A miles de kilómetros de allí, del otro lado del Atlántico, casi instantáneamente, un plop se escuchó en la casa de los Cullens y, de la nada, como por arte de magia, un niño apareció en el medio de la sala de estar. El olor a sangre inundó todo el lugar y, muy pronto, siete vampiros se encontraban a su alrededor. Extrañamente, la sangre del humano no los llamaba. Ninguno quería matarlo y beber su sangre; de hecho, lo único que querían hacer era protegerlo.
—Si alguno tiene sed —dijo Carlisle con calma mientras se acercaba al humano—, debe irse ahora.
Con suavidad y delicadeza, deslizó los brazos por debajo del cuerpo del niño y lo trasladó hasta el sillón. Una vez depositado allí, se dio vuelta y miró a su familia. Orgulloso, se dio cuenta que ninguno quería matar al niño ni estaba luchando contra sus instintos. En ese momento, comprendió que no era el único que se sentía atraído hacia el pequeño.
—¿Estará bien, Carlisle?
Esme fue la primera en hablar, preocupada por la salud del niño que no parecía tener más de cinco años. Todos los Cullen sabían que Esme tenía debilidad por los niños y que lo que más lamentaba acerca de ser un vampiro era que nunca podría tener uno. Lentamente, se acercó al pequeño y estiró la mano para tocar su cabeza, pero la retiró segundos más tarde, temerosa y arrepentida.
—Me encargaré de que lo esté —le aseguró a su compañera. Sus más de cien años como médico tenían sus beneficios y estaba seguro de que podría cuidar al niño en su casa, sin necesidad de llevarlo al hospital—. Alice, necesito que vayas a la farmacia y compres un kit de primeros auxilios. Asegúrate de agregar una gran cantidad de vendas, crema desinfectante y pastillas o algún jarabe para el dolor. Rosalie, ve a una tienda de ropa y cómprale varios conjuntos. También asegúrate de comprar mantas y pasa por alguna tienda de muebles y pide que envíen una cama. Emmet, ve al supermercado y compra alimentos saludables. Pasa por la librería y compra también libros de recetas y algunos de historias infantiles para que se entretenga hasta que esté bien.
Ni bien terminó de hablar Carlisle, sus tres hijos salieron de la casa a una velocidad increíble, dispuestos a hacer lo que les había pedido en la menor cantidad de tiempo posible.
Con tranquilidad y calma, el médico comenzó a desvestir al pequeño para evaluar el daño que tenía y ver qué podía hacer por él. Sabía que tenía algunas costillas quebradas, su respiración lo delataba. Uno de sus brazos se encontraba hinchado al igual que su tobillo. Probablemente, ambos estén fracturados, pensó. Pero, lo que más lo sorprendió, fueron las marcas del cinturón que cubrían la espalda del niño. Algunas de ellas todavía estaban sangrando.
—Esme, ¿puedes traer agua tibia y una toalla? —le pidió mientras le dedicaba una sonrisa tranquilizadora. En cuanto su esposa se marchó al baño, se giró hacia Edward—. ¿Puedes decirme algo de él?
—Es como si no estuviera aquí —murmuró extrañado. Ante la mirada perpleja de su padre y hermano, elaboró un poco más su respuesta:— No percibo ningún pensamiento. Nunca antes me había sucedido algo así.
Esme apretó con suavidad su hombro mientras se acercaba a su esposo con lo que este le había pedido. Edward agradeció el apoyo de su madre mientras ponderaba todas las posibles explicaciones acerca de por qué no podía leer la mente de este humano.
—Lo que más me extraña —Carlisle rompió el silencio mientras limpiaba las heridas en su espalda—, es que no se despierte. No parece haber recibido ningún golpe en la cabeza. Sus signos vitales, si bien son algo débiles, están dentro del rango normal también.
—Está agotado —dijo Jasper lentamente—. Es lo único que puedo sentir de él. Agotamiento. Ni siquiera hay dolor o miedo, solo cansancio extremo.
Carlisle asintió. Eso era bueno. Lo único que necesitaba era dormir para poder despertar, lo cual resultaría beneficioso para el resto de sus heridas. En ese momento, Rosalie, Emmet y Alice entraron nuevamente a la casa, perfectamente sincronizados. Mientras Emmet fue a dejar los víveres a la cocina y Rosalie dejaba todas las bolsas a un costado de la puerta, Alice se acercó a su padre y le entregó todo lo que había comprado.
—No puedo ver nada acerca de su futuro —confesó—. Lo intenté varias veces, pero está en blanco.
—Estará bien, Alice —le garantizó Carlisle—. Necesita descansar.
Durante los siguientes minutos, el médico se dedicó a vendar el brazo y el tobillo en la posición correcta para asegurarse de que soldaran bien. Luego, aplicó la crema sobre los cortes en su espalda para que no se le infectaran y, tras esperar que secara, volvió a depositarlo suavemente sobre el sillón. A continuación, tomó una de las mantas que acababa de comprar su hija y lo cubrió con ella… lo que menos necesitaban ahora era que también pescara un resfriado.
—¿Se sabe algo de quién es? —pregunto Emmet—. ¿Cómo llegó aquí?
—Probablemente sea un mago —respondió Carlisle distraído—. Hacía años que no me cruzaba con uno. Suelen vivir en comunidades separadas, alejados del resto de las personas. Pero, hasta que no se despierte, no sabremos nada más sobre él.
***unlugarparacreceryamar***
Los siguientes tres días, los pensamientos de todos los Cullens giraban en torno al pequeño que ni conocían, pero que, desde que llegó inesperadamente a su casa, habían jurado proteger. Al segundo día de su llegada, la cama que habían encargado se encontraba en una de las habitaciones que había estado desocupada y que, en solo unas horas, habían decorado para que el pequeño se sintiera cómodo.
Sin embargo, esta mañana, Jasper les había informado que el agotamiento que antes había percibido ya casi había desaparecido. Por ello, todos estaban seguros de que muy pronto se despertaría y podría resolver algunas de sus dudas.
Casi como si supiera lo que pasaba por la mente de los vampiros, el pelinegro dejó escapar un gemido de dolor antes de volver a guardar silencio, como si temiera que alguien lo escuchara. Sin embargo, en solo un segundo, Carlisle y Esme ya se encontraban en la habitación, dándole el tiempo que necesitara para sentirse cómodo y seguro.
Harry, por su parte, se dio cuenta ni bien recuperó la conciencia que no se encontraba en el armario debajo de las escaleras. El viejo colchón que tenía no era tan cómodo ni grande y tampoco sentía las arañas caminar por su cuerpo. Le tomó unos segundos recordar la paliza que le había dado su tío y, en ese momento, notó las vendas en su cuerpo y las puntadas de dolor cada vez que respiraba. ¿Estaré en un hospital?
Tras unos minutos, abrió los ojos lentamente. Lo primero que vio fue a una pareja junto a la puerta. El hombre era alto, tenía cabello rubio, cuerpo tonificado y aparentaba apenas unos treinta años. La mujer, en cambio, era más baja, tenía el cabello color caramelo y el rostro en forma de corazón. Pero, lo que más sorprendió a Harry, además de su extrema belleza, eran los ojos casi dorados que ambos compartían.
El pelinegro sintió temor. No podía recordar cómo había llegado a… donde quiera que se encontraba ni quiénes eran estas personas. No sabía si querrían hacerle daño o...
—Mi nombre es Carlisle Cullen —dijo el hombre mientras se acercaba lentamente, intentando no aumentar el temor que Jasper acababa de informarle desde el piso de abajo que sentía— y ella es mi esposa, Esme.
La mujer le dedicó una sonrisa que lo tranquilizó un poco.
—¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? —preguntó Harry. Su voz salió ronca, al fin y al cabo hacía días que no la usaba. Esme le acercó un vaso de agua que, podría jurar, segundos antes no se encontraba en su mano. Temeroso, estiró su mano y lo tomó, sin saber si debía confiar en estas personas o no.
—Estás en nuestra casa, en Canadá —le explicó el médico—. Llegaste hace tres días. Simplemente apareciste en la sala de estar, herido. ¿Puedes contarnos cómo te llamas?
—Soy Harry. —Fue lo único que dijo. Pero esa simple oración y las preguntas de antes fueron todo lo que Carlisle necesitó para reconocer el acento del niño.
—¿Eres de Gran Bretaña, Harry? —le preguntó.
El pelinegro asintió y sus ojos verdes brillaron con temor. Lo que menos quería era que lo enviaran de nuevo con su familia y, si tenían los datos suficientes, sabía que lo harían. Vernon siempre se lo había dicho, nadie quería a un anormal como él. El chico sintió como el mundo caía a sus pies. Si su tío se enteraba que alguien había notado sus heridas, estaba muerto. Vernon se aseguraría de darle una paliza como nunca antes y de volver a encerrarlo en su habitación. Sería peor que cualquiera de las lecciones que le había dado hasta ahora.
Sentía a su cuerpo temblar pero no podía hacer nada por evitarlo. A pesar de que intentaba respirar, era como si el aire no entrara en sus pulmones. De repente, sintió una mano fría en su hombro y una voz suave y reconfortante que le hablaba pausadamente y con dulzura.
—Harry. —Esme se encontraba arrodillada a su lado—. No queremos hacerte daño. Nos gustaría ayudarte, pero tienes que dejarnos. Nadie aquí va a lastimarte.
El chico asintió aunque no podía confiar en ellos. Ni siquiera los conocía.
—Iré a prepararte algo de comer. Seguro después de tres días estás famélico —dijo Esme con una sonrisa en su rostro antes de irse de la habitación.
—¿Cuántos años tienes, Harry? —le preguntó Carlisle ni bien se marchó su esposa, mientras se sentaba a su lado en la cama.
—Ocho, señor.
—No tienes que llamarme señor, Harry. Puedes decirme Carlisle si quieres. Tienes varias heridas en el cuerpo, así que por un tiempo tendrás que tomarte las cosas con calma y no hacer movimientos bruscos ni fuerza. Pero, si te parece bien, te mostraré dónde está el baño para que puedas refrescarte un poco y, luego, bajaremos para que comas y conozcas a nuestros hijos también. —Cuando vio la mirada de temor en el rostro del pequeño, se apresuró en agregar—: No tienes por qué tener miedo. Hace días están ansiosos por conocerte. Ninguno te hará daño de ninguna forma. Ya verás.
Después de darse una ducha y de permitirle a Carlisle que revisara sus heridas y le colocara un cabestrillo en la pierna para no hacer un mal movimiento y lastimarse aún más el tobillo, Harry se encontraba, ansioso, bajando las escaleras para conocer al resto de la familia del simpático doctor.
Ni bien terminó de bajarlas, una mujer que aparentaba apenas unos 16 años se acercó y lo abrazó, desbordando alegría de ella. Tenía la apariencia de un pequeño duende, con cabello corto color negro, ojos brillantes y desprendía un halo de positivismo y jovialidad.
—Hola, Harry. Mi nombre es Alice. —Se presentó con una voz aguda y melodiosa.
Luego de ella, cada uno de los hermanos continuó presentándose. Rosalie era el ser más hermoso que alguna vez haya visto. Tenía una piel perfecta y suave, cejas claras y delicadas, pestañas largas y cabello largo, rubio y con algunas ondas perfectamente definidas. A diferencia de Alice, ella fácilmente podría alcanzar el 1.75 de altura. Edward tenía voz suave y armoniosa. Su rostro se caracterizaba por sus pómulos salientes, una fuerte mandíbula, nariz recta y labios redondeados. Parecía una de esas estatuas que tanto estudió el niño en clase de arte. Su cabello era color cobre, tenía el cuerpo esbelto y era un poco más alto que Rosalie.
Sin embargo, el más alto (y musculoso también) era Emmett. Su cabello era realmente oscuro pero lo que lo caracterizaba era su gran altura y robustez. A Harry no le avergonzaba reconocer que, ni bien lo vio, tuvo miedo. Si bien su tío y su primo eran grandes debido a su obesidad, en cierta forma le hacía recordar a ellos y no le gustaba. Su sonrisa, aunque parecía sincera, no hizo mucho por aliviar su temor. Pero no podía dejar que Carlisle lo supiera; hasta ahora se había comportado bien con él y no creo que le gustase que rechace a uno de sus hijos.
El último de los Cullen era Jasper. Él tenía el cabello color miel, complexión normal y aparentaba unos 20 años. Si bien parecía una persona fría y distante también emanaba, extrañamente, mucha tranquilidad.
—Ven, Harry —lo llamó Esme mientras se asomaba por la puerta que, supuso, daba a la cocina.
Carlisle acompañó al chico y se sentó junto a él mientras comía, mientras que el resto de los Cullen se quedó en el living. Si bien a Harry le pareció extraño que ninguno estuviera comiendo, prefirió no realizar ninguna pregunta. Tal vez habían almorzado mientras él todavía estaba inconsciente. Una vez que finalizó, Carlisle lo condujo de nuevo a la habitación y lo ayudó a recostarse.
—Harry, tenemos que hablar —le dijo el médico luego de acercar una silla a la cama.
El chico solo asintió. Aunque sabía que era una conversación que debían tener, no se encontraba entusiasmado por ello. Al contrario.
—¿Qué ocurrió antes de que llegaras aquí? —le preguntó mientras lo miraba a los ojos y evaluaba sus reacciones.
—Mi tío quiso darme una lección. —Harry se recordó que tenía que respirar lentamente. No quería entrar en pánico con una simple conversación.
—¿Y tus padres, Harry? Podrías contarme un poco sobre ti.
—Murieron cuando tenía un año, señor. Desde entonces vivo con mis tíos y mi primo, pero no tenemos una buena relación. No quiero regresar allí.
En cuanto Carlisle vio que sus ojos esmeraldas estaban llorosos, se acercó, lo abrazó y, con cuidado, lo sentó sobre su regazo.
—No tienes que regresar. Puedes ser parte de esta familia si quieres; no te preocupes por ello. ¿Está bien?
Harry volvió a asentir. Sentía que le había quitado un gran peso de encima.
—Ahora, tengo una última pregunta y te dejaré dormir: ¿sucede algo con Emmett?
—Es grande. —Al ver la mirada de confusión de Carlisle, elaboró un poco más su respuesta—: Me recuerda a mi tío y mi primo.
—Estoy seguro de que allí terminan las similitudes —le dijo con una sonrisa—. Pero, si no te sientes cómodo, no tienes que quedarte a solas con él.
Los siguientes días pasaron rápidamente. Harry se sentía mucho más relajado ante la familia, particularmente con los padres y con Alice y Jasper. Alice era muy alegre y le encantaba jugar con él mientras que Jasper prefería leerle cuando se recostaba dispuesto a dormir; lo cual, por algún extraño motivo, siempre lo relajaba tanto que terminaba durmiéndose inmediatamente.
Sin embargo, eso no evitaba que tuviera pesadillas cada noche. Casi todas comenzaban con su tío o su primo golpeándolo y terminaban con una luz verde como sus ojos y una risa malévola. Carlisle y Esme se turnaban para consolarlo y sostenerlo hasta que volvía a dormirse. En varias ocasiones intentaron que les contara de qué se trataban, pero Harry todavía no se sentía lo suficientemente cómodo como para hablar con ellos.
Durante esos días, tal y como Carlisle le había prometido, en ningún momento se quedó a solas con Emmett. Mientras que Jasper, Alice y Edward iban a la secundaria y Carlisle se iba al hospital a trabajar, él se quedaba con Esme, Rosalie y Emmett. Rosalie, en cierta forma, le recordaba a su tía Petunia. No porque se interesara por la vida de sus vecinos (los cuales, extrañamente, no tenían), sino porque le importaba mucho el aspecto físico. Emmett, por su parte, a excepción del físico, era completamente diferente a su anterior familia. Tenía el alma de un niño: le encantaba jugar videojuegos, hacer bromas al resto de su familia y reír.
Pero, el domingo por la mañana, cuando llevaba apenas 9 días con los Cullen, todo cambiaría… aunque el pelinegro todavía no lo sabía. La noche anterior, mientras el niño dormía, la familia se había reunido y habían decidido (por unanimidad, vale aclarar) revelarle al pequeño su secreto y, en un futuro, si él quería, adoptarlo para hacerlo un miembro de la familia de forma oficial. Por eso, ahora se encontraban todos sentados en la cocina, dejando que terminara de desayunar antes de contarle todo.
—Harry, hay algo que tenemos que contarte —comenzó a decirle Carlisle cuando terminó de comer mientras lo observaba atentamente. Al ver que tenía toda la atención del pequeño, continuó—. Supongo que ya habrás notado que no comemos contigo o que nuestra piel es mucho más fría que la tuya, ¿cierto?
El pelinegro asintió. Lo había notado el mismo día que recobró la consciencia, pero se sentía tan a gusto con toda la familia que se dispuso a ignorar el tema.
—Eso es porque somos vampiros —le confesó el doctor.
Harry se quedó en silencio unos minutos, asimilando lo que acababa de decirle. No podría estar hablando en serio, ¿no? Los vampiros no existían. Sin embargo, eso explicaba por qué nunca comían, se alimentaban de personas…pero, eso solo significaba que…
—¿Van a comerme? ¿Por eso me tratan bien? ¿Están engordándome para comerme? —A medida que disparaba las preguntas, el pánico comenzó a inundarlo. Sin darse cuenta siquiera, se paró y salió corriendo por la puerta, sin darle tiempo a ninguno de los vampiros a reaccionar.
De repente, Emmett estalló en carcajadas.
—Definitivamente es una de las mejores reacciones que he visto en mi vida. ¿No debería ir alguien a buscarlo? Se supone que con ese tobillo quebrado no debería esforzarse mucho, ¿no?
Eso pareció sacar del estupor al resto de la familia y Carlisle, seguido de cerca por Jasper, rastrearon el aroma del pequeño hasta el garaje donde, al parecer, Harry se había encerrado y se negaba a salir.
—Harry, no queremos comerte —intentó asegurarle Carlisle mientras escuchaba al resto de sus hijos reír en la sala de estar.
—Son vampiros y los vampiros comen gente —espetó Harry desde debajo de uno de los autos, con la lógica típica de un niño de ocho años. Las carcajadas del resto de los Cullen eran cada vez más fuertes.
—Jasper, ¿puedes calmarlo así entro? —le pidió el médico a su hijo, derrotado.
Jasper sonrió por lo irónico de la situación y comenzó a enviar ondas de tranquilidad hacia el pequeño, hasta que por fin percibió que estaba mucho más relajado y dispuesto a escuchar. En ese momento, se lo hizo saber a su padre, quien, con un poco de fuerza, abrió la puerta y se dirigió hacia el sheep de Emmett.
—¿Puedes salir así hablamos, Harry? —le preguntó, haciendo una demostración de su gran paciencia y empatía—. Prometo que no voy a hacerte daño.
Sin embargo, el niño parecía haberse atrincherado allí debajo y, por los sonidos que escuchaba, estaba llorando. Viendo que no estaba logrando nada, se recostó sobre el suelo, estiró una mano y comenzó a trazar círculos sobre la espalda de Harry, intentando transmitirle tranquilidad y conseguir que se calme. Unos minutos más tarde, el llanto había cesado y el pelinegro, aún temeroso, comenzó a deslizarse hacia donde Carlisle se encontraba. Una vez que el médico lo tuvo sentado en su regazo, en un abrazó reconfortante, se dispuso a explicarse mejor.
—Hay dos tipos de vampiros, Harry. Algunos vampiros, como tú mismo dijiste, se alimentan de la sangre de las personas; mientras que, otros, prefieren la de animales. Puedes distinguirlos por el color de sus ojos. Los vampiros vegetarianos tenemos los ojos dorados, mientras que los que asesinan humanos los tienen color sangre.
Esa explicación pareció calmar un poco más al pequeño. Sin embargo, el médico quería asegurarse de que entendía completamente que estaba seguro con ellos. Para hacerlo, lo sujeto suavemente por la barbilla y lo obligó a mirarlo a los ojos.
—Te prometo que nadie en esta familia tiene malas intenciones contigo. Eres un miembro de los Cullen, aunque tengas otro apellido, eres familia ahora. No te dañaremos. ¿Está bien?
Harry asintió y le dedicó una débil sonrisa. Carlisle se levantó, depositó al pequeño en el suelo y comenzó a caminar lentamente hacia la casa, para que Harry pudiera seguirle el ritmo. Mientras lo hacía, le contó que en unos dos meses, cuando sus hijos terminaran la escuela, se mudarían todos a Estados Unidos e inscribirían a Harry en la escuela para que él también pudiera estudiar.
Los siguientes dos meses pasaron rápido para Harry y, antes de darse cuenta, se encontraba en un avión junto a su familia. Se dirigían a Forks, donde Esme había comprado y remodelado una casa y Carlisle había conseguido trabajo en el hospital local. Usarían las vacaciones para poder instalarse en la nueva casa y para conocer el lugar. A Harry le encantaba la idea de poder comenzar su vida de cero en una ciudad completamente diferente, donde nadie lo conocería, donde no tendría que huir de su primo y su pandilla y donde podría hacer tantos amigos como quisiera.
Sin darse cuenta, Harry se durmió en el vuelo, con su cabeza sobre el regazo de Esme, relajado completamente al sentirse protegido. Cuando volvió a despertar, estaba en una cama con la mujer a la que consideraba su madre todavía a su lado, sosteniéndolo.
—Bienvenido a nuestro nuevo hogar, Harry.
