Doctor Who: Chispa

Por MilanillosD4 y LionPrest

Ha pasado bastante tiempo desde que Tom vio por última vez al Doctor. Ese encuentro le cambió la vida.

Cuando el Doctor desapareció con su TARDIS, Tom volvió a Lethworr con su furgoneta. En casa, se cambió de ropa, mirándose a un espejo: era algo bajo, llevaba el pelo corto y rizado, castaño, haciendo juego con el color de sus ojos, y delgado pero de apariencias fuerte.

Tras cambiarse, recogió las pocas cosas que tenía y las metió en una maleta. Antes de irse, dejó la llave en la mesa del salón y dice:
-Sams, hasta más ver.
Luego salió, entró en su furgoneta, y solo con su equipaje, salió en busca de una nueva vida.

Antes de que dejara de estudiar, Tom quería haber sido ingeniero. Teniendo eso en mente, salió hacia la capital. Como no tenía mucho dinero decidió alquilar una cama en un albergue para estudiantes, buscar un trabajo a tiempo parcial y preparar su matrícula para el nuevo curso.

Dos años más tarde...

Tom sigue viviendo en el albergue para estudiantes, un lugar sucio y frío, donde hasta seis personas duermen en una sola habitación, y con un único baño medio piso; conserva su trabajo en una hamburguesería, y está en su segundo año de carrera. Se levanta pronto y se viste con un traje y una corbata porque hoy va a acudir a una reunión sobre nuevos métodos de construcción para el ahorro de energía.

Mientras caminaba hacia la facultad, por la calle veía carteles iguales en cada calle: Hoy frente a El Cuervo a las 8:00. A parte de carteles, veía también grafitis y pintadas que decían: Hoy a las 8:00 en El Cuervo. El Cuervo era un bar que Tom conocía bien porque solía pasar las horas de estudio allí.

-¿A las 8:00 delante de El Cuervo? –se dijo -. Aún tengo algo de tiempo.

Cruzó la calle hacia el café, solo a una manzana de distancia, y, en lo que se iba acercando, vio que el bar estaba cerrado. No sabía qué pensar, algo pasaba allí pero no había nadie.

Tom se paró delante del local.
-Disculpa –oyó una voz detrás de él. Se giró y vio a una niña pequeña con una sudadera con la capucha puesta -, eres Tom, ¿verdad? –él asiente -. Ven conmigo.
La niña le guía a un callejón con varios garajes.
-El Doctor te necesita –dice ella mientras se quita la capucha. A Tom le cambia la expresión al ver la cara de la niña.
-Eres... eres...
-Homo reptilia o silurian, pero no me digas que soy verde.
-Vale, una pequeña silurian –dijo él -. ¿Qué pasaba con el Doctor?
-Tienes que entrar ahí –señala una de las puertas -, te está esperando.

Tom abre la puerta del garaje y entra. Está muy oscuro. La puerta se cierra de repente y deja encerrado a Tom. Éste se apoya y tantea la pared buscando un interruptor para la luz.

Intentaba abrir la puerta para salir de allí cuando vio una luz que venía del otro lado de la sala. Entonces se enciende la luz del garaje. Tom logra ver un interior casi vacío, tan solo unos cuantos trastos tirados por el suelo y un tablero atornillado a la pared a forma de mesa con cosas encima. Y al Doctor al fondo entrando por una puerta trasera.
-¡Doctor! –grita Tom.
El Doctor lo ignora, camina hacia la mesa y coge su destornillador sónico.
-¡Doctor! –vuelve a decir Tom -. ¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema?
-¿Qué?
-Eso, que qué problema hay.
-¿Qué? ¿Problemas? Pues... Espera, ¿quién eres tú? ¿Y qué haces aquí?
-Soy yo, Tom. Y he entrado por la puerta.
-¿Y quién te dijo que entraras?
-La niña silurian de ahí fuera.
-¿Hay una niña silurian en la calle? –el Doctor abre la puerta y se asoma, luego se dirige a Tom -. Allí no hay nadie.
-Se habrá ido. Doctor, cambiaste mi vida.
El Doctor sale por la otra puerta camino de su TARDIS. Tom le sigue y entra en la TARDIS con él.

El Doctor se pone a pilotar la TARDIS mientras Tom mira alrededor.
-¿Y a dónde vamos? –dice Tom.
-¿Vamos? –el Doctor se gira a mirarle -. No, no, no, no, no. Tu no... ¿Cómo...?... Da igual, puedes venir conmigo esta vez. Vamos a Londres, 1884. Alguien me ha llamado por una emergencia.

Aterrizan en un callejón.

-Intenta no llamar la atención, no queremos rasgar el delicado tejido del universo –dijo el Doctor.
-Vale –contestó Tom -. Pero, ¿a dónde vamos?
-A visitar a una amiga.

Ambos recorren las calles del Londres del siglo XIX. El suelo estaba hecho de piedra, lo que hacía resonar las pisadas de los caballos; y los nuevos edificios aseguraban que estaban en la Segunda Revolución Industrial.

-Es increíble –decía Tom -. Nunca me habría imaginado nada igual –el Doctor empezó a caminar, Tom le siguió -. ¿A dónde tenemos que ir?
-Te lo dije, a visitar a una amiga.
-¿Una amiga de esta época? ¿Y sabe que venimos?
-Me ha llamado ella.

Mientras hablaban se iban acercando a la casa de la amiga del Doctor.

-Aquí es –dijo él cuando llegaron.

El Doctor llamó dos veces. La puerta se abrió y detrás apareció una joven vestida de sirvienta.

-Doctor –dijo ella -. Y vienes con un amigo. Pasad.
Ambos pasaron, atravesaron un pasillo hasta una sala de estar repleta de plantas. Una mujer estaba sentada en un sillón al otro lado de la sala. El Doctor la saludó.
-Vastra, cuánto tiempo.
-Doctor –dijo ella mientras se quitaba el velo que la cubría la cara y dejó al descubierto sus verdes escamas -, te estaba esperando. Aunque creo que llegas demasiado pronto.
-Últimamente me pasa con bastante frecuencia.
-No importa –dijo ella -. Te diré por qué te he llamado: Ha ce como una semana hemos visto carteles que decían que alguien iba a presentar el invento del siglo, incluso del milenio.
-¿Y cuál es el problema? Los inventos de esta época revolucionarán la historia.
-Ese es el problema, el invento en es de esta época. Ni siquiera de la tuya –señala a Tom -. Jenny fue a una de sus presentaciones y, según me ha dicho, el invento es una máquina de teletrasporte. Te permite ir de un lado al otro del auditorio en apenas un segundo.
-Entonces ha presentado ya el invento.
-Lo ha hecho varias veces. Y volverá a hacerlo esta noche. Tienes que estar allí.
-¿Y quién es el supuesto inventor? –el Doctor se dirige a Jenny.
-Parecía un hombre normal. No destacaba nada de él –contestó la chica.
-Iremos esta noche. Si hay algo que no debería estar allí lo descubriremos.

El invento se presentaba en un pequeño teatro, con una entrada muy exclusiva para ser el invento del milenio. Había mucha expectación en la puerta, pero apenas nadie pasaba, dos policías lo controlaban. El Doctor y Tom se abrieron paso a través de toda la gente y se detuvieron delante de los guardias. Les dejaron entrar por ser "grandes comerciantes venidos del oriente de Europa, interesados en el invento del siglo, y enviados por la realeza", o eso decía el papel psíquico.

El teatro estaba lleno, el telón cerrado y todos estaban sentándose.
-¿Dónde nos sentamos? –Tom iba andando rápido hacia las primeras filas y muy emocionado.
-No te adelantes tanto, pretendemos no llamar demasiado la atención.
Se sientan en una de las filas centrales.

Cuando todo el mundo está en su butaca se abrió el telón. En el escenario apareció una máquina que parecía industrial, con una cabina del tamaño exacto para una persona, y pilares alrededor de la misma que soltaban rayos y chispas. Nadie sabía que iban a mostrar antes de que el telón se abriera, pero ninguna imaginaba nada así.

Un hombre vestido elegantemente recorrió el pasillo central de butacas y subió al escenario por las escaleras centrales. Se giró hacia el público y saludó con una reverencia, preparándose para hablar.
-Sé que muchos de vosotros habéis venido de muy lejos para ver lo que han llamado "el invento del siglo". Quizá todos los aquí presentes piensen así tras ver esta demostración, pero yo no. Yo no creo que esto –entró en la cabina y hubo una luz cegadora y un gran estruendo por unos segundos –sea más que un simple prototipo más que pueda –volvió a recorrer el pasillo central desde la puerta hacia el escenario -, algún día, ser de ayuda para la humanidad.

Todos estaban asombrados. Se había teletrasportado del escenario a la puerta principal del teatro. Algunos de los asistentes se levantaron y se marcharon, ninguno de ellos se lo creía. El resto se levantaba, aplaudía, y miraba atónito el impensable espectáculo del que habían sido testigos.

El hombre volvió a subir al escenario e hizo otra reverencia.
-Los que sigan interesados en la posible compra de esta máquina que se queden aquí. Los demás pueden irse –luego se sentó en el borde del escenario esperando. Mucha gente abandonó la sala, quedaron dos hombres en las primeras filas, una mujer al final del teatro y Tom y el Doctor -. De acuerdo –continuó -, supongo que estáis interesados en esta maravilla –se levantó y acercó a la máquina.
-Esto es magia pura –dijo uno de los hombres.
-Si eso es lo que crees podías haberte ido antes.
-Es físicamente imposible. Quiero saber su funcionamiento.
-¿Estás dispuesto a pagar un alto precio solo para saber el funcionamiento de esta máquina? –bajó del escenario -. ¿Sabes cuánto voy a cobrarte por esto?
-Tenías razón, debí irme antes –se marchó enfadado.
-¿Alguien más que no quiera pagar por esto? –caminó por el pasillo central hacia las última filas -. ¿Usted, señora? ¿Está dispuesta a pagar lo que esta maravilla cuesta?
-No lo creo, si es tan cara como usted dice –dicho esto salió del teatro.

-Señor –dijo Tom levantándose -, nosotros seguimos aquí. Y estamos dispuestos a pagar por su invento.

El hombre se giró a verlos. Les hizo una señal de que le siguieran mientras caminaba por el pasillo central hacia el escenario.
-Vengan por aquí.

Pasaron hasta los camerinos. El hombre les hizo entrar en uno de ellos. No parecía un camerino, era notablemente más pequeño y solo tenía unas pocas sillas y una cajonera.
-Sentaos –el hombre se sienta en una de las sillas, Tom se sienta en frente, el Doctor se queda de pie detrás de Tom.
-¿De cuánto dinero estamos hablando? –preguntó el Doctor.
-Varios miles de cre... quiero decir, de libras.
-Realmente nos gustaría comprarlo.
-A mi me gustaría que me enseñarais el dinero.
Tom mira al Doctor.
-Tenemos el dinero, ¿verdad?
-Aquí no –contesta el Doctor -. No me gusta ir con miles de libras por la calle.
-Tenemos el dinero, sí –aclara Tom.
-Pues hablemos de negocios.

El hombre y Tom empiezan a regatear sobre el precio. El Doctor mira alrededor. La sala estaría vacía si no fuera por las sillas y la cajonera. El hombre y Tom se levantan y caminan hacia el fondo de la habitación. El primero se saca algo de la chaqueta y se lo enseña al chico. El Doctor aprovecha para mirar en los cajones. Dos de ellos están vacíos, pero en el tercero encuentra algo. Un objeto pequeño, posiblemente un mechero a primera vista. El Doctor lo reconoció, no era un mechero.

El hombre y Tom volvieron al centro de la habitación.
-Decidido –dijo Tom -. Lo compramos.
-Ahora, y si no os importa, quisiera que me trajerais el dinero acordado.
-¿En qué lo prefieres? –preguntó el Doctor -. ¿En libras o en créditos?
-¿Cómo dices? –se extrañó el hombre.
-Esto que tengo aquí –le enseñó lo que había encontrado -, no es un mechero. Me pregunto qué pasará si pulso este botón.
-¡No lo hagas! –el hombre corrió a coger el mechero. El Doctor apartó la mano -. ¿Qué quieres? ¿La máquina gratis? ¿Es eso?
-Quiero que dejes de cambiar la historia.
-Pero imagina por un momento lo que avanzaría la humanidad si tuvieran inventos así en esta época.
-Ni siquiera tienen trasportes de alta velocidad, ¿Y quieres darles el teletransporte?
-Quizá dicho así suene un poco estúpido.
-Si quieres quedarte en la Tierra deja de intentar cambiar la historia. Si no vete.
El Doctor y Tom salieron de allí llevándose el mechero.

Ambos vuelven a casa de Vastra para decirles lo que habían descubierto.
-¿Por qué no podemos tener una máquina de teletrasporte ahora? –pregunta Tom -. Imagina lo que avanzaría la humanidad a partir de aquí.
-Estamos en plena revolución. Si le das un camino fácil a la humanidad se olvidarán del resto de opciones. No habría más innovaciones en el trasporte, todo quedaría en esa máquina. Y no quiero pensar en lo que eso podría suponer para los inventos futuros.
-No había pensado en eso.

Llegaron a la casa y llamaron a la puerta. De nuevo Jenny los recibió.
-¿Habéis conseguido algo?
-No era de la Tierra, y probablemente de esta época tampoco. ¿Y Vastra?
-Ha salido, pero aún no ha vuelto, se está retrasando.
-¿Eso es normal en ella? –pregunta el Doctor mientras pasan a la sala de estar.
-No suele serlo.

Tom y el Doctor se sientan en la sala de estar. Éste saca el mechero y su destornillador sónico. El Doctor usa el destornillador y del mechero empiezan a saltar chispas.
-¡Ah! –exclama el Doctor soltando el mechero y sacudiendo la mano -. Creo que lo he roto.
-¿Qué era eso? –pregunta Jenny.
-Un mechero –contesta Tom.
-Un filtro de percepción –corrige el Doctor.
-¿Era alienígena?
-Sí, seguramente.

Mientras hablan alguien llama a la puerta. Jenny va a ver quién es. Al otro lado encuentra un joven con uniforme que lleva una bolsa.

-¿Está aquí un tal –mira la carta que debía entregar – Doctor?
-Yo puedo entregársela –dice ella.
-De acuerdo –no estaba muy convencido -. Espero no perder mi trabajo por esto.

El chico se marcha, Jenny cierra la puerta y vuelve a la sala.
-Doctor, tienes una carta.
-¿Quién sabe que estoy en 1884? –abre la carta -. Veamos... Presentación... Máquina de teletrasporte... Mechero... ¡Se han llevado a Vastra!
-¿Qué?
-Dice que si queremos volver a verla dejemos de interponernos entre él y su riqueza.
-¿Qué quiere decir eso?
-Antes intentamos evitar que cambiara la historia con su máquina de teletrasporte, pero parece que eso le ha enfadado más de lo que esperaba.
-Ella no es el tipo de mujer que se deja atrapar por un alien cualquiera, se habría defendido.
-¿Y si la durmió o algo así? –supuso Tom.
-No, sabe defenderse en cualquier situación.
-Creo que deberíamos hacer otra visita al teatro.

Los dos vuelven a la sala del teatro para encontrarse con aquel hombre. Esta vez no había policía en la puerta, pero estaba cerrada. El Doctor miró alrededor. Al ver que no había nadie, sacó su destornillador sónico y apuntó a la cerradura. Las puertas se abrieron y entraron. La sala estaba tal como la dejaron, y el hombre al que buscaban estaba sentado en el borde del escenario, delante de su máquina.
-Parece que no has pensado siquiera en irte.
-¿Por qué iba a hacerlo? Estoy muy bien aquí.
-¿Qué has hecho con la mujer? –preguntó Tom adelantándose.
-Quieto –le dijo el Doctor en bajo.
-¿Por qué? Se ha llevado a Vastra –contestó Tom, también en voz baja.
-Tu máquina está fallando, ¿no es así? –el hombre se puso de pie -. Me equivoqué. Aquel mechero que encontré no era un filtro de percepción.

-Claro que no lo era.
-Digamos que era el botón de autodestrucción de tu máquina. Si algún agente temporal te detectaba aquí solo tendrías que pulsar este botón y no tendrían de qué acusarte.
-Y gracias a ti ya no hay pruebas contra mí.
-Te lo vuelvo a decir –el Doctor caminaba lentamente por el pasillo central -, eres libre de quedarte en la Tierra todo el tiempo que quieras, pero sin cambiar la historia de los humanos.
-Yo no quería quedarme aquí. Intentaba conseguir dinero para poder irme de aquí.
-A estos humanos les queda casi un siglo antes de que pueda salir al espacio. No creo que puedas esperar tanto.
-¡No, no es verdad!
-Te has equivocado de año –el hombre se sentó en el suelo con cara de estar asustado -. ¿Dónde está Vastra?
-Al otro lado de la ciudad. Una noche la vi a ella con una chica, recuerdo haber visto a esa chica en una de mis presentaciones. Si una de ellas desaparecía la otra recurriría a ti, cualquiera recurriría a alguien como tú por una desaparición. Esta noche un carruaje se paró delante de mí y el cochero me preguntó por una dirección. Vi a esa mujer en el interior así que le di una dirección equivocada y les mandé al otro lado de la ciudad.
-¿Qué pretendías conseguir con eso?
-Pensé que si pensabas que la tenía secuestrada me darías cualquier cosa por liberarla.
-¿Qué pretendías conseguir?
-Quería volver a mi hogar.
-¿Y has montado todo esto solo para pedirme que te lleve a casa? ¿De dónde vienes?
-De Vonthinex.
-Habitado por humanoides desde el siglo... –el Doctor intentaba recordar golpeándose la cabeza -... siglo XLV. Ven conmigo, te llevaré.
-Gracias.

El Doctor, acompañado por Tom y el humanoide, viajan a Vonthinex en la TARDIS. Un viaje corto. Volvió a su hogar y el Doctor y Tom regresaron a 1884. Vastra había vuelto después de recorrerse la ciudad.
-Voy a cambiar de cochero –dijo ella -. ¿La historia está bien?
-Sí, todo arreglado. Solo una cosa. ¿Conoces a alguna silurian del siglo XXI?

-Es difícil mantener el contacto a través del tiempo, pero creo que sí.
-¿Podrías decirle que me hiciera un favor?
-¿De qué se trata?
El Doctor saca un papel de su chaqueta y se lo entrega. Ella lo lee.
-Cuenta con ello.
-Gracias.

Se despiden y ambos vuelven a la TARDIS, y con ella al siglo XXI.
-¿Qué haremos ahora? –pregunta Tom.
-Te he traído a casa. Aún tienes una vida aquí, aprovéchala.

El chico sale de la TARDIS.
-¿Qué hora es?
-Las 8:20.
-Aún llego a tiempo –empezó a caminar con dirección a la facultad -. Adiós, Doctor.

-(Ni siquiera sé quién es y parece que él lo sabe todo sobre mí.) –piensa el Doctor. Acto seguido pilota la TARDIS hacia su siguiente ruta.