Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Tkegl, yo solo la traduzco.
CUTLASS
Hoy, mientras revisaba entradas anteriores de este diario, me he dado cuenta de algo que solo he empezado a sospechar recientemente. Mi vida, tal cual es, se ha convertido en una rutina tediosa consistente en tareas mundanas que ya no mantienen mi interés, si es que lo hicieron alguna vez siquiera. Me arrastro a mi lugar de trabajo cada mañana y vuelvo a casa cada tarde, deteniéndome por ventura de una pinta o algo para comer. Mis amigos se han asentado y parecen felices, pero yo permanezco fuera de su felicidad, capaz de observar pero no de participar.
Me encuentro a mí mismo esperando, aunque todavía tengo que descubrir a qué.
-Diario de Simon Alistair Mellick, 4 de marzo, 1665
Capitulo dos – Tomando la Dama
Para cuando sonaron las cuatro campanadas, Isabella estaba vestida, el pecho aplanado de nuevo, y de pie frente a la puerta del Capitán Cullen. Había conseguido dormir un poco, pero todavía no se acostumbraba a dormir con el constante ruido y actividad a bordo del barco. En ese momento alcanzaba un nivel frenético; los hombres se movían de un lado a otro, preparándose para ponerse en marcha. Respirando profundamente, golpeó la puerta de madera con los nudillos mientras se frotaba con la otra mano los ojos.
―¡Entra! ―ladró Cullen. Ella cuadró los hombros antes de abrir la puerta y entrar en la habitación, casi cediendo a una ola de furia cuando se dio cuenta de que el capitán se estaba atando el sable de su padre. Le estaba dando la espalda, así que se forzó a respirar profundamente de nuevo, instando a sus músculos a relajarse para no delatar el odio que bullía en su interior por el hombre que tenía delante.
El capitán le lanzó una mirada sobre su hombro. ―¿Has comido? ―preguntó bruscamente.
―No, señor.
Cullen resopló molesto y estiró la mano hacia un plato que había en su mesa, lanzándole un trozo de pan duro. ―Hay cerveza en la jarra, ―gruñó―. Date prisa. Tenemos muchas cosas que hacer antes de zarpar.
Isabella corrió a la mesa, poniéndose una taza de cerveza y mojando rápidamente el pan en ella. Se suavizó, absorbiendo el líquido, y se lo metió en la boca con una cuchara, intentando ignorar el sabor reblandecido.
―¿Estás armado, chico? ―preguntó Cullen mientras ella se limpiaba la boca con el dorso de la mano.
―Tengo un puñal en la bota, ―contestó en voz baja.
―¿Lo has usado alguna vez?
Ella solo sacudió la cabeza como respuesta, ganándose otra mirada de irritación. Cullen cruzó la habitación hasta su escritorio con cajones, sacando una pequeña pistola y dándosela por el mango. ―Guárdate esto en el cinturón, ―ordenó mientras se giraba para examinar sus propios fusiles de chispa―. No tomarás parte en el asalto, pero es mejor estar preparado para lo que sea que pueda pasar. Dudo que tengas la fuerza necesaria para hacer daño con un puñal, pero cualquier idiota puede usar una pistola si es necesario.
Isabella se enfureció por el insulto y su mano tembló. Sería tan simple levantar la pistola... apuntar a su nuca...
Su mano se levantó por voluntad propia e Isabella se concentró en el punto en que un pañuelo de seda revelaba las rojizas cuerdas de pelo que había debajo. Las cuentas que estaban trenzadas en las puntas de su largo pelo chocaron mientras él trabajaba en sus pistolas e Isabella se preguntó de forma ausente porqué se lo había dejado crecer tanto.
No importaba. El momento había llegado. En un momento, estaría muerto.
―Estarás a mi lado durante el asalto, ―dijo él de forma ausente―. Y espero que mis órdenes se sigan de forma explícita e inmediata.
―Sí, señor, ―contestó ella en voz baja.
La pistola pesaba en su brazo estirado mientras su dedo se cernía sobre el gatillo. ¿Podría amartillarla sin que él lo oyera? Levantó la otra mano, poniendo los pulgares sin hacer fuerza sobre el percutor.
Unos fuertes golpes en la puerta hicieron que bajara los brazos a sus costados justo cuando Cullen se daba la vuelta. La miró con curiosidad y ella se preguntó si podría ver su palpitante corazón... su piel fría y de gallina. Bajó la mirada y se aseguró la pistola en el cinturón mientras Cullen se volvía hacia la puerta.
―¡Entra! ―gritó.
El primer oficial asomó la cabeza en la habitación. ―Los hombres están listos, Capitán. ¿Levamos ancla?
El capitán cogió su sombrero y se lo colocó en la cabeza mientras se acercaba a la puerta. ―Sí, ―respondió―. Mantened las luces apagadas. No queremos que sepan que nos acercamos.
―¡Smith! ―ladró―. ¡Mi catalejo!
―Sí, señor, ―respondió Isabella, cogiéndolo del escritorio y casi corriendo para seguir el ritmo de las largas zancadas de él mientras salía a cubierta. Ella se abrió paso entre los atareados miembros de la tripulación en la oscuridad, la luna nueva les ayudaba con su tarea de mantener la Flecha escondida en la oscuridad. Sus ojos se acostumbraron rápidamente a la falta de luz y pudo moverse por cubierta con relativa facilidad, todavía justo detrás de Cullen.
―Yo me quedaré al timón con Crowley, ―le dijo a Jasper mientras observaba la actividad de la tripulación. Tenía la cabeza baja mientras hablaba en voz baja con el primer oficial―. No queremos que el ruido se extienda a la distancia, así que daré las órdenes a través de Smith.
―Esperaremos en mar abierto, ―siguió―. Pero no nos moveremos hacia la Dama hasta que sea demasiado tarde para que den la vuelta y escapen.
Jasper se giró hacia el este. ―Si sale el sol, perderemos el elemento sorpresa.
―Entonces emprenderemos la persecución, ―contestó Edward―. La Dama no tiene oportunidad de correr más que la Flecha. Pero dudo que tengamos que llegar a eso. ―Estiró la mano para comprobar una jarcia, asintiendo con aprobación―. Renard no querrá arriesgarse a que se haga de día mientras lleva ese botín en mar abierto. ―Tal vez el capitán de la Dama Encantada fuera más mercader que marinero, pero no era idiota―. No, ―murmuró Cullen―. Él vendrá a nosotros y no se dará cuenta de su error hasta que sea demasiado tarde.
―¿Lleva pasajeros? ―preguntó Whitlock.
Cullen asintió. ―Eso creo. Recuerda a los hombres que no deben herir a los inocentes.
―Sí, señor.
Tras eso, toda la tripulación se quedó quieta con los ojos fijos en el oeste, buscando cualquier señal del barco doblando la línea de la costa. El suave chocar de las olas, el leve choque de las jarcias, y un ocasional murmullo bajo llevó a Isabella a la relajación. Su falta de sueño y la actual brecha en la actividad hizo que diera más de una cabezada, y separó los pies, pestañeando para alejar la necesidad de echarse una siesta. Los minutos parecieron pasar con cada latido del corazón, todos los hombres estaban tensos, preparados para la pelea que se avecinaba. Isabella los miró con cautela, intentando mantener la misma alerta. Lentamente, las estrellas empezaron a perder intensidad mientras el cielo se iluminaba, y Jasper le echó una mirada de preocupación al capitán.
―¿Dónde está? ―murmuró bajo.
―Paciencia, ―contestó Cullen.
―Dijiste antes del amanecer.
―Paciencia, ―repitió el capitán―. Obviamente, Renard es más confiado, o más estúpido, de lo que había anticipado.
―¿Estás seguro de que su destino es Santa Marta? ―preguntó Jasper nervioso.
―Está viniendo, ―contestó Cullen, tolerante con su primer oficial cuando la misma pregunta de labios de cualquier otro habría obtenido una respuesta mucho menos agradable―. ¿Ves? ¡Ahí! ―Apuntó al horizonte, extendiendo la otra mano para coger su catalejo. Isabella se lo dio rápidamente y él se lo llevó al ojo―. Sí, ahí está, ―murmuró, las velas blancas de la Dama brillaban ligeramente sobre el mar oscuro. Se giró hacia su amigo con una amplia sonrisa, su ojo verde brillaba en la temprana luz del amanecer―. Vale, Jasper. ¿Qué te parece que nos divirtamos un poco?
El primer oficial sonrió ampliamente como respuesta y corrió a dar la orden de que la Flecha Negra zarpara. En un instante, la cubierta vibraba de actividad mientras la tripulación levaba ancla y McCarty, el Intendente, dirigía la subida de las velas. Según subía el sol, desapareció la necesidad de ser sigiloso y, en su lugar, dependieron de su apariencia de embarcación amiga.
―Levantad los colores franceses, ―ordenó Cullen. En un momento, la bandera francesa ondeó en la parte superior, apenas visible en la leve luz. El Capitán Laurent Renard pensaría que la Flecha llevaba a bordo a sus paisanos, al menos al principio. Hasta que no estuvieran listos para atacar, la bandera no sería reemplazada por el estandarte de Cullen -una calavera blanca sobre un fondo negro, y el pañuelo rojo marca del Capitán envuelto sobre la macabra cabeza.
El capitán levantó su catalejo de nuevo, capaz ahora de ver las formas de los hombres que estaban en la cubierta. No parecían alarmados, se movían haciendo sus tareas de forma relajada. Cullen sonrió mientras cortaban el agua y la luz rosa del amanecer daba paso a la luz del día.
―Ritmo constante, chicos, ―gritó―. ¡Preparad los cañones, pero contened el fuego hasta que estemos encima de ellos!
Isabella se tensó mientras los dos barcos se acercaban. ¿Cuánto tiempo esperaría? Miró al capitán, su piel cosquilleaba de energía nerviosa, pero él parecía en calma y tenía una pequeña sonrisa de satisfacción en los labios.
―Dile a Newton que prepare los cañones, ―le dijo. Ella dio un salto de sorpresa, no esperando la orden que vendría normalmente a través de Jasper. Sin embargo, el primer oficial estaba al otro lado del barco, de pie listo cerca de la proa. Isabella bajó corriendo a la cubierta de munición, buscando al Artillero Jefe.
―El capitán ha dicho que se preparen los cañones, ―le dijo sin aliento, intentando ignorar la forma apreciativa en que la mirada de él se movía por su silueta. Había sido un shock la primera vez que uno de los hombres la había mirado de esa forma -tampoco es que nunca se la hubieran comido con la mirada, pero no se le había pasado por la cabeza que podría pasar mientras iba vestida de chico. Antes de llegar a bordo, Isabella había sido felizmente ignorante del hecho de que los hombres a veces encontraban consuelo en los brazos de otros hombres. Fue cuando dobló una esquina y encontró a dos miembros de la tripulación en un abrazo que todo se hizo cristalino. Se detuvo impresionada, escondida entre las sombres mientras uno de los hombres se ponía de rodillas y tiraba de los calzones del otro. Conteniendo un grito ahogado, Isabella consiguió largarse a trompicones por dónde había venido y se juró ser más cuidadosa cuando vagara sola por la noche.
Desde entonces, se había acostumbrado a las miradas de lujuria de algunos miembros de la tripulación, y las de Newton eran las peores de todas. Isabella era habitualmente muy cuidadosa al evitar al hombre, segura de que él no estaba acostumbrado a contenerse cuando se trataba de sus deseos más básicos.
Isabella se estremeció ligeramente al pensarlo.
―Siempre están listos, ―contestó Newton sugerentemente, su sonrisa suspicaz era incluso más desagradable debido a sus dientes podridos. Isabella contuvo una mueca de asco, mirando en su lugar detrás de él, a la fila de cañones. A pesar de su naturaleza nauseabunda, el alardeo de Newton era cierto. Cada cañón estaba cargado y tripulado, solo necesitando ser rodado hacia delante en posición de disparo un momento antes del asalto.
―Se lo diré, ―dijo ella asintiendo, solo para ser detenida cuando se giró para marcharse por la sudorosa mano de él en su brazo. La acercó a él de un tirón, su horrible aliento cayó sobre la mejilla de ella.
―Eres una cosita delgaducha, ―murmuró en su oído―, pero no del todo desagradable al ojo. Y eres casi tan suave como una moza. ―Su mano bajó por su espalda y apretó agresivamente su trasero―. Después de la batalla, ¿qué dices de que tengamos una pequeña... celebración privada?
Isabella luchó contra la bilis que subió por su garganta, estirando la mano lentamente en su lugar hacia la pistola que llevaba en el cinturón. Newton abrió los ojos como platos al oír como la amartillaba, y bajó la mirada para ver la boca presionada contra su barriga. La soltó inmediatamente, dando un paso atrás con las manos levantadas a la defensiva.
―Solo era una oferta amable, ―protestó, su sonrisa creída era traicionada por el sudor de su labio superior.
―Considera esto mi amable negativa, ―contestó ella, apartándose mientras desamartillaba la pistola y volvía a guardársela en el cinturón―. Dejaré al capitán saber que estás listo. ―Subió corriendo las escaleras, deteniéndose justo antes de salir a cubierta. Se inclinó pesadamente contra la pared, su corazón golpeaba en su pecho mientras intentaba recuperar el aliento.
Su encuentro con Newton la había puesto muy nerviosa. Sabía que si él elegía forzar sus atenciones sobre ella, no podría quitárselo de encima. Afortunadamente, de todos era sabido que el capitán se oponía a cualquier forma de violación. Era extraño que se sintiera consolada por eso -que el aseguramiento de su bienestar cayera en el mismo hombre a quien pretendía matar.
Sí que era un mundo extraño.
Se sacudió de sus pensamientos y respiró profundamente para tranquilizarse mientras corría de vuelta hasta el capitán. ―Los cañones están listos, señor, ―dijo con voz firme.
Un asentimiento fue la única respuesta que recibió antes de que Cullen se volviera hacia el Intendente. ―Diez grados estribor, acércanos a su babor.
―Sí, Capitán, ―respondió Crowley, girando ligeramente el timón.
―Despacio, ―murmuró Cullen―. Despacio... más despacio. No demasiado cerca, no queremos alertarles.
Finalmente se acercaron lo suficiente como para ver claramente a la tripulación. Isabella identificó fácilmente al capitán y él levantó una mano a modo de saludo, aparentemente sin darse cuenta todavía de que estaba a solo un instante de su destrucción.
Edward soltó una risita, luego levantó una mano como respuesta mientras gritaba, ―¡Levantad los colores!
Isabella miró impresionada como todo parecía suceder a la vez -la bandera francesa fue reemplazada por la bandera de Cullen, su espeluznante sonrisa ondeaba en el viento. Se oyó un fuerte chasquido cuando los cañones se colocaron en su posición apuntando por las aberturas y el Capitán gritó, ―¡Apuntad!
Sucedió en cuestión de segundos mientras el Capitán Renard miraba confuso, con la mano congelada en el aire.
―¡Fuego! ―gritó Cullen. La orden hizo eco a través de Whitlock y luego de Newton antes de que una tormenta de cañonazos explotara en la quietud. El disparo de avisó cayó en arco sobre la proa de la Dama, la tripulación corrió hacia todas partes con un frenético pánico.
Sin embargo, el aviso fue ignorado, y el Capitán Cullen no había esperado realmente que Renard fuera a rendirse sin luchar. Mientras los hombres de él se apresuraban a cargar sus propios cañones, Cullen gritó otra orden de disparo y el resto de los cañones descargaron, explotando esa vez en la cubierta del barco. Isabella se llevó las manos a los oídos por reflejo y, a través del humo, solo pudo entrever la figura del Capitán Renard moviendo los brazos y ordenando a sus hombres responder al fuego.
―¡Llevanos a su costado, Crowley! ―gritó Cullen mientras la Dama se movía con dificultad en el agua. Renard les gritó a sus hombres y luego se dio cuenta de que su piloto había sido alcanzado por la última ráfaga y no había nadie manejando el timón. Se abrió paso a empujones entre los frenéticos miembros de la tripulación, desesperado por mantener el control de su barco.
Era demasiado tarde.
―¡Garfios! ―La orden del capitán hizo eco en el aire mientras los hombres lanzaban los enormes ganchos hacia arriba y hacia la cubierta de la Dama. Cuando se engancharon, los hombres tiraron de las cuerdas al unísono, los músculos se tensaron y las voces se unificaron en fuertes gruñidos por la victoria que se avecinaba. Con los dos barcos unidos uno al otro, los miembros de la tripulación de la Flecha saltaron al otro barco, con los sables brillando en la luz del sol y el sonido del fuego de las pistolas llenando el aire.
El choque del metal y los gritos de batalla se filtraron a través del humo mientras Isabella veía la batalla desde su lugar al lado de Cullen. Él estaba de pie, con un pie apoyado en la borda de la Flecha, el otro en la Dama, una pistola en cada mano mientras gritaba órdenes a los hombres. Apuntó cuando uno de los hombres de Renard corrió hacia los cañones, disparando al hombre en la pierna. Cayó a la cubierta con un grito de dolor y Edward disparó de nuevo, dando esa vez en la jarcia en el palo de mesana y liberando la pesada vela sobre las cabezas de tres hombres que peleaban contra los suyos.
Cullen se guardó las pistolas y sacó su sable -el sable de su padre, se corrigió Isabella- y saltó al centro de la reyerta con solo un rápido, ―¡Quédate aquí, Smith! ―gruñido sobre su hombro. Lanzando cortes entre los cuerpos que se retorcían, reuniéndose con Whitlock y girándose para pelear espalda contra espalda con su primer oficial.
―¿Llamas a esto un poco de diversión? ―preguntó Jasper con sarcasmo, levantando su propia espada para bloquear un golpe.
―Oh, vamos, Jasper, ―contestó con una ligera risa, girando hacia la izquierda para dar caña al hombre barril que blandía un sable en cada rechoncho puño―. ¡No puedes decir que no estás disfrutando esto!
Pelearon en un baile coordinado que solo podía conseguirse después de docenas de batallas y años de confianza. Lanzándose y girando, cada uno defendió los puntos débiles del otro, con sus espadas cortando el aire.
Entonces, tan rápido como había empezado, la pelea terminó, y la tripulación de Renard se arrodillo derrotada en la cubierta de la Dama, con las manos atadas a la espalda y las cabezas bajas. Los hombres de Cullen rodeaban a un puñado de pasajeros que se retiraron a sus camarotes cuando empezó la pelea, y estaban de pie en un pequeño círculo, con el miedo evidente en sus caras. La tripulación de la Flecha estaba desperdigada por la cubierta, apuntando con armas a los prisioneros e incapaces de esconder sus sonrisitas de satisfacción.
―Whitlock, ―dijo el capitán con voz firme mientras caminaba de un lado a otro frente a la tripulación―, divide a los hombres para que registren el barco. Quiero el tesoro a bordo antes de que nuestra presencia aquí atraiga algún interés.
―¡Smith! ―gritó, e Isabella cruzó nerviosa el espacio entre los dos barcos―. Recoge cualquier baratija que los pasajeros escondan. ―Se giró para mirar furioso al grupo―. No queréis quedaros nada si es que valoráis vuestras vidas, ―avisó e, inmediatamente, empezaron a quitarse anillos y a sacar relojes de bolsillo. Isabella cogió una bolsita que Jasper le dio y fue hacia el pequeño grupo. Extendiéndola, contuvo una náusea mientras cada objeto caía en el interior.
―Por favor, ―suplicó una mujer anciana mientras tocaba su collar de oro con lágrimas en los ojos―. Era de mi madre. ―El corazón de Isabella se encogió. Ella nunca había conocido a su madre, que había muerto al nacer ella, y la súplica de la mujer hizo que se le formara un nudo en la garganta. Miró de un lado a otro, buscando al capitán, y le encontró mirándola fijamente.
Isabella tragó con dificultad. La estaba mirando, viendo si podía con la responsabilidad que le había dado. Si fallaba esa prueba, perdería la oportunidad de hacer lo que había ido a hacer allí.
―Lo siento, ―dijo en voz baja, sin mirar a la mujer a los ojos. Isabella movió la bolsa hacia ella de forma insistente e intentó ignorar los sollozos de la mujer mientras se desabrochaba el collar y lo entregaba. Sin otra palabra, Isabella volvió a la Flecha, poniendo la bolsa en la pila del botín que el Intendente ya estaba contando. Fue a trabajar con el resto de la tripulación, transfiriendo rápidamente el cargamento de la Dama a la Flecha, manteniendo todo el rato un ojo en busca de barcos de la corona u otros bucaneros que pudieran sentirse tentados de robar el tesoro para ellos.
Respirando pesadamente y limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, Isabella se inclinó contra una gran caja para descansar un momento. Los hombres siguieron trabajando a su alrededor y ella intentó no llamar la atención mientras buscaba al capitán entre la multitud. Había desaparecido bajo la cubierta de la Dama y todavía no había subido.
―¡Smith! ―ladró Crowley, haciéndola saltar. Se volvió hacia él, pero él no levantó la mirada del libro de contabilidad en que estaba marcando el ingreso del día―. Vuelve a trabajar, ―ordenó―. Nada de descansar hasta que hayamos zarpado.
Isabella se tragó una contestación. Estaba cansada de cumplir órdenes. Cansada de estar rodeada de hombres asquerosos y olorosos. Cansada de ser una criminal. Estaba llena de culpa y enfado... frustración porque ese plan suyo parecía caerse a pedazos a su alrededor. Había hombres intentando tocarla. Robaba collares de damas y las hacía llorar. ¡Llevaba encima una pistola, por el amor de Dios!
Entonces le vio. El Capitán Cullen salió a cubierta, sonriendo a sus hombres y con la espada de su padre balanceándose a su cadera.
Sí. Ese era su propósito.
E Isabella sabía que soportaría cualquier tormento para hacerle pagar por lo que había hecho. Respirando profundamente, cruzó hasta la Dama y llevó otra caja hasta el barco de Cullen, con el odio y la furia ardiendo en sus tripas mientras veía al capitán celebrar con sus hombres.
Un grito le llamó la atención, e Isabella vio al primer oficial correr hasta Cullen con una pequeña caja en las manos. La extendió y la sonrisa del capitán creció mientras la cogía de Whitlock, agarrándola contra su pecho. Diciéndole una última palabra en voz baja al primer oficial, paso rápidamente a la Flecha y corrió a su habitación sin decirle una palabra a nadie.
―¡Daos prisa! ―gritó Whitlock―. Tomad esto rápido. ¡Nos vamos en quince minutos!
―¿Qué hay de la tripulación? ―contestó con un grito McCarty, lanzándoles una sonrisita de satisfacción a los hombres que estaban de rodillas.
―Dejadlos atados, ―contestó el primer oficial―. Para cuando se liberen habremos puesto una buena distancia.
Mientras los hombres doblaban sus esfuerzos, corriendo de un barco al otro, los ojos de Isabella fueron hacia la puerta por la que había desaparecido el capitán. Estaba solo y todos los demás estaban tan ocupados que seguro que no notaban su ausencia. Miró a Crowley, que cargaba con un gran baúl con la ayuda de otro hombre hacia el lado opuesto del barco.
¿Podría ser esa su oportunidad? Sus dedos fueron a la pistola que tenía a la cintura, frotando lentamente el mango. Caminando rápidamente y manteniéndose fuera del camino de los demás en la medida de lo posible, fue hasta la habitación del capitán. Mirando sobre su hombro una vez más para asegurarse de que nadie se había dado cuenta de lo que hacía, dio un paso hacia el pasillo oscuro, instando a sus ojos a acostumbrarse rápidamente. Se escondió en el umbral de una puerta, escuchando intensamente en busca de voces o pasos. Al no oír nada, Isabella caminó rápidamente hasta la puerta del capitán, presionando la oreja contra ella antes de girar en silencio el pomo.
Por una grieta de la puerta, pudo ver la espalda de Edward Cullen. No estaba sentado a su escritorio, sino inclinado sobre él, examinando algo de cerca... tan de cerca, de hecho, que no levantó la mirada cuando Isabella entró en la habitación, cerrando la puerta detrás de ella.
―¿Eres tú, Smith? ―murmuró, todavía concentrado en su escritorio.
Isabella dio un salto, no se había dado cuenta que él había notado su entrada. ―Sí, señor, ―dijo solo por hábito―. ¿Cómo ha sabido que era yo?
Él rio sin humor. ―Nada pasa en este barco sin que yo lo sepa, ―contestó―. Ahora, ¿qué sucede?
En todo ese tiempo todavía no la había mirado... e Isabella se dio cuenta de que si había un buen momento para que cumpliera su misión, era ese. En silencio, sacó la pistola de su cinturón, levantándola con las dos manos. Amartilló el arma y, al oírlo, Cullen cuadró los hombros y, lentamente, se enderezo y se dio la vuelta; su mirada era oscura y de furia.
―¿Qué es esto? ―siseó.
Isabella luchó contra el temblor de su voz. ―Yo diría que es obvio.
Cullen tensó la mandíbula e Isabella pudo sentir el enfado radiar de su piel. ―¿Planeas usar eso? ―preguntó, bajando brevemente la mirada a la pistola que ella tenía agarrada entre sus manos de nudillos blancos.
Ella no dijo nada.
―¿Alguna vez has disparado a un hombre mientras te mira a los ojos, Smith? ―siguió con un tono bajo, dando un lento paso hacia ella―. ¿Le has mantenido la mirada mientras tomabas su vida?
La mano de ella tembló ligeramente, pero levantó la pistola con determinación. ―Puedo matarte.
Cullen se quedó helado.
―¿Y por qué harías tal cosa? ―Otro paso. Otro movimiento de la pistola. Otro punto muerto.
―Tú mataste a mi padre.
La única reacción fue que entrecerró su ojo bueno. ―Sí. Imagino que he matado unos cuantos padres. Tendrás que ser más específico.
Para el disgusto de Isabella, una tanda de lágrimas empezó a picar en sus ojos y se tragó la emoción, cuadrando los hombros.
―Tú mataste a Charles Swan.
Por primera vez, hubo una brecha en el frío comportamiento de Cullen, e Isabella creyó ver un brillo de sorpresa iluminar sus ojos.
Oh, sí, pensó. Sé la verdad, bastardo.
―¿Swan? ―repitió―. No... Capitán Charlie Swan.
Isabella se tensó. ―Dejó su cargo antes de que yo naciera.
Cullen resopló. ―¿Cargo?
―Llevo casi dos años buscándote, ―dijo ella, ignorando su comentario―. Desde ese día en que le dejaste sangrando hasta la muerte en el suelo de su estudio.
El capitán dio otro pequeño paso hacia ella, y ella se dio cuenta de que el cañón de la pistola estaba ya a solo centímetros de su pecho. Su mano apretó el mango, su dedo se posicionó sobre el gatillo.
―Yo no maté a tu padre, chico, ―dijo él en voz baja.
―Mentiroso, ―escupió ella.
―No fui yo.
La determinación que vio en los ojos de él la sacudió ligeramente.
No. No podía estar equivocada... ¿verdad?
Pero no importó. La breve duda -el momento de vacilación- fue todo lo que necesitó el Capitán Cullen. En un fluido movimiento, él levantó la mano y golpeó la pistola de su pecho mientras la giraba, asegurando su brazo alrededor del cuello de ella. La pistola golpeó el suelo mientras ella luchaba con él, pero no era adversaria para su fuerza superior. Él la movió a la fuerza contra el escritorio y la afilada esquina de la tabla de madera le rozó el estómago.
―Ahora, ―gruñó él en su oído―, dime quién eres realmente... y porqué no debería matarte ahora mismo.
Isabella lucho por tomar aire, las lágrimas picaban en sus ojos. Le arañó el antebrazo, pero él ignoró su resistencia.
―¡Respóndeme! ―demandó.
―No... no puedo... ―dijo con voz ronca. Con un resoplido de exasperación, él aflojó un poco su agarre e Isabella tomó aire con dificultad.
―¿Quién eres? ―repitió.
―Te lo he dicho-
―¡Mientes! ― interrumpió con un grito―. Sé que Charlie Swan no tenía hijos. Su esposa murió al dar a luz a su única hija... ―Cullen dejó de hablar e Isabella le sintió tensarse.
―No... ―murmuró, girándola de repente y empujando su espalda contra el escritorio. Hundió los dedos en sus brazos e Isabella levantó la barbilla, luchando contra las lágrimas. Le tomó la barbilla con una mano, su ojo verde brillaba mientras examinaba la cara de ella más de cerca.
Isabella estiró la mano detrás de ella, buscando algo en el escritorio... lo que fuera que pudiera usar como arma. Cerró la mano alrededor de un objeto, pero no se atrevió a mirar qué era.
―No puede ser, ―dijo, sus ojos bajaron de su cara a su cuerpo mientras su asombro hacía que soltara ligeramente su agarre en ella.
Aprovechando el momento, Isabella levantó el pesado pisapapeles y, con todas sus fuerzas, golpeó con él la sien de Cullen. Abrió el ojo desmesuradamente por la sorpresa mientras su agarre en ella se apretaba dolorosamente. Ella levantó la mano para golpear de nuevo, pero Edward se derrumbó sobre el suelo. Isabella se cernió sobre él, su corazón latía salvajemente mientras intentaba respirar desesperadamente.
¿Lo había hecho? ¿Estaba muerto?
Un momento de euforia fue seguido casi de forma inmediata por una ola de náuseas. Miró su cuerpo inconsciente, con el pisapapeles todavía agarrado en la mano. Su mirada se movió a la pequeña estatua -una fundición en bronce de un león rugiendo sentado sobre sus patas traseras. Una mancha oscura teñía el metal y, cuando goteó en su mano, Isabella se dio cuenta de lo que era.
Sangre. La sangre de él.
Con un gemido, Isabella dejó caer el pisapapeles y este golpeó el suelo de madera con un ruido sordo, descansando contra el hombro de él. Más sangre goteaba de su cabeza, cayendo por su pelo hasta el suelo.
La mano de Isabella voló a su boca mientras se arrodillaba.
¿Qué había hecho?
Cierto, Edward Cullen era un asesino. Pero ahora... ahora ella también lo era.
De repente, la puerta de la cabina se abrió de golpe y Jasper Whitlock entró corriendo.
―¡Capitán, se acerca un barco de la Corona! ―Sus palabras terminaron con un grito ahogado de impresión al absorber la imagen que tenía delante. Isabella se puso de pie de un salto, el miedo y el pánico hicieron desaparecer la culpa que la paralizaba. Salió corriendo hacia la puerta, solo para ser atrapada en los fuertes brazos del primer oficial. La contuvo con un agarre de acero, sus pies apenas tocaban el suelo.
―¡Suéltame! ―Le dio una patada, pero él la sostuvo con facilidad. Un gemido procedente del suelo hizo que los dos detuvieran sus movimientos.
―Está vivo,―murmuró Isabella aliviada, seguido rápidamente de un escalofrío de miedo.
Ella moriría. A no ser que consiguiera escapar, moriría.
Cullen gimió de nuevo, llamando la atención de Whitlock, e Isabella luchó contra sus instintos y se desplomó, fingiendo un desmayo. El primer oficial ajustó su agarre, murmurando una queja, e Isabella aprovechó la oportunidad para hundir sus dientes en el brazo de él... con fuerza.
Whitlock se apartó sorprendido e Isabella se dio la vuelta, golpeándole con la rodilla entre sus piernas con todas sus fuerzas. Con un fuerte gemido, el cuerpo de él se dobló sobre sí mismo y cayó al suelo al lado del capitán.
Isabella sabía que era cuestión de tiempo que llegara alguien más, así qué salió corriendo hacia la puerta, deteniéndose solo el tiempo suficiente para coger el sable de su padre del escritorio de Cullen. Subió corriendo las escaleras, manteniéndose en las sombras, y salió a cubierta, caminando rápidamente y evitando hacer contacto visual con nadie. La tripulación la ignoró mientras se movían corriendo de un lado a otro, asegurando la carga y preparándose para zarpar. Se agachó detrás de una pila de lona y respiró profundamente, intentando pensar en su siguiente movimiento.
Pasó la mirada por la cubierta, buscando un lugar en que esconderse.
Pero sabía que no había lugar donde esconderse. Cuando el capitán recuperase la consciencia, su tripulación desmontaría el barco para buscarla.
¡...se acerca un barco de la corona!
La palabras de Jasper se le metieron en la cabeza. ¿Un barco de la corona? Se giró para mirar el horizonte, mordiéndose el labio al ver al barco que se acercaba a ellos... y a la enorme extensión de mar que tenía por delante.
¿Podría hacerlo? Isabella era buena nadadora, pero la idea la llenaba de aprehensión. Echó una mirada atrás, hacia la puerta que llevaba a la habitación del capitán.
Era su única esperanza.
Con amarga determinación, agarró con fuerza el sable, pasándose el cinturón sobre la cabeza y un brazo y asegurando la hebilla en su cuerpo. Se subió a la borda, aliviada al encontrar una cuerda colgando cerca.
No tendría que saltar.
Isabella se agarró a la cuerda, estremeciéndose cuando arañó su piel. Manteniéndose apartada del casco con la ayuda de sus piernas, se deslizó lentamente por la cuerda, mano sobre mano, escuchando todo el tiempo en busca de la alerta que sabía que se avecinaba.
Temiendo que se quedaba sin tiempo, Isabella respiró profundamente y soltó la cuerda, cayendo con fuerza al furioso mar. Empujó contra el agua y rompió la superficie escupiendo y jadeando en busca de aire mientras las olas se la llevaban, ayudándola a llegar al barco inglés y alejándola de la Flecha Negra. Miró atrás y encontró a la Flecha a toda vela, cortando el agua mientras se alejaba de ella... y del barco de la corona.
Isabella sonrió... y empezó a nadar.
- . - . - . - . -
El Capitán Edward Cullen se llevó el catalejo al ojo, con la mandíbula tensa por el enfado y la determinación. Por él vio al joven Smith -no... a la joven Swan, se corrigió- a bordo del HMS Intrépido. Su sable brillaba en la luz del sol, y ella movía los brazos mientras hablaba con la tripulación a bordo. Un momento después apareció el comandante del navío.
Hunter. Comodoro James Hunter. Edward le conocía bien.
La Flecha Negra había evadido fácilmente al Intrépido, rodeando la isla antes de llegar a una bahía escondida. Era un truco que Cullen había usado en el pasado, y uno que todavía no le había fallado. Cambiando de velas, levantaron los colores ingleses, pero se mantuvo lo suficientemente lejos del Intrépido mientras lo seguían para evitar tener que identificarse.
―¿Capitán? ―Whitlock se acercó a él, extendiéndole un trapo―. Todavía está sangrando.
―Se pasará, ―gruñó, pero cogió el trapo igualmente y lo presionó contra su sien. La moza se la había jugado, pero sus actos no pasarían sin castigo.
El primer oficial siguió con su mirada al Intrépido. ―Entonces, ¿vamos tras ella? ―Cullen le había revelado la verdadera identidad de Smith.
―Sí.
―A Hunter no le gustará.
―No, no espero que lo haga.
―Tal vez sería mejor dejarlo estar.
―No, ―saltó Cullen, mirando furioso a su amigo―. La Srta. Swan responderá por sus actos. Y yo recuperaré mi sable.
―Era de su padre, ―le recordó al capitán.
―Era, ―contestó Cullen, volviendo a mirar por su catalejo―. Ahora es mío.
Whitlock decidió no hacer el comentario obvio de que en ese momento era de la Srta. Swan. En su lugar, preguntó, ―¿Qué harás con ella cuando la tengamos?
Cullen sonrió ligeramente al pensarlo.
―No... ―Jasper se aclaró la garganta―. No forzarías a la chica, ¿verdad? ―Aunque ella prácticamente le había emasculado, el primer oficial no le desearía tal destino a nadie.
―Me conoces demasiado bien para preguntar eso, ―contestó el capitán con disgusto. Aun así, había formas para que se tomara su venganza sin violar a la chica. No, él no era de los que dañaban a las mujeres -ni siquiera a una tan irritante como la chica Swan- pero pagaría.
―Entonces, ¿qué harás? ―preguntó Whitlock.
Cullen sonrió de nuevo, viendo a dos de los hombres de Hunter coger a la chica de los brazos y llevársela a rastras. Casi pudo oír sus protestas y soltó una ligera risita. Evidentemente, el Intrépido no era el refugio que ella había esperado.
―¿Edward? ―preguntó Jasper de nuevo―. ¿Qué harás?
La chica Swan le dio una patada en la espinilla a uno de los guardias y, esa vez, Edward rio bien alto.
―Solo tener un poco de diversión, Jasper, ―le dijo a su primer oficial―. Solo tener un poco de buena diversión.
