Capítulo Segundo
Huida del Templo Jade

1

La tarde era un festival de luz y color que se extendía por todo el Valle de la Paz, y el pueblo celebraba en grande la fiesta del Dragón, la más importante del año chino. Los preparativos incluían toda clase de pirotecnia, luces de bengala y disfraces estrambóticos que marcaban la diferencia respecto a otras festividades. El olor a comida se acentuaba mientras el sol terminaba su recorrido en las montañas el oeste, y la música aumentaba de volumen a la par del bullicio que ya crecía en las calles. Madres, padres e hijos, ancianos y pequeñines por igual, salían rumbo al templo. Conejos, patos, gansos, grullas y chanchos eran los pobladores del valle.
El templo Jade no se quedaba atrás. Su hermosa estructura de pagoda estaba abarrotada de lámparas de papel de muchos colores, y un dragón inmenso reposaba en la enorme explanada donde en días habituales el Guerrero Dragón, los Cinco Furiosos y el maestro Shifu entrenaban arduamente bajo el sol. Pero esa tarde era muy especial como para suspender el Kung Fu en sus vidas. Era la fiesta de la paz, del regocijo. Era el momento de convivir todos con todos, haciendo honores al propio nombre del valle. Se podía bromear, se podía reír. Estaba permitido todo lo que fuera diversión, sin molestar y sin ser molestado.

Po, el panda Guerrero Dragón, ya reconocido por decisión unánime, después de ganar la épica batalla contra Tai Lung, el Jaguar Blanco, estaba sentado en una de las salidas del templo, comiendo un panecillo de miel para no variar sacado a hurtadillas del gran banquete y observando el pueblo de abajo iluminado con motas de colores, y el cielo despejado sin luna que pronto se iluminaría más con las luces de fiesta. Pensaba en lo bien que habían resultado los últimos meses, y se sentía genial. Ya no preparaba fideos con su padre, y apenas lo visitaba ocasionalmente debido a que residía permanentemente en el Palacio Jade, entrenando con Shifu y los Cinco Furiosos. Cumplía su sueño que forjaba desde pequeño, y su padre trató de entenderlo. Por otra parte, ese distanciamiento decepcionó mucho a su papá, que albergaba esperanzas de que su Po se convirtiera en el mejor cocinero de fideos de toda China.
No, no lo haré. Yo fui hecho para esto, pensaba, y se volvió al palacio, viéndolo con henchido placer. De repente, un sobresalto lo espantó, y se paró en el umbral de las escaleras. Unos ojos rojos escudriñaban desde la oscuridad.
Cuando Po vio salir a Maestra Tigresa envuelta en un vestido azul aguamarina, ribeteado de tonos azul rey, un collar de perlas que relucían a los primeros fuegos artificiales, y esos ojos ámbar, casi rojos, destellar como dos estrellas, el panda no pudo menos que impactarse de su belleza felina.
—¿Qué? —se volvió Tigresa hacia él. Lo veía con un dejo de frialdad. A ella no le gustaba separarse de su ropaje rojo de entrenamiento, se sentía tonta y a la vez desnuda, aunque trajera un bonito vestido como aquél. Pero Shifu le había ordenado que se vistiera diferente, la ocasión lo ameritaba.
—No, nada, te ves… diferente, sin tu ropa de entrenamiento.
Ella apartó la vista. Un tenue, muy tenue rubor se apoderó de sus mejillas atigradas, apretó los puños y miró al cielo que comenzaba a iluminarse de muchos colores.
—Oso tonto, pues claro que me veo diferente. ¿Creías que siempre usaba el mismo karateki de entrenamiento? —cuando lo miró, su desprecio se enganchó a él como un garfio oxidado.
—No… es que… —Po intuyó que de nuevo había hecho gala de su majestuosa torpeza panda. Desde que conoció a la Maestra Tigresa, la mejor de los cinco furiosos, le había intimidado mucho. Podía partir rocas con sólo golpearlas, dejar K.O. a tantos guerreros experimentados que se le ponían enfrente, viajantes de toda China que llegaban al templo a medirse con los discípulos de Shifu, los mejores. Era imbatible. Sentía que podía agarrar sus «panditas» y retorcérselos con sólo un movimiento de su garra, y eso le estremecía la entrepierna. Po no le había caído bien desde el principio, y sospechaba porqué. Ella iba a recibir la distinción de Guerrero Dragón de manos de Oogway, la Gran Tortuga, antes de llegar él del cielo impulsado con cohetes en el trasero. Tal parecía que hasta el momento no lo olvidaba, y tenía mucha razón. Tigresa era infinitamente mejor que Po en el kwoon. Quería decirle que lo olvidara, pero sus ojos ámbar, que se convertían en rojos de acuerdo a su estado de ánimo, le ordenaban callar, o atenerse a las consecuencias.
—¿Qué haces, Po? Tenemos que vestirte de acuerdo a la tradición, siendo el Guerrero Dragón, hijo.—el Maestro Shifu disolvió los pensamientos del panda. Tigresa había desaparecido, y se sintió un tonto al encontrarse de nuevo solo. Shifu lo miraba impaciente.
—Sí, sí Maestro. Enseguida voy. —contestó resignado.
Maestra Tigresa no salió de su mente, tampoco el vestido aguamarina ondeando a la noche y sus ojos profundos mirándolo con escondido desprecio, no hasta que empezó la carnicería.

2

—¡Miren, es Po, el Guerrero Dragón, el protector del Valle de la Paz! —gritaban los aldeanos a coro, felices de estar reunidos en lo alto del Palacio Jade comiendo el suculento banquete, bebiendo cócteles y admirando la belleza que daba sus majestuosas pagodas, la elegancia de sus construcciones, y el porte de los Cinco Furiosos que acompañaban al gran Maestro Shifu y a Po, vestido con una capa verde esmeralda, un pantalón del mismo color, ceñido por un cinturón negro y dorado, y botas negras con grabados dorados de dragones imperiales. A pesar de su silueta graciosa y obesa, Po desprendía murmullos de excitación y respeto de la concurrencia. Los cinco furiosos, a excepción de Tigresa, lo miraban complacidos y sonrientes. Incluso Shifu parecía muy feliz escoltando al portador del Secreto del Rollo de Dragón. Por un momento, Po buscó entre la gente a su padre, pero le extrañó no localizarlo en las primera filas. A pesar de ya no preparar fideos a su lado, su padre estaba orgulloso de lo que había conseguido su hijo panda. No creía que…
—Ahora, Po, diles unas palabras —le instó Shifu.
El panda lo miró con una mezcla de espanto e incredulidad, y las piernas le temblaron. Eso no estaba en el programa.
—Ma…Maestro, yo no… ¡U-usted n-no me dijo que tenía que hablar…les! —el tartamudeo de Po indicaba que ya estaba nervioso, y cuando eso pasaba, se convertía en un ser torpe e imprevisible. Tigresa lo miró con atención, sonriendo maliciosamente. Po se dio cuenta, y su nerviosismo aumentó. Movía las piernas como si se estuviera haciendo pipí, y su cara de angustia se topó con las del Maestro y los Furiosos que esperaban su discurso.
—Vamos, sólo háblales, anímales —dijo Viper, que era la que más simpatizaba con Po. Sus ojos negros lo impulsaban. Mantis y Grulla lo animaban con sus sonrisas genuinas, y Mono hizo un ademán de respeto. Tigresa sólo tenía su mirada sarcástica y divertida clavada en él, como garras que se aferraban al nervio del corazón.
No tengo más remedio. Pero yo no, no puedo quedar mal, me están esperando.
Subieron a Po a un enorme estrado que dominaba toda la explanada del Templo Jade, y el silencio se hizo de inmediato, al ver los aldeanos que Po iba a hablar. Su nerviosismo aumentó al no ver entre la concurrencia a su padre. Por nada del mundo se perdería ese día de fiesta, siendo él el principal, el Guerrero Dragón.
Vamos Po, la audiencia espera, te esperan, ¡VAMOS, cobarde!
Y los ojos de Tigresa, burlándose:
Eres el gran Guerrero, y actúas como un niño a punto de hacerse pis en los pantalones. Eres divertido, oso tonto. Muy divertido, Guerrero Dragón de pacotilla.
—¡Pueblo de Valle de la Paz! —Su voz sonó distante, y deseó por un momento desaparecer, que la tierra se lo tragara, pero continuó —Es un honor aparecer hoy… como un Guerrero Dragón y honrar la fiesta que les pertenece a todos… hoy, más que nunca, debemos disfrutar de esta paz que nos distingue, ¡y no sólo paz entre nosotros, paz con nosotros mismos! Es lo que me ha enseñado el Kung Fu, y mis sabios compañeros y Maestro a mi lado. Por favor, disfruten de la fiesta, de la buena comida, y de los fuegos pirotécnicos, ¡bienvenidos al Templo Jade!
Explosión de vítores. Los Furiosos se miraron entre sí, incrédulos, y más la Maestra Tigresa, que se sintió desconcertada por un momento, y Po vio en un fugaz momento que hizo lo posible por aparentar calma. El maestro Shifu lo miraba como un padre lo hace orgulloso de su hijo. Lo abrazó como nunca lo había hecho, y Po suspiró aliviado, bajando su enorme barriga casi hasta el suelo. La música se reanudó, pero los fuegos no aparecían en el cielo. Po iba a preguntarle a Maestra Tigresa cómo había estado su discurso, y en eso vio que Tigresa adoptaba una postura defensiva casi de inmediato y miró con sobria concentración a lo que le rodeaba. El panda tuvo la certeza, —y ahora estaba más convencido—que lo había hecho por puro instinto. Nadie más pareció darse cuenta de que el peligro ya estaba dispersado por todo el Palacio, esperando algo para cerrar la trampa mortal. La gente bailaba con la música, la algarabía se escuchaba en todo el lugar, brindis aquí y allá.
Po comprendió casi todo antes de que la voz de muerte hablara.
—Lamento estar en desacuerdo con tu pequeño discurso, «Guerrero Dragón».
Una voz desprovista de sentimiento recorrió el Palacio, amplificándose como un grito en un cementerio, y a la vez con una tranquilidad que traía la muerte consigo. Tigresa rugió por lo bajo, y abrió desmesuradamente los ojos en una sorpresa mortal.
—¡CUIDA….!
Mantis, Mono, Viper y Grulla cayeron fulminados al instante, como si un rayo invisible les hubiera pegado, al momento que Maestra Tigresa daba la inútil voz de alarma. Po lo vio todo sin moverse, sin aceptar que la verdad ya era una tragedia frente a sus ojos. Mucha gente no reaccionó al momento, o creyeron que se trataba parte de las festividades. En un movimiento casi imposible, Maestra Tigresa bajó del estrado de piedra, y se unió al Maestro Shifu, que también esperaba alerta. En sus caras se reflejaba el espanto. El espanto y la premonición de que esa noche moriría mucha gente inocente.
—¿QUIÉN ES? —la voz del Maestro resonó impresionante para su tamaño —¡MUESTRATE! ¿TAI LUNG?
—Muy buenos movimientos, Tigresa, Shifu. Ustedes dos son los únicos que podrían hacerme frente, de todas formas. El panda lo dejé vivir a propósito. Con él tengo pendiente una charla… más íntima.
Po se acercó a Viper, y la tocó. Estaba fría, y no movía ni una escama de su cuerpo. Sus ojos abiertos e inmóviles de los cuatro furiosos indicaban que no habían sufrido ningún golpe paralizador. Estaban verdaderamente muertos, y el panda no podía ni articular palabra. Esta vez no era de nervios ante una concurrencia. Era el verdadero terror de la incredulidad.
—E…están… están…
La gente aún aguardaba, silenciosa, expectante. Tigresa y Shifu no se movían, estudiando cada centímetro del templo, buscando al enemigo de esa noche.
—Aquí estoy —la voz esta vez se alzó desde la entrada principal.
La concurrencia empezó a gritar, a chillar. Los niños se quedaban con el grito en la boca antes de caer al suelo de piedra. Explosiones de sangre bullían dentro del templo, y la carnicería terminó tan rápido como empezó. Tigresa y Shifu no podían mover sus músculos. Inconscientemente, sabían que si se movían, morirían al instante. ¿Quién podía provocar tal maldad? ¡Es gente, es gente inocente!
Po agarraba el cuerpo inerte de Viper como un ídolo muerto, y sus ojos se negaban a escupir lágrimas, rehusándose a creerlo. Su cuerpo estaba paralizado, y los sucesos se desenvolvían a la velocidad de un torbellino. Al momento de voltear, la mitad de la gente que se había reunido ahí en paz, había muerto, y los gritos continuaban, y las súplicas se desvanecían entre el ambiente lleno de sangre y muerte atroz. Un gazapo que acompañaba a sus padres, comiendo un bocadillo de arroz, salió despedido con fuerza brutal hacia una de las paredes, y se embarró con todo su cuerpecito, produciendo una suerte de sonido asqueroso e infantil que Po recordaría toda su vida, recordaría su rostro inocente transformado en una máscara de horror, los ojos abiertos como platos y el bocadillo de arroz despedazándose entre sus manitas chorreando sangre.

Cuando la matanza terminó, un viento helado recorrió el templo Jade. El silencio de muerte se quebró al alzarse una risita de extraño placer que provocó a Po, y tuvo deseos de vomitar todo lo que se había empacado esa noche. Sombras se erguían sobre la pila de cadáveres de la aldea, haciendo una formación marcial. Eran tres sombras, y la que estaba parada sobre la puerta principal, continuaba mirándolos impasible. De ahí venía la risita malsana.
—Ya limpiamos la basura por ustedes. Ahora sí, nos presentamos, por favor, ¡guerreros!
De las sombras, saltaron ante Shifu y Maestra Tigresa los tres asesinos que habían acabado con el pueblo de Valle de la Paz. Eran dos tigres y una tigresa, jóvenes, ágiles y con una mirada que perturbó a los tres únicos personajes que quedaban de pie en el templo silencioso. Sus brazos naranjas y atigrados estaban llenos de cicatrices, y sus ropas negras llevaban el símbolo del Dragón Imperial. Maestra miró incrédula a Shifu, quien clavaba sus ojos llorosos a la figura que continuaba parada sobre las puertas del templo, mirándolos desafiante. Ya no había duda que él era el jefe de aquel grupo de asesinos.
—Ellos son la élite de los guerreros imperiales, y mis discípulos, por descontado. Yakon, Yalam, y Yuri. Serían el equivalente a tus «Cinco Furiosos», ahora reducidos a uno, querido Shifu.
Esa voz. El Maestro Shifu temblaba. Temblaba de incredulidad y terror absoluto. No porque era muy probable que tendría que morir esa noche, sino por el hecho de haberlo alcanzado el Pasado una vez más. Su maldito pasado.
No fue suficiente con Tai Lung, no. Ahora tendré que pagar mis errores, mis pecados. La sangre se lavará con sangre. Esta pobre gente… pensaba el gran Maestro.
—Lo siento, Shifu, así tenía que ser. Sólo así pagarías tu deuda de sangre… hermano. —el siniestro personaje, el que comandaba a los tres asesinos, dio un salto, dos giros en el aire, y cayó suavemente frente al Maestro Shifu, encontrándose casi nariz con nariz. Tigresa abrió el hocico, de sorpresa, sin poder decir nada.
—Hola de nuevo, hermano mayor —dijo el jefe de los tigres asesinos, quitándose la capucha y revelando un lémur idéntico a Shifu, aunque más alto y joven que éste. Estaba tuerto, y cuando sonrió, Tigresa descubrió con horror que tenía sus dientes afilados como una serpiente. Quiso gritar, pero mantuvo su postura defensiva—Vengo a cobrarme, vengo a que me pagues, ahora, como debe de ser.

3

Po no podía creer lo que veía. No podía moverse, pero al fin se dio cuenta con estúpido espabilo que aún sostenía el cadáver de Viper entre sus manos. Con movimientos torpes, se quitó la capa verde elegante y con ella cubrió lo mejor que pudo a los cuatro Furiosos Caídos. Ojalá su capa pudiera cubrir la alfombra de cadáveres, pero no podía. Su grito, que pareció un aullido estremecedor, atrajo la atención de los sobrevivientes y los asesinos que custodiaban al hermano de Shifu.
—De ti nos encargaremos en un momento, oso imbécil. —dijo el lémur idéntico al Maestro.
—To-Toffu. —al fin dijo Shifu, entre espasmos de terror.
—El mismo. No soy un fantasma, ni un alumno tuyo cegado por un pergamino estúpido que viene a recuperarlo. Sólo me interesas tú, hermano. Tu miserable vida que terminará esta noche. Y si tienes suerte, tal vez me apiade de esta alumna tuya. Tal vez la una a mi élite de guerreros, es muy bue…
En un movimiento rapidísimo, Maestra Tigresa arremetió contra Toffu, en una patada mortal, ondeando el precioso vestido azul ribeteado. La ira por fin encendió la mecha y ahora explotaba con todo el rencor de su corazón, en la patada más fuerte que pudiera haber dado jamás. Nadie se movió, pero Toffu alzó el dedo índice. La pata de Maestra Tigresa se clavó en su dedo, y un rayo de dolor intenso le atravesó la piel, siguió por los músculos, y llegó al hueso. Parecían ondas de choque que se encontraban una y otra vez en su interior, amenazando con explotar. Un rugido de dolor se alzó en la explanada, y con la misma fuerza que impulsó a Tigresa a dar esa patada, fue regresada hacia atrás, donde se encontraba Po.
Po no pensó. Como un beisbolista rechoncho y gracioso, atrapó a Maestra Tigresa, peso su peso no fue suficiente y los dos salieron despedidos hacia atrás del estrado de piedra, donde momentos antes el panda Dragón había dado el discurso de paz, precepto de muerte. De cualquier forma, Tigresa amortiguó su caída gracias a la barriga de Po. Pero la pierna. Sentía su pierna electrizada. Como si olas inmensas se estrellaran contra espigones de piedra que representaban sus huesos. Un dolor inhumano. Rugía y apretaba con sus garras el cuerpo blando de Po.
—Eres fuerte, pero te falta entrenamiento, preciosa, yo… te lo puedo dar —le sonrió Toffu, enjugándose la boca con la lengua en un gesto obsceno, tal vez con intenciones de poseerla. Los asesinos no se movieron ni un milímetro, y su mirada continuaba clavada en su Maestro Toffu y su hermano.
—Dé-déjalos ir, Toffu. A quien quieres es a mí, ¿no?
—Ohhh, que enternecedor… eso no lo esperaría de ti, Shifu. Sabiendo que tu miserable vida terminará en unos momentos, ¿te preocupan esos dos? Para desgracia tuya, ya he pensado lo que haré: haré de esa tigresa mi alumna, y compartirá la cama conmigo, como su esposo. Al panda, si tiene suerte, será esclavo de mi Señor Emperador y se convertirá en el bufón de la Corte hasta que su cuerpo no dé más, tiene aptitudes, de por sí es gracioso.—Un acceso de esa risita detestable—. Morirá en las mazmorras, hermano Shifu. Deberías alegrarte de que tu muerte será más rápida, no exenta de dolor, claro.
—Ya no los tocarás —dijo Shifu, relajando el cuerpo y quitando la postura defensiva. Cerró los ojos y pensó, y entonces los abrió, decidido, mirando a su hermano. Éste por un momento se desconcertó, y dio un paso atrás. Se volvió a Po y Tigresa, que aún se revolvía de dolor, apoyada en él. Su vestido azul se había desgarrado mostrando sus bien formadas piernas, para el regocijo de Toffu.
—Váyanse, hijos míos. Váyanse lejos y no miren atrás, déjenme esto a mí. Yo soy viejo, y acabado. Po, Tigresa, los quiero mucho, en verdad los quiero. Sigan aprendiendo juntos el buen arte de la pelea. Perdónenme por esto, perdónenme por no terminar de instruirlos…
Los miró con la cara más tierna que le hubieran visto, y Po supo lo que pasaría. No quería aceptarlo, pero era la única salida, y era una orden directa del Maestro.
—Estas desvariando, Shifu. Conmigo es suficiente para vencerte y someter a esos dos, no…
El Maestro cerró los ojos, y se enfrentó a su destino. Entonces su cuerpo empezó a brillar. Una luz dorada fue envolviéndolo al tiempo que pronunciaba palabras en mandarín antiguo, a manera de invocación. Po lo sintió. Era una energía que se acumulaba, una energía de paz muy poderosa, que estaba a punto de… a punto de…
Po abrazó a Tigresa, y empezó a retroceder, tratando de incorporarse y dominar su voluminoso cuerpo. La Maestra sentía su pierna como si fuera trapo, y trató de detener al panda.
—¡No! ¡No podemos dejar al Maestro! ¡Suéltame, Po, Suéltame, maldita sea!
Lo arañó. Le mordió el brazo casi sin darse cuenta que lo hería y dejaba surcos de sangre con sus dientes, en su frenética desesperación por luchar al lado de su Maestro. Su impotencia de no poder controlar su cuerpo le hacía descargar toda su furia contra aquel que se hacía llamar Guerrero Dragón. Po no gritó, no lloró, y en vez de eso concentró su energía para pararse y llevarse casi a rastras a Maestra Tigresa.
El brillo dorado que emanaba de Shifu se intensificaba, y Toffu empezó a entender de lo que se trataba. Los asesinos gritaron, y tuvieron el impulso de ir tras el panda y la tigresa, pero Toffu gritó:
—¡NO! ¡Retrocedan! ¡Salgan del Templo! ¡Es el Megante!
Ninguno de los tres asesinos pareció entender aquello, pero obedecieron. Tigresa tenía la lengua con el sabor metálico de la sangre de Po, y poco a poco cedía en su resistencia. Por fin, la cargó como si fuera un costal, y buscó una de las salidas del Templo. Tigresa lloraba, ahora golpeando la espalda del oso, impotente de ayudar a su Maestro.
Una estrella de cinco picos enmarcada por un círculo iluminó el suelo de piedra del templo con el mismo brillo que salía del cuerpecito de Shifu. En su área quedaron atrapados los tres asesinos y su hermano malvado, y no pudieron huir más. Shifu recitó palabras cabalísticas mientras sus pequeñas manos trazaban símbolos en el aire. Esto ya no lo pudieron ver nuestros amigos, pero cuando el Maestro abrió los ojos estos resplandecieron en dorado, y el grito, el último de su vida, salió con toda la culpa y el pasado atenazándole. Toffu abrió los ojos como platos y los tres asesinos se cubrieron la cabeza, en señal de que jamás esperaban eso. La pagoda de tres pisos, la enorme explanada llena de cadáveres, y las montañas cercanas, se iluminaron de dorado.
—¡MEGANTEEEEEEEEEEE!
La explosión de luz estremeció el Valle de la Paz ahora sin habitantes, y absorbió el Templo Jade en un temblor que nunca se había sentido en ese lugar, purificando pecados, castigando justos e injustos por igual.

4

La onda expansiva los golpeó con violencia mientras bajaban la pendiente de la montaña que culminaba en el templo Jade. El calor y la luz los envolvieron mientras Po volaba por los aires, abrazado a Maestra Tigresa, con un solo pensamiento:
Por favor, que al menos sirva para esto, que no le pase nada a Tigresa, que sirva…
Algo lo golpeó en la cabeza, o él se golpeó con algo. El caso es que tuvo que perder la consciencia por unos momentos, mientras rodaba la pendiente libremente.

Cuando Po volvió en sí, tuvo que ponerse en guardia de inmediato. Se alegró momentáneamente de tener a un lado a Tigresa, con su precioso vestido azul rasgado y su collar perdido para siempre. Todavía roncaba la explosión allá arriba, y vio una nube en forma de hongo que se elevaba hacia el cielo, y la pirotecnia también explotaba en todo su esplendor de luz iluminando el hongo de muerte, como una mofa para lo que pasaba. En el pueblo de Valle de la Paz las luces de las lámparas de papel seguían encendidas. Sus dueños jamás regresarían a apagarlas, y ese pensamiento lo hizo desplomarse, y llorar, golpeando el suelo. Todo tenía que ser una pesadilla irreal. Tanta desgracia… no podía ser…
—¡Tigresa! —Po se alarmó al ver que Maestra Tigresa continuaba tirada sobre la hierba, inconsciente. No se perdonaría perder un Furioso más esa noche, no. Palpó el lado del corazón, y aún latía. Fuerte y regular. Se alivió mucho, y se dijo que el peligro aún podía atraparlos, y no tendrían ninguna oportunidad.
Como si de un novio en plena boda se tratara, Po cargó a Maestra Tigresa, (se alegró al darse cuenta que en verdad no pesaba mucho) y se alejó del templo, con el brazo lastimado por la furia de ella, y la cabeza palpitándole. Tendría que alejarse lo más que pudiera, alejarse, alejarse…

5

Po despertó con un sobresalto. Algo había cambiado en la cueva, no sabía qué pero lo sentía. La lluvia continuaba cayendo afuera, y el fuego casi se extinguía. Esa pesadilla ya lo tenía harto. No quería revivir la muerte de sus amigos y su padre y su maestro todas las noches. La infusión de hierbas de Tigresa no servía para relajarlo, y le dolía en verdad revivir aquella tarde y noche nefastas. ¿Cuánto tiempo había pasado desde aquello? ¿Una, dos semanas?
Maestra Tigresa no estaba.
Debía ser muy de madrugada, porque la noche era mucho más oscura, y los relámpagos iluminaban débilmente la cueva.
Tampoco estaban sus cosas.
No, no pudo…
Un presentimiento le azotó como un latigazo de entrenamiento. Y ese presentimiento le decía que Tigresa estaba en serio peligro. Sin importarle nada, salió de la cueva, y la lluvia le azotó la cara, mojando su pelo. Sintió el frío recorrerle el cuerpo, pero aún así, salió tras Maestra Tigresa.