II. Crisantemo – Alegre ante la adversidad.

«Ready, set… Time to be a fighter… Don't look down…

Keep on climbing higher… Be yourself, 'cause heroes shine in different ways…»

Born Ready, Dove Cameron.

Diciembre de 2024.

Para Brunhild, sonreír era tan fácil como respirar.

Desde que podía recordar, no había un día en el cual no manifestara el gesto, aunque fuera una sola vez. Cierto era que, como cazadora de sombras, había circunstancias en las cuales era preferible que exhibiera su lado más sereno o incluso algo de severidad, pero las sonrisas estaban allí, en su interior, listas para salir a flote en cuanto tuviera la ocasión.

Sin embargo, había días en que era muy difícil sonreír sin sentir que lo forzaba.

—¿Dónde está Astrid?

La pregunta de su padre aquella noche, a la hora de la cena, era un claro ejemplo de que sonreír no era adecuado en ocasiones, así que Brunhild se limitó a encogerse de hombros.

—Eres su parabatai —señaló su padre, como si fuera algo que necesitara recordarle, cuando vivía con ello desde hacía años—, ¿cómo es que no sabes dónde está?

—A veces quiere pasear sola y yo respeto eso. ¿Acaso está mal?

Viendo el gesto de disgusto de su padre, Brunhild pensó que sí, quizá para él, estaba mal el que dos parabatai no estuvieran juntas la mayor parte del día.

—Si salió a beber sola, no se va a extralimitar, porque no habrá quién la sostenga.

Brunhild miró a su hermano con pasmo. Últimamente, él no hablaba mucho delante de su padre y menos para un amago de llevarle la contraria, como era aquel.

—¿Eso haces cuando beben juntos, Sigfrid? ¿La sostienes?

—Astrid nunca ha bebido lo suficiente como para necesitar ese apoyo, pero suele bebe más cuando va acompañada. Seguramente volverá antes de la una, como máximo.

—Eso pudiste decírmelo tú, Brunhild.

La nombrada se encogió de hombros de nuevo y, esta vez, no contuvo la sonrisa.

—Si eso también lo sabe Fridden, ¿qué más da?

Harald Sølvtorden hizo una mueca, que Brunhild no supo interpretar. Si era de cansancio o enfado, no lo tenía claro: a diferencia suya, él no sonreía casi nunca, menos a últimas fechas.

—Sugiero que la llames en un rato, para asegurarte de que está bien. Esta noche hace frío y no creo que le siente bien volver a casa con unas copas de más.

—Sí, claro, Barb.

—Brunhild, Sigfrid, ¿qué tal va lo del aprendizaje?

La repentina pregunta hizo que los aludidos intercambiaran miradas. Hasta la fecha, su abuelo no parecía haberse interesado en el tema.

—Va bien —respondió Sigfrid, con su tono de voz habitual, agradable y firme—. El Instituto que elegimos accedió a que lleguemos este mes, tal como solicitamos.

—Habían tardado demasiado —señaló el abuelo.

—Bueno, nos vamos con Astrid y ella cumple los dieciocho hasta la semana entrante.

Su frase, se dio cuenta Brunhild, originó una pequeña sonrisa orgullosa en Barb, mientras que su padre asintió con la cabeza, aprobando ese comportamiento como propio de los parabatai.

—A todo esto, ¿qué Instituto…?

—Ya terminé —indicó Sigfrid con firmeza, poniéndose de pie con cuidado y sin dar muestra de saber que había interrumpido a su padre—. Con su permiso, terminaré el informe de la tarde.

—Muy bien, Sigfrid. Lo espero en mi escritorio en la mañana.

El muchacho asintió ante la indicación de su abuelo, antes de abandonar el comedor. Brunhild habría querido usar la misma excusa para irse, pero para su mala suerte, ella no tenía ningún informe qué redactar.

Tampoco, para su disgusto, tenía un padre qué evitar en todo lo que pudiera.

—Voy a llamar a Astrid —dijo, levantándose tan rápido que movió ligeramente la mesa—. Si le digo que se modere desde ahora, solo tomará una o dos cervezas.

Antes de recibir respuesta, les dedicó a los otros una sonrisa rápida y abandonó el lugar, cerrando tras de sí con cuidado para enseguida, mirar a su izquierda. Una mesita ornamental, de madera oscura y delicadas grecas talladas en sus patas, se veía de lo más curiosa con una fila de teléfonos celulares sobre ella: era regla de Barb sentarse a la mesa sin el teléfono al alcance, siendo lo más sorprendente que incluso el director del Instituto la siguiera.

Sin más, Brunhild tomó su aparato y revisó si tenía mensajes pendientes de leer, pero respiró profundo cuando no halló nada. A continuación, se fue por el corredor a paso veloz, para pronto divisar la gran figura de su hermano.

—¡Fridden! —llamó.

—¿Cómo te escabulliste? —preguntó él sin más, viéndola fugazmente antes de devolver los ojos a su propio celular.

—Dije que llamaría a Astrid para que no beba de más, pero sabemos que no hace falta.

Brunhild vio que su hermano fruncía el ceño solo un momento, antes de encogerse de hombros y guardar su aparato.

—¿Te llegó algo interesante? —quiso saber Brunhild.

—No. ¿A ti?

—Nada. Creo que ya sabemos a dónde fue Astrid, entonces.

Sigfrid asintió una sola vez con la cabeza y siguió andando. Brunhild, por fortuna, era ligera de pies, o no podría seguirle el paso.

—¿Qué vamos a hacer esta noche, Hildie? —dejó escapar Sigfrid, en tono bromista.

—Lo mismo que hacemos todas las noches sin Astrid, Fridden. Tratar de divertirnos juntos.

A continuación, los dos se vieron directo a los ojos y se echaron a reír.

La primera vez que Astrid oyó un diálogo similar, soltó la carcajada sin que ninguno de los mellizos supiera la razón, así que tuvo que explicarles que, hacía un montón de tiempo, en la televisión mundana se hicieron populares unos dibujos animados donde se decía algo parecido. Sigfrid había fruncido el ceño, no muy contento con la comparación, pero Brunhild solo quiso que Astrid le mostrara de qué hablaba. Tardaron un par de días en hallar el material en cuestión en internet, pues era un programa algo viejo, en el Instituto de Oslo la señal era inestable y en aquellas fechas, no tenían permitido salir sin adultos, pero finalmente Astrid pudo enseñarles los dibujos animados y fue la primera vez, que Brunhild recordara, que Sigfrid se había reído tanto delante de alguien que no fuera ella.

Cierto, Astrid era la parabatai de Brunhild, pero desde hacía mucho se había convertido también en otra hermana para Sigfrid.

—¿En serio no recibiste nada importante? —insistió Brunhild, arrugando la frente.

—No, ¿por qué el interés?

—Pensé que habría alguien que te escribiría para quedar, antes de irnos a Londres.

Sigfrid le dedicó una mirada indulgente, antes de seguir su camino.

Brunhild, como pudo, contuvo un bufido, esperando que ciertos individuos ardieran en las llamas de su arrepentimiento por no saber valorar a su hermano.

Vaya, debía dejar de mirar tantas series, tal como le pedía Astrid, para no dramatizar tanto.

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A medianoche, Brunhild fue sacada de improviso de su lectura nocturna por el sonido de un mensaje de texto.

Hacía apenas una hora que se había quedado sola, lo recordaba porque Sigfrid le deseó buenas noches, antes de irse a redactar el informe para su abuelo. A veces no entendía la tendencia de su hermano de hacer lo que se esperaba de él, antes que aquello que realmente deseaba. Aunque, para ser sincera, Sigfrid siempre fue así y era tan modesto que bastaba poco para hacerlo feliz… lástima que su padre no parecía comprenderlo.

Dejando de lado el recuerdo de su padre, leyó el mensaje recién llegado, arrugando la frente con un desconcierto momentáneo, pues pronto captó lo esencial. Sentándose en la cama, deslizó un dedo por la pantalla, antes de bufar con cierta exasperación.

«Tu querida parabatai intentó beberse un tarro jumbo sin haber cenado. ¿No aprendió nada de la última vez? No te preocupes, le sirvieron un sándwich y vi que se lo comiera. ¿Cómo estás?»

Brunhild pensó que aquella era una forma realmente peculiar de informarle dónde estaba Astrid y al mismo tiempo, indagar por su persona. Suspirando, comenzó a teclear una respuesta, preguntándose a mitad de la primera frase si debía consultar a Sigfrid al respecto. Al final, terminó de redactar el mensaje, lo releyó y lo envió antes de arrepentirse, diciéndose que su hermano no necesitaba que lo molestara con nimiedades.

«Tal vez Astrid no estaba de humor, a veces pasa. Yo estoy bien. ¿Puedo pasar mañana?»

Echando un vistazo a su libro, Brunhild supo que no podía continuarlo, así que hizo un diminuto doblez a la esquina de una página antes de cerrarlo. Justo entonces, respondieron a su mensaje y esbozó una sonrisa, pensando que las cosas no le iban tan mal.

«Por supuesto, como siempre. Avísame cuando estés en la puerta.»

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Después del desayuno, Brunhild dio un par de repasos con Sigfrid sobre el tema de su aprendizaje, luego echó un vistazo a la habitación de Astrid para asegurarse de que ella estaba allí y, al distinguir su largo cabello oscuro esparcido en la almohada, suspiró y pudo salir del Instituto con tranquilidad.

Si bien no hacía nada contra las reglas, se alegró de no toparse con nadie antes de irse. Su abuelo era algo blando con ella, pero su padre era otro cantar. Últimamente estaba más irritable, tanto así que, en ocasiones, ni Barb podía calmarlo.

Pensar en Barb y su padre hacía que Brunhild se preguntara, de nuevo, si un matrimonio era así, como el de ellos. Admitía ser un poco romántica, por lo cual no le cabía en la cabeza el llegar a casarse sin sentimientos de por medio, pero entre su padre y su madrastra no parecía haber nada de lo que ella viera en las calles, en los libros y en la pantalla. Cierto, Astrid le había advertido sobre dejarse llevar por la ficción, pero ¿acaso lo imaginario no se basaba en algo de la realidad?

Sin darse cuenta apenas, Brunhild llegó a su destino. Solo pudo realizar tal hazaña por la cantidad de veces que había hecho ese mismo recorrido, se dijo, para luego sacar su celular y enviar un rápido mensaje de texto.

«Ya estoy aquí. Si es muy temprano, avísame.»

Brunhild apenas había guardado el teléfono, cuando se abrió la puerta delante de ella.

—Buenos días. ¡No es nada temprano!

—Lo siento, es que no todos madrugan como nosotros.

—Lo sé, lo sé. Pasa.

—Gracias.

Cuando Brunhild dio un par de pasos al interior del sitio, la puerta se cerró tras ella con un cuidado que le pareció inusitado, así que arqueó las cejas.

—¿Sucede algo? —inquirió.

—Tengo huéspedes que siguen durmiendo. Si no te importa, vamos a la cocina.

—Pero ya desayuné.

—¿De verdad? Bueno, entonces acompáñame, por favor.

La joven asintió y caminó mirando a su alrededor con un interés que no había mermado en todo el tiempo que llevaba haciendo esas visitas diurnas.

Siempre le resultaba curioso hallar el Nobel's vacío y silencioso, en perfecto orden.

—¿A qué hora se fue Astrid? —se decidió a preguntar.

—Cerca de la una. Estuve hablando con ella.

—¿En serio? Normalmente, no te soporta.

—Ya lo había notado. Solo me escuchó porque le interesaba, no te hagas ilusiones.

—¿Quién se hace ilusiones? Astrid puede sentir lo que se le dé la gana.

—Brunnie…

Aunque el tono era de reconvención, Brunhild sonrió como una niña al oír el apodo.

—Acabas de hacerme pensar en brownies —soltó, dando un saltito al llegar a la cocina.

—Tienes suerte, quedaron unos de ayer. Puedes servirte mientras desayuno.

—¿En serio?

—Sí, claro.

Al instante, Brunhild fue directamente al enorme refrigerador industrial a su izquierda, donde no tardó en hallar los postres prometidos en una bandeja que sacó con mucho cuidado al largo mesón del centro de la cocina, donde ya había un par de platos, uno de ellos vacío.

—Gracias. A propósito, ¿de qué hablaste con Astrid?

—Yo… No estoy muy seguro de que deba decírtelo. Sé que es tu parabatai y todo, pero… La verdad, tengo la impresión de que ella va a contártelo y me va a odiar más si sabe que me adelanté, ¿no te parece?

—Sí, probablemente. Pero la culpa es tuya, por molestarla siempre que la ves.

—¡Ella me lo pone demasiado fácil!

Brunhild meneó la cabeza, sonriendo con resignación, antes de llevar su plato al horno de microondas. Le gustaban los brownies ligeramente calientes, más aquellos, que eran estupendos. A su espalda, escuchó el tintineo típico de una sartén siendo colocada en el fuego y luego, el chisporroteo de aceite caliente cocinando algo.

—¿De verdad estás bien, Brunnie? Me gusta que estés aquí, no me malentiendas, pero…

Ante la pregunta, Brunhild no pudo menos que suspirar, casi al mismo tiempo que el pitido del microondas anunciaba que su brownie estaba listo. Cuando sacó con cuidado el plato, inhaló profundamente, antes de asentir con la mirada baja y sentarse.

—Sabes que puedes contármelo, si quieres.

—No quiero desquitarme contigo.

—Brunnie…

—¡No, no, no! ¡Siempre caigo con eso!

—¿Caes con qué?

—Eres un malvado, Henrik

Encogiéndose de hombros, el otro sonrió de lado, sabiendo que había ganado la partida, mientras depositaba en el otro plato una buena ración de huevos revueltos.

—Si te lo pregunto, es porque de verdad me interesa saber —indicó él.

—Ya lo sé. Es solo que… Mira, no entiendo cómo es más fácil hablar contigo de algo como mi parabatai, lo de mi hermano o mi aprendizaje, que intentar hablarlo con padre.

—Quiero creer que es porque soy bueno escuchando. ¿Y qué pasa con tu hermano?

Brunhild, esta vez, dejó escapar un bufido de exasperación.

—¿Recuerdas la noche de la semana pasada? Esa en la que Astrid, Fridden y yo vinimos y nos retamos a ver quién bebía más de esos tarros tamaño jumbo.

—¡Claro que lo recuerdo! Oh, eso…

Henrik, que estaba sonriente, de repente se puso serio y dejó a un lado el tenedor con el que había comenzado a comer.

—Ajá. Era mucho pedir que los rumores no llegaran al Instituto. Seguramente fueron esos idiotas que tenemos por parientes. Fridden nunca les ha caído bien.

—Entre ellos y los Stenvej, ¿quiénes crees que deban quedarse con el Instituto? Me refiero a cuando se retire tu abuelo.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque, aunque no nos guste la idea, sería muy raro que su Enclave se decida por Sigfrid, si es que tu abuelo se cree los rumores y no le da su recomendación.

—El abuelo no necesita creer en rumores, te lo aseguro.

El silencio inundó la cocina, por lo cual Brunhild alargó la mano para sujetar un tenedor y con él, partir un bocado de brownie, que se llevó con brusquedad a la boca.

—¿Tu hermano se los dijo? —Henrik sonó genuinamente impresionado.

—Pensó que era lo más conveniente, porque nos iremos todo un año y no… Mira, no quería que se enteraran por alguien más, ¿de acuerdo? Menos si llegara a pasar algo en Londres, aunque él mismo reconoció que no lo ve probable, porque va a concentrarse en conocer el modo de trabajar del Instituto y en repasar su Historia… Ya sabes, le encanta la Historia, no dudo que vaya a leerse todo lo que encuentre en la biblioteca de allá… A Barb no le importó, cosa que ya me imaginaba, ¿te he hablado de su hermano, el difunto? —después de ver el asentimiento de Henrik, Brunhild recuperó el aliento y prosiguió—. Ella nunca me preocupó, pero mi padre y mi abuelo… No les hemos dicho a qué Instituto vamos para el aprendizaje, ¿eso no te da una idea? Sabía que no aceptarían lo de Fridden, pero esto… Al abuelo parece que le da igual, pero apenas habla con Fridden si no es por trabajo y padre… Antes se la pasaba alabando cada cosa que hacía bien, pero ahora a duras penas dice su nombre. Fridden podría ser el mejor cazador de sombras de Oslo ahora mismo, pero eso a nuestro padre ya no le importa. ¿Cómo puede ser eso posible?

—Algunas personas siguen en la Edad de Piedra, Brunnie, sobre todo en ciertos temas. No quisiera quejarme de los tuyos, pero en su caso se nota más, porque no se relacionan con el mundo a su alrededor a menos que les haga falta y por eso, no avanzan con él.

—En algunas cosas sí, ¡en algunas cosas, debería ser un sí, Henrik! De todas formas, ¿no se dan cuenta de que Fridden sigue siendo él? No dice nada, casi nunca dice nada, pero sé que le duele. No quiero ni pensar en lo que va a pasar cuando nos vayamos y nuestro padre se entere de que estamos en Londres. ¡En Londres, de entre todos los Institutos! Ya verás, no le hará ninguna gracia y eso lo van a aprovechar los otros para echar pestes contra Fridden.

—¿Y qué hay de ti, Brunnie?

La joven se encogió de hombros, comiendo más brownie antes de asegurar.

—Comparada con Fridden, no tengo nada de qué preocuparme.

—¿En serio?

—En serio. Es decir, si tuviera que explicar esto, tú y yo, lo haría. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé, pero es bueno escucharlo de vez en cuando, para recordarlo.

—Cuando quieras. En fin, sé que a padre no le importaría.

—Lo dices como si creyeras que no le importas a tu padre, Brunnie.

—No, no es eso. Lo que quiero decir es… Él esperaba mucho de Fridden, ¿comprendes? Ya podía verlo dirigiendo el Instituto en lugar del abuelo, algún día. También debió imaginarse que le daría muchos nietos, que no seríamos los últimos Sølvtorden, que vería quizá a una niñita a la que Fridden llamaría como nuestra madre… Ese tipo de cosas. Quiero creer que está dolido, porque pensar en que odia a Fridden… No, eso no puede ser posible. No quiero que sea posible.

Brunhild dejó de lado el tenedor, pues se dio cuenta, de golpe, que ya no tenía comida en el plato. Inclinó la cabeza, respirando hondo para tranquilizarse, queriendo despejar su mente, pero a sabiendas de que tardaría un rato en funcionarle el método.

—Brunnie, quiero creer lo mismo que tú —dijo finalmente Henrik, viendo por un momento el resto de su desayuno para acabar haciendo el plato a un lado—. Tu hermano se lo merece.

—Gracias. ¿Lo ves? Por eso no quería decirte. Terminé desquitándome contigo.

—Al menos sirvo para eso.

—¡Henrik! —Brunhild se puso de pie de un salto, exaltada, antes de rodear el mesón y lanzarse a los brazos de él, ya abiertos para recibirla—. ¿Cuántas veces te he dicho que…?

—Lo siento. Es difícil quitarse algunas costumbres —la muchacha no tardó en sentir que él la acomodaba en su regazo con increíble facilidad, casi sin separarse de ella—. Voy a extrañarte.

—Igual yo, pero no tienes que esperarme ni nada, puedes…

Henrik negó con la cabeza antes de darle un beso en la frente.

—Ahora soy yo el que te recuerda que eres única, ¿verdad?

Brunhild soltó una risita temblorosa y estrechó su abrazo.

Definitivamente, iba a echar de menos a Henrik.

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Inesperadamente, Brunhild tuvo otras cosas de qué preocuparse unos tres días después.

—Por favor, repite eso —pidió, incrédula.

Tras suspirar, Sigfrid la miró con cierta tristeza.

—Hay que ir por Astrid al Nobel's. ¿No percibiste que estuviera en problemas?

Brunhild negó con la cabeza, al tiempo que abandonaba su cama y corría al armario, sacando rápidamente algo para cambiarse. Como había decidido acostarse temprano, se había puesto la pijama un par de horas antes.

—¿Tampoco te dijo nada Steen?

—No, mi teléfono no ha sonado. Estoy lista en un momento, ¿llevo armas?

—¿Somos cazadores de sombras?

Brunhild se sorprendió por esa réplica y miró hacia la puerta, pero Sigfrid se había ido ya.

Temiendo que eso fuera una mala señal, se apresuró cuanto pudo. Su hermano rara vez se comportaba de esa forma, al menos con ella. Quiso atribuirlo al ambiente del Instituto, que se había ido tensando conforme se acercaba la fecha de su partida a Londres, pero sentía que había algo más que Sigfrid no le había contado. Intentaría que hablaran de ello en el camino.

Sin embargo, el plan le salió mal. Sigfrid no abrió la boca en todo el trayecto, limitándose a mirar al frente mientras conducía. Era una suerte que él tuviera auto, porque a esa hora, no habrían podido ir de otra forma hasta su destino.

Al darse cuenta de que su hermano iba a permanecer callado, Brunhild se entretuvo en enviarle un mensaje de texto a Henrik. Presentía que el asunto era aquel que él no quiso revelarle, ¿hablaría esa vez?

«Hola. Me pidieron ir por Astrid al Nobel's. ¿Sabes qué sucedió?»

Dejó escapar un suspiro. Últimamente, no conseguía mantener el ánimo en alto.

—Temo que Astrid esté en problemas.

Brunhild dio un respingo. En algún momento, Sigfrid se había estacionado y ahora la veía con cierto interés, como tratando de descifrar algo que solo él pudiera ver.

—¿En problemas? —soltó, sin comprender.

—Puede estar demasiado preocupada como para medir las consecuencias de sus actos, Hildie —indicó Sigfrid, con su habitual seriedad, pero Brunhild distinguió en sus ojos un leve destello de preocupación—. No ha hablado con nosotros en varios días, no de verdad. ¿Sabes a qué me refiero?

—Fridden, sé que está bien. Soy su parabatai.

Sigfrid suspiró, dejó de mirarla y se quitó el cinturón.

—Puede que esta vez no baste —aventuró, bajando del auto.

Sin creer eso, Brunhild lo imitó y pronto estuvo a su lado ante la puerta trasera del Nobel's, justo cuando sentía una vibración en el bolsillo. Sacó el teléfono de allí, abriendo enseguida el mensaje que acababa de llegar, ante la atenta mirada de su hermano.

«Hola. Es sobre lo que mencioné. Espero que ella misma se los diga hoy. Vayan arriba.»

Brunhild suspiró de nuevo. Ella también quería que su parabatai se lo contara de una vez.

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Fue muy complicado regresar a Astrid al Instituto, empezando porque estaba inconsciente.

Al menos, pensó Brunhild, no estaba herida ni en mal estado, pero sí la notó un tanto indispuesta durante los breves instantes en que recuperó el sentido. Cuando Sigfrid preguntó con su tono más severo qué había sucedido, la chica hada residente del Nobel's, la de pelo azul, se encogió de hombros, mirando a su vez a Henrik, quien carraspeó antes de declarar que él no se metía en asuntos de cazadores de sombras, que lo averiguaran por su cuenta. A Sigfrid no pareció hacerle gracia semejante respuesta, pero fue entonces que fijó en su hermana sus helados ojos azules, con lo cual le pasaba la estafeta del asunto, limitándose a llevar en brazos a Astrid hasta el coche. Saliendo de aquel dormitorio, los siguió el hada, haciendo un montón de preguntas que, en ese momento, ninguno de los Sølvtorden podía responder, alegrándose de que la subterránea se callara cuando ambos estuvieron en el interior del auto. Solo entonces Brunhild notó que Henrik los observaba desde la puerta, con una expresión difícil de descifrar, pero en la cual se traslucía la preocupación que sentía. Brunhild no pudo hacer otra cosa que dedicarle una sonrisa, pero la sintió débil en la cara y él, por la forma en que agitó una mano a modo de despedida, lo notó.

De nuevo, el silencio se hizo en el interior del auto, solo roto en esa ocasión por alguna inhalación brusca de Astrid, así como un par de gemidos. Como a simple vista no parecía herida, Brunhild no se explicaba el verla tan pálida y que, de buenas a primeras, ella misma comenzara a percibir una punzada en el abdomen, pero de forma vaga y de intensidad intermitente. Arrugando la frente, repasó mentalmente qué podría estarle pasando a su parabatai y en eso seguía cuando ayudó a su hermano a bajar a Astrid del auto, para luego llevarla hacia el interior del Instituto.

—Tenemos suerte de que el abuelo se duerma temprano —comentó Brunhild, ceñuda.

—También de que padre y Barb estén de patrulla —añadió Sigfrid, acomodando a Astrid en sus brazos. Cuando su amiga dormida se acomodó sin darse cuenta, parte de su rostro le rozó el cuello—. Hildie, tiene fiebre —indicó, ya con un tono de apremio.

—Anda, vamos a llevarla a su habitación y le pondré una runa.

Sigfrid asintió y apresuraron el paso. No tardaron gran cosa en dejarla en la cama, cubrirla con una gruesa manta y con sumo cuidado, Brunhild tomó el brazo derecho de su parabatai con una mano, mientras con la otra sacaba la estela. Sigfrid dijo algo de buscar con qué bajarle la fiebre y salió a toda carrera.

—Runas no, Hildie.

La voz, apenas audible, sobresaltó a la ruba.

—¿Cómo que no? Solo es hasta que vuelva Fridden…

—Tengo que… ¿Me pasas mi teléfono? Debo revisar una cosa.

Por lo general, con cualquier otra persona, Brunhild habría soltado que aquello era una tontería y que la dejara hacer su trabajo, pero estaba acostumbrada a seguir a su parabatai, de hacer caso a sus peticiones, aunque en el momento, sonaran ilógicas, así que estiró una mano hacia donde estaba el abrigo de Astrid, registró los bolsillos y al hallar el aparato, lo sacó y se lo dio. Astrid no tardó nada en deslizar el pulgar unas cuantas veces, antes de suspirar.

—¿Cuál runa ibas a usar?

—Esa de enfriamiento.

—¿Querías convertirme en estatua de hielo? ¿En serio?

—Ya te lo dije, solo era hasta que regresara Fridden. Iba a cortarla en un minuto.

—Déjalo. Préstamela.

A continuación, siendo demasiado rápida para lo cansada que se veía, Astrid le quitó la estela a Brunhild, sacó el brazo izquierdo de debajo de la manta y se trazó una runa en el antebrazo con un movimiento veloz y elegante, antes de meter de nuevo el brazo bajo la manta y soltar la estela.

Brunhild, viendo aquello, se quedó todavía más desconcertada que antes.

—¿Qué pasa, Astrid? —quiso saber, bajando la voz al añadir—. ¿Por qué no me lo cuentas?

—Todavía no —respondió Astrid, respirando hondo antes de preguntar—. ¿Han venido del Mercado a hablar con Heimdall?

—¿Del Mercado? Sí, creo que sí. Después de comer. ¿Por qué?

—Escuché que tendrán una fiesta. ¿Quieres apuntarte a vigilarla?

—No estaría mal. Hay que ganar puntos con los de Londres para que nos manden a su Mercado. Fridden me contó que está bajo el Puente de Londres, ¿puedes creerlo?

Astrid le dedicó una sonrisa fugaz, pero a Brunhild casi le dolió verla. Se veía forzada, como si su parabatai no quisiera preocuparla.

—Astrid, ¿qué…?

—Estoy en… Hildie, estoy metida en algo para ayudar a Nora.

Por un segundo, Brunhild no supo de qué hablaba la otra, aunque recordando su sonrisa de segundos atrás y algunas charlas de días pasados, pudo vislumbrar el meollo del asunto.

—Oh, no… ¿Está muy mal? —inquirió, bajando la voz de manera inconsciente.

Astrid se limitó a asentir, desviando la vista.

—¿Qué estás haciendo exactamente? Fridden y yo…

—Fridden ya tiene suficientes problemas ahora, no quiero darle más. Y tú… Sé que el juramento parabatai dice eso de «tu familia será mi familia», pero no estás obligada a…

—Nadie me obliga, Astrid —aseguró Brunhild, sin decidirse por reír o enfadarse—. Tú lo has dicho, está en el juramento parabatai, y no lo habría hecho con alguien a quien no estuviera dispuesto a amar tanto o más que a mí misma.

—Ojalá Henrik te oyera decir eso, ¡me encantaría ver su cara!

—¡Estás loca! ¿Por qué no puedes llevarte bien con él?

—¡Se la pasa fastidiándome! ¡Deberías defenderme de sus tonterías!

—Dice que se lo pones fácil y admítelo, no te hace verdadero daño.

Cuando vio a Astrid haciendo un mohín de infantil molestia, Brunhild supo que, por más quejas que tuviera contra Henrik, en realidad su parabatai no lo detestaba.

Por un segundo, mientras seguían hablando de trivialidades (pues Astrid seguramente no diría más acerca de su hermanita mundana), Brunhild no se sintió mal al sonreír.

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Vigilar la celebración del Mercado de Sombras de Oslo debió ser fácil, pensó Brunhild.

El beneficio de pasearse seguido por el puerto era el conocerlo perfectamente, más porque ella, Astrid y Sigfrid eran de los pocos dispuestos a patrullar el área. En uno de los puntos más transitados y, al mismo tiempo, más escondidos, era donde se instalaba el Mercado de Sombras.

A Brunhild no le preocupó ver hadas en el Mercado. Sabía que aquel era uno de los pocos terrenos neutrales para que los otros subterráneos trataran con ellas y si a nadie hacían daño, no había motivos para perjudicarlas.

El primer inconveniente había venido cuando, además de aceptar como voluntarios a Astrid, a Sigfrid y a ella para la vigilancia, su abuelo también asignó a Riger, uno de los hijos de su sobrino, por lo que apenas pudieron ponerse de acuerdo en el plan a seguir sin que hubiera una disputa entre éste y Astrid: Riger, inoportunamente, no tardó en sacar a colación los rumores de lo ocurrido en el Nobel's hacía poco más de dos semanas.

—Por eso no consigue nada de lo que quiere, por sus métodos idiotas —aseguró Astrid cuando ya no lo tuvo cerca—. No entiendo cómo puede ser su… ¿Qué es, su primo?

—Primo segundo —había respondido Sigfrid, encogiéndose de hombros—. Ahora, vamos a empezar las rondas, nos veremos en el lado sur en una media hora.

Por lógica, Brunhild fue asignada con Astrid, mientras que Sigfrid se había alejado en dirección opuesta, yendo a buscar a Riger. La rubia habría querido cambiar de lugar con él, pero ni siquiera le dio la ocasión.

Para lo que pasó tras casi al final de la vigilancia, Sigfrid debió dejarle su sitio con Riger, así no estarían en ese momento en el despacho del director.

—Quiero una explicación.

Heimdall Askeblod podía ser algo mayor para dirigir el Instituto, según algunos, pero sus facultades intelectuales seguían intactas y, ante todo, era un cazador de sombras fiel a la Ley.

—Parece que alguien no estaba en buenas condiciones para esta misión.

Brunhild se contuvo de elevar los ojos al cielo, ¿se enojaría mucho su abuelo si le daba a Riger con su lanza, justo en medio de la frente?

—Astrid estaba muy cerca de una exhibición de pociones recién elaboradas —indicó Sigfrid, sin ocultar el desdén hacia la aparente falta de sentido común de Riger—. Los vapores de ciertas preparaciones pueden ser nocivas. Lo estudiamos hace tres años, ¿tú no, Riger?

—¡Claro que lo estudié!

Era muy raro ver a alguien físicamente similar a Heimdall con expresión de frustración. Brunhild pensó que debería causarla más seguido.

—El Hermano Elijah ha declarado que Astrid no está físicamente en condiciones de hacer ningún esfuerzo. No dio detalles, solo que ella ya sabe lo que debe hacer para recuperarse. Como director, exigí saber más, pero el Hermano Elijah se desentendió del asunto y dijo que mis preguntas las dirigiera a Astrid. Ella no quiso responder, así que supongo que ustedes saben algo.

Heimdall paseó la mirada de Sigfrid a Brunhild, quienes permanecieron estoicos. Riger, creyendo ver una ocasión para quedar bien con Heimdall, sonrió de lado y preguntó.

—¿No será que otra vez se metió en líos con los mundanos?

—Imposible —desdeñó Heimdall—, no después de su última sanción. Puedes retirarte, Riger. Espero tu informe a más tardar mañana.

El nombrado, visiblemente confundido por el giro de los eventos, se limitó a asentir y les lanzó una mirada furibunda a los mellizos antes de salir del despacho. Brunhild se la habría correspondido en el acto, pero la persona que iba entrando era su padre y no le convenía perder puntos con él, no en esos días.

—¿Me quieren explicar el ridículo que hizo Astrid en el Mercado?

—Harald, déjalo —pidió Heimdall, cansino.

—¿Dejarlo? He tenido que tolerar las burlas de Freyr solo porque es la parabatai de mi hija.

—Pues ignóralo —soltó Brunhild con frialdad—. Es lo que haces siempre, ¿no?

—Cuidado con esa lengua, hija. Estoy pensando que tuve razón cuando pensaba que no debías tener una parabatai como ella…

—¿A qué te refieres con exactitud?

Sigfrid había intervenido y eso no era bueno, pensó Brunhild. Su hermano, por lo general, dejaba que se defendiera sola en aquellas situaciones.

—Astrid no es como nosotros —soltó Harald Sølvtorden, haciendo una mueca.

—Permíteme diferir, padre, pero hasta donde sé, Astrid es cazadora de sombras. En caso contrario, no habría resistido ni la primera runa. Además, aunque no lo hubiera sido de nacimiento, en la Academia tuvo un desempeño notable, así que ¿quién no habría querido ser su parabatai?

—Podría haberse conseguido a cualquier otra persona y así no dejaría en mal a mi hija.

—No veo que Hildie se queje y ella, según tú, es la más perjudicada.

—Me temo que en eso es como tú.

—Harald… —llamó Heimdall, en tono de advertencia.

—No comprendo de qué hablas —aseguró Sigfrid, pero Brunhild se temía que era todo lo contrario, a juzgar por el ceño fruncido de su mellizo—, pero no debería sorprenderte a estas alturas que Hildie y yo nos parezcamos en algo.

—Ella todavía es cazadora de sombras.

—No sabía que me habían retirado las Marcas, padre.

—Pues deberían, ya que no tienes lo que hace falta.

—¡Padre, cállate! —exclamó Brunhild.

No era la única con la incredulidad plasmada en la cara. Heimdall, pese a lo que cualquiera creyera de su rigidez ante lo nuevo o lo diferente, veía a Harald como si no lo reconociera.

—¡No me hables en ese tono, Brunhild! ¡Soy tu padre!

—¡Entonces actúa como tal!

—¿Qué significa eso?

—¡Fridden es un cazador de sombras de verdad, padre! ¡Como tú, como el abuelo y como yo! Es más, ¡es mucho mejor que muchos que conozco! Así que ahórrate tu basura, ¿quieres?

—Hildie, si no quieres quedarte sin patrullas y sin mesada…

—¡No me vengas con eso! Soy mayor de edad, ¿lo olvidas? Tú no manejas ya mi dinero ni mis salidas. Respondo directamente ante el abuelo y si a esas vamos, podría mudarme si quisiera.

—¡No hablas en serio!

—¡Claro que hablo en serio! ¿Acaso no me conoces, padre?

Como Harald siguió viéndola con asombro, Brunhild temió que sí, su padre quizá no la conocía.

—Vayan a ver a Astrid —indicó Heimdall, más como una orden que como una petición—. Si saben algo de la razón tras su condición, quiero enterarme. No voy a tolerar que esté en problemas con mundanos otra vez, ¿has entendido, Brunhild?

—Sí, claro —desdeñó la aludida, dirigiéndose a la puerta y vagamente consciente de que Sigfrid le pisaba los talones—. Menos mal que nos vamos en unos días, ¿no?

Tentaba a la suerte diciendo eso en voz tan alta, pero no quería quedarse con las ganas. Fue Sigfrid quien cerró la puerta tras ellos, por lo que Brunhild se permitió respirar hondo y echar a andar hacia la enfermería, oyendo detrás de ella los pesados y firmes pasos de su hermano.

—¿No te dijo nada Astrid? —quiso saber.

—¿Por qué habría de decirme algo?

—Vi que fuiste a la enfermería en cuanto el odioso de Riger te quitó la vista de encima.

—Es que Barb pasó por allí y quería saber si había despertado. Así fue, de hecho. Barb la estuvo regañando un rato, antes de que yo entrara.

—¿Y? ¿Qué dijo entonces?

—Nos explicará a los dos juntos, pero si quieres hablar con ella en privado…

Brunhild agitó la cabeza, en señal de negación.

—Si hago eso, podría acabar desplegando una de mis lanzas. A propósito, ¿para qué abriste la boca hace rato?

—¿Qué?

Aprovechando que no había nadie en el pasillo, Brunhild se detuvo, dio media vuelta y se cruzó de brazos, causando que por poco Sigfrid chocara con ella.

—¿Por qué no me dejaste defender a Astrid? —inquirió, ceñuda.

—¿Crees que padre te habría escuchado, Hildie? ¿En serio?

—Quizá no, no sería novedad, pero ¿no ves lo que acabó pasando? ¡Se fue contra ti otra vez! No te hace falta eso antes de irnos, Fridden. A mí no me habría importado pelearme hoy. No es como si fuera a dejar de ser parabatai de Astrid o algo así.

—Lo mismo digo. No voy a recuperar el favor de padre, sin importar lo que haga, así que ¿para qué contenerme?

Tras esas palabras, Sigfrid la adelantó y Brunhild, acongojada, se prometió hacerle ver que no necesitaba el favor de nadie si eso lo hacía infeliz.

—&—

Astrid abrió finalmente la boca y Brunhild sintió ganas de darle una paliza.

—¿Ahora qué se supone que le diremos al abuelo? —soltó, malhumorada.

—Podemos inventarle cualquier cosa —aseguró Sigfrid, sin darle demasiada importancia—. Hay que agradecer que el Hermano Elijah no dijera nada.

—Eso me intriga, ¿por qué no diría nada?

—No lo sé, pero si te soy sincero, nunca he pensado que sea un Hermano Silencioso normal. Por lo menos, si lo comparas con el Hermano Sidrach o el Hermano Micah.

—Es cierto, pero… ¿No sabría distinguir a un cazador de sombras enfermo de uno al que le rebanaron parte de las entrañas?

—Ni idea. De momento, pensemos en una buena excusa.

—Claro, claro. ¡Eh, Astrid! ¿Estás con nosotros?

La aludida, aunque algo pálida, asintió en el acto. Brunhild supuso que, por un momento, se había perdido en sus pensamientos, feliz de haber dado parte de sí misma para que su pequeña hermana mundana siguiera con vida. Siendo sincera, no tenía por qué reprocharle semejante proceder: si le dijeran que debía arrancarse alguna parte del cuerpo para que Sigfrid sanara de alguna dolencia, lo haría sin dudar.

—¿Qué podemos decirle al abuelo sobre lo que te pasó? Para nuestra desgracia, quiere saberlo y no creo que la verdad lo haga muy feliz.

—Bueno, no he comido bien desde ayer. Es culpa de los medicamentos, me provocan náuseas. El Hermano Elijah sugirió que me alimentara mejor para recuperarme lo antes posible de la anemia y que lo llamara si algo empeoraba. ¿Soy yo o me dio el pretexto perfecto?

—Lo que decía, ese Hermano Silencioso no es muy normal —Sigfrid frunció el ceño por un momento, para luego asentir—. Lo malo es, Astrid, que si decimos algo de náuseas, el abuelo va a creerse esos rumores sobre tú siendo algo… ¿Libertina?

—¡Que lo intente! —Astrid se echó a reír, cosa que desconcertó a Sigfrid.

Al ver que su parabatai no podía calmarse, Brunhild tuvo que sacar a su hermano de la ignorancia, ¡aquello le iba a fascinar!

—La última persona con la que salió Astrid no fue un chico.

—¿Qué? —Sigfrid abrió los ojos de par en par, pasando la vista de una a la otra.

—¿Por qué crees que Harald me soporta menos que antes? —dejó escapar Astrid con cierto desprecio, uno que Brunhild no podía reprocharle, aunque hablara de su propio padre—. Me vieron en el Nobel's el mes pasado. Riger le fue con el chisme a Freyr y él se lo echó en cara a Harald.

—¿Con quién? Creí que… Bueno, después de lo de la Academia…

—Tuve la suerte de que Siggi solo quería pasar el rato, es todo.

—¿Siggi? ¿Hablas de Sigrid Blåblomm? ¿En serio?

—En serio —Astrid asintió con la cabeza, recuperando un poco de su buen humor—. No digo que haya sido mi mejor idea, pero ella dio a entender que le gustaba y ya saben, su pelo siempre me ha llamado la atención…

—Un día de estos, el azul te va a jugar una mala pasada —sentenció Brunhild, aunque sin poder evitar el tono jocoso al añadir—. A menos que cambies a otros tonos.

—¡Hildie! ¡Ese no es el punto!

—¿Por qué yo no lo sabía? —se extrañó Sigfrid, con expresión confusa.

—Eh… Creo que te lo mencioné hace un par de semanas, pero con todo lo que bebimos…

Sigfrid asintió apresuradamente, cosa que Brunhild ya veía venir, así que carraspeó.

—No me he disculpado por eso, Fridden.

—¿De qué hablas?

—Creo que Hildie se refiere al haber sido ella la que propusiera lo de beber ese día. De no ser por eso, jamás habría pasado… Bueno, lo que pasó. En realidad, también me siento culpable.

—Chicas, ustedes no hicieron nada malo.

Sigfrid les dirigió su mirada más penetrante, pero Brunhild apenas podía creerse que su hermano también les estuviera dedicando una sonrisa.

—Tarde o temprano habría tenido que decirlo —indicó Sigfrid, encogiéndose de hombros—. No se me da bien esconder algo por mucho tiempo. Además, las tengo a ustedes y a Barb, ¿no? Sé que no todo el mundo va a verme diferente.

—Pero Fridden… Hablamos de padre…

Él asintió una sola vez, un poco más seguro de sí mismo de lo que Brunhild lo había visto en los últimos días.

—No me sorprende —aseguró el rubio, en voz baja—. Sabía lo que me esperaba cuando finalmente se lo dijera, así que sí, me duele, pero lo superaré. Estaré bien.

—Fridden…

—Ahora, me gustaría saber cómo es ese procedimiento mundano, Astrid. No creo que sea una nimiedad, así que habrá que cuidarte unos días, hasta que nos vayamos a Londres.

—Yo puedo…

En ese momento, Brunhild fue interrumpida por el timbre de mensajes de su celular. Un poco fastidiada, sacó el aparato y miró la pantalla, preguntándose quién la estaría buscando a esa hora.

«Hola. ¿Astrid ha llegado bien? ¿Ya te contó en qué se ha metido? Escuché lo del Mercado y si ella todavía no habla contigo… Bueno, que me lance uno de sus cuchillos, porque te lo diré yo. ¿Puedo marcarte ahora?»

—¡Por el Ángel, Astrid! Solo tú dejarías que te hicieran eso, es… Hildie, ¿quieres salir?

Brunhild dio un respingo y miró a su hermano, quien le dedicaba una de sus escasas sonrisas de lado, que venía a significar «sé lo que pasa y no puedes negármelo».

—Yo… Solo voy a hacer una llamada, vengo luego a…

—Anda, por mí si no vuelves hasta mañana —soltó Astrid, meneando la cabeza, antes de sonreírle y aclarar—, pero no olvides la runa de…

—¡Astrid, no digas lo que creo que estás pensando! ¿Segura que no te importa?

—No, no. Ve. Solo llama si necesitas algo.

Asintiendo, Brunhild miró de nueva cuenta a Sigfrid, quien se limitó a asentir con la cabeza y le lanzó algo, que cuando atrapó, descubrió que eran las llaves de su auto. Esa fue su señal para abandonar la enfermería y marcar un número mientras iba a paso veloz hacia su habitación. Por suerte, le contestaron al primer timbrazo.

¿Brunnie? ¿Todo bien?

—¡Hola, Henrik! Sí, todo bien. Astrid ya habló con nosotros, con Fridden y conmigo.

Menos mal. ¿Ella está bien?

—Sí, aunque tendremos que decirle al abuelo que está anémica. La última vez…

Ah, sí, la última vez… Olvidaba que, en teoría, Astrid no debe ver a sus hermanos.

—Exacto. Por lo que dijo, Nora está mejor, ¿qué sabes de eso?

Bueno, parece que el procedimiento fue un éxito, se está recuperando. Pero no creo que quieras detalles, la medicina mundana es algo…

—¡No, no! Quiero saber. ¿Puedo ir ahora?

¿Ahora?

—Sí, ahora. Fridden se ofreció a cuidar de Astrid esta noche.

Se hizo el silencio al otro lado de la línea, por lo cual Brunhild temió que hubiera algo en contra. Siendo sincera, no era la primera vez que le hacía visitas nocturnas a Henrik, pero en aquella ocasión, se preguntó si él imaginaría su intención principal.

El autobús que te trae dejará de pasar pronto.

—Fridden me prestó su auto.

¿De verdad? Brunnie, entonces… ¿Significa que puedes quedarte?

—¡Sí, sí! Astrid prácticamente me acaba de echar. Parecía demasiado feliz de que quisiera ir contigo, ¿puedes creerlo?

Brunhild apenas contuvo la risa ante la situación, aunque una pequeña parte de su mente le recriminara que se tomara las cosas a la ligera y que tal vez, Henrik podía negarse a verla.

—¿Hola? ¿Henrik? Oye, si tienes otra cosa qué hacer…

Brunnie, ahora mismo podrían querer pagarme millones por armar la mejor fiesta del año en el Nobel's y no les haría caso. Yo… Sí, quiero que vengas y no, no hay problema. Puedes estacionarte atrás, ya sabes, y avísame cuando estés en la puerta.

—Sí, claro, sí. Yo… —la joven ya no pudo evitar el reírse por lo bajo—. ¿Es normal que de pronto me sienta tan, tan contenta?

Al otro lado de la línea, una risa ronca y contenida se oyó antes que Henrik pudiera decir.

No lo sé, pero si así te sientes, no eres la única.

Brunhild rio de nuevo, antes de despedirse y cortar la llamada.

Sin importar la vida que le había tocado, tenía muchos motivos para seguir sonriendo.