Autor: Horaizon/Sharin (del fic), Tadatoshi Fujimaki (historia original, manga)
Personajes: Kagami Taiga, Aomine Daiki, la familia de Aomine (que yo invente) y el padre de Kagami (que ya ha sido mencionado en el manga)
Advertencias: A mi parecer, no cometo ningún tipo de OOC. Pues, estoy segura que ustedes también captaron el Aomine responsable y maduro de la historia original.
Notas: Imaginé la madre de Aomine como Evangeline Yamamoto de Zetsuen no Tempest, pero un poco más adulta en aspectos, pero exactamente así. Primeramente, será una historia larga, posiblemente de 5 a 10 capítulos así que necesito de sus comentarios para alimentar mi ego y seguir publicando. No solo pasen y lean, si tienen algo que decir, DIGANLO, NO EXISTE TIMIDEZ AQUÍ. Gracias. C:
Capítulo I
¿Qué sucedió después del cumpleaños de Kagami Taiga? Supongo que mi deber como anfitriona es contestar sus interrogantes e intereses, ¿no? Bueno, aquí os resumo el relato:
Kagami aún no se resigna a su vergonzosa perdida en contra de Touou y eventualmente, se abrió el escenario para un nuevo partido, donde un miserable punto decidió la suerte de Seirin y por fin logró su revancha en contra del moreno. Igual de que aún permanecen los daños colaterales de lo sucedido el día de su cumpleaños, ya ha pasado medio año y es verano otra vez. Pero no tan rápido, volveremos dos estaciones atrás; Kagami zanjó una línea entre él y Aomine, acortando la intimidad que Aomine había corrompido entre ellos, obviamente, Aomine se enfureció pero de igual modo no hizo nada y esperó. El pelirrojo no sabía cómo auxiliarse en una situación tan delicada, por lo que se alejó y enclaustró sus sentimientos que empezaba a manifestar. Pero como había dicho, Aomine no dejaría sueltas las riendas, con el invierno se acabó el encierro. Aomine visitó al mayor en su hogar, que de hecho su padre estaba de vuelta del extranjero y le dijo lo siguiente exactamente: Con las mismas bolas que me enfrentaste en la cancha, enfréntame ahora, maldito marica.Pero la frustración que contenía Aomine no le ayudó a medir sus palabras y una pelea se ejerció en la habitación de Kagami donde su padre les roció con una cubeta de agua y hielo para que se calmaran. Luego de un largo reproche y una elaborada y disfrazada explicación, el padre les dejó en paz. Aomine suicidó su orgullo pidiéndole disculpas al señor y este envenenado con su pócima se dejó endulzar y ahora llamaba por su nombre (algo que Kagami le avergüenza hacer) al moreno.
Otro que se tragó su orgullo fue Kagami, quien visitó dos días después la casa de Daiki, queriendo mostrar lo maduro que puede llegar a ser en situaciones críticas. Y bueno, después de disputar tópicos como: '¿Cómo querías que te viera a la cara después de eso? Y haber aclarado que aquello que Aomine forzó en el cumpleaños del pelirrojo fue simplemente por diversión de él. Ambos discutieron maldiciéndose y casi a golpes. Ahora son una pareja envidiable por cualquier jovencita en la flor de su juventud.
Volviendo a la actualidad, 5 del mes de julio del año 2013. La madre de Daiki le ha hecho una propuesta: Ir a visitar a sus abuelos en Iwaki y al final del año le costearía un viaje al caribe, donde su padre reside. Aomine accedió sin muchas ganas; en la familia Kusakabe se ha creado con el tiempo la costumbre de visitar la familia una vez al año (al menos) sin importar que integrante (de las diferentes ramas familiares) sea y esta vez su madre no se sentía con ánimos de enfrentar a sus tías parlanchinas y las mañas de su madre, lo que nos lleva al responsable Aomine incautarse la carga.
- Dai-chan, ven aquí un segundo, corazón. – las cuerdas vocales de su madre dieron vuelta a la casa hasta la habitación abierta de su hijo mayor, el que hizo una mueca negligente y arrastró sus piernas a la cocina.
La mujer de mediana edad, con un largo cabello negro se encontraba preparando algo en la cocina, que por el aroma de chocolate fundido y harina se puede saborear un rico postre. La madre de Aomine, Kusakabe Misa, es una mujer con un potencial y vitalidad envidiables. Por dentro se considera más joven que sus propios hijos, lo que nos lleva al porqué de su aprecio a la diversión. Por hechos que no reluciré, está soltera completando la crianza de un macho adolescente y empezando la de un niño.
Aomine se sentó en la silla a la izquierda del desayunador.
- ¿Qué?
- Mira, este es el dinero del transporte. – le señalo un sobre de múltiples colores y diseños a un costado de la loseta.
- ¿Va enserio? – tomó el sobre, prácticamente sorprendido por el colorido.
- Pues claro que sí, amor. – terminó de lavar las fresas en el fregadero y se acercó al desayunador para observar unos momentos el retoño de su vida. – Alguien tiene que ir.
Aomine revisó el contenido del diseñado sobre y había más dinero del necesitado. Observó extrañado a su madre quien le sonreía como si tramara algo.
- ¿Por qué tanto?
- Supuse que querrías ir con… Kagami-kun. – le guiñó un ojo.
El joven sonrió pero no se ruborizó.
- Ah…
- Ay, Daiki. Has tenido tantas chicas… que ya me canse. Tus fans y clubs. La idea de que tengas una relación homosexual me ha caído de maravilla, tampoco lo entiendo. – la mujer hizo varios ademanes con la mano para volverse a la labor de las fresas mientras sonreía como una niña inocente.
- ¿Y si hago cosas con él?
- Como que si ya no las has hecho. – le fulminó graciosamente con la mirada.
Aomine rio.
- Solo procura que mi madre y padre, no hagan escándalo. – le fulminó otra vez queriendo dejar claro el abismal significado de su oración.
- Sí, sí. – a pesar de hacer los esfuerzos de no verse interesado, le ganó el sentimiento de inquietud y no lograba evitar sonreír disimuladamente.
- ¿Y a qué hora llega el innombrable? - se volteó al tazón de crema y fresas que tenía en frente pero aun sin dejar de sonreír.
Ojeo el reloj a un costado de la sala.
- A eso de las 7:15. – dijo fingiendo indiferencia.
- ¿Y ya le preparaste algo?
- ¿Por qué haría eso?
- Maldito insensible. No tengo idea de cómo es que te quiere.
Esto si que hizo al eminente Daiki sonrojarse, aunque sea un poquito y apartar los ojos de la silueta de su madre. Deambuló sus pupilas por la sala de estar que comunicaba a la entrada, celando su inquietud.
- Es una molestia. – cerró los ojos curvando finamente los labios.
- ¿Qué es una molestia?
Pensó un momento, buscando el sentido de su propia afirmación. No sabía qué responder.
- Kagami. – contestó en voz baja, como si de esta forma su madre no se percataría.
- Eres tan idiota. – le dijo alargando la última palabra y moviendo la cabeza como si negara algo rotundamente.
Aomine hizo una mueca sin saber que más decir. Se quedaron en silencio, su madre sonriente por su valida victoria, mientras Aomine peleaba con su alterante esquizofrenia dirigida a la puerta. No es que estuviera nervioso, pero su madre le ha envenenado con ideas torcidas de lo común y ahora pensaba en posibles y nuevas actividades que hacer con su novio para matar el tiempo y ocio.
Su madre ha terminado su obra dando resultado a una deliciosa tarta de chocolate con crema de vainilla y fresas. Le había preparado para el invitado especial del día, Kagami y que su pareja, pudieran compartirla, aunque de igual modo llevaba culpa su hijo menor, Kou, quien le había pedido algo dulce que comer y su atentísima madre, en un arranque de inspiración tomó un recipiente con leche y harina y se puso a elaborar.
Sonó el timbre a las 7:18, que fue atendido rápidamente por Daiki.
- Yo. – saludo al abrir la puerta y confirmar la silueta del pelirrojo.
Kagami anunció su entrada y penetró en la puerta, deteniéndose para retirar sus tenis.
- Bienvenido, Kagami-kun. – apareció la mujer ya bien arreglada y sin rastros de la actividad pasada que atendía.
- Buenas noches, Kusakabe-san. – hizo una exagerada y nerviosa reverencia haciendo reír a la mujer.
- Eres tan lindo… pasa, pasa.
Aomine quien observaba la escena con una ceja arriba, se obstruía a decir media palabra. Estaba un poco molesto pero tampoco quería estropear la relación entre su pareja y madre.
Kagami se adentró en la sala y antes de que pudiera visualizar el suelo que pisaría, la mujer le tomó de un brazo hasta la cocina. En la loseta del desayunador se encontraba la tarta decorada y en su máximo esplendor llenando un hermoso plato de cristal transparente con diseños incrustados.
- ¿Qué te parece?
- Se ve deliciosa.
- ¿A que si? La he preparado yo. Pero es para el postre, así que deberás aguantarte. – se llevó un dedo a la boca como si lo que dice es un secreto entre ellos, ignorando la presencia de su hijo mayor detrás.
Kagami se veía relajado e incluso magnetizado. La mujer le hacía sentir cómodo a pesar de la tensión de tener un noviazgo con su hijo. Por momentos recordaba el diluvio que pasaron al enterarse la madre de Aomine de la relación con él. En la primera semana de aceptación de sus sentimientos, Daiki, claramente es alguien parsimonioso y majadero, quienes los problemas se le resbalan como el jabón. Tan solo en el primer día de su nueva vida, su madre les encontró besando, Kagami saliendo después de confesar y culminar sus propósitos mutuos, en la puerta de su hogar. No hizo un escándalo pero se veía embrollada en su propio dilema. Aomine le explicó sin rodeos dejándole claro con cada palabra que utilizó que no le importa que piense, hará lo que quiera. Y al parecer el susto fue solo una falsa alarma, puesto que actualmente se muestra sumamente pacífica entre los chicos.
- Bueno, ya lárguense tortolos, les aviso cuando llegue la cena. – empujó al pelirrojo al pasillo, seguido de Aomine quien vestía una cara de descontento.
- Deberías ser más como tu madre. – se burló el mayor al entrar en la habitación tras ser cerrada con seguro.
Aomine chasqueó la lengua.
- ¿Tienes algo que hacer el fin de semana?
- … ¿Eh?
Kagami alzó la vista para mirarle la cara malhumorada de siempre, pero estaba sorprendido, conmovido o tal vez el corazón le latía demasiado rápido. ¿Acaso le iría a pedir salir en una cita? El cuerpo comenzaba a calentársele y sus ojos rápidamente buscaban diferentes cosas que acosar al mismo tiempo. Tras perder varios segundos en sorpresa, se devolvió para responder.
- N-no realmente.
- Mira, - hizo una pausa relajando su rostro – tengo que visitar mis abuelos en Iwaki. ¿Me acompañas? Es una mansión con muchas habitaciones, no morirás.
- Está bien por mí. – hacia todo el esfuerzo posible por no pensar en que podría pasar allí, bajo el mismo techo que Aomine, de nuevo…
Daiki se le acercó y le atrajo de la cintura para besarle. Kagami no se lo esperaba pero respondió en seguida. Se comunicaron mediante sus lenguas y sus brazos emprendieron un acostumbrado magnetismo que les llevó a abrazarse.
Empezó el moreno, a empujar hacia atrás encontrándose con su escritorio. Kagami se vio obligado a adoptar otra forma y descansar su trasero en la madera. Este también rezaba porque Aomine no se alocara y bajara sus manos a sitios que la situación no podría detenerse más. Y la verdad es que de pensarlo, le tiemblan las piernas. Hace casi un año de aquella situación y pensándolo ahora, no sabría qué hacer.
El beso se intensificaba, ninguno quería parar pero era necesario. Tenían que detenerse antes de llegar más lejos. Mientras, el pelirojo pensaba si sentarse en el escritorio o no. Si lo hace, claramente llevará esto más lejos y las posibilidades de detenerse reducirían a cero, pero la situación era incomoda. Aomine le obligaba a recostar la cabeza en sus propios hombros que empezaban a agotarse. El sí sabe lo que hace… Siempre tan hábil y escurridizo…
El moreno apoyó sus manos en el escritorio para acomodarse, mientras le seguía besando. ¿Cuántos minutos van? ¿2? El oxígeno empezaba a limitarse. ¿Cuándo irían a parar? Kagami hacia según la voluntad del moreno, así que prácticamente es inútil. Daiki empezó a empujar más, más y más, hasta que…
-¡Joder! – exclamó apartándose de golpe, dando saltos por todo el lugar. – Maldita silla. – se sentó en la cama sacudiendo su pierna izquierda intentado ahuyentar el dolor.
El otro se rio con ansias, acortejando la situación. Este se recostó en la cama pareciendo agotado por la falta de aire previa.
- ¿A qué hora… es? – Kagami parecía tímido por su pregunta. Intentaba no mostrar entusiasmo, pero en el fondo tenía un circo y luces de colores celebrando la ocasión.
- En la mañana, a las 9:00.
Se hizo un silencio que Aomine burló. Kagami buscó espacio al lado del moreno, quien tal vez ya se ha dormido. Se debatía en decir algo o no, quería decir tantas cosas pero su sentido común le impide expresarse.
- No estoy dormido. – avisó, abriendo solo el ojo derecho. - ¿Has visto a Tetsu?
- ¿Kuroko? No realmente. Solo en las prácticas.
- ¿Dos veces a la semana?
- A veces tres, Riko es muy exigente. – se pasó una mano por el cabello, mostrando su apatía.
- Hmm… - hizo una extensa pausa al tiempo que trasladaba sus brazos detrás de su cabeza. – Kagami, ¿has tenido novia?
El aludido levantó la cabeza para mirarle con sorpresa e incomodidad.
- ¿Por qué…?
- Curiosidad. – respondió secamente, volviendo sus ojos ahora abiertos hacia los de su pareja perturbada.
¿Qué debía responder? ¿Se atreve a tomar el camino de la mentira piadosa? ¿O el honesto y humillante? Algo le decía que Aomine no era nuevo en esto de sexo y relaciones, era demasiado bueno en excitarle y encenderle la sangre para ser un santico. Pero el, es totalmente nuevo en el amorío juvenil y sexo adolescente. En su cara tal vez se refleje su santidad y por eso Aomine quiere asegurarse o más bien, escuchar de sus labios que él es dueño de la primera vez de Kagami.
Compuso su rostro, seriamente, mientras mantenía su mirada fija en el que cuestiona.
- No.
Daiki sonrió.
- Me imagino que tu sí. – se veía como el enojo crecía en sus facciones.
- Bueno, unas cuantas. – dijo orgulloso.
Kagami volteó los ojos haciendo una mueca, que supuso, Aomine no vio.
- Con ellas aprendí todo lo que se. – se levantó para susurrarle esto al oído, volviendo loco al mayor.
- ¡Maldito, Aomine…! – masculló crujiendo los dientes.
Ya es viernes y Kagami ha pasado la noche en casa de su novio para el viaje que ejecutarían esa mañana. El reloj marcaba las 8:11. En la cocina, el moreno preparaba un desayuno rápido que consistía en dos emparedados de jamón y lechuga. Kagami embutía el baño de aroma a avena y miel. En la habitación principal, Misa le daba la vuelta a su lecho de rosas, buscando una posición más cómoda para continuar durmiendo y en la siguiente, Kou babeaba su almohada favorita.
A las 8:40 el dúo abandonó la base, rumbo a la estación de trenes. La familia de Aomine reside en la región Hamadōri, prefectura de Fukushima, Iwaki: una ciudad cerca del Pacífico, en la mansión tradicional más grande habitada en todo el recinto.
En cuanto llegaron, un encargado de seguridad les comunicó las horas de partida hacia la región y que debían hacer una vez lleguen allí. En la cabina compraron dos boletos y a las 9:25 abordaron el tren. A penas había alguien allí. En su sección solo contaban con 12 acompañantes y muy lejos de donde les tocaba sentarse.
Suponiendo que llegarían a Hamadōri en unas pocas horas, máximo tres, contando con que iban en el tren bala. Kagami, jamás ha salido de Tokio puesto que encargó a Aomine de las direcciones y caminos, prácticamente confiaba en el. Ambos se durmieron en sus canapés, uno al lado del otro y corrientemente, perdieron la completa noción del tiempo. La verdad es que el tren abarcaba dos estaciones, la ciudad Mito, su punto de encuentro Iwaki y por ultimo Sōma.
Al llegar a la estación de Iwaki, alguien relativo a Daiki iría a recogerlos y llevarlos a la mansión familiar. Por lo que se le avisó al encargado del viaje atender su celular. Pero de hecho, gastaban una deliciosa siesta y estaban completamente desconectados de cualquier realidad.
- Joven, joven, despierte. – escuchaba o tal vez no, el moreno entre ronquidos. – Es la última parada, tienen que bajarse. ¡Señor!
El moreno abrió los ojos de repente seguido de un ligero brinco que le devolvió a las circunstancias. Observó entre dormido al señor que le despertaba con cierta cara de incomodidad y luego volteó a su lado derecho para encontrarse al pelirrojo aun dormido.
- Gracias. – por último, el hombre les avisó que tenían 5 minutos para bajar y se marchó.
Aomine se revisó el rostro suave y descansado y dio varios codazos a su compañero para despertarlo. Este se movió pero no parecía despertar.
- Kagami, despierta, flojo. – Kagami refunfuñó tras lograr despertar, observo a Aomine quien se estaba enganchando su equipaje de nuevo y ya se encontraba de pie.
- ¿Ya llegamos? – preguntó adormecido.
- Sí.
Los chicos salieron del tren mientras se arreglaban el cabello y las ropas que se han adherido a su cuerpo. Aomine empezaba a notar algo extraño.
No reconocía el lugar y de hacerlo no estaría tan estorbado. Todo le era desconocido a pesar de la suposición de que ha estado allí incontables veces, de ser esto cierto reconocería cada detalle.
Llevaba una cara que espantó a Kagami y este entendió enseguida que algo andaba mal. Daba aspecto de estar rotundamente ausente. Sin decir nada, avanzó casi apresurado a la salida, ignorando el mono letrero de bienvenida y el guardia que le miraba intrigado.
- ¡Aomine! – grito en voz baja mientras intentaba seguirle.
Contempló las calles con alíferas ojeadas, el sonido de los autos y las personas andando, de igual forma ya parecía tranquilo.
- ¿Qué te pasa? – pregunto al fin, molesto por los repentinos actos de su pareja.
- Esto no es Iwaki. – a pesar de la gravedad que notificaba, estaba tan sereno y apático como de costumbre.
- ¿…Qué? – Hizo una larga pausa - ¿Dónde estamos?
- Ni idea. – dijo emanando un bostezo.
- ¡¿Qué?! Tú eres el que sabe a dónde vamos, deberías saber.
- Nah, nunca he estado aquí. – se volteó para observar dentro de la estación buscando el guardia que creyó ver antes pero no encontró rastro de él.
Enarcó una ceja como si se preguntara a donde fue y finalmente observó al enardecido pelirrojo a su lado.
- Estamos perdidos.
Kagami trata de no sobre actuar y se limita a mirarlo mal. Se detiene a pensar un momento tras respirar conscientemente unos segundos.
- ¿Cuál era la última parada del tren?
- Si lo recordara no estuviéramos perdidos. – parecía estar buscando algo entre las calles y locales abiertos que observaba momentáneamente.
- No puedo creerlo… - murmuró Kagami, aguantando sus deseos de explotar.
Tras esperar en la acera cinco minutos, pareciendo idiotas, el guardia desaparecido se preocupó por ellos y les aclaró que se encontraban en Sōma. Kagami hizo un escándalo que Aomine simplemente esquivó y le dejo hablando solo en medio de la acera. Pero el tiempo era una desventaja en las circunstancias; eran las 2:15 cuando arribaron en la estación y añadiendo el tiempo perdido se hicieron las cuatro de la tarde. Los chicos hambrientos se vieron obligados a detenerse en un establecimiento donde se extravió una hora más.
Al ser presas seguras de la noche, concordaron con pasar la noche allí y en la mañana tomar el tren de regreso a Iwaki. Encontraron un pequeño motel barato y sencillo, ya que no podían darse el lujo de algo ostentoso. Por supuesto, antes Daiki había avisado a su familia el problema que se les aventó y que al amanecer estarían en la carretera.
Los propietarios del motel eran una familia de tres hijos y una pareja estable de edad media. Un lugar bastante acogedor que radiaba gentileza.
- ¿Quieres entrar primero? – preguntó el moreno, ya cuando se ha desprendido de su camisa, volviendo la interrogante totalmente incoherente.
- No me preguntes cuando ya te has sacado la camisa.
- Solo soy cortés. – canturreó divergiendo sarcasmo. - ¿Quieres entrar también?
Los colores mancillaron la cara de Taiga, mostrando su acostumbrada respuesta cuando el doble sentido del moreno salía a flote.
- No.
Aomine sonrió y entró al baño de la habitación. El sonido de la ducha traspasaba los muros y paredes penetrando en los oídos de Kagami, poniéndolo un poco excitable. Luchaba por mantener pensamientos impúdicos fuera de su alcance pero era tan difícil cuando le provocaban tanto… Le volvía loco.
Transcurrió una hora y varios minutos. La cama estaba lista para recibir el sueño de los jóvenes y arroparlos en un descanso.
- ¿Qué haces? – el peli azul se distrajo antes de meterse a la cama, que sería la que compartiría con Kagami, al ver que este sentado al borde, usaba su celular pareciendo preocupado.
- Nada. Un mensaje de mi padre. – apagó el aparato, con la intención de no volver a despertar la infame simpatía del moreno.
Aomine se sentó a su lado.
- ¿Está preocupado?
- Parecía que sí. – respondió en tono bajo, rascándose el pelo y suspirando.
Se hizo silencio. Aomine se recostó con sus manos apoyadas en la suavidad del colchón y dejo caer el peso de su cabeza en sus hombros.
- ¿Tienes sueño?
Ya sé a dónde va esta conversación. Lo sé y no me gusta.
- U-un poco.
Se escuchó el crujido de la cama y el arrugamiento de las sabanas mientras que Daiki arreglaba su posición acercándose un poco más al frente. Kagami tragó saliva. No entendió si de repente la sangre dejó de correrle hacia las manos o que su cuerpo se había adormecido porque se encontró con la mano de Aomine sosteniendo la de él. Le miró buscando una respuesta a sus acciones pero este tenía una expresión totalmente falaz.
Condujo su mano por la sabana arrugada y la tela de su pantalón hasta el sitio que más temía el pelirrojo. Aomine apretó la mano que sostenía obligándola a hacer lo mismo, a sentir aquel bulto tan familiar.
- Hazme un favor. – le susurró al oído, provocándole una respuesta al estímulo que él ya ha forzado.
Daiki apretó otra vez, marcándole la forma de aquel órgano en la palma de la mano. Kagami no se atrevía a mirarle, no mientras le empuñaba el pene de esa forma tan involuntaria.
- ¿…qué? – preguntó aun así y si ya no hacía falta, Kagami, en susurró que se podía apreciar la timidez.
- Tócame.
La mano apretó más el miembro pero esta vez de forma completamente voluntaria. Taiga se apoderó de su propia articulación y dio forma física a su instinto sexual. Podía sentir la insistente respiración de Daiki en su cuello, obligándolo a ser más rápido y astuto. Comenzó a masajear volviendo el apretón en una masturbación.
Daiki sólo traía unos boxers, por lo que, aunque Kagami no quisiera, podía sentir la exacta forma del miembro erecto de su acompañante deshonrar su mano. La mano de Daiki otorgaba más presión mientras le obligaba a moverse más y más rápido, pero incompresiblemente se detuvo.
- Buenas noches. – dijo sonriéndole, haciendo crecer su confusión.
Entraron en la cama y el primero en blandearse fue el moreno que acudió a una noche de absoluto sueño. Por otro lado, Kagami peleó contra su cerebro casi toda la noche.
En la mañana, desayunaron en el motel y salieron procurando no perder más tiempo del necesario. Apenas le quedaba dinero para un almuerzo, por lo que debían analizar fríamente que harán para salir de su actual situación. Telefonearon a sus familias en búsqueda de indicaciones que anotaron en un pequeño papel que encontraron por ahí y partieron.
Tomaron el tren de regreso y una vez en Hamadōri, por fin, sin más dinero extra, caminaron varios kilómetros hasta la autopista. Aomine sucumbió a reírse sobre el tema para extenuar sus cargas, pero Kagami estaba de pésimo humor. Solo le reprochaba lo imbécil que podía llegar a ser.
Llegaron al punto de la carretera donde los autos sobrepasan los 60 km y solo cada dos minutos se veían dos y tres, donde los grillos en lo verdoso de la naturaleza hacían fiesta, donde sus almas jamás serian salvadas, donde su muerte no apestaría, donde el término perdidos les asienta perfectamente.
