ni la historia ni los personajes son mios¡

aun asi solo deseo que lo disfruteis.

Londres, 1843

El final de la temporada

Una chica decidida a contraer matrimonio podía superar cualquier obstáculo salvo la ausencia de una dote.

Rosalie movía el pie con impaciencia bajo la liviana tela de su falda blanca sin perder ni un solo instante la expresión sosegada de su rostro. Durante las tres desastrosas temporadas que habían quedado atrás, se había acostumbrado a ser un «florero», ese objeto bonito al que nadie prestaba atención.

Se había acostumbrado, pero no se había resignado. En más de una ocasión, se le había pasado por la cabeza que merecía mucho más que estar sentada en una de esas sillas de respaldo alto dispuestas en un extremo de la habitación... esperando, esperando, esperando una invitación que nunca llegaba. E intentando aparentar que no le importaba nada; que era del todo feliz observando cómo las demás chicas bailaban y eran agasajadas por sus admiradores.

Dejó escapar un largo suspiro mientras jugueteaba con el diminuto carné de baile que colgaba de una cinta atada alrededor de su muñeca. La tapa se deslizó y dejó al descubierto un librito de páginas de marfil, casi transparentes, que se abrían en forma de abanico. Se suponía que una chica anotaba los nombres de sus parejas de baile en esas delicadas hojitas de marfil. Para Rosalie, ese abanico de páginas en blanco se asemejaba a una hilera de dientes que le sonreía con sorna. Cerró bruscamente la cubierta plateada y echó un vistazo a las tres chicas sentadas junto a ella; todas se esforzaban por enfrentarse a su destino con idéntica despreocupación.

Sabía muy bien cuál era el motivo por el que todas estaban allí. La considerable fortuna familiar de la señorita Renesmee Dyer provenía del juego y sus orígenes eran humildes. Además, la señorita Dyer era terriblemente tímida y, para colmo, tartamudeaba, lo que hacía que una conversación con ella se considerase como una sesión de tortura para ambos participantes.

Las otras dos chicas, la señorita Bella Swan y su hermana pequeña, Alice, aún no se habían aclimatado a Inglaterra y, a juzgar por el desarrollo de los acontecimientos, tardarían bastante en hacerlo. Se decía que la señora Swan había traído a sus hijas desde Nueva York porque allí nadie les había hecho una oferta matrimonial adecuada. Eran conocidas como «las herederas de las pompas de jabón» o, en ocasiones, como «las princesas del dólar». A pesar de sus elegantes pómulos y de sus almendrados ojos oscuros, en Inglaterra tendrían muchas menos oportunidades que en Norteamérica, a menos que encontraran alguna madrina aristocrática que las apoyara y les enseñara cómo encajar en la sociedad británica.

A Rosalie se le ocurrió que, a lo largo de los últimos meses de esa aciaga temporada; las cuatro — la señorita Dyer, las Swan y ella misma— habían compartido idéntico destino en los distintos bailes y fiestas: siempre sentadas en una esquina o junto a la pared. Y, aun así, apenas se habían dirigido la, palabra, atrapadas como solían estar en el silencioso tedio de la espera. Su mirada se encontró con la de Bella Swan, cuyos aterciopelados ojos oscuros tenían un inesperado brillo de diversión.

—Al menos, podrían haber dispuesto unas sillas más cómodas —murmuró Bella—, ya que es obvio que vamos a estar sentadas toda la noche.

—Deberíamos pedir que grabaran nuestros nombres en ellas —replicó Rosalie con acritud—.

Después de todo el tiempo que llevo sentada, esta silla me pertenece.

Renesmee Dyer trató de reprimir una risilla nerviosa al tiempo que alzaba una mano 'enfundada en un guante para apartar un rizo de intenso color rojo que había caído sobre su frente. La sonrisa consiguió que sus enormes ojos azules resplandecieran y que sus mejillas, cubiertas por unas cuantas pecas doradas, se sonrojaran. Al parecer, esa súbita sensación de hermandad había conseguido que olvidara por un momento la timidez.

—No ti—tiene sentido que usted sea un florero —le dijo a Rosalie—. Es la chica más hermosa que hay en este lugar; los hombres deberían estar pe—peleándose por conseguir bailar con usted.

Rosalie alzó un hombro con un delicado movimiento.

—Nadie quiere casarse con una chica sin dote.

Los duques sólo se casaban con muchachas pobres en el fantasioso mundo de los cuentos de hadas.

En la vida real, los duques, vizcondes y demás poseedores de títulos nobiliarios cargaban con la enorme responsabilidad financiera que suponía mantener sus inmensas propiedades y sus extensas familias, por no mencionar las ayudas que necesitaban los arrendatarios. Un aristócrata acaudalado necesitaba casarse con una heredera tanto como lo necesitaba uno sin fortuna.

—Nadie quiere casarse tampoco con una nouveau—riche americana —dijo en confianza Bella

Swan—. Nuestra única esperanza de encajar aquí es casamos con un noble con un título inglés de renombre.

—Pero no tenemos quien nos apadrine —añadió su hermana pequeña, Alice. Era una muchacha de baja estatura; una versión élfica de Bella, con la misma tez clara, una abundante melena oscura y ojos castaños. Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa—. Si por casualidad conoce a alguna duquesa simpática que esté dispuesta a aceptamos bajo su ala, le estaríamos muy agradecidas.

—Yo ni siquiera quiero encontrar un marido —confesó Renesmee Dyer—. Estoy su—su—sufriendo la temporada porque no tengo otra cosa mejor que hacer. Soy demasiado mayor para seguir en la escuela y mi padre... —Se interrumpió abruptamente y dejó escapar un suspiro—. Bueno, sólo me queda una temporada más por sufrir antes de cumplir los veintitrés y ser declarada una solterona. ¡Estoy deseando que—que llegue ese momento!

— ¿Es que hoy en día se considera que una mujer es una solterona a partir de los veintitrés?— preguntó Rosalie con fingida alarma, al tiempo que dejaba los ojos en blanco—. ¡Dios Santo! No tenía ni idea de que la flor de mi juventud hubiera quedado tan atrás.

— ¿Cuántos años tiene? —preguntó, curiosa, Bella Swan. Rosalie miró a izquierda y derecha para asegurarse de que nadie las escuchaba.

—El mes que viene cumpliré veinticinco.

La confesión provocó tres miradas compasivas y una respuesta alentadora por parte de Bella:

—No aparenta más de veintiuno.

Rosalie cerró los dedos sobre su carné de baile, de modo que quedó oculto en su mano. El tiempo pasaba con rapidez, pensó y ésa, su cuarta temporada, estaba llegando a su fin con sorprendente celeridad. Una chica no se aventuraba a una quinta temporada..., se consideraría como algo sumamente ridículo. Tenía que atrapar a un marido sin pérdida de tiempo. De otro modo, no podrían seguir manteniendo a Jeremy en el colegio y se verían obligadas a trasladarse de su modesta casita adosada a una pensión. Y, una vez que comenzaba la caída, no había modo de ascender de nuevo."

En los seis años que habían transcurrido desde la muerte del padre de Rosalie, fallecido a causa de una dolencia cardiaca, los recursos financieros de la familia se habían reducido a la nada. Habían intentado por todos los medios camuflar la desesperada estrechez con la que vivían, y para ello fingían tener media docena de criados en lugar de la agobiada ayudante de cocina y del mayordomo de edad avanzada; daban la vuelta a sus desgastados vestidos con el fin de aprovechar el lustre del revés de la tela; o vendían las piedras preciosas de las joyas y las reemplazaban por otras falsas. Rosalie estaba más que harta de los continuos esfuerzos que debían hacer para engañar a todo el mundo, cuando, al parecer, ya era de dominio público que se encontraban al borde del desastre. En los últimos tiempos, incluso había comenzado a recibir discretas propuestas por parte de hombres casados, que dejaban bastante claro que sólo tenía que pedirles ayuda y ellos se la prestarían de inmediato... No era necesario mencionar la índole de las compensaciones que tendría que ofrecer por dicha ayuda. Era muy consciente de que su aspecto podría convertida en una amante de primera clase.

—Señorita Hale —dijo Bella Swan—, ¿qué tipo de hombre busca como esposo?

—Bueno... —exclamó Rosalie con una frivolidad poco respetuosa—. Cualquier noble me vendría bien.

— ¿Cualquiera?— repitió Bella con incredulidad—. ¿Y qué hay de un aspecto físico agradable?

Rosalie se encogió de hombros.

—Sería muy bien recibido, pero en absoluto imprescindible.

— ¿Y la pasión? —inquirió Alice.

—Del todo innecesaria.

— ¿La inteligencia? _sugirió Renesmee.

Rosalie volvió a encogerse de hombros.

—Negociable.

— ¿El encanto? —preguntó Bella.

— También negociable.

—No exige mucho —comentó Bella con sequedad—. En cuanto a mí, tendría que añadir unas cuantas condiciones a la lista. Mi aristócrata deberá tener el cabello oscuro, ser guapo, ser un bailarín consumado..., y jamás deberá pedir permiso antes de darme un beso.

—Yo quiero casarme con un hombre que haya leído todas las obras de Shakespeare —afirmó

Alice—. Alguien tranquilo y de carácter romántico (si lleva gafas, mucho mejor), al que le guste la poesía y la naturaleza; y me gustaría que no tuviera demasiada experiencia con las mujeres.

Su hermana mayor la miró, exasperada.

—Está claro que no vamos a competir por el mismo hombre.

Rosalie miró a Renesmee Dyer.

— ¿Qué tipo de hombre le gustaría a usted, señorita Dyer?

—Llámeme Nessie, por favor —murmuró la chica, ruborizándose tanto que el color de sus mejillas rivalizó con el intenso rojo de su cabello—. Supongo que... me gustaría alguien que—que fuese amable y.., —Se detuvo y agitó la cabeza con una sonrisa autocrítica—, :No lo sé. Alguien que me a—ame. Que me ame de verdad.

Esas palabras conmovieron a Rosalie y la sumieron en la melancolía. El amor era un lujo al que jamás se había permitido aspirar; se trataba de un mero detalle superficial cuando estaba en juego la supervivencia de su familia. No obstante, alargó el brazo y acarició la mano de la otra chica a través del guante.

—Espero que lo encuentre —le deseó con sinceridad—. Tal vez no tenga que esperar demasiado tiempo.

—Me gustaría que usted lo encontrara primero—contestó Nessie con una sonrisa tímida—. Ojalá pudiera ayudarla a encontrar a alguien.

—Parece ser que todas necesitamos ayuda de un modo u otro —comentó Bella. Su mirada se deslizó hasta Rosalie para estudiarla con detenimiento—. Hum... No me importaría convertirla en mi reto personal.

—¿Cómo? —Rosalie arqueó las cejas al tiempo que se preguntaba si debería sentirse halagada u ofendida.

Bella se dispuso a dar una explicación.

—La temporada llegará a su fin en unas cuantas semanas y ésta será la última para usted, supongo.

Si lo consideramos desde un punto de vista práctico, sus aspiraciones de casarse con un hombre que sea su igual socialmente hablando se desvanecerán a finales de junio. Rosalie asintió con cautela.

—En ese caso, propongo... —Bella se detuvo a media frase. Al seguir la dirección de su mirada,

Rosalie vio la oscura figura que se acercaba a ellas y gimió para sus adentros.

El intruso no era otro que el señor Emmett McCarty; un hombre con el que ninguna de ellas quería tener

nada que ver... y por muy buenas razones.

—Entre paréntesis —dijo Rosalie en voz baja—, mi marido ideal sería la antítesis del señor

McCarty.

—No me diga... —murmuró Bella con ironía, ya que el sentimiento era compartido por todas.

Se podía obviar el hecho de que un hombre hubiera ascendido gracias a su ambición, siempre y cuando poseyera la elegancia de un caballero. Sin embargo, Emmett McCarty carecía de ella. No había modo de mantener una conversación educada con un hombre que decía exactamente lo que pensaba, sin importarle lo poco halagadora o lo molesta que pudiera ser su opinión.

Tal vez pudiera decirse que el señor McCarty era guapo. Rosalie suponía que algunas mujeres encontrarían su corpulenta masculinidad bastante atractiva; hasta ella debía admitir que había algo fascinante en toda esa fuerza contenida dentro del traje de etiqueta negro y la camisa blanca. No obstante, el dudoso atractivo de Emmett McCarty quedaba del todo eclipsado por su falta de modales. El hombre carecía de delicadeza, de idealismo y no sabía reconocer la elegancia..., era todo libras y peniques, todo egoísmo, todo avaricia calculada. Cualquier otro hombre en su situación habría tenido la decencia de parecer avergonzado por su falta de refinamiento; pero McCarty había decidido, al menos en apariencia, hacer de su carencia una virtud. Le encantaba burlarse de los rituales y del encanto de la cortesía aristocrática mientras sus fríos ojos negros brillaban llenos de humor..., como si se estuviese riendo de todos ellos.

Para alivio de Rosalie, McCarty jamás había demostrado, ni con una palabra ni con un gesto, que recordaba aquel día tan lejano en el diorama, cuando le había robado un beso en la oscuridad. Con el paso del tiempo, había logrado convencerse de que todo había sido producto de su imaginación. En retrospectiva, parecía un hecho irreal, sobre todo aquella parte en la que ella respondía con tanto ímpetu a un extraño tan atrevido.

Sin duda, muchas personas compartían el desagrado que Emmett McCarty despertaba en Rosalie, pero, para estupor de la clase social prominente de Londres, el tipo se había hecho un hueco y allí pensaba quedarse. Durante los últimos años, había amasado una fortuna incomparable tras adquirir la mayoría de las acciones de las compañías que fabricaban maquinaria agrícola, barcos y locomotoras. A pesar de su falta de modales, McCarty era invitado a todas las fiestas celebradas por la nobleza, dado que, sencillamente, era demasiado rico como para ignorarlo. McCarty personificaba la amenaza de la iniciativa industrial sobre las fortunas de la rancia aristocracia británica, cuya financiación dependía de la explotación agrícola de sus propiedades. Por tanto, la nobleza lo recibía con disimulada hostilidad a pesar de permitirle de mala gana la entrada a su sagrado círculo social. Y, para empeorar las cosas, el hombre no fingía estar agradecido; al contrario, parecía disfrutar al imponer su presencia en lugares donde ésta no era bien recibida.

Durante las escasas ocasiones en las que Rosalie se había encontrado con él desde aquel día en el diorama, lo había tratado con frialdad y había rechazado cualquier intento de conversación, así como sus invitaciones a bailar, Él siempre parecía encontrar divertido su desdén y se dedicaba a contemplarla con tal descaro que conseguía que se le erizara el vello de la nuca. Rosalie esperaba que el hombre perdiera el interés por ella algún día, pero, de momento, parecía aferrarse a su molesta insistencia.

Rosalie percibió el alivio del resto de las floreros cuando McCarty las pasó por alto para dirigirse a ella en particular.

—Señorita Hale —dijo a modo de saludo. Su mirada, oscura como la obsidiana, parecía percatarse de todo del cuidadoso zurcido en el borde de las mangas de su vestido; del diminuto ramillete de capullos de rosa que había utilizado para disimular la desgastada parte superior de su corpiño; de las perlas falsas que colgaban de sus orejas... Rosalie lo miró con una expresión de gélido desafío. El aire que los separaba parecía estar cargado con una especie de tira y afloja, con un reto elemental.

Rosalie sentía que todas sus terminaciones nerviosas se estremecían de disgusto ante la proximidad de ese hombre.

—Buenas noches, señor McCarty.

—¿Me haría el favor de concederme un baile? —preguntó él sin más preámbulos.

—No, gracias.

—¿ Por qué no?

—Tengo los pies cansados,

Él alzó una de sus oscuras cejas.

—¿y a qué se debe? Lleva sentada aquí toda la noche.

Rosalie lo miró a los ojos sin parpadear.

—No tengo por qué explicarle mis motivos, señor McCarty.

—Un vals no le causaría demasiadas molestias.

A pesar de los esfuerzos de Rosalie por permanecer calmada, sintió que los músculos de su rostro se tensaban ligeramente.

—Señor McCarty —replicó con tirantez—, ¿nunca le han dicho que es de mala educación acosar a una dama para que haga algo que no desea hacer?

Él esbozó una pequeña sonrisa.

—Señorita Hale, si tuviera que preocuparme por parecer educado, jamás conseguiría lo que quiero.

Tan sólo pensé que le agradaría abandonar su papel de florero durante un tiempo. Y si este baile se desarrolla del modo habitual, es más que posible que mi invitación sea la única que reciba.

—Qué encantador —comentó ella, fingiendo un entusiasmo que no sentía—. Con esos cumplidos tan ingeniosos, ¿cómo podría rechazarlo?

En los ojos de McCarty apareció de súbito una expresión cautelosa.

—En ese caso, ¿bailará conmigo?

—No —susurró Rosalie con aspereza—, Y ahora márchese, Por favor.

En lugar de escabullirse mortificado por la negativa, McCarty se limitó a sonreír y la blancura de sus dientes quedó resaltada por el contraste con el tono oscuro de su piel. La sonrisa le confirió un aspecto de pirata.

—¿Qué hay de malo en un baile? Soy una excelente pareja; incluso es posible que disfrute.

—Señor McCarty —murmuró, cada vez más exasperada—, la idea de ser su pareja, sea en lo que sea, hace que se me hiele la sangre en las venas.

McCarty se acercó un poco más y, bajando la voz de modo que nadie más pudiera escucharlo, contestó:

—Muy bien. Pero, antes de marcharme, le diré algo para que lo medite, señorita Hale. Es muy posible que algún día no pueda permitirse el privilegio de rechazar una oferta honorable de alguien como yo..., o ni siquiera una deshonrosa.

Los ojos de Rosalie se abrieron de par en par al tiempo que la indignación se extendía en forma de rubor desde la parte superior de su corpiño. Ya había aguantado demasiado; además de tener que estar toda la noche sentada, se veía obligada a soportar los insultos de un hombre al que despreciaba.

—Señor McCarty, actúa usted como el villano de una pésima obra de teatro.

El comentario le arrancó otra sonrisa al hombre, que se inclinó con irónica cortesía antes de alejarse.

Mortificada por el encuentro, Rosalie lo vio marcharse con los ojos entrecerrados.

El resto de las floreros dejó patente su alivio en forma de suspiro colectivo en cuanto desapareció el señor McCarty. Bella Swan fue la primera en hablar.

—No parece impresionarle demasiado la palabra «no», ¿verdad?

—¿Qué le ha dicho antes de marcharse, Rosalie?— preguntó Alice con curiosidad—. El comentario que la ha hecho ruborizarse.

Rosalie clavó la mirada en la cubierta plateada de su carné de baile y acarició con el pulgar una diminuta arruga en la esquina.

—El señor McCarty ha insinuado que, algún día, mi situación podría ser tan desesperada como para verme obligada a considerar la posibilidad de ser su amante.

Si no hubiera estado tan preocupada, Rosalie se habría reído al contemplar las idénticas expresiones de asombro que aparecieron en el rostro de las tres muchachas. Sin embargo, en lugar de protestar movida por su ira virginal o de dejar pasar el tema, Bella formuló una pregunta que Rosalie no había esperado:

—¿ y estaba en lo cierto?

—Estaba en lo cierto en lo referente a lo desesperado de mi situación —admitió ella—. Pero no en cuanto a la posibilidad de convertirme en su amante; ni suya ni de ningún otro. Me casaría con un granjero antes de caer tan bajo.

Bella le dedicó una sonrisa, dado que, al parecer, se identificaba con la determinación que subyacía bajo la respuesta de Rosalie.

—Me cae usted bien —anunció antes de reclinarse en la silla y cruzar las piernas con una desfachatez que parecía del todo inapropiada para una chica que disfrutaba de su primera temporada.

—El sentimiento es mutuo —contestó Rosalie automáticamente, movida por las buena maneras que dictaban una respuesta educada ante semejante cumplido; pero, en cuanto pronunció la frase, quedó sorprendida al comprobar que era cierto.

La mirada analítica de Bella la recorrió de arriba abajo mientras seguía hablando.

—Me causaría un profundo desagrado verla trotar detrás de una mula o cavando en un sembrado de remolacha; usted no ha nacido para eso, ni mucho menos.

—Estoy de acuerdo —contestó Rosalie con sequedad—. ¿Y qué podemos hacer al respecto?

Si bien la pregunta se formuló con intención retórica, Bella pareció tomarla en serio.

—Me disponía a explicarlo. Antes de que nos interrumpieran, estaba a punto de hacer una proposición: deberíamos hacer un pacto para ayudamos las unas a las otras a encontrar marido. Si los hombres adecuados no vienen tras nosotras, seremos nosotras la que los persigamos a ellos. El proceso será mucho más eficaz aunamos nuestros esfuerzos en lugar de luchar en solitario. Comenzaremos con la mayor de nosotras (que al parecer es usted, Rosalie) y seguiremos así hasta que llegue el turno de la más joven.

—Eso no me favorece en absoluto —protestó Alice.

—Es lo justo —la reconvino Bella—. Tú dispones de más tiempo que las demás.

—¿A qué tipo de «ayuda» se refiere? —inquirió Rosalie.

—A la que sea necesaria. —Bella comenzó a escribir sin pérdida de tiempo en su carné de baile—. Compensaremos los puntos débiles de cada una de nosotras y daremos consejo y colaboración cuando la situación así lo requiera. —Alzó la mirada y sonrió alegremente—. Seremos como un equipo de rounders.

Rosalie la contempló con escepticismo.

-¿Se refiere a ese juego en el que los caballeros se turnan para golpear una bola de cuero utilizando unos bates planos?

—No sólo juegan los caballeros —replicó Bella—. En Nueva York también juegan las damas, siempre y cuando no se dejen llevar en exceso por el entusiasmo.

Alice esbozó una sonrisa pícara.

—Como cuando Bella se enfureció tanto, después de que uno de sus tiros fuera anulado, que acabó arrancando del suelo el poste de una de sus bases.

—Ya estaba suelto —protestó Bella—. Un poste suelto podría haber sido una amenaza para uno de los corredores.

—Especialmente si lo lanzas contra ellos —concluyó Alice, respondiendo al ceño fruncido de su hermana con una dulce y burlona sonrisa.

Conteniendo la risa, Rosalie dejó de mirar a las dos hermanas para contemplar la expresión de ligera perplejidad en el rostro de Nessie. No le resultó muy difícil leer los pensamientos de la chica: las hermanas americanas iban a necesitar mucho entrenamiento antes de poder despertar el interés de los aristócratas adecuado. Cuando volvió aprestar atención a las Swan, Rosalie no pudo evitar sonreír al ver sus ansiosos semblantes. Era muy fácil imaginarse a ese par golpeando bolas con bates y corriendo por el campo con las faldas remangadas hasta las rodillas. Se preguntó si todas las chicas americanas compartían ese carácter arrollador... Sin duda, las Swan serían el terror de cualquier caballero británico educado que osara acercarse a ellas,

—A decir verdad, nunca se me había ocurrido que la caza de un marido pudiera concebirse como un deporte de equipo —dijo.

—¡Pues debería serlo! —Exclamó Bella con énfasis—. Piense en lo efectivo que sería de ese modo.

La única dificultad que podría surgir es que dos de nosotras se interesaran por el mismo hombre; pero, dados nuestros respectivos gustos, parece improbable.

—En ese caso, acordaremos no competir por el mismo caballero —propuso Rosalie.

—Y, a—además —interrumpió Nessie de forma inesperada—, no haremos daño a nadie.

—Muy hipocrático —dijo Bella en señal de aprobación.

—Pues yo creo que tiene razón, Bella —protestó Alice, que había malinterpretado el comentario de su hermana—. No intimides a la pobre chica, por el amor de Dios.

Bella frunció el entrecejo, repentinamente irritada.

—He dicho «hipocrático», no «hipócrita», idiota.

Rosalie intervino sin dilación, antes de que las hermanas comenzaran a discutir.

—Entonces, debemos ponemos de acuerdo, en cuanto al plan de acción; no nos serviría de mucho si cada una persiguiera su propio objetivo.

—Y tendremos que contarnos todo lo que suceda — prosiguió Alice, encantada.

—¿Incluso los—los detalles más íntimos? —preguntó Nessie con timidez.

—Vaya! ¡Sobre todo ésos!

En el rostro de Bella apareció una sonrisa irónica antes de someter el vestido de Rosalie a una mirada calculadora.

—Sus ropas son desastrosas —dijo sin rodeos—. Voy a darle unos cuantos de mis vestidos. Tengo baúles llenos con vestidos que ni siquiera he llegado a ponerme y no voy a echarlos de menos. Mi madre jamás se dará cuenta.

Rosalie se apresuró a negar con la cabeza. Se sentía agradecida por el detalle, pero también mortificada por lo evidente de sus dificultades económicas.

—No, no. No puedo aceptar un regalo semejante. Es usted muy generosa, pero...

—El azul pálido con ribetes de color lavanda —dijo Bella a Alice en un murmullo—. ¿Lo recuerdas?

—¡Sí! Le sentará de maravilla —contestó Alice, entusiasmada—. Mucho mejor que a ti.

—Gracias —replicó Bella, que fingió mirada con desagrado por el comentario. '

—No, en serio... —protestó Rosalie.

—y el de muselina verde con el encaje blanco en la parte delantera —prosiguió la mayor de las

Swan.

—No puedo aceptar sus vestidos, Bella —insistió Rosalie sin alzar la voz.

La chica alzó la mirada de su carné de baile, en el que seguía tomando notas.

—¿Por qué no?

—En primer lugar, no puedo pagarle. Además, sería inútil. Unas cuantas plumas no harán más atractiva mi falta de dote.

—¡Vaya! El dinero... —comentó Bella con la indiferencia característica de alguien que no lo necesita—.Usted va a pagarme con algo que es mucho más valioso que unas simples monedas. Va a enseñarnos a Alice ya mí a ser... bueno, a parecemos a usted. Nos va a enseñar que cosas hay que decir y qué hay que hacer; todas esas reglas de las que nadie habla pero que nosotras parecemos transgredir a todas horas. Si es posible, hasta puede ayudamos, a encontrar a una madrina. Y entonces, podremos traspasar todas las puertas que ahora mismo nos cierran. En cuanto a su falta de dote…. Sólo tiene que echarle el anzuelo al hombre adecuado. Nosotras le ayudaremos a tirar del hilo.

Rosalie la miró con absoluta perplejidad.

—Están hablando completamente en serio.

—Por supuesto que sí —replicó Alice—. Será todo un alivio poder ocupar nuestro tiempo en otra cosa que no sea sentarnos contra la pared como unas idiotas. Bella y yo estamos a punto de volvernos locas por lo aburrida que está resultando ser la temporada.

—Yo—yo también —añadió Nessie.

—Está bien... —Rosalie paseó la mirada de un rostro a otro, incapaz de contener la sonrisa—.

Si las tres están dispuestas, yo también me uno. Pero, si vamos a hacer un pacto, ¿no deberíamos firmar con sangre o algo así?

—¡Por Dios, no! —Exclamó Bella—. Creo que todas podemos, expresar nuestro acuerdo sin necesidad de abrirnos las venas ni nada parecido. —Hizo un gesto para señalar su carné de baile—. Supongo que ahora deberíamos hacer una lista de los buenos partidos que siguen solteros tras la temporada. Y, por desgracia, en estos momentos quedan muy pocos libres. ¿ Deberíamos ordenarlos según su rango? ¿Empezando por los duques?

Rosalie negó con la cabeza.

—No deberíamos molestamos con los duques, puesto que no sé de ninguno que sea un buen partido, que tenga menos de setenta años y que conserve algún diente.

—En ese caso, la inteligencia y el encanto son negociables, pero no así los dientes, ¿estoy en lo cierto? —preguntó Bella con picardía, lo que arrancó una carcajada de Rosalie.

—Los dientes son negociables —replicó Rosalie—, si bien sumamente preferibles.

—Muy bien —concluyó Bella—. Una vez descartada la categoría de los viejos duques chochos, prosigamos con los condes. Conozco a un tal lord Cullen, por ejemplo...

—No, Cullen no. —Rosalie hizo un gesto de repulsión mientras añadía—Es un hombre frío como el hielo; además, no tiene ningún interés en mí. Me lancé prácticamente en sus brazos durante mi primera temporada, hace cuatro años y lo único que conseguí fue que me mirase como si fuera algo que se había quedado pegado a su zapato.

—En ese caso, olvidemos a Cullen. —La mayor de las Swan alzó las cejas con curiosidad—.¿Qué tal lord Black? Es Joven, adecuado, atractivo como el pecado...

—No funcionaría —contestó Rosalie—. Sin importar lo comprometedora que resultara la situación,

Black jamás me haría una proposición. Ya ha comprometido, seducido y arruinado por completo al menos a una docena de mujeres; el honor no significa nada para él.

—El conde de Eglinton, entonces —sugirió Nessie de forma indecisa—; pero es bastante cor—cor— corpulento y tiene al menos cincuenta años...

—Anótelo en la lista —instó Rosalie—. No puedo permitirme ser melindrosa al respecto.

—También está el vizconde Rosebury —señaló Bella al tiempo que fruncía levemente el ceño—; aunque es bastante extraño y está un poco..., bueno, flácido.

—Mientras tenga el bolsillo firme, puede tener todo lo demás flácido —comentó Rosalie, consiguiendo que las tres chicas rieran entre dientes—. Anótelo también.

Haciendo caso omiso de la música y de las parejas que giraban delante de ellas, las cuatro siguieron trabajando con ahínco en la lista y, en ocasiones, las carcajadas que los comentarios provocaban entre ellas consiguieron atraer algunas miradas curiosas de aquellos que se encontraban cerca.

—Silencio —ordenó Rosalie, esforzándose por adoptar una aptitud seria—. No queremos que nadie sospeche lo que estamos planeando. Además, se supone que las floreros no deben reírse.

Al instante, todas ellas intentaron adoptar sus expresiones más serias, lo que provocó una nueva oleada de risillas.

—¡Vaya, mirad! —Exclamó Bella, que estaba observando la creciente lista de posibles candidatos a marido—. Por una vez, nuestros carnés de baile están llenos. —Echó un vistazo a la lista de solteros y frunció los labios en actitud pensativa—. Acabo de caer en la cuenta de que algunos de estos caballeros asistirán a la fiesta que organiza Cullen en su propiedad de Hampshire como broche final de la temporada, Alice y yo hemos sido invitadas. ¿Y usted, Rosalie?

—Soy amiga de una de sus hermanas —contestó ella—. Creo que puedo conseguir una invitación. Le suplicaré, si es necesario.

—Intentaré poner algo de mi parte para que lo consiga —le dijo Bella con actitud confiada antes de sonreír a Nessie—. Y conseguiré una invitación también para usted.

—¡Qué divertido va a ser esto! —Exclamó Alice—. Así pues, nuestro plan está en marcha. Dentro de quince días, invadiremos Hampshire en busca de un marido para Rosalie.

Alargando los brazos, todas unieron las manos, sin dejar de sentirse un poco frívolas e indecisas, pero bastante animadas.

«Tal vez mi suerte esté a punto de cambiar», pensó Rosalie antes de cerrar los ojos y recitar una pequeña plegaria de esperanza.

que tal lo veis? sigo con la historia?

os aseguro que entre Emmett y Rosalie todavia saltaran muchas chispas¡

en el siguiente cap vereis el primer punto de vista de Emmett en esta historia.

un besito: Masen1309

;)