Capítulo 2

Toda su vida, Sakura Haruno había seguido las reglas. Cuando ella se ría, se cubría la boca con la mano para amortiguar el sonido. Cuando ella lloraba, lo hacía en la privacidad de su apartamento. No usaba malas palabras excepto para ese momento cuando dejaba caer la cazuela y la lasaña se desparramaba por todas partes, y aún entonces, ella estaba sola.

Desde luego, ella sola, y siempre sola.

Vestía apropiadamente, primero para una mecanógrafa, luego para una secretaría, después para la asistente ejecutiva del presidente de Wilder Wines.

Entonces, ¿qué hacía ella conduciendo de California a Washington, por propia iniciativa, adornada con su nueva ropa inapropiada, a entregar unos papeles importantes a la casa vacacional de su jefe en la costa?

¿Qué más daba? Ella estaba enamorada. Enamorada de Sasuke Wilder.

Si. ¿Quién no?

Él era alto, cerca de dos metros. Que estaba bien, porque ella media metro ochenta y tres con sus pies enfundados en calcetas. O en sus orgullosos pies, como su amiga Ino Yamanaka decía. Él tenía la cara de un ángel caído. Pelo negro, oscuras cejas; largas, oscuras y rizadas pestañas que enmarcaban sus ojos negros con una muy peculiar sombra dorada, y un tatuaje que se ondulaba en un brazo desde el hombro hasta la muñeca. El tatuaje se retorcía como dos serpientes trepando juntas, oscuras y misteriosas contra su piel curtida; era estúpido, pero la hacían sentir como si tuvieran algo extraordinariamente en común. No es que ella alguna vez quisiera explicarle a él lo que era-o lo que podría ser.

Los ojos, el tatuaje, y la altura lo hacían parecer peligroso, algo que no era, al menos mientras no te le opusieras en sus negocios.

Entonces lo conseguía a su modo, cada vez.

Tenía una nariz prominente, y una boca sonriente con los dientes más hermosos, brillantes y blancos que Sakura alguna vez hubiera visto.

Lo más importante, al menos para ella, era su cuerpo. Perfecto. Amplios hombros que se estrechaban hasta un trasero esculpido, que hacía a sus dedos picar por apretarlo. O ellos, dependiendo de cómo se considerara la cuestión.

Ella veía sus piernas desnudas cada día cuando él entraba en la pequeña oficina, sudando de su carrera, y podría declarar que sus pantorrillas y muslos merecían ser lamidos. Repetidamente. Por ella, si tuviera estómago y otro trabajo para irse.

No es que no pudiera tenerlo, era una excelente asistente administrativa, y otras bodegas y restaurantes de Napa Valley le habían hecho ofertas.

Ella rechazó a todos ellos. Sasuke Wilder operaba sólo una empresa y ella estaba interesada sólo en Sasuke Wilder.

Era la razón por la que ella estaba aquí, conduciendo a lo largo de la autopista 101, que se aferraba a los acantilados a lo largo de la costa, dos carriles traicioneros entre el furioso océano y el bosque principal, y algunas veces sumergidos entre el océano furioso y el acantilado rocoso.

Desde la pequeña ciudad de Washington que había pasado veinticinco millas atrás, no había visto una sola casa o carro, nada más que unas vagas gaviotas luchando contra el viento. Ella sabía que tenía razón; cuando Sasuke compro aquel lugar, compro el terreno a veinte millas en esa dirección. Dijo que le gustaba estar solo, pero el aislamiento había comenzado a alimentarse de ella. ¿Qué ocurriría si su coche se estropeaba?

Pero ella tenía su teléfono celular, en su bolso, con batería completa, y de todos modos su coche no se descompondría. El Miata era nuevo y deportivo, justo el automóvil ideal para su nueva imagen. Al igual que la ropa nueva, el nuevo corte, el nuevo maquillaje, la corrección láser de los ojos y los nuevos pechos- vale, Sasuke le pagaba bien, muy bien, pero no había sido capaz de ponerse nuevos pechos, pero aun así, había comprado un Wonderbra que se las ponía de maravilla. ¡Era una nueva Sakura!

Bajó la ventana para dejar al viento agitar su pelo que le llegaba al hombro, y presionando sobre el acelerador, decidió dar una batida por las curvas como un conductor de anuncio publicitario.

¡No lo intenten en casa!

El viento entraba fuertemente a través de la ventana, lanzando ingeniosamente una hebra en su boca. Lo escupió. Y otra hebra entró en sus ojos. Parpadeó. Abrió un ojo a tiempo de ver una curva, viniendo rápidamente, y dio un viraje brusco. Con un repugnante rechinar, los neumáticos dejaron el pavimento y sobre el estrecho arcén. Presa del pánico, ella pisó el acelerador. El coche perdió el control. Las ramas pegaban a un lado del espejo.

Logró guiar el coche de vuelta a la carretera y disminuyó la marcha a un lento avance, agitada, y tan, tan alegre de que nadie la hubiera visto ponerse en ridículo. Tomando un largo aliento, volvió a su antigua, razonable y legal velocidad, y la mantuvo a través de la curvas.

Comprobó el cuentakilómetros. Todavía tenía otras cinco millas que recorrer antes de que llagara a la salida de la casa de Sasuke. Entonces lo vería, y le explicaría sobre la llamada telefónica y los documentos, y como sería demasiado tarde, él la tendría que dejar quedarse. Llevaba un casual pantalón de lino, con la camisola ajustada color calabaza que dejaba sus brazos al descubierto- muy bien torneados después del entrenamiento en el gimnasio- y acentuaba su estrecha cintura.

Pero era mucho más fácil ser valiente y pensar en seducir a Sasuke cuando estaba en Napa, rodeada por las vides, autobuses turísticos, hoteles caros y civilización. No allí sobre aquella costa salvaje, luchado contra el viento que soplaba ráfagas del océano, viendo azotar las ramas cada vez con mayor vigor, mirando los jirones de nubes grises rasgar a través del plateado cielo azul.

Si ella no hubiera estado mirando el kilometraje, se habría saltado la entrada a la finca de Sasuke.

Altos rododendros la ocultaban y una vez que ella freno precipitadamente y torció en la esquina, se encontró en un camino de grava tan estrecho, que si se encontraba con otro coche uno tendría que ceder el paso. Su hermoso nuevo carro golpeó de bache en bache, y con indignación recordó la cuenta que recibió de la compañía de pavimentación.

Y Sasuke había firmado el cheque para pagarles.

Pasados sesenta metros, pasó entre dos pilares de piedra encabezados por leones gruñendo. De repente conducía sobre asfalto. Aquí el bosque era tupido, profundamente verde, antiguo y noble.

El camino tomo una amplia curva, girando al oeste hasta que ella pensó que podría conducir a sobre el océano.

Entonces ella lo hizo.

Los árboles de separaron y muy por debajo, el Océano Pacifico fue revelado en un extenso recorrido de la vista, glorioso, salvaje, en un alboroto. Sakura frenó en una parada. Salió, y respiró el aire salado. Cuando salió de Napa, el canal del clima no había dicho nada de una tormenta, pero venía. Podía sentirlo en sus huesos y en su corazón, y se deleitó con el azote del viento, la ferocidad de las olas contra la base del acantilado.

Ésta era la forma en que Sasuke la hacía sentir. Loca, mala y peligrosa para conocer. En su secreto corazón de corazones, ella encabezaba una banda de la calle, luchaba con los SEAL de la Navy, espiaba para la CIA, y mató a Bill una y otra vez.

Se rió en voz alta. Como si la Srita. Sakura Haruno pudiera hacer cualquiera de esas cosas.

Su diversión se desvaneció, pero la determinación levantó su barbilla. Tal vez no era glamurosa, pero una vez que ella tuviera a Sasuke Wilder, lo mantendría, que era más de lo que Karin Nakamura había sido capaz de hacer. Sakura quería que él la mirara, la viera, le dijera, "Querida, yo no podría vivir sin ti", en lugar de, "Sakura, cuando hallas terminado la catalogación de las pinot, envía rosas a Jennifer Chávez, y una nota pidiendo disculpas en mi nombre acerca de su gato."

-¿Cuál es el problema con su gato?

-Tenía una reacción alérgica.

-¿A qué?

-A mí.

-¿No le gustan los gatos?- Sakura pensó en Kresley, su viejo gato.

-Muy sabrosos.

Ella rió inciertamente.

Pero no estaba segura de que bromeara.

Cuando la casa estuvo a la vista, redujo la velocidad, a sabiendas de lo que Sasuke había dicho sobre su casa- que era un castillo construido antes de siglo XX, por un barón maderero como un grandioso gesto de cortejo a la mujer de sus sueños. Ella no había quedado impresionada, y él vivió en un espléndido aislamiento hasta el final de sus días.

Sasuke la compró en subasta, desnudó el interior, y renovó completamente todo el acabado, después confió en Sakura para elegir el mobiliario, accesorios, componentes y equipos. Se sentía como si se tratara de su casa, y su corazón golpeaba en anticipación…

El camino se ensanchó. Los árboles se apartaron. El castillo entró a la vista.

Ella frenó de golpe.

Esto no era lo que había esperado. No en absoluto.

En su mente, se había imaginado un palacio, del tipo de Cenicienta, auque quizás los techos no serían de un odioso tono azul.

En cambio, el lugar era alto y estrecho, saliendo en carrera hacía las nubes como el símbolo primitivo de un pene. Achicaba los poderosos árboles a su alrededor, y se asentaba muy cerca al borde del acantilado. A su mirada estupefacta, parecía un monstruo, el último de su especie, suspendido en el borde del suicidio solitario. El viento había arruinado cada toque de suavidad en la piedra gris, dejando las superficies rugosas, desnudas y tristes. Gárgolas ciegas miraban fijamente desde las esquinas, sobre cada uno de los tres niveles, y los picos de la azotea de pizarra gris como mechones capturados de nubes que ondearon y se desvanecieron.

El amplio pórtico delantero era una vasta extensión de pizarra a un paso de la tierra, con columnas de granito que soportaban la frente Neandertal de una azotea.

Sakura se dijo que cuando el sol saliera, la casa se vería mejor.

El sol salió.

La casa no se veía mejor.

Rayos dorados disparados desde el oeste, y destellando sobre los cristales, convirtiendo en huecos vacíos a la vista, y las sombras crecieron más claramente.

Sakura buscó alrededor de la casa, mirando por alguna señal de Sasuke, pero nadie se movió en la hierba o entre los arbustos dentro del paseo circular antes de la casa, y ni siquiera los rayos de sol podían penetrar las sombras bajo los árboles que la rodeaban. El estacionamiento estaba detrás de la casa, tal vez estaba él allí. O quizás había ido a la ciudad, o salió a correr. Podría estar en todas partes- pero ella estaba allí, y allí se quedaría.

Condujo hacia el pórtico. Frenó, agarró el volante, y tomó un profundo aliento.

Esto es lo que ella quería. Esto era para lo que se había preparado, había comprado, había soñado. Si se volvía atrás nunca se lo perdonaría.

Si se volvía atrás, ella no merecía ser feliz.

Ella podía hacerlo.

Puso el freno de emergencia-siempre ponía el freno de emergencia, incluso a nivel de terreno, ya que era responsable hacerlo. Levantó su maletín de cuero-un regalo de Sasuke- y su bolso del asiento de pasajero. Cuando ella apretó el paso, el viento azotó la puerta del coche, con tal decisión que ella temió por los goznes. Con la cadera empujó la puerta, hizo saltar el maletero con el control de la llave, y extrajo su maleta-grande, pesada y completamente cargada. La tomó con ambas manos, y todos sus músculos recién adquiridos con el entrenamiento del gimnasio, la levantaron fuera del maletero. Dio gracias a Dios por el equipaje con ruedas, ya que la arrastró por la acera y hacia la entrada.

El viento la empujó de lado, le enredó el pelo, agarró su camisola. Escuchó las olas a lo lejos, más enojadas que antes. El aire olía como salmuera y algas, y a hojas perennes y a páramo.

Y como ella caminaba –primero un pie, luego otro pie, y después otro pie- el castillo surgió encima de ella. Las sombras la abrazaron. Cuando dio un paso en el embaldosado del pórtico, se paró. Parpadeó, dejando a sus ojos adaptarse a la luz variable.

Allí estaba protegida de brutal viento, aun así tembló en la fresca, cruda atmósfera.

Arrastró su maleta encima del paseo individual, y las ruedas se agitaron cuando las hizo rodar sobre la losa de pizarra gris. La puerta de entrada surgió ante ella; la había ordenado ella misma al excéntrico artista, y sabía que era de nogal negro con caoba brasileña. Sin embargo no podía ver nada del grano de la madera o su brillo, y las aldabas con forma de cabeza de león, de cobre, eran sólo un destello en la oscuridad. Encontrado el pequeño botón sobre el adorno, lo presionó.

El repiqueteo sonó en su interior.

Nadie contestó.

Tocó de nuevo, entonces cautelosamente intentó con la gran asa de hierro. Estaba cerrado.

Sasuke no estaba en casa.

Ella podría volver ahora. Diciéndose a si misma que intentara el plan para otro día.

Pero nunca habría otro día, sabía eso. Era ahora o nunca. Así que arrastró los pies por las llaves, en su llavero, y encontró la que habría de abrir la cerradura.

Ella era, después de todo, la ayudante administrativa de Sasuke. Había sido testigo de su voluntad. Ella llamaba a su madre por su nombre de pila. Incluso todavía mantenía la llave de su caja de seguridad. Tenía todo el derecho de usar la llave de la casa que él le había dado.

Introdujo la llave en la cerradura, la giró. La puerta se abrió fácilmente, silenciosamente. Examino el vestíbulo- y soltó un suspiro de alivio.

Mejor. Esto era mejor. No brutal y aplastante, sino cálido y civilizado. El techo se elevaba lejos, por encima de su cabeza, y cuando chasqueó en la luz, miles de prismas bailaron a través de las cremosas pálidas paredes. Un prisma toco sobre la luz del sistema de seguridad; conteniendo el aliento, dejó caer su bolso y llaves sobre la mesa de la puerta. Apresurándose hacía el panel de control.

Ella golpeó el código.

- ¿Sasuke? ¿Sr. Wilder?- llamó ella.

No hubo respuesta.

Bien. Lo esperaría dentro.

Arrastro la maleta a través del umbral. Como cerró la sustancial puerta detrás de ella, admiró el juego de ventanas de todos lados. Eran del siglo diecinueve, con cristal emplomado de una de las grandes casas sobre la costa oriental. Ella los había encontrado, y se alegraba al ver que eran tan elegantes como el precio había indicado.

Cada panel había sido cortado en forma de diamante, luego puesto en caoba, y capturaban, reflejaban y dividían la luz en destellos de color.

Impaciente ahora por ver el interior que había decorado desde lejos, anduvo adelante.

El vestíbulo abierto era la gran sala. Alfombras orientales en rojo y oro se sobreponían en el piso de dura madera. Cálidos tonos y texturas predominaban en las paredes. Un gran piano pequeño de cola en brillante ébano, en una esquina, y las pinturas eran unos chapoteos brillantes, de alegres colores, enmarcados en el mismo ébano brillante. Una agrupación simple de cómodos muebles formaban los asientos en el área alrededor de la gran chimenea que se elevaba hacia el techo del segundo piso, donde el fuego registraba ahora alegres troncos quemados.

Ella había diseñado la sala, y esto era un triunfo personal.

La escalera curva se elevaba suavemente hacía la galería del segundo piso. Caminó hacia los pies de ésta y llamó,

- ¿Sasuke?

Fue a la entrada de su estudio, después a la cocina.

– ¿Sr. Wilder?

Nada más que el silencio le contestó. Él no estaba allí. Entonces estaba afuera. Corriendo probablemente, impermeable a la intemperie, sus piernas fuertes que cubrían millas. Decía que correr le despejaba la mente. Y le dijo que debería intentarlo, y la invitó a ello.

Ella le contestó que su mente estaba bastante clara.

No se iba a poner pantalones cortos y correr con él. La mitad del tiempo él se quitaba la camisa y lucia un rastro de bello negro bajo su esternón, sobre los músculos ondulantes, y el exótico tatuaje que se ondulaba cuando movía sus brazos. Siempre que él llegaba de correr, ella deseaba lamer las gotas de sudor sobre su pezón, y pasar las manos sobre sus músculos para comprobar si ellos realmente eran tan sólidos como se miraban.

¿Correr con él? Si, claro. Ella hiperventilaría antes de que fueran mas lejos del aparcamiento. Era bastante malo que mantuviera un banco con pesas en la oficina, y las levantara después de largas horas de trabajo, y cuando decía sentir el cuello rígido.

Así que ella estaba sola en esa casa, esperando en ascuas a que llegase su primer amante.

Frotó las palmas de sus manos sobre el pantalón.

Él no sabía que era su primer amante, o incluso que era su amante en absoluto. Era su tarea explicar su plan. Había pensado en poner una presentación en PowerPoint, después de todo, las conferencias eran algo que ellos usaban y entendían ampliamente.

Pero una breve contemplación a la escena, le recordó la humillante conferencia sobre la reproducción, abstinencia, y el pecado dado por la vieja hermana Teresa en octavo grado, y Sakura apresuradamente había regresado a su esquema- un esclarecedor debate llevado a cabo en circunstancias seductoras.

Entonces el que él no estuviera aquí era una cosa buena, porque le daba tiempo para refrescar su largo camino y poner en práctica dicha circunstancia seductora.

Ya sabía qué habitación planificaba tomar- la principal. La de Sasuke.

Ella era valiente. Ella era valiente.

¿Entonces por qué iba de puntillas arrastrando su maleta, escogiendo ir tan silenciosamente como ella podía, y de puntillas regresaba a las escaleras?

Porque ella había pasado toda su vida esperando entre bastidores, queriendo desesperadamente encontrar el amor para ella, y ahora ella pisaba el escenario y exigía la atención…

Y obtendría la atención de la única manera que podría. Con fantásticas ropas… o sin ropas.

Bruscamente las nubes cubrieron el sol. La luz desapareció. El viento golpeó la casa con una ráfaga que sacudió las ventanas, y la lluvia salpicaba contra el cristal.

La tormenta estaba aquí.