Los personajes de Mai Hime no me pertenecen...
Nuevos cambios
Durante dos horas, mis ojos pasearon desde la ventana lateral derecha, a la pantalla superior que marcaba la ruta de aquel avión de Finnair cruzando Europa rápido y silencioso. Aquella aerolínea era la más práctica para ir a Japón. La escala en Helsinki sería de una hora y media, el tiempo suficiente para cambiar a otro avión, donde pasaría las nueve horas restantes de vuelo necesarias para llegar a mi destino.
Volví a darle un sorbo a mi vaso de plástico, saboreando aquel verdejo, suave y frío, con aroma afrutado. Todo un placer al paladar. Aquello era lo que más amaba de España, sus vinos, su cultura, su historia y sus miles de kilómetros alejados de mi pasado.
Mi recuerdo en aquel restaurante era nítido. En aquel instante no lo supe, pero me encontraba en Ginza, mi padre había tirado todo por la ventana con tal de agradar a aquella mujer y su hija, era un restaurante bastante lujoso. No era que no estuviéramos acostumbrados a aquellas salidas elegantes, pero desde la muerte de mi madre, habíamos evitado ir a aquel tipo de lugares, nos recordaban mucho a ella, por lo menos los había evitado en mi presencia. Durante mi adolescencia, no me apetecía frecuentar aquel tipo de lugares tan elegantes o vestir de manera tan refinada, de modo que fui lo más natural que pude, no sabía que debía impresionar a alguien, simplemente trataba de pasar algún tiempo de calidad con mi padre. Hasta que se acercó a nuestra mesa una mujer, joven, atractiva y morena.
Al ver a mi padre incorporarse, alcé la mirada hacia ella, que me observaba sonriente. Fue justo en aquel instante que me di cuenta de aquello.
Odié aún más a mi padre.
Nos presentó, se llamaba Saeko Kuga. Era y sigue siendo una mujer menuda, decidida y con carácter, todo lo contrario, a mi madre. Saeko poseía una belleza exótica, con una cabellera lisa y oscura, mirada profunda y brillante oculta tras unas lentes y la piel más nívea que existiera jamás, propia de la absoluta belleza japonesa. Definitivamente odié a mi padre por su buen gusto, a esa edad tenía claras mis preferencias sexuales y sabía que jamás amaría a ningún hombre.
La observé detenidamente desde mi silla, sin desviar los ojos de Saeko y sin ejercer movimiento alguno. Aquel fue el segundo error de la noche. Traté momentáneamente de compararla con mi madre y respiré aliviada. No tenían nada que ver. Jamás ocuparía su lugar.
Jamás seria mi madre.
Mi madre era delicada en todos los aspectos, Saeko gritaba en todas direcciones que no necesitaba a nadie para ser completa y feliz.
"Shizuru, por favor." Indicó Issey a regañadientes. Con una mirada desafiante y una sonrisa torcida, comencé a incorporarme lentamente. "Saeko, esta es mi hija Shizuru." Terminó señorialmente mi padre, al que dediqué una profunda mirada llena de odio.
Saeko sonrió nuevamente paseando su mirada desde mi padre hasta regresarla de nuevo sobre mi. "Un placer, Shizuru. He oído hablar mucho de ti." Hizo una reverencia la señora Kuga y ahí fue cuando la vi por primera vez. El error número dos que se me pasó por alto, gracias a esa reverencia me percaté de la presencia de alguien más, alguien que pasará a ser de vital importancia para mi. "Ella es Natsuki." Saeko, había presentado a su hija, que inmediatamente al escuchar su nombre puso los ojos en blanco, dejando claro su inconformidad ante aquel acto, no tan fortuito. Con aquel gesto comprendí, que no quería que aquella noche acabara nunca.
Más tarde, con revelaciones que únicamente te otorgaba el tiempo, entendí que Natsuki jamás había oído hablar de mi, y que odiaba a su madre por aquella relación tanto como yo odiaba a mi padre.
Aquella noche, durante la cena, fue cuando perdí a mi padre y me sentí huérfana por vez primera, pero también gané lo que iba a convertirse en el amor de mi vida.
De modo que heme aquí, dirigiéndome a su boda y aquello me inquietaba. Pero a la vez, atesoraba unas ganas inmensas de volver a verla.
Natsuki era la viva imagen de su madre. Una chica decidida, de mirada penetrante, eso sí, de un verde esmeralda que embrujaba. Mi futura hermana había llamado o más bien equiparado toda mi atención, despertando en mi aquella curiosidad anhelante del saber. Quería conocer su vida y todos sus secretos. Anhelaba convertirme en uno de ellos. Ser su más preciado secreto.
Nuestras miradas se cruzaban sobre la mesa. Yo no hacía mucho por disimular mi creciente interés y ella, lejos de incomodarse, me desafiaba y clavaba en mí todas sus dagas, envenenándome de amor desde el primer instante. Me enamoré perdidamente de ella. No se si aquello fuera mi tercer error de la noche, pero seguro que era el más placentero error que jamás hubiera cometido en la vida. Saeko no había dejado de hablar durante toda la noche, y yo solo deseaba que Natsuki pronunciara mi nombre. Quería saber qué tal se oía mi nombre entre sus labios, por lo menos aquella era la única forma de estar entre ellos.
Sentía que la primavera habitaba mi interior, el cosquilleo me invadía y empujaba hacia arriba toda su magia. Las emociones de un momento a otro, amenazaban con salirse de mi boca y cada vez que tragaba saliva, frente a la siempre atenta mirada de Natsuki, la mirada de mi amor. Me tragaba aquella silenciosa y arrolladora primavera de nuevo hacia el interior. La primavera era yo. Y en ese momento, ya le pertenecía a Natsuki.
Siempre a Natsuki.
Apenas y podía controlarme frente a ella. En el momento de la despedida fue peor. No sabía si volvería a verla. No podía correr el riesgo de perderla, pues ya le había entregado todo a cambio de nada. ¿No era eso precisamente amor?
"Te enseñaré la ciudad." Me precipité al hablar en el momento de nuestra despedida. No soportaba la idea de no volver a verla.
"Aún no la conoces, Shizuru." Soltó mi padre sonriente, pensando tal vez que la cena había salido tal y como él esperaba. Ingenuo. Como la mayoría de los padres.
"Tengo toda la vida para hacerlo." Susurré mirando hacia ella, cosa que hizo sonreír a Saeko y a Issey, mientras se despedían.
"Se refiere a la ciudad." Advirtió Natsuki, hablando por primera vez, sin apartar la verde mirada de la mía. Aquello dio un vuelco en mi corazón y me ruboricé violentamente.
Yo hablaba de ella, solo sabía hablar de ella.
Sonreí suspirando hacia la ventana, las luces de Helsinki pululaban desde abajo. Habíamos llegado al fin.
Aquel regalo de Natsuki, oír su voz entre susurros, fue un placer que jamás olvidaré. De pronto, aquella morena se convirtió en mi tierra prometida, en el destino de cualquier avión, como si vagase perdida y de repente tuviera a donde ir. Ella fue mis luces de Helsinki, mientras descendía el avión sobre el aeropuerto.
Recuerdo a la perfección la conversación con mi padre, después de aquello. Fue nuestra primera y única discusión. Nunca pretendí que guardara celibato por mi madre, ya habían pasado ocho años desde su muerte, pero antes de que me abordara presentándome a una mujer, merecía saber o conocer algo antes. Después de aquella noche, nada fue igual en mi vida. Me alejé de mi infancia y mis recuerdos, y me arrojé al nuevo mundo que se presentaba frente a mi, un nuevo mundo con nombre y apellido, Kuga Natsuki.
Al traspasar el cordón de inmigración del aeropuerto, seguí las indicaciones para entrelazar mi vuelo al siguiente rumbo hacia Osaka. Llegaría bastante justa para todos los preparativos de Saeko, pero antes debía presentar mis respetos a la tumba de mi madre. Llevaba seis años sin visitar Japón.
Mientras esperaba a mi siguiente vuelo, encendí mi ordenador personal y leí los numerosos mensajes por parte de Tate.
'Dos semanas es muy precipitado, aún faltan muchísimas actualizaciones.' Rezó uno de los múltiples mensajes. Puse los ojos en blanco.
"Siempre había sido muy cretino." Susurré recordando las palabras de Natsuki.
Tate nunca le había gustado.
'Por eso se te paga, Yuichi. Haz algo útil en estas dos semanas.' Contesté a su mensaje y cerré el ordenador de nuevo. No quería discutir, no sin mi neceser a mano.
Por el megáfono se oía la última llamada de mi vuelo. En esta ocasión viajar en primera clase, iba a dar sus frutos. Tal y como presagié, en el cómodo asiento se encontraba todo artículo de aseo necesario. Suspiré aliviada. ¿Quién necesita el equipaje después de todo, teniendo la tarjeta de empresa? En cuanto el avión despegó y terminara con mi ritual de aseo personal, recliné mi asiento hasta quedar completamente tumbada, como en una especie de camarote y traté de cerrar los ojos un breve instante.
Ahí estaba nuevamente, mi maldición. Aquellos esmeraldas me devolvieron la mirada.
En mi primer viaje a Tokio, volví a ver a Natsuki una vez más. La noche antes de regresar a Kioto. Aquellos días entremedias habían sido muy fríos debido a la discusión con Issey. De modo que, en aquella visita, tocaba fingir que había armonía entre los dos, que disfrutábamos de una sana relación padre e hija. No importaba demasiado, aunque todo fuera mentira. Porque en aquella nueva familia todo era una absoluta mentira. La cita se había dado lugar, en el hogar de ambas Kugas.
Natsuki había abierto la puerta a mi llegada. A nuestra llegada y de nuevo me perdí en su mirada. Ella esperaba del otro lado una reacción por mi parte, solo obtuvo silencio y fue mi padre quien lo rompió por las dos.
"Traemos flores y vino." Soltó Issey a modo de broma, siempre intentó resultar gracioso, aunque no tuviera éxito en absoluto.
"Suponiendo que las flores son para mi madre, ¿el vino es para mí?" Su respuesta me arrancó una sonrisa. Aquella chica me gustaba, todo en ella me gustaba.
"Las escogió Shizuru para ti." Sonrió hacia la morena y mintió descaradamente, entrando en aquella casa. Se notaba a la legua que no era su primera vez. Conocía el terreno que pisaba, sabía exactamente dónde se encontraba la cocina y se abrió paso hacia ella sin percatarse de mi ojo analítico.
"¿Vas a quedarte ahí?" Su voz grave y profunda provocaba en mi, diferentes sensaciones.
"¿Vas a invitarme a entrar?" Sus ojos chocaron con los míos y supe que iba a perder aquella batalla, como todas las que vinieron después, arrastrando mi pie hacia el interior de aquella casa. Natsuki se hizo a un lado y cerró la puerta una vez dentro. El silencio lo dominaba absolutamente todo.
"Odio esta situación." Susurró Natsuki desviando su mirada de mi dirección hacia la cocina.
"Odio a mi padre por esto." Mi voz salía de mi confundida, no sabía realmente si debía estar eufórica o triste.
"Yo odio a mi madre." Resolvió dedicándome una mirada más amable. "Son tal para cual, un par de mentirosos." Finalizó indicándome el camino hacia el interior de la estancia.
Una vez dentro de aquel hogar, me percaté de que todo se encontraba recogido en cajas, salvo la mesa donde íbamos a cenar. Al parecer estaban de mudanza, no sabía si recién instaladas o en proceso de hacerlo.
"Tengo muchas cosas que resolver en mi habitación." La voz de Natsuki resultaba ser muy adictiva a mis oídos. Escucharla era atender a un monólogo digno de ser sacado de una película. Me mantenía absorta, pendiente de cada palabra. ¿Qué cosas podría tener que resolver una adolescente de dieciséis años?
Asentí en silencio, observándola en medio de aquel salón repleto de cajas. Al girarse para desaparecer, me entristecí. No quería que se fuera, quería que se quedara ahí para siempre, en aquel revuelto salón, de pie sin necesidad de hablar, si no quería. Simplemente mirándonos la una a la otra.
"Si quieres puedes venir." Soltó de pie sobre las escaleras, cosa que infundió en mi interior, un aliento renovado. Pensé que permanecería ahí solitaria, como tantas veces en el pasado, a escasos pasos de la felicidad, sin obtenerla.
La seguí de cerca mientras ambas ascendíamos al piso superior, pese al desorden y a las cajas amontonadas, completamente abarrotadas de pertenencias de ambas Kugas, nos abrimos paso con estrechez hasta llegar a nuestro destino. Aquella casita parecía poseer cierto encanto.
Al llegar al segundo piso, durante el trayecto que implicó subir diecisiete escalones, el aroma de Natsuki fue embriagándome a cada paso hasta quedar frente a la puerta de su habitación. Su perfume no era para nada dulzón, como de costumbre para las adolescentes tokiotas, más bien intenso, vibrante que penetra hasta el interior encendiendo tu deseo. Tal vez aquello únicamente lo experimentaba yo, o tal vez aquello era por completo intención de la morena.
Mi corazón no dejaba de latir apresuradamente ante su compañía, desde que ella abriera la puerta. Ahora entraría a su habitación, repleta de aquel penetrante aroma. Toda una fantasía para mi y para mis sentidos.
La pequeña estancia, era bastante simple. Parecía que la Kuga menor, había terminado de organizar todo aquel lío, ya que las cajas vacías se amontonaban junto a un rincón apartado del resto. Sobre la cama perfectamente hecha, se encontraba una pequeña pila de libros y cintas de videojuegos. Mi mirada se posó sobre la carátula del último invento de la industria de mi padre.
"¿Así que también te soborna a ti?" Pregunté regresando mi mirada hacia los esmeraldas de Natsuki. Después de todo verme reflejada en aquellos ojos, era como encontrar un nuevo refugio después del colchón de mi madre.
"No es tan malo..." Se encogió de hombros la morena y mi corazón con ello. Aquella frase podía llegar a herirme en labios de Natsuki.
"¿Mi padre?" Extrañada como estaba la pregunta no pudo aguantar demasiado en mi boca.
"El juego." Puntualizó y suspiré aliviada. Asentí a la mirada que me dedicó después.
"Siempre me trae estas cosas cuando se siente culpable y ahora entiendo el porqué de tantas cintas en el último año." Solté mientras paseaba mi mirada por su habitación, curioseando en su intimidad con mis ojos.
Los orbes verdes de Natsuki, seguían clavados en mi ser con mucha más intensidad, los sentía sobre mi cuerpo y eso me excitaba aún más.
"Tu padre se dedica a la industria de los videojuegos y tú los detestas, ¿eres una rebelde?" Su tono mostraba una ligera burla, había dado en la diana sin la necesidad de decirle que odiaba no solo a mi padre, sino todo aquello que él hacia o creara, incluidos sus dichosos videojuegos.
"De momento no me he rebelado aún, pero dame tiempo." Sonreí ante la última frase. "Por cierto, bonita habitación. ¿Has terminado de colocar todas tus cosas?" De pronto su intensa mirada, resplandeció aún más hacia mi dirección, mirándome detenidamente.
"Aún no lo sabes." Afirmó sin entonación alguna, por lo que no entendía si era una pregunta o una exclamación. "Nos vamos a mudar a una casa más grande." Asentí ante aquella noticia paseando mi mirada por todas las cajas vacías, había tergiversado completamente las señales, pero ahora todo tenía lógica, aquella casa era diminuta y la necesidad de espacio era casi obligatoria. "Todos." Sentenció llamando mi atención. "Juntos."
De nuevo mi corazón comenzó a latir con demasiada intensidad, ¿Natsuki acabaría en mi vida de lleno? Pero, ¿a qué precio? ¿Y qué papel tendría? "¿Vais a mudaros a Kioto?" Cuestioné perdida, mi padre no solo me había ocultado aquella relación, sino toda una nueva familia.
"No, tú vas a venir a Tokio." Soltó sin expresión alguna, como si fuese la recepcionista de un hotel informando del horario de desayuno.
Debía buscar un lugar donde poder sentarme en aquella diminuta habitación. Mi vida cambiaría radicalmente de la noche a la mañana, sin apenas saberlo. Aunque en un inicio aquella noticia me alegraba, Natsuki formaría parte de mi día a día y no había una noticia que pudiera superar aquella para un corazón enamorado, pensándolo bien, debía entristecerme todo aquello por lo precipitado. Mudarme de ciudad, implicaba tener que dejar atrás la casa que me vio nacer y crecer, la que compartí con mi madre hasta su último aliento.
El universo se reía de mi, se reía tan alto, que podía oírlo.
"Lo siento." La morena, se sentó junto a mi en su cama. Alcé la mirada y la vi, tratando de animarme torpemente, tal y como ella sabía. Y aquello me pareció lo más tierno que alguien había hecho por mi.
Fue ahí cuando comprendí que no se podía tener todo en esta vida. Que vivir conllevaba sacrificio y para tener a Natsuki en mi vida, debía perder los recuerdos de mi madre para siempre.
"No es culpa tuya." Susurré hacia ella. "Debí especificar mejor mi deseo." Sonreí y por primera vez me devolvió la sonrisa.
"Eres muy rara."
Si el rostro serio de Natsuki bastó para enamorarme perdidamente de ella. Había que ser testigo de su sonrisa. Habría aceptado cualquier trato por esa sonrisa, incluso el de venir a Tokio a vivir.
Pulsé el botón junto a mi asiento, encendiéndose el testigo sobre mi y a escasos segundos, apareció una azafata.
"¿Qué necesita señorita?"
"Disculpe, no puedo conciliar el sueño, ¿tiene algo más fuerte que una copa de vino?" consulté en un susurro para no despertar a los pasajeros que si podían dormir plácidamente.
"Miraré en el mini bar." Con una sonrisa, se despidió amablemente la azafata.
A escasos minutos, regresó la misma jovencita con dos botellitas de whisky escoces y un pequeño vaso de plástico. Agradecí silenciosamente y me serví la primera botella, que equivalía a dos dedos de vaso. Sentí un cosquilleo en mi interior, como cuando se hace algo prohibido en ausencia de los padres y se espera a que estos jamás llegaran a saberlo. El líquido me atravesó la garganta, embotando mis sentidos y ayudándome a relajarme. Miré por la ventana la plúmbea oscuridad que rodeaba a que avión. Las estrellas brillaban a lo lejos, siempre brillan a lo lejos, solitarias. Sin percatarse de que las observamos, a veces sin aliento, abrumados por tanta belleza, en busca de consuelo.
Así pasé gran parte de mi adolescencia con Natsuki, sobre todo los primeros días de convivencia. Nuestros padres, nos dieron la charla sobre aquella fantástica unión la de ellos, que haría que el clan Fujino y el clan Kuga creciera, convirtiéndose en una maravillosa familia, como aquellas familias perfectas que salen en los programas de televisión. Todos unidos y sin dramas. No estaba nada de acuerdo, con nada de lo que dijera Issey a aquellas alturas, salvo que vería a Natsuki cada día y que lo único que nos separaría sería un pasillo de distancia. Con aquello me bastaba para asentir y aceptar aquella realidad.
Nuestra nueva morada, se encontraba en Azabu. De modo que el cambio en nuestras vidas, no solo era aplicable a mi, sino a Natsuki también, pues debía pasar por un momento de transición. Cambiaría de instituto, ya que el anterior, se encontraba muy alejado de la antigua vivienda de las Kuga y mi progenitor era defensor acérrimo de la educación privada.
Por lo que aprecié en un inicio, el nivel de vida de las Kuga era bastante humilde y mi padre disfrutaba de los años dorados de Fuji Technology, así que su deseo inicial, fue colmar de lujos y agasajos a Saeko Kuga e hija. Con el permiso de la primera, pero sin el permiso de la segunda.
"¿Por qué mi vida tiene que cambiar porque ellos se enamoren?" Oí cuestionar a la morena, en cierta ocasión, pero no a mí particularmente, sino a su amiga de la infancia, Nao Yuiki, que había invitado la primera semana al mudarse.
"Puedes escaparte de casa y quedarte unos días en la mía. Sabes que mi madre te adora. O puedes irte a vivir con tu padre." Aconsejó no tan sabiamente la pelirroja y me vi en la obligación de interceder, entrando a su habitación. No podía permitir que Natsuki echara su vida a perder por un mal consejo o, sobre todo, no podía arriesgarme a quedarme sola en aquella casa, después de conocer dónde se encontraba mi felicidad. Nao al verme, me escrutó de pies a cabeza. "¿Quién es esta?" cuestionó hacia Natsuki que se encontraba de pie, dando vueltas en su nueva y amplia habitación.
"Es mi hermanita, Shizuru." Soltó aliviada al ver que se trataba de mi. Usaba la palabra 'hermanita' a modo de burla frente a nuestros padres, pero a veces se le escapaba incluso cuando nos encontrábamos a solas.
Como detestaba aquella palabra.
Era como una enorme y profunda limitación.
"¡Vaya con la hermanita!" Exclamó Nao alzando una ceja hacia mi dirección.
Comencé a detestar también a Nao.
"Soy Nao, por cierto. Una vieja amiga de la familia." Se presentó la pelirroja ya que Natsuki no estaba por la labor, parecía irritada.
"Shizuru, encantada." Mentí.
"No me dijiste que tenías una nueva hermana, entre tantos cambios." Continuó Nao hacia la morena, que seguía muda observándome.
"No somos hermanas." Dijimos ambas casi a la vez. Con esta afirmación, por lo menos nuestros sentimientos eran mutuos.
"Vale." Se defendió la pelirroja, extrañada por nuestro comportamiento.
Mis ojos enseguida buscaron los orbes esmeraldas, que me observaban con ímpetu, brillantes y ansiosos. Comprendiendo así que Natsuki tampoco aspiraba a ser mi hermana, ¿entonces qué aspiraba a ser exactamente?
N/A: Gracias por los comentarios.
