Disclaimer: El potterverso le pertenece a Rowling.

Advertencia: esta historia está contada desde la perspectiva de Slytherin así que puede herir susceptibilidades.

Editado: 14/03/2018


Fuera de lugar

'Sangresucia' por aquí, 'sangresucia' por allá.

La pequeña e inocente niña que aún era Hermione se ahogaba en esa palabra. La escuchaba al despertarse y antes de dormir. La veía escrita en las paredes de su habitación y en todas sus pertenencias. Había llegado a un punto que hasta empezaba a soñar con ella. Todos, absolutamente todos los espacios que transitaba dentro y fuera de las mazmorras estaban definidos por ese calificativo. Su pecho se estrujaba cada vez más y su fuerza de voluntad decaía, la niña sólo quería seguir llorando pero no tenía dónde y no quería que la vieran así de afectada y vulnerable, aún quería conservar algo de dignidad. Era la patética 'sangresucia' de primer año, la mancha en la orgullosa Slytherin, la razón por la que Salazar estaba revolcándose en su tumba, el motivo de la desgracia verdeplatina…

O eso era lo que se profesaba a diestra y siniestra.

Muchos de los profesores se preguntaban cuánto iba a durar la situación hasta que alcanzara niveles de violencia física. Pensaban que no podían intervenir hasta que ocurriera lo que consideraban inevitable por lo que dejaron que los estudiantes hicieran y deshicieran a su antojo, sólo hacían oídos sordos y miraban hacia otro lado. Por supuesto que si escuchaban pronunciar ese insulto llamaban la atención pero los niños y adolescentes son ingeniosos e inteligentes, en especial los slytherin. Nunca los hubieran agarrado con las manos en la masa, nunca serían descubiertos a plena luz del día. Eso hubiese sido tan vergonzoso como la sangresucia que los insultaba con su más que indigna presencia. Así fue como la palabra se volvió el siseo serpentino favorito de los verdeplatinos.

Las demás casas no se preocupaban demasiado por una compañera de clases que veían un par de veces a la semana. Llegó a generar lástima en Longbottom pero él tenía sus propios problemas y 'amigos' que lo respaldaban, no necesitaba que la pequeña serpiente recién llegada lo complicara aún más. El concepto sobre ella que se estaba generalizando y enraizando con fuerza en el imaginario colectivo de su generación decía que algo oscuro debía tener la tal Hermione Jean Granger para que el Sombrero Seleccionador la haya puesto en Slytherin. Tan inocente, tan buena, tan pura no podía ser si fue elegida para vestir esos colores, por tanto, debía soportarlo, ella se lo había buscado porque ella era así.

Con honestidad, toda esa hipocresía que emanaba de los adultos y del mundo que le estaba dando la bienvenida fue el golpe más fuerte y consistente que había recibido en su corta vida y Hermione siempre lo recordaría. La esperanza de encontrar un lugar en el que la aceptaran fue la mayor ilusión de aquél verano de 1991 y no se equivocaba porque fue sólo eso, una ilusión que se escurría como arena entre sus diminutos dedos.

Durante sus primeros días en Hogwarts recordaba a sus compañeros de la escuela primaria, esos niños caprichosos que organizaban su diversión a costa de ella. Recordó como sufría y lloraba durante las noches, un dolor que ahora parecía repetirse en su corazón. A su mente venía ese profundo deseo de no volver a la escuela y quedarse en su casa con sus libros, deseo que tantas veces le había expresado a su madre. Cada vez que estos pensamientos asaltaban su infantil mente, una sonrisa de resignación se dibujaba en su rostro porque ahora entendía que aquel pasatiempo de sus compañeritos muggle era un simple 'juego de niños' comparado con lo que estaba viviendo ahora y comprendía, muy a su pesar, que de nada le servía desear 'no ir' a la escuela porque ahora 'vivía' en ella.

La inocencia de la niña estaba muriendo.

Se refugió en la biblioteca. Siempre había sido su lugar favorito y ahora se guarecía en ella. Se sentía protegida por el respetuoso silencio que gobernaba ese espacio. Pasar sus horas ahí se había vuelto vital, casi tan necesario como respirar. Los libros se volvieron su santuario.

Las semanas fueron pasando y la rutina la había engullido: se levantaba primero para poder asearse con tranquilidad. Sus compañeras de habitación la molestaron los primeros días pero al ver que debían despertarse a las cinco de la mañana para llevar adelante sus maldades, desistieron rápidamente. Sus clases pasaban rápido y le resultaban sencillas casi hasta el aburrimiento debido a que adelantaba sus deberes. Esas horas de paz en las aulas eran su descanso, a excepción de aquellas ocasiones en las que los trabajos requerían pareja o grupo, eso sí que era un suplicio. Se sentía oprimida por la imposición de tener que pedirle a alguien que la acepte cuando era evidente que no era bien recibida. Su orgullo se carcomía cada vez que debía pronunciar la pregunta "¿puedo hacer el trabajo con ustedes?". Temía siempre que la negativa generalizada perjudicara directamente sus notas ya que pasaba más tiempo lidiando con su 'colaborador' que resolviendo las consignas.

Esa situación llegó a tal punto que generó algo de lástima en algunos profesores y se vieron en la posición de formar ellos mismos las parejas, mezclando a los integrantes de las casas. De esa manera, le daban a Granger la oportunidad de llevar adelante sus deberes sin tener que padecer las rispideces con los suyos. Con el tiempo llegó a admirar a los estudiantes de Ravenclaw porque la búsqueda de la perfección en ellos hacía que pasaran por alto que era una Slytherin y podía llevar adelante los ejercicios sin discutir, se trataba de concentración plena y absoluta, eran unas maquinitas de resolución. El problema real era con los de las otras dos casas: los gryffindors, aquellos leones que enarbolaban el estandarte de la igualdad y la inclusión, eran los primeros que demostraban suspicacia hacia ella. Parecía que con ellos era doblemente traidora porque no sólo estaba en la casa de las serpientes, sus declarados enemigos, sino que era una hija de muggles destinada a estar ahí. La situación le era incomprensible a la pequeña bruja porque podía entender y aceptar la violencia de los suyos, dada su historia y valores, pero los leones estaban fuera de su lógica. Por su parte, los de Hufflepuff tendieron a 'solidarizarse', lo peor que le podrían haber hecho. La miraban como si se tratara de un perrito herido y perdido en medio de la lluvia y siempre parecía que querían adoptarla. Eso la enfurecía porque para un Slytherin no había nada peor que un tejón ofreciendo su hombro para llorar, algo que le señalaban constantemente sus compañeras de habitación.

Sus fuerzas decaían día a día, no era dueña de su vida. Todo hubiera continuado en el mismo espiral decadente de no ser por la intervención de la persona menos pensada por Hermione.

La primera semana de noviembre fue convocada por el profesor Snape sin que se le explicara el motivo de la reunión. Como él era jefe de su casa, suponía que el encuentro se debía a la situación en la que se vio envuelta con los dos leones y el troll:

Los ingratos de mi casa nunca me agradecen los puntos que obtengo por mis altas calificaciones, parecen no notarlo. Pero eso sí, no pueden pasar por alto que quedé metida en ese lío por ese par de idiotas, ¿tenían que quejarse no sólo dentro de las mazmorras sino también fera de ellas? Ahora seguro que recibiré una reprimenda. Sólo espero que sean deberes, eso sí lo puedo manejar, pero por favor, por favor, que no le digan a mis padres— pensaba mientras se dirigía al salón de pociones.

Sentía que la situación en general la estaba desbordando, que dentro de poco ya no aguantaría más y se desmoronaría. Sabía que el estudio no estaba siendo suficiente para reparar el dolor que la oprimía y la ahogaba por dentro pero prefería hacer caso omiso a esos sentimientos. Era consciente de que en el momento en que reparara en ellos, se abrirían las compuertas de sus lágrimas y sabía que no podría parar de llorar. Ese sería prácticamente un suicidio y no le daría el gusto a los miembros de su casa.

Apenas llegó vio la puerta abierta a cuarenta y cinco grados. Golpeó y esperó el permiso para entrar pero nada ocurrió. Asomó su cabeza mientras llamaba a su profesor por su nombre con cuidado y respeto, no quería hacerlo enojar, pero no vio a nadie. Supuso que si la puerta estaba abierta, sería porque quería que ella ingresara así que eso hizo y se sentó a esperarlo en el primer banco. No pasó mucho tiempo hasta que Severus Snape apareció cerrando la puerta tras de sí y lanzando un encantamiento que Hermione no logró escuchar del todo pero que sí percibió cuando fue ejecutado. Se puso de pie dispuesta a saludarlo cuando fue interrumpida por la voz lacónica del mago:

—Veo que la sangresucia decidió venir después de todo— dijo enfatizando la nefasta palabra.

Hermione no supo qué responder, sólo se quedó mirándolo y boqueando.

—¿Sin palabras sangresucia? — preguntó con una media sonrisa que volvía la situación mucho más perversa de lo que ya era.

La chica quedó dura y el miedo la inundó al ver que se acercaba a ella con esa fría mirada y su sonrisa macabramente ladina.

—¡Ah! ya veo— volvió a interrumpir el silencio—, ese troll debió golpearla y mató las neuronas que contaminan mi casa y a mis estudiantes.

Siguió caminando y cuando ella creyó que sería golpeada, él pasó de largo hacia su escritorio. Se sentó sin retirar sus ojos de ella, escudriñándola, diseccionándola como se tuviera un bisturí en mano.

—Pro-profesor…— comenzó a decir con cuidado—, no, no entiendo… ¿por… por qué…?— trataba de articular pero fue interrumpida inmediatamente.

—¿Por qué la convoqué o por qué la llamo sangresucia? — una pequeña risa gutural escapó de su garganta—. Tal vez quise que viniera para que escuche lo que pienso de los de su clase inmunda.

Enfatizó cada palabra hiriente y observaba los ojos llorosos de la pequeña de once años. Agregó como quién se deleita clavando aún más el puñal en su víctima:

—¡Por favor! ¿¡No me diga que va a llorar!? En su lugar, ¿por qué no va a quejarse con el director? ¡Vamos!, ¡Pida que me sancione!, eso si es que le cree a una mugrosa como usted, o mejor aún, ¿desea pedirle que la dejen ir a su maldito e infesto mundo muggle? Váyase, líbrenos de su presencia, deje de avergonzar a mis estudiantes con su existencia. ¡Haga algo útil, sangresucia!

Hermione escuchaba boquiabierta la catarata de insultos e impropios que su profesor, el jefe de su propia casa, le tiraba en la cara. Al principio sintió ganas de llorar y quería salir corriendo pero, poco a poco, conforme Snape hablaba casi sin respirar con esa voz monocorde, comenzó a encolerizarse y se desesperaba. Casi con un susurro de voz rogaba con un "por favor, ya basta", "ya… ya basta". Lo pedía más y más fuerte hasta que, de repente, sin saber cómo, logró una voz de comando que gritó:

—¡ DIJE BASTA!

No sólo fue su voz la que se alzó con fuerza sino que una cantidad enorme de magia fue liberada al punto que los instrumentos de vidrio cercanos explotaron.

Su respiración era agitada y su mirada fulminante. Tenía su ceño fruncido, sus ojos brillaban de ira y mantenía su mandíbula fieramente apretaba. En ella había rencor y deseos de tomar represalia, sentía hervir algo en su interior, una fuerza que peleaba para salir al exterior y castigar a aquellos que la insultaban y menospreciaban. Tenía su mano izquierda hecha un puño y con la derecha sujetaba amenazadoramente su varita.

—Hmmm, mejor así— dijo Snape mientras bajaba su mirada hacia un pergamino y hacía anotaciones en él.

El silencio reinó en el salón y ella sólo podía escuchar el latir de su corazón y la respiración agitada que poco a poco volvía a la normalidad. Tragó fuerte y parpadeó mientras intentaba encontrar algo de sentido a lo que acababa de ocurrir.

—¿Piensa bajar su varita o deberé retenerla por apuntar hacia uno de sus docentes? — preguntó Severus con normalidad.

—¡U-usted!, ¡usted! — dijo Hermione de manera acusadora.

—¿Tiene algo que reportar?, ¿algo de lo que quiera quejarse, señorita Granger?

La tranquilidad en su expresión contrastaba abismalmente con las barbaridades que había dicho tan sólo unos momentos antes.

—¿Por qué? — comenzó a inquirir—, ¿por qué dijo todo eso y ahora… ahora…?

Bajó su varita con cautela y pasó miraba de su profesor a los alrededores. Se dio cuenta lo que había provocado con su exabrupto y se sintió culpable por lo que levantó nuevamente su varita y, mientras movía su muñeca, susurró:

—Lo siento profesor, no fue mi intención— se disculpó y agregó—: 'Continentia reparo'.

Con ese hechizo todos los recipientes volvían a la normalidad.

—Ese... encantamiento… ¿dónde lo aprendió?

—Antes de venir a Hogwarts leí sobre el encantamiento 'reparo' y aquí en Hogwarts leí que si se especifica qué es lo que se quiere reparar con exactitud, el encantamiento es mucho más preciso.

—No puede hacer magia fuera de la escuela— respondió él.

—Pero eso fue antes de llegar— se justificó de inmediato—, las reglas no especifican sanciones a los estudiantes que aún no comienzan su educación. No podrían llamarme la atención por eso.

Su voz mostraba nerviosismo. Aunque sabía que no podían recriminarle sus lecturas y prácticas anteriores a su llegada, aún se encontraba afectada por lo sucedido minutos antes.

Esa respuesta sacó una leve sonrisa en Snape. Evidentemente la niña había caminado por la delgada línea entre lo correcto y lo incorrecto, entre la regla y la ruptura. Tras un suspiro agregó:

—Le sugiero que aprenda a controlar ese nivel de energía, señorita Granger. Sería mucho más productivo que ocupe su tiempo libre investigando y ejercitando. Si por esas casualidades las clases no le son suficiente, debería ir más allá de ellas en lugar de autocompadecerse en el baño. Eso, claro, si es que tiene la capacidad. Tal vez, si canalizara esa frustración en algo provechoso sería una bruja que supere lo excepcional y me atrevería a decir que incluso se ganaría el respeto de los suyos. Más allá de las diferencias que hoy expresen y que ni usted ni ellos olvidarán nunca, aún debe recorrer un largo camino si desea tener éxito.

Tras esas palabras se incorporó y fue hacia un mueble que estaba a su espalda.

—Como sé que frecuenta la biblioteca, me atrevo a solicitarle que devuelva estos libros a Madame Pince— se acercó y le entregó dos inmensos tomos que hicieron flaquear sus brazos—. Ahora, si me disculpa, tengo mucho que hacer y usted unos libros que devolver.

Concluyó sin siquiera mirarla, escribiendo nuevamente en su pergamino y olvidando su presencia.

Hermione salió del salón en extremo confundida. Caminaba automáticamente hacia la biblioteca sin reparar en nadie a su alrededor, tratando de asimilar lo que acababa de suceder. Había sido muy extraño el comportamiento de su profesor: la había insultado, logrando que se enoje y provocando que destruyera propiedad de la escuela.

¡Levanté mi varita en su contra! — se gritó así misma deteniéndose en medio de uno de los pasillos y agradeciendo que eso no haya significado su expulsión.

Sus pies la llevaron a su refugio diario. Se paró frente a Madame Pince aún sin poder hablar, sacudió su cabeza y miró los libros. Una triunfal sonrisa se dibujó en su rostro mientras leía: 'Encantamiento desarmador. Teoría y práctica del arte del duelo Nivel I' y 'Hacia la comprensión del Encantamiento Escudo. Una guía para iniciados'.

Finalmente, había comprendido. Compadecerse o huir no era la respuesta. Debía estudiar más, es cierto, pero no por el conocimiento mismo sino con el firme propósito de superar a los demás en fuerza porque podrían despreciarla por su sangre, por su origen pero todos y cada uno de ellos aprendería a respetarla por su poder. Los que no la aceptaran como a una igual y osen enfrentarla, se verían doblegados ante su magia.

Con esos pensamientos buscó la mesa más alejada y solitaria que hubiera en la casi desolada biblioteca y se sentó a ver los libros que el Jefe de su casa le había entregado. Estaba junto a una ventana y se sobresaltó cuando algo pareció posarse por fuera. Miró y se sorprendió al ver un cuervo que parecía devolverle la mirada con curiosidad. Hermione extendió su mano con cuidado para no espantarlo hasta tocar el vidrio y el ave acercó su pico del otro lado. Movió su mano con el deseo de acariciar ese negro plumaje inaccesible en ese momento y el cuervo inclinó su cabeza como si realmente ella pudiera tocarlo.

Ese había sido su primer encuentro con quien sería una compañía rutinaria cada vez que se sentara en esa mesa, sin importar si era de mañana, de tarde o de noche. Parecía saber cuando ella llegaba porque minutos después aparecía y no se iba hasta que Hermione dejaba la biblioteca.

¿Será un cuervo mágico?— solía preguntarse con frecuencia.

Sin embargo, no tendría la respuesta hasta varios años después, por ahora lo único que le importaba era aprender a defenderse y sobrevivir.


Observaciones: En el canon, Hermione investiga y aprende por amor al saber pero impulsada también por las aventuras de Harry y el deseo de proteger a sus amigos. En este AU ella comienza a perder ese gusto por el aprendizaje debido al contexto que la envuelve y aún no encuentra a nadie que estimule ese instinto protector, por eso debió encontrar otro tipo de impulso para incursionar más allá de lo que le indican en las clases, ese nuevo motor es la 'supervivencia' que la ayudará a sobrellevar su existencia sin la necesidad de depender emocionalmente de los otros. Las contras a e esa existencia solitaria las verán más adelante jejeje!