CAPÍTULO 1

Isabella Swan. Ese nombre llevaba dando vueltas en su cabeza desde hacía tres días. Según Emmet, era la candidata perfecta para solucionar todos sus problemas.

Hija única de Lord Charles Swan, adinerado inglés que emigró a América dónde su fortuna se vio notablemente incrementada debido a los múltiples negocios que había desarrollado allí, parecía tener la clave para su salvación.

Charlie Swan, como le conocían sus más allegados, se marchó de Inglaterra siendo un joven soltero ansioso por demostrar a su padre su valor para los negocios y quince años después volvió como un honorable empresario con fortuna propia, viudo y con una hija.

Dos años habían transcurrido desde su retorno y la adorable Isabella Swan había sido presentada en sociedad semanas atrás, postulándose así, como uno de los premios gordos dentro de las jóvenes casaderas de la temporada.

La imagen de la muchacha intentaba abrirse paso en su mente. Si no recordaba mal, era una joven morena, no muy alta y de figura esbelta. Su hermana Alice la había mencionado en alguna que otra ocasión haciendo referencia a su carácter amable y a su sofisticada educación. Él, nunca había coincidido con ella, pero si recordaba haberla visto de lejos. Al menos, si decidía llevar a cabo su plan, su físico no le resultaría desagradable.

Unos dedos que jugaban por su torso y la humedad de una lengua acariciando su pectoral, hicieron que volviera a la realidad.

—¿Dónde estás, querido?, Tú cuerpo es mío pero tu cabeza parece estar a kilómetros de aquí. —Recriminó la seductora voz de Kate Stanford, viuda del Marqués de Clayton y su amante ocasional desde hacía varios meses.

Se habían conocido a la salida de la ópera. El coche de caballos de la marquesa parecía haber tenido un problema con una de las ruedas y permanecía varado en la carretera bajo la lluvia. Él, como buen caballero, ordenó a su chófer parar para ayudarla; le ofreció trasladarla a su casa hasta que llegara la ayuda a lo que ella se mostró agradecida. Días después lo invitó a una cena formal en su casa tras la cual ambos terminaron en la cama disfrutando de una noche de sexo desenfrenado. Su coqueteo descarado, su impresionante melena rubia y sus seductores labios, le hicieron caer en la tentación.

Kate, en su papel de viuda, podía tomarse ciencias licencias en torno al protocolo y las reglas que impedían a un hombre y una mujer permanecer en una habitación sin carabina, y a él le había parecido estupendo.

—¡Edward! —Volvió a quejarse al ver que este seguía perdido en sus pensamientos.

—Lo siento, Kate. —Se excusó al tiempo que abandonaba la cama y comenzaba a vestirse—. Hoy no es un buen día. Será mejor que me vaya. Tengo demasiadas cosas en la cabeza.

—Pero cariño, —Sin importarle su completa desnudez, la rubia dejó el lecho y se situó frente a él, que para su asombro estaba ya casi vestido por completo—. La noche es muy larga y si tú me dejas puedo ayudarte a relajarte y hacer que te olvides de eso que te preocupa.

Los labios de ella buscaron la boca de él, al tiempo que su mano se introducía entre sus pantalones para acariciar su miembro. Edward, ante el asedio y al ser consciente de como las caricias de Kate estaban endureciendo su pene, agarró su muñeca parando las lujuriosas caricias.

—Kate, no. No es un buen momento, tal vez en otra ocasión. —Edward la besó en los labios e ignorando el gesto frustrado de la mujer abandonó la mansión en dirección a su casa. Tenía muchas cosas en las que pensar. El sexo con Kate le había ayudado a despejarse durante un rato, pero cuando los coletazos de placer habían desaparecido, su mente involuntariamente había vuelto hacia el asunto que le preocupaba y la mujer que, si todo salía bien, se convertiría en la futura condesa de Masen.

๗๗๗

—Los duques de Mideltown darán una fiesta la próxima semana y estoy seguro de que ya habrás recibido la invitación. —Le informó Emmet esa mañana al entrar en su estudio de arquitectura situado en Mayfair.

—Seguramente estará entre el resto de sobres que el mayordomo me hizo llegar, ¿Por qué lo dices?

—Porque esa será la oportunidad perfecta para que inicies la conquista de Isabella Swan.

—Hablas como si la decisión estuviera ya tomada. —Refunfuñó Edward.

—¿Y no lo está?, ¿O es que has encontrado una mejor opción?

Edward suspiró sabiendo que su amigo tenía razón. Había estudiado a fondo la deplorable situación económica en la que se encontraba y sin dudas, ningún banco le concedería un préstamo. Además, eso supondría un escándalo tratándose de su posición. Por suerte, su hermana había sido presentada en sociedad el año anterior, con el considerable gasto en vestuario y fiestas que eso suponía y el cual, había corrido por cuenta de su tío. De esa forma, no tendría que hacer frente a la furia de su hermana en el caso de que tuviera que negarle uno de los momentos más esperados por todas las jóvenes.

—No. He estado sopesando mis opciones y sin duda un matrimonio ventajoso es la mejor opción. —Aceptó Edward observando como su amigo sonreía—. Lo que no entiendo, Emmet es ¿Qué te produce tanta gracia?

—¡Oh, amigo! No me malinterpretes, lo que me divierte de todo este asunto es ver como al final, después de todo lo que me torturaste cuando me casé con Rosalie, tú también vas a caer en las redes del matrimonio.

Edward hizo un mohín recordando el fastidio que le produjo saber que su amigo y compañero de fiestas iba a pasar de ser un granuja para convertirse en un respetable hombre casado. Emmet Mcarthy era el segundo hijo del duque de Hamsphire. El título lo heredaría su hermano mayor, Royce Mcarthy, pero, aun así, él había gozado de las mismas comodidades que su hermano mayor codeándose con la flor y nata de la ciudad. Fue en una de esas fiestas donde quedó prendado de Rosalie Hale, hija del vizconde de Southwork. Fue un noviazgo corto que desató ciertos comentarios entre las damas de la sociedad, que se caracterizaban por sus reuniones de té y pastas endulzadas con grandes cotilleos, pero que a ellos no les incomodó, pues ambos se profesaban un mutuo y sincero amor.

—La diferencia Emmet es que tú elegiste a tú esposa y te casaste por amor, a mí, la mía me viene impuesta por las circunstancias.

—Pensaba que tú no creías en el amor, Edward.

—Y no lo hago, pero, aun así, me hubiese gustado poder elegir.

—Bueno, hay otras candidatas, aunque su estatus no es tan bueno como el de la hija de Swan. Si no recuerdo mal Heidi Volterra está…

—No Emmet. Si Isabella Swan es la mejor opción así será. —Afirmó Edward.

—Bien, en ese caso permíteme darte un consejo. Charles Swan no es ningún tonto. Ese hombre tiene mucho mundo y sabe de sobra que su hija es el premio gordo de esta temporada.

—¿Qué quieres decir, Emmet?

—Qué no debemos ser estúpidos y caer en los errores que estoy seguro cometerán la mayoría de los hombres de esta ciudad.

—Sé conciso Emmet, porque no sé a dónde quieres llegar. —Exigió Edward desesperado.

—La mayoría de los interesados le invitarán a un par de bailes, pedirán permiso para algún que otro paseo y después de eso, solicitarán una visita con Swan para pedir su mano. —Habló Emmet mientras paseaba por la estancia.

—¿Y no es eso lo correcto?, ¿No es así como debe hacerse? —Preguntó irónicamente Edward—. ¡Emmet, por favor!

—Edward, de esa manera tú proposición será una más, y no precisamente la mejor, si tenemos en cuenta la situación en la que te encuentras.

—Me sorprendes Emmet, no sabía que era un experto en el arte del cortejo. ¡Oh, ilustrísima!, ¿Qué propone usted desde su sabía experiencia? —Bromeó Edward.

—Que la enamores. Tienes que enamorar a Isabella.

—¡¿Qué?!, —Exclamó sorprendido Edward—. ¿De qué estás hablando Emmet?

—Exactamente de eso. Tienes que hacer que Isabella caiga a tus pies. Escúchame, Edward; si Swan descubre el estado de tus cuentas ni siquiera se dignará a tomar en serio tu proposición, pero si su hija está enamorada de ti, entonces no tendrá nada que hacer. No podrá negarse.

—¿Y cómo estás tan seguro?

—Porque Rosalie ha coincidido con ella en varias ocasiones. Es una chica agradable y simpática. Al parecer la madre murió siendo ella muy joven y aunque ha disfrutado de niñeras e institutrices, su padre siempre ha estado pendiente de ella junto con su tía Angela. Padre e hija están muy unidos y siendo así, Swan no podrá negarse a que su hija se case con el amor de vida, aunque éste sea un muerto de hambre. —Ante el gesto de Edward, Emmet corrió a disculparse—. ¡Qué no es tu caso!, Pero bueno, ya sabes a lo que me refiero.

—No me parece una idea tan descabellada, Emmet. —Reflexionó Edward después de permanecer unos minutos en silencio.

—Lo sé, aunque esto implica algo que no creo que vaya a ser de tu agrado. —Continuó su amigo tras un carraspeo de garganta—. Si vas a "enamorar" a Isabella Swan y te vas a convertir en su príncipe azul, debes finalizar tu pequeño affaire con la marquesa de Clayton.

Como amigo suyo, Emmet estaba al corriente de la relación que mantenía con la mujer. Desde que empezó a contarle su plan, él había sido consciente de que una amante no sería lo más apropiado para llevar a cabo la conquista de Isabella, pero escuchar las palabras de la boca de su amigo, hacía que la idea se volviera real.

—Ya había pensado en eso. No creo que le guste. —Afirmó Edward.

—No lo dudes, Edward. Conociendo su carácter no le gustará. —Sentenció Emmet mirando fijamente a su amigo.

๗๗๗

—Pareces algo inquieto esta noche, hijo. —Apuntó Esme observando como su hijo se removía inquieto en el asiento del coche por enésima vez. Ataviada con un elegante traje de noche en color burdeos y pedrería negra. El recogido trenzado de su cabello color caramelo, enmarca un rostro en forma de corazón y la hacía parecer más joven de lo que en realidad era

—Será porque no termino de acostumbrarme a estas encorsetadas reuniones, madre. —Señaló él intentando evitar preocupar a su madre. Una tímida sonrisa se escuchó dentro de la pequeña cabina—. No es gracioso, Alice. —Añadió dirigiéndose a su hermana.

Cinco años menor que él, Alice siendo su hermana era completamente diferente a él, no solo en el aspecto físico, también en su carácter. Su pelo negro contrastaba con el verde de sus ojos, único rasgo que compartía con Edward, pues ambos lo habían heredado de su padre. En definitiva; Alice de estatura media, delgada, risueña y ocurrente no tenía nada que ver con su elegante y fornido hermano, de cabello cobrizo, porte elegante y serio al que le costaba que le arrancaran una sonrisa.

—A mí sí me lo parece, Edward. De hecho, cualquiera diría que estás nervioso. —Apuntó ella.

—Creo que cuando tu prometido vuelva de su viaje, le voy a tener que pedir que te regale unos anteojos antes de la boda, sin lugar a dudas tu vista se está volviendo defectuosa, Alice.

El prometido de su hermana era Jasper Withlock, un afamado criador de caballos, ejemplares que gozaban de gran fama y reputación en todo el país. Jasper poseía numerosas fincas y terrenos dedicados a la cría de sementales que le habían proporcionado buenos gananciales. Withlock conoció a la pequeña de los Cullen seis meses atrás en una cacería a la que toda la familia había sido invitada. Tras un cuidadoso cortejo. El mes anterior por fin le pidió su mano y fijaron la fecha de matrimonio para dentro de cuatro meses.

—También podrías regalármelos tú. —Dijo Alice sacándole la lengua como si fuera una niña pequeña.

—¡Ya está bien! —Interrumpió calmadamente Esme—. Os estáis comportando peor que cuando erais pequeños.

Justó cuando terminó de hablar Esme el coche paró. La puerta lateral se abrió y Edward abandonó la cabina tendiendo la mano a su madre y su hermana para que hicieran lo mismo. Se ajustó la chaqueta del esmoquin negro y avanzaron los tres hasta llegar a las escaleras de la mansión de los duques de Mideltown dejando atrás a una numerosa cola formada por diversos coches de caballos en los que se encontraban el resto de los invitados.

Entraron en el gran salón donde fueron presentados por el mayordomo, saludaron a los anfitriones y se abrieron paso entre la multitud saludando a numerosos conocidos.

Su madre y su hermana fueron rápidamente abducidas por las damas de sociedad que allí se encontraban. Todas ataviadas con sus mejores galas, dispuestas a disfrutar de una velada llena de comida, música, bailes y los jugosos cotilleos de la sociedad londinense.

La mayoría de las reuniones que se daban en la ciudad tenían como excusa el socializar entre iguales, aunque todos sabían que en realidad era como un mercado dónde las madres lucían a sus hijas casaderas y los jóvenes interesados valoraban sus posibles opciones. Esa idea siempre le había repugnado a Edward, sin embargo, esa noche, el formaba parte de esa farsa de comerciantes.

A lo lejos observó cómo Emmet Macarthy lo saludaba y dejando a su esposa junto a Alice se aproximó a él.

—¿Preparado para la caza, milord? —Preguntó su amigo.

—Sigo sin verque te hace tanta gracia, Emmet. Te recuerdo que me juego mucho en todo este asunto. ¿Ha llegado?

—Exactamente veinte minutos antes que tú. Si observas la pista de baile podrás encontrarla.

Edward dirigió la vista hacia donde su amigo le había dicho. Buscó entre las figuras que danzaban al ritmo de la música y entonces la vio. Sus cabellos color chocolate elegantemente recogidos en un moño, destacaban entre el resto de melenas rubias de las diferentes féminas. Su figura grácil y delicada parecía flotar envuelta en aquel vestido color azul que la envolvía elegantemente. Sus ojos marrones miraban fijamente a Lord Mike Newton, viejo amigo de su padre por lo que tenía entendido y cuya regordeta figura parecía estar disfrutando de su compañía.

—Preciosa, ¿Verdad? —La voz de Emmet le devolvió a la realidad—. ¿Vas a poner tu nombre en su cartilla de baile?

—No. —Respondió Edward—. Como me aconsejaste, buen amigo, tengo que ser diferente al resto de pretendientes y solicitar un baile sería de lo más convencional. Por el momento vamos a disfrutar de este maravilloso brandy y cuando sea el momento oportuno serás testigo de mi movimiento maestro.

Edward se dedicó el resto de la velada a observar a Isabella. La muchacha se relacionaba con todo el mundo de manera simpática, y demostraba gozar de una excelente educación. Bailó con diferentes pretendientes mientras intentaba disimular su cara de fastidio. Mirarla era como ver un libro abierto, aunque el resto de la gente no parecía darse cuenta de la expresividad de sus gestos y expresiones.

Una sonrisa sincera apareció en su cara cuando su padre la rescató de su tortuosa pareja de baile, que en más de una ocasión le había propinado algún que otro pisotón.

Tras finalizar a pieza, observó como la joven se escabulló entre el gentío y abandonó la estancia atravesando la puerta que daba a la terraza. Esa era su oportunidad. Había llegado el momento de poner en marcha su plan.

Excusándose con el grupo de caballeros con el que estaba manteniendo una tediosa conversación sobre política, siguió los pasos de Isabella.

Cuando salió al balcón, la encontró enseguida. Estaba apoyada sobre la balaustrada observado el cielo estrellado. Había un pequeño grupo en uno de los laterales, por lo que no podía considerarse ni indecoroso ni comprometedor que él estuviera allí. Caminó despacio y se posó a su espalda.

—¿No es maravilloso poder disfrutar de una vista así?

La aterciopelada voz de Edward irrumpió en el ambiente asustando a la joven que parecía perdida en sus pensamientos. Isabela se giró bruscamente hacia él abriendo los ojos de par en par. Su mano voló a su pecho intentando calmar su respiración.

Edward se maravilló viendo el adorable sonrojo que cubría la tez de la joven y como esos dos orbes color chocolate lo miraban fijamente.

El primer paso estaba dado. El juego había empezado.

¡Hola! ¿Qué tal todo?

Aquí os dejo el primer capítulo de la historia que espero os guste.

Parece que Edward se ha resignado a contraer matrimonio, aunque para ello deberá conocer primero a su futura esposa. Veremos como lo hace.

Muchas gracias a todos por los favs, follows y reviews. Siempre es un placer para mí conocer vuestras opiniones. Estoy enormemente agradecida por la acogida que ha tenido el prólogo, espero que disfrutéis del resto de la historia de la misma manera

Espero saber que os ha parecido el capítulo a través de los comentarios, estoy deseosa de leerlos.

Muchas gracias.

Nos leemos el viernes.