Capítulo 2- El Expreso de Hogwarts
El 1 de septiembre llegó sorprendentemente rápido entre risas y quejas de los hermanos por no poder usar sus varitas. Antonio en una de sus rabietas llegó a hacer estallar el inodoro de forma instintiva… eso le costó una semana de encierro en su cuarto que había terminado aquel mismo día.
La familia se levantó muy temprano, demasiado para el gusto del menor de los gemelos, el cual no dudó en quedarse dormido de nuevo en el coche familiar. Mientras, sus padres lo cargaron y Paulo terminó de desayunar con cara de no haber pegado ojo en toda la noche. Antonio le había obligado a quedarse despierto mientras le daba de comer a la lechuza que sus padres les habían comprado. Ésta continuaba sin nombre.
-A ver Paulo, te recuerdo como irá todo ya que Antonio ha decidido abandonarnos –objetó Aníbal, ajustando los retrovisores. Para llegar a King's Cross lo mejor era el coche a falta de trasladores o aparecerse-. Tu madre y yo iremos directamente al colegio, ya que el director quiere comentarnos algo importante. Ustedes iréis en el expreso con los demás.
-Vale –murmuró, acariciando su varita.
-En el tren se puede hacer magia –añadió, empezando a conducir-. Controla a tu hermano: me niego a otro numerito como el de Gringotts, ¿entendido?
-Transparente –bostezó, apoyando la cabeza en el hombro de Antonio y cerrando los ojos.
Símilce miró los billetes de tren que había tenido que comprar y suspiró, mirando a sus dos hijos. Aníbal la miró de reojo, frunciendo el ceño y le hizo una rápida caricia, teniendo que prestar atención a la carretera.
-Son inteligentes, les irá bien. Además yo mismo los veré casi a diario… Puedes estar tranquila
-Lo intento… pero los veo tan pequeños para empezar a ir… Parece ayer cuando asustaron a aquellos muggles en los Pirineos
-Seguro que hay recuerdos mejores que ese –musitó Aníbal- ¿convenciste a Antonio de que no podía llevarse a las tortugas…?
-Más o menos… se las he dejado a esa señora del valle de Godric que cuidaba de Antonio, Paulo y Francis cuando nosotros trabajábamos…
El mago asintió, tamborileando con los dedos en el volante y se relajó, conduciendo hasta la estación. El trayecto resultó de lo más silencioso, ya que ambos hermanos permanecieron dormidos hasta el último momento. Tras casi tener que echar agua en sus caras, consiguieron coger unos carritos y llenarlos con las cosas necesarias para el curso. Luego, emprendieron el rumbo hacia el andé , arrugando Aníbal la nariz.
-Como siempre, esto está lleno de muggles –refunfuñó, ayudando a Antonio con su carro.
-Bueno… ten en cuenta que ellos usan más trenes que nosotros –canturreó Símilce, sonriendo
-Aun así… -gruñó, guardando silencio marchando hacia el andén 9, posicionándose ante pilar. Él pasó primero, atravesando limpiamente el ladrillo. Paulo tragó saliva, yendo tras él.
-¿Ha pasado que alguna vez alguien se haya estrellado contra la pared? –murmuró Antonio, no demasiado convencido de verse al otro lado de la barrera.
-Solo si está cerrada –su madre le trató de peinar el pelo imposible que poseía- ¿Vamos juntos?
Asintió con fuerza y Símilce se colocó tras él, empujando el carrito junto a Antonio, cerrando ambos los ojos cuando el pilar se alzó ante ellos. El choque no llegó nunca. El carrito continuó rodando. Antonio solo abrió los ojos cuando le sorprendió el silbido de una locomotora.
Era color escarlata, con un rótulo que decía: Expreso de Hogwarts. 11h. Detrás suya ya no quedaba ningún pilar de ladrillo, solo una arcada de hierro con las palabras "Andén Nueve y Tres Cuartos".
Fabuloso, a estaba dentro.
Símilce se acercó a su marido y el mayor de sus hijos, quienes buscaban un vagón libre entre ritos de despedida y el ulular de las lechuzas. Estaba todo bastante lleno…La bruja saludó de forma entusiasta a un par de sus alumnos que la habían reconocido, pero decidió no pararse y ayudar a Paulo con su carrito. Debían encontrar un asiento vacío. Definitivamente, aquel año había entrado mucha gente nueva. Pasaron al lado de un grupo de chicos que parecían ser de cursos superiores que decían:
-Es increíble lo que me puso el c****** del TIMO de Transformaciones. Si lo veo por algún lado me encargaré de que no vuelva a corregir un solo examen
-Respira Afonso, a mi me fue de maravilla
-Cierra la boca, g*********. A ti te fue mejor por esa estúpida redacción libre en Estudios Muggles
-Me fascinan los no mágicos. Los bisturíes, su manera de estudiar la ciencia es más rudimentaria, pero… ah… Mucho más satisfactoria –la sonrisa que se produjo en la cara de aquel chico hizo que el restante abrazase con fuerza a Afonso.
-Suéltame, Adao –gruñó el primero en hablar, pisando su pie con fuerza y sacudiendo las manos-. Sergio es un chiflado que debería estar en San Mungo, no en un colegio, pero no lleva ningún cuchillo encima…
(*)
Al fin, los Fernández consiguieron encontrar sitio para los hermanos, metiendo en primer lugar los bártulos de Paulo. Solo cuando fueron a meter las cosas de Antonio se dieron cuenta de que algo fallaba.
-¿Dónde se ha metido Antonio?
El menor de los mellizos se separó de la familia cuando Símilce se reunió con Aníbal y Paulo, quedándose inmóvil en medio de aquel desplazamiento de personas y maletas. En menos de cinco minutos se había perdido en la estación. Miró a su lechuza, la cual no paraba de ulular, molesta de todo aquel ruido.
Repentinamente, recibió un abrazo por la espalda que hizo que casi tirase el carrito a las vías del tren. Cuando se giró, no pudo evitar sonreír al ver el cabello rubio y los ojos azules de Francis Bonnefoy. Sin sentir como su amigo trataba de éter las manos por el interior de su camisa, correspondió al abrazo con fuerza.
-¡Qué alegría verte, Fran! –gritó, mientras continuaba el abrazo. El francés continuaba con sus intentos, llegando a acariciar la cálida y suave piel del castaño con una sonrisa llena de perversión- ¡Me he perdido!
-No te preocupes, Antoine. Yo me ocuparé de todo, mon petit amour –sonrió galantemente, depositando un beso en la mejilla del español al asegurarse que el otro mellizo no estaba en las cercanías-. Tengo mis cosas ya en el tren, junto a un chico que he conocido, cheri, seguro que te cae bien: vente con nosotros
-Uhm, pero tengo que buscar a Pa-
-¡Eh, franchute! ¡El dios de lo awesome te ordena que vuelvas a sus dominios! –un chico de pelo sin rastro de color y mirada rubí hacía aspavientos desde una de las ventanillas del expreso. Llamaba la tención incluso entre todo el ruido que había en el ambiente- ¡Sube ya!
Y volvió a entrar. Francis rió, ajustándose su cinta turquesa para el pelo y sonrió a Antonio, cogiéndole la mano.
-Él es Gilbert. Lo conocí este verano en Alemania. Vamos dentro
El hispano asintió, empezando a creer que se le olvidaba algo que hacer, pero el movimiento y el tener que guardar las maletas hicieron que se despistase completamente. Minutos más tarde, estaba sentado en un mismo compartimento que Francis y Gilbert hablando sobre en qué casa podrían caer. El albino solo decía que, fuese la que fuese, el grandioso él la llevaría a la victoria. Antonio dejó muy clara su postura sobre Gryffindor, y Francis se debatía entre varias opciones que no terminaban de convencerle.
Repentinamente, la puerta se abrió, apareciendo un agitado Paulo junto a otro chico de pelo pajizo y cejas frondosas que ninguno conocía. El primero se acercó a Antonio, sacudiéndolo:
-¡Papá estaba histérico! ¿Dónde fuiste?
-C-con Fran…
Paulo miró al rubio, comenzando a enrarecerse el ambiente de la habitación a pasos agigantados. Los ojos esmeraldas fulminaron a los color topacio de Francis, gruñendo.
-Como no, tú tenías que estar por medio, babaca(*)
-Lo mismo te digo, amour –le guiñó un ojo, agarrándose al asiento cuando el tren comenzó a moverse
-Merde, Ano, déjame la lechuza
Únicamente escribió que había encontrado a Antonio y la dejó volar por la estación para que encontrase a sus padres. Miró a quien lo había acompañad y se lo agradeció, con un leve rubor en las mejillas.
-Para cualquier cosa, preguntad por Liam Kirkland –les sonrió, retirándose
Antonio ladeó la cabeza, creyendo recordar a alguien también llamado Kirkland, pero no recordaba quien exactamente. Paulo lo observó, sentándose a su lado tras ver que de allí no podría mover a su hermano por más que quisiese. Solo podría vigilar al francés, pero ya era algo.
-Mi madre dice que este año será diferente al resto –anunció Francis, dejando que su paloma se apoyase en su hombro. Antonio solo tenía ojos para ella-. Pero no me dijo de qué se trataba… ¿ustedes saben algo?
-Vatti habla menos que West, así que imagínate… ¡seguro que será una chorrada comparada con mi flagrante llegada! –gritó, poniéndose en pie en su asiento, riendo con todas sus fuerzas. Paulo parpadeó, incrédulo mientras Antonio reía con entusiasmo.
El camino transcurrió de manera "normal": risas, muestras de ego por parte del alemán, dejaron entre todos a la bruja de los dulces casi sin existencias y Paulo se encargó personalmente de que Francis mantuviese las manos lejos de la inocencia de su hermanito. Como para fiarse de aquel francés.
De todas formas Antonio se estaba comportando de una manera muy extraña: no apartaba la mano del bolsillo de sus tejanos. El mayor ladeó la cabeza, llevándose una gragea Bertie Bott a la boca, evitando la arcada que le provocó a duras penas.
-¿De qué es este estúpido sabor…? –casi gimió, llevándose una mano al estómago. Era realmente desagradable.
-A ver si te ha tocado una sabor vómito, Fernández -rió Gilbert mientras trataba de atrapar su rana de chocolate-. Uhm… No quiero el cromo, ¿alguien colecciona?
Antonio lo cogió, parpadeando con extrañeza.
-Es de los raros, ¿estás seguro?
-No sale mi cara, no lo quiero –repitió, mirando de reojo a la paloma del francés-. Quiero que esa cosa cague lejos de mi genialidad, franchute.
-Pierre está bien enseñado y es mucho más inteligente que esas lechuzas… -replicó, casi ofendido
-A-ay… -Antonio dio un respingo, llevándose una mano al muslo-. ¡Voy al servici…!
No llegó a salir al compartimento: se quedó congelado en el umbral, aún con la mirada llena de urgencia. Paulo se levantó junto a los otros dos, intentando que reaccionase. Nada. Estaba petrificado.
-Tenía curiosidad sobre quien sería el que le hacía perder los nervios a Arty
Paulo observó al pelirrojo mastodonte que estaba frente a él, jugando con un palillo de dientes mientras hacía rodar la varita entre sus dedos. Debía de ser de sexto curso a lo poco… No sabía mucho más, solo que, sobre los ojos color verde musgo tenía unas profundas cejas.
-Así que este es el chulo que hablaba mal de Slytherin –murmuró el pelirrojo, levantando la camiseta al hispano para dejar a la vista la suave piel morena. Aquello provocó una sonrisa mordaz en el mayor de los reunidos-. Tal vez deberá dibujarle a fuego vivo una serpiente en el torso…
Paulo se interpuso, colocándose en medio mientras Francis y Gilbert desenfundaron sus varitas de pícea y tejo respectivamente. No conocían ningún hechizo, pero era cierto que valor no les faltaba. El pelirrojo levantó su varita, dispuesto a atacar de nuevo:
-¡Expelliarmus!
Las varitas de todos los reunidos volaron de sus manos, incluida la del gigante con ganas de marcha. Éste gruñó, fulminando con la mirada a quien había lanzado el hechizo.
Una chica de corta estatura los apuntaba con su varita, acompañada del joven que antes se había presentado como Liam. Éste último ya tenía el uniforme con una brillante insignia con una "p". La chica sonrió, pasándose la mano por el pelo rubio y Kirkland sonrió.
-Scott Kirkland, eres un poco mayor para meterte con los de primero, ¿no te parece? –le recriminó, dándole un fuerte tirón de la oreja, arrastrándolo hacia otro vagón.
Los chicos miraron a Antonio, preocupados, hasta que la joven que había desarmado Scott de acercó, apuntando al hispano con la varita:
-Finite Incantatem
Antonio lanzó un pequeño grito, agarrándose con fuerza el pantalón mientras corría con todas sus fuerzas hacia el servicio. Ella sonrió mientras volvía a dirigirles la palabra
-Soy Jeanne, iré a primero este año –se presentó, enrojeciendo cuando el francés le besó la mano, sonriendo de medio lado-. H-Habéis tenido suerte de que mi padre sea duelista y que conozca algunos hechizos…
-Tenemos suerte de que haya caído el más bello de los ángeles para visitarnos –susurró Francis, hincando la rodilla en el suelo mientras los otros dos intentaban no reírse-. Mademoiselle, sois la luz salvadora en nuestras vidas…
Antes de que pudiese terminar, las mejillas de la joven estuvieron completamente rojas, y uno dudó en retirar la mano par marcharse nerviosa a su sitio, cerrando la entrada del compartimento con pestillo. Francis hizo un mohín de tristeza, molesto con el mal resultado de su cortejo. Gilbert hizo gestos de vomitar y Paulo no dudó en reírse del francés, luego, decidió ir a por Antonio, temeroso de que no encontrase el compartimento. Lo encontró sin el pestillo echado y… sin estar en el inodoro. Estaba inclinado sobre el lavamanos, intentando dar de comer a una tortuga. Una tortuga con piedras decorativas en su caparazón… ¿¡Qué demonios hacía Antonio con aquella tortuga!?
Por respuesta, el menor de los hispanos sonrió, todo encanto y continuó alimentando al animal.
-Es de esa tienda del callejón Diagon: se llama "Princesa" –explicó, como si todo aquello explicase la situación.
-¡Te dijimos que solo podían ser lechuzas, gatos o sapos!
-¡Francis tiene una paloma!
-¡Las palomas son parecidas a las lechuzas! –gritó, sacudiendo a Antonio por los hombros- ¡¿pero las tortugas a qué se parecen?!
-Tienen cuatro patas, como los gatos –musitó, sonriendo.
No pudo decir que no a eso, así que no tuvo más remedio que esperar a su hermano a que terminase de dar comer a la tortuga. Luego, volvieron al compartimento, donde Francis les dijo que lo mejor sería que se fuesen cambiando: habían oído de que iban a llegar pronto al colegio.
Paulo frunció el ceño al ver como el francés observaba sin pudor y deleitándose del cuerpo desnudo de su hermano mayor mientras se colocaba el uniforme. Al menos lo hizo hasta que accidentalmente el mayor de los mellizos enterró el codo en la cara de Francis. Claro, accidentalmente.
-Uy, lo siento… No podía –sonrió, continuando con el uniforme y ayudando a Antonio a darse prisa en cambiarse.
-Oye, Gilbo –comentó Antonio-, ¿es divertido ser albino?
-Te hace ser más awesome, pero no mucho más –hizo una pequeña pausa, abrochándose los pantalones-. A parte, es que heredé unos genes por ahí perdidos de un ancestro medio vampiro(*) no sé qué, pero no chupo sangre. Solo luzco tremendamente bien, kesesese
-Te vendría bien un bronceado, cheri –rió Francis tras dejar de retorcerse por el dolor del codazo en su cara.
-Arschloch(*). Eso sí, mi varita lleva de centro un colmillo de vampiro, no sé si del viejo ese perdido
-Pero… solo de podía fénix, dragón o unicornio –musitó Antonio.
-Se pueden más, amour… Dolo que tienen resultados más raros
-Dirás más awesome, chaval –rió el alemán, jugando con su varita
El tren dio repentinamente un giro brusco, provocando la casi caída de todos los del compartimento. Sobre todo Gilbert, ya que Francis y Paulo se habían lanzado a sostener a un Antonio con la cabeza cubierta por la túnica que lanzaba pequeños gritos debido a la confusión.
Se oían quejas a lo largo del tren sobre el giro brusco, pero no se supo qué había provocado aquel repentino cambio de dirección. Los prefectos trataban de poner calmar y de controlar a la gante que quería pregunta al conductor lo sucedido. Se produjeron un par de giros más extraños, pero no tan bruscos como el primero que encendieron los ánimos. Solo se supo que tardarían diez minutos más de lo previsto. Paulo frunció el ceño, preocupado:
-Todo esto es muy raro –musitó. Antonio se encogió de hombros, despreocupado y sacó lla cabeza para ver a los prefectos actuar-. Mejor apártate a ver si va a volver el pelirrojo ese
-No lo creo –sonrió, entregándole a la tortuga- tienes que presentarse a Princesa, Pau
-No lo haré: siéntate lo que queda de camino, por favor
El menor bajó la mirada, tomando asiento en el hueco que quedaba entre Francis y la ventana. Empezaba a llover
-Son los ángeles que lloraron por mi ausencia –dramatizó Gilbert, consiguiendo que Antonio esbozase una pequeña sonrisa antes de volver a mirar.
Llovía, había anochecido, y unas sombras extrañas pasaban de vez en cuando, siendo únicamente visibles cuando un relámpago iluminaba el fondo. El paisaje era de lo más aburrido, y estando enfurruñado con Paulo, se negaba a dirigirle la palabra. Que se la ganase.
El tren comenzó a aminorar la marcha. Las luces parpadearon y una campanilla avisó de que habían llegado a su destino. Antonio se levantó con Princesa y, sin mirar a Paulo, se dirigió a la salida que indicaba que era para los de primero. El mayor se dio prisa en seguirlo junto a Gilbert y Francis, los cuales comentaban algo a lo que los ibéricos no prestaban atención.
-¡Los de primer año por aquí!
Un hombre de rasgos asiáticos sujetaba un viejo candil en la penumbra de la noche, aguardando a que el grupo que llamaba se arremolinase a su alrededor. Eran alrededor de cuarenta cabezas las que observaban aquel rostro serio de sonrisa torcida y larga trenza color azabache. Lanzó una mirada a Antonio y a un par de niño más, aumentando aquel gesto terrorífico.
Paulo tragó saliva, intentando acercarse a su hermano, aunque este volvió a apartarse mirándolo con el ceño fruncido.
-Muy bien –susurró-… Cuantas caras nuevas… Seguidme, daremos un paseo por el lago… Para ver cuantos de vosotros comenzará el curso.
Un par de niños rompió a llorar al ver que aquel tipo daba verdadero miedo. Unos pocos comprendieron que los estaba amenazando de muerte y no dudaron en palidecer, siguiéndolo a través del sendero que conducía al embarcadero.
-Mínimo tres personas por barca… máximo cuatro- hizo una pausa-. Nadar es opcional, aunque tocadme mucho las narices y os empujaré yo mismo
Rió de manera siniestra, montando en una de las barcas y enganchando la argolla de su candil. Como si fuese una señal, los niños empezaron a repartirse por los botes, intentando no caer al agua. Los mellizos montaron junto a Francis y Gilbert, aunque el francés no podía evitar mirar de reojo a Jeanne, quien hablaba animadamente con otras dos chicas en una barca más bien alejada.
-Mírame a mí, que soy tu Dios –gruñó el alemán, mientras Francis suspiraba, empezando a canturrear una melodía sin letra
El hombre que los dirigía lo miró, sonriendo con ganas:
-¡Eso es! ¡Cantemos algo para animar el momento! –carraspeó para aclararse la garganta y comenzó a entonar.
Ding Dong… Sigo al otro lado
Déjame pasar
Tu miedo no sirvió de nada
Ding Dong… Resistes en vano
Te puedo asegurar
Correr estando aquí es iluso
Ya lo sé, eres tú
Nos bastó cruzar miradas
Congelado y mudo
Aterrado, pobrecito
Ding Dong… Mientras tú te escapas
Corre rápido
Abúrreme y mi rabia explota
Ding Dong… Te sigo de cerca
¿No te ocultas ya?
Las escondidas me fascinan
Pasos a tu nombre
Van de prisa mientras huyes
Agitado corres
Sin salidas ¡Ya eres mío!
¡Tonto, sé que estás ahí!
¡Sal ahora!
¡Tonto, si es que ya te vi!
¡Sal ahora!
¡Tonto, sé que estás ahí!
¡Sal ahora!
¡Tonto, si es que ya te vi!
Toc, toc, mira qué educado
Mas no pediré
Permiso cuando al cuarto entre
Toc, toc, adentro no hay nada
¿Dónde… dónde estás?
¿Quieres que pierda la paciencia?
¿Dónde estás, querido?
Casi vi toda la casa
Ya vi en tu armario
Tal vez vuelva e insista
Ding dong… ¡Ya te encontré!
Ding dong… ¡Ya te encontré! Y ahora sufre
Ding dong… ¡Sí! ¡Puedes temer! Y ahora sufre
Ding dong… ¿Ves? ¡Al fin gané! Y ahora sufre
Ding dong… ¡Me las pagarás!
Ding dong… Juego en su final, solo sufres
Ding dong… Te diré adiós
(*)
La temperatura bajó varios grados cuando terminó de cantar, mirando los niños con expresión de terror. Varios intentaron alejarse de la barca del otro usando las manos como remos, pero el hombre les volvió a mirar riendo espeluznantemente
-Yo no haría eso… Podríais despertarlo y yo no sacrificaré mi pellejo por ninguno de vosotros –mantuvo la risa, formándose después el silencio.
-¿A qué despertaremos? –musitó Paulo en voz baja.
-¿No nos prestaste atención al gabacho y a mi genialidad? –resopló al entender el silencio-. Aquí hay un calamar gigante
-¿¡QUÉ!? –gritó Paulo
-¡Qué pasada! –Antonio casi metió la cabeza en el lago para ver, pero entre todos consiguieron sujetarlo
Repentinamente se produjo n fuerte: ¡ooooh!
En la punta de una alta montaña, al otro lado del lago, con sus ventanas brillando bajo el cielo estrellado había un impresionante castillo con sus torres y torrecillas. Los niños esperaron a quel el adulto dijese algo acerca del castillo, pero no lo hizo: solo puso cara de asco.
-Ése debe ser el celador –susurró Francis-. Me dijeron que es un preso de Azkaban completamente pirado a quien le estaban dando rehabilitación con la ayuda del director
-Pues dudo que le esté haciendo mucho efecto –rió Antonio, antes de gritar al casi caerse de la barca.
Habían chocado con ellos. Los culpables eran tres chicos: uno rubio y dos pelirrojos de rostros iguales. Los tres con cejas pobladas. Paulo reconocí a Arthur Kirkland y supuso que los gemelos serían familiares suyos por la similitud que tenían. Antonio balbuceó algo, mirándolo con incredulidad. Luego lo señaló, gritando:
-¡Tú eres el enfermo!
-¡No estoy enfermo, Fernández!
-¡Y encima contagioso, esos pobres chicos también están igual!
-Arty tenía razón –comentó uno de los gemelos- …
-…este tipo es idiota –terminó el otro, sacando la varita del agua y cesando el hechizo qe habían usado para modificar el recorrido del bote.
-Mais Antoine tiene razón –rió Francis, sacando su varita-. Estáis enfermos, pero por vuestro nulo sentido de la estética: ¿Qué son esas cejas?
-¿Alguien me cambia de barca? –preguntó Paulo al aire cuando vio a Gilbert sumándose a la pelea.
-Se acabó –siseó Arthur, apuntándoles- os vamos a hundir en el lago.
FIN DE CAPÍTULO
(*)Bien… Afonso Coelho, Adao Alcaide y Sergio Pereira (y algunos más que aún no han salido y con gusto daré créditos cuando aparezcan) no me pertenecen en absoluto aunque sean unos geniales personajes. Todos ellos pertenecen a la aún más genial Himeno owo. Aquí tienen su tumblr por si tienen alguna pregunta sobre ellos: hime1999 .tumblr. com (ponedlo sin espacios, si no lo corta fanfiction)
(*)Babaca = Idiota en portugués. Sé que aquí no son países, pero me gusta añadirle algunas coletillas de sus idiomas.
(*)Arschloch = gilipollas en alemán. Nuestro Gilbo siempre tan fabuloso
(*)Bien… sé que en Hetalia Gilbert no está afectado por ningún tipo de vampirismo, pero me gustaba hacerlo más "especial" para que le creciese el ego (el ENORME ego, solo un poquito más xD). Tranquilos, no haré nada de crepúsculo aquí… e-e
(*)La emocionante y tierna(ya, claro) canción de Mongolia (para quienes no hubiesen caído en quien era todavía) es Hide & Seek. Una adaptación a la letra hecha por esta maravillosa fandubber que me ha permitido usar la letra aquí: watch?v=0EMihaw-h80 . Así podréis escuchar la canción… eso sí… para obtener toda la letra tal cual cambiad todo lo masculino de la letra que he puesto por el femenino xDD. Que Mongolia es hombre… y muy especialito
Una cosa... en el capítulo anterior no lo revisé demasiado... y ya no me deja editarlo creo... o no encontré el botón de hacerlo tras tanto tiempo xD, pero el nombre de la madre de los mellizos es Símilce. Diga lo que diga mi corrector e.e xD
Si quedó alguna duda más por ahí sin aclarar, poned un review/post y responderé enseguida
