Disclaimer: Ni Saint Seiya The Lost Canvas ni sus personajes me pertenecen, sino a sus creadores Masami Kurumada y Shiori Teshirogi. Sin embargo, los hechos contados a continuación son de mi total y completa creación. Todos los derechos reservados.
HOLA!
Nuevamente yo, lo sé, lo sé. Escribiendo sobre Saint Seiya, escribiendo sobre Minos.
No, no estoy obsesionada con él. Sólo no dejo de pensar en el Grifo a cada momento, en su voz, en sus ojos, en su cabello de pastor inglés… ok ya -_-U
Tenía tiempo deseando escribir este fic. Me atreveré a contar un poco si acaso el summary no ha sido muy claro (que es lo más seguro D:). Sabemos la vida de la mayoría de los caballeritos atenienses antes de convertirse en guerreros, pero ¡¿qué me dicen de los espectros?! ¿Es que acaso son menos importantes? ¬¬
Por eso me decidí a escribir esto, a contar la verdad de mi querido titiritero. Y sin duda alguna la historia que conocerán (si me conceden ese honor), fue inspirada a partir de ese otro fic que me enorgullece, "Romeo and Juliet". Digamos que esto sería una especie de precuela al Minos que aparece en esa historia. Así que para los que ya la hayan leído, creo que entenderán mucho más los sucesos que allí se cuentan; y si hay alguien que aún no haya leído ese otro fanfic, ¿qué esperan? Ok no xDD Naah, no es necesario que lo hagan si no quieren, ambas tramas pueden funcionar de forma independiente también.
Bueno, bueno… ya no les quito más el tiempo. Les agradezco su atención, espero no decepcionarlos.
Enjoy, enjoy *w*
~Alas Rotas~
Siglo XVIII~
Con una larga trayectoria de guerras precediéndola, la apenas bien formada Noruega encontró nuevos enemigos a los cuales enfrentarse una vez entrado el nuevo siglo.
La crisis económica dejada por los constantes préstamos pedidos a países aliados para su restauración junto a la negligencia de la clase noble en su administración, habían hecho sucumbir el gran poderío que sus ancestros habían tenido. Ahora, tras casi perder su identidad como nación contra Suecia, los antepasados vikingos y sus poderosos navíos, parecían ser sólo un lejano mito; una realidad pasada que no volvería.
Sin embargo, como siempre debe ocurrir tras la oscura tormenta, el legendario país se decidió a levantarse sobre las cenizas de sus recientes errores, recobrando en primera instancia su independencia, cortar lazos con países extranjeros e iniciar de cero con sus propias manos. El pensamiento intelectual promovido por aquellos dedicados al estudio de las Artes y la Filosofía, encontró una solución a los problemas de su nación precisamente en su pasión por el estudio. Así, instituciones y universidades abrieron sus puertas a un brioso futuro, deseosos de sujetarse a un destino que disolviera sus carencias y sanara el hambre de cada ciudadano por mejorar.
La independencia se logró. La ambición se incrementó favoreciendo abundantemente a aquellos que desde siempre han sido beneficiados; las clases altas tuvieron nuevamente el sustento necesario para cada capricho. El Nacionalismo concentrado en la capital Noruega brindó su gracia a los ricos y nobles, haciéndolos regresar a la vida que –se decían–, merecían.
En menos de cien años, el esplendor regresó a su normalidad. Esplendor que no encontró su brillo para todos aquellos que por azares del Destino tuvieron que quedarse como el musgo crecido en los muros de las grandes mansiones de la nobleza. Por lo que, mientras unos cuentos gozaban de los grandes privilegios de ser parte de la alta sociedad, el resto permaneció a sus pies, como un peldaño que sostuviera y asegurara la posición de los primeros.
Ocultos en la insignificancia de su condición pobre o miserable, pueblos marginados de las grandes ciudades tendrían que continuar viviendo a pesar de la perniciosa que sería su situación. Sin chistar, sin emitir queja alguna, soportando el lugar en el que la vida los había puesto, para siempre.
-Capítulo 1: El primer cumpleaños-
"La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestra".
Jean Jacques Rousseau (1712-1778) Filósofo francés.
Giró la pala una vez más. El viscoso guiso hizo círculos hasta formar un tranquilo remolino en el interior de la vieja olla. Las papas y otras verduras indescifrables surgieron en la superficie como peces muertos, demasiado oscuras para pensar que realmente se trataran de vegetales.
Hizo una mueca.
Al menos olía bien…
Movió su mano libre hacia las especias de la alacena. Lo último que quedaba de pimienta quedó cernido en el remolino de guisantes. Tendría que ahorrar un mes, un poco más tal vez, para conseguir nuevos condimentos.
Su expresión se hizo más sombría. Sintió a sus labios tremolar y de inmediato tragó hondo para hundir de una vez por todas el nudo que comenzaba a formarse en su garganta. Consiguió deshacerlo, desaparecerlo, o pretender que así era, tal como siempre lo hacía. Como llevaba haciéndolo desde hace más de diez años…
Un rayo de sol ayudó a distraerla y a regresarla otra vez a la Tierra.
La luz de mediodía comprobó la hora que ya debía ser. Si no se daba prisa, llegaría tarde. Así que sacándose el trapo que usaba de mandil y quitando cuidadosamente la olla de la estufa de leña, salió de casa presurosa, colina abajo hacia el pequeño pueblo donde trabajaban.
Las primeras casas en recibirla comenzaron a aumentar conforme avanzaba, formando una fila paralela de viviendas, una hilera a cada lado, ella en el medio; corriendo entre la multitud de tejados y muros, con la brisa suave del verano y gente saludándola al reconocerla al ir a ese paso tan apresurado por haberse retrasado.
—¡Buenas tardes, Ariadna! —la muchacha sonrió alzando la manos, disculpándose por no detenerse—. ¿Te retrasaste otra vez? —el amable panadero no pudo ocultar su risa.
—¡Lo siento! —rio también, con vergüenza, casi a punto de caer.
—Ven otro día con más calma… ¡y trae a tu hermano también!
—¡Lo haré! ¡Gracias! —devolvió su vista al camino, desapareciendo de la vista del otro.
Dio vuelta al final de la calle. La esquina trajo consigo otro par de filas de hogares, ahora ascendiendo en una pendiente poco inclinada. Apenas la había vislumbrado, la chica la atravesó hasta llegar a la parte alta donde, como un río, cinco calles más aparte de la suya, desembocaban para terminar en una plaza. Formando un perímetro circular, las casas fueron reemplazadas por las innumerables tiendas de vendedores. Uno tras otro, los modestos puestos hechos de lona, formaron un aglutinado mercado donde se podía encontrar cualquier cosa a módicos precios para un pueblo que no era conocido precisamente por ser rico.
Abriéndose paso, como de costumbre, la jovencita camino por los apretados pasillos que la separación entre tiendas ofrecía. Empujando gente, evitando que sus ojos se distrajeran con la comida o ropa que no podía comprar, finalmente salió del montón de gente, hasta el núcleo del mercado: una fuente sin agua.
Y fue allí dentro de la tinaja vacía donde lo encontró, oculto tras el pequeño escenario puesto sobre la barda de la fuente seca, aprovechando el espacio para resaltar entre la multitud que siempre se formaba a su alrededor en cada presentación.
La chica suspiró aliviada. No había llegado muy tarde esta vez.
Esa semana Shakespeare era el autor "elogiado". Ariadna reconoció la escena del balcón del Acto Tres de Romeo y Julieta. Los curiosos "actores" se bamboleaban de forma graciosa al declararse su amor. Romeo se equivocó una y otra vez en sus versos, Julieta estuvo a punto de caer del balcón. Pronto, la peliblanca quedó unida a las risas de los presentes y sobretodo, al asombro de mirar cada acto hecho por marionetas que sin ningún hilo se movían sin problema alguno.
La escena estuvo a punto de terminar. Así que Romeo, luego de fiarse de la promesa de matrimonio de Julieta, brincó el muro de la casa de Capuleto, casi a punto de perder sus pantalones en el intento. Entre risas y aplausos, el pequeño telón se cerró lentamente. Una lluvia de monedas comenzó al momento de que el verdadero artista saliera detrás de las cortinas.
—Gracias, gracias… —se inclinó como un noble, risueño. Sus infantiles mejillas ardieron con cada aplauso—. Y recuerden: mañana esta dramática historia terminará. ¡No falten!
Uno a uno, los presentes se alejaron. Cuando lo únicos que quedaron para rodearlo fueron un grupo de niños menores que él, Ariadna decidió acercarse. El muchachillo quedó prensado en un fuerte abrazo que lo sorprendió por la espalda.
—¡Minos! —le apretó el cuello—. Qué gran audiencia, no dejas de sorprenderme… ¡ese es mi hermanito! —besuqueó su frente de forma maternal.
Unas risillas indiscretas cuchichearon la curiosa escena. El menor se sintió abochornado.
—¡Oye!... —trató de apartarla—. Ya basta, es vergonzoso… ¡Ariadna! —consiguió sacársela de encima.
La chica sonrió, apretándole las mejillas, sin arrepentimiento alguno por su acción. Minos resopló, su flequillo blanco salió disparado mientras entornaba los ojos. Ariadna, sería Ariadna siempre, nunca cambiaría.
Sin intención de discutir con ella, se apresuraron a recoger las ganancias de ese día. Sólo unas monedas habían quedado luego de que la mayoría desaparecieran "misteriosamente". Luego de juntarlas todas dentro de la gorra del chico, se concentraron en la tarea de desarmar el pequeño teatro. Las tablas del escenario y los travesaños quedaron puestos sobre la carretilla que desde temprano, antes del alba, usaban para traer todo desde casa hasta la plaza. Doblaron la única tela de fieltro que tenían como telón y lo colocaron junto a lo demás.
Ariadna tomó un asa de la carreta, dispuesta a ayudar.
—Puedo hacerlo sólo —replicó el otro. La chica no pareció ceder—. ¡Ariad-d-…
Le cerró los labios con los dedos para callarlo.
—No puedes decir nada. No te quejes, no puedes. Hoy no —le guiñó el ojo y sin decir más aguardó por él para iniciar la marcha.
Minos asió su lado y levantó la carreta. Sin decir nada más, comenzó a empujar con ayuda de su hermana. Por hoy la dejaría ganar, en eso y en cualquier cosa. ¿Qué más podría hacer si precisamente ese día era su cumpleaños? Le gustara o no, tendría que ceder a sus órdenes, como un regalo, el único que, ambos sabían, podía darle.
Cuando llegaron a casa, Ariadna decidió dejarlo al fin para ir directo a la estufa a recalentar la comida. Minos mientras tanto, se dirigió a la parte trasera a dejar la carretilla y su contenido a un lado del muro, protegidos por la sombra del tejado. Se sacudió el polvo de las manos y dio un par de pasos hacia el final del terreno, en donde empezaba un llano extenso, ondeando una y otra vez hasta donde alcanzaba la vista.
Se sonrió, admirando el paisaje. Esa era una de las grandes virtudes de ser pobre, se decía.
Vivir en una vieja casa, rentada al menor precio por una de las familias compasivas de pueblo, en las afueras, ubicados en lo alto de una colina, para tener una vista así, era un privilegio. Las goteras, el frío que le calaba hasta el tuétano cada invierno y las insoportables tormentas, eran un pequeño pago por ese regalo de la naturaleza. Nadie, ni siquiera un noble en la capital, podrían jactarse de poseer algo tan sublime.
Subió la vista hacia las lejanas pero inmensas montañas nevadas. El sol al oeste les otorgaba un brillo intenso, como de diamante. Mirándolas, el chico se estiró de brazos y piernas, contorsionando la espalda hacia atrás para desatolondrar sus pequeños músculos. Lo único malo de trabajar en la plaza, era quedarse en la misma posición por varias horas, dentro de un minúsculo compartimiento mientras sus dedos dirigían el acto.
Movió los dedos destensándolos también. Sus delicadas palmas quedaron entreabiertas frente a él. Se concentró un instante, mirando fijamente sus falanges. Hasta que lo sintió arder…
Un sutil chispazo, como si una aguja le pinchara la piel y luego, ante sus ojos, el fino hilillo blanco ondeó desde su dedo índice hacia fuera, para perderse de repente. La breve aparición no le sorprendió. Hacía años que ese místico "talento" había surgido de sus manos. Y aunque no recordaba cómo es que lo había descubierto, ni la primera vez que había sido capaz de mover un objeto con aquellos hilos invisibles para todos, no había dudado de usar su habilidad para favorecer a su hermana, su única familia.
Los métodos que ella había usado para cada cuento a la hora de dormir y de los cuales Minos había aprendido, eran ahora el principal medio de sustento para ambos. Minos consideró su don como otro regalo del destino. Sabía que algún día esa sería una importante herramienta para sacarlos de la miseria, pese a que lamentaba el que no fuese en lo absoluto útil para el cumpleaños de su hermana. Apenas habían juntado lo necesario para pagar la renta de ese mes; un regalo de cumpleaños aún era un sueño demasiado grande para los dos.
Aunque… Si lo pensaba bien, en realidad sí tenía un regalo, o al menos una forma de celebrar algo tan importante…
—¡Minos! —su hermana apareció desde una esquina—. ¿Qué haces ahí parado? Ven a comer.
—Aah, pero… —quería objetar, no dejaría escapar esa idea que comenzaba a maquinar en su cabeza.
Unos fuertes dedos lo sujetaron de la oreja.
—¡Sin "peros", niño!
Como siempre, la hermana mayor aprovechó su autoridad para hacerlo obedecer. Sin poderlo evitar, gimoteando por su oreja jaloneada, el niño se metió al cuartucho que tenían por casa, directo a la mesa. En momentos como ese era que entendía que cinco años de diferencia, realmente eran una GRAN diferencia, en especial porque a su edad, todavía no rebasaba el 1.65 de su hermana.
—Calla, calla… —aplacó sus refunfuños la muchacha. Dejó un tazón del guiso frente a él—. Come alegremente por mí y démonos prisa antes de que se enfríe.
Sirviéndose su porción, se sentó a su lado. El chico suspiró, de nada le serviría objetar esta vez (o cualquier otra). Lo único que le quedaba era degustar la comida de esa tarde, fingiendo tranquilidad aunque en su cabeza continuara ideando un plan.
Ariadna enarcó una ceja, viéndolo con atención. Era raro que no comenzara a quejarse por algo relacionado con la comida. Por la sazón, por lo viscoso, por tener menos verduras, por lo que fuera… La joven lo escudriñó en silencio, en especial a la sonrisita de lado que inconscientemente se le formó en las redondas mejillas. Una expresión de travesura innata.
Sin decirle nada aún, lo vio terminar los sólidos del plato y engullir el consomé directamente de este, sin usar la cuchara. En vez de un adolescente, parecía un chiquillo de cinco años. Era como si el tiempo hubiera retrocedido. De pronto, Ariadna olvidó sus sospechas para quedar embelesada, con su típico gesto maternal.
—Hoy voy a entrar más tarde al trabajo —le compartió la información sin mucha emoción, todavía mirándolo con cariño. Minos usó el dorso de la mano para limpiarse las mejillas y la boca, sus ojos se quedaron pensativos nuevamente—. Así que creo que podemos repasar juntos el acto de mañana y…
—¡Eso es! —saltó de su silla, casi haciéndole tirar su cuchara por el susto—. Ariadna, ¿a qué hora te irás, entonces? —se viró a verla.
—A... a las… ocho —lo contempló consternada.
—¡Bien! —musitó para sí y se dirigió a la puerta.
—¿A dónde vas?
—Al pueblo, olvidé algo…
—¿Que olvidaste algo? —se levantó también—. Oye, espera… ¡Minos!
El niño se había perdido tras la puerta y para cuando fue a abrirla, éste ya había corrido hacia la villa. Ir tras él no funcionaría, por más que le preocupara ese cambio de humor, pues aunque era menor, Minos era más rápido y fuerte que ella, en cuanto a fuerza física se tratara.
La joven resopló. Quizá no tendría sentido angustiarse, después de todo, su hermano estaba creciendo y atravesaba ya esa edad que tantos dolores de cabeza trae a los padres. En este caso, sin tutores que se preocuparan por ellos, a la única que le quedaba darse palmadas de ánimo para soportar al adolescente de la casa, era a ella.
Cerró la puerta nuevamente y se sentó en su lugar. La cuchara ondeó el escueto platillo, más viscoso que antes por haberse enfriado. De un empujón, la muchacha apartó el tazón. Su apetito se había ido. No, en realidad, no había tenido apetito desde el principio. El cruel nudo en su garganta apareció de nuevo, tensando dolorosamente su ser. Ariadna agradeció entonces que su hermano menor hubiera decidido irse, porque si había algo que detestara más que a la injusta vida que tenían, era parecer débil.
Odiaba no ser lo bastante fuerte. Odiaba sentirse derrotada, mirar como sus esperanzas se rompían porque al destino le parecía bien que unos fueran demasiado ricos mientras otros se hundían en la miseria. ¿Era justo? No lo era. Y trataba siempre de no pensar en ello, de ser positiva como cuando era una inocente niña aún con sus padres en vida. Quería ser fuerte y resistir, ya no por ella, sino por Minos, su amado hermano que aún conservaba esa dulzura repleta de fe de la que ella ya no tenía ni una gota. Ansiaba más que nada que él no tuviera que volverse frío y desesperanzado, ¡que no fuera como ella!
Por eso luchaba. Por eso se arriesgaba aunque en su interior una voz le susurrara con insidia que no valía la pena, que era mejor morir pues el mundo en el que le habían asignado vivir jamás la aceptaría de lleno, por ser pobre y además mujer.
Las lágrimas le pesaron dolorosamente en los ojos, sin poderlas resistir más. La angustia recorrió río abajo por su rostro, encorvándose sobre sí misma, apretando los dientes y la boca con sus manos. No dejaría escapar un sollozo, no detonaría su congoja con su voz. Aunque fuese cada día más insoportable y el desastre se afirmara cada día con más peso sobre sus frágiles hombros.
No caería, no caería.
"Por Minos…". No, no caería.
Se obligó a dejar el llanto, limpiando sus indicios de la cara. Como si nada hubiese sucedido, se puso en pie y levantó la mesa. Dejó los trastos sucios en la tina en la que después los llevaría a lavar, limpió lo que había quedado en el lugar donde su hermano había degustado su parte y en seguida se decidió a arreglarse para el trabajo. Aún era demasiado temprano, pero sabía que si se quedaba quieta, leyendo o remendando las marionetas de Minos, esos despiadados pensamientos regresarían a atormentarla.
Buscó el único de sus atuendos que realmente le gustaba, un lindo vestido azul marino con una tentadora abierta en la falda y el escote bien marcado en V. En realidad, se trataba del "uniforme" que amablemente le habían proporcionado para su empleo, pero era mejor que sus bunad* desgastados, llenos de manchas y hoyos.
La caja de maquillaje casi por terminar, (un lejano recuerdo de su madre), quedó abierta en una de sus manos mientras la otra tomaba la malgastada esponja y esparcía el polvo en su rostro cuidadosamente. Los pómulos quedaron enmarcados por el tono nacarado, ofreciéndole un color más vivaz a su nívea piel. Tomó la pintura de labios y embarró su dedo índice en el frasco (no tenía pincel con cual apoyar esa acción), el amable y natural gesto de su sonrisa se convirtió en un fuego intenso. Esparció polvo rosado con sus dedos sobre las mejillas para finalizar con el oscuro delineador sobre la línea de sus parpados.
Todo sin la necesidad de un espejo del cual carecían. Años de práctica le habían dado la experiencia que las mejores maquillistas de Paris envidiarían, aunque en este caso, a nadie la importara.
Soltó la bola a la que su cabello estaba sostenido. La cascada plateada le cayó en los hombros, otorgándole un aire celestial; un ángel desenredándose los cabellos entre sus dedos, tarareando alguna cancioncilla improvisada, rodeado, paradójicamente, de carencias.
El sol comenzó a enrojecer, sus rayos se asomaron apenas por la ventana frente a Ariadna, como espiándola. La joven observó su descenso con ojos angustiados. Estaba anocheciendo y ese "bribón" no regresaba todavía, si no lo hacía, no habría más remedio que esperarlo o ir a buscarlo de ser necesario.
—¡Ariadna! —la puerta se abrió de golpe, sobresaltándola. Antes de que pudiera reprenderlo, Minos fue en su dirección con un gesto lleno de terror—. ¡Se está quemando! —la tomó de los hombros—. ¡La casa del Sr. Baker! ¡Se está quemando!
No tuvo que decir más. Como perseguidos por el mal, ambos se precipitaron a la salida, directo al pueblo. Minos la tomó de la mano para apresurarla aún más. Ariadna se sostuvo la falda del vestido con la otra para correr más a prisa, una piedra se le encajó en la planta del pie para hacerle saber que en efecto, había salido sin zapatos. Pero no importaba, la idea de que el hogar del viejo panadero estuviera en llamas, no le permitía pensar en nada más.
Terminaron las llanuras e inició el camino de piedra y cemento de la aldea. Corriendo sin decir nada a nadie, la muchacha a penas se dio cuenta de la tranquilidad del lugar. Sólo hasta que estuvo frente a la casa aludida se percató de que no había ningún peligro acechándola.
Observó perpleja al frente y sin darle tiempo para preguntar, Minos abrió la puerta del lugar y la empujó adentro.
—Glad Bursdag! —gritaron un montón de voces. Ariadna contempló al panadero y su familia, al otro lado de una mesa engalanada por un delicioso pastel.
—¿Qué… qué pasa? —los ojos casi se le desorbitan, anonadada.
Una suave palmada le golpeó la cabeza.
—Es tu cumpleaños —Minos la vio con audacia—. No me digas que ya se te olvidó.
—Pero, ¿por qué…?
No le dejaron preguntar nada. La gustosa familia de anfitriones se acercó a hacerle saber sus buenos deseos…
—¡Felicidades, Ari! —empezando por la menor de las hijas. La pequeña niña se le abrazó a la cintura con fuerza.
—¿Por qué nunca nos lo habías dicho? —la esposa del panadero la miró con reproche—. Tenemos años de conocernos y jamás hemos celebrado el cumpleaños de ninguno de ustedes.
—No tienes que ser tan reservada, Ariadna… Ustedes son como de la familia —el alegre hombre de la casa le sonrió, un apretado abrazo que duró poco fue su forma de felicitarla.
Cuando la última de las hijas le dio un efusivo apretón, la joven se quedó inerte, mirándolos a todos con atención. Aunque comprendía plenamente que esa era su fiesta sorpresa, seguía sin creer que realmente estaba sucediéndole a ella. La preocupación comenzó a embargarla; ¿quién pagaría por todo eso? ¿qué diría la familia Baker si ella no podía retribuirles con nada?
—Yo… aay, yo… estoy tan avergonzada… —inclinó el rostro—. Les pagaré, se los juro… yo…
—No tienes que pagarnos nada —la adolescente de la familia le sonrió con cariño—. Lo hacemos porque los queremos, ¿verdad, papá? —lo miraron todos. El Sr. Baker asintió con gusto.
—Ahora… —la mujer rompió el silencio—, ¿quién quiere comer pastel?
—¡Yo, yo, yo!
La más pequeña comenzó a saltar de gusto.
Todos siguieron a Mrs. Baker hasta la mesa que aguardaba platillos y postres pequeños, pero en lo que cada uno centró su atención fue en el esplendoroso pastel de vainilla y frambuesa. Sentados y ordenados, la panadera comenzó a pasar los platos con trozos del ufanado pastel. Leche con chocolate sirvió como la bebida para los más pequeños, mientras que una copa de vino para los mayores los motivó a brindar por la festejada.
—Sé que han pasado por cosas muy duras, Ariadna —comenzó el Sr. Baker—. Cuando murieron sus padres todos pensaron que dos niños huérfanos no saldrían adelante. Pero aquí están, demostraron que todos estaban equivocados —apretó su mano sobre la mesa—. Has logrado mucho por ti y por tu hermano, ambos son el ejemplo de lo que el esfuerzo y la perseverancia pueden hacer…
La peliblanca enfocó su mirada en su hermano, el brillo en sus ojos conmovidos aumentó sus propios deseos de llorar.
—Has cosechado veinte años de valor y esperanza, Ariadna. Estamos seguros de que pronto recibirás una gran recompensa —terminó el hombre alzando su copa.
—Felicidades, cariño —lo siguió su esposa.
Ariadna tomó aire, para tranquilizar el temblor en su garganta y labios. Su mano elevó su copa también y la chocó a los recipientes que se alzaron para brindar a su salud.
—Muchas gracias —dijo por fin, sorbiendo un tanto del licor.
Los presentes comenzaron a chocar las palmas, vitoreando con júbilo como si fuese el día nacional de Noruega. Al verlos, las lágrimas se convirtieron rápidamente en risas de diversión, uniéndose a la alegría de todas esas personas que sin pedir nada a cambio, buscaban el bienestar de ella y de Minos.
Sus labios se pegaron al cristal otra vez para beber un poco más.
—Yo también quiero vino —alegó el peliblanco más joven. Ariadna hizo a un lado su copa.
—Todavía tienes que crecer, ni-ñi-to —le sacó la lengua. La cara de Minos enrojeció, si odiaba algo, era que lo trataran como a un bebé.
—¡Ariadna! —rugió.
—Unos años más, Minos. O al menos intenta ponerte de puntillas para que parezcas mayor, min lille gnome*.
Las risotadas no se hicieron esperar. Y con ese ambiente tan increíblemente ameno, hasta el ofendido muchacho no tuvo más opción que unirse a la escena de sonrisas.
El tiempo, como sucede cada vez que estás pasándola realmente bien, transcurrió deprisa, haciéndose hora ya de que Ariadna fuera a trabajar.
La mayor de las hijas ofreció un bonito par de zapatos para ella, quien luego de incontables gratitudes, los aceptó para terminar despidiéndose de sus amables anfitriones. Tanto ella como Minos dijeron un último "hasta pronto" y caminaron en dirección de la taberna donde la mayor servía bebidas. La estrellada noche había traído consigo un aire frío, indicio de que el verano aún no terminaba por ganar terreno. Sin embargo, eso no fue suficiente para que sus sonrisas se borraran.
—¿Tendré que preguntarte o tú mismo me dirás cómo lo hiciste? —Ariadna le ciñó un brazo por los hombros cuando iban a mitad del camino.
Minos evitó su mirada, su ceño se frunció.
—No sé de qué hablas…
—Anda dime…. —no dejaría de insistir. El dedo índice se le hundió en la mejilla, girando juguetonamente—. ¿Cómo convenciste a los Baker de hacer una fiesta? Y no digas que les pagaste porque es obvio que no voy a creerte… —el chico siguió mudo. Había que recurrir a medidas más drásticas—. Dímelo o te comeré a besos, querido hermanito…
Le apretó el rostro, besuqueándolo en la frente y nariz. Minos se removió enojado y lleno de vergüenza.
—Ya… ¡basta! Te lo diré, pero deja de embarrarme tus gérmenes… —soltando una graciosa risa, Ariadna lo dejó tranquilo—. Sólo les pedí ayuda esta vez —, se limpió la cara con desdén—. Les dije que nunca hemos celebrado un cumpleaños. Se sorprendieron mucho y no dudaron en ayudarme.
Cruzó los brazos, mirándola de soslayo, enojado aún por ese ataque de ternura tan usual en ella. En cambio Ariadna, aún sin poderlo creer, no apartó sus ojos de él.
—¿Es todo? —preguntó—. ¿No les prometiste trabajar para ellos a cambio de esto? O tal vez… —quedó pensativa, callada. Minos la miró de lleno, ahora él era el consternado.
—¿Tal vez qué? —quiso saber.
Ariadna alzó la vista con un gesto inquisitivo y repentinamente picarón.
—No será que tú les prometiste salir con Bera, ¿o sí? —sonrió de lado.
El rostro del muchacho enrojeció de inmediato, sus ojos se fruncieron con mayor vergüenza. Ambos hermanos sabían lo que la hija adolescente de la familia Baker sentía por Minos y enfatizar aquello, para el chico, no era más que una amarga y muy deshonrosa alusión.
—¡No seas tonta! —se giró para ocultar su gesto embarazoso—. Nunca haría algo como eso, ni siquiera por tu cumpleaños. No seas engreída, ni que merecieras tanto —murmuró con enojo—. Vámonos, llegarás tarde.
Emprendió el camino otra vez. Una mano lo detuvo.
Minos volvió el rostro, tan sólo unos centímetros para preguntar qué sucedía ahora. Sus ojos amatistas, calmos nuevamente, se encontraron con otros del mismo color, diferentes sólo en el hecho de que el primer par carecía de la notoria experiencia del segundo. Los rastros de inocencia e infancia estaban perdidos por completo en la mirada longeva de su hermana, mientras que en los suyos, aunque nunca lo admitiera, era clara la esencia del niño que aún era.
Ariadna se reflejó en sus orbes amables y detalló con cuidado esa inmadurez que hacía tan divertido a su pequeño hermano. El anhelo por mantener esa ternura creció otra vez en ella, tan profundamente que su corazón estuvo a punto de detenerse con cada ruego que le dirigió al Cielo a favor de él. No importaba qué sucediera con ella, si Minos conservaba su alegría era más que suficiente.
—Gracias…
Le susurró bajo, como si alguien en la solitaria calle pudiera escucharlos. Los brazos femeninos aferraron el pequeño cuerpo que pronto crecería, protegiéndolo, añorando su pureza también. La espalda de Minos se sintió tensa bajo su abrazo, pero se quedó quieto sin dar la menor queja por el nuevo gesto.
—De nada —contestó en voz queda, sin devolver del todo el abrazo.
La chica se separó de él, sonriendo. La mirada enternecida se transformó en una traviesa.
—Ese es mi hermanito —le pellizcó la nariz.
—¡Oouch! —llevó la cabeza para atrás, frunciendo el entrecejo por enésima ocasión. Ariadna detuvo sus quejas con un gesto de temor.
—¡Dios mío! ¡Es tarde! Vámonos, ¡deprisa, deprisa!
Ahora fue ella quien se adelantó. Con grandes intenciones de seguir reprochando por el resto del camino, el chico la siguió de cerca. Seguramente, alegaría todo el camino en pro de conseguir que dejara de tratarlo como a un niñito. Sería un detalle más que con los años, les ayudaría a recordar aquel primer cumpleaños que ambos celebraron juntos.
Sí, el primero.
Y el último.
~o~
To be continued…
Esto apenas inicia, amigos.
Perdonen si este capítulo tiene más de Ariadna que de Minos. Mis razones tengo para ello, aunque, creo que las pocas escenas donde él sobresale más son adorables. O, ¿a quién no le dio un ataque imaginar a Minos comiendo como un chamaquillo, sorbiendo directamente del plato? *w* Moriré de sobredosis de ternura! Ok ya…
Ahora: ACLARACIONES ~ (extrañaba escribir eso xDD)
*Ariadna en la Mitología:
En la tradición clásica griega, Ariadna es una de las muchas hijas que el rey Minos de Creta tiene con su esposa Pasífae. Esta joven es especial dado que es precisamente ella quien ayuda a Teseo a vencer al Minotauro que su padre tenía encerrado en un laberinto, al cual ofrecía ciudadanos griegos como sacrificio.
Curiosamente, una de las ayudas que la muchacha ofrece a Teseo, es un ovillo de hilo con el cual el héroe griego se sirve para guiarse en el camino del laberinto sin perderse.
*Ariadna en Alas Rotas:
Hermana mayor de dos hijos de una familia de escasos recursos. Sus padres mueren cuando ella tiene diez años, quedando huérfanos y sin muchas posibilidades. Sin embargo, sus deseos por sacar adelante a su hermano menor la motivan a no darse por vencida, aunque cada vez sea más difícil.
Actualmente tiene veinte años. Trabaja como mesera en un bar de segunda ubicado en el pueblo. Terminó su educación básica por lo que sabe leer y escribir, conocimientos que no dudó en transmitirle a Minos.
*El Bunad es el traje típico de Noruega. Su hechura varía de la región donde se use. En la actualidad, su popularidad ha aumentado, siendo usado cada día nacional (17 de mayo) por la mayoría, incluso en las grandes ciudades.
*Glad Bursdag! = Feliz cumpleaños!
*Min lille gnome = Mi pequeño gnomo. (Pobre Minos xDD)
Espero les haya gustado, chicos y chicas. Sé que esta historia se pondrá aún más interesante, y estoy segura de que tanto a ustedes como a mí, estos personajes nos sorprenderán.
No duden en decir qué les parece, sus especulaciones acerca de lo que puede suceder son bien recibidas también. Gracias por leer! Que tengan un gran día! *3*
