Capitulo I

"Lord of Purple"

-Ah! Jajajaja. Oh bueno, todos de rodillas-

Hace mucho tiempo ya, la nación conocida como País Amarillo vivió una larga etapa de esplendor, la cual sin duda alguna, se le atribuye a la dinastía Kamui. Pasaron cerca de trescientos años con esta familia en el poder, que se caracterizó por su amplia sabiduría para gobernar. Evitaron conflictos bélicos, pues entendían que una guerra solo agotaría sus recursos; en cambio, se centraron en la producción interna, para abastecerse así mismos e incluso, proveer de productos básicos a los reinos vecinos. En poco tiempo, el País Amarillo se volvió uno de los reinos más ricos del mundo.

En los últimos cien años de su periodo de esplendor, aquel lejano país sufrió varios atentados en su contra; los ataques, dirigidos principalmente a sus provincias, hicieron ver la debilidad que este tenía ante la amenaza de guerra por parte de las potencias en expansión, dedicadas en su mayoría a la industria bélica. Sin mucho que hacer con su reducido ejército, el País Amarillo solo podía ver como una a una sus provincias pasaban a manos extranjeras mientras protegía la capital con los pocos soldados que tenían y los inexpertos reclutas que ofrecían sus servicios. La situación se volvía critica cada día que pasaba; el descontento de la gente se hacia notar cada vez más ante la falta de protección por parte de la corona y los aumentos a los impuestos, que suponían estar destinados al reforzamiento del ejercito y la compra de armamento, cosas que nunca fueron vistas por el pueblo.

La precaria situación del País Amarillo cambio cuando el príncipe Gakupo III subió al trono a los 18 años de edad. Un joven impetuoso y temerario, educado en su mayoría por militares. Siguió la política de los altos impuestos de su padre, pero a diferencia de él, Gakupo si destinó esos fondos a la milicia. En poco tiempo, sus ejércitos se vieron aumentados hasta el cuádruple y poseían el armamento más moderno hasta entonces. Una vez fortalecido el ejército, comenzó la recuperación de las provincias que les habían sido arrebatadas; y, aunque los impuestos seguían subiendo cada día más, los resultados obtenidos por el nuevo rey mantenían tranquilo al pueblo.

-¡Su majestad! ¡Su majestad!- gritaba un guardia mientras corría apurado por los amplios pasillos del palacio. – ¡Su majestad! Noticias del campo de batalla.

Todos los corredores del palacio tenían un fino piso de madera. Los muros, blancos como el mármol, eran adornados por piezas de madera finamente tallada, dando la forma de marcos y dentro de estos, el escudo real y la silueta de una rosa. El pasillo era iluminado por los rayos de sol que lograban filtrarse por las largas ventanas, muchas con cristales sin color alguno, otras con vitrales que proyectaban luces de colores rojo, verde, azul, pero en especial, amarillo. Del techo, colgaban enormes lámparas de bronce con ocho velas moradas cada una.

Aquel desesperado guardia, recorría los pasillos velozmente produciendo un ruido metálico con su armadura que golpeaba con cada paso que daba. Finalmente, el hombre llego a una fina puerta de roble, con decoraciones doradas de varias rosas. Con un extremo cuidado la abrió y entró mostrándose temeroso. Ahora estaba en la habitación de los reyes, un amplio espacio en el interior del castillo, con un fino suelo de losas blancas y amarillas, acomodadas de tal modo que formaban mosaicos hexagonales en el suelo. Los muros eran de color arena, y a diferencia de los pasillos, completamente lisos, exceptuando las columnas presentes separadas por 60 centímetros una de otra. Colgaban en estos algunas pinturas de los anteriores reyes del País Amarillo y del actual monarca: Gakupo III. Un joven alto, delgado y de mirada tranquila.

El guardia siguió avanzando, cuidando el lugar donde pisaba, procurando no dañar nada. Paso de largo las adornadas sillas y los detallados muebles, ni siquiera volteó a ver la gran cama, de sabanas blancas y moradas, con un fino dosel de color violeta.

Al final del cuarto, una larga puerta de cristal con marcos dorados dirigía a un amplio balcón con vista a la plaza principal de la ciudad que, a pesar de estar a una distancia considerable, lograba verse claramente y sin problema alguno desde el palacio real. Juntos, mirando pasar a las personas por las calles del poblado, estaban los reyes del País Amarillo. Kagamine Lily, descendiente de una familia noble que residía en un poblado cercano a la capital. Era una mujer alta, de largos y dorados cabellos que llegaban hasta si cintura. Sus ojos eran de un brillante color celeste y de mirada fría, como dos enormes témpanos de hielo resplandeciendo con el sol. Llevaba puesto un vestido totalmente blanco con bordados amarillos. En el cuello traía un collar de oro y perlas y sobre su pecho, un prendedor con forma de flor.

El rey era un joven apuesto, de larga cabellera morada, peinada hacia atrás y recogida en una coleta que llegaba hasta si cintura. El decía que su cabello era así de largo a modo de imitar a los bravos guerreros antiguos. Sus ojos eran de un color azul marino, fríos y vacíos. Vestía un fino traje morado y una camisa blanca por debajo. De su cuello colgaba una distinguida insignia, misma que le fue otorgada durante su estancia en la academia, lugar donde gracias a su carácter de príncipe y tanto ropas como cabellos morados, se ganó el sobrenombre de "Lord of Purple"; apodo que portaba orgulloso.

A un lado de los reyes del País Amarillo, sosteniendo un tazón de frutas, estaba parada una joven sirvienta que no superaba los trece años de edad. Sus ojos azulados miraban fijamente al guardia, mientras peinaba su largo y rosado cabello con la mano que le quedaba libre.

-Mi señor- dijo el guardia mientras se arrodillaba frente a Gakupo III –Tenemos noticias del campo de batalla- acto seguido le entregó una carta.

Sin dirigirle la mirada, el monarca tomo la epístola en sus manos, la abrió y comenzó a leerla. Mientras sus ojos recorrían aquel papel, en su rostro se dibujaba una sonrisa. Miró a su esposa; sus fríos y vacíos ojos se habían iluminado de pronto tres leer ese mensaje.

-Lo he logrado, Lily- dijo -¡Lo logre! He devuelto todo su esplendor a mi reino. He cumplido con lo que mi padre nunca logró y mis abuelos solo soñaron. ¡Levántate ahora mismo!- le ordenó al guardia -Da el aviso a todos en el palacio; que los heraldos salgan ahora mismo, que promulguen mi proeza por todo el reino.

-Si su alteza- respondió automáticamente el escolta. Pero antes de ponerse en pie, el rey lo detuvo.

-No, espera. Esta es una noticia grande; debo ser yo mismo quien la comunique al pueblo.

-¡Gakupo! ¿Te has vuelto loco?- reclamó la reina –Eso no es posible. No existe rey alguno que cumpla con labores de un simple heraldo.

-Por eso mismo. Los reyes de otras regiones nunca están en contacto con su pueblo, desconocen a su gente y esta los desconoce a ellos, siempre están distantes uno de otro- decía el rey, su voz sonaba entusiasmada –Pero si yo mismo les comunico esto, será diferente. Estaré en contacto con ellos y los tendré… ¿como decirlo? Contentos por un tiempo.

-Sigo pesando que es mala idea- reprochó Lily.

-¿No estás convencida, mujer? Tu sirvienta rosada, trae a Hiyama.

-¡Gakupo! Ya muchas veces te he dicho que te refieras a ella por su nombre. Su nombre es Luka y me gustaría que así le llames.

-Esta bien.-dijo mientras suspiraba- Luka, ve por Hiyama para explicarle a Lily mi idea. Rápido.

-No hace falta que lo haga. No logran convencerme, pero aun así llevaras a cabo tu disparatado plan. No me tomes en cuenta para esto.

-Tu misma lo has dicho. Luka, ve con los heraldos, que pregonen por todo el reino que la guerra ha terminado hoy. Y tu guardia, tráeme a cuanto súbdito quepa en el jardín sin dañar el árbol más alto ni la flor más pequeña.

-Como ordene mi señor- respondió el guardia y, tres hacer una reverencia, salió.

-¿Aun desea que vaya con el señor Hiyama?- preguntó Luka, con una potente y decidida voz.

-Claro, Luka. Ve con el y dile que prepare una nueva alza a los impuestos, tenemos que celebrar mi victoria; después ve con los heraldos.

-Si su alteza- dijo fríamente y se fue.

Quedaron solos en el balcón los reyes. Lily se veía algo molesta, el trato de su esposo con su sirvienta personal y la idea de ser el mismo quien informara al pueblo de la victoria obtenida no le agradaban en absoluto. Los roces entre ambos eran comunes desde hacia ya un tiempo, y se hicieron más frecuentes cuando Megurine Luka, la joven sirvienta, llegó al palacio. Desde un principio, nunca mostró una total obediencia hacia el rey, siempre le miraba con mala cara y cuestionaba la mayoría de sus mandatos, pero cumplía sin ningún reproche todo lo que la reina Lily pedía. Él había intentado varias veces despedirla, por desobediencia y rebeldía, pero nunca lo logró pues su esposa defendía a Luka con todos los medios posibles; en el fondo, la reina le tenia mucho aprecio a la joven de cabello rosa y no le molestaba en lo más mínimo demostrarlo.

Después una hora, el jardín principal estaba lleno de gente. La gran multitud cabía a la perfección, todos estaban de pie frente al mismo balcón donde el rey miraba la plaza principal. Algunas personas habían intentado subirse a los árboles para estar más cómodos, pero los guardias se encargaron de evitarlo y, como si sus vidas dependieran de ello, protegían las flores y arbustos de los pueblerinos quienes, impacientes, comenzaban a quejarse del trato de los guardias y caminaban hacia la salida, que era bloqueada por más escoltas. Cuarenta minutos después, el rey hizo su aparición en público desde el balcón. Había cambiado su traje morado por uno negro y una camisa púrpura. Detrás de él salio la reina Lily, acompañada por la sirvienta Luka y un hombre alto, de cabello castaño corto y lentes. Con una sonrisa se dirigió a la muchedumbre.

-Habitantes de esta ciudad, no, de este glorioso país. Seré breve en mis palabras, pero no en su significado ni valor. Como todos aquí sabemos, hemos estado en guerra con los países invasores desde ya hace mucho tiempo, pero el día de hoy pasara a la historia. Hace unas horas me fue informado que el valeroso ejercito comandado por el general Misawa Kurogane ha derrotado a las tropas enemigas en la provincia de Kasane, regresándole todo su territorio y esplendor a nuestro gran país.- Se escucharon los vítores del pueblo, fuera porque en verdad se regocijaban con la victoria del ejercito u obligados por los guardias del rey; cual quiera que fuese la razón, el sonido de las aclamaciones resultó ensordecedor. –Las tierras que nuestros padres nos heredaron, han sido recuperadas. Y las defenderemos de todo invasor con nuestra propia vida para que nunca más vuelvan a caer en sus sucias manos. Los sacrificios que todos hemos hecho, desde el campesino más modesto hasta el noble mas adinerado, han dado por fin frutos. Los soldados del valeroso ejército entraran como los héroes que son para ser recordados por siempre.- De nuevo se escucharon aclamaciones. –Celebren en grande esta noche. Desde ahora y por las épocas venideras, este día será celebrado para recordarnos el honor que nos fue recuperado y, a nuestros enemigos, que no deben intentar arrebatarnos lo nuestro.- La multitud se alzó de nuevo en una ovación al rey y proclamaban su nombre. El extendió los brazos y soltó una sonora carcajada. –Oh bueno, todos de rodillas.

Así lo hizo la muchedumbre. Todos se arrodillaron frente al rey al mismo tiempo, mientras los guardias presentaban sus armas. Gakupo miraba complacido la escena, sonreía ante la sensación de poder que le causaba ver al pueblo de rodillas frente a él. Se dio la vuelta.

-Hiyama- se dirigió al hombre de lentes- Prepara una nueva alza a los impuestos y varias invitaciones, tenemos que festejar la situación.

-Enseguida mi señor.

-¿Por qué no les informó de eso usted mismo?- le encaró Luka. –Apuesto que también se hubiesen puesto felices.

-Luka, tranquila por favor.- le dijo Lily.

-Tú nunca estarás de acuerdo conmigo, parece ser. Pero no me importa- respondió el rey- no espero que una simple criada entienda las estrategias de un gobernante.

Y sin decir otra palabra, el rey entró a la habitación seguido del señor Hiyama, mientras que, tanto reina y sirvienta, miraban a la multitud abandonar el jardín.