Más Mimato H (ahora C), de mi parte para mid. Esta vez, algo escolar, aunque más que nada, ensucian una mesa en clases (?) Solo lean.


ºSu terremoto personalº

A veces solo quiero romperte la boca a besos.

otra comerte hasta saciarme.

Luego pienso que eso sería cruel.

Mas más cruel es lo que tengo entre las piernas por tu culpa, mujer.

Solo hazte mía.


Yamato nunca pensó que haría algo así en clases. Jamás. Mira que lo habían intentado capturar muchas veces. Pero siempre se había negado rotundamente. Entonces, ¿por qué con ella estaba haciéndolo? ¿Quizás tuviera que ver las ganas que sentía últimamente de inclinarse y comerle la boca, literalmente, a besos? Eran unas ganas traicioneras que comenzaban en su vientre, subía por su cuello y se instalaban en sus labios, los cuales jamás cumplían su ruego. Hasta ese día.

Se había quedado esperando a Taichi para ir juntos a buscar un regalo para Hikari, pero a última hora le había dejado tirado para irse con Sora, excusándose por ello y prometiéndole que se la devolvería. Yamato estaba cavilando las muchas formas de vengarse, cuando ella apareció ante su visión.

Estaba guardando el bajo en su funda cuando se inclinó demasiado a él y le llenó la nariz a perfume. A ella. Mimi había sonreído y clavado sus ojos en él con curiosidad.

—¿Te vas?

—Sí —respondió sintiendo de nuevo esas ganas irrefrenables por hacer que ella dejara de mordisquearse los labios y ocupara su boca en otra cosa más tentadora.

Se echó la funda al hombro con deseos de alejarse antes de que se fuera a más el tema, pero Mimi soltó aquel suspiro irritante que siempre dejaba caer cuando algo no salía como ella quería.

—Mira que de verdad lo intento, Yamato.

Él se había detenido sobre sus pies sin comprender a qué venían sus palabras, girándose para encararla. Mimi tenía el rostro levantado hacia él, con el ceño fruncido y los labios en un gesto burlón amargo. Si bajaba un poco más la mirada podía percatarse de que el lazo no estaba bien atado y que se le habían soltado varios botones del uniforme. Si se agachara, podría hasta ver algo más. ¿Quizás el color de su sujetador?

Ey. No estaría mal.

Sacudió la cabeza para acallar sus pensamientos y enarcó una ceja.

—¿De qué hablas?

Ella lo señaló de arriba abajo.

—De ti. De nosotros.

Aquello lo pilló por sorpresa. ¿En serio había un nosotros para ella?

—Por más que me esfuerzo en acercarme a ti sin que terminemos echándonos los trastos a la cabeza, gritándonos o simplemente fulminándonos con la mirada, tú me miras como si fuera algo… intocable. Como si te repulsara el hecho de que si quiera me acerque a ti para preguntarte la hora.

Yamato tuvo que intentar seguir el ritmo de sus palabras, porque sus ojos y mente se habían empeñado en que era hermoso la forma en que ese hoyuelo aparecía en su comisura y en que la lengua golpeaba sus labios en cada palabra de una forma muy erótica. Joder. Quería esa lengua en cierto sitio de su anatomía.

Y tal y como temió, el tirón en su ingle llegó.

Fue entonces cuando todo pasó rápidamente. Dejó caer el bajo sobre la mesa más cercana, rompió las distancias y enredó sus dedos en sus cabellos, sueltos y más suaves de lo que pensaba. Cuando empujó la cara contra la suya y poseyó sus labios, esperaba que Mimi le gritara algo coherente. Un que estamos en clase, no habría ido mal. Aunque tampoco sabía si eso podría haber sido capaz de detenerlo.

Cuando se dio cuenta estaba besándola con frenesí, como si el mundo entero girase a su alrededor. Y ese beso fue completamente ansioso, degustado a más no poder. Le gustó sentir sus dientes contra su lengua, el suspiro que escapó de su garganta y el ansia de más estallando en su pecho.

Cuando se separaron, Mimi jadeaba de tal forma que sus senos se pegaban contra su torso y lo calentaban todavía más con el roce.

—Estaba… hablando —jadeó con gesto ofendido.

—Ese ha sido el problema —rezongó él mirando descaradamente la línea de sus senos—. Hablas demasiado con esa boca.

Mimi no supo si sentirse ofendida o no. Pero tan solo soltó una carcajada delirante. Sí. Aquello tenía que serlo. Su relación con Yamato siempre era tensa, de aquellas que bien podrían tirarse los trastos a la cabeza o pasar por desapercibidos el uno para el otro. Jamás pensó que podría resultarse que todo se basaba en una atracción sexual no resuelta.

Y tampoco que sería en la escuela donde se moriría de ganas por tener algo más que simples besos con él.

Se apartó a regañadientes de su cuerpo, sintiendo la falta del calor, del contacto y se maravilló de descubrir que en sus caderas se había formado la marca del deseo como el bulto correspondiente de su excitación. Mimi se giró hacia la puerta y lo escuchó resollar una maldición, hasta que cerró la puerta frente a ella con el pestillo y se volvió para mirarle.

—¿Eres el tipo de hombre que deja las cosas a medias?

Yamato no lo era.

Avanzó hacia ella lentamente mientras se quitaba la corbata a rápidos gestos. Mimi lo recibió tirando de la camisa y poniéndose de puntillas, ofreciéndose a él, esperándole. Su boca se desvió hasta su oreja, y besó la zona sensualmente, delineando la línea de su mandíbula hasta que sus brazos se cerraron alrededor de su cintura.

Levantó las manos por sus brazos hasta anclarlas en su pecho y comenzó una lucha encarnizada entre sus uñas y los botones. Yamato gruñó cuando su rodilla se movió demasiado por su centro, marcando su abultado paquete. Mimi soltó una carcajada, ansiosa, y apartó la camisa a regañadientes. Su pañuelo voló a un lado de la mesa tras ella. Ella continuó presionando su pantorrilla contra él.

Enredó sus dedos en las rubias hebras, maravillándose con el contraste de su mano y ellos. Quería verlos moverse, sacudirse cada vez que Yamato se hundiera en ella. Acarició su nuca hasta sus hombros y se aferró a él cuando la acercó bruscamente a ella y sus manos se cerraron en su trasero. Sus ingles quedaron a la par y tuvo que morderse el labio para contener un grito de deseo.

Sus ojos se encontraron, la luz de la pasión y la atracción brillando en ellos.

—Yamato —nombró roncamente.

Él se inclinó para besarle la nariz, bajó a sus labios y de un rápido empujón, la levantó del suelo. Sus nalgas dieron de lleno contra el escritorio tras ella, el del profesor. Yamato colocó una rodilla sobre la madera sin dejar de besarla, avanzando mientras ella retrocedía hasta quedar completamente tumbada sobre la mesa.

Yamato se tomó un momento para observarla. Los cabellos revueltos libres por la madera, haciendo un hermoso contraste de color. Él podía ser músico, no ciego.

La camisa se había abierto más y, efectivamente, el sujetador resaltaba la belleza de sus senos. Rosado, con pedrería blanca y pese a todo, notaba el color suave de sus pezones. La boca se le hizo agua y cuando la miró, Mimi pareció comprenderlo.

Se llevó los dedos lentamente a la camisa para abrirla más, dejando entre ver su vientre en el camino. Su pequeño ombligo y, el filo de su falda. Cuando escuchó el crujir del cierre del sujetador, sus ojos se dilataron de deseo. Apartó las copas con suavidad y disfrutó de la forma rosada de sus aureolas, remarcadas con dos montañitas que enrojecían a la par que lo deseaba.

Se inclinó sobre uno y lo acarició con el dorso de la mano. Se arrugó al contacto a la par que ella se estremeció.

La campana del comienzo de las clases de los primero y segundo fue como si lo invitara a comenzar su festín. Mimi maldijo entre dientes cuando sintió su aliento contra la piel. Abrió la boca y lamió la punta antes de metérsela en la boca.

—Llegaré tarde a clase.

Yamato la miró desde su posición. Abandonó su tarea solo para ocuparla con sus dedos.

—¿Realmente quieres ir a clases?

Ella arqueó sus caderas, frotándose contra su pierna. Yamato desvió la otra mano por su vientre, aventurándose por la falda hasta que su índice notó la humedad de su prenda interior. Una sonrisa socarrona se dibujó en su rostro sin poder evitarlo.

—Diría que no.

—Qué malo eres, Yamato —protestó ella suspirando y abriendo sus piernas para él—. Quiero tu boca ahí también.

Yamato miró con melancolía sus senos. Mimi protestó empujó su pelvis contra su mano juguetona que había avanzado la barrera de su ropa y aleteaba por sus zonas más íntimas y húmedas.

—Eres una princesa caprichosa.

—Me lo dicen mucho —bromeó ella meneando las cejas pícara. Llevó una mano descaradamente hasta la cadera masculina—. Pero tú también.

Manoseó descarada su entrepierna, empeorando su situación. Yamato retrocedió hasta bajar de la mesa y quedarse en pie frente a ella. Tiró de sus piernas, separándolas y observando con todo el descaro del mundo la zona femenina más necesitada en ese momento. Mimi, si algo poseía, era un descaro encantador y cuando la vio apartarse la prenda para facilitarle su observación, Yamato no pudo más que maldecir, tragar y dejarse llevar por el deseo de enterrar su lengua en ella.

Mimi tuvo que morderse los dedos para no gritar.

Yamato la degustó como si fuera su plato preferido y hubiera olvidado como usar cubiertos para saborear su manjar con lametones, mordisquitos y chupones en los lugares precisos.

Cuando no pudo más, llevó una mano a su cabeza, empujándolo.

—Yamato… tú…

Yamato la miró, con los labios perlados de ella. Se incorporó, llevándose una mano hasta la cintura y luchando contra el cierre de su pantalón. Mimi no perdió detalle, ansiosa, meneando sus caderas en invitación.

—Impaciente.

—Lentorro.

Él chasqueó la lengua, acercándose a ella, rozando sus sexos que se invitaban y buscaban amoldarse.

—Y después preguntas por qué somos como el perro y el gato, mujer.

Ella soltó una carcajada hasta que, en venganza, él se unió en ella y chilló, cubriéndose la boca con un puño. Las lágrimas llegaron a sus ojos y no eran precisamente de dolor. Con la boca torcida en una mueca de diversión, Yamato se movió contra ella hasta que su ritmo se desbocó y las piernas femeninas se enlazaron a su alrededor.

Mimi lo apretó y succionó hasta que no hubo más fuerza de su parte. Cuando sucumbió, bombeó lo suficiente para que ella lo acompañara, apretándolo todavía más en deleite de sus movimientos.

Señorita Mimi Tachikawa, señorita Mimi Tachikawa, acuda al despacho del director por favor.

Mimi rodó los ojos, maldiciendo. Yamato le palmeó una pierna para que le dejara espacio para separarse de ella.

—Tienes que ir.

—Esto no termina aquí, Ishida —advirtió sentándose y cerrándose la camisa.

De un salto bajo al suelo y se acomodó descaradamente la ropa interior. Se acercó a la puerta y se detuvo, guiñándole un ojo.

—Más te vale limpiar la mesa, Yamato. No querrás que el profe se enfade. ¿Verdad?

Yamato maldijo entre dientes, cerrándose la cremallera con una maldición cuando se pegó un pellizco. Esa mujer era su terremoto personal. La que volvía su vida de pies a cabeza.

Nunca podría llevarse bien con ella.

Pero tampoco podría vivir sin ella.

—Tengo que buscar otro sitio donde hacerlo que no sea la escuela.


Notas autora: Espero que os gustara. Lamento que esté tan mal D:

¡Saludines, Mimatas de mi cuore! :3

¿Bolsitas de sangre?