Los personajes no son míos, son de la increíble Stephanie Meyer, aunque bueno, puede que alguno salga de mi imaginación.

La letra en cursiva, o sea en esta letra – Ejemplo- es para indicar recuerdos.

Día para cambiar.

Bella.

Había acabado todos mis deberes, hoy había tardado un poco más porque papá me había llevado a la comisaria por la tarde mientras mamá iba a la peluquería. Me disponía a quitarme la ropa para ir a darme una ducha antes de dormir cuando escuché unos fuertes golpes y gritos en el piso de abajo. Me volví a poner la camiseta y como la curiosidad me mataba bajé las escaletas para ver qué era lo que ocurría, lo lamenté toda mi vida.

Tres hombres totalmente de negros y con pasamontañas le asestaron una puñalada a papá, paralizada por el miedo no pude gritar, no pude moverme.

Mamá descansaba en el suelo, encima de un charco grande de sangre, sabía que era de ella, y sabía que nunca más volvería a ver a mi mamá, no respiraba y sus ojos estaban abiertos y no pestañeaba.

Papá se desplomó en el suelo junto a mamá, más sangre caía y caía sin tope, antes de cerrar los ojos, papá me vio y me susurró: huye.

No, no, no podía perderlos, mis padres eran lo único y lo más grande que tenía, yo apenas tenía ocho años, ¿Qué podía hacer ahora? ¡Estaba sola!

Grité de horror y los encapuchados que giraron hacia mí, maldigo la hora en la que hice eso.

Los hombres se turnaban para abusar de mi, al principio pataleé, grité, intenté morderles, hacerles algo para que me dejaran en paz pero fue inútil, eran mucho más fuertes y pesados que yo, así que, después de un buen tiempo intentando que me dejaran en paz, me rendí, paré, descansé mis pies y mis manos contra el frío suelo de mármol de la antigua y lujosa casa de los Swam, lloraba, pero ya no en voz alta, no valía la pena, nadie me escuchaba, nadie vendría a ayudarme, lágrimas silenciosas corrían por mis mejillas, no eran de dolor, aunque también tenía esa sensación, eran más que nada de impotencia.

Miré por última vez a mis padres, que descansaban sin vida en el frío suelo, cerré los ojos y moví los labios como si estuviera hablando pero sin emitir sonido: hasta siempre.

5:00 de la mañana.

Me levanté sobresaltada empapada en sudor, mi cara estaba bañada en lágrimas y la garganta me dolía, había estado gritando.

Unos brazos fuertes y fríos como el mármol me abrazaron. Estaba contra el frío y liso suelo de mármol de la casa Swam, lloraba, mi cuerpo no respondía, abusaban de mí, abusaban de mí, abusaban de mí.

-¡Suéltame!-grité de los nervios aún llorando-¡No me toques, no me toques!

Los brazos me soltaron y dejaron de abrazarme. Salté de la cama en cuanto los brazos desaparecieron de mi vista y corrí hacia la puerta, pero no salí, encendí la luz.

¡Mierda! Era Edward.

Edward estaba de pie, al lado de la gran cama que Esme y Alice había escogido para mí hacia unos años, su cara era todo un poema de tristeza, estaba dolido, dolido y jodido, el solo me había querido ayudar y yo le había gritado y me había puesto como una energúmena.

-Edward yo…-intenté excusarme pero no habían palabras para decir nada.

Edward me miró pero su cara no se relajo.

-Ed es que…-lo intenté de nuevo, pero las lágrimas volvieron a aparecer en mis ojos y no pude contenerme, me tiré en la cama desconsolada-lo siento, estaba teniendo una pesadilla con… con…

-Shh… tranquila, no importa, sé lo que quieres decir, tranquilízate, relájate.

Se sentó a un lado de mi cama, tocó mi hombro con su mano y me aparté involuntariamente, su mano se quedó suspendida por un momento en el aire. Miré su mano cerca de mi hombro, me rozó, y ahora estaba a escasos metros de mi cintura. Tenía el vientre descubierto, la camisa estaba ligeramente subida por la pesadilla y todo lo que había pasado. Las asquerosas manos de ese cretino subiendo y bajando por la pequeña cintura de la joven criatura de ojos achocolatados y cabello castaño de la que estaba abusando.

Me tiré al cuello de Edward y lo abrasé con fuerza. Lloraba a mares. Pocas veces había hecho esto, en contadas ocasiones lo había podido hacer, y la mayoría de esas pocas habían sido con Edward, era el único que entendía mi sufrimiento, no porque leyera mi mente – esta era un gran misterio para él- si no porque era un buena persona, cargada de buenos sentimientos. Rosalie también podía haberme entendido, ella más que nadie debería de haberme entendido, pero no nos llevábamos bien.

Hace unos meses.

Bella estaba en la cocina preparándose su bocadillo para irse a clases de Italiano, todo estaba en silencio, Bella no decía nada, pocas veces hablaba.

Rosalie entró en la cocina como una mecha, se paró delante de ella y la observó mientras Bella hacía sus cosas. Bella sentía que la fulminaba con la mirada, pero no hacía nada, lo mismo le daba. Rosalie acercó su mano a su brazo y se lo apretó. Bella instintivamente apartó su brazo tirando así el plato que contenía su bocadillo, pero aún así no pudo zafarse. Cuando el hombre más alto terminó con ella, el otro también quiso hacerlo. La levantó del suelo y se la llevó a la habitación de sus padres, allí la cogió fuertemente del brazo y allí abuso de ella, pero todo el rato aguantándola fuertemente del brazo.

Bella empezó a ponerse nerviosa y a llorar, no lo soportaba más. Rosalie al fin la soltó y le gritó.

-¡Deja de hacerte la sensible, yo también pasé por eso y aquí me tienes, en pie, sin llorar, aguantando fuertemente!-le decía Rosalie con furia reflejada en sus ojos dorados por la sangre animal.

Bella se armó de valor y a duras penas contestó.

-No soy como tú, yo no puedo.

-Deja de hacer lo que haces, a Esme le partes el corazón, ella te ve como una hija y tú con tu actitud la repeles, ¡Deja de ser una niñata y afronta las cosas!

Bella se tapó los oídos.

-¡Tienes dieciséis años, ya no eres una niña!

Gracias a dios, Esme y la familia no tardaron mucho en llegar, y Edward, su salvador la sacó de allí. Esa tarde Bella no fue a sus clases de italiano, en vez de estar hablando esa lengua que tanto le gustaba, se dedicó a llorar en el pecho de Edward, este no dijo nada, solo la arropó en sus brazos, no dijo nada.

Ahora.

Al recordar esto lloré más contra el cuello de Edward. ¡Pobre! Le había jodido la camiseta por mis estúpidas lágrimas, a este paso tendría que volver a comprarle un armario, no era la primera camisa que le fastidiaba así, aunque bueno, eso se lo dejaría a Alice, ella estaría encantada.

Después de hacer estado un rato más llorando en el hombro de Edward, decidió que lo mejor sería darse una larga y buena ducha para aclararse las ideas y prepararse para ir a clases, hoy gracias a dios era Viernes y no tendría que aguantar más a la gente de la escuela.

Me aparté de Edward lentamente, este no dijo nada y me miró, estábamos muy cerca, demasiado debería de decir yo. Me bajé de la cama y me fui directa a la bañera.

Repasé bien cada parte de mi cuerpo con el jabón de plátano que tanto me gustaba, ese que Esme no dejaba que me faltara, la verdad que con ella nunca me había faltado de nada, se portaba muy bien conmigo, al igual que toda la familia, bueno, Rosalie… ella era otra cosa. Esme había hecho de madre todos esto ocho años adelante, se había portado como una verdadera madre, me llevaba y me recogía del colegio, me compraba todo lo necesario y más, me hacía comidas realmente exquisitas… nunca me había faltado de nada con ellos. ¿Y así se lo pagaba yo? ¿Alejándome cada vez que alguien se aproximaba mucho a mí?, ¿Repelándome cada vez que alguno de ellos quería mostrarme una caricia de afecto?, tendría que cambiar mi actitud hacia ellos, y lo iba a conseguir. Voy a conseguir portarme como se merecen conmigo, voy a intentar poder jugar con Emmett sin miedo a que me toque, voy a estudiar con Carliles sin miedo a que me rose, voy a aceptar los besos y cariños de Esme y Alice, y de Rosalie también si nuestra relación cambia, y no voy a alejarme jamás cuando Edward me toque.

Con las cosas muy claras salí de la ducha y me puse mi alborno blanco con el seño Cullen en la espalda. Fui al gran armario que Alice había mandado a construir para mí y de allí saqué el aburrido uniforme de todos los días.

Una estúpida faldita de rayas escocesas más corta de lo debido, ¡Era increíble! Me llegaba más arriba de las rodilla, dejando al descubierto mis piernas y mis rodillas, aunque yo en pocos casos las dejaba al descubierto, siempre solía llevar medias, hacía mucho frío, una camisa básica blanca de mangas largas con el seño del instituto, una Rebequita de punto a juego las medias negras y unas patéticas bailarina negras o botas, cómo quisieras llevar, yo siempre usaba las converse, las converse que Alice me compraba cada semana nuevas, según ella la sueña se gastaba muy rápido y era malo para el pie, escusas.

6:00 de la mañana.

Edward me esperaba apoyado en la puerta de la habitación, me llevé una gran sorpresa al verlo allí. Ahogue un gritito.

-¿Quieres que hoy te lleve yo?

-Asentí.

Sin decir nada más bajamos a desayunar, bueno, yo iba a desayunar. Mientras me servía los cereales en la taza de leche me fijé en cómo iba Edward esta mañana. Iba igual que todas las mañanas, pero esta estaba distinto. Tenía el uniforme del instituto pulcramente planchado puesto, un pantalón negro, una rebeca de punto negra y una camiseta básica blanca debajo que apenas se veía por que la rebeca la tapaba, y las mimas converse que yo pero con unos números por encima del que yo calzaba.

Está bien, lo admito, sentía algo por Edward, quizás una atracción… pero eso no estaba bien. Sacudí mi cabeza para liberar esos pensamientos.

Edward me miró divertido y me dedicó una sonrisa deslumbrante, como decía Emmet, sonrisa de pasta de dientes.

-¿Qué haces? ¿Estás loca?

-Tú sí que estás loco-bromeé por primera vez esa mañana y como pocas veces lo había hecho desde que todo pasó.

No Bella, sé buena chica y no te pongas a recordar ahora.

Bien, lo había conseguido, no me había puesto a recordar.

Llevé el bol de cereales a la mesa y empecé a devorarlos, Edward me miraba atentamente y a veces se reía de mí.

Esme entró por la puerta junto a Carliles cuando yo estaba limpiando mi taza en el fregadero.

-Oh no Bella, no te molestes, eso ya lo hago yo después, no tengo nada que hacer-llegó hasta donde yo estaba y me quitó la taza de las manos, rozó mi mano.

Se quedó mirándome, esperando mi reacción. La reacción de siempre, apartarme, recordar y empezar a llorar, pero no lo hice, no tenía ganas esa mañana, y no tendría más ganas por el resto de mi vida.

Le sonreí y con miedo a que fuera ella la que me apartara ahora hice algo que nunca pensé que haría, poco a poco me acerqué a su mejilla y deposité un pequeño y cálido beso en mejilla pálida y fría.

Escuché como un sollozo se apoderaba de ella.

-Gracias-me dijo, si pudiese llorar, lo habría hecho.

Me acerqué a Carliles y hice lo mismo que había hecho con Esme, mi madre. Carliles me miró con orgullo, yo sonreí.

-Siento mucho haber tardado tanto en hacerlo pero…-los miré avergonzada y dolida-no podía hacerlo, cambiaré.

Esa mañana la familia estaba como nunca en mucho tiempo, todos estaban radiantes, yo no podía decir lo mismo, no es que no estuviera alegre, pero estaba confusa. Siempre has sido muy rara así que no sé de qué te sorprendes. El que faltaba, Bely –mi conciencia- iba empezar a darme la tabarra desde buena mañana-.

Esa mañana Rosalie le había sonreído después de mucho tiempo, parecía que las cosas entre ella y yo habían cambiado.

Realmente, todo esto se lo debe a Rosalie, gracias a su folloncito de aquella vez, yo había entrado en razón.

Edward conducía sin prisas y muy atento a la carretera.

Para tener cien años no se veía nada mal. Empecé a reír como una posesa antes mi estúpido comentario mental.

-Eis-dijo el anciano de cien años al que parecía que los años no le afectaban-¿De qué te ríes?-dijo otra vez con una sonrisa.

-Estoy loca, ya lo dijiste tú antes.

-Sí, lo estas.

Después de aquella pequeña tontería, Edward puso el estéreo y en ella empezó a sonar Van Morrison al compás de su vieja guitarra acústica mal afinada. Yo, al igual que Edward, me sentía fascinada por la música de ese hombre Norirlandés arrugado por el paso de los años, el paso del tiempo que la música había dejado en él.

Y juntos, Edward y yo cantamos al compas de las notas del saxofón, armónica, piano y guitarra, cuatro instrumentos que Van manejaba perfectamente, al igual que Edward, tocaba el piano.

Una mezcla de Blues, Jazz y Country los envolvió, Van Morrison cantaba, Edward y Bella los acompañaba y Bella miraba maravillada y enamorada a un Edward que, aunque ella no lo supiera también lo estaba.

Aquí el primer capítulo. Espero que os guste, quizás un poco corto pero es que no tenía más tiempo de escribir.

¿Reviews? Intentaré actualizar cada semana, o incluso antes (: todo depende de los Reviews.