Capítulo 2

Una vez estaba escondido en la rama de un árbol, esperando inmóvil a que apareciese una presa, cuando me quedé dormido y caí al suelo de espaldas desde una altura de tres metros. Fue como si el impacto me dejase sin una chispa de aire en los pulmones, y allí me quedé, luchando por inspirar, por espirar, por lo que fuera.

Así me siento ahora. Intento recordar cómo respirar, no puedo hablar y estoy completamente aturdido, mientras el nombre me rebota en las paredes del cráneo. Alguien me coge del brazo, un chico de la Veta, y creo que quizá haya empezado a caerme y él me haya sujetado.

Tiene que haber un error, esto no puede estar pasando. ¡Menma sólo tenía un boleto entre miles! Sus posibilidades de salir elegido eran tan remotas que ni siquiera me había molestado en preocuparme por el. ¿Acaso no había hecho todo lo posible? ¿No había cogido yo las teselas y le había impedido hacer lo mismo? Una sola papeleta, una entre miles. La suerte estaba de su parte, del todo, pero no había servido de nada.

En algún punto lejano, oigo a la multitud murmurar con tristeza, como hace siempre que sale elegido un chico de doce años; a nadie le parece justo. Entonces lo veo, con la cara pálida, dando pasitos hacia el escenario, pasando a mi lado, y veo que la camisa se le ha vuelto a salir del pantalón por detrás. Es ese detalle, la camisa que forma una colita de pato, lo que me hace volver a la realidad.

-¡Menma! -El grito estrangulado me sale de la garganta y los músculos vuelven a reaccionar-. ¡Menma!

No me hace falta apartar a la gente, porque los otros chicos me abren paso de inmediato y crean un pasillo directo al escenario. Llego al justo cuando está a punto de subir los escalones y la empujo detrás de mí.

-¡Me presento voluntario! -grito, con voz ahogada-. ¡Me presento voluntario como tributo!

En el escenario se produce una pequeña conmoción. El Konoha no envía voluntarios desde hace décadas, y el protocolo está un poco oxidado. La regla es que, cuando se saca el nombre de un tributo de la bola, otro chico en edad elegible,, puede ofrecerse a ocupar su lugar. En algunas aldeas en los que ganar la cosecha se considera un gran honor y la gente está deseando arriesgar la vida, presentarse voluntario es complicado. Sin embargo, en el Konoha, donde la palabra tributo y la palabra cadáver son prácticamente sinónimas, los voluntarios han desaparecido casi por completo.

-¡Espléndido! -exclama Sakura Haruno-. Pero creo que queda el pequeño detalle de presentar a al ganador de la cosecha y después pedir voluntarios, y, si aparece uno, entonces... -deja la frase en el aire, insegura.

-¿Qué más da? -interviene el alcalde. Está mirándome con expresión de dolor. Aunque, en realidad, no me conoce, hay un pequeño punto de contacto: soy la persona que le lleva las fresas; el compañero con el que puede que su hija haya hablado alguna que otra vez; el chico que, hace cinco años, abrazada a su madre y a su hermano pequeño, recibió de sus manos la medalla al valor. Una medalla por su padre, vaporizado en las minas. ¿Se acordará?-. ¿Qué más da? -repite, en tono brusco-. Deja que suba.

Menma está gritando como un histérico detrás de mí, me rodea con sus delgados bracitos como si fuese un torno.

-¡No, Naruto! ¡No! ¡No puedes ir!

-Menma, suéltame -digo con dureza, porque la situación me altera y no quiero llorar. Cuando emitan la repetición de la cosecha esta noche, todos tomarán nota de mis lágrimas y me marcarán como un objetivo fácil. Un enclenque. No les daré esa satisfacción-. ¡Suéltame!

Noto que alguien tira de el por detrás, así que me vuelvo y veo a Kiba, que levanta a Menma del suelo, mientras el forcejea en el aire.

-Arriba, Naru -me dice, intentando que no le falle la voz; después se lleva a Menma con mi madre. Yo me armo de valor y subo los escalones.

-¡Bueno, bravo! -exclama Sakura Haruno, llena de entusiasmo-. ¡Éste es el espíritu de los Juegos! -Está encantada de ver por fin un poco de acción en su aldea-. ¿Cómo te llamas?

-Naruto Namikaze -respondo, después de tragar saliva.

-Me apuesto los calcetines a que era tu hermano. No querías que te robase la gloria, ¿verdad? ¡Vamos a darle un gran aplauso a nuestro último tributo! -canturrea Sakura Haruno.

La gente del Konoha siempre podrá sentirse orgullosa de su reacción: nadie aplaude, ni siquiera los que llevan las papeletas de las apuestas, a los que ya no les importa nada. Seguramente es porque me conocen del Quemador o porque conocían a mi padre, o porque han hablado con Menma y a el es inevitable quererlo. Así que, en vez de un aplauso de reconocimiento, me quedo donde estoy, sin moverme, mientras ellos expresan su desacuerdo de la forma más valiente que saben: el silencio. Un silencio que significa que no estamos de acuerdo, que no lo aprobamos, que todo esto está mal.

Entonces pasa algo inesperado; al menos, yo no lo espero, porque no creo que el Konoha sea un lugar que se preocupe por mí. Sin embargo, algo ha cambiado desde que subí al escenario para ocupar el lugar de Menma, y ahora parece que me he convertido en alguien amado. Primero una persona, después otra y, al final, casi todos los que se encuentran en la multitud se llevan los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después me señalan con ellos. Es un gesto antiguo y rara vez usado de nuestro aldea que a veces se ve en los funerales; es un gesto de dar gracias, de admiración, de despedida a un ser querido.

Ahora sí corro el peligro de llorar, pero, por suerte, Sasuke escoge este preciso momento para acercarse dando traspiés por el escenario y felicitarme.

-¡Míralo, míralo bien! -brama, pasándome un brazo sobre los hombros. Tiene una fuerza sorprendente para estar tan hecho pedazos-. ¡Me gusta! -El aliento le huele a licor y hace bastante tiempo que no se baña-. Mucho... -No le sale la palabra durante un rato-. ¡Coraje! -exclama, triunfal-. ¡Más que vosotros! -Me suelta y se dirige a la parte delantera del escenario-. ¡Más que vosotros! -grita, señalando directamente a la cámara.

¿Se refiere a la audiencia o está tan borracho que es capaz de meterse con el Capitolio? Nunca lo sabré, porque, justo cuando abre la boca para seguir, Sasuke se cae del escenario y pierde la conciencia.

Es un asco de hombre, pero me siento agradecido porque, con todas las cámaras fijas en él, tengo el tiempo suficiente para dejar escapar el ruidito ahogado que me bloquea la garganta y recuperarme. Pongo las manos detrás de la espalda y miro hacia adelante. Veo las colinas que escalé esta mañana con Kiba y, por un momento, añoro algo..., la idea de irnos de la aldea..., de vivir en los bosques. Sin embargo sé que hice lo correcto al no huir, porque ¿quién si no se habría presentado voluntario en lugar de Menma?

A Sasuke se lo llevan en una camilla y Sakura Haruno intenta volver a poner el espectáculo en marcha.

El alcalde lee el lúgubre Tratado de la Traición, y nos indica a Hinata y a mí que nos demos la mano. La suya es delicada pequeña pero cálida, igual que aquellas hogazas de pan. Me mira a los ojos y me aprieta la mano, como para darme ánimos, aunque quizá no sea más que un espasmo nervioso.

«En fin -pienso-. Hay veinticuatro chicos, sería mala suerte que tuviese que matarla yo.»

-¡Qué día tan emocionante! –Exclama Sakura mientras manosea su vestido para ponerlo en su sitio, ya que se ha torcido notablemente hacia la derecha.

Nos volvemos para mirar a la multitud, mientras suena el himno de del país del fuego.

En cuanto acaba el himno, nos ponen bajo custodia. No quiero decir que nos esposen ni nada de eso, pero un grupo de agentes de la paz nos acompaña hasta la puerta principal del Edificio de Justicia. Quizás algún tributo intentase escapar en el pasado, aunque yo nunca lo he visto.

Una vez dentro, me conducen a una sala y me dejan solo. Es el sitio más lujoso en el que he estado, tiene gruesas alfombras de pelo, y sofá y sillones de terciopelo. Sé que es terciopelo porque mi madre tiene un vestido con un cuello de esa cosa. Cuando me siento en el sofá, no puedo evitar acariciar la tela una y otra vez; me ayuda a calmarme mientras intento prepararme para la hora que me espera. Ése es el tiempo que se les concede a los tributos para despedirse de sus seres queridos. No puedo dejarme llevar y salir de esta habitación con los ojos hinchados y la nariz roja; no me puedo permitir llorar, porque habrá más cámaras en la estación de tren.

Mi hermano y mi madre entran primero. Extiendo los brazos hacia Menma, y el se sube a mi regazo y me rodea el cuello con los suyos, apoyando la cabeza en mi hombro, como hacía cuando era un bebé. Mi madre se sienta a mi lado y nos abraza a las dos. No hablamos durante unos minutos, pero después empiezo a decirles las cosas que tienen que recordar hacer, ya que yo no estaré para ayudarlos.

Menma no debe coger ninguna tesela. Pueden salir adelante, si tienen cuidado, vendiendo la leche y el queso de la cabra, y siguiendo con la pequeña botica que lleva mi madre para la gente de la Veta. Kiba le conseguirá las hierbas que ella no pueda cultivar, aunque tiene que describírselas con precisión, porque él no las conoce como yo. También les llevará carne de caza; él y yo habíamos hecho un pacto al respecto hace cosa de un año y seguramente no les pedirá nada a cambio. Sin embargo, deben agradecérselo con algún tipo de canje, como leche o medicinas.

No me molesto en sugerirle a Menma que aprenda a cazar; intenté enseñarla un par de veces y fue un desastre. El bosque lo aterra y, siempre que yo le daba a una presa, él se ponía lloroso y decía que podíamos curarla si llegábamos a tiempo a casa. Por otro lado, le va bien con la cabra, así que me concentro en eso.

Cuando termino con las instrucciones sobre el combustible, el comercio y terminar el colegio, me vuelvo hacia mi madre y el cojo con fuerza de la mano.

-Escúchame, ¿me estás escuchando? -Ella asiente, asustada por mi intensidad. Tiene que saber lo que le espera-. No puedes volver a irte.

-Lo sé -me responde ella, clavando los ojos en el suelo-. Lo sé, no lo haré. No pude evitar lo que...

-Bueno, pues esta vez tendrás que evitarlo. No puedes desconectarte y dejar solo a Menma, porque yo no estaré para manteneros con vida. Da igual lo que pase, da igual lo que veas en pantalla. ¡Tienes que prometerme que seguirás luchando!

He levantado tanto la voz que estoy gritando; estoy soltando toda la rabia y el miedo que sentí cuando ella me abandonó.

-Estaba enferma -dice mi madre, soltándose; también se ha enfadado-. Podría haberme curado yo misma de haber tenido las medicinas que tengo ahora.

La parte de haber estado enferma es cierta; después he visto cómo despertaba a personas que sufrían aquella tristeza paralizante. Quizá sea una enfermedad, pero no nos la podemos permitir.

-Pues tómalas... ¡y cuida de el! -le ordeno.

-Todo saldrá bien, Naruto -dice Menma, cogiéndome la cara-. Pero tú también tienes que cuidarte; eres rápido y valiente, quizá puedas ganar.

No puedo ganar; en el fondo, Menma debe de saberlo. La competición está mucho más allá de mis habilidades. Hay chicos de aldeas más ricos, donde ganar es un gran honor, que llevan entrenándose toda la vida para esto. Chicos que son dos o tres veces más grandes que yo; chicas que conocen veinte formas diferentes de matarte con un cuchillo. Sí, también habrá gente como yo, chavales a los que quitarse de en medio antes de que empiece la diversión de verdad.

-Quizá -respondo, porque no puedo decirle a mi madre que luche si yo ya me he rendido. Además, no es propio de mí entregarme sin presentar batalla, aunque los obstáculos parezcan insuperables-. Y seremos tan ricos como Sasuke.

-Me da igual que seamos ricos. Sólo quiero que vuelvas a casa. Lo intentarás, ¿verdad? ¿Lo intentarás de verdad de la buena? -me pregunta Menma.

-De verdad de la buena, ttbayo -le digo, y sé que tendré que hacerlo, por él.

Después aparece el agente de la paz para decirnos que se ha acabado el tiempo, nos abrazamos tan fuerte que duele y lo único que se me ocurre es:

-Os quiero, os quiero a los dos.

Ellos me dicen lo mismo, el agente les ordena que se marchen y cierra la puerta. Escondo la cabeza en uno de los cojines de terciopelo, como si eso pudiese protegerme de todo lo que está pasando.

Alguien más entra en la habitación y, cuando miro, me sorprende ver a la esposa del panadero, la madre de Hinata. No puedo creerme que haya venido a visitarme; al fin y al cabo, pronto estaré intentando matar a su hija. Pero nos conocemos un poco, y ella conoce incluso mejor a Menma, porque, cuando mi hermano vende sus quesos en el Quemador, siempre le guarda dos al panadero y ella le da una generosa cantidad de pan a cambio. Es mucho más amable que el ogro de su esposo, así que esperamos a que él no esté. Seguro que ella nunca le habría pegado a su hija por el pan quemado como lo hizo el. En cualquier caso, ¿por qué ha venido a verme?

La mujer se sienta, incómoda, en el borde de una de las lujosas sillas, es una mujer bajita y tiene el mismo cabello que su hija si no fuera por las marcas del horno por los años de trabajo en la panadería diría que son hermanas o más ben como gemelas. Es probable que acabe de despedirse de su hija.

Saca un paquete envuelto en papel blanco del bolsillo del vestido y me lo ofrece. Lo abro y encuentro galletas, un lujo que nosotros nunca podemos permitirnos.

-Gracias -respondo. Se nota que la mujer del panadero no es muy habladora, en el mejor de los casos, y hoy no tiene absolutamente nada que decirme-. He comido un poco de su pan esta mañana. Mi amigo Kiba le dio una ardilla a cambio. -Ella asiente, como si recordarse la ardilla-. No ha hecho usted un buen trato.

Se encoge de hombros, como si no le importase nada.

No se me ocurre qué más decir, así que guardamos silencio hasta que la llama un agente de la paz. Se levanta y tose para aclararse la garganta.

-No perderé de vista al pequeño. Me aseguraré de que coma.

Siento que al oírlo desaparece parte de la presión que me oprime el pecho. La gente trata conmigo, pero a él le tienen verdadero cariño. Quizás haya cariño suficiente para mantenerlo con vida.

Mi siguiente visita también resulta inesperada: Ino viene directa hacia mí. No está llorosa, ni evita hablar del tema, sino que me sorprende con el tono urgente de su voz.

-Te dejan llevar una cosa de tu aldea en el estadio, algo que te recuerde a casa. ¿Querrías llevar esto? Me ofrece la insignia circular de oro que antes le adornaba el vestido. Aunque no le había prestado mucha atención hasta el momento, veo que es un Zorro -¿Tu insignia? -le pregunto.

Llevar un símbolo de mi aldea es lo que menos me preocupa en estos momentos.

-Toma, te lo pondré en la camisa, ¿vale? -No espera a mi respuesta, se inclina y me lo pone-. Naruto, prométeme que lo llevarás en el estadio, ¿vale?

Galletas, una insignia... Hoy me están dando todo tipo de regalos. Ino me da otro más: un beso en la mejilla –Sí—le contesto y observo que comienza a moverse incomoda y sus mejilla adquieren un rubor que podría asegurar no estaba ahí ase tres minutos pero llegan los agentes de la paz y la sacan solo puedo escuchar como dice –regresa ok lo tienes que hacer y recuerda que te... -dice, y nos separan y cierran la puerta, y nunca sabré qué es lo que quiere que recuerde

Después se la llevan y me quedo pensando que quizá, al fin y al cabo, sí fuera mi amiga.

En último lugar aparece Kiba y, cuando abre los brazos no dudo en lanzarme a ellos. Su cuerpo me resulta familiar: la forma en que se mueve, el olor a humo del bosque, incluso los latidos de su corazón, que ya había escuchado en los momentos de silencio de la caza. Sin embargo, es la primera vez que de verdad me doy cuenta que ahora ya no lo veré mas que mi amigo quedara solo en el bosque.

-Escucha -me dice-, no te resultará difícil conseguir un cuchillo, pero tienes que hacerte con un arco. Es tu mejor opción.

-No siempre los tienen -respondo, pensando en el año en que sólo había unas horribles mazas con pinchos con las que los tributos tenían que matarse a golpes.

-Pues fabrica uno. Hasta un arco endeble es mejor que no tener arco.

He intentado copiar los arcos de mi padre con malos resultados, porque no es tan fácil. Incluso él tenía que desechar su trabajo algunas veces.

-Ni siquiera sé si habrá madera -digo.

Otro año los soltaron en un paraje en el que sólo había cantos rodados, arena y arbustos esqueléticos; para mí fueron unos de los peores juegos. Muchos competidores sufrieron mordeduras de serpientes venenosas o se volvieron locos de sed.

-Casi siempre hay madera desde aquel año en que la mitad murió de frío -me responde Kiba-. No resultaba muy entretenido.

Es cierto, nos pasamos unos juegos enteros viendo cómo los jugadores morían congelados por la noche. Apenas aparecían, porque se limitaban a hacerse un ovillo y no tenían madera para hogueras, ni antorchas, ni nada. El Capitolio consideró muy decepcionante observar todas aquellas muertes silenciosas y sin sangre, así que, desde entonces, suele haber madera para hacer fuego.

-Sí, es verdad.

-Naruto, es como cazar, y eres el mejor cazador que conozco.

-No es como cazar, Kiba, están armados. Y piensan.

-Igual que tú, y tú tienes más práctica, práctica de verdad. Sabes cómo matar.

-Pero no personas.

-¿De verdad hay tanta diferencia? -pregunta Kiba, en tono triste.

Lo más horrible es que, si consigo olvidar que son personas, será exactamente igual.

Los agentes de la paz vuelven demasiado pronto y Kiba les pide más tiempo, pero se lo llevan y empiezo a asustarme.

-¡No dejes que mueran de hambre! -grito, aferrándome a su mano.

-¡No lo permitiré! ¡Sabes que no lo permitiré! Naruto- grita había necesidad de sacar así a mis amigos no la había pero parece que los agentes de la paz no lo ven así.

La estación de tren está cerca del Edificio de Justicia, aunque nunca antes había viajado en coche y casi nunca en carro. En la Veta nos desplazamos a pie.

He hecho bien en no llorar, porque la estación está a rebosar de periodistas con cámaras apuntándome a la cara, como insectos. Pero tengo mucha experiencia en no demostrar mis sentimientos, y eso es lo que hago. Me veo de reojo en la pantalla de televisión de la pared, en la que están retransmitiendo mi llegada en directo, y me alegra comprobar que parezco casi aburrido.

Por otro lado, no cabe duda de que Hinata Hyuga ha estado llorando y, curiosamente, no intenta esconderlo. Me pregunto al instante si será su estrategia en los juegos: parecer débil y asustada para que los demás crean que no es competencia y después dar la sorpresa luchando. A una chica del Aldea de la roca, Tenten, le funcionó muy bien hace unos años. Parecía una idiota llorica y cobarde por la que nadie se preocupó hasta que sólo quedaba un puñado de concursantes. Al final resultó ser una asesina despiadada; una estrategia muy inteligente, pero extraña para Hinata, porque es el hija de un panadero. Siempre ha tenido comida de sobra y bandejas de pan que mover de un lado a otro, por lo que bueno no se ve precisamente como una enclenque. Harían falta muchos lloriqueos para convencer a alguien de que lo pasase por alto.

Tenemos que quedarnos unos minutos en la puerta del tren, mientras las cámaras engullen nuestras imágenes; después nos dejan entrar al vagón y las puertas se cierran piadosamente detrás de nosotros. El tren empieza a moverse de inmediato.

Al principio, la velocidad me deja sin aliento. Obviamente, nunca había estado en un tren, ya que está prohibido viajar de una aldea a otro, salvo que se trate de tareas aprobadas por el Estado. En nuestro caso se limita básicamente al transporte de carbón, aunque no estamos en un tren de mercancías normal, sino en uno de los modelos de alta velocidad del Capitolio, que alcanza una media de cuatrocientos kilómetros por hora. Nuestro viaje nos llevará menos de un día.

En el colegio nos dicen que el Capitolio se construyó en un lugar que antes se llamaba las Rocosas. Konoha estaba en una región conocida como los Apalaches; incluso entonces, hace cientos de años, ya extraían carbón de la zona. Por eso nuestros mineros tienen que trabajar a tanta profundidad.

Por algún motivo, en el colegio todo acaba reduciéndose al carbón. Además de comprensión lectora y matemáticas básicas, casi toda la formación tiene que ver con eso, salvo por la clase semanal de historia de Panem. Se trata principalmente de tonterías sobre lo que le debemos al Capitolio, aunque sé que tiene que haber mucho más de lo que nos cuentan, una explicación real de lo que pasó durante la rebelión. Sin embargo, no pienso mucho en ello; sea cual sea la verdad, no veo cómo me va a ayudar a poner comida en la mesa.

El tren de los tributos es aún más elegante que la habitación del Edificio de Justicia. Cada uno tenemos nuestro propio alojamiento, compuesto por un dormitorio, un vestidor y un baño privado con agua corriente caliente y fría. En casa no tenemos agua caliente, a no ser que la hirvamos.

Hay cajones llenos de ropa bonita, y Sakura Haruno me dice que haga lo que quiera, que me ponga lo que quiera, que todo está a mi disposición. Mi única obligación es estar listo para la cena en una hora. Me quito el traje de mi padre y me doy una ducha caliente, cosa que nunca había hecho antes. Es como estar bajo una lluvia de verano, sólo que menos fría. Me pongo una camisa y unos pantalones de color verde oscuro.

En el último segundo me acuerdo de la pequeña insignia de oro de Ino y le echo un buen vistazo por primera vez: es como si alguien hubiese creado un zorrito dorado y después lo hubiese rodeado con un anillo. El zorro sólo está unido al anillo por la punta de sus nueve colas. De repente, lo reconozco: es un Kuibi

Es un animal curioso, además de una especie de bofetón en la cara para el Capitolio. Durante la rebelión, el Capitolio creó una serie de animales modificados genéticamente y los utilizó como armas; el término común para denominarlos era mutaciones, o mutos, para abreviar. Uno de ellos era un perro o león con 10 colas especial llamado Jubi que tenía la habilidad de memorizar y repetir conversaciones humanas completas. Eran un mensajero, todos ellos machos, que se soltaron en las regiones en las que se escondían los enemigos del Capitolio. Los cuales recogían las palabras y volvían a sus bases para que las grabaran. Las aldeas tardaron un tiempo en darse cuenta de lo que pasaba, de cómo estaban transmitiendo sus conversaciones privadas, pero, cuando lo hicieron, como es natural, los rebeldes lo utilizaron para contarle al Capitolio miles de mentiras, así que el truco se volvió en su contra. Por esa razón cerraron las bases y abandonaron a las creaturas para que muriesen en los bosques.

Sin embargo, no murieron, sino que se aparearon con las hembras de gato salvaje y crearon una nueva especie que podía replicar tanto los silbidos de los pájaros como las melodías humanas. Mediante aullidos claros como si fuera un silbido suave A pesar de perder la capacidad de articular palabras, podían seguir imitando una amplia gama de sonidos vocales humanos, desde el agudo gorjeo de un niño a los tonos graves de un hombre. Además, podían recrear canciones; no sólo unas notas, sino canciones enteras de múltiples versos, siempre que tuvieras la paciencia necesaria para cantárselas y siempre que a ellos les gustase tu voz. Y eran pequeños o son pequeños porque los eh visto en el bosque.

Mi padre sentía un cariño especial por los Kuibi. Cuando íbamos de caza, silbaba o cantaba canciones complicadas y, después de una educada pausa, ellos siempre las repetían. No trataban con el mismo respeto a todo el mundo, pero siempre que mi padre cantaba, todos los zorritos de la zona callaban y escuchaban. Lo hacían porque su voz era muy bonita, alta, clara y tan llena de vida que te daban ganas de reír y llorar a la vez. No fui capaz de seguir con la costumbre después de su muerte. En cualquier caso, este zorrito tiene algo que me consuela; es como llevar una parte de mi padre conmigo, protegiéndome. Me lo prendo a la camisa y, con la tela verde oscuro de fondo, casi puedo imaginarme al zorro corriendo entre el bosque.

Sakura Haruno viene a recogerme para la cena, y la sigo por un estrecho y agitado pasillo hasta llegar a un comedor con paredes de madera pulida. Hay una mesa en la que todos los platos son muy frágiles, y Hinata Hyuga está sentada esperándonos, con una silla vacía a su lado. -¿Dónde está Sasuke? -pregunta Sakura, en tono alegre.

-La última vez que lo vi me dijo que iba a echarse una siesta -responde Hinata.

-Bueno, ha sido un día agotador -comenta ella, y creo que se siente aliviada por la ausencia de Sasuke. ¿Quién puede culparla?

La cena sigue su curso: una espesa sopa de zanahorias, ensalada verde, chuletas de cordero y puré de patatas, queso y fruta, y una tarta de chocolate. Sakura Haruno se pasa toda la comida recordándonos que tenemos que dejar espacio, porque quedan más cosas, pero yo me atiborro, porque nunca había visto una comida así, tan buena y abundante, y porque probablemente lo mejor que puedo hacer hasta que empiecen los juegos es ganar unos cuantos kilos.

-Por lo menos tenéis buenos modales -dice Sakura, mientras terminamos el segundo plato-. La pareja del año pasado se lo comía todo con las manos, como un par de salvajes. Consiguieron revolverme las tripas.

La pareja del año pasado eran dos chicos de la Veta que nunca en su vida habían tenido suficiente para comer. Seguro que, cuando tuvieron toda aquella comida delante, los buenos modales en la mesa fueron la menor de sus preocupaciones. Hinata es hija de panadero; mi madre nos enseñó a Menma y a mí a comer con educación, así que, sí, sé manejar el cuchillo y el tenedor, pero me asquea tanto el comentario que me esfuerzo por comerme el resto de la comida con los dedos. Después me limpio las manos en el mantel, lo que hace que Sakura apriete los labios con fuerza.

Una vez terminada la comida, tengo que esforzarme por no vomitarla y veo que Hinata también está un poco verde. Nuestros estómagos no están acostumbrados a unos alimentos tan lujosos.

Sin embargo, si soy capaz de aguantar el mejunje de carne de ratón, entrañas de cerdo y corteza de árbol de Teuchi (su especialidad de invierno), estoy dispuesto a aguantar esto.

Vamos a otro compartimento para ver el resumen de las cosechas de todo el país del fuego. Intentan ir celebrándolas a lo largo del día, de modo que alguien pueda verlas todas en directo, aunque sólo la gente del Capitolio podría hacerlo, ya que ellos son los únicos que no tienen que ir a las cosechas.

Vemos las demás ceremonias una a una, los nombres, los que se ofrecen voluntarios y los que no, que abundan más. Examinamos las caras de los chicos contra los que competiremos y me quedo con algunas: un chico con una cara de pocos amigos que tiene la cara tapada con lo que parece ser una bufanda que se apresura a presentarse voluntario en el Aldea de la Niebla; una chica de brillante cabello rojo y cara astuta en el Aldea de la lluvia; un chico cojo en el Aldea del Calor; y, lo más inquietante, un chico de doce años en el Aldea de la hierba. Tiene la piel demasiado blanca podría decirlo pero también unos ojos marrones demasiado expresivos diría yo, pero, aparte de eso, me recuerda a Menma tanto en tamaño como en comportamiento. Sin embargo, cuando sube al escenario y piden voluntarios, sólo se oye el viento que silba entre los decrépitos edificios que la rodean; nadie está dispuesto a ocupar su lugar.

Por último, aparece Konoha: el momento de la elección de Hinata y como sube al escenario y luego Sakura solicitando voluntarios lo que ocupa resulta un silencio agudo¸ y ahora la selección de Menma y yo corriendo a presentarme voluntario. Se nota perfectamente la desesperación en mi voz cuando pongo a Menma detrás de mí, como si temiera que no me oyesen y se la llevaran. Sin embargo, está claro que me oyen. Veo a Kiba quitándomelo de encima y a mí mismo subiendo al escenario. Los comentaristas no saben bien qué decir sobre la actitud del público, su negativa a aplaudir y el saludo silencioso. Uno dice que el Konoha siempre ha estado un poco subdesarrollado, pero que las costumbres locales pueden resultar encantadoras. Como si estuviese ensayado, Sasuke se cae y todos dejan escapar un gruñido cómico., nos damos la mano, ponen otra vez el himno y termina el programa.

Sakura Haruno está disgustada por el estado de su peluca.

-Vuestro mentor tiene mucho que aprender sobre la presentación y el comportamiento en la televisión.

-Estaba borracho -respondo, riendo de forma inesperada-. Se emborracha todos los años.

-Todos los días –añade Hinata sin poder reprimir una sonrisita.

Sakura hace que parezca como si Sasuke tuviese malos modales que pudieran corregirse con unos cuantos consejos suyos.

-Sí, qué raro que os parezca tan divertido a los dos. Ya sabéis que vuestro mentor es el contacto con el mundo exterior en estos juegos, el que os aconsejará, os conseguirá patrocinadores y organizará la entrega de cualquier regalo. ¡Sasuke puede suponeros la diferencia entre la vida y la muerte!

En ese preciso momento, Sasuke entra tambaleándose en el compartimento.

-¿Me he perdido la cena? -pregunta, arrastrando las palabras. Después vomita en la cara alfombra y se cae encima de la porquería.

-¡Seguid riéndoos! -exclama Sakura Haruno; acto seguido se levanta de un salto, rodea el charco de vómito subida a sus zapatos puntiagudos y sale de la habitación