Muuuuuuuuuuuuuuy buenas noches o tardes o días o amaneceres o lo que sea cuando quiera que leáis esto *yo es que como buen ser nocturno que soy, actualizo de noche, jep*. Lo primerísimo de todo, daros las gracias a las que leísteis la introducción y os habéis enganchado sin saber nada de la historia; a las que comentan (en especial a I'm Ralph porque sus reviews me alegran los días) y a las lectoras fantasmas que no se las ve, pero ahí están xDDDDDDD

Os aviso que esto surgió como idea para un OS pero para poder expresarlo más mejor (? decidí hacerlo fic corto, o sea, que no esperéis más allá de 10-12 capítulos. O incluso menos. Idk. Bueno, que me enrollo. Dije que en el primer capítulo revelaría el meollo del asunto y lo prometido es deuda. Tengo que decir que la historia me encanta (aunque esté mal que yo lo diga) y que este cap considero que me quedó incluso bien. Espero que las expectativas queden satisfechas :)))


Parte I.

Julio de 1944. Munich.

"Los picos de la estrella se están descosiendo", piensa. Los toquetea con despreocupación, haciendo que se desprendan un poco más, y sigue andando por inercia, porque sus piernas se lo dictan. El empedrado de la ciudad pasa bajo sus pies como una de esas cintas de película que podía ver cuando se colaba en el cine donde trabajaba su padre a media jornada. Luego le mataron. Y se acabaron las películas.

"¿Qué pasaría si me la arrancase?", se pregunta en esta ocasión, no por primera vez. Su madre ha cosido esa estrella en cada prenda de ropa, cada puntada cubierta y bautizada por una lágrima de dolor silencioso, fingiendo que no era consciente de que su hijo la observaba hacerlo desde el quicio de la puerta, en torno al cual sus manos se aferraban expresando un odio mudo pero evidente. Porque aquí ahora todo es mudo. Puede que si abres la boca, te corten la lengua.

- ¿Quieres mirar por donde vas, judío de mierda?

Levanta la mirada del suelo y se topa con uno de esos, ya sabéis. De esos hombres repeinados y con bigote, con una SS cosida en el pecho, luciéndola con orgullo. Y él tiene que avergonzarse de su estrella.

- Malditos alemanes- murmura, cuando cree que ya está demasiado lejos y no va a poder escucharle. Pero se equivoca.

- ¿Qué has dicho?- inquiere el otro transeúnte, volviendo en su camino y agarrándole violentamente de la manga de la camisa, que se rasga ante su tirón. Y Danny se enerva. Mira a ese ser repugnante a los ojos y de un manotazo, hace que deje de tocarle. ¿Os habéis planteado alguna vez que los judíos también puedan tenerle el mismo asco a los alemanes que los alemanes le tienen a los judíos?

- He dicho que malditos alemanes- le espeta con convicción, con altanería.

Y el alemán no sabe qué decir, porque no es algo que se vea todos los días. Los buenos son ellos, son los judíos los que deberían de avergonzarse de simplemente existir. Y como no sabe qué decir, hace lo único que se le ocurre.

Un instante después, Danny está en el suelo. El labio partido, las rodillas raspadas por el impacto contra los adoquines, y el alemán se aleja hablándole a los curiosos que se han congregado para ver el espectáculo sobre la grima que le da esa especie.

Danny escupe al suelo, y se pone en pie soportando las risas y las miradas, y comprueba que la rodilla le sangra y le duele, pero si algo le duele más aún, eso es el orgullo.

Regresa a casa algo más de media hora después; viven a las afueras. Cuando mataron a su padre decidieron dejar el piso que tenían en el centro de Munich ya que era demasiado goloso, como decía su abuela, y serían un blanco muy fácil si las cosas se ponían crudas, más aún, lo cuál tenía toda la pinta de ocurrir.

En esa zona de la ciudad, tan alejado de todo y de todos, parece que la guerra no existe. Como un lugar inventado, como un libro. Puedes entrar a él y simular que es lo único que existe, que fuera de esas páginas, o en este caso, más allá de esos árboles, no hay personas matando a otras personas por motivos tan irrisorios como demenciales. Es como una falsa paz, porque se sabe que las bombas terminarán por engullirlo todo, hasta la felicidad que se respira y oye en ese momento procedente de la parte trasera de la casa.

- ¡Ya estoy aquí!- grita, cerrando la puerta con un portazo a su espalda y subiendo directamente a su cuarto, con otro nuevo portazo.

Se desprende de la camisa con movimientos bruscos que no hacen otra cosa que rasgarla un poco más, y cuando la tiene sujeta en sus manos, mirándola como si fuera un retrato, arranca de cuajo la estrella, saltando todas las costuras y desgarrando más aún el algodón, como si el dinero no escasease para que pudiera seguir rompiendo su ropa. Tira la estrella al suelo, y se olvida del dolor de la rodilla y abre el armario, pasando las perchas como si fueran las páginas de la guía telefónica, y allí está, en todas. En cada una de sus camisas, jerseys, chaquetas y abrigos. El distintivo. El que te manda a la muerte.

- Estamos en el...- la puerta se ha abierto y por ella ha aparecido su hermana. Tiene sus mismos ojos, y es tan blanca de piel que si se tiñera el pelo podría pasar perfectamente por una de esas estiradas alemanas, esposas, madres e hijas de nazis. Aunque sabe que Vicky prefería sacarse los ojos antes que mentir de esa manera para salvar su vida. Más vale estar muerto que vivir renegando de lo que eres.- ¿Te has vuelto loco?

Cierra la puerta a su espalda y se sienta en el suelo al lado de su hermano menor, que armado con unas tijeras, ha ido descosiendo cada estrella de su ropa. Ahora sólo tiene un montón de ropa sin doblar y de "judíos" esparcidos por el suelo, como si se lo gritasen esas estrellas hasta el fin de sus días.

- Mamá estuvo días cosiéndolas- dice, cogiéndolas entre sus manos casi con nostalgia.- ¿Por qué lo has hecho?- Danny extiende las piernas, dejando la rodilla a la vista, y ella ata cabos.- ¿Otra vez? ¿Cómo tengo que decirte que mantengas la boca cerrada?

- Me ha llamado "judío de mierda"- se justifica, escupiéndolo con odio.

- Podría haberte matado si hubiera querido- suspira. Suspira porque sabe que lidiar con él es imposible, y que el día menos pensado, saldrá de casa y no le verán regresar.- Deja que te lo cure, y no le digas nada a mamá. Está teniendo un buen día.

- ¿Por qué?

- Ha hecho un sol espléndido todo el día, y el agua está buenísima. Deberías probarla después.

Sale de su cuarto y regresa un par de minutos después con la caja de primeros auxilios, y posa con delicadeza la pierna de su hermano sobre las suyas, vertiendo un líquido sobre ella que le hace chirriar los dientes por el escozor, y le cubre de otro líquido, rojizo esta vez. "Curamos la sangre con más sangre", piensa Danny, aunque sepa que lo le ha echado es betadine. De pequeño pensaba que era sangre, y le gustaba echárselo a todas horas para jugar con sus amigos y simular que era más valiente que ninguno. Ahora el día que no ve una gota de sangre es para remarcar en el calendario.

- Esto ya está- le informa tras vendarlo con cuidado.- Ponte un pantalón largo.

- Me voy a achicharrar.

- No haberte ido de la lengua- le riñe.- Y si mamá te pregunta, le dices que nos hemos peleado y te he arañado.

- Te va a dejar sin postre- bromea.

- Y tú me darás el tuyo para compensar mi sacrificio.

Le pega un golpecito en el hombro y se levanta sacudiéndose la falda. Mira un segundo el suelo antes de salir del dormitorio y le dice:

- Guarda las estrellas. Tarde o temprano tendrás que coserlas de nuevo.

Y desaparece, dejando a Danny solo. Éste se quita los pantalones cortos que lleva puestos y los sustituye, tal y como ha dicho su hermana, por unos largos pero finitos para no morir asfixiado, porque tiene razón, ha salido el sol durante todo el día. Se asoma a su ventana, la cuál da a la parte trasera, y observa desde esa distancia a su madre, sentada en el pequeño embarcadero con los pies en el agua y la falda arremangada para no mojársela. Como si pudiera sentir los ojos de su hijo en la nuca, voltea la cabeza y fija sus ojos en los azules de su Danny, saludándole con la mano e invitándole a bajar al lago con ella. Y Danny miente y dice que ahora baja, y le sonríe.

Cierra la ventana, recoge las estrellas y las guarda en el primer cajón de su mesilla; luego se tumba en la cama, mirando al techo, y reflexionando sobre su vida. Sobre lo que quiere y no quiere en ella, lo que se puede permitir y lo que le van a quitar por ser como es, incluso la vida misma. Hace un par de años, cuando aún era un jovenzuelo de dieciséis y Alemania y media Europa no eran un polvorín, soñaba con una casa enorme, y una mujer preciosa que todos sus compañeros del trabajo envidiaran. Y un coche. Uno de esos escarabajos que corrían tanto que incluso parecían volar. Y probablemente hijos, para mantener todo lo que él hubiera podido conseguir en la vida. Y ahora sólo tiene dos años más, y sabe que no ha madurado tanto como presume, y que sigue temblando cada vez que oye las noticias en la radio, o cada vez que su hermana vuelve un poco más tarde de lo normal, y sabe que vivirá para siempre con el miedo de que llamen a su puerta y ya no haya nada más.

Cierra los ojos y los aprieta, matando las lágrimas, por que los hombres no lloran, y él es el hombre de la casa, ¿pero cómo se puede ser un hombre cuando no se ha sido niño antes? ¿Cómo puede mostrarle una sonrisa a su madre y mentirle diciéndole que las cosas están mejorando cuando ni siquiera él lo cree? ¿Cómo puede imaginar una vida futura si ni siquiera está disfrutando el presente?

Suspira una vez más y se pasa la mano por los ojos, eliminando los restos de unas lágrimas que no ha permitido dejar salir pero que están ahí, al acecho, aguardando su momento para caer...

... o para que alguien las enjugue y te ayude a creer que todavía se puede soñar con un mundo mejor.


Chaaaaaaaaaaaaaaan. ¿Esperabais algo así? ¿Merezco algún comentario o me voy a llorar a la esquina? XDDDDDDDD ¡Feliz finde!