CAPÍTULO II

LAS MALETAS

1

Nosotros

Amanecía. El rocío de la noche resbalaba por las hojas de los árboles y plantas del jardín. Las golondrinas madrugadoras canturreaban, mientras comían los últimos insectos del alba. Shinji se había quedado dormido a la intemperie la noche anterior en una de las hamacas del mirador. Ahora despertaba con los cantos de los pájaros que se acercaban a beber del agua de la piscina. Aún debían ser las seis de la mañana o quizá las seis y media. Regresó a la casa. Hoy le esperaba un día arduo de trabajo, pues la noche anterior se decidió que finalmente viajarían a Japón.

Cuando llegó a la masía su sorpresa fue mayúscula: Asuka ya estaba levantada y había comenzado a recoger las cosas para la mudanza. Tenía más de seis cajas llenas de pertenencias. Se acercó a ella para ver si podía ayudarle:

─ Buenos días – dijo entre susurros, pues los demás integrantes de la casa aún dormían y no quería molestarles. Asuka le respondió en el mismo tono:

─ Buenos días ¿Dónde estabas?

─ Me quedé dormido en la piscina – dijo levantando ambas cejas y añadiendo una sonrisa avergonzada.

─ Que inútil – y la joven alemana se echó a reír, a lo que Shinji le tapó rápidamente la boca, y poniendo su dedo índice en la suya, le siseaba silencio.

─ ¡Shhh! No despertemos a los demás. Aún es muy temprano.

─ No me preocupan los demás, sólo Sekai. Que se levanten y trabajen, que ya es hora – dijo en un tono muy serio y al segundo volvió a echarse a reír.

─ ¿Estás muy contenta? ¿verdad?

─ Bueno… sabes que esperaba que algún día llegase este "día".

─ Pero tú sabes bien que aunque vayamos a Japón, las cosas no van a cambiar.

─ No importa. La esperanza es lo último que se pierde. Oye, ¿me ayudas? – le inquirió intentando cambiar de tema.

─ Sí, claro ¿Qué puedo hacer? Bueno, mejor dicho, ¿Qué estás haciendo? ¿Qué son todas estas cajas? – dijo el joven japonés señalando a su alrededor.

─ Verás, nos ha costado mucho reunir todas estas máquinas, aparatos y utensilios de cocina. No sé si allí donde vamos estarán todas estas cosas, pero no quiero perder la envasadora, la panificadora, y todos los demás aparatos y cosas que nos ayudan a conservar y a crear alimentos.

─ ¡Ah! Qué buena idea. Creo que tienes toda la razón. No podemos irnos y dejar aquí todas estas cosas que hemos reunido a lo largo de estos dos años.

─ Sí. Mi idea es recoger todo lo que tenemos, excepto las cosas obvias.

─ Y, si no es estúpida la pregunta – dijo carraspeando – ¿cuáles son esas cosas obvias?

─ Eres un ignorante – le sonrió y ambos se echaron a reír – ¡No me creo que me preguntes eso! – Tanto Asuka como Shinji estaban disfrutando. Se denotaba en su conversación. Estaban felices, se sentían seguros el uno con el otro – Es evidente. Por ejemplo: Platos, cuchillos, cucharas, tenedores, sartenes, cazos, ollas, manteles, no sé, cosas que es evidente que allí también habrá, ¿no? Podemos coger unos pocos utensilios para el viaje, pero no llevarnos todo. No sé, ¿tú qué opinas?

─ Que no quiero perderte – dijo contundente el joven, a lo que la Asuka no supo cómo reaccionar. La dejó completamente fuera de juego. Hubo unos segundos de silencio eternos e intentó contestar algo.

─ No me perderás – dijo con la voz temblorosa.

─ Yo era feliz aquí contigo. Luchamos por todo esto, juntos, codo con codo. Lo hemos levantado nosotros. Hemos crecido con esto… ahora todo se va a romper. Nada será igual y…

─ No se ha roto, ha crecido. Ahora somos más y más fuertes. Tenemos más tiempo para nosotros. Somos más libres – la joven dejó las cosas que tenía en las manos y se incorporó para acercarse hasta él y hablar cara a cara.

El año que habían vivido juntos les había servido para entenderse y comprenderse mejor el uno al otro. Las disputas y peleas fueron esporádicas, pero las pocas que tuvieron fueron muy fuertes y cargadas de sentimientos. Eso les sirvió para darse cuenta que en el fondo, la necesidad y el respeto había surgido entre ellos. La llegada de Sarah, lejos de alejarles como Asuka creía, les había unido más. Shinji sabía seguro qué sentía por la joven alemana, pero ella, nunca le había permitido demostrárselo. Ahora, más mayor, más maduro, más seguro de sí mismo, tenía una oportunidad, pero Kaji se la estaba arrebatando en cada una de sus decisiones. Kaji tenía su vida hecha y su familia creada junto a Misato, y no dejaba que Shinji volase del nido. Los necesitaba para proteger a su propia familia. Shinji no sabía cómo explicarle eso a Asuka, pues para eso antes debía delatarse a sí mismo, declararse ante la joven y temía que ella le rechazase una vez más.

─ Todo va a cambiar. Asuka. Aquí teníamos una oportunidad…

─ ¿Una oportunidad de qué? – preguntó Misato quien se había despertado al oír los ruidos y golpes de las cajas. Su pregunta interfirió en la conversación de Shinji y Asuka. La joven alemana era consciente de que ahora sería muy difícil volver a hablar del tema con Shinji, pues eran muy pocas las veces que él se sinceraba a corazón abierto, y probablemente era la primera que lo hacía con ella en muchos años.

─ De nada – replicó él.

─ Vamos, Shinji. A mí no tienes por qué ocultarme las cosas. Sé que no quieres irte a Japón. De hecho, sé que no quieres irte a ningún sitio. Para ti este es tu nuevo hogar, el que te ha dado una oportunidad de vivir y de crecer – la mujer se acercó hasta Shinji y sosteniendo sus manos, le hablaba con dulzura. Pero el joven no quería seguir con la conversación.

─ Tengo cosas que recoger. Cuando Kaji despierte hablaremos – y seguidamente se marchó a su habitación.

2

La ley del más fuerte

La idea de Asuka de recoger todas las cosas con las que se habían hecho a lo largo de los años, a Shinji le había parecido fantástica. Si Kaji les iba a hacer abandonar el que había sido su hogar, ellos no iban a ceder tan fácilmente. Antes tendrían que recoger todas sus pertenencias y no eran pocas.

Mientras recogía en cajas gran parte de su ropa y libros, Makoto asomó por la puerta de su habitación:

─ ¡Buenos días! ¿Cómo vas? Son ya las ocho de la mañana ¿Has madrugado mucho?

─ Hola Hyuuga, aquí llevo un ratillo – contestó mientras metía una libreta y un libro en una mochila pequeña.

─ Kaji quiere que nos reunamos en el comedor para hablar del viaje. Baja cuando puedas – y mientras lo decía, se daba la vuelta para marcharse.

─ Ya voy. Yo también quiero hablar – siseó siguiendo los pasos del informático.

Al llegar al comedor, Sarah y Misato había preparado el desayuno para todos, y ellas, Kaji y Asuka esperaban sentados en la mesa la llegada de Hyuuga Makoto y Shinji. Sekai, la pequeña bebé aún estaba dormida en su cuna; los dos hombres tomaron asiento y Kaji se dispuso a tomar la palabra, pero antes de que pudiese hacerlo, Shinji habló:

─ Vamos a llevarnos todas las cosas que Asuka, Sarah y yo consideremos necesarias. Todas esas cosas que hemos recogido en estos años en los que hemos vivido aquí y que nos ha costado sudor y lágrimas recoger. Entre ellas están los animales. Ninguno de ellos se va a quedar aquí y eso incluye, no sólo a los domésticos, sino también a los de cría. Además, y lo digo por mi parte, no sé qué querrán hacer ellas, voy a llevarme todas las armas que hemos recogido para protegernos, y pienso ir armado. Sé que para vosotros, que no habéis vivido lo que Asuka, Sarah y yo hemos vivido, y partiendo de la base de que sois militares, creéis que un civil armado es un peligro, pero nosotros que hemos sufrido el ataque de diversos militares, sabemos que no queda otra opción. No pienso esperar a que otro me proteja, me protegeré yo mismo y si no puedo, ya vendrán los demás si quieren, pero no seré una carga, ni una lacra. Y no es negociable. Si no puedo subir al avión armado, me quedaré aquí, en España.

─ No, claro que no es negociable. Bajo ningún concepto vas a subir armado al avión – dijo Kaji tras tomar un sorbo de su café – Shinji, deberías calmarte. Últimamente estás demasiado tenso y eso está asustando a los presentes.

─ A mí no me asusta – replicó Sarah.

─ Yo no veo ningún problema en que lleve sus armas – convino Makoto, levantando ambos hombros y mirando a Misato, esperando su respuesta.

─ Kaji, cariño mío – dijo ésta, con desdén – métete en tus asuntos. Ya está bien de dar órdenes a los demás. Parece que le tengas manía persecutoria. Te molesta todo lo que dice el chaval ¿Estás chocheando? ¿Te da miedo hacerte viejo y ver un tío fuerte y joven a tu lado?

─ Misato, estás siendo muy dura. No veo que sea necesario que vaya armado en el avión. Creo que se está excediendo en las precauciones y que no está creando un estado de paz y tranquilidad, sino de hostilidad – replicaba Kaji, intentando hacer entrar en razón a su mujer.

─ ¿Estado de paz? ¿Pero tú en qué mundo vives? – Shinji se levantó de la silla y su tono de voz se había elevado más de lo normal – ¿Dónde estabas el día que raptaron a Asuka? ¿Dónde estabas cuando casi la violan? ¿Estabas cuando la tenían contra el suelo con los pantalones bajados? ¿Estabas allí cuando esos mal nacidos querían destrozarla? ¿Qué hubieses hecho? ¿Hubieses arreglado las cosas hablando pacíficamente, verdad? Eso es lo que tú harías, seguro. Hablar. Hablar. Le habrías ordenado que la dejasen tranquila y ellos se hubiesen girado y al ver tu cara bonita te habrían hecho caso – la rabia recorría las venas del joven. Recordar aquel día encolerizaba a Shinji. Su tono elevado y sarcástico había suavizado el dramatismo de la situación, pero Misato no pudo evitar echar unas lágrimas, pues no sabía hasta qué punto habían sufrido sus pequeños – Eres un gilipollas, y lamento tener que decir estas palabras, porque no se las he dedicado ni a mi padre, pero te juro de verdad que no he visto un ser más estúpido e inútil que tú en mi vida. Cuando era pequeño, y no hace mucho de eso, sólo quería morirme, no tenía nada por lo que luchar, no tenía nada por lo que seguir en este mundo. Pero a día de hoy sí que tengo algo por lo que seguir aquí y no vas a ser tú el que me lo quite – miró a Asuka, a lo que la joven se quedó sorprendida, pues parecía por sus palabras que se refería a ella. Y sin dejar de mirarla dijo: – voy a subir a ese avión con mis armas, y si no me dejas subir, me apartarás y me quitarás lo único por lo que quiero seguir viviendo, y con ello, me condenarás a muerte. – Y tras sus palabras, Shinji abandonó el comedor y se dirigió a su habitación a seguir recogiendo sus pertenencias.

─ Escúchame alto y claro, Kaji – dijo Misato muy enfadada – Los niños – refiriéndose a Sarah, Asuka y Shinji – van a coger todo lo que quieran de casa y se lo van a llevar con ellos, y me da igual si es una cabra, como si es una piedra. Esto es una maldita familia, y no voy a permitir bajo ningún concepto que tus ansias de ser el macho alfa me aparten de mis niños ¿lo vas entendiendo? Porque si no lo entiendes, más te vale que te vayas a la habitación a reflexionar y lo captes, o no vuelo a Japón y Sekai tampoco lo hace.

Misato Katsuragi había sido la tutora de Shinji y Asuka cuando tenían catorce años. Ella fue la encargada de acogerlos en su casa y tratarlos como si fuesen sus hijos, convirtiéndose así en la madre que habían perdido siendo muy pequeños. Misato era para ellos la única fuente de amor maternal, algo que les hacía sentirse más fuertes y protegidos. Ella se había pasado un año entero luchando por encontrarles, combatiendo contra todo por tener una oportunidad más a su lado, y ahora no iba a permitir que los delirios de su marido destrozasen a la familia. Para Misato, estar todos unidos era una necesidad. Tanto Makoto, como Sarah y Asuka, estaban de acuerdo con sus palabras y no dejarían que Shinji se quedase en tierra.

Kaji se retiró a su habitación a pensar cómo podía enmendar la situación. Estaba claro que su mujer estaba muy disgustada con su actitud. Pero lo que era aún más seguro es que la cosa no podía seguir así. Debía arreglar la relación con Shinji o el viaje sería soporífero. Cada vez perdía más aliados y Shinji ganaba adeptos.

Por su lado, Makoto decidió que lo mejor sería irse con las chicas y ayudarlas a recoger todas las cosas. Les esperaban muchas horas de trabajo por delante, pues eran muchos los objetos que tenían guardados en la casa y que ellos consideraban de valor. Se lo llevarían todo. Desde libros, música y películas, hasta los animales. No dejarían nada en la casa que creyesen que en Japón no podrían encontrar. Se dividieron el trabajo: Makoto se encargaba de recoger la maquinaria y tecnología, Asuka la comida y conservas, y Sarah las cosas de cultura y ocio. Después ya pensarían como conservar los productos fríos en el avión y como guardar a los animales. Necesitarían acumular comida y agua suficiente para estos, además de tener un espacio habilitado para guardarlos. Todo ello les llevaría mucho más trabajo del que Kaji estaba dispuesto a hacer y retrasaría su viaje más de lo que él esperaba, pero estaba claro que Misato no le dejaría despegar si no atendía a los deseos de sus niños.

3

Nuestros nuevos y últimos recuerdos

La conversación con Kaji fue excesivamente dura para Shinji. Aunque el año que vivió con Asuka y Sarah a solas había sido muy duro, los últimos meses con Misato todo se había suavizado y vivían mucho más tranquilos, lo que había llevado a Shinji a un estado de sosiego. Dormía mejor por las noches y descansaba, cosa que con anterioridad apenas podía hacer. Sin embargo, las últimas semanas con Kaji le habían devuelto a ese estado de ansiedad en el que vivía cuando aún estaban solos. Vivir con él, era como tener al enemigo en casa. Por alguna razón que Shinji desconocía, Kaji parecía que la había tomado con él y eso le estaba amargando la existencia; tras la enorme discusión, el joven se retiró a su habitación y continuó recogiendo sus cosas, aunque no podía dejar de darle vueltas a la conversación. Súbitamente, Misato entró en su habitación y cerró la puerta. Se acercó a su cama y se sentó en ella. Con la mano le hizo un gesto para que se sentase junto a ella, pero Shinji la desatendió. Ella insistió una vez más, pero esta vez le agarró de la muñeca y lo arrastró hasta ella. Cuando se sentó, ella intentó mirarle a la cara, pero Shinji se mantenía cabizbajo. En el fondo estaba apesadumbrado y avergonzado por la situación. Él quería a Misato como si fuese su madre, y Kaji, había hecho las veces de padre en el pasado. Esta situación le incomodaba.

─ Shinji, mírame – le dijo la mujer rozando suavemente su barbilla con sus dedos – no estés triste. Te comprendo y no te voy a dejar solo.

─ Lo siento, Misato – siseó.

─ Es normal como te sientes, que te aferres a esta vida, que luches por lo que has creado. Estoy muy orgullosa de ti. Sé que todo esto lo has hecho tú solo. Que todo esto lo has levantado con tus agallas. Que todo esto ha sido el deseo de cumplir con tu palabra, la que me diste aquel día, que vivirías por mí, que lucharías por mí. Y también sé que después de todo, cuando abriste los ojos y viste que había vida entre tanta muerte, que podías seguir adelante, encontraste tu vida, la que te habían arrebatado. Encontraste tu futuro. Y comenzaste a forjar tus nuevos recuerdos. Tu nueva vida. La has visto tan cerca, has luchado tanto por ella, te ha costado tanto crearla, que no puedes permitir que estos sean tus últimos recuerdos. Kaji no te va a quitar tu vida. No se lo voy a permitir. Pero tú tampoco lo harás. No sé qué hay entre Asuka y tú, ni cuanto habéis sufrido, pero sé que os une un lazo más fuerte que los deseos de Kaji por prosperar como una nueva civilización en Japón. Shinji, sácalo, dime lo que tengas que decir, no te ahogues más en ti mismo – Misato había sido muy dulce y cariñosa tanto en sus palabras como en su tono y consiguió arrancar unas lágrimas en el joven.

─ Lo siento muchísimo, Misato. No sé qué le pasa conmigo, no sé por qué me trata así. Yo me llevaba muy bien con él antes. Me siento tan estúpido. Le dije tantas veces a Asuka que se olvidase de él, que estaba muerto. Me siento estúpido – el joven se enjuagó las lágrimas.

─ Shinji, te voy a ser sincera: yo no sé qué le ocurre a Kaji contigo. No sé si tiene miedo de que no le hagas caso o si quiere hacer de padre pero no sabe cómo, o si simplemente es que es así de borde, no lo sé, pero te doy mi palabra de que voy a hacer lo que esté en mi mano para que la situación mejore.

─ Asuka me odia… Kaji…

─ No, no Shinji. Tú no sabías que Kaji estaba vivo, como tampoco sabías que lo estábamos nosotros. Asuka tampoco. Ella no podía saberlo.

─ Pero ella creía en Kaji, creía que estaba vivo y yo no hice más que arrebatarle su esperanza – le replicó muy preocupado.

─ Asuka no te odia. Asuka te ama.

─ No es verdad. Ella sólo tiene ojos para Kaji y yo no sé cómo mirarla.

─ Vale, es verdad. No sé si te quiere, pero sí sé una cosa seguro: te respeta y te idolatra y eso es mucho viniendo de Asuka – y la mujer se echó a reír, arrancando una sonrisa en Shinji – Es verdad, créeme. Me alegro de que te haya cambiado la cara. Verte sonreír es un lujo. Venga Shinji, te ayudo a recoger – y la mujer extendió sus brazos, fundiéndose ambos en un abrazo.

Cuando terminaron de recoger las pertenencias de Shinji, Misato se dirigió a su habitación para hablar con Kaji. Tenía varias cosas que aclarar con él, antes de que el tema terminase por romper lo poco que quedaba; Shinji por su lado, se fue a la granja a estudiar qué hacer con los animales.

Al llegar a su habitación, la mujer militar pudo comprobar que Kaji ya no estaba en sus aposentos. Juró haberle visto entrar allí y no había pasado ni una hora. Decidió buscarle por el resto de la casa, pero era inútil. Se aproximó hasta Sarah, quien aún estaba recogiendo libros en la biblioteca que había montado en una de las habitaciones de la masía.

— Sarah, ¿has visto a Kaji? – la joven rubia suspiró – ¿Qué ocurre?

— Bueno, me dijo que no dijese nada…

— ¡Suéltalo!

— Se han ido al pueblo. Decía que tenía que recoger el máximo de cosas posibles antes de marchar.

— ¿Se han ido al pueblo? ¿Quiénes? ¿A recoger qué? – inquiría Misato sorprendida y muy asustada.

— Kaji, Makoto y Asuka. Dijo que si no les acompañaba, tardarían más de lo necesario y se fue con ellos, también.

— ¡Mierda!

4

Reencuentros

El día había amanecido despejado, pero a medida que se aproximaba al pueblo, el cielo estaba más encapotado. Eso provocaba que hubiese más humedad en el ambiente y fuese fatigoso trabajar.

— ¿Qué es lo que hemos venido a buscar, Kaji? – preguntó el informático, quien no dejaba de mirar de izquierda a derecha de las calles desde el interior del coche.

— Nos llevaremos todo lo que nos sea útil para el viaje. En el pueblo aún quedan muchas cosas que se pueden aprovechar.

— ¿Cómo qué? – insistía Makoto.

— Comida, combustible, armas…

— No entiendo porque nos hemos arriesgado a viajar hasta aquí, de todo eso tenemos en casa. No necesitamos nada más del pueblo – replicó Asuka, algo indignada con las respuestas de Kaji, pues creía que venían a buscar otra cosa.

— Además, ¿no has dicho que no eran necesarias las armas?

— ¿Vosotros también me vais a poner en duda? – atajó Kaji.

— No, no, no es eso – siseó su compañero.

— Quiero enseñarle al niño – decía con desaliño refiriéndose a Shinji – que yo también sé hacer cosas útiles por el grupo y que puedo llevar cosas necesarias para el viaje.

— ¡Menuda estupidez! ¿Nos has puesto en peligro sólo para hacerte el gallito? – casi decía entre gritos Asuka – No me lo puedo creer. Esto es penoso. Para el coche y déjame aquí. Voy a recoger todo lo que pueda de la farmacia, al menos haré algo útil. Quedamos en la puerta del centro comercial, dónde siempre quedo con Shinji.

— ¿En el Hipermercado? – le preguntó Makoto.

— Sí.

Asuka estaba alucinada. No podía creer que hubiesen hecho un viaje de más de 60km, gastado combustible y poniendo en peligro sus vidas, sólo porque Kaji quería quedarse por encima de Shinji. En el pueblo aún quedaban muchas cosas por recoger, pero lo cierto era que ellos tenían una enorme despensa de todo tipo de productos en la masía, pues a lo largo de los años había hecho acopio. Además, en lo que se refería a los productos alimenticios, ya no quedaba casi nada que pudiese ser útil más que las conservas, las cuales, prácticamente, ya se habían llevado. Después de casi tres años, era poco lo que podían encontrar en los alrededores. Habían secado hasta los tanques de las dos gasolineras del pueblo. Lo único que no habían hecho era vaciar las despensas y almacenes de las tiendas hasta dejarles sin existencias de productos. En tiendas como las parafarmacias, herbolarios o farmacias había muchos productos que no sabían para que podrían serles útiles y no se los llevaron. Puesto que el viaje que habían hecho fue de lo más estúpido, Asuka aprovecharía para llevarse todas aquellas cosas. Cerca de donde Kaji la dejó, había dos farmacias, un herbolario y una parafarmacia. Era el momento de investigar.

Mientras tanto, Kaji y Makoto se dirigían al centro comercial. El informático empezaba a creer que su compañero no sabía muy bien que quería ni a que había venido al pueblo. Le veía dubitativo, dando vueltas, casi en círculos, una y otra vez a calles que les llevaban siempre a los mismos sitios. Al ver que Kaji no se decidía, el hombre le hizo una señal:

— ¿Puedes detenerte aquí? Quiero mirar unas cosas para el viaje.

— Es una tienda de electrodomésticos y pequeña tecnología.

— Lo sé. En los viajes que he hecho no he podido detenerme siempre donde quería, y me gustaría coger unas cosas. Quiero sacar unas fotos también de la cámara e imprimirlas.

— Está bien… – Kaji no estaba muy conforme con la decisión de Makoto, pero tampoco sabía dónde dirigirse.

Los minutos transcurrieron en la sección de informática y ocio, y finalmente, el hombre de gafas se hizo con todo lo que andaba buscando. De allí partieron hacia la cooperativa del pueblo, un enorme edificio donde antaño, Shinji y Asuka adquirieron diferentes materiales para instalar las placas solares y un aerogenerador. Makoto pensó que si los niños querían llevarse los animales, tal vez en aquel lugar podrían encontrar todo tipo de sujeciones para trasladarlos en viajes largos. Mientras Makoto buscaba en los almacenes, Kaji escuchó la llegada de un vehículo y corrió a esconderse.

— ¡Frank! – voceó un hombre asomando medio cuerpo por la ventanilla. La puerta del copiloto se abrió y del vehículo se bajó un segundo hombre armado.

— Ya voy yo a buscarle – dijo mientras cerraba la puerta de un portazo.

— Espera que voy contigo – de la parte trasera del coche se bajó una mujer – este pueblo está saqueado.

— No tanto. Mira ahí – le dijo a la mujer señalando el vehículo de Kaji. Ambos se aproximaron hasta el coche y abrieron las puertas. En los asientos posteriores estaba las cosas que Makoto acababa de recoger en la tienda de electrodomésticos y en el suelo había un par de escopetas.

— ¡Mira esto! – gritó la mujer, quien había abierto el maletero – aquí hay de todo. Fíjate que baúl. Comida, medicina, ropa limpia.

— Este coche es de alguien que sigue vivo. No es de antes del ataque – le replicó el hombre. – Coge las armas que veas. Yo me llevo estas escopetas. Vamos a echar un vistazo. Sea quienes sean, son unos imbéciles.

— ¿Y si tienen a Frank?

De repente se escuchó el grito de dolor de un hombre. Kaji estaba en un dilema. Estaba seguro de que el grito que había escuchado era el de Makoto, pero si salía de su escondite, esos tres le verían y podría estar muerto. Y después tenía otro problema: ¿dónde estaba Asuka? El hombre volvió a gritar.

— ¡Frank! Ya vamos tío, no te preocupes. ¡Corre Marta! – voceaba el hombre a su compañera, dirigiéndose hacia el interior de la cooperativa.

— ¿Dónde vais? – gritó el conductor al verles correr – No entréis ahí. No sabéis que hay ni quién.

— Es Frank, está gritando – le replicó la mujer mientras seguía a su compañero.

— Pol, tío ¡Volved aquí! A la mierda…

Kaji seguía oculto tras uno de los silos de pienso de la cooperativa. Vio pasar ante sus ojos al hombre armado y tras él a la chica. Pero no podía hacer nada. El instinto de supervivencia era mayor que el de ayudar. En su fuero interno sabía que si salía de allí, estaría en peligro y entonces no podría salvarse, ni salvar a Asuka. Entonces les volvió a escuchar hablar.

— ¡Es Frank!

— Dios, tíos, ayudadme. Estoy atrapado ¡Ese hijo de puta, lo voy a matar! Sacadme de aquí.

— ¿Quién? ¿Qué ha pasado? – preguntaba su compañero, mientras intentaba liberarle, pues había quedado medio aplastado entre unas estanterías.

— ¡Ese hijo de puta! ¡Dispara! – le gritó Frank a Marta, al ver a Makoto salir corriendo entre dos estanterías. La mujer no dudó dos veces y disparó.

— ¡Aaaaah! – un grito desesperado de Makoto inundó el edificio. Kaji no pudo soportarlo más y salió en busca de su compañero.

— ¡Arriba las manos! – voceó Kaji, mientras apuntaba con dos pistolas.

— ¡Ostias, son dos tíos!

— No son de aquí. Ese tío tiene un acento muy raro – reparó la mujer.

— Wow, wow, wow, tío, vamos a tener la fiesta en paz. Vamos a bajar todos nuestras armas, ¿nos entiendes tío?

— Entiendo perfectamente el español y no voy a bajar mi arma. Habéis disparado a mi compañero ¿Makoto, estás bien? – le preguntó Kaji, pues no alcanzaba a verle desde donde estaba.

— Me han dado tío. Me han dado…

Súbitamente, en el exterior se escuchó un segundo disparo.

— Pol, es Ricard, está en peligro – dijo Marta.

— Baja el arma ahora mismo, somos más que vosotros. Tu amigo ya está mal herido, ¿no querrás tu también salir mal parado, verdad? Si bajas el arma ahora, no tendréis más problemas.

— ¡Pooool! – vociferó la mujer demasiado tarde.

Asuka apareció tras su espalda y le abatió de un tiro en el cráneo. Antes de que Frank, el hombre atrapado entre los estantes, pudiese replicar, la joven alemana lo mató también. Fue en ese momento cuando Marta arrancó a correr, pero Asuka no la dejó escapar, propinándole dos tiros más en la espalda y la cabeza; Kaji estaba atónito. Se había quedado helado. Petrificado. No podía creer lo que habían visto sus ojos, lo que acababa de vivir.

— ¡Vamos! Reacciona, Makoto necesita ayuda – el hombre oía las voces de la alemana y la veía socorrer a su amigo, pero no era capaz de mover un dedo. Se mente aún intentaba asimilar lo que había ocurrido. – Debemos irnos de aquí rápido. Hay que curarle y volver con los demás. Esa gente no está sola y sus amigos vendrán a buscarles.

La joven intentaba suturar la herida de bala del informático. Por suerte la bala había salido del cuerpo y no había dejado metralla en su interior, pero le atravesó la pierna y no podía apoyarse sobre ella. Se levantó y caminó a la pata coja con la ayuda de Asuka. En el coche, le sentó en el maletero e intentó taponarle la herida para evitar que perdiese más sangre. Pronto, Kaji regresó con ellos, pero aún no había vuelto a sus cabales. Seguía aturdido por la situación. Asuka tiró las cosas de Makoto a los pies de los asientos traseros y ayudó al hombre a tumbarse todo lo largo que era en ellos. Subió al volante y arrancó el coche.

— Sube de una vez. No hay tiempo que perder. Tengo que ir a recoger lo que he juntado en las farmacias y el herbolario. Y tenemos que regresar cuanto antes. Te digo que esa gente no está sola.

— Kaji, por dios, ¡sube de una vez! – gritó dolorido Makoto.

Cuando recogieron todo lo que Asuka había preparado, partieron rumbo a la masía, justo en ese momento se cruzaron con dos coches al otro lado de la mediana. Asuka pisó el acelerador a fondo y no dudó ni un segundo. Sendos vehículos se detuvieron.

— ¡Ostias! Hay más supervivientes – comentó uno de los presentes.

— Deberíamos seguirles – dijo un hombre – puede que tengan un cuartel.

— Sí, puede que tengan comida.

— Vienen de donde estaban Pol y los demás. Antes deberíamos ir a por ellos – comentó una mujer.

— Si no les seguimos ya, perderemos el rastro.

— No podemos dar la vuelta ahora. Nos separa la mediana de hormigón. Tendríamos que ir hasta la rotonda y volver atrás – explicó otra mujer.

— Que uno siga a ese coche y otro vaya a por el grupo de Pol y Frank. No les dejaremos irse – concluyó el primer hombre que había hablado. – Si hay gente que ha sobrevivido hasta ahora, es porque no están solos y porque tienen un buen equipo, con comida y armas. Debemos encontrarles y tiene que ser ya.