Notas de Autor: Siento una vergüenza desproporcionada al no haber actualizado tanto tiempo pero es que estuve dos semanas fuera de casa y se me hizo algo difícil prestarle atención a esta historia. Pero nada, espero que disfruten de este capítulo recién sacado del horno para ustedes (en especial para tí, aleprettycat).

[1] En el 2002, un grupo de activistas de Chelsea comenzaron a involucrarse en el tema de reestructuración y mejora del barrio, recibiendo el nombre de "Amigos de High Line" (Friends of the High Line), quienes convirtieron esta vía elevada de ferrocarril en el parque urbano que es hoy. Montan galas y actividades en beneficio del mantenimiento de dicho parque, presentando exposiciones de arte bastante geniales en las premisas.


Cualquiera que la hubiese conocido antes de su mudanza a Nueva York se habría sorprendido de encontrar a Mimi ahí, sola. Era un sábado, temprano por la mañana y ella estaba fresca como lechuga al caminar por las calles de Chelsea en dirección a uno de sus descubrimientos favoritos en ese lado de la ciudad. El High Line era un parque público elevado sobre lo que alguna vez fue parte del Sistema Central Férreo de Nueva York, en el Bajo Oeste de Manhattan. Corría a lo largo de 2.33km, aunque Mimi no lo sabía; ella visitaba el parque por razones más simples. Tras la eliminación del sistema de ferrocarriles a favor del subterráneo, muchos de estos espacios habían sido reformados como parte de una iniciativa de mejor utilización del espacio. El proyecto en sí le había ganado la oficina al alcalde que lo promovió, y le dio el realce a Chelsea que tanto necesitaba.

Ahora esos 2.33km estaban llenos de más de 210 especies de flores silvestres, no todas exclusivas de Norte América, y era accesible por al menos once entradas distintas. Habían pequeños concesionarios y quioscos de comida, sillones giratorios con sombrilla para que las personas pudieran descansar y leer (o tomar la siesta, si eran valientes) con vista al río Hudson, otra gran maravilla de la ciudad de Nueva York. A Mimi le gustaba sentarse ahí acurrucada con sus libros y probar la cocina local – se había vuelto fanática de los snacks orgánicos que vendían el Mercado de Chelsea y cliente frecuente de los stands de arte y moda vintage.

En verano, había rociadores para que los transeúntes pudieran refrescarse y seguir su camino un poco menos molestos, un poco más alegres. Ella misma lo hacía cuando pasaba por ese lado de la ciudad, aunque no era una ocurrencia tan seguida dado que debía cambiar de tren al menos tres veces para llegar ahí.

Mimi estaba sentada con las piernas cruzadas, sus antebrazos apoyados en sus rodillas con un libro en su regazo. Tenía tiempo que matar antes de verse con unos amigos en la tarde, y no le apetecía estar encerrada en casa. Mentalmente, contaba los días que faltaban para las vacaciones de verano y su inminente regreso a Japón.

—Ya casi —murmuró para sí misma, incapaz de contener la emoción.

—No deberías hablar sola —una voz le interrumpió—, la gente creerá que estás loca.

Elevó su mirada hacia el frente, dónde un sonriente rubio le miraba expectante. Abrió su boca, confundida. No esperaba verlo ahí – o en cualquier otro lugar, la verdad, y de repente recordarlo fue como un pequeño golpe a la base de su nuca.

—Pero quién —se detuvo, golpeando su pequeño puño contra su palma izquierda—, oh espera, Willis, ¿no?

El rubio hizo una mueca, torciendo sus finos labios y entrecerrando sus ojos color esmeralda.

—Me lastimas con tu olvido, Mimi —le dijo—, y es Wallace, pero te lo dejaré pasar por esta vez.

Mimi le devolvió la sonrisa con algo de vergüenza, pero lo cubrió con un gesto sin cuidado, tirando su cabello – que estaba arreglado en una larga trenza, sobre su hombro. No le sonreiría tan alegremente si supiera cuántas veces Mimi había mentalmente cobrado su venganza por aquella lejana tartaleta, de eso estaba segura.

—Ya lo sabía —mintió—, pero Willis suena más dulce, ¿no crees?

Enarcó una ceja, acercándose a ella y doblándose para quedar a nivel de sus ojos. La sonrisa que le ofreció esta vez era suave, un poco picaresca.

— ¿Y para qué necesito un nombre dulce? —rió—. A menos de que pienses que lo soy.

La chica se hizo hacia atrás, viéndolo con sospecha pero sin poder evitar el calor en sus mejillas. Aunque era muy atrevido y la confundía un poco, no podía negar que era agradable que alguien fuera tan abiertamente amistoso – no era que le hiciera falta hacer amigos en Estados Unidos, pero siempre había espacio para más. O al menos, eso le gustaba pensar a ella. Sonrió lentamente, ladeando su cabeza.

—No —le contestó a secas—, sólo trataba de ser amable porque olvidé tu nombre.

Él frunció el ceño y luego soltó una pequeña risilla.

—Supongo que me lo busqué —le dijo, encogiéndose de hombros—, me pasa por no tomar la mentira piadosa —se cruzó de brazos, viéndola desde su posición ventajosa por su altura—. Como que te gustan los parques.

—Eh, obvio. Por eso los frecuento —Mimi hizo un gesto con la mano, y una cara que le provocó más gracia al chico de lo que debería.

—Ya, ya —soltó entre sonrisas—, mejor me voy antes de irritarte más.

Mimi negó con la cabeza, cerrando su libro y usándolo como abanico.

—No me irritas —le dijo sinceramente—, es que a veces … me es algo difícil expresarme. Creo que tengo que trabajar en mis expresiones faciales —admitió, sacando su lengua entre sus dientes.

—Creo que tus expresiones faciales están bien así.

Wallace – o Willis, como Mimi afectuosamente le habría llamado, se estiró y Mimi sólo lo miro con una pequeña sonrisa, afectada de su manera tan abierta y tranquila de soltar cumplidos a las personas. No era precisamente la experiencia que ella había tenido con los rubios, en Odaiba.

—En fin, ¿te molesta si te acompaño un rato? El sol está algo fuerte y necesito descansar—le sonrió—, vamos, te invito a una limonada.

—Bueno, si es así, no puedo negarme —ella bromeó, observándolo alejarse tras dejar su bolso deportivo en su pequeño sillón. Mimi acomodó las cosas, su cartera, libro y el bolso de Willis, para hacerle espacio al rubio cuando volviera con sus bebidas. No tardó más de tres minutos, y al regresar le ofreció una pequeña botellita plástica con líquido rosa y hielo.

—Espero no equivocarme —le dijo—, me tomé la atribución de asumir que te gustaría la limonada con fresas.

—Como que te gusta tomarte atribuciones que no te corresponden —Mimi comentó, tomando la bebida y poniendo la pajilla entre sus labios, pensando en el postre robado aún, cuál niña que fue robada de su dulce. Él la miró con cejas en alto, tan alto que casi se pierden en el nacimiento de su cabello, por lo que ella se apresuró en agregar—, pero no te equivocaste.

—Eso tomó un giro inesperado —admitió—, creí que me la tirarías encima —Wallace sonrió ampliamente, tomando un trago de su limonada regular.

Ella parecía horrorizada por la sugerencia, y aún con la pajilla entre sus labios giró su cabeza hacia un lado, murmurando algo que sonaba como 'yo no haría eso nunca' y 'cómo la gente se atreve' y demás nimiedades.

Él, por su parte, se recostó en el respaldar del asiento, cerrando sus ojos un momento y permitiendo que su cuerpo se refrescara bajo la sombra y tras la fría bebida. Cuando los abrió, Mimi seguía ocupada entre ver su bebida y verlo a él.

—Este es uno de mis lugares favoritos en la ciudad —confesó, sorprendiéndola—. Al menos en este lado de la ciudad.

— ¡Es uno de los míos también!—exclamó, emocionada—. Las flores, los pequeños ristorantes, la vista … es hermoso.

— ¿Sabías que los hoteles de esta área tienen algo muy curioso? Esas habitaciones—señaló con el dedo índice la carátula este del Hotel Standard y otros, que daban a ver al parque—, son las más cotizadas. Adivina por qué.

Curiosa, Mimi, se acomodó en el asiento, llevando un dedo a su barbilla. No se le ocurría una razón pero bueno, podía tratar de seguirle el juego.

— ¿Supongo que por la vista? —sugirió, no muy convencida. La sonrisa de Wallace se estiró lentamente, dándole la apariencia del gato Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas. Ella enarcó una ceja—. ¿Pero qué…?

—Es por la vista, sí —explicó el rubio, cruzando una pierna sobre la otra y viéndola casualmente—, muchas parejas disfrutan tener sexo en las habitaciones frente al parque, dónde pasan muchos peatones y pueden verlos. Genial, ¿no?

No lo pudo evitar. Soltó el trago de golpe, escupiéndolo sobre su vestido y sobre sus manos, alcanzando el pantalón de él. Wallace comenzó a reír, sacudiendo su pierna sin cuidado pero Mimi estaba roja como un tomate, balbuceando una disculpa a la vez que trataba de toser el resto de la limonada.

Fue una combinación de todo – la mirada divertida de Wallace, su vestido manchado de limonada de fresa, sus manos chorreando y el calor que la hacía sudar y exasperarse. Se puso de pie de golpe, limpiando sus manos como pudo en su vestido (ya daba igual, si estaba sucio) y tomando su cartera de un tirón, desacomodando al rubio que se esforzaba por no botar su bebida sobre sí mismo.

—Oye —protestó— pero, ¿qué…?

—Lo lamento —Mimi se disculpó sin verlo—, tengo un compromiso y estoy tarde. ¡Gracias por la bebida! Y por … bueno, ¡adiós! —huyó sin una palabra más, tirando el resto de su bebida en un basurero y dejando al rubio solo y confundido tras ella.

— ¡Pero Mimi!—gritó, ignorando las miradas de las personas a su alrededor—, olvidaste tu … libro.

Se reacomodó en la silla, parpadeando lentamente al ver que ya estaba demasiado lejos para escucharle. Tomó el libro y lo metió en su bolso deportivo, mordiendo su labio inferior para evitar soltar otra carcajada ahora que estaba solo (que tuviera un gran sentido del humor no significaba que disfrutaba de asustar a los demás … al menos no usualmente).

Definitivamente, esa chica iba a agradarle.