Pudo ver las luces de Hogsmeade Station en la distancia una vez que el tren se alentó. Las puertas de los compartimientos comenzaron a abrirse a portazos una detrás de otra, así que ella y Neville se unieron a la multitud empujando hacia las salidas. Se separaron del otro en la muchedumbre, y para cuando logró salir del tren, el chico menudo no estaba en ninguna parte. Terminó compartiendo un bote con un par de chicas y un chico pecoso con el pelo rojo, igual al del prefecto que había conocido en el tren. Intentó no preguntarse si las destartaladas balsas eran aptas para navegar, pero el hecho de que los botes se movieran por culpa de algún hechizo hipnótico en masa no la llenó de fe. Una vez que estaban a salvo en la orilla, ella y los otros siguieron al hombre gigante, Hagrid, hasta el castillo. Era más grande de lo que había imaginado, pero aparte de su tamaño, no pudo formarse una impresión firme en la oscuridad. Las grandes puertas los invitaron a entrar, y permanecieron en silencio en el vestíbulo hasta que una mujer de aspecto severo —hasta que una mujer que se presentó como la profesora de Transfiguración, McGonagall— vino a recogerlos.

Los organizó en una fila sin orden particular y los guió hasta las grandes puertas de roble del Gran Comedor. Los ojos de Rigel se agrandaron sin su permiso ante el número increíble de estudiantes. Había pensado que había muchos menos, porque la escuela sólo aceptaba a los de sangrepura, pero supuso que ahora no había mucha gente que se "casaba fuera de la magia" estos días. Sencillamente no se hacía. Había escuchado que hacía no tanto alrededor del cincuenta por ciento de los niños nacidos de magos eran mestizos. Ahora la mayoría de la sangre Muggle había sido eliminada del patrimonio genético, así que los hijos de Muggles y los mestizos como ella sólo contaban por un veinte por ciento de la población.

Cuatro largas mesas ocupaban la mayor parte del Comedor, y una mesa más pequeña y acomodada perpendicularmente en el fondo de la habitación parecía ser de los profesores y el personal. Porque los estudiantes de cada mesa estaban sentados de acuerdo a los colores de sus corbatas, Rigel dedujo que los estudiantes se agrupaban según sus Casas. Le echó un vistazo a la habitación en general para evitar mirar a nadie directamente mientras los llevaban a un punto directamente frente a la mesa de los profesores, donde había un bulto de tela encima de un taburete bajo. El techo atrapó sus ojos e inhaló profundo en silencio. Parecía como si hubieran bajado la galaxia para llenar el comedor. Nunca había visto tales estrellas agraciando el cielo. Había escuchado que en el desierto, lejos de las ciudades, las ciudades y los planetas brillaban con más fulgor, pero nunca había imaginado que sería tal espectáculo.

Justo cuando había empezado a pensar que quizás no había techo, sólo espacio vacío, un toque a la espalda la trajo de vuelta a la realidad. Una chica de pelo rubio que tenía un corte a la moda se acercó para susurrarle:

—Está encantado para que se vea como el cielo de afuera, pero si no dejas de mirarlo con la boca abierta, todos van a pensar que eres un plebeyo incluso antes de que te Sorteen.

Rigel la miró con sus falsos ojos grises. La chica rubia, de ojos azules y mueca divertida, era obviamente de una de las familias de sangrepura más prominentes; todo desde la manera articulada en la que hablaba hasta la forma en que se paraba sugerían horas y horas de instrucción social durante la niñez. La otra chica sonrió para demostrar que intentaba ayudar, no ser sarcástica, y Rigel asintió para demostrarle que estaba agradecida por el consejo. Estaba a punto de presentarse como se debía cuando sus palabras fueron interrumpidas; el bulto de tela en el taburete había empezado a cantar. Ruidosamente.

—Bienvenidos, bienvenidos, unos y todos
A este fino lugar, en este Gran Comedor
Sí, es ese tiempo del año una vez más
Cuando ayudo al Director Dumbledore
A situarte donde debes ir:
La Casa que es tu destino.
A aquellos que siempre desean
Aprender tanto como puedan,
Que buscan la verdad de toda forma
Y planean estudiar todos los días,
No se preocupen—no están solos
En Ravenclaw encontrarán su hogar.
A cualquiera que tenga talento—sí,
Y que siempre intenten hacer lo mejor posible
Que solo toman lo que se ganan
Y que esperan su turno con paciencia
Y valorar la lealtad y la confianza
Bueno, pertenecen a Hufflepuff.
Si sabes que tienes ambición
Y una disposición astuta
Si guardan sus secretos
Y saben que la sabiduría nunca alardea
Y quieren encontrar a sus amigos verdaderos,
Entonces deben ir a Slytherin.
A aquellos con coraje constante,
De corazón robusto que nunca flaquean
Con los deberes que llegan hasta ustedes,
Que no temen alzar la voz
Y saludar al peligro en la puerta,
Serán grandes en Gryffindor.
Así que acérquense y úsenme;
Nunca me han dicho que me he equivocado.
Encontraré en tu alma más profunda
La Casa que te llenará
Quizás no sea un paisaje bonito
Pero este viejo sombrero te dirá la verdad.

El salón estalló en un ruidoso aplauso, al que los de primero se unieron con perplejidad.

—¿Sólo tenemos que ponernos el sombrero? —dijo el pelirrojo con el que había compartido el bote, riendo—. ¡Eso es fácil!

La profesora McGonagall sacó un pergamino de su túnica y lo desenrolló.

—Cuando diga sus nombres, acérquense, siéntense en el taburete y pónganse el sombrero. Abbott, Hannah.

Una chica tímida con largas coletas rubias se acercó nerviosamente y se sentó en el taburete. Se puso el sombrero en la cabeza con cuidado, arrugando un poco la nariz como si se hubiera encontrado con un olor desagradable.

—¡HUFFLEPUFF! —declaró el sombrero.

—Cualquier cosa que hagas, no pienses en lo mal que huele el sombrero o te castigará y te mandará a los tejones —susurró la chica de pelo corto en el oído de Rigel. Tuvo que morderse el labio para esconder su ligera sonrisa divertida.

—Black, Arcturus.

Rigel borró la expresión de su cara y adoptó una máscara de cortesía distante —que era la expresión neutral más fácil de mantener cuando estaba nerviosa— y se acercó al taburete que Abbott acababa de vaciar. Su último pensamiento antes de ponerse el sombrero era que en realidad no olía tan mal.

Muchas gracias, señorita —murmuró el sombrero en su cabeza.

De no haber estado tan tensa, habría dado un respingo, pero mantuvo una expresión neutra en el rostro y pensó hacia el sombrero:

No vas a echarme, ¿verdad? Por favor deja que me quede. Trabajaré duro, lo prometo…

Tranquilícese, señorita Potter. No soy un soplón, ¡sino un sombrero! Estoy aquí para sortearla, no para juzgar sus elecciones. Ahora, déjenos ver… Sí que tiene bastante talento, y está dispuesta a trabajar duro, pero veo que tiene ambiciones más grandes que la auto-satisfacción. Fue valiente de su parte arriesgar tanto para llegar aquí, e inteligente el haberlo planeado a la perfección, pero por encima de todo fue escurridizo, muy astuto. Sé justo dónde poner a alguien con tantos secretos. Buena suerte en…

—¡SLYTHERIN!

Rigel se puso de pie con calma, como si no estuviera débil por el alivio por dentro. Se quitó el sombrero con cuidado después de murmurar su agradecimiento, y se giró hacia la mesa que estaba aplaudiendo. De camino allá, hizo contacto visual con la chica de pelo corto, que pronunció "¡Bien hecho!" y pretendió que aguantaba la respiración para soportar un mal olor.

Mientras se sentaba en la mesa de los Slytherin, se dijo a sí misma que era grosero reírse de los Hufflepuff. Había un abanico de asientos vacíos a su alrededor, probablemente para los otros de primero. Era en ellos en quienes debería enfocarse —los otros estudiantes que pronto serían sus compañeros de casa— no los que habían ido a Hufflepuff. Pero cuando "Bones, Susan" acabó en Hufflepuff después de poner la misma cara de disgusto, los labios de Rigel se curvaron un poco sin que pudiera controlarlo.

Antes de que pasara mucho tiempo, se le unió "Bulstrode, Millicent" y "Crabbe, Vincent." Tracey Davis, Daphne Greengrass y Gregory Goyle se apresuraron a la mesa. Después de eso, hubo un respiro hasta que un elegante chico de pelo rubio platino y una expresión confianzuda caminó al taburete cuando llamaron a "Malfoy, Draco." Davis y Greengrass, a quienes Rigel ya había categorizado como tontas aburridas en base a su conversación sobre los méritos de manteles de lino o seda, emitieron ruidos extasiados al ver al heredero de los Malfoy ponerse el sombrero sin siquiera sentarse. El sombrero pareció gritar "¡SLYTHERIN!" antes de posarse sobre su cabello bien peinado, y Rigel pensó que quizás ella tampoco se habría molestado en sentarse si hubiera estado así de segura del resultado.

Los ojos de Malfoy examinaron la mesa mientras se acercaba. Los dos chicos grandes, Crabbe y Goyle, se apresuraron a moverse para hacer espacio entre ellos, y Rigel terminó mirando al heredero de una de las familias Oscuras y sangrepura más antiguas e influenciales directo a los ojos cuando él se sentó frente a ella. Él le asintió con ligereza, y ella se sintió confundida hasta que se dio cuenta que, como Arcturus Black, eran primos por la madre de Draco, Narcissa Malfoy, de soltera Black. Le devolvió el asentimiento ligero y los dos devolvieron su atención al sorteo una vez más: "Nott, Theodore" también se convirtió en un Slytherin. Cuando llamaron a "Parkinson, Pansy", la chica que le había advertido sobre comportarse como un plebeyo se movió con gracia hasta el taburete. Su sorteo llevó un poco más de tiempo que Malfoy, aunque ella hizo un gran espectáculo de sentarse con delicadeza en el taburete, ajustar el sombrero en su cabeza y de sacudir pelusa del borde antes de depositarlo de vuelta en el taburete.

Rigel se acomodó lo suficiente para extender una invitación a su lado sin parecer demasiado ansioso, y Parkinson le sonrió cortésmente al sentarse a su lado, acomodando su túnica con gracia.

—Sabía que eras material de Slytherin —comentó Parkinson en voz baja, aparentemente conforme con ignorar el sorteo.

—Oh, ¿de verdad? —Rigel levantó una ceja de la misma manera en que Archie lo hacía cuando estaba en modo sangrepura—. ¿Y cómo lo notaste cuando yo estaba actuando como un primo de campo?

Vale. Deja que la chica pensara que se había tomado el comentario como un cumplido.

La chica rubia le sonrió, divertida.

—Sólo sé de estas cosas —dijo—. Por ejemplo, puedo decirte que sólo queda un estudiante que se unirá a esta mesa, y no lo llamarán hasta el final, así que puedes dejar de dividir tu atención entre el sombrero y yo.

Rigel se permitió parpadearle a la chica.

—Eres bastante perceptiva, señorita Parkinson.

—Llámame Pansy —dijo la rubia después de una pausa pensativa—. Después de todo, vamos a ser grandes amigos, señor Black.

—Todos mis grandes amigos me llaman Rigel —dijo ella, probando una sonrisa inspirada por las expresiones pícaras de su Tío Sirius.

Debió de haber funcionado, porque Pansy se vio ligeramente sorprendida por un instante antes de que una sonrisa torcida iluminara su rostro de facciones aristocráticas.

—Es verdad que eres hijo de tu padre, Rigel.

—¿Conoces a mi padre? —fingió sorpresa—. Tendré que castigarlo por esconder tal gema.

Estaba exagerando bastante, y francamente tenía la esperanza de que lo que la gente decía sobre primeras impresiones fuera verdad y nunca más tuviera que actuar así, porque la estaba haciendo sentir mareada. Sin embargo, era necesario que la gente creyera que era el hijo de Sirius Black, por lo que tendría que canalizar el espíritu irreprimible de su tío.

—Basta decir que las madres de todas las chicas en esta mesa les han advertido que se alejen del heredero Black si desean mantener su reputación intacta —Pansy sonrió con diversión, sin lucir muy preocupada por alejarse—. Pero yo creo que sólo eres cháchara.

Hizo una nota mental de preguntarle a Sirius qué era lo que había hecho en Hogwarts que tenía a madres temiendo por la virtud de sus hijas una década más tarde, y en la presencia de un onceañero. Aunque, por otra parte, preferiría no saber.

—Agradezco que hayas decidido ignorar esos rumores sin fundamento y que me dieras una oportunidad —eligió decir Rigel.

Cualquier respuesta que Pansy pudiera haber ofrecido fue olvidada cuando "Zabini, Blaise" fue sorteado a Slytherin, y McGonagall se llevó el sombrero y el taburete. Dumbledore se puso de pie para dar su discurso de bienvenida, y Pansy y Rigel depositaron su atención sobre él. Con la cara dirigida hacia la silla del director, Rigel no pudo evitar notar, por el rabillo del ojo, la mirada escudriñadora que Draco Malfoy le estaba lanzando desde el otro lado de la mesa. Debía de sentir curiosidad por el primo al que nunca había conocido, pensó ella.

Estaba claro que Dumbledore era un excéntrico. Su barba, larga y blanca, había sido trenzada con listones de los colores de las cuatro Casas y su sombrero puntiagudo estaba cubierto con flores tropicales y pájaros. Dijo unas cuantas palabras, cuya impenetrabilidad sugirió que las había escogido aleatoriamente de un diccionario, y agitó las manos dramáticamente. De inmediato, las mesas frente a ellos se llenaron con toda comida imaginable. Aperitivos, sopas, entradas, postres y bebidas se esparcieron frente a ellos en un desastre caótico, y cuando los niños empezaron a agarrar lo que fuera que estuviera más cercano a ellos, se preguntó si lo fortuito del arreglo era a propósito.

Rigel se puso la servilleta en el regazo, notando que todas las servilletas de la mesa Slytherin eran negras, y probablemente no dejarían un rastro evidente en las túnicas negras como lo habría hecho una servilleta blanca. Supuso que se podría acostumbrar a tales detalles. Al otro lado de la mesa, Crabbe y Goyle estaban llenándose con confecciones de chocolate, sin siquiera molestarse con un plato, mientras que el chico rubio entre ellos lentamente amontonaba una variedad de comida en su plato, como si estuviera actuando de diplomático entre todos los grupos de comida y no le apeteciera mostrar favoritismo. Rigel le pidió a Greengrass que le pasara la ensalada verde y, aunque la chica le pestañeó demasiadas veces, lo hizo. Rigel llenó su plato y empezó a comer.

Cuando hubo terminado, todavía tenía hambre, así que se sirvió otra porción de verduras, ignorando los humeantes muslos de pollo frente a ella.

—¿No quieres algo más sólido que eso?

Recelosa, Pansy le dio un vistazo a su plato con obvia curiosidad.

Rigel tragó cuidadosamente antes de responder.

—No, gracias.

Pansy esperó un momento, pero cuando se volvió obvio que Rigel no tenía intención de elaborar, se encogió de hombros y regresó a su propia cena. Rigel se sintió tanto impresionada como divertida ante la expresión de estudiado desinterés de la otra chica, así que ofreció:

—Soy vegetariano.

Pansy se giró con las cejas alzadas.

—¿De verdad?

—¿No comes nada de carne? —preguntó la chica de pelo oscuro, Bulstrode, dándole una mirada a su filete y pastel de riñón como si no pudiera aguantar la idea de renunciar a ellos para siempre.

—Como algo de pescado —dijo Rigel.

La chica maciza sólo meneó la cabeza con tristeza en respuesta y siguió comiendo.

Rigel había debatido consigo misma si debería o no cambiar su dieta por la mascarada, pero eventualmente decidió que no. Para empezar, no estaba segura de si podría fingir que le gustaba la carne por siete años, y por otro lado, su dieta vegetariana serviría bastante para explicar por qué permanecía tan pequeña y menuda mientras que los otros chicos se volvían más altos y anchos. Archie no era vegetariano, pero nadie tenía que saberlo, y si de alguna manera Sirius se enteraba de que los hábitos alimenticios de su hijo habían cambiado, siempre podría decir que lo había hecho por nostalgia hacia su prima. Era la clase de cosa que Archie haría en un ataque dramático.

Terminó su cena tranquilamente, encontró que el jugo de calabaza era postre suficiente para ella, y casi no se dio cuenta cuando el heredero Malfoy una vez más depositó su mirada reflexiva sobre ella. No era muy sutil, sin embargo, y pronto después de su segunda mirada Rigel se dio cuenta de que Pansy también lo había visto. Pansy no lucía sorprendida de que Malfoy sintiera curiosidad por Rigel, así que supuso que todos los chicos presentes debían conocer el complicado sistema de conexiones sanguíneas que los unían los unos a los otros.

Para cuando todos terminaron de comer, era bastante tarde, y Rigel estaba más que lista para irse a dormir. Ni siquiera sus nervios de haber llegado tan lejos la hicieron escuchar con mucha atención la charla informacional de Dumbledore sobre reglas, bosques prohibidos y demás. Cuando por fin los soltaron, caminó junto a Pansy mientras que ellas y otros de primero seguían a los prefectos hacia las mazmorras. Para cuando llegaron a la entrada de la sala común, además de sueño tenía mucho frío. ¿Es que no calentaban nada debajo de las cocinas? Uno de los prefectos, una chica con largo cabello negro e intenso maquillaje de ojos, se dio vuelta para hablar con el grupo.

—Esta es la sala común. Probablemente no serán capaces de encontrarla por sí solos por unas cuantas semanas porque se ve como un pedazo de pared cualquiera, pero eso es para que otras Casas no puedan encontrarla, así que sin importar qué no dibujen un mapa o pongan marcadores en los pasillos. —Lo dijo de tal manera que Rigel sospechó que las reglas estaban basadas en experiencia—. Sólo sigan a los Slytherin mayores hasta que sepan a dónde ir.

—Tampoco sean demasiado orgullosos para pedir direcciones —añadió otro prefecto—. Los mayores tuvieron que hacer lo mismo cuando estaban en primero. En esta Casa, nadie espera que averiguen todo un Ravenclaw pero, por otro lado, no somos Hufflepuffs. Si quieren ayuda, tienen que pedirla, y no esperen que sea gratis.

—La contraseña es Ouroboros —dijo la primera prefecta. La pared se abrió y dejó salir aire benditamente tibio de la sala común, y ella se hizo a un lado. Si hacer que los pasillos de las mazmorras se sintieran extraordinariamente fríos era alguna clase de truco psicológico para que asociaran la sala común con un calor acogedor, no podía encontrar falta en la ejecución. Todos entraron agradecidamente, y los prefectos los guiaron hacia una de las grandes chimeneas en las paredes para que pudieran orientarse y calentarse un poco.

La sala común era muy oscura, con la luz de las llamas vacilantes de las antorchas y los fuegos creando espeluznantes sombras sobre cada superficie. Pero una vez que se acostumbró a la tenue luz, lo encontró bastante elegante, si bien un tanto claustrofóbico debido a los techos bajos. Las ventanas no ayudaban, porque todo lo que revelaban en ese momento era el agua negra como el azabache del lago, pero supuso que se filtraría más luz durante el día. Encontró que los muebles le sentaban bien a la Casa Slytherin. Todo tenía respaldos bajos, para que fuera obvio quién estaba en cuál asiento incluso desde atrás, y no había nada amontonado junto o empujado contra un rincón. No había dónde esconderse. Gracias al cielo los muebles estaban hechos de madera oscura y básica que dejaba el esquema cromático de las telas —verde y dorado— luciendo algo estridente. Habían siete pasillos diferentes que se dirigían a otros lugares como los radios de la mitad de una rueda. Uno para cada año, supuso.

La prefecta con el largo pelo negro regresó por ellos y les dijo:

—Cambio de planes. Algo ha sucedido, así que nuestro Jefe de Casa hará la reunión de principio del semestre en la mañana en vez de esta noche. Eso significa que todos ustedes deben haberse levantado y terminado el desayuno con treinta minutos de sobra, así que tan pronto como se acomoden, váyanse a dormir. Los dormitorios de primero quedan por el pasillo a su derecha, hasta el fondo. Para proteger la privacidad y la seguridad de los estudiantes de Slytherin, sólo los estudiantes de cada año pueden pasar por el umbral a cada uno de sus pasillos. Usen esta privacidad con sabiduría, porque estudiantes que abusen del privilegio harán que se revoque para todos los de su año. —Los despidió a todos hacia su dormitorio, diciendo—: Vayan, pequeñas serpientes; la organización de sus habitaciones están afueras de las puertas. Oh, y chicos: no recomendaría que intentaran entrar a los dormitorios de las chicas. No les agradarán las consecuencias. Buenas noches.

Rigel siguió cansadamente a Pansy a los otros hacia el pasillo de los de primer año. Había cuatro puertas en el pasillo, dos para las chicas y dos para los chicos. Las chicas estaban bastante complacidas de ser dos por habitación, en lugar de tres como los chicos, pero el único chico que pareció disconforme con el arreglo era Zabini, al que habían enviado a un cuarto con Crabbe y Goyle. Al final del pasillo, a la derecha, había una puerta con "Arcturus Black" escrito justo arriba de "Draco Malfoy" y "Theodore Nott" que Rigel abrió mecánicamente, dirigiéndose hacia la cama que tenía su baúl descansando a los pies. Sus compañeros entraron detrás de ella y probablemente comenzaron a alistarse para la cama, pero ella no les prestó atención. En su lugar, fue derecho a su colchón y cayó dormida en segundos. El alivio que sintió ante su logro de llegar hasta los dormitorios de Slytherin sin que la expulsaran la siguió a los sueños, y la hizo sonreír en paz mientras se quedaba dormida pensando en lo que traería la mañana.