosques por los que correr y pasar el tiempo.
Pero antes le quedaba al menos un trabajo.
Se frotó las manos, dispuesta a averiguar todo lo que pudiera sobre la contratista y el vampiro.
X
¡Gracias a Lenalee Rose y a Ukyo-san por los comentarios! Espero que la historia guste a los lectores.
