-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente inspirada en la serie "Kösem La Sultana", producida por Timur Savci, que ahora se encuentra en su segunda temporada, protagonizada por Nurgul Yesilcay y Metin Akdülger en los papeles de la Sultana Kösem y el Sultan Murad IV. Los personajes pertenecen por completo a Masashi Kishimoto más su distribución y/o utilización es de mi completa responsabilidad para la dramatización de la historia.


Capitulo 1

Un barco extranjero se desplazaba a través del basto mar azul que reflejaba el hermoso cielo despejado, desprovisto de nubes. En el buque se hallaba funcionarios del Palacio Húngaro que por décadas había albergado a la ilustre familia Kasahana. Muchos, sin la menor duda, no esperarían sino que el encargado del barco no fuera otro que el debido capitán más quien dirigía a todos en el buque, llegando a tomar el timón, no era otra que una mujer, una bella princesa de Húngara que vestida en simples túnicas jade oscuro, con mallas y botas de cuero se desplazaba por la nave como si fuera un hombre, brújula en mano para corroborar que iban por el camino correcto. Bajo una especie de boina se encontraba su largo y oscuro cabello azulado que caía tras su espalda como una cascada a son con su hermoso y joven rostro de veinte años.

Su nombre era Koyuki Kasahana, la heredera del hombre más rico de Hungría, una Princesa por nacimiento que, luego de haber cometido un crimen, se había visto forzada a huir de su hogar por temor a represalias, cruzando el mar hacia el Imperio de los Uchihas donde escuchaba que existía un Sultan noble, capaz de ayudar o atentar las suplicas de ayuda sin menor dilación, y Koyuki esperaba que fuera así.

-Debemos ir más rápido, abran las velas—ordeno Koyuki deteniendo su andar junto al timón donde se encontraba el capitán. –Debemos llegar lo más rápido posible.

Tras la hermosa y joven princesa se encontraba su fiel doncella y amiga Yugito Ni de veinticinco años quien era como su hermana mayor, vestida en galas humildemente cómodas y sencillas, con su largo cabello rubio atado en una encilla coleta. Asintiendo a las órdenes de la princesa, el capitán sostuvo el timón mientras los demás grumetes y funcionarios se encargaban de abrir las velas para que el viento les permitiera ir más rápido.

-Princesa Koyuki—se detuvo a cuestionar el Capitan pee a estar cumpliendo sus órdenes, -los hombres están exhaustos.

La Princesa húngara arqueo una ceja ante las palabras del Capitan.

-No podemos perder tiempo, Sandayu. Nos están siguiendo—protesto Koyuki a modo de recordatorio luego de haberlo escuchado. Su vida y la de todos los que la acompañaban se encontraba en riesgo y era imperativo llegar a Konoha a la mayor brevedad posible. –Debemos llegar a Konoha antes que nos atrapen. De lo contrario…

-Estaremos perdidos—concluyo el Capitan, asintiendo pese a sus protestas y centrando su atención en el timón y en el horizonte que ya daba claras señales de pasar al atardecer.

Koyuki se recargo ene l barandal desde donde observo despreocupadamente el cristalino y hermoso mar que parecía conseguir llevarse sus preocupaciones. Su difunto padre había intentado casarla antes de ser asesinado pero ella no lo había permitido y hoy más que nunca agradecía haber tomado tal decisión. Ningún hombre podía comprender su carácter y cuan imperativo era para ella sobrevivir en ese mundo de hombre barbaros y crueles. Había asesinado al sobrino del Papa por ser quien había orquestado la muerte de su padre y ahora huía porque nadie podía enfrentarse a la Iglesia Católica. La fe y creencias del Imperio Uchiha, según había oído, eran completamente distintas, era un mundo opuesto y especial rodeado de sedas y oro, con un enorme palacio como emblema y un harem que parecía atraer la atención del mundo.

Quería conocer aquel lugar.

La princesa levanto la vista del sereno mar hacia su siempre amiga y doncella, Yugito, quien parecía tremendamente nerviosa por motivos que Koyuki no alcanzaba a comprender. Si ella era difícil de leer, lo mismo pasaba con Yugito. Koyuki observo ligeramente divertida a su amiga quien pareció molesta ante su sonrisa.

-¿Cómo es que tiene tanta fe, Princesa?—cuestiono Yugito en voz alta a su Princesa que entorno los ojos ante su pregunta. -¿Por qué el Sultan Sasuke habría de ayudarla?

Koyuki se sujetó la mano a su amiga quien aparto la mirada igual de nerviosa y molesta. Nadie alababa específicamente al Imperio Uchiha porque eran campeones de guerra, no había batalla que no pudieran ganar, y poseedores de una enorme fortuna que nadie en el mundo podía imaginar, era un mundo diferente y ajeno al resto de las personas que no habitaran sus territorios. Ellos, sin embargo, se regían por una voluntad serena donde no criticaban ni repudiaban a quienes no tuvieran su fe o pensaran diferente, eran muy tolerantes y ayudaban a quien buscara refugio y misericordia en la capital Imperial, Konoha.

-Descuida, Yugito—tranquilizo Koyuki a su amiga, -he pensado en todo, debatiremos lo demás cuando lleguemos a Konoha—de todas formas su doncella la observo igual de preocupada y nerviosa, haciendo sonreír a su princesa. –Soy una mujer, eso es más que suficiente.

Era joven, atractiva y potencialmente culta e intelectual. Habían dicho que el Sultan tenía una esposa sumamente hermosa y con una personalidad tremendamente cautivante que equiparaba igualmente a su incomparable belleza, pero tenía ya cuarenta años. Si ese plan no funcionaba, se encontraban los Príncipes, cuatro herederos Imperiales siendo que el mayor era apenas un par años mayores que ella.

Haría lo que fuera necesario para sobrevivir.


La noche había llegado al Palacio Imperial luego de un día agotador y frustrante, lleno de conflictos y enfrentamientos ideológicos. Los hermosos pasillos se encontraba vacíos más en la cocina del Palacio se desenvolvían toda clase de conversaciones y debates humorísticos entre la chef más reconocida del Imperio, Karui, quien intentaba que su siempre atosigante amigo Choji Akimichi dejara de robar los alimentos que preparaba para los Príncipes.

Más, y entre todo su quehacer, la joven chef se centraba en preparar un pequeño o más diminuto refrigerio pedido para que la Sultana lograra conciliar el sueño. Las preocupaciones y responsabilidades de la esposa del Sultan eran grandes y todos la respetaban por mantener el orden en el Palacio con una siempre presente positividad y serenidad que conseguía transmitirles a todos.

-Deja de robar comida, Choji. Esto es para la Sultana—protesto Karui por segunda vez, golpeándole la mano al Akimichi con una chuchara de madera.

Evadiendo el golpe, Choji tomo uno de los pastelillos de la vendeja sin importas las protestas de Karui quien entorno los ojo.

-Déjame comer, he tenido el estómago vacío todo el día—protesto el Akimichi.

El y Karui tenían una especie de relación, si podía llamarse así. Eran más que amigos y en otras ocasiones eran enemigos declarados y esto último sucedía cuando el Akimichi se encontraba n la cocina del Palacio, robando cualquier platillo que la chef estuviera preparando afanosamente.

-Kami te sacie para que así te alejes de mi cocina—rogo Karui únicamente.

Una hermosa mujer entro en la cocina vestida en galas azul bordadas en pruprua, con su largo cabello rubio cayendo sobre su hombro en una coleta y un flequillo ladino cubriendo uno de sus ojos, usaba un broche de oro y amatista para adornar su cabello a juego con un par de largos pendientes, se trataba de Ino, la administradora absoluta del Harem bajo las ordenes de la Sultana Sakura, su confidente y mayor aliada en momentos de necesidad.

-¿Qué ocurre, Choji?, ¿Con hambre otra vez?—se carrejo Ino apoyando sus manos en la mesa y observando con burla al Akimichi que e ofendió ante sus preguntas. -Creí que ya lo habías superado—sonrío sínicamente desviando su mirada hacia Karui a quien sonrió cómplice. -Perdónalo Karui, no sabe cuándo controlar sus impulsos. ¿Puedes servirme un poco de esa leche, por favor? Sabes bien que gustosamente cato los alimentos, tus manos son sagradas—pidió cortésmente la rubia.

Con una sonrisa, Karui sirvió un poco de leche y no tardo en ofrecérsela a la encargada del Harem que la recibió gustosa. Choji claramente se sintió ofendido al ver que Karui compartía los alimentos con otros, pero jamás con él. Eso siempre le resultaba injusto siendo que el pasaba mucho más tiempo en la cocina que Ino.

-Solo lo hago porque me halagas, Ino, y porque pides en lugar de Choji que solo roba- acuso Karui nuevamente al Akimichi.

Terminando de beber la leche, saboreando gustosa el sabor a miel que siempre añadía Karui a ese aliento, Ino deposito la copa sobre la mesa, sonriendo a Choji que se cruzó de brazos en un mohín infantil.

-¿Qué puedo decir?, soy toda una dama—intento ser humilde, Ino.

Karui se centró en añadirle dos cucharadas de miel a la leche, revolviéndola y asegurándose de que estuviera a punto, tibia y dulce como le gustaba a la Sultana Sakura. Con el debido cuidado, la chef cubrió la copa con un lienzo de tela purpura para que nada evitara que se enfriara durante el camino.

-Como si pudiera creer eso—se burló el Akimichi viendo a Ino sacarle la lengua a modo de respuesta. -La Sultana nos envió a ambos pero esta niña siempre sabe cómo manipular las circunstancias.

Ino recibió felizmente la vendeja de mano de Karui, con una reverencia, sonriéndole triunfante a Choji que no quito su mohín molesto sino que lo remarco todavía más ante la expresión triunfal y sabionda de parte de la rubia

-Como toda buena directora del Harem, y no soy una niña, Choji—recordó Ino, dándole la espalda y dirigiéndose hacia la puerta. –Recuérdalo—añadió la rubia con voz clara y fuerte.


En los diez años sucesivos todo había cambiado, el Harem ya no era solo un lugar donde las mujeres fueran a pelear y discutir, ya no existían las peleas, las jóvenes se llevaban bien sin llegar elevarse la voz entre si siquiera, usando vestidos regios y muy favorecedores para sus figuras, riendo y charlando amenamente durante el día. La dirección y vigilancia de la Sultana Sakura impartía una paz tan envidiable en ese palacio que nadie jamás se atrevía a emitir protesta alguna.

-¡Niñas, adentro!, ¡Rápido!

La noche de festividad y risas, ironía y diversión se vio obstaculizaba por lady Ino que, bandeja en mano recrimino a todas las jóvenes que se encontraran en el pasillo. Ya había pasado la hora de las bromas y risas, ahora era el momento de dormir y guardar silencio. Todas las jóvenes en el Harem se encontraban para disposición del Sultan y los Príncipes más solo esto últimos requerían el Harem en uno que otro momento, pero no era un secreto para nadie que la única mujer y amante del Sultan no era otra que su esposa, era inusual encontrar a un Sultan así en el Imperio, pero a nadie le molestaba tal circunstancia.

Teniendo a una Sultana como lo era la Sultana Sakura, nadie protestaba.

Sujetándose la falda de manera apresurada, riendo a carcajadas, todas entraron al Harem seguidas muy de cerca por Ino que casi les pisaba los tobillos, de hecho incluso las jóvenes dentro del Harem no paraban de reír, saltando sobre sus camas o riendo mientras se lanzaban las almohadas entre sí. Ino entorno los ojos al verlas, se divertían y era bueno pero no a esa hora del día. Su paciencia era escasa y esas niñas estaban desbaratando hasta su último nervio.

-¡Vayan a la cama!—ordeno Ino viendo a las jóvenes colocarse el camisón a toda prisa mientras otras se cubrían hasta el rostro con los cobertores, ahogando sus risas, y otras desvistiéndose a toda prisa, todas sin poder evitar reír. -¡Dejen de reír y duerman!—chisto Ino consiguiendo lograr el ansiado silencio y marchándose lentamente para encontrar la bendita calma que requería luego de un agotador día de trabajo.

La rubia camino serenamente por los pasillos hasta que una bella joven elegantemente vestida en sedas doradas, con su largo cabello castaño adornado por broches y largo pendientes en forma de zarcillo corrió hacia ella haciéndola entornar los ojos. Se trataba de Koharu, una joven que había enviado a los aposentos del Príncipe Daisuke por órdenes de la Sultana Sakura, ¿Por qué se encontraba deambulando por los pasillos?

-Lady Ino—se detuvo Koharu frente a ella, siguiendo sus pasos ya que Ino no se detuvo, entornando los ojos y rogando paciencia a Kami porque nunca conseguía estar tranquila y descansar como tanto deseaba. –Hoy era mi noche, me prepararon y el Príncipe no está—chillo Koharu, molesta, -espere esta noche por meses.

Ino se detuvo ante esto sorprendía y asustada. ¿Cómo era posible que el Príncipe no se encontrara en el Palacio? El Sultan nunca permitía que ninguno de sus hijos abandonara el Palacio a menos…a menos que el mismo también lo hiciera. La Sultana iba a enfurecerse en cuanto lo supiera, ella nunca tomaba a bien que sucedieran cosas sin su conocimiento. Kami mediante no liberaría su ira contra nadie.

Koharu era igual de inocente que muchas jóvenes quienes solo deseaban tener la mísera oportunidad de pasar una noche con alguno de los Príncipes, ganar su favor y solo si era posible engendrar un Príncipe o Sultana, las ambiciones políticas ya no se encontraban de por medio.

-¿Acaso no existen otras noche, Koharu?—respondió Ino, centrándose en tranquilizar a esa joven que bajo la mirada con aparente tristeza. Iba a lamentarlo, lo sabía, pero Ino había inculcado a esa niña desde su llegada al Palacio y ciertamente le había tomado cariño, ayudándola tanto como le era posible. –No te preocupes, arreglare otra noche para ti—prometió la rubia.

Ino retomo su camino siendo seguida por Koharu que sonrió como una niña, pellizcándole la mejilla de manera suave con fraternidad, actuando infantilmente con la que era como su madre en ese palacio.

-Por eso te quiero tanto—adulo Koharu.

-Ya suéltame—ordeno Ino, -harás que tire esto.

Sonriente, Koharu asintió, retirándose al Harem mientras Ino se dirigía hacia lo aposento de la Sultana Sakura.


Mientras una de las doncellas de la hermosa Sultana se encontraba leyendo para aminorar los turbulentos pensamientos de la esposa del Sultan, otra peinaba el largo y sedoso cabello rosado de la Sultana que caía como una magnifica y autentica cascada de rizos cuya portadora se encontraba sentada sobre un diván, intentando relajarse pese a las preocupaciones que reinaban en su mente.

Ciertamente muchos esperarían que a sus cuarenta años la Sultana no fuera sino una belleza menor y casi nula, entrando en una etapa de su vida en que su atractivo se estuviera apagando…más seguía siendo al mujer más hermosa del Imperio y del mundo, con una belleza aun juvenil que apenas y demostraba treinta años, una figura envidiable y perfecta que enmarcaba su aun ser fértil.

Su exquisita figura se encontraba atavía por una favorecedora bata de seda y gasa jade, ribeteada con encaje en los hombros y los lados de la falda, escote bajo y de caída en V, superficialmente esta bordada con hilo aguamarina que resplandece y destaca con la luz, un grueso cinturón de tela bajo el busto y hasta las caderas, decorado por cinco pequeños botones, enmarcaba su cintura. Las mangas de tipo gitana, holgadas a lo largo del brazo y ajustadas en las muñecas le daban una imagen etérea y dulce a la vez.

-Adelante—índico Tenten al escuchar que tocaban a la puerta.

Kin, terminando de peinar el largo cabello de la Sultana sostuvo cuidadosamente la mano de esta y le quito la sortija de las Sultanas para guardarla con el resto de las joyas de la hermosa soberana del Imperio. Las puertas se abrieron con un ligero chirrido permitiéndole a Ino ingresar con la bandeja en sus manos, haciendo la debida reverencia a la Sultana. Kin se acercó a Ino, descubriendo la leche y probándola co ayuda de la cuchara que estaba junto a la copa, la encargada de Harem le hizo una especie de gesto con la cabeza a Tenten quien pareció no entenderla.

La joven lectora, sentada a los pies de la Sultana termino de leer, cerrando el libro y entregándoselo a Tenten quien lo acomodo en una de las repisas. Sakura dirigió su mirada hacia Ino quien se acercó con la bandeja en sus manos, ofreciéndole la copa a la Sultana quien la tomo y comenzó a beber amenamente, sintiendo algo más tranquila con el sabor dulce y la tibieza de la leche. Esperaba que la ayudara a dormir. Todo lo sucedido durante el día le indicaba que Sasuke no pasaría la noche con ella y no pensaba debatir, los problemas los afectaban a ambos.

Ino volvió a repetirle el gesto a Tenten quien arqueo una ceja ante el intento de la rubia porque sacara al resto de las doncellas presentes.

-¿Qué sucede Ino?—pregunto Tenten en voz alta.

La rubia se abstuvo de bufar en cuanto Tenten hablo en voz alta, esa niña no conseguía ser discreta sin importar cuanto tiempo pasara, era demasiado sincera para su propio gusto y su arrogancia en ocasiones se desenvolvía con demasiada…naturalidad. Sakura termino de beber la leche y deposito la copa vacía sobre la bandeja, devolviendo a Ino a la realidad y analizando su rostro para intentar comprender que pasaba. Le estaban ocultando algo, lo sabía.

-la señorita Koharu me comento algo, como usted sabe Sultan esta era su noche- aludió Ino viendo asentir a la Sultana que esperaba una respuesta pronta y concreta. Le disgustaba tanto titubeo a su alrededor. –Pero en cuanto llego a las puertas le dijeron que su Majestad y los Príncipes no estaban en el Palacio…

Sakura frunció el ceño de manera inmediata, apretando los puños en un intento por no ser agresiva en el acto. ¿Por qué pasaban esas cosas y ella no estaba enterada? Se suponía que cada cosa debía pasar primero por su criterio, ¿Pr qué los guardias no la informaban cómo era debido?

-Mi esposo y mis hijos abandonan el palacio—inicio Sakura claramente molesta por el tono de su voz, -¿y he de enterarme por una concubina?

Con solo agitar su mano, Sakura les indico a todas sus doncellas que abandonaran la habitación al igual que Ino quien bajo la cabeza y no emitió protesta alguna, no serviría de nada. En cuanto las puertas se cerraron, Sakura se levantó del diván y se digirió hacia la terraza, observando la tormenta que estaba por desatarse en el exterior, a la par con sus propios pensamientos.

Nuevamente no podría dormir en espera de que Sasuke y sus hijos regresaran con bien y pronto.


Sarada ayudo a su esposo Inojin a quitarse el abrigo, depositándolo sobre el diván, sonriéndole en todo momento

La hija favorita del Sultan era alabada como la segunda mayor belleza en el Imperio luego de su madre, obviamente, con ese largo cabello azabache plagado de rizos, sus grandes ojos ónix y su rostro suave y de facciones dulcemente angelicales, únicamente comparable a la de su madre. La Sultana usaba un favorecedor vestido turquesa de escote en V, de mangas ajustadas hasta el codo y holgadas como lienzos sobre sus brazos, con una larga chaqueta superior de aspecto metálico del mismo color bordada en hilo rosa suave, cerrada a la altura de su vientre y con una especie de hombreras que formaban un doble escote en V. Sobre su largo cabello que caía libremente tras su espalda se encontraba una sencilla corona de oro que emulaba púas y capullos de rosa a juego con un par de sencillos pendientes.

-Hace mucho tiempo que no veo a mis padres, ni a mis hermanos y hermanas—comento Sarada haciendo que su esposo centrara por completo su atención en ella que se sujetó de sus hombros. –Llévame contigo al palacio—pidió sonriente.

Después de haberse casado a los catorce años, Sarada se había mudado a un palacio en la frontera de la capital, lejos de las intrigas palaciegas por órdenes de su padre que la consideraba un ser completamente inocente, como su madre. Apenas unos meses tras la boda, Sarada había corroborado la lealtad y amor que Inojin sentía por ella y sin duda alguna había correspondido embarazándose de manera casi inmediata. Ambos solo tenían un hijo, Izuna, pero Sarada era feliz de aquella forma. Las labores diplomáticas de su esposo impedían que se embarazara regularmente como deseaba, pero no le importaba nada sino verlo aunque fuera una vez durante el día. Era muy conformista.

Inojin le acaricio cuidadosamente una de las mejillas antes de depositar un beso sobre sus labios, haciéndola sonriera todavía más.

-Como desees, mi Sultana—respondió Inojin.

Las puertas de la habitación, abiertas de par en par, permitieron el ingreso de la leal doncella y amiga de la Sultana Sarada, Chouchou, quien entro reverenciando debidamente a su Sultana y al Pasha. Sarada dirigió su atención hacia su amiga quien parecía tener una noticia que dar.

-Sultana—saludo Chouchou, -el Sultan y los Príncipes han llegado.

La sorpresa, de manera indudable lleno el rostro de Sarada antes de convertirse en una auténtica sonrisa llena e alegría. Su padre y sus hermanos pocas veces la visitaban producto de las intrigas palaciegas y sabiendo de la revuelta sucedida durante el día, Sarada no quería hacer otra cosa que abrazar a su padre y sus hermanos. Girándose sonriente hacia su esposo, Sarada tomo el velo que estaba sobre el diván y lo acomodo para cubrir parte su cabello como era debido, saliendo de la habitación.


No era un secreto para nadie que el pueblo se sublevaba por culpa de la existencia de Yosuke, específicamente ciertas facciones del ejecito, era por esa razón que el Sultan y sus hijos solían realizar una especie de "ronda nocturna" visitando una vez a la semana el cuartel jenízaro por la noche para garantizar que ningún plan o complot se tramara cuando reinaba la oscuridad y todos se encontraban dormidos.

Pero los acontecimientos sucedidos y la información que había extraído de los demás Pashas del Consejo había hecho que tuviera que visitar a su hija, esta vez quería que volviera al Palacio de donde, y ahora estaba seguro, jamás debió salir. Inojin era un traidor y por más que ella fuera a odiarlo por la decisión que pretendía tomar mañana.

-Padre.

La voz de su hija lo devolvió a realidad mientras se había encontrado observando a Daisuke y Rai jugando con Izuna de casi ocho años mientras el primero lo cargaba y hacia reír. Bajando a toda prisa las escaleras, con una permanente y angelical sonrisa en el rostro, Sarada avanzo a toda prisa, abrazándolo efusivamente. Después de Sakura, Sarada era indudablemente lo más importante para él, ella era ajena a las traiciones que podían suceder a su alrededor y por ende inocente de cualquier ofensa que le fuera hecha, no era rencorosa sino noble y jamás daba razones para que alguien dudara de su palabra y su criterio, era igual que su ángel.

-Bienvenido—pronuncio Sarada, rompiendo el abrazo y observando a su padre.

Sasuke beso la frente de su hija antes de dirigir su mirada hacia la escalera de donde apareció Inojin, reverenciando al Sultan y los Príncipes con el debido respeto.

-Me devuelves la paz, mi hermosa Sultana—adulo Sasuke haciendo reír a su hija.

Con un gesto infantil, Sarada se mantuvo abrazada a su padre mientras veía a sus hermanos jugar con Izuna que anteriormente ya había abrazado a su abuelo. Los ojos de Sasuke se clavaron en Inojin, más el Uchiha se abstuvo de intentar intimidarlo porque, por ahora, no tendría por qué dar señal alguna de lo que pensaba o deseaba hacer. Sabía que, de una u otra forma, Sarada jamás le perdonaría cumplir con la ley de aquella forma, pero era preferible ganarse el odio de Sarada a verla sufrir por culpa de un traidor.

-Majestad—saludo el Yamanaka debidamente, agradeciendo la presencia de su esposa que, en casos así, era como un escudo para su protección. –Kami mediante no sucede algo malo—inicio Inojin.

En el pasado, Sasuke hubiera considerado a Inojin el hombre ideal para su hija, pero con el tiempo se había percatado de su arrogancia innata y de como se vanagloriaba con el poder que tenía gracias a Sarada, no era como Kakashi que era más que humilde pese a ser el Gran Visir y esposo de la hija mayor del Sultan.

-¿Qué podría suceder, Pasha?—cuestiono Sasuke con interés ante las intenciones del Yamanaka. –Estábamos camino al Palacio y decidimos pasar a verlos—menciono observando a su hija que sonrió a modo de respuesta.

Daisuke asintió ante las palabras de su padre más Rai únicamente se centró en el pequeño Izuna. Para Daisuke, al igual que para su padre y su madre, Inojin no era de confianza y mientras más pronto se deshicieran de él, mejor, por más que Sarada sufriera por ello, era mejor así a hacerla vivir en una mentira. Inojin era únicamente un traidor.

-He tomado en cuenta tus consejos, Pasha—aseguro Sasuke, mintiendo lo mejor que le era posible para darle una falsa seguridad a Inojin, -habrá un diván abierto mañana y quería que lo supieras.

Vigilando muy cerca de la puerta, Boruto escucho la conversación, manteniendo la calma. Él era quien había investigado personalmente todas las traiciones cometidas por el Pasha, el mismo era su sentencia de muerte.


Daisuke ingreso a los aposentos de su favorita, Sultana, y madre de sus hijos, Midoriko.

Era una magnifica e inusualmente angelical belleza de largos cabellos azul violáceo, plagados de rizos desde su base a juego con un bar de brillantes topacios que llamaban a su atención, una mujer como existían pocas. Le había dado dos hijos preciosos, Sasuke el mayor con cinco años y Mikoto la menor con cuatro años. Midoriko y sus dos hijos se encontraban profundamente dormidos en la misma cama, ambos pequeños siendo abrazados por su madre que dormía con una expresión de completa paz en el rostro.

Con el paso de los años el mismo se había encargado de negare a toda mujer que fuera enviada por su madre que percibía lo que él no deseaba admitir…que ya no deseaba ni veía a Midoriko como lo había hecho hacia años. Él mismo intentaba ocultarlo pero ya no le resultaba atrayente en el sentido de la intimidad, claro, era una mujer maravillosa y con un actuar correcto, nadie jamás podría inferir lo contrario pero…era demasiado inocente y angelical para él que necesitaba algo más amplio en una mujer, alguien que no temiera imponerse. Muchas veces había llegado a preguntar, ¿Cómo es que su padre no tenía que lidiar con esa clase de cuestionamientos?

Teniendo el máxime cuidado posible, Daisuke se sentó sobre la cama, observando a sus hijos y dándose cuenta de cómo, entre sueños, Midoriko fruncía ligeramente el ceño antes de empezar a parpadear. Era algo bueno que se mantuviera alerta de esa forma, en un palacio como en el que vivían, era mejor ser precavido y saber cómo sobrevivir, se podía desaparecer a una temprana edad si no se tenía cuidado por más que ahora su madre mantuviera todo bajo un orden tremendamente estricto y minucioso.

-Daisuke, ¿Qué pasa?...—intento preguntar Midoriko, despegando su espalda del colchón para sentarse.

El Uchiha coloco una de sus manos sobre el pecho de su esposa haciéndola volver a recostarse. Midoriko lo observo con una sonrisa, asintiendo y entrelazando unas de sus manos con la de él. Nunca, sin importar lo que pasara, desearía cambiar esa vida y lo feliz que era por tener una familia, los dolores y tragedias del pasado habían quedado atrás.

Por fin existía algo de paz.


Con parsimoniosa lentitud, Sasuke ingreso en los apartamentos de su esposa encontrándola, para su preocupación, sentada sobre el diván junto a tocador, plenamente despierta pero tan preocupada y sumida en sus propios pensamientos que no noto su llegada.

Sus largos rizos rosados reposaban sobre sus hombros y tras su espalda como una cascada mientras ella reposaba su mentón sobre la palma de su mano. La bata de seda y encaje color esmeralda, de encantador escote V, resultaba un estorbo para los ojos de Sasuke que ansiaban recorrer por completo cada espacio de piel disponible a sus ojos. Ella, pese a ya no lucir tan excepcionalmente joven como lo había hecho hacía diez años, seguía siendo la mujer más hermosa del mundo, todos lo decían y él podía dar fiel testimonio de ello al tenerla como esposa.

Sin emitir sonido alguno, Sasuke apoyo sus manos sobre los hombros de Sakura que se sobresaltó de manera inmediata, digiriéndole una sonrisa apenas levanto la mirada y lo vio a los ojos. Entrelazando sus manos con las de Sasuke, la pelirosa se levantó del diván, quedando cara a cara frente a él.

-No te esperaba—admitió sin dejar de sonreír. El día había sido muy pesado y ambos habían sufrido tensiones indeseadas, -supuse que no vendrías.

Sasuke no necesita leer la mente de ella, cosa que obviamente no podía hacer, para saber que ella sufría al pensar en los problemas que reinaban en sus vidas. Para él tampoco era agradable tratar asuntos de estado pensando en ella pero la vida desgraciadamente les había dado tal carga y responsabilidad. Sabía que parte de este comportamiento emocionalmente quebrado y vulnerable había iniciado luego de las muertes de Itachi y Baru, era algo que no podía cambiarse y por ello Sasuke intentaba pasar tanto tiempo junto a ella como le era posible.

-Debí decirte que saldría, lo lamento—confesó Sasuke, acariciando el rostro de ella, viendo como ella cerraba los ojos para sentir mejor su tacto. -Quería estar contigo—los ojos de ella se abrieron y sonrió solo para él. -Sé que a veces soy irascible—para su diversión ella frunció el ceño y arqueo una ceja, entre molesta y burlona, haciéndolo reír como no había pasado en mucho tiempo. –Bien, muchas veces, pero…solo necesito de tu comprensión.

Bajando la mirada, Sakura sujeto con firmeza la mano de él que había estado acariciando su rostro y la coloco sobre su pecho, en el lugar exacto de su corazón que latía acompasado con el suyo.

-Ya la tienes—aseguró descendiendo sus manos, así como su mirada, -solo te pido que no tomes mis palabras como órdenes, sino consejos y opiniones—pidió acariciando ahora el rostro de él. -Sé que no tengo derecho a imponerte nada, pero al menos déjame ayudarte tanto como me sea posible en vida.

Él asintió, bajando la mirada, más tuvo que levantarla en el acto al ver que ella, lentamente, comenzó a desabrocharle la chaqueta, deslizándola por sus hombros y brazos, dejándola caer al suelo. El no dejo de observarla, con una ceja arqueada, mientras se dejaba quitar la camisa.

Cada vez, estando así frente a ella, era como la primera noche que habían compartido juntos, cada noche y momento vivido junto a ella era como el primero que habían compartido.

Sakura se apegó a él, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello, al punto en que ambos sentían con toda claridad la respiración del otro. Ambos dieron por terminada toda conversación con un beso inmediato, apasionado y tajantemente profundo al que Sasuke respondió en el acto. El beso, inicialmente más simple de lo que habían deseado, se volvió lujurioso en toda su esencia, rayando en el deseo y desesperación producto de la participación de las manos de ambos, principalmente las de Sasuke, que acariciaron cándidamente la espalda y cintura de ella.

Sólo disfrutaban de su presencia.


PD: este primer capitulo esta dedicado a , DULCECITO311, Nekosmile que comentaron el prologo y por quienes he actualizado tan pronto como me fuera posible. Actualizare durante esta semana, solo pido su paciencia y apoyo en la historia recordandoles que escribo por mi cuenta, más aprecio enormemente sus comentarios y atención para leer esta historia :3 gracias y hasta la proxima