Aquí os dejo el segundo capitulo. Es mas largo que el primero (que fue realmente corto). Espero que os guste y dejéis RR porfa, me animan mucho.
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-Venga, muchacho, date prisa. Es tarde y la Sra. Lovett estará preocupada por ti- apremiaba el Sr. Todd.
-Tiene razón, Sr. T, ya voy-.
Caminaban deprisa hacia la calle Fleet. La noche se les había echado encima mientras hacían las compras sin apenas darse cuenta.
Por fin vislumbraron el local y se dieron todavía más prisa en llegar a él al fin. Ya estaban en la puerta cuando un hombre salió a todo correr de la tienda, chocó con Toby, a quien se le cayeron todos los paquetes al suelo.
Ambos corrieron a entrar dentro, asustados por la aparición de aquel desconocido a esa velocidad.
-¡Sra. Lovett! ¿Dónde esta?-llamó el Sr. Todd.
-¡Señora!-Toby no pudo evitar que le entrara el pánico cuando no la oyeron responder-¡Está aquí!-la encontró detrás del mostrador, tumbada boca arriba, con muy mal aspecto.- Sr. Todd, rápido, venga-.
El Sr. Todd corrió a reunirse con ellos.
La Sra. Lovett tenía el corsé desabrochado y la falda levantada hasta los muslos. Sus piernas y brazos estaban llenos de moratones y arañazos con restos de sangre. En el cuello abundaban los chupetones y marcas de dientes. Y eso era solo lo que se veía.
Después de observarla unos segundos, el Sr. Todd notó una rabia y unas ganas de matar inmensa. Lo más extraño era que no sabía explicar por qué. Él no sentia nada tan especial por ella como para que hiciese brotar esas sensaciones en su interior. No pudo evitar sentirse culpable por haberla dejado sola hasta tan tarde. Londres por la noche podía ser peligroso y ella era solamente una mujer indefensa.
Se arrodilló a su lado.
-¿Se encuentra bien, Sra. Lovett?- la pregunta era algo estúpida por que los tres sabían que no estaba bien.
-Sr. T, ¿es usted?- se encontraba muy mareada debido al fuerte golpe contra el horno y todo le daba vueltas-.
-Sí, ¿qué le ha pasado?-.
-¿Por qué han tardado tanto, amor?-apenas escuchaba lo que le decía el Sr. Todd pero se sentía tan segura y reconfortada a su lado escuchando su voz…
-Ha sido ese hombre, ¿verdad? ¿Quién era, Sra. Lovett?- él hizo la pregunta aunque sabía que no le contestaría nada coherente.
-Me duele mucho la cabeza…-.
-Toby, ve a por algunos paños limpios, un cubo de agua y súbelos al dormitorio de la - Sra. Lovett-.
-Sí, señor. Ahora mismo-dijo el muchacho desapareciendo para ir por las cosas sin dejar de mirar la Sra. Lovett preocupado.
El Sr. Todd se dispuso a coger a la Sra. Lovett en brazos cuando vio al lado de su cabeza una mancha de sangre. Ella se había echo una brecha bastante fea y por el charco parecía que llevaba sangrando un rato no precisamente corto. Supuso que a eso se debía el mareo.
La subió a la habitación y la tumbó en la cama. Ella ni siquiera se inmutó. Iba a comenzar a quitarle la ropa cundo llegó Toby con el barreño y la paños.
-Déjalos aquí al lado-le indicó el Sr. Todd-Ve a tu cuarto y duérmete, ya es muy tarde.
-Sí, Sr. Todd-le contestó mirando a la Sra. Lovett por encima del hombre de él- Se pondrá bien, ¿verdad?
-Claro-sertia mejor no preocupar al niño.
Ahora sí comenzó a desnudarla. Ella no opuso resistencia, ni siquiera se sonrojó. Parecía que estaba en otro mundo.
El Sr. Todd le limpiaba las heridas con cuidado para que no le doliese. Primero la de la cabeza que era la más grave. Luego, poco a poco el resto. No se había equivocado, debajo de las prendas había más rasguños. Se estremeció de ira al ver el cardenal que iba desde las costillas izquierdas hasta su ombligo. Estaba muy feo. Tuvo mucho cuidado con la quemadura del hombro. Supuso que se lo habría hecho con el horno, que siempre estaba caliente.
La Sra. Lovett no se quejó en ningún momento. Parecía no darse cuenta de lo que le hacían. Tenía la mirada vacía y perdida en el desconchado techo.
Terminó su trabajo y dejó el último paño en el barreño cuya agua ahora tenía un color rojizo. Fue a por un camisón para ponerle por encima. Mientras la vestía pensó que mandaría a Toby al día siguiente temprano al mercado por desinfectante para las heridas y alguna pomada para la quemadura.
La recostó en la cama y la tapó bien.
-Duerma, Sra. Lovett y esté tranquila-le dijo
-Si necesita algo, lo que sea, llámeme-añadió.
Ella le miró pero ni dijo nada. No hacía falta, él supo que le estaba agradecida.
Salió de la habitación y cerró la puerta detrás de él. Estaba confuso, no sabía por qué le había dicho eso último, no lo había pensado, las palabras le salieron solas de la boca sin que él les ordenara nada.
