Disclaimer: Todo lo que reconozcan, no es mío.

Capitulo dos: Bajo la lluvía.

Unos minutos más tarde, yo seguía plantada frente a la puerta, sin poder dar crédito a lo que acababa de pasar.

¿Me había cerrado la puerta en las narices? ¿Qué clase de educación tenía ese estúpido?

Impulsada por la rabia, aporreé la puerta con todas mis fuerzas.

¡Quién se creía! ¡Mal educado imbecil y petulante! Yo le iba a enseñar.

Golpeaba con tanta fuerza que la madera temblaba bajo mis puños. Toda la ira que había acumulado en el último mes salía ahora a flote. Y entonces, justo cuando estaba pensando en acompañar los golpes con un par de gritos, dentro de la casa comenzó a sonar música. Al principio despacio, más tarde tan fuerte que reprimí el impulso de taparme los oídos.

El cantante gritaba como un demente. Seguí aporreando en vano, ya que dudaba seriamente que alguien pudiera escuchar mi llamada con ese horripilante rap de fondo.

Aproveché una pausa entre canción y canción para llenar mis pulmones de aire y vociferar:

—¡No pienso irme de aquí!—Y me giré para sentarme en las escaleras de entrada, no sin antes levantar un dedo y gritar a la puerta—¡Estúpido!—Bien, ya me encontraba muchísimo mejor.

Terapia de choque la llamaría. La próxima vez que alguien me estafara, insultaría al primer mal educado que me encontrara.

Al principio pensé que Edward Masen se apiadaría de mí. Pensé en que después de una media hora saldría a hablar conmigo y se disculparía por sus malos modales. Pero me equivoqué estrepitosamente, porque las horas pasaron. La tarde llegó y el cielo se llenó de nubes rosáceas. Mi estomago gruñía por comida, tenía frío y el viento helado que azotaba los árboles, olía sospechosamente a húmedo.

—Por favor, que no llueva, ahora no…—Gemí, escrutando el cielo en busca de signos de lluvias.

Me acurruqué en la escalera, sujeté mis rodillas y apoyé mi rostro contra estas. ¿Cómo podía tener tan mala suerte? ¿A quién habría matado en otra vida como para que me fuera tan mal?

Había sido tan tonta e ingenua que no me extrañaba que todo el mundo pudiera ver un maldito cartel en mi frente "Aquí una imbecil, ríete sin miedo". Bufé cabeceando exageradamente. Estaba muerta de sueño. Ahora me arrepentía de no haber dormido en el tren.

Entonces, cuando estaba a punto de darme por vencida y salir de allí, la música cesó y la puerta se abrió a mis espaldas.

Me di la vuelta con el ceño fruncido, pero mi expresión se evaporó al comprobar que no era Masen el que había salido, sino una señora.

Su cabello lucía plateado por las canas y su rostro plagado de arrugas estaba tenso en una mueca de clara hostilidad. Observando más atentamente, me di cuenta de que tenía las uñas largas y con restos de tierra. Llevaba un carrito de tela escocesa blanca, verde y azul. Sujetando el asa comenzó a arrastrarlo sin siquiera prestarme atención.

La miré embobada. ¿Es que era invisible? Joder, si yo tuviera una persona acampando en mi entrada, al menos me preocuparía de saber qué busca.

Pues nada, la señora se alejó por el caminito de grava. Impactada por la nula amabilidad de estos pueblerinos me dispuse a enterrar nuevamente mi cabeza entre las piernas, pero de pronto la anciana paró, me miró por encima del hombro y chasqueó la lengua.

—Será mejor que vuelva por donde ha venido—Abrí la boca para decir algo, pero ella me cortó—Va a llover—Y después, así como había aparecido, se marchó.

—¡Genial! Gracias por la información, es usted muy amable—Le grité con seca ironía.

Empecé a pensar que para vivir en ese pueblo tenías que tener el gen "Capullo" instalado en tus venas. Vamos, qué desfachatez.

—¿Ahora qué? ¿Me tirarán aceite hirviendo desde la ventana?—Bufé poniéndome en pie para recoger mis cosas. Quizás podría dormir en la iglesia o algo así.

—La señora Cope estuvo tentada de hacerlo, pero no queremos problemas con la policía—Esa voz burlona y sombría me sorprendió desde atrás. Ignoré su pulla y lo enfrenté. Con los brazos cruzados sobre su pecho, Masen me observaba de arriba abajo sin pudor alguno. Me fijé en que a pesar de su mueca dura y sombría, su rostro era joven, no tendría mucha más edad que yo, eso seguro.

—¿Me atenderá ahora?—Pregunté con saña—¿O tendré que acampar en su jardín?—Y estaba dispuesta a hacerlo. Él enarcó una ceja y me observó interrogante.

—Eso sería divertido, sobre todo cuando empiece a llover. Pero no, prefiero que me cuente todos sus problemas y después se largue—Lo fulminé con la mirada. Bendita educación pueblerina.

Esperé en silencio que me hiciera pasar o algo así, pero no lo hizo. Se limitó a mirarme, con sus cejas en alto. Cambió su peso de un pie a otro y esperó. Me sonrojé de rabia, después de todo el día sentada en una jodida escalera ¿Ni siquiera tendría la educación de invitarme a pasar? ¡Estúpido!

—Bien ya que los modales aquí brillan por su ausencia, le diré que vengo a hablarle de su hermano—Fui al grano. Directamente a la herida. Ignoré el temblor de los dedos de mis manos al nombrar a ese bastardo. Pero por la mueca de dolor que hizo Masen, al parecer le afectaba más a él que a mí.

—¿Qué puedes saber tú de mi hermano?—Inquirió sombrío, a la defensiva. Noté como la vena de su cuello se tensaba. Tragué saliva, ese tipo enfadado sí daba miedo.

—Sé que hace un mes me dieron la sorprendente noticia de que embargarían mi departamento y todos mis bienes. Sé que cuando lo contraté como contable no tenía la intención de que se largara con todo mi dinero y sé que alguien tiene que responder por él—Finiquité cruzándome de brazos, tratando de imitar su expresión defensiva. Entonces algo en el ambiente cambió. Los ojos jade de Masen brillaron, tensó la mandíbula y dio un pasó hacía mi.

—Escúchame bien, no me interesa en absoluto nada de lo que tengas que decir de James. Es más, te diré que no me importa lo que haga o deje de hacer—Pausó su monologo entre dientes, respiró profundamente y se adelantó otro paso—Y si te estafó es tú jodida culpa. No tienes derecho a pedirme nada ¿Verdad?—Triunfal por la verdad tajante que había soltado, volvió a cruzarse de brazos. Gemí mentalmente. Así no era como yo había esperado éste encontronazo. Yo quería soluciones, no más problemas.

Sabía que él no tenía la culpa de nada, pero yo tampoco. Y tengo que confesar, que había albergado la esperanza de que él supiera cómo encontrarlo.

—Lo sé pero…—Murmuré sin fuerza. La desazón volvía en todo su esplendor. Ahora me sentía tonta por haber venido a importunar a alguien que claramente no quería ni podía ayudarme. Parpadeé compulsivamente, mirando hacía el cielo que cada vez se encapotaba más y más. No podía llorar, no ahora. No delante de ese desconocido que me observaba con odio reconcentrado.

De pronto Masen chasqueó la lengua—Conmigo las lágrimas no sirven de nada. Ahórratelas—Un cosquilleo espeso y desagradable partió desde la punta de mis pies y se extendió por mi columna.

—Veo que la crueldad viene de familia—Escupí antes de poder detenerme. En realidad era tarde para parar. Estaba arruinada, en la calle, deprimida, sin nadie a quien acudir y encima era el blanco fácil del patán que tenía delante. Y no, ya no iba a permitir más faltas de respeto.

Él no se quedó atrás.

—La crueldad sí, el mal gusto no—Contraatacó observando mi cuerpo con clara desaprobación. Abrí la boca indignada. ¡Encima me hacía sentir fea!

—¿Sabes qué? ¡Jodete!—Chillé y en ese momento sí me solté a llorar mientras que ordenaba mis cosas para marcharme. Lloré de indignación, mi orgullo de mujer herido y pisoteado ya no podía más. Estaba harta, de todo y todos.

Vencida pensé en mi última opción, tendría que volver a Forks con papá y dejar que me mantuviese al menos hasta encontrar un trabajo. Y eso precisamente era lo que más temía. Yo no quería la compasión de mi padre, ni su dinero. De sobra sabía lo que le costaba a él llegar a fin de mes, para ahora encima atribuirle mi cuidado. Con veinticuatro años, volver a casa de papi no es algo que yo pudiera hacer con la cabeza alta.

Tan absorta en mis cavilas había estado que cuando levanté la mirada me sorprendí de encontrar a Masen aún allí, mirándome fijamente, como si buscara algo en mi rostro. Le fruncí el ceño y me giré para marcharme.

—Si tu hermano viene por aquí, dile que en cuanto pueda lo pondré entre rejas—Grité incapaz de dejar que él tuviera la última jodida palabra.

Y justo cuando cerré la verja, con tanta fuerza que rebotó ruidosamente, empezó a llover. Reprimí las ganas de gritar y patalear como una niña pequeña y pisando fuerte emprendí el camino hacía la estación de trenes.

Mientras caminaba, conté el escaso dinero que me quedaba en los bolsillos y en la maleta. Sólo tenía para la mitad del billete en tren. ¿Para qué había venido aquí? Me pregunté. Yo sabía que no saldría bien. Sabía que el hermano de James no me iba a ayudar. En realidad, desde el principio había tenido claro que tendría que salir adelante yo sola. Pero por alguna extraña razón, una especie de intuición me había lanzado a hacer éste viaje.

Por su puesto mi maldita nula intuición había fallado estrepitosamente. Como siempre mi mala suerte volvía a la carga.

La lluvía comenzó a hacerse más fuerte. Tenía el cabello empapado y pegado al cuello y a la frente. Mi jersey comenzó a pesar sobre mi torso y con cada paso que daba, notaba como mis calcetines se humedecían más y más. Tiritando llegué a la plaza del pueblo que ahora sí estaba absolutamente desierta. La panadería que había encontrado hacía unas horas atrás, estaba cerrada, así como el bar, el restaurante, la droguería y el supermercado. Arrastrando mi maleta seguí avanzando hacía la estación. Entré en el camino de tierra, que en algunas zonas se había convertido en barro. Gemí mientras lo atravesaba con cuidado. Mis pies se hundían sin remedio.

Estaba a punto de salir del camino cuando dos faros me enfocaron desde atrás. Salté hacía un lado, pensando en que encima de todo lo que había pasado, me atropellarían. Pero no, el coche paró a mí lado. Y de este salió nada más y nada menos que Edward Masen en persona.

Dio la vuelta por la parte trasera del auto y se paró frente a mí con un paraguas negro sobre su cabeza.

—Hasta mañana no saldrá ningún tren—Todo mi cuerpo experimentó una sacudida. Ya me veía durmiendo en el suelo de la iglesia. O debajo del tejado cochambroso del andén. Por suerte, con la llúvia, las lágrimas no se veían.

Masen me miraba como si esperara algo de mí. Me encogí de hombros, no tenía ganas de seguir viéndole le cara a ese patán mal educado, y seguí caminando con saña sobre el barrizal.

Por encima del estruendo de la lluvía, escuché sus pasos pesados detrás de mí, pero no me giré o paré.

—¡Ey! Espera—Lo ignoré apretando los labios—Joder ¿Quieres pararte?—Su mano sujetó mi antebrazo. Allí donde tocó, mi piel se calentó extrañamente—¡Diablos! No vas a dormir en la calle, ven—Y sin más me arrastró de vuelta a su coche. Clavé mis pies en la tierra.

—Prefiero dormir en la calle a compartir un espacio cerrado contigo durante un solo minuto—Chillé deshaciéndome de su agarre con un tirón. Él, que ya había olvidado el paraguas pasó una mano por su cabello mojado y lamió las gotitas de lluvía de su labio inferior. Me tensé, sin querer mirar, pero definitivamente mirando sus gestos.

—No quería ofenderte ¿Vale?—Dijo y pareció costarle muchísimo esta simple frase—Mira, puedes quedarte esta noche, mañana yo mismo te llevaré a la estación. No seas terca Isabella, no tienes más opciones—Y tenía toda la razón.

Así que entrando al coche me decidí a ser practica. Pasaría la noche en su casa, caliente y quizás hasta con comida. Y al día siguiente buscaría una solución a mis problemas. Y no, la forma en la que el vello de mi nuca se erizó al escuchar mi nombre en sus labios, no tuvo nada que ver con mi decisión.

N/A: Hola cariños. Pues aquí volví, como siempre me gusta actualizar rápido, ya saben. Gracias a todas por comentar, me alegran el día. Un besito para todas.

Mary de Cullen, Shibubi, Larosaderosas, Angie Cullen li, Tast Cullen, Alice, Ise, Cullen Vigo, Tina Masen… Enserio las adoro.