Advertencias: No sé cómo escribir la manera de hablar de Suecia, perdón por eso.

Hetalia no me pertenece.


*Arthur, el de la biblioteca.*

Con pasos pesados Alfred se arrastraba hacia la biblioteca, no por voluntad propia sino porque su gran gusto por procrastinar las cosas hizo que fuera el último en pedir prestado uno de los ejemplares del libro de matemáticas. El clima no ayudaba mucho, pero por lo menos eso significaba que pronto se despediría de ese suplicio… Si es que se ponía serio y se las arreglaba para no ir a la escuela de verano. Por lo menos si se quedaba recuperando no tendría que ir a la casa de su abuela Petunia a acomodar las ''cincuenta y ocho porcelanas finas que me trajo tu abuelo de la china'' ni tampoco escuchar por enésima vez la historia de cada una de ellas. ¿A quién quería engañar? Lo más probable era que de todas maneras le tocara recuperar y de nuevo escuchar el interminable sermón de su madre por teléfono, porque oh sí, tener un hermano lambiscón que les informa a tus padres cada movimiento que haces es lo mejor que te puede pasar en el mundo.

Mientras pensaba todo esto una chica morena de un curso inferior le quedaba mirando para luego irse de prisa, quizá pertenecía al club de admiradoras presumiblemente inexistente. ¿Qué les atraía? Estaba en el equipo de fútbol americano, sí, pero su complexión física era promedio (Y su amado McDonald's no ayudaba mucho). Ojos azules enmarcados con lentes resaltaban sobre su piel bronceada y cabellera rubia, pero en esa academia extrañamente se encontraban más especímenes con genes recesivos cómo ese… Dios, biología lo estaba afectando. Pero en fin. En san Valentín podía encontrar su casillero lleno de cartas de amor perfumadas, chocolates entre otras cosas, hasta en una ocasión se encontró con una caja de condones. El simple recuerdo lo hacía estremecer.

¡Puff!

En su extremadamente parsimonioso camino hacia una estantería, sus pensamientos varios le nublaron la vista y le hicieron tropezar contra una mesa que tenía una pila de tristes y gordos libros, que cayeron de esta sin gracia alguna. Inmediatamente sintió una presencia tras de sí, cómo si esta hubiese estado allí desde su mismo nacimiento y él no la hubiera notado sino hasta ahora. Lentamente se volteó, y lo primero que le saltó a la vista fueron un par de cejotas, que inmediatamente pasaron a segundo plano cuándo sus ojos encontraron su camino hacia lo que había debajo de ellas. Un par de ojos verdes lo examinaban como juzgándolo silenciosamente, mientras su dueño se cruzaba de brazos y esperaba el momento oportuno para fulminarlo.

—Buenos días a usted también… Jones ¿No? —El joven frente a él no esperó respuesta y se apresuró a recoger los textos entre los que, ahora fijándose, estaba el que necesitaba. Según lo que sabía, este chico se llamaba… Eh… Bueno, comenzaba con A. Pero el apellido era Kirkland, y tenía acento británico. Eso lo salvaría de una situación un tanto incómoda.

El chirriar de una silla contra el suelo lo volvió a sacar de sus cavilaciones y en un segundo ya se encontraba ayudando a su compañero, que lo recibió a su lado con una especie de gruñido. Viró la mirada hacia su destino original, y notó que aquel ejemplar del texto en efecto era el último que quedaba.

Genial, simplemente genial.

—Esto… ¿Vas a necesitar ese libro? —Inquirió Alfred cuando ya habían recogido el pequeño desorden, mirando a los ojos a su acompañante. El siguiente set de palabras salió de su boca antes de que pudiera pensarlas con claridad —Porque bueno, siendo que eres de un curso inferior y no creo que puedas manejar esos temas… No me malentiendas, ni siquiera yo puedo resolverlos bien, aunque si me esfuerzo podría…

Kirkland deslizó el libro a través de la mesa hacia Alfred, sin decir nada a cambio, sólo rodó los ojos y se dio media vuelta para perderse de nuevo entre los múltiples volúmenes escolares. De repente, algo pareció hacer clic en la mente de Alfred. ¿Acaso este no era el hermanito de Scott, el amigo de su hermano? Ya sabía que ese apellido le sonaba familiar, pero aún no recordaba su nombre.

Bueno, él tampoco debía tener el suyo, así que estaba bien. Además ya se le estaba haciendo tarde para almorzar, pero si el universo tenía misericordia quizá haya sobrado una hamburguesa, aunque un hot dog no estaría nada mal.

*(っ^▿^)*

El hambriento americano se desplomó en la única silla vacía de la última mesa de la cafetería, sus amigos la habían guardado para él. Traía el libro en una mano y el dinero del almuerzo arrugado en la otra. Nada, no había conseguido comprar nada en la cafetería, ni siquiera una puerca ensalada. El resto de las personas que allí se encontraba se lo quedaron mirando como pidiendo una explicación, pero sólo una se atrevió a hacerlo.

—Te has tardado ¿Otra vez tratando de liarte a la bielorrusa? —Un chico con cabello que parecía casi imposible de mantener, por lo empuntado que estaba, preguntó mientras le pasaba un plato desechable con lo que parecían ser papas fritas… Algo es algo. Alfred negó con la cabeza y se metió cuantas frituras pudo rápidamente a la boca.

—Es que…—La escena de ver al americano hablando con la boca llena de masa amarilla asqueó a varios presentes, que se giraron y cambiaron de tema rápidamente. Gilbert, un joven albino con un estómago de acero, le extendió lo que quedaba de su refresco de cola. Alfred la recibió y por fin pudo tragar las poco crujientes papitas. —Tenía que recoger el libro de matemáticas de la biblioteca.

— ¿Y para eso te demoraste tanto? —Esta vez fue Gilbert quién continuó con el interrogatorio. —A saber con quién te encontraste allí.

—Uh, nadie importante, sólo con el hermano de Scott. —Al decir esto, Alfred notó cómo sus amigos abrían los ojos como platos y aguantaban las ganas de reír. — ¿Dije algo malo?

— ¿Arthur? —Gracias Mathias, ahora Alfred podrá dormir tranquilo. El danés intercambió una mirada con el albino alemán, para luego fijarla su hambriento amigo.

— Sí ¿Pasa algo?

—Lo que pasa —Intervino una voz del otro extremo de la mesa, perteneciente a un noruego que al parecer estaba cansado de la situación. Miró a Alfred a los ojos y prosiguió —Es que Arthur se te queda mirando cada vez que puede, y estos sujetos a los que llamas 'amigos' hicieron una apuesta para ver dentro de cuánto tiempo te hablaba.

El centro de la conversación miró a sus amigos con lo que parecía confusión y una pizca de dolor. Su madre siempre le dijo que los más leales eran los menos esperados, 'gracias mommy, espero que me traigas un…'

—Apuesta en la que ambos, con lo huecos que son, obviamente saldrían perdiendo. —El noruego estiró el brazo hacia la mesa con la mano extendida, a lo cual Gilbert y Mathias empezaron a buscar sus billeteras.

'Olvídalo mom'

—Wow Lukas, qué aguafiestas eres. —Dijo Mathias mientras le entregaba al aludido la mitad de lo que sería su mesada, seguido de Gilbert que también hizo lo mismo. Para ese momento Alfred ya se había acabado sus papitas y estaba a punto de comerse el plástico si no hubiese sido porque Tino, uno de los allí presentes, se ofreció a llevar toda la basura a la caneca.

De repente sintió una gélida brisa pasarle por la espalda, cómo aquella que sintió en la biblioteca. Se giró lentamente aprovechando el cambio de tema hacia una fiesta que darían el sábado, y confirmó sus sospechas. Aquella presencia estaba a unas mesas de distancia en diagonal, pero parecía charlar desinteresadamente con unos gemelos y la chica morena de antes. Se quedó por unos pocos instantes observándolo picar su (puerca) ensalada con monotonía, pero fueron suficientes para que sus autoproclamados amigos lo notaran.

— ¡Jones! —Gilbert asestó un manotazo a la superficie de la mesa, que hizo brincar al mencionado en su asiento. Todos los presentes empezaron a reír, obviamente menos Alfred. — ¿Entonces? ¿Quieres la ayuda del asombroso yo para conquistarlo?

—Si va a terminar cómo lo hiciste tú con Elizabeth… No thank you, bro. —El angloparlante tomó de nuevo su libro y se disponía a irse, pero una mano lo tomó y haló de nuevo a su asiento. Mathias.

— ¿Entonces sí planeas salir con él? —Tino, que volvía de botar la basura, preguntó con una pizca de su típica alegría.

—T' ayud'ré a cons'guir una esp'sa tan buena c'mo la mía —Un chico con unos lentes parecidos a los de Alfred habló por primera vez del asunto en toda la tarde, haciendo referencia a Tino que ahora forzaba una sonrisa.

Arthur, si creías que lo sufrías era malo, ahora imagínalo seis veces peor… Ojalá les sea leve.

Fin.


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¡Nos vemos luego!