—No sé por qué te escandalizas tanto siempre que Harry habla de esto. Enamorarte de alguien en un autobús es de las cosas más normales del mundo.
Yo no lo llamaría enamorarme ni tampoco normal a lo que llevo haciendo por medio año. Pero es lindo que Hermione me apoye en mis locuras, porque estando yo en su lugar para nada lo haría. Esto me hace pensar que deberé regresarle el favor, y no me gustará nada.
—Es "normal" cuando lo ves una vez, dices qué lindo, y lo olvidas a las horas. Pero Harry lleva acosándolo por años, duerme sobre una cama rellena de dibujos de él, ¡eso no es normal!
—¡No lo conozco ni siquiera desde hace un año! Eres un exagerado —le riño—. Además, sólo es porque estoy aburrido.
—Claro, porque no puedes sacar tu móvil y distraerte en algo, al menos, menos enfermo. Necesitas ser un acosador.
—Harry no es mucho de usar el celular como tú, vicioso.
Ron rola los ojos, decidido a seguir comiendo aquel enorme plato que consiguió de la cafetería. En mi opinión, y en la de muchos, la comida de aquí es asquerosa, pero Ron piensa muy distinto.
—De todos modos, no lo digas tan fuerte.
—¿Por qué? —exclamó con la boca llena, haciendo a Hermione formar una mueca de desagrado —. ¿Acaso está por aquí? ¡HEY! ¿ESTÁS POR AQUÍ?
Mi puño se estampó contra su pecho, luego di varios empujones a su cabeza hasta que se callara. Me sentía irritado, y mi amigo no hacía nada más que empeorar mi estado. No sabía si él estaba por aquí, pues nunca lo he buscado ni en el comedor, ni en los pasillos o en los salones. No me interesa, no quiero saber dónde está. Resoplé fastidiado, crucé los brazos y me mantuve viendo el color marrón de la mesa.
—¿Cuál es el punto?
Hermione es una matada. Le encantan los libros, le fascina estudiar y es la número uno en la clase. Por suerte, con el tiempo fue relajándose un poco y ya no es tan neurótica, aunque sigue siendo un cerebrito. Su cabello es largo y rizado, de color café oscuro, como sus ojos. La conozco desde que tengo memoria, por lo que es fácil decir que es mi mejor amiga.
—Voy a dejar de hacerlo.
—¿Es un milagro?
Ron es más alto que yo, pelirrojo, con pecas, aun cuando come demasiado es delgado. Ron es mi mejor amigo, pero es insoportable cuando se lo propone. Tenemos muchos gustos iguales, por eso nos llevamos bien, y también porque somos un par de tontos que hablamos de tonterías que nos hacen pasar horas riendo. Pero a Ron no le gusta que me sienta atraído por los chicos, por eso no hablo mucho de eso, y cuando lo hago él me jode. Como ahora.
—¿Decidiste que era una vida muy poco sana? —Hermione hunde su tenedor entre la montaña de lechuga que está en su contenedor de comida. ¿Quién come ensalada? Es aburrida, húmeda, y no te da fuerzas para seguir soportando a los maestros.
—Él… me vio.
Mi amiga me miró confusa: ¿Es para entrar en pánico?, leí en sus ojos. Que él me viera no era para tanto: seguro que nuestros ojos se habían encontrado unas cuantas veces, pero no por más de una milésima de segundo. La cosa era mucho más grave, había pasado la noche entera buscando una forma de no sentirme incómodo cuando subiera al autobús. Convencerme de que no hacía nada malo no fue suficiente. Era una dicha que él nunca usara el transporte para ir de casa a la escuela, así no tuve que morir de vergüenza en la mañana.
—Vio un dibujo que hice.
—Tienes que estar jugando —se golpeó la frente y negó de manera suave. Sí, Hermione, sé que soy imbécil —. Ahora pensará eres un perturbado.
—¿Y no lo es?
—No importa —Como si no fuera consciente de ello.
—¿No importa? ¿Te cambiarás de escuela acaso? Es una bendición que no compartas clase con él incluso cuando vamos en el mismo grado, pero compartes todos los días transporte. O lo ves, o te haces ciego.
—¿Cómo sabes que vamos en el mismo año?
No me interesa nada de él, como ya dije. Por eso no lo sabía, pero Hermione cree soy un desquiciado que lo investiga a todas horas, y cree que sé cosas que no sé.
—Llevo una clase con él, ya te lo había dicho. Su apellido suena gracioso en la voz de la profesora: Mal-...
—Ya, no me importa.
Lo que menos quiero es saber su nombre, pues así mi cerebro lo reproducirá una y otra vez.
Ron se ha quedado callado desde hace rato, comiendo en silencio. Este año han habido muchas personas que se declararon de forma abierta homosexuales, que se confesaron y ahora llevan una relación a la vista de todos con quienes creían era su mejor amigo o amiga. Pero a Ron no le gusta, le desagrada, no lo entiende. No le llamo homofóbico, porque es muy ofensivo desde mi punto de vista. Sólo no quiere saber nada de eso.
Yo no soy gay, o bisexual, de forma abierta. Quien me conoce sabe que hace meses rompí una agotadora relación con Cho Chang, una de las chicas más bonitas de la escuela, y que es un año mayor que yo. Me llamaron idiota, insensible y otros insultos más graves que no vale la pena recordar. Cho no era para mí; salí con ella porque es preciosa, pero no hay nada detrás de su rostro que me cautive. Aparte de ella, no he tenido nada más que fuera así de serio. Ahora Cho sale con un Cedric Diggory, y joder, el chico está mucho más bueno que ella. ¿Por qué no lo vi primero? Bien por ella.
El momento llega porque así debe ser. La última clase siempre es un asco. No sé en qué pensaba el director al contratar a la profesora Trelawney. El autobús está frente a mí; amarillo, grande, con chicos empujándose para poder conseguir un mejor asiento que en el viaje anterior. Mis gafas son lo suficiente buenas para que me dejen apreciar que él ya está ahí. Respiro y cierro los ojos, este es uno de los instantes más estresantes de mi vida, y vaya que me siento patético.
Entrar, caminar, sentarte.
Entrar, caminar, sentarte.
Ignorarlo. No verlo bajo ninguna circunstancia, ni aunque me digan que así salvaré la vida de un cachorro atrapado.
Suena a metal cuando piso los escalones. ¿Cómo suena el metal? No lo sé, sólo así puedo describirlo. Al entrar se siente más caliente, y huele a que muchas personas han pasado por todos esos asientos. Estoy consciente de que está ahí, y de que me vio subir. No es tonto, pues puedes ver con claridad quién sube incluso si eres un distraído.
He llegado "a salvo" hasta un asiento en la parte de atrás. A salvo de mis propios pies. Y no es el asiento que suelo tomar, pero es claro que no volveré a ponerme a sus espaldas. Todos los cuadernos están en mi mochila, la cual colocó en mis piernas. En mi mano está mi teléfono celular; ese aparatito que vuelve idiota a todo adolescente que veo apenas alzar la mirada, no es difícil encontrar a alguien riendo como imbécil frente a la pantalla. Ron me ha dicho que es bueno para divertirse, y que así no encontraré un nuevo conejillo de indias al cual utilizar en mis perturbadores pasatiempos. Ron tan amable.
No es que sea un anciano y odie la tecnología, es sólo que no la encuentro muy divertido. Prefiero el aire libre, las conversaciones cara a cara y ver televisión. Soy un anciano, está bien. Pero utilizo las redes sociales, al menos un poco.
Ha resultado bien: no me he fijado en él ni un segundo. He visto fotos de Ginny en Facebook. Ginny es hermosa; tiene el cabello rojizo hasta la cintura, piel rosa y pecas en las mejillas. Es la hermana de Ron y yo le gustaba en primer grado, pero ella nunca me ha gustado de verdad. También he visto las últimas de Cho. Cualquiera pensaría que me ha bloqueado de toda red social y de su vida, algo que al parecer es lo peor que puede pasarte. No sé, yo me preocuparía más si Cho hubiera ido a destruir la fachada de mi casa, o si hubiera abierto mi casillero y llenado de insectos. Pero, ella no ha hecho nada, ni siquiera bloquearme. Supongo que también pensaba que no funcionábamos, y le quité el peso de encima de no ser ella quien terminara.
Me puse de pie cuando llegamos a la parada, guardando el móvil en el bolsillo de mi pantalón. Estuve pensando en todo el camino de mi asiento a la banqueta en que Hermione sube muchas fotos de su horrible gato, así que al estar abajo casi doy un grito al verlo de nuevo, ahí. Ayer tan pronto como bajo se dio media vuelta para irse, ¿y hoy tenía que quedarse ahí de pie, con su vista fija en mí? Ignoré su presencia, no iba a pensar en él nunca más.
—Ah, ¿hoy no vas a caerte?
Todo este tiempo lo he idealizado, viéndolo como el ser más perfecto que mis ojos encontrarían alguna vez. Pero su voz, joder. No es que su timbre sea desagradable, es que las palabras que suelta son, con gran facilidad, odiosas.
—No me hables.
—¿Qué?
No debería estar hablándome. Él no me habla, él no sabe que existo. Pero insiste en no ser él. Estoy de espaldas y puedo sentir cómo me mira. ¿Qué es lo que quiere? ¿Qué espera? Decido dar la vuelta, esperando que no se haya ido ya y me haga sentir ridículo. Pero no, sigue aquí, de pie, con su mochila en la espalda y el cabello perfecto. Hoy es viernes, así que no trae camisa. Su camiseta es verde, un verde que tengo en mis colores. Incluso pude haberte coloreado ese día, pero lo arruinaste.
—Estaba pensando… en que es grosero que tú sepas mi nombre y yo no el tuyo.
En verdad estaba hablándome. No era un comentario vago: ¡me hablaba! Y preguntaba mi nombre. Nadie entiende la verdadera relación que existe entre él y yo. No sé su nombre, su edad, a qué clases va. No sé nada de él. ¿Por qué debería?
—No sé cómo te llamas —murmuré.
Sus delgadas cejas se alzaron y me miró incrédulo. ¿Por qué no se iba? ¿Y por qué no me iba yo? Sí, era lindo hablar con él, o lo que sea que fuera esto, pero no estaba en mis planes.
—Me llamo Draco.
Sus labios color cereza se entre abrieron y pude oír aquel nombre. Draco; suena fuerte, hostil. Draco es él, sin embargo no es él. El que me diga cómo se llama es para que yo lo haga también. No quiero ser "grosero" pero, ¿por qué le importa?
—Harry Potter —hablarle es una sensación extraña, como si estuviera en uno de esos tantos sueños en donde él aparece.
No sonríe, no se inmuta, su mirada siempre perdida ahora está en mí, no en la ventana. Ha satisfecho su necesidad de saber mi nombre, el nombre de ese chico que lo observa y es raro, que lo acosa en silencio, y que quizá piensa en él como pervertido homosexual.
—Draco Malfoy, entonces.
Sujeta una de las asas de su mochila, aunque no se ha movido de su lugar. Se gira y empieza a caminar, sus tenis son negros, sus pantalones de mezclilla. ¿Me ha hecho un favor acaso? Es inevitable no seguir sus pasos con la mirada, avanza hasta la esquina y antes de doblar voltea. Maldición. Sonríe con burla y niega para de inmediato desaparecer.
No soy un raro, no me quedé viéndolo porque esté obsesionado. Maldición, no soy un loco.
